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Venecia

 

Basilica de San Marcos

Basílica de San Marcos

 

Véneto no está en la vía

En la región italiana se preservan las fincas burguesas que desde hace cinco siglos caracterizan a la zona

Los viajeros que, en un período breve, quieran evocar la historia de los patricios venecianos y de su estilo de vida deberían recorrer las villas del Véneto, tan imponentes y hermosas como las de la Toscana o las de Lombardía. Hay alrededor de tres mil dispersas en los alrededores de Vicenza, de Verona, de Padua, de Treviso.

Las más antiguas son del 1400, como la de Portocolleoni, levantada por el arquitecto Domenico Da Venezia, en la que todavía se advierten restos de la mentalidad bélica de los nobles o de los ricos burgueses. El cuerpo central, con su galería y sus balcones de cinco arcos ojivales, se halla flanqueado por dos torres algo más altas, que tienen un carácter más bien decorativo que defensivo. En cambio, la Villa Del Bene (próxima a Verona), también del siglo XV, es casi una amplia casa campesina.

Los grandes señores venecianos se habían hecho ricos comerciando con Oriente, pero a comienzos del siglo XV extendieron sus negocios a tierra firme y se convirtieron en productores agrícolas.

Aprovechando períodos de paz, buscaron crearse en la campiña vecina residencias rurales donde pudieran pasar los días de verano, acompañados por sus amigos. Surgió entonces una sociedad festiva. Grandes mesas de banquetes se tendían en los jardines de las propiedades, bajo los árboles. En las galerías los músicos contratados ofrecían conciertos. Los ambientes de recepción se convertían en salas de baile.

Por supuesto, también se levantaron encantadores refugios en las islas de Murano, de Torcello, de Burano y de Malamocco, sin otra finalidad que la recreativa. Tan sólo en el siglo XVI algunos de los ricos venecianos sospecharon que el poderío comercial de la República podía decaer por efecto del descubrimiento de América, así como por el lento pero implacable dominio que Turquía fue teniendo sobre el Mediterráneo oriental. Entonces, volcaron sus esfuerzos hacia sus posesiones campestres.

El patriciado compró grandes extensiones en Treviso, Padua, Rovigo. Durante tres siglos, la dedicación de la aristocracia véneta a la tierra convirtió las áreas no cultivadas en provechosos sembradíos, en prados irrigados. Las llanuras se poblaron de árboles frutales; los viñedos rodearon las casas señoriales y proporcionaron a sus dueños una nueva fuente de ingresos, así como de sus propios vinos.

Palladio, el inspirador

Desde el punto de vista de la arquitectura, el siglo XVI estuvo dominado en el Véneto por la figura genial de Andrea Palladio.

Los magníficos edificios que erigió en los alrededores de Vicenza, de Padova, de Treviso, crearon una escuela. Palladio ha sido imitado hasta hoy. Los arquitectos posmodernos confiesan abiertamente que él es una de sus fuentes de inspiración más importantes. A diferencia de los constructores anteriores, Palladio unió la casa principal, en la que vivían los señores, al resto de los edificios que tenían funciones productivas. La parte destinada a los patrones estaba en el centro del complejo y se alzaba sobre una especie de zócalo, al que se llegaba por escaleras importantes, de un efecto teatral, pero ese corazón edilicio estaba unida a los anexos por una serie de galerías que permitían, en días de lluvia o de un sol abrasador, desplazarse a cubierto de los azares del clima.

Entre las creaciones más famosas de Palladio en el Véneto, se encuentran Villa Badoer, en Fratta Plesine (Rovigo); Villa Emo Capodilista, en Fanzolo di Vedelago, y Villa Barbaro, en Masèr (las dos en los alrededores de Treviso). Y por supuesto, la célebre Villa Foscari, más conocida como La Malcontenta, de 1560, en Gambarare di Mira. Muchas de estas villas pueden visitarse en primavera y verano si se toma la excursión del Burchiello, el vapor que recorre el curso del Brenta y que sale desde Venecia. Se trata de un encantador y breve crucero fluvial.

Mientras que en el siglo XV las pinturas murales no eran muy frecuentes, en el 1500, la influencia de Palladio hizo que los frescos se convirtieran en la principal decoración y riqueza de las moradas rurales. Paredes enteras eran ilustraciones de escenas mitológicas o de la Biblia. Veronese ejecutó obras magníficas en Masèr (Treviso), Gian Battista Zelotti en Lonedo (Vicenza) y en Mira (Venecia).

El gusto por la imaginería renacentista hizo que se concibieran ambientes enteros como una excusa para que el pintor de turno exhibiera su talento. La influencia de Palladio se hizo aún más fuerte en el siglo XVIII, y Giambattista Tiépolo se transformó en el artista más requerido para decorar los salones campesinos con sus magníficas pinturas. Pero además los patricios venecianos compraban telas de Francesco Guardi, de Longhi, de Canaletto.

Entre esas mansiones del siglo XVIII que marcaron, al mismo tiempo el esplendor y el ocaso de las residencias campestres, se destaca Villa Pisani, en Strà, construida entre 1735 y 1756 por Francesco Maria Preti. El techo del salón de baile fue pintado por Tiépolo: fue su último trabajo antes de partir para España. A espaldas de la residencia, se extiende el gran parque. En Pisani, se alojaron numerosos reyes de toda Europa, entre ellos Napoleón Bonaparte. El Burchiello lleva hasta sus puertas.

Venecia, por los canales del Renacimiento

De los edificios de la ciudad acuática, la Scuola Grande di San Rocco es uno de los tesoros de la época en que el arte resurgía, entre otros, de la mano de Jacopo Tintoretto; sus pinturas se exhiben en este museo

En el maravilloso laberinto de las callejuelas venecianas se encuentra uno de los máximos tesoros de la ciudad acuática, la Scuola Grande di San Rocco. Uno puede haber visitado varias veces el célebre edificio y, sin embargo, casi indefectiblemente termina por preguntar, desconcertado, perdido, a un habitante de la isla cómo llegar hasta la espléndida fachada de mármol. Si se viaja en vaporetto, los carteles indicadores señalan sin lugar a duda donde debe descender el pasajero, pero desde el muelle hasta la imponente entrada de la Scuola median unos cuantos metros que exigen un gran sentido de orientación para llegar a destino sin demasiados problemas.

La construcción renacentista tiene una majestuosa belleza con sus columnas acanaladas, el vasto pórtico lateral y los frontones triangulares en lo alto. Pero los millares de viajeros que llegan todos los años hasta la Scuola lo hacen atraídos por el magnífico ciclo de pinturas realizado por Tintoretto a mediados del siglo XVI.

Durante muchos siglos, las scuole de Venecia se encargaron de asistir a los pobres y a los enfermos, así como de defender los intereses de algunas corporaciones religiosas y de instituciones de caridad de origen no veneciano, pero que se hallaban instaladas en la ciudad.

La Scuola Grande di San Rocco se contaba entre las seis más importantes de Venecia. En realidad, San Rocco, el patrón de la Scuola, era un hombre santo de procedencia francesa, Saint Roch, de Montepellier. Sus restos habían sido trasladados a Venecia y la Scuola di San Rocco, puesta bajo la protección de aquel vagabundo póstumo, se había convertido en un refugio, sobre todo para las víctimas de las epidemias. Pronto la Scuola, ayudada por una serie de circunstancias y de creencias, se transformó en una rica y poderosa comunidad.

Una de las imágenes de la Scuola, el Cristo llevando la Cruz, atribuida ya a Tiziano, ya a Giorgione, era considerada milagrosa, lo que favoreció numerosas y pingües donaciones. El prestigio de la Scuola crecía. Crecía tanto que los más grandes pintores venecianos se disputaron el honor de decorar las salas de la nueva construcción. Dos de los competidores más acérrimos eran Veronese y Jacopo Tintoretto, cuyo nombre provenía del oficio de su padre, Giovanni Battista (un tintorero que teñía sedas).

El entusiasmo de Tintoretto En 1546 se autorizó al Gran Guardián de la Scuola que encargara la decoración de las paredes de la llamada Salla dell'Albergo. En 1553, nada menos que Tiziano, el artista más prestigioso de Venecia en aquel momento (y durante un tiempo maestro de Tintoretto), propuso pintar una gran tela destinada a ese espacio. Por distintas circunstancias, ese ofrecimiento no fue aceptado.

Tan sólo en 1564 se decidió reservar una parte del presupuesto de la Scuola para la tela que ocuparía el centro del techo de la Salla dell'Albergo. Se dijo que se convocaría a un concurso en el que participarían los artistas más renombrados de Venecia: Andrea Schiavone, Federico Zuccari, Giuseppe Salviati y Paolo Veronese. Pero Tintoretto tuvo un gesto de audacia, presentó la obra terminada como regalo, la misma que hoy corona la sala, la célebre Gloria de San Rocco.

El interés de Tintoretto por decorar toda la Scuola de San Rocco era tan grande que decidió hacer muchos de los trabajos en forma gratuita. Por varias de las pinturas del gran artista, la cofradía sólo tuvo que pagar el costo de los materiales. En dos años, Tintoretto completó la Salla dell'Albergo. Realizó una serie de alegorías sobre las distintas Scuole venecianas, la de San Giovanni Evangelista, la della Misericordia, la de San Marco, así como cuatro telas que representaban las estaciones. Una de las obras más importantes de la Salla es Cristo ante Pilatos, que, según los especialistas, está inspirada en una xilografía de Durero. Las imágenes que Tintoretto creó para ese espacio son excepcionales: La corona de espinas, El ascenso al Calvario, La Crucifixión.

Una obra imponente Cuando se sube al primer piso de la Scuola no se puede reprimir un gesto o una exclamación de deslumbramiento. El techo cubierto de pinturas enmarcadas y enlazadas por estucos dorados, los mármoles del piso, los trabajos de boiserie de las paredes, las tallas, las lámparas en las que los cristales están apresadas por volutas de bronce, apabullan por la hermosura, el esplendor y la riqueza.

No hay un centímetro ni en el techo, ni en las paredes, ni en el piso que no esté suntuosamente decorado. La mirada se pierde en ese bosque de formas, de colores, de materiales. Es tal el desborde imaginativo, el carácter dramático de las obras del Tintoretto, el marco solemne que alberga las obras del artista, que uno debe esperar unos minutos para tranquilizarse y elegir una de las escenas con el fin de contemplarla detenidamente.

Se debe hacer un esfuerzo para abstraer la atención del cúmulo de estímulos que acosan al visitante y centrarla en la obra elegida. Sólo así, luchando contra esa catarata de sensaciones, se puede iniciar un recorrido más detallado. El ciclo completo del techo está integrado por 32 imágenes. La del centro del techo es La erección de la serpiente de bronce, una tela de 8,40 x 5,20 metros. Tintoretto la realizó en dos meses y medio. Mencionemos algunas de las restantes: Moisés hace manar agua de una roca, El pecado original, Dios aparece ante Moisés, La columna de fuego.

En 1581, Tintoretto terminó los cuadros más importantes de la sala superior y, al año siguiente, se puso a trabajar en los de la sala de la planta baja, ocho grandes telas que revelan la madurez y la audacia de concepción del artista: La Anunciación, La adoración de los Reyes Magos, La huida a Egipto, La masacre de los inocentes, Santa María Magdalena, Santa María de Egipto, La circuncisión y La Asunción de la Virgen.

El conjunto es una de las cumbres del arte renacentista y deja exhausto a quien pretenda contemplarlo íntegro en una tarde. Conviene salir, perderse de nuevo por las calles, sentarse a tomar un café frente al Canal Grande y volver otro día. La belleza, a veces, es tan exigente como la escalada de una montaña.

El Palazzo della Raggione, para tocar el cielo

La influencia de los astros sobre la actividad humana puede apreciarse en este monumento medieval del Véneto

A veinticinco minutos de tren de Venecia, Padua es una de las más hermosas ciudades de la región del Véneto. Los monumentos, las iglesias, los museos, los restos del antiguo gueto, las pintorescas calles medievales con galerías de arcos que resguardan de la lluvia y de la nieve en invierno, y del sol en verano, exigen una estada de, por lo menos, dos días para recorrerlos.

Pero quizá lo que más impresiona en una primera visita es el Palazzo della Raggione, que se alza en el corazón de Padua, entre la Piazza delle Erbe y la Piazza della Frutta. Desde la Edad Media, esos espacios han sido el centro de la actividad comercial y de la vida social paduana.

El bullicio que rodea al magnífico edificio sólo cesa a la madrugada, aunque los fines de semana los cafés de la vecindad, muy frecuentados por los jóvenes, funcionan casi hasta el alba y agrupan a muchedumbres de adolescentes y de estudiantes; en ciertos momentos de la noche, uno podría creer que los chicos reunidos frente a esos establecimientos están manifestando en contra o en favor de algo: no, simplemente beben cerveza, toman café o comen pizza, al amparo majestuoso de la antigua construcción.

Constantes renovaciones

El edificio tiene aproximadamente 80 metros de largo, 27 de ancho y 36 de alto. Parece una nave que hubiera anclado en medio de la ciudad, sobre todo por el techo en forma de carena, revestido enteramente por hojas de plomo, lo que da al conjunto aún más imponencia.

En la planta baja, los arcos de la galería cobijan una sucesión de tiendas en las que se venden toda clase de alimentos y también artículos de mercería. Del lado de la Piazza delle Erbe, los puestos de venta callejeros alineados y con sus toldos desplegados forman fugaces senderos atestados de cajones, vendedores y clientes.

Los orígenes del Palazzo se remontan al siglo XIII. Desde entonces tuvo varias restauraciones, que debieron subsanar los daños producidos por diversos accidentes. En 1218, cuando se resolvió reservar el espacio entre las dos plazas para los tribunales, Padua era un municipio libre del partido gŸelfo, que había combatido en las filas de la Liga Lombarda y que, por lo tanto, se encontraba del lado de quienes habían vencido al emperador Federico Barbarroja.

Casi un siglo después, Fra Giovanni degli Eremitani fue quien concibió los planos del Palazzo tal como hoy se lo conoce.

La construcción tiene dos pisos. Cuatro escaleras externas conducen al piso alto formado por tres grandes salas, los uffici del Sigillo, dell'Esattoria y la capilla de San Prosdócimo. El techo está recorrido a lo largo por un eje mayor, una enorme viga, sostenida por enormes columnas de madera revestidas de cuero.

Se apagan las estrellas

Fra Giovanni pensó decorar la parte superior del edificio de modo que representara el cielo con las estrellas y los planetas. En las paredes debían aparecer los signos zodiacales y la manera en que éstos afectaban la vida de los seres humanos. El conjunto iconográfico respondía a las especulaciones de astrología judicial urdidas por Pietro d'Abano, profesor de medicina y de filosofía natural de la Universidad de Padua.

Giotto, asistido por un ejército de ayudantes, fue el encargado de realizar el complejo ciclo de imágenes. Según parece, se trataba de un tesoro maravilloso, tan espléndido, o más si cabe, que la Capilla de los Scrovegni (una de las más célebres obras de Giotto, también pintada en Padua). El 2 de febrero de 1420 un incendio destruyó la bóveda y los deslumbrantes trabajos de Giotto.

Entonces Bartolomeo Rizzo rehizo el techo en forma de carena de barco, eliminó las paredes divisorias del piso superior y creó una única sala. Las imágenes fueron restauradas por Nicol˜ Miretto y Stefano de Ferrara; aunque son muy bellas y responden al espíritu de Giotto, difieren en calidad de lo que puede verse en los Scrovegni.

La franja inferior de la serie pictórica, del siglo XVI, se debe a Jacopo da Montagnana y Domenico Campagnola. Pero las catástrofes no habían concluido. El 17 de agosto de 1756, un vendaval se llevó la bóveda y con ella una de las muestras más brillantes de la decoración en la tardía Edad Media. Se volvió a restaurar el conjunto, pero ya no se pintó el magnífico cielo original tachonado de siete mil estrellas.

Arte y curiosidades

Apenas se entra en el gran salón, el visitante no puede sino maravillarse por la monumentalidad de ese espacio, pero también por la hermosa y gigantesca escultura de un caballo. Durante mucho tiempo fue atribuida a Donatello, pero en realidad fue hecha en 1466, a imitación de una obra del gran escultor, para adornar una feria de diversiones que existía en la Piazza dei Signoret.

Entre los objetos que llaman la atención y que hoy resultan divertidos está la llamada piedra del vituperio: allí, los deudores que no podían pagar sus obligaciones debían desnudarse hasta quedar en calzoncillos, después tenían que sentarse tres veces sobre la piedra y repetir en cada una de esas oportunidades que renunciaban a sus bienes. Tras ese ritual, podían salir a la calle, en libertad, pero sin otra cosa que la ropa interior.

En cuanto al ciclo pictórico, en la parte superior, hay 333 sectores que despliegan las doctrinas de Pietro d'Abano acerca de la influencia de los astros sobre las actividades humanas. En la franja inmediatamente inferior, aparece una serie de animales relacionados con los tipos de causas que debían tratar los jueces. Por último, en la franja más próxima a los visitantes, hay pinturas con distintos temas, realizados por distintos autores: está, por ejemplo, la serie de las insignias de los tribunales, en la que aparecen numerosos animales; también se ven varios frescos de carácter religioso.

Para terminar la visita, conviene pasearse por la galería alta que da a la plaza. El panorama, a cualquier hora del día, es muy pintoresco y, seguramente, la animación de las charlas entre vendedores y clientes repite la de los tiempos medievales; pero, en vez de las músicas del pasado, se oye el latido frenético y atronador de una batería de rock.

La Nación, junio 1998

 

El arte tiene su laberinto en Venecia

La ciudad de los canales, tan visitada por los enamorados, resiste el paso de los siglos y cuenta su historia en cada esquina

Galileo estrenó su telescopio en la Torre de San Marcos

Vivaldi llenó las iglesias con su música

Es Patrimonio de la Humanidad desde 1987

VENECIA.- En Venecia es fácil perder la noción del tiempo. A decir verdad, no hubo época de la historia en que Venecia no fuera una ciudad convocante para todas las expresiones del arte. También para el amor y la visita de miles y miles de viajeros.

Vivaldi y Monteverdi llenaron de acordes sus antiguas iglesias; Richard Wagner murió en uno de sus palacios; Galileo Galilei estrenó su telescopio subido al Campanile de la Torre de San Marcos; Thomas Mann -desde las playas de Lido- escribió una de sus grandes novelas: Muerte en Venecia, y Venecia sin ti fue para Charles Aznavour un enorme éxito musical.

Muchos se preguntan qué tiene esta ciudad que pudo resistir la devastación de los godos y los ataques de Atila. Sin embargo, el azote del agua decide sobre su felicidad o infortunio.

En 500 años su base se hundió 20 centímetros, pero a pesar de eso, los cimientos de sus edificios, hechos con pilotes de roble y pino, resisten el paso de las centurias.

¿Qué tiene Venecia, además del festival cinematográfico y su famoso carnaval, para que los turistas deambulen como zombies? Es que la Serenísima República Marinera, Reina del Adriático es una de las ciudades más bellas del mundo.

Magníficos palacios

Tocada por el arte griego, medieval, bizantino y toscano, lombardo y veneciano, fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987.

Es un archipiélago dividido en 119 islas, con 90 iglesias, 150 canales, 300 puentes de mármol, hierro y madera, 20 embarcaderos de góndolas, tres puertos y miles de obras de arte en sus magníficos palacios. Pero con tan solo 3000 calles sólidas y unos 70.000 habitantes acostumbrados a las multitudes, como si la ciudad fuera un país formado por todas las nacionalidades.

Venecia fue tan espléndida que durante la Edad Media y el Renacimiento, cada duque (dux) que asumía la República debía hacerlo mediante una ceremonia nupcial. Así, sin el consentimiento de una de las partes, se casaba con la mar y debía arrojar un anillo de oro a las aguas de la gran laguna.

El agua ha sido, de alguna manera, su bendición frente a las guerras y su desgracia en estos tiempos.

El 4 de noviembre de 1966 fue asolada por la más terrible de las inundaciones: sólo emergían los muros de los edificios y las góndolas navegaban por el medio de la plaza San Marcos, como si ése fuera el Gran Canal.

Hoy, un sistema de alarmas le avisa a los habitantes la crecida que sobrevendrá doce horas después. Sin embargo, el drama no parece doblegar la belleza de la Serenissima República.

Sin veredas

Palacios, monumentos, iglesias, arte, góndolas y puentes: todo está allí y parece multiplicado.

En Venecia no hay veredas ni umbrales, ni ruidos molestos: sólo se escucha el griterío de la muchedumbre porque todos los vehículos deben quedar estacionados en el gigantesco parking que ocupa toda la Isola del Trochetto.

Desde allí habrá que trasladarse en ferryboat; en los legendarios vaporetti o en lancha taxi.

Venecia es fácil de recorrer, porque su centro histórico es un pequeño laberinto distribuido en un conjunto de islotes unidos por puentes y decorados por la belleza romántica de las góndolas que los surcan.

El más famoso de los puentes venecianos es el Ponte dei Suspiri, que unía el Palacio Ducal con la prisión de la República: por allí cruzaban los reos que eran conducidos para las torturas y los interrogatorios estatales.

Con vista panorámica

Desde la costanera (llamada la Riviera), mirando hacia el frente, la vista descubrirá la Isla de San Giorgio Maggiori, con una bella panorámica del voluminoso edificio de la Basílica della Salute.

Venecia es una ciudad para vivir el placer. Nadie sabe si finalmente se hundirá como una Atlántida moderna o seguirá convocando a los enamorados del mundo.

En el museo de la Accademia se encuentra el lienzo más famoso de Paolo Veronese (La Ultima Cena), que por orden de la Inquisición debió cambiar su nombre por el de La Fiesta en la Casa de Levi.

En la magnífica catedral (inspirada en la Iglesia de los Apóstoles de Constantinopla), el tesoro iconográfico con sus piezas de oro y ébano, compite con la belleza de los cuatro caballos griegos de su fachada, y más allá desafía al León Alado de San Marcos, símbolo mayor del imperio veneciano.

El libertino Casanova nació en Venecia; Pink Floyd desbordó la ciudad con su concierto de 1989, y en el número 3399 de la calle Fondamenta dei Mori, vivió Tintoreto hasta su muerte, en 1594.

Hace pocos meses, el millonario textil Benetton llenó la plaza San Marcos con la presentación de su coche Renault B201, para correr en Fórmula 1.

Son datos sueltos. Pero todos juntos forman parte de la historia de esta ciudad convocante que, según dicen, es la más fotografiada del mundo. Por eso, en Venecia, es fácil perder la noción del tiempo.

Salón de Europa

¿Qué otro lugar es esencial en esta ciudad? La plaza San Marcos (durante siglos el centro de la vida política, cultural y religiosa), que Napoleón definió como "el más hermoso de los salones europeos".

No es para menos: allí descansa la magnífica basílica, la torre del campanile, el museo arqueológico y el palacio Ducal (de estilo gótico veneciano) con pinturas de Carpaccio, Ticiano, Veronés y otros, considerado un santuario de la pintura de la isla. En la plaza San Marcos flamean tres banderas: la de San Marcos, la de Venecia y la de Italia.

Y allí están, también, los dos cafés venecianos más famosos, a los que solían concurrir escritores como Proust, Dickens y Byronv: el Quadri y Florian.

Muy cerca se encuentra La Librería, sede de la biblioteca Marciana y el Museo Correr, con obras de Antonello da Messina, Carpaccio y otros grandes maestros.

Una de sus pinturas más importante es La Pietá, de Giovaninni Bellini.

Un canalazzo por donde van y vienen las góndolas

Divide la ciudad y deja ver el esplendor de la arquitectura

Tiene cuatro kilómetros que se hacen en media hora, si se elige el vaporetto

Se cruzan los puentes Scalzi, Rialto y Accademia

La calle Zusto es la más angosta de Venecia

VENECIA.- Como una serpiente de agua, el Gran Canal divide el corazón de Venecia en dos orillas prodigiosas. Hoy, lanchas, barcazas, góndolas y vaporetti van y vienen entre esas hileras de antiguos palacios. A orillas del canalazzo, como le dicenlos venecianos, hay más de 200 palacios e iglesias nacidos entre los siglos XII y XVIII. Desde la época del imperio fue la principal vía pública de la ciudad, navegada antiguamente por galeras y grandes navíos mercantes. Y junto con la belleza arquitectónica, se encuentra el más antiguo de sus puentes: el de Rialto, construido en 1588.

Los cuatro kilómetros de recorrido, que demandan un poco más de media hora en el vaporetto de la Línea 1 son una sucesión arquitectónica de la historia veneciana. El espectáculo incluye los tres puentes: el Scalzi, el Rialto y el Accademia. También se pasa por el palacio Calbo Crotta, el Querini (con el escudo de armas de la familia que lo habitó), el Calergi (en el que murió Richard Wagner, en 1883), el Giovanelli (cuya familia que no era veneciana pagó 100.000 ducados para pertenecer al Gran Consejo) y la vieja Peschería, que durante más de seis siglos fue el mercado más importante de la ciudad.

Casi a mitad de camino se encuentra el barrio más antiguo y comercial: el Rialto, que conserva la calle Zusto. Esta arteria tiene 76 centímetros de ancho y es la más angosta de Venecia.

Más adelante, el Gran Canal tiene su curva más cerrada (la Volta), en la que se descubre el palacio Balbi (desde cuyos balcones Napoleón disfrutó de la Regata Histórica corrida en su homenaje, en 1807) y otros edificios históricos espléndidos como el Mocenigo (en el que se hospedaba Lord Byron), el Palazzo Barbaro, en el que Henry James escribó Los Papeles de Aspern.

Las islas, siempre seductoras

Venecia está a 300 kilómetros de Florencia. Entre las islas más famosas conviene visitar Murano (artesanías en vidrio desde el siglo XIII), la isla de pescadores Burano, en donde se hacen encajes de hilo, y Torcello, que con sólo siete habitantes conserva una auténtica reliquia histórica: la iglesia de estilo veneciano-bizantino Santa María dell'Assunta.

En la Isla de Lido se encuentran las playas más bonitas de Venecia. Durante los carnavales de febrero se disfrazan unas 150.000 personas y en septiembre se corre la Regata Histórica, con antiguas naves y sus tripulaciones vistiendo atuendos tradicionales.

La isla de San Michele es la más pequeña, y en allí se encuentra el cementerio veneciano, otra de las alternativas que ofrece un paseo por Venecia.

El telefóno de la Oficina de Turismo que está en la plaza San Marcos es (041) 5226356.

Fuente La Nación, abril 2001

 

Datos útiles

Cómo llegar: el pasaje aéreo, de ida y vuelta, hasta Venecia cuesta desde 1000 dólares, con impuestos.

Alojamiento: la habitación doble en un hotel de tres estrellas cuesta alrededor de 60 dólares, en uno de cuatro, 95 y en uno de cinco, 140.

Traslados: una lancha taxi desde la isla del Tronchetto hasta la Plaza San Marcos cuesta 75 dólares.

En el vaporetto el viaje cuesta 3 dólares y el pase por el día, 9.

Paseos: una vuelta en góndola cuesta 60 dólares la hora durante el día y 70, por la noche.

La visita al tesoro de la basílica de San Marcos cuesta 4 dólares.

Gastronomía: un menú de dos platos con postre sin bebida cuesta entre 14 y 17 dólares.

Recomendado: probar el risotto a la veneciana, los spaghetti a la vongole y, de postre, tiramisú. Si puede, acompañe el menú con un buen vino Chianti.

Más Información: Ente Nacional Italiano de Turismo (ENIT), Av. Córdoba 345; 4311-3542.

En internet:

http://www.enit.it 

 

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