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Turquía

 

Tumba de Kemal Atatürk

Libro sagrado del Islam

Puerto mediterráneo de Antalya

 

Antalya

En esta ciudad todavía quedan restos de la muralla que la rodeaba y una de sus puertas: la puerta de Adriano, la entrada a la ciudad antigua.  El monumento más llamativo dentro de la muralla es el Yivli Minare, el minarete nevado o estriado, construido por el sultán selyúcida Aleddin Keykubat (1219-1236) cuando convirtió en mezquita una iglesia cercana.

Próximo a este minarete se halla el Karatay Medrese, una escuela de teología, de estilo selyúcida (1250), que presenta decoración geométrica y una entrada restaurada con el tradicional modelo de estalactitas.  Ésta se encuentra encima del puerto, en una terraza empedrada, arbolada y con el monumento conmemorativo a Atatürk, al oeste.  Bajando unas escaleras, cerca de este monumento, hay un parque donde esta situada la oficina del Ministerio de Información y Turismo.

Al sur de la ciudad antigua, el Minarete Kesik está unido a una iglesia convertida del siglo V, que fue construida donde anteriormente había existido un templo romano.  El minarete más meridional de la ciudad antigua se encuentra en 1851.  En la cumbre más meridional de la ciudad se encuentra la Hildirlik Kulesi, una torre de temprana pero desconocida fecha.  Quizá se construyó como faro.

Desde el cruce principal, justo al este de la torre del reloj, empieza una amplia avenida, la Atatürk Caddesi, con una doble fila de palmeras en el centro; va primero hacia el sur y luego gira hacia el este.  A unos 50 m del cruce se encuentra la puerta de Adriano, con bastiones que tienen torres a ambos lados de una torre en el norte y dos en el sur.  Los tres arcos de la puerta tienen sus columnas y capiteles correspondientes.  La zona interior de la puerta ha sido convertida en un paso peatonal.  Además de esta entrada principal a la ciudad antigua, se puede también acceder a ella por una calle que baja desde la esquina opuesta a la torre del reloj,  donde esta situada la Paêa Camii.  Restos de la muralla antigua se pueden ver a lo largo de Atatürk Caddessi, y donde gira hacia el este está la entrada principal  al Parque Mermerli (antes parque  Inönü), en la zona oeste.  Caminando  por la avenida principal del parque, se llega a una terraza sur desde donde se puede gozar de una vista de la bahía de Antalya y, en un día claro, de las altas montañas de la estribación occidental.

A la izquierda de la entrada al parque Mermerli, se halla el Museo Atatürk.  El Museo Arqueológico está Kenen Evren Bulvari, aproximadamente a 1 km del anterior.  Es esta una amplia avenida que empieza en la torre del reloj, en dirección oeste y termina cruzándose con la Akdeniz Bulvari de la costa.  El museo cuenta con una rica colección de piezas de las excavaciones de la zona.  Yendo hacia el sur desde la plaza pavimentada en la entrada del parque, pasado el estadio moderno, se llega a la playa de Lara, un centro de vacaciones ubicado a 12 km de la ciudad.  Aproximadamente en la primera  cuarta parte del camino, las aguas de las cataratas bajas de Düden caen al mar; las cataratas altas están a 14 km al noreste.  Si se quiere continuar el viaje  hacia el este, hay que ir al otopark del minibús, que esta cerca de la rotonda en el extremo este de Cumhuriyet Caddesi (donde se encuentra la torre del reloj) y al principio de  Ali Çetinckya   Caddesi.

Hay dos mezquitas de interés, la Murat  Paêa Camii, del siglo XVI, cerca del otogar, y la más antigua, Iskele Camii, en el muelle del puerto.

En cuanto a hoteles, destaca el lujoso Talya, de cinco estrellas, y algunos otros de categorías inferiores, como el Büyük Oteli (Gran Hotel), de tres estrellas, en la terraza que hay justo al este del monumento a Atatürk.  Además  de las dos pensiones de la ciudad antigua, hay otras uenas, aunque menos ostentosas, como la White House, en una de zona de callejuelas en la parte este de Kazim Ozalp Caddesi, al sur del otogar.    

 

Estambul
rastros de un imperio

Es el constante misterio de una ciudad cambiante, indescifrable, que oscila entre el lujo, lo recoleto de sus lugares sagrados y el alboroto de sus calles

ESTAMBUL, Turquía.- El chirrido agudo del antiguo tranvía rojo y blanco repleto de hombres fue el último sonido urbano que escuchó el viajero aquella tarde. En la avenida Istiklal, su anfitrión turco lo tomó de un brazo para conducirlo por una callejuela estrecha y antes de que pudiese orientar el rumbo ya estaba parado en la entrada de un local lleno de humo. Nadie se fijó en que junto a Kadir entraba un extranjero, o al menos ninguno de los parroquianos levantó la vista. Todos siguieron en sus cosas.

Se sentaron sobre taburetes enanos frente a una mesa baja: la madera estaba impregnada por el olor a tabaco fuerte de los cigarros, las pipas de agua y de madera, y los cigarrillos con marquillas desconocidas para el visitante. El propio camarero apuraba un cigarrillo mientras asentía con la cabeza al pedido por señas de dos cafés.

La bebida era negra como la noche y pesada, servida de una jarra metálica dorada con un pico angosto. Humeaba la taza diminuta, mientras el café se enfriaba adrede hasta que bajara la borra. Kadir estiró las piernas. "Por fin una tarde sin mujeres", dijo.

Raro sentimiento el de aquel hombre que decía estar cansado de las cuatro féminas que habitaban su hogar, sus tres hijas y una esposa, y que habían servido la comida la noche anterior sin emitir casi palabra, salvo cuando el hombre les preguntaba algo, lo que no ocurría con demasiada frecuencia.

La cena a base de carnes especiadas siguió con dulces, té, pastelería y frutas secas, como es costumbre en el país, y las mujeres continuaron en silencio mirándose de vez en cuando y bajando la vista con rapidez al percatarse de que el invitado las había visto sonreír.

El orden en aquella casa era absoluto, como en casi todos los hogares de Turquía, más allá de clases sociales, oficios y profesiones.

En el bar, la barrera de humo era tal que el exterior estaba tapado por un gris volátil. Los pasos de las personas que pasaban por la vereda, sin embargo, se podían oír, al igual que los gritos de unos muchachos que se hablaban de una vereda a la otra, es decir, a tres metros de distancia. La tez oscura de todos contrastaba con el rubio que atendía el mostrador.

-¿Es extranjero? -preguntó el viajero.

Kadir se rió.

-No, claro que no, ése es un hijo de cien generaciones de turcos, sólo que por este país han pasado muchos ejércitos -respondió con la naturalidad de quien habla de su propio pasado.

Las alfombras de Mehmet

Es que los turcos tienen tres o cuatro cultos que no abandonan: la familia, la religión, los ritos sociales y la tradición, todos ellos entrelazados entre sí.

Como aparecido de la nada, un tercer hombre se sentó a la mesa. Era Mehmet, hermano de Kadir, vendedor de alfombras en un local del bazar egipcio.

-¿Conoce ya el Gran Bazar? -interrogó el recién llegado.

Ante la negativa, Mehmet comenzó a relatar sus días en el local.

"Debe usted ver la galería y lo que hay dentro. Escuchar a los hombres regatear sin pausa. Aunque usted no entienda el turco se dará cuenta de que están regateando, porque se dan la mano como si apenas llegaran y siguen hablando entre sonrisas o caras serias, de acuerdo cómo vaya la negociación. Debe usted ver los techos cóncavos y los adornos en las vidrieras."

Paró un momento de hablar en su inglés elemental y Kadir aprovechó el descuido para decir lo suyo.

"Debe usted verlo a Mehmet sentado en su silla con respaldo bordado en oro, y esas alfombras colgando a sus espaldas. El fuma a solas en su pipa de madera amarilla pintada con dibujos tradicionales, mientras sonríe cada vez que alguien se detiene ante la vidriera, pero cuando entra a hurgar en la montaña de alfombras que se apila en el centro del lugar, finge que no le interesa la presencia del cliente y se dedica a bajar el cierre de una bolsa de paño bordado que no vendería a nadie sólo porque se la regaló su vecino el día de su cumpleaños", dijo el hermano menor, que aun en ese bar mantenía el respeto reverencial por los mayores que cada quien tiene en Turquía.

En el local, mientras tanto, todos fumaban sin parar, salvo cuando les tocaba mantener el ritmo de su conversación. Todos menos uno, que sentado en el fondo con la espalda apoyada en la pared, recitaba poemas épicos para un auditorio de tres hombres que lo escuchaban con atención infinita.

Entre tabaco y aceitunas

La música típica sonaba sin altibajos, cadenciosa, y los olores a tabaco y aceitunas frescas se esparcían por el local, echados de un lado para otro por el viento que producían los tres ventiladores de techo de cuatro aspas oscuras.

En realidad, el bar al que entraban tres tardes por semana los hermanos Kadir y Mehmet no era un reflejo de la Estambul moderna.

Más bien se trataba de un rincón del pasado que se escondía entre cuatro paredes de todo aquello que la occidentalización trajo consigo, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial.

Ya no se escucha en las calles, desde el interior de las casas de música, el sonido inconfundible de las bandas militares de los jenízaros. Ahora son instrumentos de última generación los que truenan, aunque en muchos casos lo hagan para repetir las notas de viejas sinfonías campesinas que eran, sin duda, familiares al oído del propio Mustafá Kemal Atatürk.

Ello ocurre en cualquier época del año, salvo en los períodos electorales, cuando Estambul se convierte en una gigantesca feria comercial de consignas, afiches, carteles colgantes y actos públicos en los parques, en las plazas, y que terminan en las discusiones de café.

El viajero recordó la voz de un hombre que intentaba explicarle en varios idiomas el significado de toda aquella parafernalia de seguidores de candidatos que parecía haber llovido de un día para el otro. A cambio de la información, pedía unos dólares, pero ante la negativa blindada del extranjero optó por dar las explicaciones de todas maneras.

Muy sociables

Es que los turcos se relacionan con el viajero varón en un gesto que parece compulsivo. Tienen un sentido de la sociabilidad envidiable y eso lo demuestran en la vida cotidiana, incluso entre ellos mismos. "No te compres una casa, cómprate un vecino", reza un antiguo refrán local. He allí la razón del empeño de Mehmet en mantener entre sus manos aquella bolsa de paño que le regaló el hombre que vive pared de por medio.

Gentío permanente, olores penetrantes, marquesinas multicolores que no llegan a opacar los grises brumosos de ciertas mañanas, sobre todo en las cercanías del estrecho que ingresa en el Mar Negro sin pedir permiso. Los ruidos de la ciudad más grande de Turquía, la que no es capital del país por esas cosas de las administraciones humanas, se desvive por vender los perfumes franceses falsos, y los electrodomésticos, y las alfombras y telares, y los dátiles, y el paso lento hacia la Mezquita Azul que recorren los jóvenes apenas salen de la Universidad.

En el bar, donde el viajero simula con Mehmet y Kadir que los tres están recorriendo el mundo, no está el olor a pescado del puerto, ni los colores azules del Mar Negro, ni las mujeres bellísimas que el visitante intuye detrás de un velo invisible que no les tapa el rostro, pero les cubre los sentidos, que existen, sí, pero no se muestran.

Estambul no es como Bagdad, donde las alfombras vuelan según los cuentos de casi mil noches, sino como la cálida sensación de poder recluirse entre los hombres y humos de lugares como un simple bar pegado al bullicio urbano, donde los sentidos se protegen de todo aquello que no sea antiguo.

Reliquias de una época de esplendor

En 1934, Atatürk transformó Santa Sofía en un museo. La antigua iglesia construida por el emperador Justiniano entre los años 532 y 537 (tercera basílica construida sobre el mismo lugar) había sido convertida en mezquita por Mehmet II, horas después de la toma de Constantinopla en 1453.

La primera basílica había sido inaugurada en 360 por el emperador Constantino e incendiada en el 404 durante el levantamiento de Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla. La segunda había sido construida por Teodosio II, consagrada en el 415 e incendiada en el 532, durante los incidentes de Nika.

La basílica de Justiniano había sido construida por los más grandes artistas, arquitectos y geómetras de entonces y los materiales habrán sido minuciosamente seleccionados: columnas y ornamentos extraídos del gimnasio de Efeso, de los templos de Atenas, de Delfos y del templo de Osiris situado en Egipto. Sin duda, Justiniano había realizado su deseo: construir un edificio aún más impresionante que el templo de Salomón en Jerusalén. Pero la iglesia, inaugurada en el 537, sufrió daños graves durante las décadas siguientes a causa de los terremotos y debió ser restaurada. Justiniano la inauguró por segunda vez en el 563.

El esplendor de la basílica se apagó lentamente a partir de la IV Cruzada, cuando los latinos asaltaron Constantinopla. Entonces Santa Sofía fue despojada de sus ornamentos preciosos. Después, con la lenta decadencia del Imperio Bizantino, la basílica de Justiniano sufrió un deterioro irreversible.

Hoy se conservan contra sus muros mosaicos borroneados de la época bizantina, con imágenes de la Virgen, de Cristo y de los emperadores, pero se agregaron el almimbar (púlpito de una mezquita), el mihrab (nicho perforado en el muro que indica la dirección de la Meca) y los cuatro alminares (torres de la mezquita desde donde, cada día, se llama a las cinco plegarias).

El sueño del sultán Ahmet I

Frente a Santa Sofía, atravesando los jardines, junto al parque situado sobre un antiguo hipódromo romano, se eleva la mezquita Azul (o mezquita Sultán Ahmet), construida por orden del sultán Amhet I (1603-1617). Obra de un discípulo del gran Sinán, Mehmet Aga, es la única de la ciudad que tiene seis alminares (dos más que Santa Sofía y que la mezquita de Suleimán, el Magnífico). Amhet I deseaba tan fuertemente que su mezquita tuviera seis alminares que para sanar la ofensa de las autoridades religiosas ofreció un séptimo alminar a la mezquita de La Meca, que era la única de todo el Imperio Islámico que contaba ya con seis.

Cúpulas y columnas se suceden, proyectan luces y sombras en un equilibrio mágico. La sala de plegarias está coronada por una cúpula de 43 metros de altura apoyada sobre cuatro columnas de 5 metros de diámetro. La luz penetra en la sala por 260 ventanas. La parte superior de los muros y la gran cúpula están cubiertas de mayólicas azules, y la parte inferior de cerámicas de Iznik azules y verdes con diseños de rosas, tulipanes y cipreses. Los hombres se inclinan en el centro de la gran sala y las mujeres en los márgenes, detrás de las balaustradas.

Se recuerda que el sultán Ahmet trabajó todos los viernes en su construcción desde el principio (1609), hasta que la última piedra, culminación de su deseo, fue colocada (1616). Ahmet murió apenas un año más tarde, después de haberse inclinado sobre los tapices espesos como la fronda de un árbol añoso, frente al mishrab.

La fe y los cementerios

Desde el otro lado del Cuerno de Oro, desde Galata o Beyoglu, se ven los alminares elevados a lo largo de la costa y sobre cada colina.

En Estambul, las mezquitas son tantas... Rodeadas de mercados laberínticos y de cementerios donde se encuentran mausoleos cubiertos de mayólicas verdes impresas por los calígrafos.

Cada sultán hizo construir la suya para glorificar a Dios y para inmortalizar su propio nombre, pero también los grandes visires, los almirantes y los altos dignatarios construyeron sus mezquitas.

Según Pierre d'Alby, en 1550 había en Estambul 300 mezquitas. Un siglo después, el viajero Grelot cuenta 5000 lugares de culto en la ciudad.

La situación y la abundancia de las mezquitas remiten al lugar central de la religión en la vida cotidiana de los turcos. Rodeadas de cementerios, pero también del latido violento de las calles...

Los cementerios musulmanes de Estambul, situados en el centro o en los bosques espesos de las afueras, no son espacios melancólicos, sino lugares donde la gente pasea los días de sol, donde se extienden manteles para el picnic sobre el pasto fresco, a la sombra de los cipreses...

Dos mujeres veladas, envueltas en amplios vestidos negros, caminan entre las tumbas y se detienen frente a una piedra gris. Traen flores, leche y perfumes para sus muertos. Sólo se ven sus ojos entre velo y velo.

Los cementerios de lápidas torcidas con epitafios tallados y turbantes de piedra, entre yuyos largos, sumergidas en arbustos, manchadas por la humedad y por los años, expresan la resignación de los hombres frente al paso ineludible del tiempo. Quebradas, se hunden en la tierra hasta borrar un día toda marca visible del recuerdo.

La lenta caída de la tarde

Al fondo de algunos viejos cementerios del centro, junto a las mezquitas, se fuma el narguile (pipa de agua). Hasta tarde, la gente conversa y bebe té o o café turco sentada sobre tapices. El narguile se consume lento y los diálogos duran hasta que las últimas brasitas se apagan sobre el platillo sin tabaco y el humo se vuelve blanco y espeso sobre el agua.

Un cielo ornado de cúpulas

Torres, agujas que casi se pierden en las alturas; líneas curvas que se destacan en el ocaso; son las mezquitas de un país tumultuoso, donde todo se vive con una pasión inusitada

ESTAMBUL.- La mezquita del Príncipe, primera de las grandes obras realizadas por Sinán, a pedido de Solimán, se elevó por decisión del sultán en memoria de su hijo Mehmet, muerto a los 21 años, en 1543. Algunas versiones afirman que fue víctima de la viruela. Otras sostienen que el sultán hizo asesinar a su hijo para complacer a Roxelana, que deseaba que el trono fuera heredado por su hijo Selim.

La mezquita está precedida de un corredor con fuentes donde los fieles se lavan los pies antes de entrar descalzos a la hora de la plegaria. La sala central es amplia y de una simplicidad inhabitual.

A diferencia de las salas de plegaria de las otras mezquitas imperiales, no tiene columnas ni galerías. Los muros están decorados con caligrafías blancas pintadas sobre fondo azul.

Hacia el infinito                 

La cúpula central está rodeada por cuatro cúpulas en una perfecta simetría y por una cascada de semicúpulas. Los dos alminares están decorados con bajo relieves de motivos geométricos, en los que la diversificación de las formas se proyecta hacia el infinito.

También Sinán construyó el mausoleo del príncipe, situado en el jardín cerrado, junto a la mezquita, y el mausoleo del visir Rüstem Pasa, situado en el mismo jardín.

La iglesia Theotokos Kyriotissa (Nuestra Señora, Madre de Dios) fue transformada durante la época de Mehmet Fatih en la mezquita Kalenderhane. Penetrando por un pasaje en bóveda situado junto a la mezquita, se llega a la calle del mercado de drogas. En la época del Imperio Otomano, las casas de té de las medresas (escuelas musulmanas equivalentes a las universidades occidentales) servían té, café y opio.

Al fondo de la calle, está la puerta de la mezquita de Solimán, el Magnífico. La obra fue realizada en sólo siete años (1550 a 1557) y dos años más tarde fueron concluidos los edificios ligados a la mezquita que se encuentran en las calles vecinas.

La gran cúpula está rodeada por semicúpulas y cuatro alminares se elevan en la Süleymaniye Camii. Al exterior, una galería de dos niveles rodea el edificio, en el nivel superior las columnas se duplican.

Espesas columnas de porfiria alejandrina sostienen las arcadas y los vitraux son obra de Ibrahim, el Borracho.

Los azulejos que cubren los muros, realizados en Iznik durante el siglo XVI, presentan motivos de flores y hojas de colores intensos -turquesa, azul y rojo- sobre fondo blanco. La sala de plegarias mide 70 por 61 metros y está decorada con frescos y medallones pintados por los calígrafos.

El almimbar y el mihrab son de mármol blanco y las puertas y persianas son de madera con incrustaciones de nácar y marfil.

Los mausoleos de Solimán y de Roxelana se encuentran en el jardín de la mezquita.

El de Solimán es el más imponente de los mausoleos construidos por Sinán y fue realizado en 1566, año en que murió el sultán. Es de contorno octogonal y rodeado por un pórtico donde se suceden columnas de mármol que contrastan con los colores de los azulejos que cubren las paredes.

El cuerpo de Solimán fue sepultado en el centro de la sala y el gran turbante blanco que usaba el sultán fue colocado sobre su tumba.

Cerca del cementerio se encuentra una de las cinco medresas de la Süleymaniye, constituida por 22 salas que se suceden frente a un muro con puertas de rejas que se abren a un jardín de tulipanes. Hacia el Norte, se encuentra la calle del viejo mercado (arasta), en la que todavía hay algunos comercios.

El que trabajó hasta su muerte

En el cementerio, situado detrás de la mezquita, al oeste del mercado de las drogas, asoma el mausoleo de Mimar Sinán, construido por el gran arquitecto poco antes de su muerte.

Sinán falleció en 1588, cuando tenía 90 años y había construido 327 mezquitas y monumentos.

Se recuerda que su pasión era tan fuerte que deseó trabajar la víspera de su muerte.

Cerca de allí está el Caravanseray. Según las tradiciones otomanas, los mercaderes que llegaban cansados por largos viajes, eran acogidos allí. Cada día recibían gratuitamente una porción de arroz, sopa de sémola y pan.

Cada noche se les entregaba una vela y alimento para sus animales. Pero la hospitalidad era gratuita durante sólo tres días.

El vasto edificio está constituido por habitaciones, depósitos de equipajes, cuadras para caballos y dromedarios, y una cocina.

La Süleymaniye, ambición de Solimán realizada por el ingenio de Mimar Sinán, es una ciudad. Erigida hacia la divinidad, en ella la dimensión religiosa define los órdenes del conjunto.

Espacio de misticismo, es una de las obras considerada como maestra de la arquitectura islámica, donde se revela el paso de quien fuera el sultán de los sultanes, la sombra de Dios sobre la Tierra...

El eterno amor a Roxelana

ESTAMBUL.- Solimán, el Magnífico, sultán todo poderoso del Imperio Otomano que reinó sobre tres continentes, comienza escribiendo una carta dirigida a Francois I, rey de Francia: Yo, que soy el Sultán de los Sultanes, el Soberano de los Soberanos, el distribuidor de Coronas entre los Monarcas del globo, la Sombra de Dios sobre la Tierra... Estas palabras nos remiten a la época de apogeo del imperio, cuando Estambul era la ciudad más grande del mundo y Carlos V se vio obligado a firmar el tratado de Constantinopla.

Solimán, el enamorado de Roxelana, la rusa, a quien se conoció como Haseki Hürrem, la Feliz Favorita, la más amada de las mujeres del harén.

Pasión bruja

El amor de Solimán por Roxelana era tan fuerte que llegó a decirse que ella lo había embrujado y algunos la llamaron Cadi, que significa la bruja.

Los días de Solimán son los del esplendor del arte otomano, cuando los artistas eran acogidos en el palacio, los días de Mimar Sinán, el gran arquitecto que definió algunos de los caracteres fundamentales de la arquitectura turca del siglo XVI, los días de Baki, nombre memorable de la poesía de la época clásica turca, que escribió: Los placeres de este mundo son tan fugitivos como la estación de las rosas..., de Fuzuli, el poeta de Bagdad, y de tantos otros.

Un legado

Figura central de la edad de oro de la civilización otomana, Solimán tuvo la ambición de que su nombre fuera ligado a la grandeza de los monumentos construidos durante su reinado y esta ambición impulsó la construcción de algunas de las obras más admirables que nos legó el imperio.

Lujos y misterios en la vida de los sultanes

ESTAMBUL.- Topkapi fue durante cuatro siglos, del XV al XIX, la residencia de los sultanes, hasta que, en 1853, Abdül Mecit se instaló en el palacio barroco de Dolmabahce.

Durante los años en que Topkapi fue habitado, cada soberano imprimió sus marcas al conjunto: la construcción de la biblioteca, de la mezquita, del hammam (baño turco), de los patios, de las fuentes, de los belvederes sobre el Bósforo y sobre el mar de Mármara y las sucesivas ampliaciones del harén son expresiones del deseo y del gusto de cada sultán que habitó el palacio. De los 36 sultanes de la dinastía otomana, 30 vivieron en Topkapi. La sencillez de las construcciones realizadas durante el siglo XVI en Topkapi contrastan con los caracteres de los palacios del Occidente renacentista.

Topkapi está marcado por una fuerte conciencia religiosa de lo efímero, que toca la arquitectura civil turca hasta el siglo XIX.

La construcción del palacio se inició por orden de Mehmet Fatih años después de la conquista (1461 o 1462) y, al principio, se llamó Casa de la Felicidad (Dar-us-Saadet), ya que los sultanes encontraron allí el descanso y el placer.

Puertas y patios

El palacio era impenetrable. La Puerta de Augusto era la entrada principal y estaba custodiada día y noche por 50 guardias. El primer patio era la Plaza de las Ceremonias. Allí estuvo la panadería, la casa de los panaderos, la enfermería, un depósito de leña y el hotel imperial de la moneda.

Cada víspera de una batalla, la armada se congregaba en ese lugar, donde se realizaba una gran ceremonia. A un lado del patio, está la iglesia bizantina Santa Irene, contemporánea de Santa Sofía y construida, como ésta, por orden del emperador Justiniano después de los incidentes de Nika.

La puerta siguiente se elevó por orden de Süleyman el Magnífico. Durante el Imperio Otomano, sólo los sultanes podían atravesarla a caballo. A un lado se suceden las habitaciones donde vivió el jefe de la guardia; al otro, las habitaciones de sus hombres y la casa del verdugo.

En el segundo patio está el edificio donde se congregaba el Consejo Imperial hasta el siglo XVIII. A la derecha del patio, están ubicadas las diez salas que constituyeron las cocinas y las habitaciones del personal de servicio.

La tercera puerta es la de la Muerte. Por allí salían los coches fúnebres arrastrados por caballos.

La siguiente es la Puerta de la Felicidad, que conduce al tercer patio, donde estaban las dependencias del sultán, la escuela de los pajes, las habitaciones de los eunucos blancos y de los maestros, y la mezquita.

En el cuarto patio o Jardín de los Tulipanes, se encuentran los quioscos y la sala de la circuncisión, construida por el sultán Ibrahim para celebrar la circuncisión de su hijo.

Con la huella de Sinán

El acceso al harén está en el segundo patio. En la primera habitación se situaban los eunucos negros para impedir la entrada de los intrusos al Camino del Oro. En las cuarenta habitaciones, que ocupan tres pisos, residían alrededor de 600 eunucos. Un pasillo conduce a las antiguas dependencias de la sultana madre y a las habitaciones de las dos mujeres que ocupaban el rango más alto entre las cuatro esposas legítimas del sultán.

Otro pasillo conduce a las dependencias del sultán, las más grandes y majestuosas del harén: chimeneas de bronce, azulejos, un escenario para la orquesta, una fuente de mármol en la que se advierte la huella del gran arquitecto Sinán... La biblioteca, los estantes de mármol, las cajoneras con incrustaciones de nácar y carey, los muros cubiertos de azulejos verdes y azules, y las ventanas que se abren sobre el mar de Mármara, el Cuerno de Oro y el Bósforo, reflejan el deseo de Ahmet I realizado en 1608.

Una puerta de mármol conduce a la habitación de las frutas, que fue el comedor de Ahmet III, con los muros decorados de espejos y pinturas de copas desbordantes de frutas y flores.

Sobre los jardines con horizonte del Bósforo, se abre la Terraza de las Favoritas, en la que está la puerta del dormitorio donde convivieron las mujeres del sultán.

Topkapi es una ciudad en la ciudad, habitada en un tiempo por miles de personas.

Este conjunto extraordinario de corredores, habitaciones y jardines conserva los misterios de una vida cotidiana cuya imagen llegó a Occidente, tramada durante siglos por relatos de comerciantes y peregrinos que navegaron hasta el país de los sultanes para marcar nuestra percepción de ese mundo sorprendente... Tal vez, por esa causa, mirar Topkapi, caminar sus amplios corredores, sentir el perfume de sus jardines, el agua de sus fuentes, el misterioso recuerdo de los ausentes, ya no sea posible para nosotros, sino a través de esas imágenes de leyenda...

Fuente La Nación, octubre 1998

 

Datos útiles

Moneda

Lira turca. Un dólar equivale a 276.

Documentación

No solicitan visa.

Tarjetas de crédito

Visa, American Express y MasterCard son admitidas en los hoteles y restaurantes.

Compras

En los bedestan (bazares) abundan objetos de cobre, cerámica pintada a mano, alfombras, tejidos, alabastro y ónice.

Hotelería

Conrad Istanbul - Tel.: 90- 212-258-3377. Las habitaciones tienen vistas al Bósforo.

Servicios: dos restaurantes, tres bares, dos piscinas, dos canchas de tenis, tiendas y casino.
Tarifa: 260 dólares

Cigaran Palace -Tel.:90-212-258-3377. Es un palacio otomano del siglo XIX, situado junto al Bósforo, en las adyacencias del parque Yildiz. Tiene dos restaurantes, tres bares, dos piscinas, casino y canchas de tenis.
Tarifa: desde 210 dólares

Hyatt Regency Istanbul - Tel.: 90-212-225-7000. En el distrito comercial; 360 habitaciones con aire acondicionado, bañera y ducha separadas, cofre de seguridad, televisor, teléfono con contestador automático, secador de pelo y minibar.

Servicios: dos restaurantes, bares con música en vivo y pantalla gigante, piscina, un centro de salud y gimnasio.
Tarifa: 220 dólares

Pera Palace- Tel.: 90- 212-251 4060- De estilo victoriano, abrió sus puertas por primera vez en 1892 para recibir a los viajeros del Orient Express. Las escaleras son de mármol blanco, el ascensor se asemeja a una jaula dorada y sus 145 habitaciones conservan el estilo de la belle époque. Restaurante y bar.
Tarifa: desde 180 dólares

Hippodrome-Mimar Mehmet Aga Caddesi 17, detrás de la mezquita Azul. Habitaciones confortables. 65 dólares la habitación doble con baño.

Arasta- Mimar Mehmet Aga Caddesi 34. Situado detrás de la mezquita Azul, en el barrio de Sultanamhet. Habitaciones amplias y confortables. Pequeña sala para el desayuno (buffet). 35 dólares la habitación doble con baño.

Para mayor información

Embajada de Turquía: 11 de Septiembre 1382, Capital Federal. 4785-7203 y 188-3239.

 

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