|
|
|
|
Antalya En
esta ciudad todavía quedan restos de la muralla que la rodeaba y una de
sus puertas: la puerta de Adriano, la entrada a la ciudad antigua.
El monumento más llamativo dentro de la muralla es el Yivli
Minare, el minarete nevado o estriado, construido por el sultán selyúcida
Aleddin Keykubat (1219-1236) cuando convirtió en mezquita una iglesia
cercana. Próximo
a este minarete se halla el Karatay Medrese, una escuela de teología,
de estilo selyúcida (1250), que presenta decoración geométrica y una
entrada restaurada con el tradicional modelo de estalactitas.
Ésta se encuentra encima del puerto, en una terraza empedrada,
arbolada y con el monumento conmemorativo a Atatürk, al oeste.
Bajando unas escaleras, cerca de este monumento, hay un parque
donde esta situada la oficina del Ministerio de Información y Turismo. Al
sur de la ciudad antigua, el Minarete Kesik está unido a una iglesia
convertida del siglo V, que fue construida donde anteriormente había
existido un templo romano. El
minarete más meridional de la ciudad antigua se encuentra en 1851.
En la cumbre más meridional de la ciudad se encuentra la
Hildirlik Kulesi, una torre de temprana pero desconocida fecha.
Quizá se construyó como faro. Desde
el cruce principal, justo al este de la torre del reloj, empieza una
amplia avenida, la Atatürk Caddesi, con una doble fila de palmeras en
el centro; va primero hacia el sur y luego gira hacia el este.
A unos 50 m del cruce se encuentra la puerta de Adriano, con
bastiones que tienen torres a ambos lados de una torre en el norte y dos
en el sur. Los tres arcos de la puerta tienen sus columnas y capiteles
correspondientes. La zona
interior de la puerta ha sido convertida en un paso peatonal. Además de esta entrada principal a la ciudad antigua, se
puede también acceder a ella por una calle que baja desde la esquina
opuesta a la torre del reloj, donde
esta situada la Paêa
Camii. Restos de la muralla
antigua se pueden ver a lo largo de Atatürk Caddessi, y donde gira
hacia el este está la entrada principal
al Parque Mermerli (antes parque
Inönü), en la zona oeste.
Caminando por la
avenida principal del parque, se llega a una terraza sur desde donde se
puede gozar de una vista de la bahía de Antalya y, en un día claro,
de las altas montañas de la estribación occidental. A
la izquierda de la entrada al parque Mermerli, se halla el Museo Atatürk.
El Museo Arqueológico está Kenen Evren Bulvari, aproximadamente
a 1 km del anterior. Es
esta una amplia avenida que empieza en la torre del reloj, en dirección
oeste y termina cruzándose con la Akdeniz Bulvari de la costa.
El museo cuenta con una rica colección de piezas de las
excavaciones de la zona. Yendo
hacia el sur desde la plaza pavimentada en la entrada del parque, pasado
el estadio moderno, se llega a la playa de Lara, un centro de vacaciones
ubicado a 12 km de la ciudad. Aproximadamente
en la primera cuarta parte
del camino, las aguas de las cataratas bajas de Düden caen al mar; las
cataratas altas están a 14 km al noreste.
Si se quiere continuar el viaje
hacia el este, hay que ir al otopark del minibús, que esta cerca
de la rotonda en el extremo este de Cumhuriyet Caddesi (donde se
encuentra la torre del reloj) y al principio de
Ali Çetinckya Caddesi. Hay
dos mezquitas de interés, la Murat
Paêa
Camii, del siglo XVI, cerca del otogar, y la más antigua, Iskele Camii,
en el muelle del puerto. En cuanto a hoteles, destaca el lujoso Talya, de cinco estrellas, y algunos otros de categorías inferiores, como el Büyük Oteli (Gran Hotel), de tres estrellas, en la terraza que hay justo al este del monumento a Atatürk. Además de las dos pensiones de la ciudad antigua, hay otras uenas, aunque menos ostentosas, como la White House, en una de zona de callejuelas en la parte este de Kazim Ozalp Caddesi, al sur del otogar. |
|
Estambul Es
el constante misterio de una ciudad cambiante, indescifrable, que oscila
entre el lujo, lo recoleto de sus lugares sagrados y el alboroto de sus
calles ESTAMBUL,
Turquía.- El chirrido agudo del antiguo tranvía rojo y blanco repleto
de hombres fue el último sonido urbano que escuchó el viajero aquella
tarde. En la avenida Istiklal, su anfitrión turco lo tomó de un brazo
para conducirlo por una callejuela estrecha y antes de que pudiese
orientar el rumbo ya estaba parado en la entrada de un local lleno de
humo. Nadie se fijó en que junto a Kadir entraba un extranjero, o al
menos ninguno de los parroquianos levantó la vista. Todos siguieron en
sus cosas. Se
sentaron sobre taburetes enanos frente a una mesa baja: la madera estaba
impregnada por el olor a tabaco fuerte de los cigarros, las pipas de
agua y de madera, y los cigarrillos con marquillas desconocidas para el
visitante. El propio camarero apuraba un cigarrillo mientras asentía
con la cabeza al pedido por señas de dos cafés. La
bebida era negra como la noche y pesada, servida de una jarra metálica
dorada con un pico angosto. Humeaba la taza diminuta, mientras el café
se enfriaba adrede hasta que bajara la borra. Kadir estiró las piernas.
"Por fin una tarde sin mujeres", dijo. Raro
sentimiento el de aquel hombre que decía estar cansado de las cuatro féminas
que habitaban su hogar, sus tres hijas y una esposa, y que habían
servido la comida la noche anterior sin emitir casi palabra, salvo
cuando el hombre les preguntaba algo, lo que no ocurría con demasiada
frecuencia. La
cena a base de carnes especiadas siguió con dulces, té, pastelería y
frutas secas, como es costumbre en el país, y las mujeres continuaron
en silencio mirándose de vez en cuando y bajando la vista con rapidez
al percatarse de que el invitado las había visto sonreír. El
orden en aquella casa era absoluto, como en casi todos los hogares de
Turquía, más allá de clases sociales, oficios y profesiones. En
el bar, la barrera de humo era tal que el exterior estaba tapado por un
gris volátil. Los pasos de las personas que pasaban por la vereda, sin
embargo, se podían oír, al igual que los gritos de unos muchachos que
se hablaban de una vereda a la otra, es decir, a tres metros de
distancia. La tez oscura de todos contrastaba con el rubio que atendía
el mostrador. -¿Es
extranjero? -preguntó el viajero. Kadir
se rió. -No,
claro que no, ése es un hijo de cien generaciones de turcos, sólo que
por este país han pasado muchos ejércitos -respondió con la
naturalidad de quien habla de su propio pasado. Las
alfombras de Mehmet Como
aparecido de la nada, un tercer hombre se sentó a la mesa. Era Mehmet,
hermano de Kadir, vendedor de alfombras en un local del bazar egipcio. -¿Conoce
ya el Gran Bazar? -interrogó el recién llegado. Ante
la negativa, Mehmet comenzó a relatar sus días en el local. "Debe
usted ver la galería y lo que hay dentro. Escuchar a los hombres
regatear sin pausa. Aunque usted no entienda el turco se dará cuenta de
que están regateando, porque se dan la mano como si apenas llegaran y
siguen hablando entre sonrisas o caras serias, de acuerdo cómo vaya la
negociación. Debe usted ver los techos cóncavos y los adornos en las
vidrieras." Paró
un momento de hablar en su inglés elemental y Kadir aprovechó el
descuido para decir lo suyo. "Debe
usted verlo a Mehmet sentado en su silla con respaldo bordado en oro, y
esas alfombras colgando a sus espaldas. El fuma a solas en su pipa de
madera amarilla pintada con dibujos tradicionales, mientras sonríe cada
vez que alguien se detiene ante la vidriera, pero cuando entra a hurgar
en la montaña de alfombras que se apila en el centro del lugar, finge
que no le interesa la presencia del cliente y se dedica a bajar el
cierre de una bolsa de paño bordado que no vendería a nadie sólo
porque se la regaló su vecino el día de su cumpleaños", dijo el
hermano menor, que aun en ese bar mantenía el respeto reverencial por
los mayores que cada quien tiene en Turquía. En
el local, mientras tanto, todos fumaban sin parar, salvo cuando les
tocaba mantener el ritmo de su conversación. Todos menos uno, que
sentado en el fondo con la espalda apoyada en la pared, recitaba poemas
épicos para un auditorio de tres hombres que lo escuchaban con atención
infinita. Entre
tabaco y aceitunas En
realidad, el bar al que entraban tres tardes por semana los hermanos
Kadir y Mehmet no era un reflejo de la Estambul moderna. Más
bien se trataba de un rincón del pasado que se escondía entre cuatro
paredes de todo aquello que la occidentalización trajo consigo,
especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. Ya
no se escucha en las calles, desde el interior de las casas de música,
el sonido inconfundible de las bandas militares de los jenízaros. Ahora
son instrumentos de última generación los que truenan, aunque en
muchos casos lo hagan para repetir las notas de viejas sinfonías
campesinas que eran, sin duda, familiares al oído del propio Mustafá
Kemal Atatürk. Ello
ocurre en cualquier época del año, salvo en los períodos electorales,
cuando Estambul se convierte en una gigantesca feria comercial de
consignas, afiches, carteles colgantes y actos públicos en los parques,
en las plazas, y que terminan en las discusiones de café. El
viajero recordó la voz de un hombre que intentaba explicarle en varios
idiomas el significado de toda aquella parafernalia de seguidores de
candidatos que parecía haber llovido de un día para el otro. A cambio
de la información, pedía unos dólares, pero ante la negativa blindada
del extranjero optó por dar las explicaciones de todas maneras. Muy
sociables Gentío
permanente, olores penetrantes, marquesinas multicolores que no llegan a
opacar los grises brumosos de ciertas mañanas, sobre todo en las cercanías
del estrecho que ingresa en el Mar Negro sin pedir permiso. Los ruidos
de la ciudad más grande de Turquía, la que no es capital del país por
esas cosas de las administraciones humanas, se desvive por vender los
perfumes franceses falsos, y los electrodomésticos, y las alfombras y
telares, y los dátiles, y el paso lento hacia la Mezquita Azul que
recorren los jóvenes apenas salen de la Universidad. En
el bar, donde el viajero simula con Mehmet y Kadir que los tres están
recorriendo el mundo, no está el olor a pescado del puerto, ni los
colores azules del Mar Negro, ni las mujeres bellísimas que el
visitante intuye detrás de un velo invisible que no les tapa el rostro,
pero les cubre los sentidos, que existen, sí, pero no se muestran. Estambul no es como Bagdad, donde las alfombras vuelan según los cuentos de casi mil noches, sino como la cálida sensación de poder recluirse entre los hombres y humos de lugares como un simple bar pegado al bullicio urbano, donde los sentidos se protegen de todo aquello que no sea antiguo. Reliquias
de una época de esplendor En
1934, Atatürk transformó Santa Sofía en un museo. La antigua iglesia
construida por el emperador Justiniano entre los años 532 y 537
(tercera basílica construida sobre el mismo lugar) había sido
convertida en mezquita por Mehmet II, horas después de la toma de
Constantinopla en 1453. La
primera basílica había sido inaugurada en 360 por el emperador
Constantino e incendiada en el 404 durante el levantamiento de Juan Crisóstomo,
patriarca de Constantinopla. La segunda había sido construida por
Teodosio II, consagrada en el 415 e incendiada en el 532, durante los
incidentes de Nika. La
basílica de Justiniano había sido construida por los más grandes
artistas, arquitectos y geómetras de entonces y los materiales habrán
sido minuciosamente seleccionados: columnas y ornamentos extraídos del
gimnasio de Efeso, de los templos de Atenas, de Delfos y del templo de
Osiris situado en Egipto. Sin duda, Justiniano había realizado su
deseo: construir un edificio aún más impresionante que el templo de
Salomón en Jerusalén. Pero la iglesia, inaugurada en el 537, sufrió
daños graves durante las décadas siguientes a causa de los terremotos
y debió ser restaurada. Justiniano la inauguró por segunda vez en el
563. El
esplendor de la basílica se apagó lentamente a partir de la IV
Cruzada, cuando los latinos asaltaron Constantinopla. Entonces Santa Sofía
fue despojada de sus ornamentos preciosos. Después, con la lenta
decadencia del Imperio Bizantino, la basílica de Justiniano sufrió un
deterioro irreversible. Hoy
se conservan contra sus muros mosaicos borroneados de la época
bizantina, con imágenes de la Virgen, de Cristo y de los emperadores,
pero se agregaron el almimbar (púlpito de una mezquita), el mihrab
(nicho perforado en el muro que indica la dirección de la Meca) y los
cuatro alminares (torres de la mezquita desde donde, cada día, se llama
a las cinco plegarias). El
sueño del sultán Ahmet I Cúpulas
y columnas se suceden, proyectan luces y sombras en un equilibrio mágico.
La sala de plegarias está coronada por una cúpula de 43 metros de
altura apoyada sobre cuatro columnas de 5 metros de diámetro. La luz
penetra en la sala por 260 ventanas. La parte superior de los muros y la
gran cúpula están cubiertas de mayólicas azules, y la parte inferior
de cerámicas de Iznik azules y verdes con diseños de rosas, tulipanes
y cipreses. Los hombres se inclinan en el centro de la gran sala y las
mujeres en los márgenes, detrás de las balaustradas. Se
recuerda que el sultán Ahmet trabajó todos los viernes en su
construcción desde el principio (1609), hasta que la última piedra,
culminación de su deseo, fue colocada (1616). Ahmet murió apenas un año
más tarde, después de haberse inclinado sobre los tapices espesos como
la fronda de un árbol añoso, frente al mishrab. La
fe y los cementerios En
Estambul, las mezquitas son tantas... Rodeadas de mercados laberínticos
y de cementerios donde se encuentran mausoleos cubiertos de mayólicas
verdes impresas por los calígrafos. Cada
sultán hizo construir la suya para glorificar a Dios y para
inmortalizar su propio nombre, pero también los grandes visires, los
almirantes y los altos dignatarios construyeron sus mezquitas. Según
Pierre d'Alby, en 1550 había en Estambul 300 mezquitas. Un siglo después,
el viajero Grelot cuenta 5000 lugares de culto en la ciudad. La
situación y la abundancia de las mezquitas remiten al lugar central de
la religión en la vida cotidiana de los turcos. Rodeadas de
cementerios, pero también del latido violento de las calles... Los
cementerios musulmanes de Estambul, situados en el centro o en los
bosques espesos de las afueras, no son espacios melancólicos, sino
lugares donde la gente pasea los días de sol, donde se extienden
manteles para el picnic sobre el pasto fresco, a la sombra de los
cipreses... Dos
mujeres veladas, envueltas en amplios vestidos negros, caminan entre las
tumbas y se detienen frente a una piedra gris. Traen flores, leche y
perfumes para sus muertos. Sólo se ven sus ojos entre velo y velo. Los
cementerios de lápidas torcidas con epitafios tallados y turbantes de
piedra, entre yuyos largos, sumergidas en arbustos, manchadas por la
humedad y por los años, expresan la resignación de los hombres frente
al paso ineludible del tiempo. Quebradas, se hunden en la tierra hasta
borrar un día toda marca visible del recuerdo. La
lenta caída de la tarde Un
cielo ornado de cúpulas Torres,
agujas que casi se pierden en las alturas; líneas curvas que se
destacan en el ocaso; son las mezquitas de un país tumultuoso, donde
todo se vive con una pasión inusitada ESTAMBUL.-
La mezquita del Príncipe, primera de las grandes obras realizadas por
Sinán, a pedido de Solimán, se elevó por decisión del sultán en
memoria de su hijo Mehmet, muerto a los 21 años, en 1543. Algunas
versiones afirman que fue víctima de la viruela. Otras sostienen que el
sultán hizo asesinar a su hijo para complacer a Roxelana, que deseaba
que el trono fuera heredado por su hijo Selim. La
mezquita está precedida de un corredor con fuentes donde los fieles se
lavan los pies antes de entrar descalzos a la hora de la plegaria. La
sala central es amplia y de una simplicidad inhabitual. A
diferencia de las salas de plegaria de las otras mezquitas imperiales,
no tiene columnas ni galerías. Los muros están decorados con caligrafías
blancas pintadas sobre fondo azul. Hacia
el infinito También
Sinán construyó el mausoleo del príncipe, situado en el jardín
cerrado, junto a la mezquita, y el mausoleo del visir Rüstem Pasa,
situado en el mismo jardín. La
iglesia Theotokos Kyriotissa (Nuestra Señora, Madre de Dios) fue
transformada durante la época de Mehmet Fatih en la mezquita
Kalenderhane. Penetrando por un pasaje en bóveda situado junto a la
mezquita, se llega a la calle del mercado de drogas. En la época del
Imperio Otomano, las casas de té de las medresas (escuelas
musulmanas equivalentes a las universidades occidentales) servían té,
café y opio. Al
fondo de la calle, está la puerta de la mezquita de Solimán, el Magnífico.
La obra fue realizada en sólo siete años (1550 a 1557) y dos años más
tarde fueron concluidos los edificios ligados a la mezquita que se
encuentran en las calles vecinas. La
gran cúpula está rodeada por semicúpulas y cuatro alminares se elevan
en la Süleymaniye Camii. Al exterior, una galería de dos
niveles rodea el edificio, en el nivel superior las columnas se
duplican. Espesas
columnas de porfiria alejandrina sostienen las arcadas y los vitraux son
obra de Ibrahim, el Borracho. Los
azulejos que cubren los muros, realizados en Iznik durante el siglo XVI,
presentan motivos de flores y hojas de colores intensos -turquesa, azul
y rojo- sobre fondo blanco. La sala de plegarias mide 70 por 61 metros y
está decorada con frescos y medallones pintados por los calígrafos. El
almimbar y el mihrab son de mármol blanco y las puertas y persianas son
de madera con incrustaciones de nácar y marfil. Los
mausoleos de Solimán y de Roxelana se encuentran en el jardín de la
mezquita. El
de Solimán es el más imponente de los mausoleos construidos por Sinán
y fue realizado en 1566, año en que murió el sultán. Es de contorno
octogonal y rodeado por un pórtico donde se suceden columnas de mármol
que contrastan con los colores de los azulejos que cubren las paredes. El
cuerpo de Solimán fue sepultado en el centro de la sala y el gran
turbante blanco que usaba el sultán fue colocado sobre su tumba. Cerca
del cementerio se encuentra una de las cinco medresas de la Süleymaniye,
constituida por 22 salas que se suceden frente a un muro con puertas de
rejas que se abren a un jardín de tulipanes. Hacia el Norte, se
encuentra la calle del viejo mercado (arasta), en la que todavía
hay algunos comercios. El
que trabajó hasta su muerte Sinán
falleció en 1588, cuando tenía 90 años y había construido 327
mezquitas y monumentos. Se
recuerda que su pasión era tan fuerte que deseó trabajar la víspera
de su muerte. Cerca
de allí está el Caravanseray. Según las tradiciones otomanas, los
mercaderes que llegaban cansados por largos viajes, eran acogidos allí.
Cada día recibían gratuitamente una porción de arroz, sopa de sémola
y pan. Cada
noche se les entregaba una vela y alimento para sus animales. Pero la
hospitalidad era gratuita durante sólo tres días. El
vasto edificio está constituido por habitaciones, depósitos de
equipajes, cuadras para caballos y dromedarios, y una cocina. La
Süleymaniye, ambición de Solimán realizada por el ingenio de Mimar
Sinán, es una ciudad. Erigida hacia la divinidad, en ella la dimensión
religiosa define los órdenes del conjunto. Espacio de misticismo, es una de las obras considerada como maestra de la arquitectura islámica, donde se revela el paso de quien fuera el sultán de los sultanes, la sombra de Dios sobre la Tierra... El
eterno amor a Roxelana ESTAMBUL.-
Solimán, el Magnífico, sultán todo poderoso del Imperio Otomano que
reinó sobre tres continentes, comienza escribiendo una carta dirigida a
Francois I, rey de Francia: Yo, que soy el Sultán de los Sultanes,
el Soberano de los Soberanos, el distribuidor de Coronas entre los
Monarcas del globo, la Sombra de Dios sobre la Tierra... Estas
palabras nos remiten a la época de apogeo del imperio, cuando Estambul
era la ciudad más grande del mundo y Carlos V se vio obligado a firmar
el tratado de Constantinopla. Solimán,
el enamorado de Roxelana, la rusa, a quien se conoció como Haseki Hürrem,
la Feliz Favorita, la más amada de las mujeres del harén. Pasión
bruja Los
días de Solimán son los del esplendor del arte otomano, cuando los
artistas eran acogidos en el palacio, los días de Mimar Sinán, el gran
arquitecto que definió algunos de los caracteres fundamentales de la
arquitectura turca del siglo XVI, los días de Baki, nombre memorable de
la poesía de la época clásica turca, que escribió: Los placeres
de este mundo son tan fugitivos como la estación de las rosas...,
de Fuzuli, el poeta de Bagdad, y de tantos otros. Un
legado Lujos
y misterios en la vida de los sultanes ESTAMBUL.-
Topkapi fue durante cuatro siglos, del XV al XIX, la residencia de los
sultanes, hasta que, en 1853, Abdül Mecit se instaló en el palacio
barroco de Dolmabahce. Durante
los años en que Topkapi fue habitado, cada soberano imprimió sus
marcas al conjunto: la construcción de la biblioteca, de la mezquita,
del hammam (baño turco), de los patios, de las fuentes, de los
belvederes sobre el Bósforo y sobre el mar de Mármara y las sucesivas
ampliaciones del harén son expresiones del deseo y del gusto de cada
sultán que habitó el palacio. De los 36 sultanes de la dinastía
otomana, 30 vivieron en Topkapi. La sencillez de las construcciones
realizadas durante el siglo XVI en Topkapi contrastan con los caracteres
de los palacios del Occidente renacentista. Topkapi
está marcado por una fuerte conciencia religiosa de lo efímero, que
toca la arquitectura civil turca hasta el siglo XIX. La
construcción del palacio se inició por orden de Mehmet Fatih años
después de la conquista (1461 o 1462) y, al principio, se llamó Casa
de la Felicidad (Dar-us-Saadet), ya que los sultanes encontraron allí
el descanso y el placer. Puertas
y patios Cada
víspera de una batalla, la armada se congregaba en ese lugar, donde se
realizaba una gran ceremonia. A un lado del patio, está la iglesia
bizantina Santa Irene, contemporánea de Santa Sofía y construida, como
ésta, por orden del emperador Justiniano después de los incidentes de
Nika. La
puerta siguiente se elevó por orden de Süleyman el Magnífico. Durante
el Imperio Otomano, sólo los sultanes podían atravesarla a caballo. A
un lado se suceden las habitaciones donde vivió el jefe de la guardia;
al otro, las habitaciones de sus hombres y la casa del verdugo. En
el segundo patio está el edificio donde se congregaba el Consejo
Imperial hasta el siglo XVIII. A la derecha del patio, están ubicadas
las diez salas que constituyeron las cocinas y las habitaciones del
personal de servicio. La
tercera puerta es la de la Muerte. Por allí salían los coches fúnebres
arrastrados por caballos. La
siguiente es la Puerta de la Felicidad, que conduce al tercer patio,
donde estaban las dependencias del sultán, la escuela de los pajes, las
habitaciones de los eunucos blancos y de los maestros, y la mezquita. En
el cuarto patio o Jardín de los Tulipanes, se encuentran los quioscos y
la sala de la circuncisión, construida por el sultán Ibrahim para
celebrar la circuncisión de su hijo. Con
la huella de Sinán Otro
pasillo conduce a las dependencias del sultán, las más grandes y
majestuosas del harén: chimeneas de bronce, azulejos, un escenario para
la orquesta, una fuente de mármol en la que se advierte la huella del
gran arquitecto Sinán... La biblioteca, los estantes de mármol, las
cajoneras con incrustaciones de nácar y carey, los muros cubiertos de
azulejos verdes y azules, y las ventanas que se abren sobre el mar de Mármara,
el Cuerno de Oro y el Bósforo, reflejan el deseo de Ahmet I realizado
en 1608. Una
puerta de mármol conduce a la habitación de las frutas, que fue el
comedor de Ahmet III, con los muros decorados de espejos y pinturas de
copas desbordantes de frutas y flores. Sobre
los jardines con horizonte del Bósforo, se abre la Terraza de las
Favoritas, en la que está la puerta del dormitorio donde convivieron
las mujeres del sultán. Topkapi
es una ciudad en la ciudad, habitada en un tiempo por miles de personas.
Este conjunto extraordinario de corredores, habitaciones y jardines conserva los misterios de una vida cotidiana cuya imagen llegó a Occidente, tramada durante siglos por relatos de comerciantes y peregrinos que navegaron hasta el país de los sultanes para marcar nuestra percepción de ese mundo sorprendente... Tal vez, por esa causa, mirar Topkapi, caminar sus amplios corredores, sentir el perfume de sus jardines, el agua de sus fuentes, el misterioso recuerdo de los ausentes, ya no sea posible para nosotros, sino a través de esas imágenes de leyenda... Fuente La Nación, octubre 1998 |
|
Datos
útiles Moneda
Lira
turca. Un dólar equivale a 276. Documentación
No
solicitan visa. Tarjetas
de crédito Visa,
American Express y MasterCard son admitidas en los hoteles y
restaurantes. Compras
En
los bedestan (bazares) abundan objetos de cobre, cerámica pintada a
mano, alfombras, tejidos, alabastro y ónice. Hotelería
Conrad
Istanbul - Tel.: 90- 212-258-3377. Las
habitaciones tienen vistas al Bósforo. Servicios:
dos restaurantes, tres bares, dos piscinas, dos canchas de tenis,
tiendas y casino. Cigaran
Palace -Tel.:90-212-258-3377. Es un palacio otomano del siglo XIX,
situado junto al Bósforo, en las adyacencias del parque Yildiz. Tiene
dos restaurantes, tres bares, dos piscinas, casino y canchas de tenis. Hyatt
Regency Istanbul - Tel.: 90-212-225-7000. En
el distrito comercial; 360 habitaciones con aire acondicionado, bañera
y ducha separadas, cofre de seguridad, televisor, teléfono con
contestador automático, secador de pelo y minibar. Servicios:
dos restaurantes, bares con música en vivo y pantalla gigante, piscina,
un centro de salud y gimnasio. Pera
Palace- Tel.: 90- 212-251 4060- De estilo victoriano, abrió sus puertas
por primera vez en 1892 para recibir a los viajeros del Orient Express.
Las escaleras son de mármol blanco, el ascensor se asemeja a una jaula
dorada y sus 145 habitaciones conservan el estilo de la belle époque.
Restaurante y bar. Hippodrome-Mimar
Mehmet Aga Caddesi 17, detrás de la mezquita Azul. Habitaciones
confortables. 65 dólares la habitación doble con baño. Arasta-
Mimar Mehmet Aga Caddesi 34. Situado detrás de la mezquita Azul, en el
barrio de Sultanamhet. Habitaciones amplias y confortables. Pequeña
sala para el desayuno (buffet). 35 dólares la habitación doble con baño.
Para
mayor información Embajada de Turquía: 11 de Septiembre 1382, Capital Federal. 4785-7203 y 188-3239. |
|
|
|
|