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Singapur Es
como la Suiza del sudeste asiático. Muy occidental por fuera, está
revestido por una gran prosperidad. Es también limpio y seguro, a favor
de un régimen de leyes severas Aquí,
unos edificios
de 60 pisos con arquitecturas ostentosamente de avanzada y construidos
según la milenaria disciplina del feng-shui. Allí, a unas cuadras,
mercados populares en los que se venden hipocampos desecados para
preparar tes medicinales. Singapur es una mezcla fascinante de tecnología
y tradiciones antiguas, además de un país muy rico que no tiene
recursos naturales y en el que, aún hoy, ciertos delitos se castigan
con golpes de vara en la espalda, científicamente dosificados. Para
un argentino, una visita a Singapur es un ejercicio de asombro. Este país
muy pequeño, surcado todo por un subte hipermoderno que no tiene
paralelo con ningún otro, es algo así como la Suiza del sudeste asiático.
Ya el aeropuerto es de un lujo increíble, y el camino hasta el centro
de la ciudad discurre entre una avenida amplia, flanqueada por parques
perfectos. Los
coches que recorren la avenida son casi todos nuevos y llevan las
ventanillas cerradas para disfrutar del aire acondicionado que anula los
28 grados promedio que hay aquí. Empiezan
las sorpresas. En la muy amplia zona céntrica, en la avenida Orchard,
hay más de 70 shoppings que se suceden unos a otros, junto con
edificios comerciales y hoteles. Son iguales a los de toda la aldea
global, salvo porque también aquí, entre negocios de marcas
internacionales, se venden los hipocampos desecados, que sirven para
purificar la sangre y desinfectar el cuerpo. También se venden hígados
de pájaros con otras finalidades médicas o unas bolsitas con snacks
que no son palitos salados ni maníes, sino cangrejos enteros, secos y
crocantes. Desprovisto
de recursos naturales, Singapur encontró el camino de la prosperidad en
diversos frentes. Es, por un lado, el shopping para los ricos de los
pobres países vecinos del sudeste asiático, como Indonesia, Malasia,
Tailandia o Filipinas, aunque también para los cercanos indios que
quieren pasar unos días glamorosos. Singapur
también desarrolló en gran forma las industrias electrónica y química,
además de constituir un paraíso fiscal; más de la mitad del producto
bruto interno lo generan los servicios financieros. La prosperidad llega
a niveles de ridiculez: durante la crisis del sudeste asiático, los
singapurenses estaban realmente preocupados pues el índice de desempleo
había trepado hasta un 0,4 por ciento. Hoy, se repusieron del mal
momento. -A
mí me fascina Norteamérica. Y me encantan los chicos que no sean asiáticos.
Lo
dice Angie, de 19 años, una singapurense de origen chino -son el 80 por
ciento de la población- que viste una minifalda occidental. Anduvo
paseando por un shopping junto con Jasmin, de 20. Desenvueltas, ellas
encararon al cronista en busca de conversación. Angie
y Jasmin son proveedoras de más sorpresas. Angie, de pronto, comienza a
cantar en un castellano perfecto: Así es María, tan ardiente y fría,
pero es veneno si te quieres enamorar. Enseguida le pregunta al
cronista, que está desconcertado: ¿Qué significa así es María, tan
ardiente y fría? Lo pregunta en un perfecto inglés, idioma que casi
todos hablan aquí. Después, ambas sacan de sus billeteras fotos de sus
ex novios y amigos occidentales: unos marines norteamericanos, un chico
francés... -No
me gustan los asiáticos porque no son nada románticos y son muy
cerrados de mente -dice Angie, que estudia comercio. Las dos despiden al
cronista con besos en la boca, con total naturalidad. Dos
días después, se cruza en el camino del cronista una tailandesa alta,
de vestido de Lycra muy ajustado a su buen cuerpo. Dice ser modelo. Van
quince minutos de conversación y revela, tranquilamente, que prefiere
las mujeres a los hombres, aunque no desprecia nada. Y suelta un relato
picante e impublicable que mezcla a dos tailandesas y un canadiense,
además de ella misma. Los
prejuicios respecto de estas culturas formato chino se desmoronan. Todo
está muy occidentalizado. Las mujeres que aparecen en los anuncios
suelen ser occidentales; en algunos casos, como una tímida concesión
marketinera, son occidentales, pero con una leve ambigüedad de ojos un
poquitín rasgados y facciones protoasiaticas. Todo
es
orden y limpieza en Singapur. En este sentido, se prodigan en extremo;
por ejemplo, hay ceniceros en todas las calles, hasta cuatro por cuadra.
Y faltan, además, clásicos habitantes de ciudades calurosas, como las
cucarachas; en doce días, este cronista vio una sola, en la calle, quizá
preocupada por lo difícil que debe ser para ella encontrar pareja. Obsesivamente,
empleados municipales emprolijan los ya prolijos parques y jardines,
arreglan desperfectos y barren las calles con sus escobas de ramas. Las
curiosidades son muchas. Está prohibido el chicle, por ejemplo, y las
multas por dejar basura en un colectivo llegan hasta los mil dólares de
Singapur, unos 600 dólares norteamericanos. También se aplican multas
al que que no tire la cadena en un baño público. Nacho
y Rosana, dos argentinos que viven hace casi dos años en Singapur,
sostienen que hasta la diversión se la toman en serio por estos lados.
Las discotecas cierran a las 2 y las fiestas multitudinarias son un
producto extraño. Hay
muchos contrastes en esta ciudad-Estado. No hay miseria, pero no es lo
mismo el sector de shoppings y hoteles -unas 20 cuadras- o el barrio de
edificios comerciales que Little India, a pocos minutos de allí. Little
India es un tradicional barrio de indios, que conforman el 8 por ciento
de la población total del país (4.000.000). Resulta
muy interesante entrar en los templos, para lo cual hay que sacarse los
zapatos, y asistir a sus ritos con música muy percusiva de fondo.
Gentiles, ofrecen su arroz ritual cuando ven a un visitante interesado y
preguntón, y no corresponde rechazar ese arroz naranja y de gusto
dulce. No corresponde rechazarlo por una cuestión de educación,
primero, y segundo porque en Singapur no existe ninguna de las
enfermedades que sí hay en los otros países de la región, como
hepatitis, difteria y paludismo. Los
indios
son los pobres de Singapur. Los ricos son los chinos, que no suelen
tener un trato muy amable con el extranjero. Son más bien parcos y
secos, salvo cuando el negocio no funciona del todo bien y creen,
mediante sonrisas amistosas, poder atraer al turista para que compre ese
reloj o esa cámara fotográfica. Los
chinos de Singapur tienen también su barrio, Chinatown, donde están
sus templos budistas y mercados. Esta
separación en barrios la decidió Stamford Raffles, el británico de la
English East India Company que en 1819 pidió al sultanato malayo que le
permitiera fundar, en esa isla casi deshabitada, un centro de comercio
marítimo, como manera de hacer frente al poder comercial que tenían
los holandeses en la zona. No vivían más de 150 personas en la isla, y
eran básicamente piratas y pescadores. Con Raffles llegaron chinos,
indios, árabes, judíos y demás, y el avispado inglés decidió crear
zonas para cada colectividad. La
isla quedó como patrimonio británico. Varios hechos históricos se
sucedieron hasta que, en 1965, Singapur fue dejada fuera de la Federación
Malaya y se transformó en país independiente. Singapur
es una gran mezcla. Las publicidades, los nombres de calles y edificios,
los carteles, están escritos en inglés. Los diarios principales también,
aunque cada comunidad tiene los suyos. Y cada colectividad aporta sus
dialectos; los chinos, teochew, hakke, cantonés; los indios, sikh,
gujarati; pero los principales son el malayo y el tamil, hablado por el
80 por ciento de los indios. El gobierno, que todo lo digita y controla,
impulsó una fuerte campaña para que el mandarín fuera el idioma
oficial, y aún hoy se enseña en las escuelas. Los
singapurenses están orgullosos. Su aerolínea es la más rentable del
mundo; su puerto es el segundo después del de Rotterdam. También se
vanaglorian de tener el hotel más grande de la Tierra, el Westin
Stamford, y la fuente más grande del mundo, la del complejo comercial
Suntec City. Está hecha en bronce y su forma alude al mandala. Es
tanto el frenesí megalómano en Singapur que las autoridades tuvieron
que poner freno a las ansias de crear edificios cada vez más altos. El
tope es de 280 metros, ya que más allá de esa altura dificultarían el
tráfico aéreo. No tienen los edificios más altos del mundo, pero sólo
los superan Nueva York y Tokio. Para
crear estas moles herméticas han recurrido a arquitectos famosos como
Pei o Kenzo. Y siempre se han basado en preceptos del feng-shui,
vinculados con la circulación de la energía, para construirlos. En
busca de la buena suerte, también pueden ejercer la paciencia: el
enorme edificio OUB Center fue terminado en 1986, pero se esperó hasta
el 8 de agosto de 1988 (8 del 8 del 88) para inaugurarlo, propiciando así
la buena fortuna. La
ciudad cuenta con un magnífico jardín botánico que ofrece, además,
un jardín de orquídeas único en el mundo, con más de 60.000
especies. Una curiosidad: algunas de esas orquídeas han sido
rebautizadas con motivo de la visita de algún jefe de Estado
extranjero; hay una orquídea Margaret Thatcher, una Eduardo Frei y
también una Nelson Mandela, pero, ingratos, a Carlos Menem, que visitó
el país, no le dedicaron ni un malvón. La
prosperidad de Singapur tiene dos padres. Uno es Raffles, honrado con su
nombre en una calle y en un hotel mítico, que fue fundado en 1887 y por
el que pasaron Marlon Brando y Elizabeth Taylor. El otro es Lee Kwan
Yeu, que fue primer ministro de Singapur desde fines de los 50 hasta
1990, año en que dejó el cargo. Hoy es ministro senior en el gobierno
y se dice que, igual, sigue manejando todo. Se lo ha tildado a Lee Kwan
Yeu de autoritario moderado. Probablemente
Singapur no pueda vanagloriarse de ser una de las más afiatadas
democracias del mundo. La oposición nunca ha tenido mucho aire, por no
decir ninguno; la disidencia casi no existe. Y, si existiera, quizá no
tendría muchos argumentos, dado el bienestar que impera. La
tasa de delitos en Singapur es una risa; un arrebato callejero o el
desvalijamiento de una casa son noticias inusuales. Tampoco hay mucha
libertad de expresión. Existe una fuerte y mojigata censura cinematográfica
y varias publicaciones prohibidas. Sin embargo, en los últimos años se
ha dado una mayor apertura, aunque todavía falta. En
Singapur rige la pena de muerte y se aplica en casos de delitos a mano
armada o de tráfico de drogas. Hace poco más de un año, dos
holandesas ingresaron al país con 120 gramos de cocaína y las
ahorcaron. Y
pobre de aquel que quiera, por ejemplo, escribir un graffiti en una
pared. Un norteamericano lo hizo y su delito fue castigado con golpes de
vara en la espalda. Para aplicar los azotes, al castigado se le realizan
estudios médicos para ver hasta dónde puede soportar, cosa de poder
seguir con los varazos. La moderna medicina al servicio de una práctica
antigua. Vanguardia y tradición. La
comida El
criollazo sempiterno que viaje a Singapur verá resueltas sus ansias de
comida argentina, al menos en lo estético. Porque hay una comida malaya
que es una empanada que bien podría ser made in San Antonio de Areco.
Comerla es otra cosa, y nombrarla también. Se llama epok epok y
contiene una mezcla de papa, huevo y pollo, además de abundantes
especias, como toda la comida de aquí. Es riquísima. Como
es previsible, las costumbres gastronómicas difieren mucho de las
argentinas. En los supermercados, la carne de vaca proviene de Australia
y su precio es por cien gramos; esa cantidad de un digno bife cuesta
tres dólares. Un litro de leche, también australiana -Singapur no
produce alimentos-, cuesta casi dos dólares. En los supermercados suele
haber una góndola pequeña con delicado sushi, y acá los precios se
invierten. Una pieza cuesta 30 centavos, mucho menos que en Las Cañitas.
Un
hecho que llama mucho la atención es que todos comen platos pesados y
picantes en el desayuno; nada de tostada y café con leche. El plato típico
matinal es el chee cheong fun, una masa de varias capas hecha de harina
de arroz, hervida y acompañada por salsa de soja, aceite de sésamo,
semilla de sésamo y chili. En
cuanto a las frutas, la variedad es muy grande. No sólo cuentan con las
clásicas occidentales, sino con el magnífico durián. Por fuera es una
fruta agresiva y espinosa, pero esconde pura dulzura. Dos muy extrañas
para el occidental son la fruta diablo, de Vietnam, y la estrella, que
tiene toda la pinta de esas frutas de plástico que ornamentan centros
de mesa. Y el gusto es consecuente con ese aspecto PVC. Yerba
mate para curar La
yerba mate es una panacea médica. Al menos, así la han vendido acá
los genios del marketing que se han encargado de introducirla en
Singapur. Se la puede conseguir en una cadena de supermercados, donde
también venden dulce de leche argentino, que a su modo es una medicina
pues combate la nostalgia. Esta
es la presencia argentina en Singapur, país en el que viven unos 60
hijos de las pampas. No hay mucho más. Siderca, la empresa del grupo
Techint, tiene intereses aquí. Hay tibias relaciones políticas, y
basta. Nadie sabe mucho de la Argentina. Para todos, mujeres, niños,
hombres, la Argentina es Maradona. La Argentina es fútbol. Menuda
sorpresa resulta cruzarse con un indio que lleva una camiseta de la
selección argentina, nuevita. O con un malayo que lleva una casaca del
Parma con el nombre de Hernán Crespo en la espalda. Pero
no es sólo fútbol, en realidad. Dos veces por semana, un grupo de
singapurenses chinos se reúne para bailar tango. El cronista, en broma,
le dice a una de las integrantes de esa peña asiática que es uno de
los grandes bailarines de Buenos Aires. Se le abren los ojos, se
entusiasma, y quiere bailar ya, ahí. Insiste. El cronista se da cuenta
de que lo que se dice se toma en serio, y aprovecha un descuido para
escapar. ¡La de pisotones que se ahorró la chica! Lugares
turísticos Además
del atractivo en sí que representa Singapur, hay varios sitios armados
para satisfacer al visitante. Por ejemplo, la isla Sentosa, unida al
continente por una carretera, en la que hay desde un parque de
atracciones hasta un jardín de orquídeas, pasando por un fantástico
acuario y canchas de golf. Ya
en en la propia isla de Singapur hay un zoológico muy completo, un
parque de reptiles, una reserva ecológica impoluta -lo que queda de la
frondosa selva que fue la isla hace décadas- y un parque dedicado a los
safaris nocturnos. También hay un calmo jardín japonés y otro chino,
con sus bonsáis, sus bambúes, sus pagodas y sus carpas, esos peces dóciles.
Contra lo que se pudiera esperar, las pocas playas que hay en Singapur no son gran cosa, pero por algo hay tantas piscinas. Fuente La Nación, junio 2000 |
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