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Malta

 

Templo Mnajdra de Malta

Templo megalítico de  Hagar Qin

La impresionante Qala tad-Dwejdra

 

Aferrados a su religión y cada cual con su patrono, con aires de grandeza donde todo tiene dimensiones pequeñas, los malteses muestran su perfil ecléctico

LA VALLETTA.- Dicen que lo bueno viene en envase pequeño y el caso de la isla de Malta parece obedecer a este precepto popular. Teniendo en cuenta las dimensiones de la isla -27 kilómetros de largo por 14 de ancho- sería lógico llamarla islita.

Pero sólo hasta conocer el tamaño de las demás islas que conforman la República de Malta. Gozo, la hermana del medio, mide 14 kilómetros de largo por 7 de ancho y Comino, la menor de las tres islas, tiene una superficie de 2 kilómetros cuadrados. Además, conforman la república los islotes deshabitados de Cominetto y Filfla, tan diminutos que nunca aparecerían en el mapa.

Aun a pesar de sus proporciones, Malta fue codiciada y más de una vez conquistada por las grandes potencias marítimas de la historia.

Hasta que consiguió la independencia en 1964, dejaron su impronta fenicios, cartagineses, romanos, árabes, normandos, españoles, la orden de los Caballeros de San Juan, los franceses y el Imperio Británico.

La razón de tanta avidez por ocupar la isla está directamente relacionada con su posición geográfica.

En efecto, Malta está en un cruce de caminos y en el corazón del Mediterráneo. A 90 kilómetros al sur de Sicilia y a 290 al nordeste de Túnez; entre Europa y Africa.

En consecuencia, controlar Malta significaba el dominio del Mediterráneo, una llave para acceder al poder.

Pero eso era antes, en tiempos de táctica y estrategia militar. Hoy, más de un millón de turistas visita cada año la isla, pero por otros motivos: la calidad de sus playas, el azul intenso del mar Mediterráneo y, sin duda, por la historia de más de seis milenios que guarda este territorio tan chiquito.

Las primeras horas en la isla desorientan a los viajeros que tratan, en vano, de clasificarla. Porque Malta tiene rasgos europeos principalmente en la arquitectura nobiliaria y en las costumbres de sus habitantes. Pero, también, en un primer vistazo uno podría emparentarla con alguna ciudad del Magreb (países del norte de Africa) por el color amarillento de la piedra caliza que decora en forma uniforme cada rincón de la isla y las callecitas que zigzaguean siguiendo la pendiente de las colinas bajas.

Sin embargo, la idea de un enclave musulmán se desvanece cuando se empiezan a contar las cúpulas de las iglesias y el turista se familiariza con la historia cristiana de Malta.

Modelados por la fe

En el 60 d.C., el apóstol San Pablo viajaba como prisionero en un barco con destino a Roma, pero no pudo llegar porque naufragó en las inmediaciones de la isla. La tradición indica que este hecho fue decisivo para los habitantes de Malta, que se convirtieron al cristianismo, siguiendo el ejemplo de Publius, el gobernador romano de la isla.

Y desde hace casi dos mil años el ritmo de vida de los malteses está modelado por su fe religiosa. Cada zona tiene su patrono y la devoción es tal que suele haber disputas entre los poblados, que se desviven por resaltar las bondades de su patrón sobre los otros.

El pueblo de Quormi, por ejemplo, tiene dos patronos: San Jorge y San Sebastián, y las familias se dividen según esos santos. No sólo bautizan a sus hijos con estos nombres, sino que en cada fiesta intentan mejorar la performance de los devotos del santo rival.

Puede sonar divertido, pero es muy serio para los malteses, que sólo aumentan el tono de la pugna si se trata de fútbol (una gran mayoría adhiere a cuadros italianos y otra, a equipos ingleses). Cuando los turistas están convencidos de que están en un país definitivamente europeo, el sonido del idioma maltés vuelve a poner en duda esta certidumbre.

¡Meherba! (bienvenidos), recibe un guía a su grupo en el lobby de un lujoso hotel. El extraño parecido con el idioma árabe no es casual. Efectivamente, el maltés es una lengua de origen semítico, pero la única que se escribe en caracteres latinos y que incorporó tantas palabras, particularmente italianas e inglesas, a su vocabulario.

A esta altura, la confusión es tan grande que al turista no le queda otra que descartar las clasificaciones tajantes y admitir el carácter ecléctico de Malta, resultante de las sucesivas culturas que dominaron la isla.

Así, totalmente permeables y dispuestos a percibir con la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato, los viajeros pueden rendirse a experimentar el sentir maltés.

De templo en templo: en La Valletta hay numerosas iglesias y cuando se la edificó se estableció que en todas las esquinas esculpieran la imagen de un santo.

En la Argentina dicen que si llueve con sol, se casa una vieja. Para el mismo enunciado, dicen en Malta que nació un turco. Pero los malteses son todavía más radicales: si en una casa hay fantasmas, son turcos; si alguien no entendió el chiste, no hay dudas, es un turco.

Sin embargo, si no hubiera sido por los turcos, La Valletta, la bella capital de Malta, no existiría.

Efectivamente, el proyecto de construir la ciudad surgió luego del Gran Asedio de 1565. Ese ataque duró cuatro meses y, si bien los turcos contaban con 40.000 hombres, los caballeros lograron resistir.

"La Valletta es una ciudad construida por caballeros para caballeros", así se refirió a la capital de Malta el novelista romántico inglés sir Walter Scott, a principios del siglo XIX.

Luego del triunfo ante los turcos, los caballeros fueron considerados héroes en el resto de Europa y estaban en condiciones de pedir fondos a los distintos países del Viejo Continente. Así, desde los rincones más remotos de la cristiandad llegaron donaciones. El rey de Francia envió 140.000 libras; Felipe II de España, 90.000, y el rey de Portugal, 90.000 cruzados. El Papa no sólo contribuyó con 15.000 coronas, sino que, además, les mandó al arquitecto italiano Francesco Laparelli de Cortona, que dibujó los planos de las nuevas fortificaciones y de la ciudad.

El gran maestre Jean de La Vallette proyectó edificar la capital en el Monte Sciberras, un lugar estratégicamente perfecto.

Era la primera vez que se construía en Europa una trama urbana siguiendo las pautas de un plano bosquejado previamente. Es decir que no se dejó nada librado al azar: se diseñó un sistema de alcantarillado y drenaje de aguas, no se permitió que hubiera edificios que sobresalieran a la calle y en todas las esquinas se debía erigir una estatua con la figura de un santo.

Una iglesia para cada día del año

Aunque el concepto de edificación, tan avanzado para la época, se advierte en un paseo por el centro de Valletta, los viajeros detienen su mirada en los detalles de la cotidianidad propia de la urbe. Las calles, más extensas de lo que la mirada puede abarcar, se zambullen finalmente en el mar y los balcones de madera cubiertos dejan que el transeúnte curioso se asome a la privacidad maltesa y acaso descubra que la mayoría de las casas tiene un cuadro con la imagen de alguno de los grandes maestres de la orden de los Caballeros de San Juan.

También de pie, el viajero se encontrará con una iglesia casi a cada paso. No es necesario frotarse los ojos: la visión es correcta ya que Malta cuenta con más iglesias que días del año y así los habitantes de la isla pueden ir a misa siempre en un templo distinto.

"Siendo liliputienses, tenemos tendencia al gigantismo", comenta con una sonrisa un guía de turismo mientras señala la inmensa cúpula de la iglesia Rotunda, en el pueblo cercano de Mosta. Durante la Segunda Guerra Mundial, Malta fue intensamente bombardeada por el Tercer Reich y, en 1942, un proyectil cayó sobre un fragmento de la cúpula, pero por miracolo -como dicen los malteses- el explosivo no estalló y el techo se restauró sin problemas.

Otro templo de majestuosa belleza es la Co-Catedral consagrada a San Juan, que antiguamente era la iglesia del Convento de la Orden Militar. Construida entre 1573 y 1577 por Girolamo Cassar, posee un interior muy barroco; tan desbordante es su decoración que guarda un efecto teatral.

Las callecitas de La Valletta son muy estrechas. Por eso, el minicooper es el protagonista del tráfico citadino. Le hace pito catalán a las curvas ceñidas, se cuela por los pasajes más angostos y hasta puede procurarse un lugarcito en doble fila.

Como en todos los viajes, también en Malta las mejores imágenes se obtienen vagando por las calles. Así, en cualquier momento del día, en una arteria escondida, Kathleen, una maltesa de 80 años enrolla desde el balcón un piolín que le trae una canastita de paja con los huevos y el queso que necesita para cocinar. Desde abajo, Mary, la almacenera, luego de sacar la compra de su camioneta, se encargó de acomodarla en la canasta y darle el OK a Kathleen para que comience a tirar.

Esta es una forma muy común en La Valletta. El motivo es que los edificios son altos y no tienen ascensor. Con este método, las mujeres de edad no se cansan con los interminables escalones que de cuando en cuando las conectan con las calles de la ciudad.

Tanto el interior con techos abovedados como la amplia terraza del Café Cordina, fundado en 1837, son un punto obligado para ver un típico día maltés. Acodados en las mesita de afuera, los turistas imaginan la ciudad de los caballeros, mientras un karrozzin -antiguo carruaje tirado por caballos- les regala el golpeteo de las herraduras contra el asfalto.

¡Un comino!

Aunque la expresión me importa un comino no tiene una relación directa con la tercera isla de Malta, se cuenta que allí crecía esta especia. Sin embargo, como no era un bien muy valioso en el momento de su intercambio, la expresión comenzó a utilizarse para referirse a un hecho de muy poca relevancia.

En los 2,5 kilómetros cuadrados residen en forma permanente sólo ocho personas, entre ellas un policía y un párroco.

Bajo los ojos de Osiris

Enfrente de La Valleta, del otro lado del Grand Harbour, reposan las tres ciudades fortificadas de Birgu -o Vittoriosa-, Cospicua y Senglea.

Se las conoce también como Cottonera, en honor del gran maestre Nicolás Cottoner, que hizo construir esta línea de bastiones considerada como el ejemplo más llamativo, en Europa, de la arquitectura militar de su tiempo.

Es difícil recorrer Birgu sin perderse por sus calles angostísimas y, en general, peatonales.

Pero no hay de qué preocuparse, el laberinto siempre tiene salida. Y si desemboca en las inmensas murallas, el viajero no podrá menos que emocionarse con las vistas de las magníficas construcciones de color pálido que rodean al gran puerto.

Un paseo en dghajsa -embarcaciones tradicionales tipo góndolas- al atardecer tiñe el persistente amarillo de las sólidas fortificaciones con los brillos rosados y opacos del crepúsculo.

Tanto las dghajsa como los luzzu -botes de pescadores- de la principal villa pesquera de Marsaxlokk tienen meticulosamente tallados y pintados, en la proa, los ojos de Osiris.

Los jóvenes pescadores casi no se cuestionan acerca de esta antigua tradición y simplemente se limitan a perpetuarla en sus barcos de color azul, amarillo, verde y colorado intenso.

Tal como cuenta la leyenda, los ojos de Osiris eran pintados por los egipcios en sus veleros del Nilo, como un talismán, para proteger a los navegantes.

¿Y cómo llegaron a Malta? No, los egipcios no estuvieron en la isla, pero sí los mercaderes fenicios, que adoptaron la costumbre y la llevaron a Malta, que era un alto en sus viajes por el Mediterráneo.

La sabiduría popular destaca la superstición como una característica propia de los pescadores.

Y en la isla de Malta, donde es común que sople el gregale, el mismo viento tan temido que provocara el hundimiento del barco del apóstol San Pablo hace dos mil años, cualquier excusa es bienvenida para ahuyentar la mala suerte.

Reacio a las leyendas ancestrales y sin embargo temeroso de romper la tradición, Frank, un joven pescador de 20 años, elaboró su propia teoría y pinta los ojos en la proa sólo para que le marquen el camino a seguir.

Bajo los ojos de Osiris

Enfrente de La Valleta, del otro lado del Grand Harbour, reposan las tres ciudades fortificadas de Birgu -o Vittoriosa-, Cospicua y Senglea.

Se las conoce también como Cottonera, en honor del gran maestre Nicolás Cottoner, que hizo construir esta línea de bastiones considerada como el ejemplo más llamativo, en Europa, de la arquitectura militar de su tiempo.

Es difícil recorrer Birgu sin perderse por sus calles angostísimas y, en general, peatonales.

Pero no hay de qué preocuparse, el laberinto siempre tiene salida. Y si desemboca en las inmensas murallas, el viajero no podrá menos que emocionarse con las vistas de las magníficas construcciones de color pálido que rodean al gran puerto.

Un paseo en dghajsa -embarcaciones tradicionales tipo góndolas- al atardecer tiñe el persistente amarillo de las sólidas fortificaciones con los brillos rosados y opacos del crepúsculo.

Tanto las dghajsa como los luzzu -botes de pescadores- de la principal villa pesquera de Marsaxlokk tienen meticulosamente tallados y pintados, en la proa, los ojos de Osiris.

Los jóvenes pescadores casi no se cuestionan acerca de esta antigua tradición y simplemente se limitan a perpetuarla en sus barcos de color azul, amarillo, verde y colorado intenso.

Tal como cuenta la leyenda, los ojos de Osiris eran pintados por los egipcios en sus veleros del Nilo, como un talismán, para proteger a los navegantes.

¿Y cómo llegaron a Malta? No, los egipcios no estuvieron en la isla, pero sí los mercaderes fenicios, que adoptaron la costumbre y la llevaron a Malta, que era un alto en sus viajes por el Mediterráneo.

La sabiduría popular destaca la superstición como una característica propia de los pescadores.

Y en la isla de Malta, donde es común que sople el gregale, el mismo viento tan temido que provocara el hundimiento del barco del apóstol San Pablo hace dos mil años, cualquier excusa es bienvenida para ahuyentar la mala suerte.

Reacio a las leyendas ancestrales y sin embargo temeroso de romper la tradición, Frank, un joven pescador de 20 años, elaboró su propia teoría y pinta los ojos en la proa sólo para que le marquen el camino a seguir.

Los soldados de Cristo

Los Caballeros de San Juan, una orden hospitalaria y militar que ocupó las islas durante 268 años y dejó su impronta en la cultura maltesa

LA VALLETTA.- Resulta casi imposible referirse a Malta sin contar sobre los Caballeros de San Juan, una orden hospitalaria que ocupó las islas por un período de 268 años.

La historia de estos hidalgos comenzó en Tierra Santa en los tiempos turbulentos de las Cruzadas.

En aquella época muchos hombres y mujeres de Occidente incluían entre sus prácticas religiosas la peregrinación hacia el Santo Sepulcro y otros lugares sagrados de Palestina.

Así, entraron en juego los caballeros que tenían la misión de cuidar y curar a los cristianos heridos en su camino a Tierra Santa.

Sin embargo, la prosperidad fue corta porque en 1290, con la ocupación musulmana de Acre, los caballeros debieron abandonar Palestina.

Se establecieron temporariamente en Chipre y en 1308 se asentaron en la isla bizantina de Rodas. El lugar era exactamente lo que necesitaban: tierras fértiles y piedras macizas para construir fortificaciones indestructibles.

Ya había pasado un tiempo desde el comienzo filantrópico de la orden y los caballeros tenían nuevas exigencias. No eran únicamente hombres hospitalarios; además debían combatir a los incrédulos. De esta manera, pronto se convirtieron en una flota de Soldados de Cristo que luchaba contra los musulmanes.

Una vez en Rodas, el Gran Maestre -la figura más importante de la orden y presidente del Sacro Consiglio- Foulkes de Villaret reorganizó a los caballeros sobre la base de los antiguos votos de castidad, obediencia y pobreza. Además, los dividió en distintos grupos dentro de los cuales el militar fue decisivo en tanto que dominaba la orden.

Para formar parte de los caballeros militares de justicia era condición excluyente ser noble de nacimiento por parte de padre y madre, por al menos cuatro generaciones. Y los que integraban este clan se contaban entre los hijos de las familias más poderosas de Europa.

Como los caballeros pertenecían a diversas nacionalidades se dividían también según el idioma. Se distinguían en la orden ocho hablas: Aragon, Auverne, Castilla, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Provenza.

La Soberana Orden Militar de San Juan de Jerusalén creció como un poderoso cuerpo encargado de atender a los pobres, curar a los enfermos y expulsar al islam del Mediterráneo.

El nuevo exilio

Acaso por eso se cuenta que los buques de los caballeros eran famosos y hasta míticos en toda Europa. Pero las flotas turcas también eran de temer y luego de algunos ataques fallidos, en 1522 el gran sultán otomano Solimán el Magnífico sitió la isla de Rodas por seis meses y forzó a los caballeros a rendirse y retirarse del lugar.

Nuevamente desterrados, su problema principal era encontrar un hogar. Y no había tiempo que perder, de lo contrario la orden se desintegraría. Luego de sopesar ventajas y desventajas, el emperador Carlos V decidió ceder a la orden las islas de Malta y Gozo.

En un comienzo, los caballeros no estaban convencidos de mudarse a una isla con suelos pedregosos y escasa agua corriente, pero el reporte de que el lugar contaba con dos puertos espaciosos, capaces de albergar varios galeones, los alentó y hacia allí enfilaron la proa.

Todavía se conserva en la Biblioteca Nacional el documento por el cual el Gran Maestre L'Isle Adam aceptaba las islas de Malta, Gozo y Comino a cambio de la presentación anual, en el día de Todos los Santos, de un halcón maltés al emperador Carlos V de España. El porqué de un halcón está relacionado con la caza de estas aves que en sus migraciones hacían escala en las islas.

Rápidamente pusieron manos a la obra y comenzaron a construir los Auberges (albergues), uno por cada idioma y cada cual más bello. Mejoraron el comercio, levantaron nuevos hospitales y erigieron fortificaciones y murallas con la intención de defenderse ante eventuales ataques.

Pero los otomanos estaban decididos a destruir la orden y atacar luego el sur de Europa.

Recordado por los malteses como el Gran Sitio de 1565, esa embestida turca duró cuatro meses y se trató de una lucha feroz. Aunque estaban en inferioridad de condiciones y debieron soportar un ejército de 40.000 soldados turcos y mercenarios, los caballeros resistieron y finalmente triunfaron.

En los años que siguieron se construyó La Valleta y se vivió un período dorado para el desarrollo de la cultura, la arquitectura y las artes.

Con la caída del Imperio Otomano, la vocación militar de la orden ya no tenía sentido; los valores de los caballeros entraron en crisis y la disciplina tan cultivada colapsó.

Así, en 1798, camino hacia Egipto, Napoleón no necesitó siquiera abrir el fuego para asegurar la capitulación de Malta. Pero los franceses no permanecieron demasiado en el control ya que, en 1800, el pueblo maltés, con la ayuda del almirante Nelson, los expulsó e inmediatamente Malta pasó a ser un protectorado británico.

En 1964 la isla consiguió la independencia y diez años más tarde se adoptó la Constitución Republicana.

Recomendaciones para el viajero

Alojamiento. Un hotel cuatro estrellas en la bahía de San Julián, una zona acomodada y cercana a La Valletta, cuesta 35 dólares por persona con desayuno incluido. Una opción cinco estrellas, a todo lujo como el Corinthia San Gorg, tiene un valor de 80 dólares por persona, también con desayuno y en base doble. Los que manejen presupuestos más ajustados deben saber que hay alternativas más económicas.

Movilidad. El transporte público es frecuente y económico. En caso de alquilar un auto, es preciso tener en cuenta que entre otros legados del dominio inglés, los malteses adoptaron la costumbre de conducir por la izquierda. También sería bueno recordar, a la hora de elegir el auto, que las calles son extremadamente estrechas, principalmente en la capital. Los precios oscilan entre 40 y 70 dólares por día con kilometraje ilimitado y seguro incluido.

Existe un servicio regular de ferry para pasajeros y autos entre Malta y Gozo. La travesía dura 30 minutos y cuesta 5.

Museos. En Malta y en Gozo hay numerosos e interesantes museos para visitar. La entrada cuesta alrededor de 2,50 dólares. Entre ellos, se destaca el Palacio del Gran Maestre que remite directamente a los comienzos de la orden y hoy es la sede de la Presidencia y el Parlamento de Malta.

Buceo. Cavernas, barcos hundidos y la típica fauna del Mediterránea logran que una gran mayoría del turismo que visita Malta, sólo tiene en mente un cometido: bucear en Comino. El curso de PADI cuesta alrededor de 200 dólares.

En Gozo, sólo vale pasarla bien

Playas de arena rojiza y mar azul en la isla hermana; ricas tradiciones

GOZO.- Más pequeña, más verde y con una cadencia pausada, la isla hermana de Gozo, tal como la llaman los malteses, cambia el color arcilloso de las construcciones de Malta por un paisaje rural, ondulado, de flores silvestres y el Mediterráneo siempre cerca.

Desde el puerto de Cirkewwa parten los ferries a Gozo. El cruce dura alrededor de media hora: el tiempo justo para disfrutar de un viento fresco y prestar atención a las vistas de la isla que se agiganta a medida que el barco avanza.

En el extremo occidental de la isla, la costa rocosa y blanquecina cae abruptamente al agua y en el camino forma una abertura. Aunque no fue de paso ni por casualidad, la ventana o it-Tieqe, como le dicen los nativos, se creó por la acción de las olas y el mar sobre la roca durante miles de años. El resultado es una inmensa cornisa pedregosa de alrededor de cien metros de largo por veinte de alto que se apoya sobre dos pilares también de roca que miden cerca de cuarenta metros de diámetro.

En Gozo todo queda cerca, así que literalmente en un abrir y cerrar de ojos es posible unir las distintas atracciones. Acostumbrados a las dimensiones en que viven, tanto malteses como gocitanos se refieren a poblados situados a poquísimos kilómetros uno de otro como si estuvieran en la otra punta del planeta. "¿A cuánto estamos de Victoria, la capital de la isla?", pregunta un turista desde la ventanilla de su auto a un campesino que, en perfecto italiano le responde: "Y todavía le queda un gran tramo, debe manejar como siete kilómetros".

En la orilla

Al aspecto rural y de tradición se suman las playas de arena rojiza de las bahías de Gozo. Una visita a la playa top, Ramia I Hamra, debería incluir por cierto un descenso a la Gruta de Calipso.

Cuenta la leyenda que Gozo es Ogigia, la isla que cita Homero en La Odisea y que la gruta es el lugar donde la bella ninfa Calipso convirtió a Ulises en prisionero de amor durante siete años. Calipso prometió a Ulises la inmortalidad a cambio de que se quedase con ella. Pero él huyó a los brazos de su esposa Penélope, que tejía y destejía para esperarlo. En Victoria uno se reencuentra con la ciudad, las callecitas angostas y la Ciudadela, conocida como Castello o Cittadella. Y en un paseo entre las antiguas construcciones en tonos de beige, la impronta de los Caballeros de San Juan vuelve a aparecer. Porque ellos fueron los responsables de reforzar las murallas que antaño servían para defenderse de los ataques piratas y por donde hoy caminan despreocupados los turistas de todo el mundo.

Huellas prehistóricas

La historia que cuentan las calles y los edificios de La Valletta sobre valientes hidalgos medievales es reciente, si se la compara con los templos de la Edad de Piedra tardía, que son considerados las estructuras primitivas más antiguas del mundo.

Tal como se demostró en investigaciones recientes, estos templos, construidos entre el 3800 y el 2500 a.C., son alrededor de mil años más antiguos que las pirámides Giza, en Egipto.

Diseminadas en la campiña maltesa, las sólidas estructuras que conforman el templo de Hagar Quim llenan a los turistas de preguntas sobre los primitivos habitantes de la isla que, según se cree, provenían del sudeste de Sicilia.

La concepción del espacio, el sentido de la belleza y los diseños impecables provocan más dudas que respuestas. Pero, en todo caso, es allí donde se pone a prueba la curiosidad y el ansia de conocimiento de los viajeros que llegan a la ciudad.

La ciudad que pide silencio

MDINA.- Shh!!!, parecen proferir las callejuelas angostas de Mdina, la antigua capital de Malta. Ni siquiera el turismo con el bullicio que le es propio logró arrebatar, a esta villa de piedra, su parsimonia natural. Si fuera una persona, Mdina sería introvertida, retraída y huidiza, pero ¡tan bella! Con una belleza de palacios medievales y renacentistas; iglesias, fortificaciones, pasajes ceñidos y una cadencia sigilosa.

Hasta la construcción de la flamante ciudad de La Valletta, en 1568, Mdina fue la capital de la isla. Situada en el punto más alto de Malta, fue en sus orígenes una ciudad romana llamada Melita, nombre que se aplicaba también a toda la isla. Sin embargo, cuando llegó la orden de los caballeros no se estableció en la capital, sino en Birgu, sobre el Grand Harbour, y la aristocracia de la isla se preservó en Mdina. La ciudad silenciosa es un lugar para recorrer sin prisa, poniendo atención en todos los detalles.

Un reducto noble

Los llamadores de las puertas, tanto de palacios como de las casas nobles, presentan intrincados y variados diseños de heráldicas y animales típicos del Mediterráneo, como los delfines que, según cuentan los malteses, son garantía de buena suerte y prosperidad. Las buganvillas fucsias y las hiedras que enamoran muros y balustradas cortan el amarillo oxidado e inconfundible que pigmenta el ambiente desde la llegada a Malta.

Actualmente, viven en Mdina sólo 400 personas, en su mayoría, familias de ascendencia noble que residen en palacios restaurados.

Manjares mediterráneos

La cocina maltesa, igual que la identidad de los habitantes de ese archipiélago, está impregnada de los sabores de las diversas culturas que influyeron en la isla durante casi seis milenios de historia. Si bien todos los restaurantes sirven comida internacional, especialmente de la cocina italiana y francesa, vale la pena probar las especialidades maltesas. Entre ellas, el guiso de conejo o stuffat tal-fenek, o bien el conejo con ajo al vino, que tienen un sabor salvaje y novedoso para los paladares porteños, tan acostumbrados a la carne vacuna. El precio de estos platos oscila entre 6 y 12 dólares.

La sopa de las viudas es otra comida típica y muy casera, hecha con huevos, vegetales, fideos y queso: ideal para el invierno. Como es de esperar en una isla, el pescado fresco es un clásico de la dieta maltesa. El lampuki, una especie local de carne blanca y firme, con vegetales, es una buena opción, 5 dólares. La cercanía de Italia se percibe en la variedad de pizzas y por los platos de maccherone y spaghetti con diversas salsas, 3,50 dólares. Por las tardes, en el café Cordina, los pastizzi son los bocados con más salida. De origen turco, son masitas de hojaldre rellenas de ricota y queso, 1 dólar. Es posible comer mariscos en varios restaurantes, pero nunca tan deliciosos y abundantes como en Ta Grabiel, en la zona de La Valletta.

Fuente La Nación, junio 1999

 

Datos útiles

Cómo llegar. Informes.

Cómo llegar

Se puede llegar a Malta por Alitalia, que tiene tres vuelos semanales a Roma con conexión a Malta.

Hasta el 15 de junio hay una promoción por 30 días, con stop gratuito en Milán o Roma, por 1095 dólares.

Del 15 al 30 de junio, la tarifa es de 1195.

En julio, el precio del pasaje sube a 1445 y en agosto vuelve a bajar a 1095.

Informes

Los argentinos no necesitan visa para ingresar en la isla de Malta.

Para obtener información sobre las opciones turísticas en la isla, la Oficina de Turismo maltesa está en Viamonte 783, piso 1º, 4325-0778/0756 y 4322-1798. En Valletta, la Oficina de Turismo está en República 280, 225048/9. En Internet: http://www.tourism.org.mt

 

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