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Túnez

 

Ciudad amurallada de Qayraguän

Ruinas romanas de El Djem

Legado bereber en Túnez

 

Una meca recostada sobre el Mediterráneo

Bereberes que pesan sus artesanías, tejedoras de alfombras, perfumes con esencias milenarias, pescadores de esponjas, manadas de corderos y camellos; todo en medio de una escenografía de medinas musulmanas y ruinas romanas

TUNEZ.- En medio del alboroto, uno de los tantos vendedores sale al paso y estira su brazo como barrera ofreciendo un beduino, el pañuelo con que los tunecinos habitualmente se cubren la cabeza. Insiste en ponérselo y se lo sujeta con una correa, a modo de corona. Entusiasmado, la prueba se completa con un bournous, la túnica de los hombres del Sahara, del mismo color que ese beduino, blanco y gris a cuadros.

Transformado en un berebere (nombre de los primitivos habitantes del norte de Africa, cuyos descendientes fueron empujados a las montañas del sur de Túnez, donde aún viven) se tienta y acepta su primera oportunidad para probar zaghloul, el tabaco que se fuma de un narguile o pipa de agua.

Una escena en el souk Er-Rebâ, en las inmediaciones de la Gran Mezquita de Zakak, en Sousse, que bien puede repetirse a diario cuando los turistas deambulan por los abovedados pasillos de almacenes dispuestos en forma de colmena. Los llamados souks (o zocos) son mercados que nunca faltan en las inmediaciones de una medina (ciudad antigua), y están presentes en muchos de los pueblos y ciudades que se recuestan sobre el sahel (litoral) del mar Mediterráneo.

Si la compañía es una mujer, para ella hay un djebba o un djelbaba, vestidos tradicionales de uso habitual, aunque el último se reserva para las peregrinaciones a La Meca, a la que todo musulmán concurre, aunque sea una vez en la vida.

El sonido ambiente se condice con el amontonamiento de objetos. Parecería que los tunecinos hablan el árabe pronunciando sonidos sin respirar y hasta a los gritos. Pero a la hora de persuadir al turista para que compre alguna de sus artesanías o antigüedades repiten cualquier palabra en idioma extranjero: "España", si advierten que habla castellano, cambiándola rápidamente por "Maradona", si se le contesta que se procede de la Argentina.

La protección de Alá que pregonaba el profeta padre de Fátima, siempre se ofrece en los recovecos de los souks, mediante una afiligranada mano (llamada mano de Fátima), generalmente, hecha en alpaca aunque siempre se pretende vender como plata. Los 25 dinares (moneda de Túnez) pedidos por una pieza terminan por convertirse en cinco o seis dinares por dos, cuando ante el primer rechazo el vendedor pregunta condescendiente: "¿Cuánto paga?" No hay por qué sentirse que uno los está estafando, ellos mismos advertirán que la oferta descendió demasiado con el grito de "¡Sabotaje!" Si aún considera que el precio es excesivo y se va, él siempre lo seguirá y se la venderá a menor valor. Es que el regateo es su habitual forma de comercializar; más aún, los precios son inflados para estimular la compra.

Aromas de azahar, esencias de naranjo y de jazmín, el olor de los inciensos o perfumes como Poison, Lou Lou, Opium, Samsara y hasta Chanel Nº 5 son algunos de los olores con que se atrae y hasta marean en la Rue Souk el-Caid (zoco del perfume tunecino), justo bajo los arcos, dentro de la amurallada medina de Sousse.

Atacada, defendida durante siglos por cartagineses, romanos, vándalos y bizantinos, Sousse sucumbió ante el dominio musulmán y hoy presume de su cultura islámica.

Exclusividades islámicas

Junto a la plaza Farhat Hached está el arco de entrada por el que se traspasan las murallas y se ingresa en la medina. Entre las 8 y las 14 se puede pasar sólo al patio de la Gran Mezquita (la entrada cuesta un dinar u 0,86 centavos de dólar). No hay que preocuparse por ir vestido de manera adecuada, según la concepción local, ya que en la entrada se provee de túnicas y pañuelos para tapar los vestidos y pantalones cortos, las camisas y remeras suelen dejar al descubierto brazos y cuellos. No obstante, por el exigido recato, la sala de oración está estrictamente reservada a los musulmanes.

La recorrida por el patio es breve, no hay más que husmear entre las penumbras de la sala de oración, tapizada con esterillas hasta la puerta, junto a la que se alinean los zapatos de los devotos descalzos. En contraste con su tenue luminosidad, el brillo del pulido patio de mármol refleja las sombras de las armoniosas galerías que lo rodean.

Cerca de la Gran Mezquita de Sousse está el Ribat, un monasterio islámico fortificado del siglo IX, que corona en una torre alminar, Khalaf Al Fata, desde la que se tiene una panorámica de la medina, la ciudad y el mar, siempre que se supere el esfuerzo de ascender una escalera caracol de 30 metros de altura. En la actualidad, el Ribat es un centro de animación cultural, ya que en temporada se realizan representaciones teatrales y folklóricas semejantes a las habituales del Medievo.

Al salir de la medina por la Rue d'Angleterre sigue el espectáculo callejero de los souks con tejedores de alfombras y mantas, tradicionales alfareros, carpinteros que moldean muebles en madera de olivo, junto con artesanos caldereros que labran el cobre e inscriben el nombre del interesado en el momento.

A pasos, se impone la Kasba, un museo mucho más pequeño que el del Bardo pero que conserva por igual la bizantina técnica del mosaico que tuvo su esplendor en el período romano. Uno de sus mejores exponentes es un enorme mosaico hecho patio, la cabeza de Gorgona, a la que muchos se inclinan para desafiar la leyenda que aseguraba que transformaba en piedra a todo aquel que la mirara.

Al Norte, Port El Kantaoui da otra dimensión al turismo tunecino al ofrecer un puerto deportivo con capacidad para más de 300 embarcaciones que descansan al borde de sinuosas calles empedradas rodeadas de residencias, restaurantes, bares y tiendas blanquecinas de las que cuelgan balcones con floridos macetones y celosías verdes, "el color del islam", asegura el guía, aunque se las ve celestes, "para espantar insectos", añade. Los hoteles se alinean al mar junto a campos de golf; además de este deporte puede practicarse tenis y esquí acuático, entre otras actividades.

Oficios que labraron su historia

Su pasado fenicio los puede, no hay pueblo en los que no haya objetos, alimentos, perfumes, artesanías o antigüedades por vender. Una gran variedad de oficios ancestrales, transmitidos desde hace siglos de generación en generación, se acrecienta por el interés que despierta en el turismo y llega a emplear a cientos de miles de personas.

La plata es la materia prima de los bereberes que venden brazaletes, pulseras, collares, aros y otras bijoux por su peso, siempre con su correspondiente sello. "Si no se la pesan para calcular el precio, no acepte; no es plata", advierte Obay Taïeb, hijo de artesanos bereberes que desde hace años labran la plata frente al coliseo de El Jem, el sexto anfiteatro romano más grande del mundo, situado a 65 kilómetros al sudoeste de Sousse.

La ruta que baja hasta El Jem, ciudad de origen púnico, sigue el mismo trazado que su antigua calzada romana: es recta, monótona e interminable pero, de repente, se levanta en el horizonte una sombra velada que se perfila a medida que uno se aproxima a ella. Así se descubre el gigantesco coliseo romano, construido en el año 230. Tres galerías superpuestas descienden al graderío que podía acoger a 30.000 espectadores sentados, los cuales asistían de toda la Africa romana a ver los juegos, las luchas de gladiadores y los feroces leones, así como el martirio de numerosos cristianos.

Hoy, restaurado (muchas de sus piedras por creerse que tenían la propiedad de ahuyentar escorpiones fueron usadas en la construcción de las casas del vecindario), con la cuarta parte de lo que era, da sitio a 3000 personas que suelen presenciar, durante julio y agosto, el Festival Internacional de Música Sinfónica de El Jem.

Desde lo de Taïeb se ven deambular por la explanada que precede al coliseo a un grupo de mujeres cubiertas con su djebba o sifsari blanca que cuchichean y sonríen tímidamente al ver a los turistas cómodamente sentados en la vereda de los bares situados enfrente, saboreando el clásico té de menta.

En tanto que ellos repiten el gesto señalándolas con sorpresa, dos hombres con su clásico fez bordó (también llamado cecía, especie de casquete de influencia marroquí) ocupan la escena arrastrando a un cansino camello, escena que desencadena un sinfín de flashes al tener como telón de fondo semejante monumento romano.

"Estas joyas son moldeadas y caladas desde épocas remotas, y es una costumbre que se sigue desde la edad de bronce y la antigüedad, aunque parezca mentira _aclara el hijo de Obay Taïeb, como gusta llamarse. Su esmaltado del tipo visigodo se da desde el siglo XVI, gracias a los judíos andaluces que se exiliaron en estas tierras." Como los relatos de las cuevas descubiertas por Alí Babá, numerosas joyas, antigüedades, perfumeros y torres de vasijas se acomodan por todos lados, por lo que hay que tener sumo cuidado al caminar entre los pequeños pasillos para no tumbar ni romper nada, sobre todo si se lleva mochila.

Mujeres

Aun tras sus velos o cubiertas de túnicas, las mujeres tunecinas son de las más avanzadas entre los países árabes. Inmediatamente después de la independencia, el 13 de agosto de 1956, el presidente Habib Burguiba promulgó el Código del Estatuto Personal, que introdujo reformas progresistas que ninguna otra nación musulmana se atrevió a seguir: el matrimonio no puede realizarse sin el consentimiento explícito de la mujer; se prohíbe la poligamia y la anulación unilateral del matrimonio mediante el repudio, al tiempo que se instituye el divorcio judicial. En mayo del año siguiente se concedió el derecho de voto a la mujer.

Moneda

El dinar es la moneda de curso legal en Túnez y equivale a casi un dólar; exactamente, a 86 centavos promedio.

El tipo de cambio para los turistas se fija semanalmente y se aplica en todo el país, por lo que es indistinto canjear en los hoteles, bancos o en las casas del aeropuerto.

Pero es conveniente cambiar sólo lo necesario, ya que de regreso en el aeropuerto se podrá reconvertir el 30 por ciento de las divisas canjeadas con un límite de 100 dinares, solamente ante la presentación de los recibos originales del cambio efectuado.

Recomendaciones

Además: Antecedentes históricos

Cómo llegar

Varias líneas aéreas unen Buenos Aires y Túnez haciendo transbordo en ciudades europeas. Alitalia, por ejemplo, ofrece un vuelo diario desde nuestro país, vía Milán, a la ida, y además con una escala en Roma, a la vuelta. Según esta ruta, el precio de un pasaje ida y vuelta a Túnez cuesta desde 1099 dólares más impuestos.

También se puede llegar en barco desde el puerto de Trapani, en Sicilia, que dista 140 kilómetros de La Goulette, a 15 minutos de taxi del centro de Túnez.

Alitalia ofrece vuelos a Djerba desde Roma y un boleto ida y vuelta cuesta 256 dólares. La línea aérea local, Tunisair, ofrece vuelos diarios a la isla por 88 dólares ida y vuelta.

Cuándo ir

En las últimas semanas comenzó la primavera y los días más templados, aunque el Mediterráneo favorece este tipo de clima todo el año. Pero las brisas costeras son engañosas durante el verano, ya que las temperaturas ascienden a los 38ºC y hasta los 40ºC en el desierto sahariano.

La mejor época para viajar a Túnez es en mayo y junio, cuando el clima es cálido y agradable; julio y agosto son los meses justos para broncearse en forma.

Indumentaria

La vestimenta no debe ser un problema para viajar a este país del norte de Africa, tampoco para las mujeres.

Si bien hay zonas en las que las lugareñas andan cubiertas a la usanza tradicional, las visitantes pueden circular con sus atuendos habituales sin problemas, salvo en las mezquitas, donde están obligadas a usar túnicas.

Antecedentes históricos

Bereberes: primeros habitantes del norte de Africa desde el 6000 a.C.

Fenicios: desde siglo XII a.C.

Cartagineses: siglo VI, época de esplendor púnico.

Romanos: siglo II a.C., dominio de 600 años que se impuso sobre la destruida Cartago y se extendió al resto del país.

 Vándalos: 439 d.C, invasión bárbara.

Bizantinos: 534 d.C.

Arabes: 671 d.C, resurgimiento berebere con la conquista musulmana y la difusión del islam, cultura que se impone hasta la actualidad.

Andaluces: 1492, con la caída de Granada (España), éxodo moro hacia el norte de Africa.

Turcos: 1534, desembarco del pirata turco Jareid-Din Barbarossa (Barbarroja), y 40 años después pasó a dominio otomano.

Franceses: lo que comenzó como protectorado económico terminó en una importante colonia francesa que se extendió de 1881 a 1956.

Tunecinos: en 1956 se independizan y se constituye una república. Habib Burguiba es el primer presidente tunecino por más de 30 años; su sucesor es el actual jefe de Estado, Zine el-Abidine Ben Alí, en el poder desde 1987.

Llegar a la isla de Djerba no es una odisea

Las costas que hace milenios Homero citó en boca del mítico Ulises están a pocas horas de la capital tunecina; allí se encuentra una de las sinagogas más antiguas

TUNEZ.- Durante nueve días, los vientos de la muerte me transportaron sobre el mar de peces. El décimo nos llevó hasta la orilla de los lotófagos, pueblo que como alimento sólo tiene una flor. En boca del mítico Ulises, que relata su salida de Troya, hace 3000 años Homero creó en la Odisea la leyenda de Djerba.

A 510 kilómetros de Túnez capital, esta isla de 514 metros cuadrados aún conserva el efecto cautivante de los lotos, que saben a miel.

Houmt Souk, éste el único centro urbano de la isla; su capital es sede del aeropuerto, agencias de viajes y compañías de alquiler de coches, entre otras empresas e instituciones oficiales. Es un centro de tejedores y tintoreros, donde se fabrican melahfas o turbantes y fontas o paños.

Más allá de la playa donde las mujeres lavan la lana, la ruta se bifurca en su paso por la ciudad y conduce a la plaza que da su nombre, Houmt Souk o barrio del mercado, en el que los lunes y jueves tiene lugar un pintoresco int ercambio de mercancías.

En dirección hacia este mercado hay tres de las 213 mezquitas que se conservar en la isla. La de Sidi Brahin El Djammi, con pórticos abovedados; Djamaa Tourk, la mezquita turca con siete cúpulas y un alminar redondo, y la D jamaa Ghorba, la mezquita de los extranjeros.

Al norte de la ciudad se levanta sobre la costa el bordj (castillo o fuerte) El Kébir, que data de los siglos XIII y XIV y que sucesivamente sirvió de guarnición a árabes, españoles y turcos. Una pirámide de piedra reemplaza al macabro monumento hecho por corsarios turcos que degollaron a 5000 españoles, con cuyos cráneos formaron una pirámide.

El Kantara (vocablo árabe) es el puente. Se trata de un dique construido por los cartagineses, en cuyas proximidades se encuentra el asentamiento Meninx, de origen fenicio, que data del 1000 a.C. Se convierte en la ruta 117 y une Houmt Souk con Port Ancient, y de allí a Zarzis, en la península continental, que bordea al Sur la bahía de Bou Ghrara.

Las playas Sidi Mahares, Sidi Garous y La Séguia se extiende sobre casi 20 kilómetros. Es el mejor lugar de la isla para bañarse, para practicar pesca submarina y buceo. Es posible alquilar caballos, coches tirados por caballos, camellos, bicicletas y barcos de vela para pasear y recorrer la isla desde distintos puntos de vista.

El Museo de Artes y Tradiciones Populares está en Sidi Zitouni y exhibe atuendos, joyas, utensilios domésticos y artesanías en barro cocido, una de las cuales tiene capacidad para 300 litros. Se agrega un taller de alfarería simulado en una antigua cisterna, cofres labrados y pintados, y gran cantidad de herrajes. Abre de sábados a jueves.

Ajim es un pequeño puerto en el que sus habitantes practican la pesca con redes tejidas con fibras de palmeras en aguas poco profundas; arponean lubinas y meros de un metro de longitud, sacan esponjas de hasta veinte metros de profundidad y suelen salir hablando de un pueblo sumergido en la bahía Bou Ghrara. Se ofrecen excursiones de buceos para acompañar a los pescadores de esponjas. Un transbordador une este puerto con su par continental Djort, a través de numerosos viajes diarios.

Asentamiento hebreo

Hara Keibira (judería mayor) y Hara Seghira (judería menor) dan cuenta de un importante asentamiento hebreo que se cree se remonta al siglo VI a.C., cuando Jerusalén fue destruida por Nabucodonosor. En la judería menor está la sinagoga La Ghriba, que cuenta con un monasterio que data del 586 a.C. y un hospedaje contiguo para la diáspora que cada mayo peregrina desde diversos puntos del mundo y la convierten en la Jerusalén de Africa.

Guellala está en medio de palmeras que abrigan brocales de pozos en los que humean hornos de cerámica, junto a cacharros y tinajas de barro almacenados en grandes pilas al aire libre. Se fabrican desde jarritas cuya tapa de borde irregular sólo se cierra perfectamente en una posición hasta ingeniosos recipientes que se llenan por arriba y por abajo sin que se derrame una sola gota.

Saliendo de Djerba por el extenso Kantara, que cruza el Mediterráneo, y siguiendo por la nueva ruta bordeada de olivares se llega a Zarzis, construida sobre la antigua ciudad romana Gergis. Allí, deambulan hombres de tez mate cubiertos con su bournous o con una manta de lana, según la época, con la cabeza medio hundida en una miikhalla, especie de sombrero, y se reúnen al amparo de los blancos muros de los souks locales. Se sientan a la sombra y pasan las horas tomando té, hablando de pesca o de la cosecha de olivos o dátiles. El paisaje contrasta, o más bien se completa con lujosos hoteles que ofrecen la infraestructura necesaria para disfrutar de sus playas.

Idioma y religión

El árabe es el idioma oficial, aunque la mayoría de la gente habla francés, debido a que Túnez fue colonia de ese país europeo por poco más de un siglo.

El islam es la religión oficial y, aunque un decreto presidencial prohibió el ingreso de los no musulmanes en las mezquitas, éstas pueden ser visitadas por los turistas, sin ingresar en las salas de oración, pero deben descalzarse y cubrirse con túnicas y pañuelos que se proveen especialmente

Alfombras mágicas que valen un viaje

Las principales actividades que animan los días de los tunecinos son la cría de corderos y camellos, la recolección de dátiles y los diversos tejidos artesanales; también disponen de tiempo para tomar un té de menta

TUNEZ.- Ma Zahr no deja de balbucear en árabe mientras con una rápida habilidad, fruto de una práctica que data de su niñez, ata nudos de distintos colores formando un diseño según un dibujo marcado en un papel, que de vez en cuando es visto pero que permanece doblado en cuatro y descansa en el respaldo del banco donde se sienta junto con sus compañeras. Envuelta en su djebba, gira la cabeza para aclarar el significado de su nombre a Abdullah, uno de los dueños de la tienda devenido nuestro intérprete, que lo dice con sorpresa: se debe al gusto de su madre por el agua de azahar, repite.

Sentadas en hilera frente al telar, de donde cuelgan varias madejas de hilos de colores, Ma Zahr y sus compañeras sonríen para la foto y permiten que los visitantes se sienten a su lado e intenten tejer un punto. Cada alfombra les demanda entre seis y ocho meses de trabajo, en los que permanecen horas y horas en habitaciones tapizadas y alfombradas con sus obras.

A modo de sacudida, pero como desenrollando un encanto, las alfombras de pelo de camello y de lana de oveja, así como las mantas de Túnez, son exhibidas como un tesoro, tan valorado como el precio que se pide por ellas. Se las aprecia por la cantidad de puntos anudados con que se hacen. En un metro cuadrado de tejido, pueden caber entre 10.000 y 490.000 nudos, cuanto mayor sea este número mejor es su calidad.

La más popular es la zerbia, inspirada en modelos turcos que consignan discretos dibujos geométricos. Las más caras son las confeccionadas con hilos de seda, que al sacudirse producen un tornasolado por efecto del movimiento. Las mantas de lana sintética son más baratas, pero no menos bonitas: hanbal es la tejida en colores naturales y comúnmente se ofrece como regalo de bodas, al menos entre los bereberes; y la llamada klim es tejida en color rojo.

Entre las que se encuentran en los souks, también están las bishts, mantas que sirven de asiento al montar los camellos.

A modo de ejemplo, el persuasivo Abdullah asegura que "no hay mejor recuerdo de una aventura tunecina, que una alfombra". No se equivoca, aunque las ganas de adquirir una se desvanecen al explicar, por ejemplo, que tres metros de un corredor que pesa casi siete kilos cuesta 390 dólares, y una pequeña alfombra tejida en hilo de seda que tiene 250.000 nudos por metro cuadrado vale 850 dólares. No obstante sus cifras, los precios caen a la hora de pagar el alquiler de la tienda, asegura un desconfiado guía.

Para los más austeros, las pieles de oveja, consecuencia obvia de la demanda para tejer alfombras, y las esteras son bastante más baratas.

A la vera del camino

Olivares, palmeras, hombres, corderos, se suceden unos a otros a la vera de los caminos tunecinos.

Entre las mediterráneas Mahdia, Mahares y Gabes y la casi desértica Matmata, el camino se abre paso en medio de palmeras datileras y olivares. Cincuenta millones de estos últimos árboles son legado de los fenicios que los introdujeron; rinden aproximadamente un millón cincuenta mil toneladas de aceitunas, muchas de las cuales se exprimen desde tiempos prehistóricos para obtener aceite.

En su alrededor el esparto crece raleado formando matorrales, entre los que siempre se divisa a mujeres dobladas a la cintura arrancándolos, para luego hilarlos y tejer las conocidas esteras. Esa fibra color verde seco también sirve para tejer bolsas y cestas, que cuelgan de las tiendas en los souks del interior tunecino.

Tanto en la ruta que bordea el golfo de Gabes como en el camino que se interna en el Africa sahariana, las palmeras aparecen en forma aislada, dando fruto a un sinfín de sedientos relatos y jugosos platos hechos a base de sus autóctonos dátiles.

En las inmediaciones de Douz, el número de palmeras supera el de habitantes: hay 800.000 árboles que producen dátiles para comer, y vino de palmera o laghmi para beber, ramas para hacer muebles, troncos para construir tejados y fibras para trenzar cuerdas. Si los habitantes de los oasis viven en gran medida de las palmeras, también dejan en ellas grandes esfuerzos y horas de vida: hay que perforar pozos para extraer agua, podarlas en su vida madura, que tiene unos 50 años de duración, e incluso ocuparse de fertilizarlas con polen.

Las horas del té

Los que no se plantan de manera esporádica son los bares. A lo largo de los caminos que atraviesan los pueblos para inmiscuirse en la vida de sus habitantes, modestos bares se extienden hasta en sus veredas. Sea cual fuere el lugar y a toda hora siempre están colmados de hombres, que pasan horas y horas mirando la ruta, los transeúntes locales, o vaya a saber qué, mientras saborean un té de menta o de semillas de piñón, costumbre que se matiza con el hábito de fumar en narguiles.

A la altura de Kenitra, parar en la ruta en medio de la nada para comer méchoui, cordero asado, es otra costumbre local, a la que se suman no pocos turistas. No parecería ser un atractivo, pero, sin embargo, son muchos los que se detienen ante corderos colgados que se desangran, mientras en las inmediaciones un grupo de dos o tres vivos atados a un palo parece pedir auxilio. En la puerta de estos puestos de comida bastante rudimentarios -un ambiente azulejado que parece una carnicería- se elige el pedazo de carne señalando la parte del animal que se quiere y en cuestión de minutos se entrega supuestamente cocido

Sobre los milenarios jemeles

A 600 metros de altura, en el norte de las montañas de Dahar, los bereberes de Matmata y sus vecinos de Tijma, Haddége y otras localidades viven en cavernas. Se trata de casas excavadas en la montaña con patios a cielo abierto, conocidas como viviendas trogloditas.

Un ojo inexperto descubre cráteres en montañas de color ocre, pero uno más atento hace caso omiso al disimulo y descubre refugios escondidos. No en vano fueron dignos escenarios de En busca de la tierra perdida o La guerra de las galaxias.

Originalmente, estos pueblos escarbaron la arcillosa tierra huyendo de impiadosas invasiones. Hoy, aseguran disfrutar de cierto frescor, cuando el sol del verano calienta hasta más de 40ºC y, al mismo tiempo, permanecen amparados cuando la temperatura desciende en el invierno.

Por una suerte de cráter se accede a un túnel subterráneo que desemboca en un haush o patio a cielo abierto, en cuyo alrededor se excavan salas, ksars o graneros donde se almacenan cereales y aceitunas, y dormitorios ubicados en un piso superior, al que se accede por una cuerda.

Las palmeras, los olivares, el camello y los turistas permiten la subsistencia de los bereberes.

Es que por estos lares, el jemel o camello sigue siendo el medio con que se movilizan los bereberes. El camello doméstico es un animal singular, adaptado a la vida en el desierto, por el que en otros tiempos vagaba salvaje. Su íntima relación con el hombre, los llamados camelleros, data de muchos siglos y fue decisiva para los pueblos nómadas del norte de Africa y de Medio Oriente.

Aparentemente dócil, es bueno saber que suele ser obstinado y de mal carácter, cuando no trata de morder a su dueño. Si bien puede prescindir de agua durante mucho tiempo, ya que el líquido que necesita lo obtienn de la grasa que acumula en su joroba y de las plantas que come; tras un período de deshidratación forzosa (puede permanecer hasta diez meses sin beber) debe aplacar su sed ingiriendo grandes cantidades de agua. Llega a tomar hasta 130 litros de agua de una vez.

El bamboleo y el vértigo que produce el andar en camello suele disfrutarse en las inmediaciones de Matmata, entre otros sitios. Aunque la oferta inicial es de una hora por 10 dinares, el paseo concluye en menos de media hora, tras divisar un paisaje lunar, salpicado de palmeras, matorrales de juncos y de especies, que crecen silvestres, como el romero.

Comidas

Los turistas pueden disfrutar tanto de los platos tunecinos típicos como de pescados y frutos de mar del Mediterráneo. Pero también siempre puede tener en su plato comida internacional, que se sirve en todos los hoteles y restaurantes.

Los platos tunecinos más característicos son:

Cuscús: hecho sobre la base de sémola de trigo, garbanzos, verduras, cordero, pollo o pescado.

Mesfuf: cuscús dulce; además de los ingredientes mencionados, se suman nueces y uvas.

Briks: fino hojaldre con huevo.

Tajines: patés preparados en hornos de tierra.

Mechoui: cordero asado.

Pescados: se sirven solos, fritos, a modo de aperitivos o en platos combinados con huevos fritos, papas, tomates y pimientos.

Mariscos: abundan en las aguas de Túnez, aunque la langosta (hommard), las ostras (huîtres), las almejas (clovisses), los mejillones (moules), las gambas (crevettes) y los langostinos (crevettes royales) se encuentran en abundancia, pero no difieren de los que se saborean en Europa o en nuestro continente.

Se recomienda no beber agua, sino gaseosas o agua mineral. En algunos bares se sirve laghmi o vino de palmera, pero lo más habitual en todo Túnez es el té de menta, té con piñones o café turco.

Para trogloditas

En la década del 60, el Club Tunecino de Turismo convirtió un primer grupo de viviendas subterráneas en alojamiento para turistas. El Mathala (teléfono 00216-5-30015) tiene 120 camas en 36 celdas para grupos de 2 a 10 personas; una habitación para dos personas con desayuno cuesta 50 dólares. El hotel Sidi-Driss (00216-5-30005) es más nuevo y sirvió de base, durante 1976, a los protagonistas y equipo de filmación de La guerra de las galaxias.

El más moderno es Les Berebéres (00216-5-30024), que tiene siete restaurantes y 140 camas en 140 celdas. Estos dos últimos alojamientos valen 14 dólares por una doble con desayuno.

Fuente La Nación, abril 1999

 

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