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Aferrados
a su religión y cada cual con su patrono, con aires de grandeza donde
todo tiene dimensiones pequeñas, los malteses muestran su perfil ecléctico LA
VALLETTA.- Dicen que lo bueno viene en envase pequeño y el caso de la
isla de Malta parece obedecer a este precepto popular. Teniendo en
cuenta las dimensiones de la isla -27 kilómetros de largo por 14 de
ancho- sería lógico llamarla islita. Pero
sólo hasta conocer el tamaño de las demás islas que conforman la República
de Malta. Gozo, la hermana del medio, mide 14 kilómetros de largo por 7
de ancho y Comino, la menor de las tres islas, tiene una superficie de 2
kilómetros cuadrados. Además, conforman la república los islotes
deshabitados de Cominetto y Filfla, tan diminutos que nunca aparecerían
en el mapa. Aun
a pesar de sus proporciones, Malta fue codiciada y más de una vez
conquistada por las grandes potencias marítimas de la historia. Hasta
que consiguió la independencia en 1964, dejaron su impronta fenicios,
cartagineses, romanos, árabes, normandos, españoles, la orden de los
Caballeros de San Juan, los franceses y el Imperio Británico. La
razón de tanta avidez por ocupar la isla está directamente relacionada
con su posición geográfica. En
efecto, Malta está en un cruce de caminos y en el corazón del Mediterráneo.
A 90 kilómetros al sur de Sicilia y a 290 al nordeste de Túnez; entre
Europa y Africa. En
consecuencia, controlar Malta significaba el dominio del Mediterráneo,
una llave para acceder al poder. Pero
eso era antes, en tiempos de táctica y estrategia militar. Hoy, más de
un millón de turistas visita cada año la isla, pero por otros motivos:
la calidad de sus playas, el azul intenso del mar Mediterráneo y, sin
duda, por la historia de más de seis milenios que guarda este
territorio tan chiquito. Las
primeras horas en la isla desorientan a los viajeros que tratan, en
vano, de clasificarla. Porque Malta tiene rasgos europeos principalmente
en la arquitectura nobiliaria y en las costumbres de sus habitantes.
Pero, también, en un primer vistazo uno podría emparentarla con alguna
ciudad del Magreb (países del norte de Africa) por el color amarillento
de la piedra caliza que decora en forma uniforme cada rincón de la isla
y las callecitas que zigzaguean siguiendo la pendiente de las colinas
bajas. Sin
embargo, la idea de un enclave musulmán se desvanece cuando se empiezan
a contar las cúpulas de las iglesias y el turista se familiariza con la
historia cristiana de Malta. Modelados
por la fe Y
desde hace casi dos mil años el ritmo de vida de los malteses está
modelado por su fe religiosa. Cada zona tiene su patrono y la devoción
es tal que suele haber disputas entre los poblados, que se desviven por
resaltar las bondades de su patrón sobre los otros. El
pueblo de Quormi, por ejemplo, tiene dos patronos: San Jorge y San
Sebastián, y las familias se dividen según esos santos. No sólo
bautizan a sus hijos con estos nombres, sino que en cada fiesta intentan
mejorar la performance de los devotos del santo rival. Puede
sonar divertido, pero es muy serio para los malteses, que sólo aumentan
el tono de la pugna si se trata de fútbol (una gran mayoría adhiere a
cuadros italianos y otra, a equipos ingleses). Cuando los turistas están
convencidos de que están en un país definitivamente europeo, el sonido
del idioma maltés vuelve a poner en duda esta certidumbre. ¡Meherba!
(bienvenidos), recibe un guía a su grupo en el lobby de un lujoso
hotel. El extraño parecido con el idioma árabe no es casual.
Efectivamente, el maltés es una lengua de origen semítico, pero la única
que se escribe en caracteres latinos y que incorporó tantas palabras,
particularmente italianas e inglesas, a su vocabulario. A
esta altura, la confusión es tan grande que al turista no le queda otra
que descartar las clasificaciones tajantes y admitir el carácter ecléctico
de Malta, resultante de las sucesivas culturas que dominaron la isla. Así,
totalmente permeables y dispuestos a percibir con la vista, el oído, el
tacto, el gusto y el olfato, los viajeros pueden rendirse a experimentar
el sentir maltés. De
templo en templo: en La Valletta hay numerosas iglesias y cuando se la
edificó se estableció que en todas las esquinas esculpieran la imagen
de un santo. En
la Argentina dicen que si llueve con sol, se casa una vieja. Para el
mismo enunciado, dicen en Malta que nació un turco. Pero los malteses
son todavía más radicales: si en una casa hay fantasmas, son turcos;
si alguien no entendió el chiste, no hay dudas, es un turco. Sin
embargo, si no hubiera sido por los turcos, La Valletta, la bella
capital de Malta, no existiría. Efectivamente,
el proyecto de construir la ciudad surgió luego del Gran Asedio de
1565. Ese ataque duró cuatro meses y, si bien los turcos contaban con
40.000 hombres, los caballeros lograron resistir. "La
Valletta es una ciudad construida por caballeros para caballeros",
así se refirió a la capital de Malta el novelista romántico inglés
sir Walter Scott, a principios del siglo XIX. Luego
del triunfo ante los turcos, los caballeros fueron considerados héroes
en el resto de Europa y estaban en condiciones de pedir fondos a los
distintos países del Viejo Continente. Así, desde los rincones más
remotos de la cristiandad llegaron donaciones. El rey de Francia envió
140.000 libras; Felipe II de España, 90.000, y el rey de Portugal,
90.000 cruzados. El Papa no sólo contribuyó con 15.000 coronas, sino
que, además, les mandó al arquitecto italiano Francesco Laparelli de
Cortona, que dibujó los planos de las nuevas fortificaciones y de la
ciudad. El
gran maestre Jean de La Vallette proyectó edificar la capital en el
Monte Sciberras, un lugar estratégicamente perfecto. Era
la primera vez que se construía en Europa una trama urbana siguiendo
las pautas de un plano bosquejado previamente. Es decir que no se dejó
nada librado al azar: se diseñó un sistema de alcantarillado y drenaje
de aguas, no se permitió que hubiera edificios que sobresalieran a la
calle y en todas las esquinas se debía erigir una estatua con la figura
de un santo. Una
iglesia para cada día del año También
de pie, el viajero se encontrará con una iglesia casi a cada paso. No
es necesario frotarse los ojos: la visión es correcta ya que Malta
cuenta con más iglesias que días del año y así los habitantes de la
isla pueden ir a misa siempre en un templo distinto. "Siendo
liliputienses, tenemos tendencia al gigantismo", comenta con una
sonrisa un guía de turismo mientras señala la inmensa cúpula de la
iglesia Rotunda, en el pueblo cercano de Mosta. Durante la Segunda
Guerra Mundial, Malta fue intensamente bombardeada por el Tercer Reich
y, en 1942, un proyectil cayó sobre un fragmento de la cúpula, pero
por miracolo -como dicen los malteses- el explosivo no estalló y
el techo se restauró sin problemas. Otro
templo de majestuosa belleza es la Co-Catedral consagrada a San Juan,
que antiguamente era la iglesia del Convento de la Orden Militar.
Construida entre 1573 y 1577 por Girolamo Cassar, posee un interior muy
barroco; tan desbordante es su decoración que guarda un efecto teatral.
Las
callecitas de La Valletta son muy estrechas. Por eso, el minicooper es
el protagonista del tráfico citadino. Le hace pito catalán a las
curvas ceñidas, se cuela por los pasajes más angostos y hasta puede
procurarse un lugarcito en doble fila. Como
en todos los viajes, también en Malta las mejores imágenes se obtienen
vagando por las calles. Así, en cualquier momento del día, en una
arteria escondida, Kathleen, una maltesa de 80 años enrolla desde el
balcón un piolín que le trae una canastita de paja con los huevos y el
queso que necesita para cocinar. Desde abajo, Mary, la almacenera, luego
de sacar la compra de su camioneta, se encargó de acomodarla en la
canasta y darle el OK a Kathleen para que comience a tirar. Esta
es una forma muy común en La Valletta. El motivo es que los edificios
son altos y no tienen ascensor. Con este método, las mujeres de edad no
se cansan con los interminables escalones que de cuando en cuando las
conectan con las calles de la ciudad. Tanto
el interior con techos abovedados como la amplia terraza del Café
Cordina, fundado en 1837, son un punto obligado para ver un típico día
maltés. Acodados en las mesita de afuera, los turistas imaginan la
ciudad de los caballeros, mientras un karrozzin -antiguo carruaje
tirado por caballos- les regala el golpeteo de las herraduras contra el
asfalto. ¡Un
comino! En
los 2,5 kilómetros cuadrados residen en forma permanente sólo ocho
personas, entre ellas un policía y un párroco. Bajo
los ojos de Osiris Enfrente
de La Valleta, del otro lado del Grand Harbour, reposan las tres
ciudades fortificadas de Birgu -o Vittoriosa-, Cospicua y Senglea. Se
las conoce también como Cottonera, en honor del gran maestre Nicolás
Cottoner, que hizo construir esta línea de bastiones considerada como
el ejemplo más llamativo, en Europa, de la arquitectura militar de su
tiempo. Es
difícil recorrer Birgu sin perderse por sus calles angostísimas y, en
general, peatonales. Pero
no hay de qué preocuparse, el laberinto siempre tiene salida. Y si
desemboca en las inmensas murallas, el viajero no podrá menos que
emocionarse con las vistas de las magníficas construcciones de color pálido
que rodean al gran puerto. Un
paseo en dghajsa -embarcaciones tradicionales tipo góndolas- al
atardecer tiñe el persistente amarillo de las sólidas fortificaciones
con los brillos rosados y opacos del crepúsculo. Tanto
las dghajsa como los luzzu -botes de pescadores- de la
principal villa pesquera de Marsaxlokk tienen meticulosamente tallados y
pintados, en la proa, los ojos de Osiris. Los
jóvenes pescadores casi no se cuestionan acerca de esta antigua tradición
y simplemente se limitan a perpetuarla en sus barcos de color azul,
amarillo, verde y colorado intenso. Tal
como cuenta la leyenda, los ojos de Osiris eran pintados por los
egipcios en sus veleros del Nilo, como un talismán, para proteger a los
navegantes. ¿Y
cómo llegaron a Malta? No, los egipcios no estuvieron en la isla, pero
sí los mercaderes fenicios, que adoptaron la costumbre y la llevaron a
Malta, que era un alto en sus viajes por el Mediterráneo. La
sabiduría popular destaca la superstición como una característica
propia de los pescadores. Y
en la isla de Malta, donde es común que sople el gregale, el mismo
viento tan temido que provocara el hundimiento del barco del apóstol
San Pablo hace dos mil años, cualquier excusa es bienvenida para
ahuyentar la mala suerte. Reacio a las leyendas ancestrales y sin embargo temeroso de romper la tradición, Frank, un joven pescador de 20 años, elaboró su propia teoría y pinta los ojos en la proa sólo para que le marquen el camino a seguir. Bajo
los ojos de Osiris Enfrente
de La Valleta, del otro lado del Grand Harbour, reposan las tres
ciudades fortificadas de Birgu -o Vittoriosa-, Cospicua y Senglea. Se
las conoce también como Cottonera, en honor del gran maestre Nicolás
Cottoner, que hizo construir esta línea de bastiones considerada como
el ejemplo más llamativo, en Europa, de la arquitectura militar de su
tiempo. Es
difícil recorrer Birgu sin perderse por sus calles angostísimas y, en
general, peatonales. Pero
no hay de qué preocuparse, el laberinto siempre tiene salida. Y si
desemboca en las inmensas murallas, el viajero no podrá menos que
emocionarse con las vistas de las magníficas construcciones de color pálido
que rodean al gran puerto. Un
paseo en dghajsa -embarcaciones tradicionales tipo góndolas- al
atardecer tiñe el persistente amarillo de las sólidas fortificaciones
con los brillos rosados y opacos del crepúsculo. Tanto
las dghajsa como los luzzu -botes de pescadores- de la
principal villa pesquera de Marsaxlokk tienen meticulosamente tallados y
pintados, en la proa, los ojos de Osiris. Los
jóvenes pescadores casi no se cuestionan acerca de esta antigua tradición
y simplemente se limitan a perpetuarla en sus barcos de color azul,
amarillo, verde y colorado intenso. Tal
como cuenta la leyenda, los ojos de Osiris eran pintados por los
egipcios en sus veleros del Nilo, como un talismán, para proteger a los
navegantes. ¿Y
cómo llegaron a Malta? No, los egipcios no estuvieron en la isla, pero
sí los mercaderes fenicios, que adoptaron la costumbre y la llevaron a
Malta, que era un alto en sus viajes por el Mediterráneo. La
sabiduría popular destaca la superstición como una característica
propia de los pescadores. Y
en la isla de Malta, donde es común que sople el gregale, el mismo
viento tan temido que provocara el hundimiento del barco del apóstol
San Pablo hace dos mil años, cualquier excusa es bienvenida para
ahuyentar la mala suerte. Reacio a las leyendas ancestrales y sin embargo temeroso de romper la tradición, Frank, un joven pescador de 20 años, elaboró su propia teoría y pinta los ojos en la proa sólo para que le marquen el camino a seguir. Los
soldados de Cristo Los
Caballeros de San Juan, una orden hospitalaria y militar que ocupó las
islas durante 268 años y dejó su impronta en la cultura maltesa LA
VALLETTA.- Resulta casi imposible referirse a Malta sin contar sobre los
Caballeros de San Juan, una orden hospitalaria que ocupó las islas por
un período de 268 años. La
historia de estos hidalgos comenzó en Tierra Santa en los tiempos
turbulentos de las Cruzadas. En
aquella época muchos hombres y mujeres de Occidente incluían entre sus
prácticas religiosas la peregrinación hacia el Santo Sepulcro y otros
lugares sagrados de Palestina. Así,
entraron en juego los caballeros que tenían la misión de cuidar y
curar a los cristianos heridos en su camino a Tierra Santa. Sin
embargo, la prosperidad fue corta porque en 1290, con la ocupación
musulmana de Acre, los caballeros debieron abandonar Palestina. Se
establecieron temporariamente en Chipre y en 1308 se asentaron en la
isla bizantina de Rodas. El lugar era exactamente lo que necesitaban:
tierras fértiles y piedras macizas para construir fortificaciones
indestructibles. Ya
había pasado un tiempo desde el comienzo filantrópico de la orden y
los caballeros tenían nuevas exigencias. No eran únicamente hombres
hospitalarios; además debían combatir a los incrédulos. De esta
manera, pronto se convirtieron en una flota de Soldados de Cristo que
luchaba contra los musulmanes. Una
vez en Rodas, el Gran Maestre -la figura más importante de la orden y
presidente del Sacro Consiglio- Foulkes de Villaret reorganizó a los
caballeros sobre la base de los antiguos votos de castidad, obediencia y
pobreza. Además, los dividió en distintos grupos dentro de los cuales
el militar fue decisivo en tanto que dominaba la orden. Para
formar parte de los caballeros militares de justicia era condición
excluyente ser noble de nacimiento por parte de padre y madre, por al
menos cuatro generaciones. Y los que integraban este clan se contaban
entre los hijos de las familias más poderosas de Europa. Como
los caballeros pertenecían a diversas nacionalidades se dividían también
según el idioma. Se distinguían en la orden ocho hablas: Aragon,
Auverne, Castilla, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Provenza. La
Soberana Orden Militar de San Juan de Jerusalén creció como un
poderoso cuerpo encargado de atender a los pobres, curar a los enfermos
y expulsar al islam del Mediterráneo. El
nuevo exilio Nuevamente
desterrados, su problema principal era encontrar un hogar. Y no había
tiempo que perder, de lo contrario la orden se desintegraría. Luego de
sopesar ventajas y desventajas, el emperador Carlos V decidió ceder a
la orden las islas de Malta y Gozo. En
un comienzo, los caballeros no estaban convencidos de mudarse a una isla
con suelos pedregosos y escasa agua corriente, pero el reporte de que el
lugar contaba con dos puertos espaciosos, capaces de albergar varios
galeones, los alentó y hacia allí enfilaron la proa. Todavía
se conserva en la Biblioteca Nacional el documento por el cual el Gran
Maestre L'Isle Adam aceptaba las islas de Malta, Gozo y Comino a cambio
de la presentación anual, en el día de Todos los Santos, de un halcón
maltés al emperador Carlos V de España. El porqué de un halcón está
relacionado con la caza de estas aves que en sus migraciones hacían
escala en las islas. Rápidamente
pusieron manos a la obra y comenzaron a construir los Auberges
(albergues), uno por cada idioma y cada cual más bello. Mejoraron el
comercio, levantaron nuevos hospitales y erigieron fortificaciones y
murallas con la intención de defenderse ante eventuales ataques. Pero
los otomanos estaban decididos a destruir la orden y atacar luego el sur
de Europa. Recordado
por los malteses como el Gran Sitio de 1565, esa embestida turca duró
cuatro meses y se trató de una lucha feroz. Aunque estaban en
inferioridad de condiciones y debieron soportar un ejército de 40.000
soldados turcos y mercenarios, los caballeros resistieron y finalmente
triunfaron. En
los años que siguieron se construyó La Valleta y se vivió un período
dorado para el desarrollo de la cultura, la arquitectura y las artes. Con
la caída del Imperio Otomano, la vocación militar de la orden ya no
tenía sentido; los valores de los caballeros entraron en crisis y la
disciplina tan cultivada colapsó. Así,
en 1798, camino hacia Egipto, Napoleón no necesitó siquiera abrir el
fuego para asegurar la capitulación de Malta. Pero los franceses no
permanecieron demasiado en el control ya que, en 1800, el pueblo maltés,
con la ayuda del almirante Nelson, los expulsó e inmediatamente Malta
pasó a ser un protectorado británico. En 1964 la isla consiguió la independencia y diez años más tarde se adoptó la Constitución Republicana. Recomendaciones para el viajero Alojamiento.
Un hotel cuatro estrellas en la bahía de San Julián, una zona
acomodada y cercana a La Valletta, cuesta 35 dólares por persona con
desayuno incluido. Una opción cinco estrellas, a todo lujo como el
Corinthia San Gorg, tiene un valor de 80 dólares por persona, también
con desayuno y en base doble. Los que manejen presupuestos más
ajustados deben saber que hay alternativas más económicas. Movilidad.
El transporte público es frecuente y económico. En caso de alquilar un
auto, es preciso tener en cuenta que entre otros legados del dominio
inglés, los malteses adoptaron la costumbre de conducir por la
izquierda. También sería bueno recordar, a la hora de elegir el auto,
que las calles son extremadamente estrechas, principalmente en la
capital. Los precios oscilan entre 40 y 70 dólares por día con
kilometraje ilimitado y seguro incluido. Existe
un servicio regular de ferry para pasajeros y autos entre Malta y Gozo.
La travesía dura 30 minutos y cuesta 5. Museos.
En Malta y en Gozo hay numerosos e interesantes museos para visitar. La
entrada cuesta alrededor de 2,50 dólares. Entre ellos, se destaca el
Palacio del Gran Maestre que remite directamente a los comienzos de la
orden y hoy es la sede de la Presidencia y el Parlamento de Malta. Buceo.
Cavernas, barcos hundidos y la típica fauna del Mediterránea logran
que una gran mayoría del turismo que visita Malta, sólo tiene en mente
un cometido: bucear en Comino. El curso de PADI cuesta alrededor de 200
dólares. En
Gozo, sólo vale pasarla bien Playas
de arena rojiza y mar azul en la isla hermana; ricas tradiciones GOZO.-
Más pequeña, más verde y con una cadencia pausada, la isla hermana de
Gozo, tal como la llaman los malteses, cambia el color arcilloso de las
construcciones de Malta por un paisaje rural, ondulado, de flores
silvestres y el Mediterráneo siempre cerca. Desde
el puerto de Cirkewwa parten los ferries a Gozo. El cruce dura alrededor
de media hora: el tiempo justo para disfrutar de un viento fresco y
prestar atención a las vistas de la isla que se agiganta a medida que
el barco avanza. En
el extremo occidental de la isla, la costa rocosa y blanquecina cae
abruptamente al agua y en el camino forma una abertura. Aunque no fue de
paso ni por casualidad, la ventana o it-Tieqe, como le dicen los
nativos, se creó por la acción de las olas y el mar sobre la roca
durante miles de años. El resultado es una inmensa cornisa pedregosa de
alrededor de cien metros de largo por veinte de alto que se apoya sobre
dos pilares también de roca que miden cerca de cuarenta metros de diámetro.
En
Gozo todo queda cerca, así que literalmente en un abrir y cerrar de
ojos es posible unir las distintas atracciones. Acostumbrados a las
dimensiones en que viven, tanto malteses como gocitanos se refieren a
poblados situados a poquísimos kilómetros uno de otro como si
estuvieran en la otra punta del planeta. "¿A cuánto estamos de
Victoria, la capital de la isla?", pregunta un turista desde la
ventanilla de su auto a un campesino que, en perfecto italiano le
responde: "Y todavía le queda un gran tramo, debe manejar como
siete kilómetros". En
la orilla Cuenta
la leyenda que Gozo es Ogigia, la isla que cita Homero en La Odisea
y que la gruta es el lugar donde la bella ninfa Calipso convirtió a
Ulises en prisionero de amor durante siete años. Calipso prometió a
Ulises la inmortalidad a cambio de que se quedase con ella. Pero él huyó
a los brazos de su esposa Penélope, que tejía y destejía para
esperarlo. En Victoria uno se reencuentra con la ciudad, las callecitas
angostas y la Ciudadela, conocida como Castello o Cittadella.
Y en un paseo entre las antiguas construcciones en tonos de beige, la
impronta de los Caballeros de San Juan vuelve a aparecer. Porque ellos
fueron los responsables de reforzar las murallas que antaño servían
para defenderse de los ataques piratas y por donde hoy caminan
despreocupados los turistas de todo el mundo. Huellas
prehistóricas Tal
como se demostró en investigaciones recientes, estos templos,
construidos entre el 3800 y el 2500 a.C., son alrededor de mil años más
antiguos que las pirámides Giza, en Egipto. Diseminadas
en la campiña maltesa, las sólidas estructuras que conforman el templo
de Hagar Quim llenan a los turistas de preguntas sobre los primitivos
habitantes de la isla que, según se cree, provenían del sudeste de
Sicilia. La concepción del espacio, el sentido de la belleza y los diseños impecables provocan más dudas que respuestas. Pero, en todo caso, es allí donde se pone a prueba la curiosidad y el ansia de conocimiento de los viajeros que llegan a la ciudad. La
ciudad que pide silencio MDINA.-
Shh!!!, parecen proferir las callejuelas angostas de Mdina, la antigua
capital de Malta. Ni siquiera el turismo con el bullicio que le es
propio logró arrebatar, a esta villa de piedra, su parsimonia natural.
Si fuera una persona, Mdina sería introvertida, retraída y huidiza,
pero ¡tan bella! Con una belleza de palacios medievales y
renacentistas; iglesias, fortificaciones, pasajes ceñidos y una
cadencia sigilosa. Hasta
la construcción de la flamante ciudad de La Valletta, en 1568, Mdina
fue la capital de la isla. Situada en el punto más alto de Malta, fue
en sus orígenes una ciudad romana llamada Melita, nombre que se
aplicaba también a toda la isla. Sin embargo, cuando llegó la orden de
los caballeros no se estableció en la capital, sino en Birgu, sobre el
Grand Harbour, y la aristocracia de la isla se preservó en Mdina. La
ciudad silenciosa es un lugar para recorrer sin prisa, poniendo atención
en todos los detalles. Un
reducto noble Actualmente, viven en Mdina sólo 400 personas, en su mayoría, familias de ascendencia noble que residen en palacios restaurados. Manjares
mediterráneos La
cocina maltesa, igual que la identidad de los habitantes de ese archipiélago,
está impregnada de los sabores de las diversas culturas que influyeron
en la isla durante casi seis milenios de historia. Si bien todos los
restaurantes sirven comida internacional, especialmente de la cocina
italiana y francesa, vale la pena probar las especialidades maltesas.
Entre ellas, el guiso de conejo o stuffat tal-fenek, o bien el
conejo con ajo al vino, que tienen un sabor salvaje y novedoso para los
paladares porteños, tan acostumbrados a la carne vacuna. El precio de
estos platos oscila entre 6 y 12 dólares. La sopa de las viudas es otra comida típica y muy casera, hecha con huevos, vegetales, fideos y queso: ideal para el invierno. Como es de esperar en una isla, el pescado fresco es un clásico de la dieta maltesa. El lampuki, una especie local de carne blanca y firme, con vegetales, es una buena opción, 5 dólares. La cercanía de Italia se percibe en la variedad de pizzas y por los platos de maccherone y spaghetti con diversas salsas, 3,50 dólares. Por las tardes, en el café Cordina, los pastizzi son los bocados con más salida. De origen turco, son masitas de hojaldre rellenas de ricota y queso, 1 dólar. Es posible comer mariscos en varios restaurantes, pero nunca tan deliciosos y abundantes como en Ta Grabiel, en la zona de La Valletta. Fuente La Nación, junio 1999 |
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Datos
útiles Cómo
llegar. Informes. Cómo
llegar Se
puede llegar a Malta por Alitalia, que tiene tres vuelos semanales a
Roma con conexión a Malta. Hasta
el 15 de junio hay una promoción por 30 días, con stop gratuito en Milán
o Roma, por 1095 dólares. Del
15 al 30 de junio, la tarifa es de 1195. En
julio, el precio del pasaje sube a 1445 y en agosto vuelve a bajar a
1095. Informes Para obtener información sobre las opciones turísticas en la isla, la Oficina de Turismo maltesa está en Viamonte 783, piso 1º, 4325-0778/0756 y 4322-1798. En Valletta, la Oficina de Turismo está en República 280, 225048/9. En Internet: http://www.tourism.org.mt |
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