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Véneto
no está en la vía En la región italiana se preservan las fincas burguesas que desde hace cinco siglos caracterizan a la zona Los
viajeros que, en un período breve, quieran evocar la historia de los
patricios venecianos y de su estilo de vida deberían recorrer las
villas del Véneto, tan imponentes y hermosas como las de la Toscana o
las de Lombardía. Hay alrededor de tres mil dispersas en los
alrededores de Vicenza, de Verona, de Padua, de Treviso. Las
más antiguas son del 1400, como la de Portocolleoni, levantada por el
arquitecto Domenico Da Venezia, en la que todavía se advierten restos
de la mentalidad bélica de los nobles o de los ricos burgueses. El
cuerpo central, con su galería y sus balcones de cinco arcos ojivales,
se halla flanqueado por dos torres algo más altas, que tienen un carácter
más bien decorativo que defensivo. En cambio, la Villa Del Bene (próxima
a Verona), también del siglo XV, es casi una amplia casa campesina. Los
grandes señores venecianos se habían hecho ricos comerciando con
Oriente, pero a comienzos del siglo XV extendieron sus negocios a tierra
firme y se convirtieron en productores agrícolas. Aprovechando
períodos de paz, buscaron crearse en la campiña vecina residencias
rurales donde pudieran pasar los días de verano, acompañados por sus
amigos. Surgió entonces una sociedad festiva. Grandes mesas de
banquetes se tendían en los jardines de las propiedades, bajo los árboles.
En las galerías los músicos contratados ofrecían conciertos. Los
ambientes de recepción se convertían en salas de baile. Por
supuesto, también se levantaron encantadores refugios en las islas de
Murano, de Torcello, de Burano y de Malamocco, sin otra finalidad que la
recreativa. Tan sólo en el siglo XVI algunos de los ricos venecianos
sospecharon que el poderío comercial de la República podía decaer por
efecto del descubrimiento de América, así como por el lento pero
implacable dominio que Turquía fue teniendo sobre el Mediterráneo
oriental. Entonces, volcaron sus esfuerzos hacia sus posesiones
campestres. El patriciado compró grandes extensiones en Treviso, Padua, Rovigo. Durante tres siglos, la dedicación de la aristocracia véneta a la tierra convirtió las áreas no cultivadas en provechosos sembradíos, en prados irrigados. Las llanuras se poblaron de árboles frutales; los viñedos rodearon las casas señoriales y proporcionaron a sus dueños una nueva fuente de ingresos, así como de sus propios vinos. Palladio,
el inspirador Los
magníficos edificios que erigió en los alrededores de Vicenza, de
Padova, de Treviso, crearon una escuela. Palladio ha sido imitado hasta
hoy. Los arquitectos posmodernos confiesan abiertamente que él es una
de sus fuentes de inspiración más importantes. A diferencia de los
constructores anteriores, Palladio unió la casa principal, en la que
vivían los señores, al resto de los edificios que tenían funciones
productivas. La parte destinada a los patrones estaba en el centro del
complejo y se alzaba sobre una especie de zócalo, al que se llegaba por
escaleras importantes, de un efecto teatral, pero ese corazón edilicio
estaba unida a los anexos por una serie de galerías que permitían, en
días de lluvia o de un sol abrasador, desplazarse a cubierto de los
azares del clima. Entre
las creaciones más famosas de Palladio en el Véneto, se encuentran
Villa Badoer, en Fratta Plesine (Rovigo); Villa Emo Capodilista, en
Fanzolo di Vedelago, y Villa Barbaro, en Masèr (las dos en los
alrededores de Treviso). Y por supuesto, la célebre Villa Foscari, más
conocida como La Malcontenta, de 1560, en Gambarare di Mira. Muchas de
estas villas pueden visitarse en primavera y verano si se toma la
excursión del Burchiello, el vapor que recorre el curso del Brenta y
que sale desde Venecia. Se trata de un encantador y breve crucero
fluvial. Mientras
que en el siglo XV las pinturas murales no eran muy frecuentes, en el
1500, la influencia de Palladio hizo que los frescos se convirtieran en
la principal decoración y riqueza de las moradas rurales. Paredes
enteras eran ilustraciones de escenas mitológicas o de la Biblia.
Veronese ejecutó obras magníficas en Masèr (Treviso), Gian Battista
Zelotti en Lonedo (Vicenza) y en Mira (Venecia). El
gusto por la imaginería renacentista hizo que se concibieran ambientes
enteros como una excusa para que el pintor de turno exhibiera su
talento. La influencia de Palladio se hizo aún más fuerte en el siglo
XVIII, y Giambattista Tiépolo se transformó en el artista más
requerido para decorar los salones campesinos con sus magníficas
pinturas. Pero además los patricios venecianos compraban telas de
Francesco Guardi, de Longhi, de Canaletto. Entre esas mansiones del siglo XVIII que marcaron, al mismo tiempo el esplendor y el ocaso de las residencias campestres, se destaca Villa Pisani, en Strà, construida entre 1735 y 1756 por Francesco Maria Preti. El techo del salón de baile fue pintado por Tiépolo: fue su último trabajo antes de partir para España. A espaldas de la residencia, se extiende el gran parque. En Pisani, se alojaron numerosos reyes de toda Europa, entre ellos Napoleón Bonaparte. El Burchiello lleva hasta sus puertas. Venecia,
por los canales del Renacimiento De
los edificios de la ciudad acuática, la Scuola Grande di San Rocco es
uno de los tesoros de la época en que el arte resurgía, entre otros,
de la mano de Jacopo Tintoretto; sus pinturas se exhiben en este museo En
el maravilloso laberinto de las callejuelas venecianas se encuentra uno
de los máximos tesoros de la ciudad acuática, la Scuola Grande di San
Rocco. Uno puede haber visitado varias veces el célebre edificio y, sin
embargo, casi indefectiblemente termina por preguntar, desconcertado,
perdido, a un habitante de la isla cómo llegar hasta la espléndida
fachada de mármol. Si se viaja en vaporetto, los carteles indicadores
señalan sin lugar a duda donde debe descender el pasajero, pero desde
el muelle hasta la imponente entrada de la Scuola median unos cuantos
metros que exigen un gran sentido de orientación para llegar a destino
sin demasiados problemas. La
construcción renacentista tiene una majestuosa belleza con sus columnas
acanaladas, el vasto pórtico lateral y los frontones triangulares en lo
alto. Pero los millares de viajeros que llegan todos los años hasta la
Scuola lo hacen atraídos por el magnífico ciclo de pinturas realizado
por Tintoretto a mediados del siglo XVI. Durante
muchos siglos, las scuole de Venecia se encargaron de asistir a los
pobres y a los enfermos, así como de defender los intereses de algunas
corporaciones religiosas y de instituciones de caridad de origen no
veneciano, pero que se hallaban instaladas en la ciudad. La
Scuola Grande di San Rocco se contaba entre las seis más importantes de
Venecia. En realidad, San Rocco, el patrón de la Scuola, era un hombre
santo de procedencia francesa, Saint Roch, de Montepellier. Sus restos
habían sido trasladados a Venecia y la Scuola di San Rocco, puesta bajo
la protección de aquel vagabundo póstumo, se había convertido en un
refugio, sobre todo para las víctimas de las epidemias. Pronto la
Scuola, ayudada por una serie de circunstancias y de creencias, se
transformó en una rica y poderosa comunidad. Una
de las imágenes de la Scuola, el Cristo llevando la Cruz, atribuida ya
a Tiziano, ya a Giorgione, era considerada milagrosa, lo que favoreció
numerosas y pingües donaciones. El prestigio de la Scuola crecía. Crecía
tanto que los más grandes pintores venecianos se disputaron el honor de
decorar las salas de la nueva construcción. Dos de los competidores más
acérrimos eran Veronese y Jacopo Tintoretto, cuyo nombre provenía del
oficio de su padre, Giovanni Battista (un tintorero que teñía sedas). El
entusiasmo de Tintoretto En 1546 se autorizó al Gran Guardián de la
Scuola que encargara la decoración de las paredes de la llamada Salla
dell'Albergo. En 1553, nada menos que Tiziano, el artista más
prestigioso de Venecia en aquel momento (y durante un tiempo maestro de
Tintoretto), propuso pintar una gran tela destinada a ese espacio. Por
distintas circunstancias, ese ofrecimiento no fue aceptado. Tan
sólo en 1564 se decidió reservar una parte del presupuesto de la
Scuola para la tela que ocuparía el centro del techo de la Salla
dell'Albergo. Se dijo que se convocaría a un concurso en el que
participarían los artistas más renombrados de Venecia: Andrea
Schiavone, Federico Zuccari, Giuseppe Salviati y Paolo Veronese. Pero
Tintoretto tuvo un gesto de audacia, presentó la obra terminada como
regalo, la misma que hoy corona la sala, la célebre Gloria de San
Rocco. El
interés de Tintoretto por decorar toda la Scuola de San Rocco era tan
grande que decidió hacer muchos de los trabajos en forma gratuita. Por
varias de las pinturas del gran artista, la cofradía sólo tuvo que
pagar el costo de los materiales. En dos años, Tintoretto completó la
Salla dell'Albergo. Realizó una serie de alegorías sobre las distintas
Scuole venecianas, la de San Giovanni Evangelista, la della
Misericordia, la de San Marco, así como cuatro telas que representaban
las estaciones. Una de las obras más importantes de la Salla es Cristo
ante Pilatos, que, según los especialistas, está inspirada en una
xilografía de Durero. Las imágenes que Tintoretto creó para ese
espacio son excepcionales: La corona de espinas, El ascenso al Calvario,
La Crucifixión. Una
obra imponente Cuando se sube al primer piso de la Scuola no se puede
reprimir un gesto o una exclamación de deslumbramiento. El techo
cubierto de pinturas enmarcadas y enlazadas por estucos dorados, los mármoles
del piso, los trabajos de boiserie de las paredes, las tallas, las lámparas
en las que los cristales están apresadas por volutas de bronce,
apabullan por la hermosura, el esplendor y la riqueza. No
hay un centímetro ni en el techo, ni en las paredes, ni en el piso que
no esté suntuosamente decorado. La mirada se pierde en ese bosque de
formas, de colores, de materiales. Es tal el desborde imaginativo, el
carácter dramático de las obras del Tintoretto, el marco solemne que
alberga las obras del artista, que uno debe esperar unos minutos para
tranquilizarse y elegir una de las escenas con el fin de contemplarla
detenidamente. Se
debe hacer un esfuerzo para abstraer la atención del cúmulo de estímulos
que acosan al visitante y centrarla en la obra elegida. Sólo así,
luchando contra esa catarata de sensaciones, se puede iniciar un
recorrido más detallado. El ciclo completo del techo está integrado
por 32 imágenes. La del centro del techo es La erección de la
serpiente de bronce, una tela de 8,40 x 5,20 metros. Tintoretto la
realizó en dos meses y medio. Mencionemos algunas de las restantes:
Moisés hace manar agua de una roca, El pecado original, Dios aparece
ante Moisés, La columna de fuego. En
1581, Tintoretto terminó los cuadros más importantes de la sala
superior y, al año siguiente, se puso a trabajar en los de la sala de
la planta baja, ocho grandes telas que revelan la madurez y la audacia
de concepción del artista: La Anunciación, La adoración de los Reyes
Magos, La huida a Egipto, La masacre de los inocentes, Santa María
Magdalena, Santa María de Egipto, La circuncisión y La Asunción de la
Virgen. El conjunto es una de las cumbres del arte renacentista y deja exhausto a quien pretenda contemplarlo íntegro en una tarde. Conviene salir, perderse de nuevo por las calles, sentarse a tomar un café frente al Canal Grande y volver otro día. La belleza, a veces, es tan exigente como la escalada de una montaña. El
Palazzo della Raggione, para tocar el cielo La
influencia de los astros sobre la actividad humana puede apreciarse en
este monumento medieval del Véneto A
veinticinco minutos de tren de Venecia, Padua es una de las más
hermosas ciudades de la región del Véneto. Los monumentos, las
iglesias, los museos, los restos del antiguo gueto, las pintorescas
calles medievales con galerías de arcos que resguardan de la lluvia y
de la nieve en invierno, y del sol en verano, exigen una estada de, por
lo menos, dos días para recorrerlos. Pero
quizá lo que más impresiona en una primera visita es el Palazzo della
Raggione, que se alza en el corazón de Padua, entre la Piazza delle
Erbe y la Piazza della Frutta. Desde la Edad Media, esos espacios han
sido el centro de la actividad comercial y de la vida social paduana. El
bullicio que rodea al magnífico edificio sólo cesa a la madrugada,
aunque los fines de semana los cafés de la vecindad, muy frecuentados
por los jóvenes, funcionan casi hasta el alba y agrupan a muchedumbres
de adolescentes y de estudiantes; en ciertos momentos de la noche, uno
podría creer que los chicos reunidos frente a esos establecimientos están
manifestando en contra o en favor de algo: no, simplemente beben
cerveza, toman café o comen pizza, al amparo majestuoso de la antigua
construcción. Constantes
renovaciones En
la planta baja, los arcos de la galería cobijan una sucesión de
tiendas en las que se venden toda clase de alimentos y también artículos
de mercería. Del lado de la Piazza delle Erbe, los puestos de venta
callejeros alineados y con sus toldos desplegados forman fugaces
senderos atestados de cajones, vendedores y clientes. Los
orígenes del Palazzo se remontan al siglo XIII. Desde entonces tuvo
varias restauraciones, que debieron subsanar los daños producidos por
diversos accidentes. En 1218, cuando se resolvió reservar el espacio
entre las dos plazas para los tribunales, Padua era un municipio libre
del partido gŸelfo, que había combatido en las filas de la Liga
Lombarda y que, por lo tanto, se encontraba del lado de quienes habían
vencido al emperador Federico Barbarroja. Casi
un siglo después, Fra Giovanni degli Eremitani fue quien concibió los
planos del Palazzo tal como hoy se lo conoce. La
construcción tiene dos pisos. Cuatro escaleras externas conducen al
piso alto formado por tres grandes salas, los uffici del Sigillo,
dell'Esattoria y la capilla de San Prosdócimo. El techo está recorrido
a lo largo por un eje mayor, una enorme viga, sostenida por enormes
columnas de madera revestidas de cuero. Se
apagan las estrellas Giotto,
asistido por un ejército de ayudantes, fue el encargado de realizar el
complejo ciclo de imágenes. Según parece, se trataba de un tesoro
maravilloso, tan espléndido, o más si cabe, que la Capilla de los
Scrovegni (una de las más célebres obras de Giotto, también pintada
en Padua). El 2 de febrero de 1420 un incendio destruyó la bóveda y
los deslumbrantes trabajos de Giotto. Entonces
Bartolomeo Rizzo rehizo el techo en forma de carena de barco, eliminó
las paredes divisorias del piso superior y creó una única sala. Las imágenes
fueron restauradas por Nicol˜ Miretto y Stefano de Ferrara; aunque son
muy bellas y responden al espíritu de Giotto, difieren en calidad de lo
que puede verse en los Scrovegni. La
franja inferior de la serie pictórica, del siglo XVI, se debe a Jacopo
da Montagnana y Domenico Campagnola. Pero las catástrofes no habían
concluido. El 17 de agosto de 1756, un vendaval se llevó la bóveda y
con ella una de las muestras más brillantes de la decoración en la
tardía Edad Media. Se volvió a restaurar el conjunto, pero ya no se
pintó el magnífico cielo original tachonado de siete mil estrellas. Arte
y curiosidades Entre
los objetos que llaman la atención y que hoy resultan divertidos está
la llamada piedra del vituperio: allí, los deudores que no podían
pagar sus obligaciones debían desnudarse hasta quedar en calzoncillos,
después tenían que sentarse tres veces sobre la piedra y repetir en
cada una de esas oportunidades que renunciaban a sus bienes. Tras ese
ritual, podían salir a la calle, en libertad, pero sin otra cosa que la
ropa interior. En
cuanto al ciclo pictórico, en la parte superior, hay 333 sectores que
despliegan las doctrinas de Pietro d'Abano acerca de la influencia de
los astros sobre las actividades humanas. En la franja inmediatamente
inferior, aparece una serie de animales relacionados con los tipos de
causas que debían tratar los jueces. Por último, en la franja más próxima
a los visitantes, hay pinturas con distintos temas, realizados por
distintos autores: está, por ejemplo, la serie de las insignias de los
tribunales, en la que aparecen numerosos animales; también se ven
varios frescos de carácter religioso. Para terminar la visita, conviene pasearse por la galería alta que da a la plaza. El panorama, a cualquier hora del día, es muy pintoresco y, seguramente, la animación de las charlas entre vendedores y clientes repite la de los tiempos medievales; pero, en vez de las músicas del pasado, se oye el latido frenético y atronador de una batería de rock. La Nación, junio 1998
El
arte tiene su laberinto en Venecia La
ciudad de los canales, tan visitada por los enamorados, resiste el paso
de los siglos y cuenta su historia en cada esquina Galileo
estrenó su telescopio en la Torre de San Marcos Vivaldi
llenó las iglesias con su música Es
Patrimonio de la Humanidad desde 1987 VENECIA.-
En Venecia es fácil perder la noción del tiempo. A decir verdad, no
hubo época de la historia en que Venecia no fuera una ciudad convocante
para todas las expresiones del arte. También para el amor y la visita
de miles y miles de viajeros. Vivaldi
y Monteverdi llenaron de acordes sus antiguas iglesias; Richard Wagner
murió en uno de sus palacios; Galileo Galilei estrenó su telescopio
subido al Campanile de la Torre de San Marcos; Thomas Mann -desde las
playas de Lido- escribió una de sus grandes novelas: Muerte en
Venecia, y Venecia sin ti fue para Charles Aznavour un enorme
éxito musical. Muchos
se preguntan qué tiene esta ciudad que pudo resistir la devastación de
los godos y los ataques de Atila. Sin embargo, el azote del agua decide
sobre su felicidad o infortunio. En
500 años su base se hundió 20 centímetros, pero a pesar de eso, los
cimientos de sus edificios, hechos con pilotes de roble y pino, resisten
el paso de las centurias. ¿Qué
tiene Venecia, además del festival cinematográfico y su famoso
carnaval, para que los turistas deambulen como zombies? Es que la Serenísima
República Marinera, Reina del Adriático es una de las ciudades
más bellas del mundo. Magníficos
palacios Es
un archipiélago dividido en 119 islas, con 90 iglesias, 150 canales,
300 puentes de mármol, hierro y madera, 20 embarcaderos de góndolas,
tres puertos y miles de obras de arte en sus magníficos palacios. Pero
con tan solo 3000 calles sólidas y unos 70.000 habitantes acostumbrados
a las multitudes, como si la ciudad fuera un país formado por todas las
nacionalidades. Venecia
fue tan espléndida que durante la Edad Media y el Renacimiento, cada
duque (dux) que asumía la República debía hacerlo mediante una
ceremonia nupcial. Así, sin el consentimiento de una de las partes, se
casaba con la mar y debía arrojar un anillo de oro a las aguas de la
gran laguna. El
agua ha sido, de alguna manera, su bendición frente a las guerras y su
desgracia en estos tiempos. El
4 de noviembre de 1966 fue asolada por la más terrible de las
inundaciones: sólo emergían los muros de los edificios y las góndolas
navegaban por el medio de la plaza San Marcos, como si ése fuera el
Gran Canal. Hoy,
un sistema de alarmas le avisa a los habitantes la crecida que
sobrevendrá doce horas después. Sin embargo, el drama no parece
doblegar la belleza de la Serenissima República. Sin
veredas En
Venecia no hay veredas ni umbrales, ni ruidos molestos: sólo se escucha
el griterío de la muchedumbre porque todos los vehículos deben quedar
estacionados en el gigantesco parking que ocupa toda la Isola del
Trochetto. Desde
allí habrá que trasladarse en ferryboat; en los legendarios vaporetti
o en lancha taxi. Venecia
es fácil de recorrer, porque su centro histórico es un pequeño
laberinto distribuido en un conjunto de islotes unidos por puentes y
decorados por la belleza romántica de las góndolas que los surcan. El
más famoso de los puentes venecianos es el Ponte dei Suspiri, que unía
el Palacio Ducal con la prisión de la República: por allí cruzaban
los reos que eran conducidos para las torturas y los interrogatorios
estatales. Con
vista panorámica Venecia
es una ciudad para vivir el placer. Nadie sabe si finalmente se hundirá
como una Atlántida moderna o seguirá convocando a los enamorados del
mundo. En
el museo de la Accademia se encuentra el lienzo más famoso de Paolo
Veronese (La Ultima Cena), que por orden de la Inquisición debió
cambiar su nombre por el de La Fiesta en la Casa de Levi. En
la magnífica catedral (inspirada en la Iglesia de los Apóstoles de
Constantinopla), el tesoro iconográfico con sus piezas de oro y ébano,
compite con la belleza de los cuatro caballos griegos de su fachada, y más
allá desafía al León Alado de San Marcos, símbolo mayor del imperio
veneciano. El
libertino Casanova nació en Venecia; Pink Floyd desbordó la ciudad con
su concierto de 1989, y en el número 3399 de la calle Fondamenta dei
Mori, vivió Tintoreto hasta su muerte, en 1594. Hace
pocos meses, el millonario textil Benetton llenó la plaza San Marcos
con la presentación de su coche Renault B201, para correr en Fórmula
1. Son
datos sueltos. Pero todos juntos forman parte de la historia de esta
ciudad convocante que, según dicen, es la más fotografiada del mundo.
Por eso, en Venecia, es fácil perder la noción del tiempo. Salón
de Europa No
es para menos: allí descansa la magnífica basílica, la torre del
campanile, el museo arqueológico y el palacio Ducal (de estilo gótico
veneciano) con pinturas de Carpaccio, Ticiano, Veronés y otros,
considerado un santuario de la pintura de la isla. En la plaza San
Marcos flamean tres banderas: la de San Marcos, la de Venecia y la de
Italia. Y
allí están, también, los dos cafés venecianos más famosos, a los
que solían concurrir escritores como Proust, Dickens y Byronv: el
Quadri y Florian. Muy
cerca se encuentra La Librería, sede de la biblioteca Marciana y el
Museo Correr, con obras de Antonello da Messina, Carpaccio y otros
grandes maestros. Un
canalazzo por donde van y vienen las góndolas Divide
la ciudad y deja ver el esplendor de la arquitectura Tiene
cuatro kilómetros que se hacen en media hora, si se elige el vaporetto Se
cruzan los puentes Scalzi, Rialto y Accademia La
calle Zusto es la más angosta de Venecia VENECIA.-
Como una serpiente de agua, el Gran Canal divide el corazón de Venecia
en dos orillas prodigiosas. Hoy, lanchas, barcazas, góndolas y
vaporetti van y vienen entre esas hileras de antiguos palacios. A
orillas del canalazzo, como le dicenlos venecianos, hay más de
200 palacios e iglesias nacidos entre los siglos XII y XVIII. Desde la
época del imperio fue la principal vía pública de la ciudad, navegada
antiguamente por galeras y grandes navíos mercantes. Y junto con la
belleza arquitectónica, se encuentra el más antiguo de sus puentes: el
de Rialto, construido en 1588. Los
cuatro kilómetros de recorrido, que demandan un poco más de media hora
en el vaporetto de la Línea 1 son una sucesión arquitectónica de la
historia veneciana. El espectáculo incluye los tres puentes: el Scalzi,
el Rialto y el Accademia. También se pasa por el palacio Calbo Crotta,
el Querini (con el escudo de armas de la familia que lo habitó), el
Calergi (en el que murió Richard Wagner, en 1883), el Giovanelli (cuya
familia que no era veneciana pagó 100.000 ducados para pertenecer al
Gran Consejo) y la vieja Peschería, que durante más de seis siglos fue
el mercado más importante de la ciudad. Casi
a mitad de camino se encuentra el barrio más antiguo y comercial: el
Rialto, que conserva la calle Zusto. Esta arteria tiene 76 centímetros
de ancho y es la más angosta de Venecia. Más
adelante, el Gran Canal tiene su curva más cerrada (la Volta), en la
que se descubre el palacio Balbi (desde cuyos balcones Napoleón disfrutó
de la Regata Histórica corrida en su homenaje, en 1807) y otros
edificios históricos espléndidos como el Mocenigo (en el que se
hospedaba Lord Byron), el Palazzo Barbaro, en el que Henry James escribó
Los Papeles de Aspern. Las
islas, siempre seductoras En
la Isla de Lido se encuentran las playas más bonitas de Venecia.
Durante los carnavales de febrero se disfrazan unas 150.000 personas y
en septiembre se corre la Regata Histórica, con antiguas naves y sus
tripulaciones vistiendo atuendos tradicionales. La
isla de San Michele es la más pequeña, y en allí se encuentra el
cementerio veneciano, otra de las alternativas que ofrece un paseo por
Venecia. El telefóno de la Oficina de Turismo que está en la plaza San Marcos es (041) 5226356. Fuente La Nación, abril 2001 |
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Datos
útiles Alojamiento:
la habitación doble en un hotel de tres estrellas cuesta alrededor de
60 dólares, en uno de cuatro, 95 y en uno de cinco, 140. Traslados:
una lancha taxi desde la isla del Tronchetto hasta la Plaza San Marcos
cuesta 75 dólares. En
el vaporetto el viaje cuesta 3 dólares y el pase por el día, 9. Paseos:
una vuelta en góndola cuesta 60 dólares la hora durante el día y
70, por la noche. La
visita al tesoro de la basílica de San Marcos cuesta 4 dólares. Gastronomía:
un menú de dos platos con postre sin bebida cuesta entre 14 y 17 dólares.
Recomendado:
probar el risotto a la veneciana, los spaghetti a la vongole y, de
postre, tiramisú. Si puede, acompañe el menú con un buen vino
Chianti. Más
Información:
Ente Nacional Italiano de Turismo (ENIT), Av. Córdoba 345; 4311-3542.
En
internet:
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