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Paris

 

Arco de Triunfo

Torre Eiffel

Nôtre Dame

 

Los paseos por la Ciudad Luz tienen una atracción particular. sobre todo porque cuando son por lugares no convencionales se penetra en una atmósfera llena de novedades y recuerdos.

A ningún turista le gusta que lo consideren como tal.  Aunque lo denuncie la cámara fotográfica o de video, la cara de perdido y el mapa en la mano a modo de salvavidas.  Por eso quiere conocer los lugares que frecuentan los nativos, más que los extranjeros con él,  En lugar de seguir el camino de las cabras, el sendero que toma la mayoría quiere aventurarse por su cuenta.  Y ésta es la época ideal, en mil idiomas y el francés queda en minoría.

En el Metro Charles De Gaulle o Etoile, debajo del Arco de Triunfo, puede tomar la linea 2 en dirección Nation hasta la estación Louis Blanc.  Son 14 paradas hasta llegar, pero el subte es el medio más rápido y directo de los parisienses.  La diferencia entre un turista y un viajero es que el primero toma taxi y el segundo el metro.

Al salir a la rue Louis Blanc se encontrará en el este de la ciudad, en el X Arrondissement, distrito popular de trabajadores como antes era la Bastilla y que de la misma manera se está poniendo de onda entre los más jóvenes e inquietos.  Es lo que llaman un barrio trendy, de tendencias, comparado con Chelsea o el East Village en Nueva York, Malasaña en Madrid o Las Cañitas en Buenos Aires.

Hay un brote contagioso de pequeños restaurantes que hacen comida fusión con ingredientes y recetas de medio mundo (World Cuisine), y en el atardecer y la noche se mezclan los ritmos africanos con el jazz y el toque latino de Carlos Santana, que es un Grammy sin fronteras

La clave está en los alquileres bajos y los precios ídem para los habitué que son muchos en los fines de semana, aunque no tantos en los días hábiles.  Igual  que en todo París, se come bien  en cualquier lado, aunque los más concurridos son Chez Papa y L´Opus Café, que está la boutique Le Purple, con ropa de diseñador comparable, según los entendidos, a Colette en la rue Saint Honoré en el Palais Royal.  En esta rienda, que puede pasar sin ser vista detrás de sus cactus de decoración, sirven café y venden discos compactos y revistas de moda, igual que Armani en St. Germain.

Esto es muy atrayente, pero lo más singular de esta visita es el canal St. Martin que allí sale a la superficie y es una delicia con sus puentes, orillas arboladas e imagen de otro tiempo por que fue creado en 1821.

Una parte corre por debajo de la superficie y estuvo en peligro de ser entubado totalmente para ser pavimentado (como ocurrió con el arroyo Maldonado y la avenida Juan B. Justo en Buenos Aires).  Sigue al aire libre y se convirtió en una gran atracción que todavia no ha sido descubierta por el turismo masivo.  Julio Cortázar lo frecuentaba.  El vivía en la zona, en el número 4 de la rue Martel (Métro Cháteaua d´Eau), en los fondos de una fabrica de telas y lo usó como escenario en varias de sus obras, entre ellas rayuela, porque allí el protagonista besa a La Maga.  Para los memoriosos de la historia del cine, también sobre el canal está L´Hótel Du Nord, que estuvo a punto de ser demolido y hoy es un bistró.

Hasta hay sitios para el picnic

Un proceso similar se está dando en otra visita no convencional sobre el Boulevard Ménilmontant, en las cercanías del cementerio de Pére-Lachaise, donde cada noche surge un nuevo bar y mesas en la vereda.  Antes era la meca de peregrinación a la tumba de Jim Morrison de The Doors, o de otros idolos como Edith Piaf, María Callas, Federico Chopin o los enamorados Abelardo y Eloisa.  También es elegido para hacer un picnic debajo de sus árboles porque en París los cementerios y sus alrededores, como ocurre con nuestra Recoleta, son sitios divertidos.

En el extremo nordeste hay otro recorrido para descubrir jardines no tan frecuentados por el turismo como los clásicos de París (Luxemburgo o Tulleries).  Se trata del parque de Buttespie), diseñado por el barón de Haussmann, que fijó la fisonomía de la ciudad en tiempos de Napoleón III, el sobrino de Bonaparte.  Sobre lo que eran terrenos de desecho, con un gran lago artificial, la colina (butte) permite hacer ejercicio a los mochileros o servir de mirador desde la altura.

Son excursiones con un regalo al volver: ¿A ver quién adivina desde donde tomamos estas fotografías  sobre un París desconocido?

Una vuelta en globo

Uno de los más modernos (1993) y formidables parques es el André Citroën, desarrollado al borde del río Sena en los espacios que ocupaba la fábrica de autos.  Es una obra de arte con sus fuentes y cascadas con luz y música computados, invernaderos de cristal y arquitectura de jardines en blanco y negro, o donde predominan los rojos por los árboles de cerezas o manzanas.  Era otro de los lugares menos frecuentados porque está un poco lejos, sobre el Sudoeste, con la estación de Métro   Boulevard Víctor (RER).

Eso cambió porque ahora tiene un argumento muy poderoso para atraer gente: en esta isla verde comienza la excursión con el globo más grande del mundo.  Es una góndola de color amarillo, con la publicidad de una compañía de seguros para ayudar a Aérophile, que continúa la tradición porque en 1783 se hizo en París el primer vuelo del construido por los hermanos Montgolfier.

Esta novedad formó parte de los festejos para celebrar la llegada del Nuevo Milenio y sale todos los días (siempre que el tiempo lo permita).  Es ideal para los niños de cualquier edad, aunque los menores de 12 paguen menos por una aventura tan singular como navegar por el cielo llevados por la sensación de libertad de un transporte silencioso y que no poluciona la atmósfera mientras vemos la Ciudad Luz a 300 metros de altura, como si estuviéramos en la punta de la Tour Eiffel en movimiento.   

 

París se redescubre en el Marais

Este barrio, que muestra las cicatrices del tiempo, abre las puertas de aristocráticas mansiones y restaurantes étnicos

Más allá de las luces de la Place de la Concorde y La Défense late una historia de siglos

Una visita ineludible

Hay que buscarlo en el corazón mismo de París. Alli donde no brillan las luces rutilantes de la gran rueda giratoria de la Place de la Concorde ni los lujosos escaparates de la avenida Montaigne. Allí donde los grandes espacios verdes como los de las Tullerías o el Jardín de Luxemburgo no tendrían razón de existir. Hay que buscarlo, precisamente, en un sitio donde, sin atisbos de timidez, parece ignorarse el París turístico que convocan las grandes tiendas del Boulevard Haussmann, la modernidad de La Défense, y la poderosa tradición intelectual y artística de la orilla izquierda y su Barrio Latino.

Sus calles han sido testigos del paso de los caballeros Templarios por la rue Vielle du Temple, de la instalación de las primeras juderías a fines del siglo XII, de las fastuosas celebraciones reales en la Place des Vosges, de la creación de suntuosas residencias que habitó la aristocracia en el siglo XVII.

Quien camine hoy por el Marais podrá gozar de un infrecuente reencuentro con el pasado. Un pasado a menudo turbulento que se expresa en la historia de sus calles y edificios ejemplarmente preservados.

El Marais señala el camino al corazón de París

De trazado medieval y naturaleza cambiante durante siglos, este barrio céntrico resume su historia en más de diez museos

Pasear por sus calles está de moda entre los turistas de todo el mundo

Las antiguas residencias de la aristocracia se pueden visitar

Boutiques y restaurantes con rasgos de otras culturas

PARIS.- Solemne e informal a la vez, el Marais es un barrio que despierta fascinación, y recorrer sus viejas calles a media mañana es una experiencia sigular. Desfilan ante nuestra vista grandes mansiones donde habitó la aristocracia en el siglo XVII, callejuelas de trazado medieval, el viejo barrio judío poblado de aromas de comidas tradicionales y museos tan dispares como el que alberga obras de Picasso, el que reúne la historia viva de París o el que penetra en el mundo de la magia.

Los límites del Marais son sólo relativamente precisos. En la actualidad se lo señala como tomando buena parte de las secciones o arrondissements 3º y 4º, es decir, en la orilla derecha, con el Sena como límite sur. El Hôtel de Ville al Oeste, la Bastilla al Este y la Place de la Republique al Norte forman un triángulo, o mejor aún, un bonete que alberga mucho del pasado de la ciudad.

Un viejo librero de la rue du Temple sonrió al escuchar la propuesta de encontrar una definición del Marais. "Este barrio es contradictorio como la vida misma", -filosofaba, mientras tomaba un trago de agua mineral-. "Así es, siempre a merced de la historia, de las modas, o simplemente de los caprichos. Si quiere pensar que es un quartier de museos y antiguas residencias aristocráticas, tiene razón. Y si opina que es un barrio judío, también. Y no le faltará razón si piensa que es un barrio de boutiques y restaurantes. Tal vez no haya un Marais, sino varios. Tal vez sea simplemente un barrio que fue pobre, y que después de un olvido de siglos se ha vuelto a poner de moda. Verdaderamente es difícil definir al Marais."

Contemplando la cambiante evolución de este barrio, parecen justas sus palabras. El Marais muestra con orgullo todas las cicatrices que el tiempo se encargó de modelar sobre sus calles.

Marais puede traducirse como pantano, y esa denominación popular alcanzaba la zona que -hacia el año 1100- se inundaba con cada creciente del Sena. Aquellos terrenos fueron roturados por la orden de los Templarios haciéndolos habitables.

Cuando entre 1190 y 1215 el rey Felipe Augusto hizo levantar las poderosas murallas de la ciudad -las mismas que hoy se admiran en la rue Charlemagne- comenzó la historia del Marais, un barrio que sufriría hondas transformaciones.

Cuatro siglos después, Enrique IV creó la Place Royal -posteriormente conocida como Place des Vosgues- y la zona adquirió el aire aristocrático que se descubre en las grandes mansiones construidas en los siglos XVI y XVII.

El Marais de aquellos años ofrecía vastos espacios ocupados por jardines de residencias privadas. Era la zona apreciada por la alta sociedad, que deseaba vivir cerca de la corte. Un ejemplo es el de madame de Sévigné, que nació en la Place Royale en 1626, y ocupó en su vida no menos de diez residencias.

La decadencia del Marais comenzó cuando la realeza optó por trasladarse primero al Palacio del Louvre y después a Versalles. Luego de la Revolución de 1789, la zona se deterioró irremisiblemente. Las grandes mansiones fueron abandonadas o utilizadas como depósitos, se lotearon los jardines y, en su lugar, se instalaron pequeñas industrias y talleres. El Marais se convirtió en un barrio pobre, un refugio para inmigrantes.

A mediados del siglo XX, nuevos aires soplaron para la resurrección del Marais. Andre Malraux declaró monumento nacional vastas secciones del área, y tras muchos años de supremacía del Barrio Latino, la gente finalmente descubrió la belleza de sus callecitas.

Un toque de magia en los sótanos de Sade

En dirección al Sena, la prestidigitación queda al descubierto 300 aparatos revelan, a grandes y chicos, todos los trucos

Cruzando la rue Saint - Antoine en dirección al Sena, se puede ingresar en la rue Saint Paul. Más allá del Village Saint-Paul -un encantador espacio ocupado por galerías de arte, librerías, antiguarios y cafés- resta una sorpresa.

Los habitantes de París siempre se sintieron atraídos por los espectáculos de magia y prestidigitación.

Las ferias y parques de diversiones de fines del siglo XIX brindaban espectáculos fantásticos y de magia mucho antes de que naciera el cine.

Quedan en París dos admirables reductos dedicados al tema, uno de los cuales está en el Marais.

El Museo de la Curiosidad y de la Magia es un sótano abovedado cuyas paredes y columnas delatan un origen anterior al siglo XVI.

Aun si no creyéramos en ciertas historias que vinculan la misteriosa construcción subterránea con sangrientas orgías que tenían al Marqués de Sade por anfitrión, la presencia de unos 300 maravillosos aparatos de magia bastan para despertar el interés de todos los visitantes. Aquí todo se puede tocar, y a menudo la inesperada sorpresa provoca más de un sobresalto.

En una salita para 70 espectadores se realizan funciones de prestidigitación. Un mago explica con mucho humor a grandes y chicos el secreto de los trucos, y al cabo de media hora todos están más confundidos y maravillados que al entrar.

En dos mansiones, el Museo Carnavalet rescata el esplendor del ayer

Distintas muestras repasan una colección dedicada a la Revolución Francesa y, también, varios objetos que pertenecieron a Proust

Place des Vosges, la preferida     

PARIS.- El Museo Carnavalet -dedicado a la historia de París- ocupa dos excepcionales mansiones, el Hôtel Carnavalet y el Hôtel Le Peletier Saint-Fargeau. El primero, decorado con espléndidos bajo relieves atribuidos a Jean Goujon, fue construido en 1548 y modificado, posteriormente, por el gran arquitecto Francois Mansart.

La segunda mansión del museo perteneció a Louis Michel Le Peletier Saint-Fargeau, un aristócrata que, como diputado de los Estados Generales, votó en favor de la ejecución de Luis XVI, en 1792. Luego, fue asesinado por la guardia del rey y se convirtió en uno de los primeros mártires de la Revolución Francesa.

La espléndida colección de piezas arqueológicas, pinturas, grabados y fotografías, además de muebles y otros objetos, evoca la historia de París desde sus orígenes hasta nuestros días en riguroso orden cronológico.

Si todo está minuciosamente documentado, no puede menos que asombrar la sección central dedicada a la Revolución Francesa. El interés de esta colección reside en la variedad de documentos, todos contemporáneos de aquellos cruciales acontecimientos.

Otra sección del museo investiga el mundo literario de París. Marcel Proust, es recordado en una muestra de los muebles que utilizó en los tres domicilios que habitó luego de la muerte de su madre, en 1905. La austeridad de su cama, el biombo chino, la biblioteca, el retrato de su padre, objetos que iluminan su personalidad.

A corta distancia del Museo Carnavalet se encuentra el célebre Museo Picasso, uno de los más concurridos de París. Ocupando otra mansión construida en el siglo XVII -el Hôtel Sale-, este museo alberga 200 pinturas, 191 esculturas y numerosas cerámicas, grabados y dibujos que cubren todas sus etapas creativas. La colección se cuenta entre las que mejor representan la variedad de su genio y su evolución entre 1895 y 1972.

Una plaza única

Seguramente, nunca llegó a realizarse una encuesta sobre el tema, pero tal vez para la mayoría de los parisienses la Place des Vosges es la más hermosa. Pero es difícil apreciar su belleza en un fin de semana de sol. Centenares de locales ocupan hasta el último centímetro de césped para broncearse, hacer una siesta o leer un libro, mientras los chicos juegan con el agua de las fuentes.

Hay que visitarla un día hábil, para lograr esa sensación de ingresar en un remanso de paz de extraña hermosura. Son sus proporciones, su simetría inalterada en cuatro siglos, las que le dan la distinción que la hace única.

Originalmente llamada Place Royale, está formada por un jardín rodeado por 37 pabellones simétricos. Altos techos de pizarra oscura enmarcan esta construcción de ladrillos, que Enrique IV, en persona, supervisó con esmero.

A mediados del siglo XVII la habitaban príncipes y personajes de la realeza y la decoraban con pinturas, muebles y tapices de un lujo desconocido hasta ese momento.

Un recorrido por las cuatro recovas de la plaza permite evocar las más lujosas mansiones. En el Nº 14 vivió el duque Louis Barbier, rodeado de notables piezas de arte. Muchas decoraciones que adornaron su mansión pueden verse en el Museo Carnavalet.

En el Nº 6 está la mansión Rohan-Guémené, en la que vivió Victor Hugo desde 1832 hasta 1848, y donde se encuentra hoy el museo que lleva su nombre. Buena parte de Los miserables fue escrita en esta residencia. Los escritores Théophile Gauthier y Alphonse Daudet habitaron el Nº 8, y el Cardenal Richelieu en el 21.

En el pasado, la Place Royale fue usada como lugar de festejo de la realeza. No es difícil imaginar aquellos torneos y las celebraciones, con caballos enjaezados, trompetas y fuegos de artificio.

En la actualidad, está rodeada por galerías de arte, anticuarios, cafés y restaurantes, que invitan a gozar del histórico paisaje. Sin embargo, para una minoría selecta hay dos sitios de absoluto interés: el restaurante L'Ambroisie, uno de los mejores de París, y el local comercial del diseñador Issey Miyake, cuyas osadas prendas lucen rutilantes en los escaparates.

Entre la sabiduría y el mantel

Museo Carnavalet
23, rue de Sévigné, 75003 Paris

Casa de Victor Hugo
Hôtel de Rohan-Guéménée, 6, place des Vosges, 75004 Paris

Museo de Arte e Historia del Judaísmo
Hôtel de Saint-Aignan, 71 rue du Temple, 75003 Paris

Museo de Historia de Francia
Hôtel de Soubise, 60, rue des Francs-Bourgeois, Paris 75003

Museo Picasso
Hôtel Salé, 5, rue de Thorigny, 75003 Paris

Museo de la Caza y de la Naturaleza
Hôtel de Guénégaud des Brosses, 60, rue des Archives, 75003

Museo de la Muñeca
Impasse Berthaud-22 rue Rambuteau, 75003 Paris

Museo de la Curiosidad y de la Magia
11, rue Saint Paul, 75004 Paris

Museo Cognacq-Jay
Hôtel Donon, 8, rue Elzévir, 75003 Paris

Museo Nacional de Artes y Oficios
292, rue Saint-Martin, 75003 Paris

Pabellón del Arsenal
21, bd Morland, 75004 Paris

Museo de la Cerradura (Museo Bricard)
Hôtel Libéral Bruand, 1, rue de la Perle, 75003 Paris

Instituto Tessin - Centro Cultural Suédois
Hôtel de Marle, 11, rue Payenne, 75003 Paris

Casa Europea de la Fotografía
5/7 rue de Fourcy, 75004 Paris

Algunos restaurantes:

Le Petit Gavroche
15, rue Sainte Croix de la Bretonnerie
75004 Paris
Tel: 01 48 87 74 26

Au Gamin de Paris
51, rue Vieille du Temple
75004 Paris
Tel: 01 42 78 97 24

Le Petit Fer à Cheval
30, rue Vieille du Temple
75004 Paris
Tel: 01 42 72 47 47

Au Rendez des Amis
10, rue Sainte Croix de la Bretonnerie
75004 Paris
Tel: 01 42 72 05 99

L´Equinox
33-35, rue des Rosiers,
75004 Paris
Tel: 01 42 71 92 41

Le Coude Fou
12, rue du Bourg Tibourg
75004 Paris
Tel: 01 42 77 15 16

Jo Goldenberg
7, rue des Rosiers
75004 Paris
Tel: 0148 87 20 16

Fuente La Nación. julio 2000

 

Datos útiles

Cómo llegar:

El pasaje aéreo, ida y vuelta, desde Buenos Aires hasta París cuesta alrededor de 1000 dólares, con tasa e impuestos.

Alojamiento

Una habitación doble en un hotel tres estrellas cuesta aproximadamente 80 dólares; entre 100 y 300, en uno de cuatro, y hasta 500, en uno de cinco

Más información

La Maison de la France, R. Sáenz Peña 648 P. 9 de lunes a viernes, de 9 a 12.45; 4345-0664

 

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