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Mitología
y leyendas en la tierra de Afrodita Ruinas
antiguas, templos medievales y costumbres ancestrales atrapan los
sentidos del visitante en esta isla del Mediterráneo NICOSIA,
Chipre.- Nació cerca de una roca, en el mar, rodeada de un blanco y
fulgurante cúmulo de espuma. La muñeca rubia de cuerpo de marfil y
belleza singular era fruto de la unión del cielo y el mar. Enseguida se
instaló en esta tierra, a la que contagió su encanto y convirtió en
su reino y escondite más preciado, lejos del Olimpo y el poder de Zeus.
Esta
muñeca que emergió de las profundidades era Afrodita, la diosa del
amor y la belleza de la mitología griega, la que colmó los poemas homéricos
con sus aventuras pasionales con dioses y humanos. Este fue su hogar y
su gente le rindió culto y adoración por muchos siglos, incluso en
tiempos de la evangelización cristiana por parte de los apóstoles San
Pablo y San Bernabé -este último considerado el fundador de la Iglesia
cristiana de Chipre-, cuando se seguía venerando a la diosa más
preciada. Chipre
es tierra de contrastes, de dicotomías que conviven en armonía o que
se excluyen y rechazan hasta el desgarro. Donde el suave ir y venir de
las olas del mar azul pronto se olvida cuando los sinuosos caminos de
montaña esquivan los precipicios en busca de la cima. En un abrir y
cerrar de ojos, el paisaje es otro. La
arena se convierte en la áspera y grisácea piedra caliza que envuelve
todo, para dejarle la posta, más allá de los mil metros de altura, a
la piedra volcánica. La vida de playa se mezcla con la nieve de la
montaña, que la incipiente primavera se encargará de derretir. La
historia de la isla, producto de las muchas conquistas, se funde en un cóctel
de leyendas ancestrales. Religión ortodoxa y mitología griega, aunque
incompatibles se unen en la cotidianidad de pueblitos perdidos en el
tiempo y ciudades modernas y funcionales. Es
tierra que mutó de un pasado multicultural a un presente signado por
una línea real que divide la isla en forma transversal, separando,
desde hace 25 años, a los grecochipriotas de los turcos y
turcochipriotas. Es
tierra colmada de iglesias y monasterios de diferentes épocas y con las
formas más variadas, que reflejan la gran religiosidad del pueblo. Y,
sobre todo, una profunda devoción hacia la Virgen María. No hay autos,
casas o comercios que no tengan en algún lugar una estampita de la
madre de Jesús. Agia (santa) y agios (san) son palabras
que se oirán permanentemente. La mayoría de las iglesias y una gran
cantidad de pueblos llevan nombres de santos. La
vida tranquila entre gente amable y hospitalaria transcurre entre los
ecos de la música griega y toneladas de naranjas que acompañan todas
las comidas. Esta
región árida, de viento seco, de polvo, de caminos que se abren paso
entre almendros, cítricos, olivos y vides, que crecen con esfuerzo y
dedicación, tiene un encanto especial. Fue codiciada por las grandes
civilizaciones antiguas, modernas y contemporáneas, quizá por su
ubicación estratégica, rodeada por tres continentes, en el extremo
oriental del Mediterráneo. La ciudad amurallada Nicosia,
la capital sin puerto, situada en medio de la isla, hace equilibrio
entre la vida moderna de la ciudad nueva y la fisonomía particular de
la vieja, rodeada por una muralla del siglo XVI. Fue construida en
tiempos de la República Veneciana con la idea de prevenirse contra
posibles revueltas de los chipriotas, pero los enemigos estaban afuera.
En 1570, los turcos se apoderaron de la isla; a partir de esta conquista
se conformó la población turcochipriota. Las
tres puertas de entrada en la parte vieja, a través del gran murallón,
atraen más que cualquier otra cosa en la ciudad. Hay que pasarlas e
internarse en las callecitas angostas, casi sin veredas y rodeadas por
casas viejas en tonos amarillos, con balcones chicos y mampostería a la
vista. El barrio de Laïki Gitonia es uno de los más representativos y
el que más convoca. Datos útiles Aéreos Se
puede llegar por Alitalia, con una tarifa de 1430 dólares hasta el 31
de mayo y 1600 a partir de junio, más impuestos y tasas. La ruta, vía
Roma, se hace los lunes y sábados. Visa Los
visitantes argentinos necesitan visa para ingresar en la isla. El trámite
se realiza en el consulado de la República de Chipre, Maipú 374, 5º
piso (4394-3839/3946), de lunes a viernes, de 14.30 a 17. Se necesita llevar el pasaporte, una foto 4x4 y 15 pesos. A
un paso de Europa y Africa NICOSIA,
Chipre.- Africa, Asia y Europa son tres monstruos que abrazan y
contienen a la isla de Chipre. La proximidad con ellos hasta la hace
dudar de su identidad. Todo está cerca: 103 kilómetros al Este, Siria;
70 kilómetros al Norte, Turquía; 380 al Sur, Egipto, y un extremo de
Grecia, a 270 kilómetros. Por su posición geográfica pertenece a
Asia. Pero, por tradición, forma de vida y costumbres, sus habitantes
se consideran europeos. No se equivocan, nada hay de exótico ni de
oriental, sólo la sensación de estar afuera, pero identificada con un
continente que la adoptó. Es
la tercera isla más grande del Mediterráneo, después de Sicilia y
Cerdeña. La población es de 710.000 habitantes y recibe 2.200.000
turistas por año, en su mayoría ingleses y alemanes, que pasean su
blancura sin ninguna inhibición. Las cifras lo dicen todo: viven del
turismo y tratan de explotar sus recursos naturales al máximo. Las
playas, las ruinas antiguas y las iglesias medievales son su fuerte. De
tiempos inmemoriales "Dondequiera
que excaves encontrarás algo importante", lo dijo al pasar, entre
muchas otras palabras y casi sin advertir la magnitud de su afirmación.
La mujer de pelo corto y voz agradable se refería a los 9000 años de
historia grabados en la tierra, que se remonta a la Edad de Piedra. Es
una de las más antiguas registradas en el mundo. En la zona de Kalavasós,
cerca de Larnaka se encontraron pinturas neolíticas que datan del 7000
a.C. A
pesar de las muchas ruinas descubiertas, todavía esconde en sus entrañas
restos de las diferentes culturas que la habitaron a través del tiempo.
Primero
se asentaron los aqueos, después llegaron los fenicios, los asirios,
los egipcios y los persas. El rey Evágoras de Salamina fue quien hizo
de Chipre un centro político y cultural del mundo griego e introdujo su
alfabeto. Más tarde llegó Alejandro Magno y luego formó parte de la
dinastía de los Ptolomeo de Egipto, hasta que fue anexada al Imperio
Romano. Cuando
el imperio se dividió en dos, la isla quedó incluida en la parte
oriental, en lo que fue el Imperio Bizantino. Durante las Cruzadas,
Ricardo Corazón de León se apoderó de Chipre y lo vendió a la Orden
de los Caballeros Templarios. Más tarde llegó la República Veneciana
y el Imperio Otomano. Cada
pueblo dejó la marca de su paso, con trazos que perduran indelebles,
aunque la cultura y costumbres griegas son las que más se destacan.
Chipre es como un tapiz que se fue bordando muy lentamente con las
mejores perlas de cada período. Hay objetos y pinturas prehistóricos,
antiguos templos griegos, iglesias bizantinas, mezquitas turcas,
monasterios, villas romanas con artísticos mosaicos en el piso,
castillos de la época de las Cruzadas, tumbas antiguas, iglesias góticas
y fortificaciones venecianas. Por último, en 1878, pasó a manos de Gran Bretaña, hasta que en 1960 logró la independencia y se proclamó la República de Chipre, aunque los ingleses todavía conservan dos bases soberanas en la isla. Este es el fin de una historia y el comienzo de otra, la que puso a prueba la convivencia pacífica de grecochipriotas y turcochipriotas. Hoy
como ayer Tradiciones:
los pueblitos de montaña conservan intactas sus viejas costumbres y
formas de vida; para ellos, el tiempo nunca pasó. PAFOS,
Chipre.- Muchas veces, encontrar tradiciones y costumbres a cada paso en
las grandes ciudades es una tarea difícil. Producto de la globalización,
los avances tecnológicos y el continuo desarrollo, lo propio de cada
cultura, aquello que la diferencia del resto, queda oculto bajo un manto
de similitudes. Pero correr el velo de lo cotidiano y sumergirse en otra
realidad puede insumir, si se quiere, minutos. En
Chipre abundan los pueblitos de montaña, que se ven desde las rutas
como colgados de las laderas y que no deberían dejar de visitarse. Arodes,
en la provincia de Páfos, es un testimonio vivo del pasado. La vieja
iglesia en el centro, un improvisado barcito donde los hombres juegan
backgammon y el inquebrantable silencio a la hora de la siesta. Las
casas de madera están construidas al antojo, sin ningún orden,
formando caminos curvados y otros sin salida. Las puertas antiguas, con
pequeñas campanas, esperan por alguien que nunca llega. En los patios,
el horno de barro sigue en actividad. Los
años pasaron, los jóvenes emigraron y sólo quedaron los habitantes
con tantas décadas como historias por contar. Las mujeres parecen
uniformadas, todas llevan largos vestidos oscuros, un delantal, botas
altas y un pañuelo en la cabeza. Las vestidas de absoluto negro son
viudas que deben mantener ese color en su ropa de por vida, aunque
vuelvan a casarse. Cuando los hombres enviudan, no se afeitan por 45 días.
A la vera de los caminos, muy cerquita de las pocas casas, las mujeres
del pueblo trabajan la tierra. Despliegan su ancianidad con aires de
juventud. Es una tarea ardua que se enorgullecen de realizar. Las
mujeres son las encargadas de cultivar la tierra, los hombres las
ayudan, sin que el frío o el calor sean impedimentos. Cada uno tiene su
explicación: "Yo trabajo todo el día, por eso me mantengo
joven", comenta una viejita de 75 años, muchas más arrugas y dos
larguísimas trenzas blancas formando rodetes. Junta
a ella un hombre juguetea con un kompoloi, una especie de pulsera que
hace girar entre sus dedos y, que según él, reprime sus deseos de
fumar. También quiere contar su historia, de amores con rumanas y búlgaras.
Están contentos de recibir gente de otra tierra, de mostrar su vida tan
diferente de la de la ciudad. Souvenirs Lefkara, un pueblo de montaña con casas de piedra y muchos desniveles, es el centro de las artesanías. Las mujeres fabrican a mano manteles y carpetitas con lino irlandés y los llenan de bordados. Estas manualidades son las tradicionales de la isla. En el reverso de las libras chipriotas aparece una de estas carpetitas dibujada. Los precios son bastante elevados, pero hay que tener en cuenta que están totalmente bordadas a mano. Los hombres se encargan de la platería. Pulseras, aros y cadenas se consiguen a precios convenientes. El
muro que sigue en pie Aunque
nunca se haya levantado una pared como en Berlín, una línea divisoria,
que separa griegos de turcos, atraviesa el corazón de Nicosia NICOSIA,
Chipre.- A través del alambrado, desde una posición militar
grecochipriota en el centro de Nicosia, se puede ver claramente. Allí,
a unos pocos metros, hace 25 años había vida. Ahora sólo hay desolación.
Las casas y los negocios están como entonces, nunca más se volvieron a
habitar, pero cargan con las huellas de una cruel guerra sobre sus
fachadas. Las
paredes descascaradas están carcomidas por el tiempo y el olvido. Los
escombros desparramados entre el pasto se mezclan con vidrios rotos. En
las habitaciones no volvió a entrar el sol, las persianas siguen bajas.
Y
a través del alambrado también se puede ver claramente que 100 metros
más adelante flamea la bandera de la autoproclamada y no reconocida
internacionalmente República Turca del Norte de Chipre, custodiada de
cerca por la insignia turca. De ese lado continúa otra vida, la que
impusieron las fuerzas militares turcas. A lo lejos se puede oír el
llamado de una antigua iglesia bizantina , que se usa como mezquita,
llamando a sus fieles. La
zona abandonada representa la línea de demarcación (línea verde) que,
desde la invasión turca de 1974, separa al sector griego del turco y se
extiende en forma transversal a lo largo de toda la isla. Esta misma
franja se mete en Nicosia y desgarra su corazón, convirtiéndola en la
única ciudad-capital europea que permanece dividida por la fuerza. No
hay un muro concreto como en Berlín, pero la sensación es la misma. En
pleno centro de la ciudad, la peatonal principal, muy arreglada y
cuidada, rodeada de negocios y plantas, se muere en un viejo alambrado
custodiado por los militares grecochipriotas. Más allá de él no se
puede ir. La bandera de la república chipriota, junto con la griega
indican que se está en una frontera. No es como cualquier otra, hay
carteles de repudio, monumentos a los desaparecidos y una trinchera con
bolsas de arena a un costado. En el centro, un pequeño territorio
neutral controlado por los cascos azules de las Naciones Unidas -el
grupo argentino vela por la paz en la zona oeste de la isla- y después
la tierra inaccesible. La invasión turca En
julio de 1974, Turquía invadió Chipre. El 37 por ciento del territorio
de la república chipriota quedó en poder turco. La vida de todos sus
habitantes cambió inexorablemente. Los 400 años de pacífica
convivencia entre las dos culturas, de respeto mutuo por las diferencias
en las costumbres y en la religión habían llegado a su fin. Comenzaban
la separación y el desarraigo. Doscientos mil grecochipriotas fueron
desplazados del Norte y los turcochipriotas que vivían en el Sur,
obligados a trasladarse a la región ocupada. De
la noche a la mañana miles de familias tuvieron que abandonar sus
casas, sus trabajos, su barrio natal y emigrar. Para nunca más volver,
aunque colgados de un alambrado, o a través de una ventana alta, puedan
ver y añorar su antiguo hogar. Desde
que en Chipre se instauró la república, independizándose de Gran
Bretaña, la constitución de un gobierno que incluyera a la minoría
turca, que representaba un 18 por ciento de la población, no fue tarea
fácil. El hombre fuerte de la mayoría grecochipriota era el arzobispo
Makarios, que fue elegido primer presidente. La población turca aumentó rápidamente. Fueron traídos desde el interior de Turquía alrededor de 85.000 colonos, que alteraron la estructura demográfica. Cómo
pasar al otro lado Desde
el momento de la invasión turca los grecochipriotas no pueden acceder a
la zona militarmente ocupada por los turcos. De la misma manera que los
turcochipriotas tampoco pueden entrar libremente en el territorio de la
República de Chipre. Pero los extranjeros que visitan la zona griega
pueden cruzar la línea de demarcación y conocer el otro lado. El lugar
para hacer el trámite es el Ledra Check Point, un edificio situado en
el extremo oeste de la ciudad vieja de Nicosia. Es prudente ir y volver
en el día, y aclarar esa situación tanto en la posición griega como
en la turca. El
paso es sencillo, como en cualquier otra frontera internacional. En este
caso se requieren cuatro dólares y el pasaporte, pero hay que tener
cuidado que los turcos no lo sellen, porque si no no se puede volver a
entrar en el lado griego. Generalmente, sellan un papel. Lo que sí es imposible es pretender ingresar en el sector griego cuando se arribó a la isla por los aeropuertos o puertos situados en el lado turco, puesto que son considerados ilegales Recomendaciones Movilidad Lo
más recomendable para recorrer la isla es alquilar un auto, que no es
muy caro. Entre 25 y 45 dólares por día, dependiendo del modelo. Otra
opción es pedir desde el hotel un servi-taxi, un auto de siete plazas
que transporta a cada uno de sus pasajeros al destino elegido. Es
bastante económico. Por una distancia de 50 kilómetros, cobran 4 dólares.
La tarifa de los taxis es similar a la de Buenos Aires. Moneda La
moneda es la libra chipriota. Un dólar equivale a aproximadamente 50
centavos de libra. Más información En
Nicosia: Aristokyprou 11, Laïki Gitonia (02 444264). En
Limassol: Spyrou Araouzou 15 (5 362756) y en el puerto. En Pafos: Gladstonos 3 (6 232841 Sabores
prestados Exquisiteces:
la gastronomía chipriota se basa en platos griegos, turcos, armenios y
libaneses, entre otros, pero las naranjas son únicas e imperdibles La
gastronomía chipriota tomó prestados muchos de los sabores de la
cocina griega, turca, armenia, libanesa, siria, italiana, francesa y en
menor medida británica, pero les agregó características propias. Nadie
que visite la isla y disfrute sus platos podrá olvidar las aceitunas,
las enormes papas o las naranjas que acompañan inevitablemente todas
las comidas. Una
buena forma de probar todos los gustos de una sola vez es pedir meze.
Traerán alrededor de 30 platitos con una gran variedad de
preparaciones. Primero
llegarán las aceitunas negras y verdes, diferentes salsas para acompañar
con pan y las ensaladas. Una de las salsas más tradicionales es la tzantziki,
a base de yogur, pepino y menta. Otra es el humus, que es
pasta de garbanzo con atún u otro pescado. También
habrá koupepia, arroz con carne envuelto en hojas de parra.
Después el paladar disfrutará de pulpo, en vino tinto; caracoles en
salsa de tomate; alcaparras, y coliflor. Tampoco faltará pollo, carne
de cerdo y de cordero y diferentes variedades de pescado. El
halloumi, queso duro que generalmente se cocina a la parrilla, es
imperdible. Si
no se dispone de mucho tiempo, se puede ordenar souvlakia con sheftalia,
un sándwhich de pan de pitta relleno con carne de cerdo, chorizo y
tomate. En
el momento del postre, las frutas frescas llegarán a la mesa. Para
finalizar, el café a la chipriota, similar al turco, puede ser gliki,
si es dulce; metrio, intermedio, y sketo, amargo. Para no marearse Bingo,
un joven y simpático gordito, de cuello rollizo y mirada pícara,
muestra orgulloso una pequeña botella de vidrio llena hasta la mitad
con zivania, el whisky chipriota. "Cura
todo, da buena salud y fuerza", comenta mientras bebe unos sorbos.
Y aclara: "No más de un trago por día, esto es alcohol
puro". El
zivania se hace con los sobrantes de las uvas fermentadas, una
vez finalizada la destilación de vino, y acarrea un largo proceso de
condensación y evaporación. Es una vieja receta local que se realiza
en muchos pueblos de la isla. Los centros productores más importantes
son Kalochorio y Zoopiyi. Todo
sirve, en una vasija de cobre -kazami- se colocan los restos de
las uvas: semillas, tallos, cáscaras y se agrega agua, tapándola para
que el vapor no se escape durante la evaporación. Después es cuestión
de tiempo y paciencia; en ocho horas de proceso, y con una tonelada de
uvas, sólo se consiguen llenar unas pocas botellas. Pero vale la pena
esperar; un trago en una fría mañana de montaña es una buena
recompensa. La
bebida también se frota en el cuerpo para calmar dolores musculares y
golpes. Para Bingo, su botellita es infaltable; la lleva siempre en la guantera de su 4x4. Para él, no hay nada que limpie mejor los vidrios de su todoterreno que un poco de zivania. Mucho
más que playas En
los alrededores de los balnearios de Pafos y Limassol pueden visitarse
vestigios de viejas civilizaciones PAFOS.-
Los últimos rayos del sol de la tarde se escurren entre los miradores
de la terraza del antiguo castillo medieval, que a orillas del mar
domina el puerto de Pafos. El muelle ahora está tranquilo. Decenas de
barquitos de mil colores y lujosos yates se acunan en la costa,
esperando el amanecer. Algunos son más grandes, otros más chicos, con
o sin techo, pero todos impecables. Unos pocos pescadores todavía
siguen acomodando las enormes redes en sus bolsas. No hay cañas ni
anzuelos, sólo redes y más redes. A
unos metros, los bares se iluminan, los negocios del pequeño centro
comercial empiezan a bajar las persianas y los autos vienen y van por la
calle principal. El
sol ya se perdió en el horizonte azul y la oscuridad se adueñó
definitivamente del entorno. Es una noche sin luna, pero tentadora para
caminatas románticas por la playa o para hacer equilibrio sobre las
rocas que separan la rambla del mar. Pafos
fue el centro del culto a la diosa Afrodita. Se fundó muy cerca de
Petra tou Romiou, la zona de acantilados y rocas, donde se dice que nació
la diosa del amor y la belleza de la mitología griega. Durante el período
helénico y el romano fue la capital de Chipre. Después alternó entre
destrucciones y momentos de esplendor, hasta que durante la dominación
turca se convirtió en un puerto insignificante. Ahora
es una ciudad nueva, que creció y acentuó su popularidad cuando las
playas más concurridas quedaron en manos de los turcos, hace 25 años.
Proliferaron los hoteles de cara al mar que coleccionan estrellas y los
restaurantes que ofrecen platos de las más diversas nacionalidades. Herencia de la humanidad La
ciudad de Pafos fue declarada por la Unesco Patrimonio Cultural de la
Humanidad. Es una de las zonas más ricas por los vestigios encontrados
de las civilizaciones que la habitaron. Los lugares que merecen
visitarse son: Casa
de Dionisios:
cerca del puerto se hallaron mosaicos de la época helenística y
romana. El lugar recibió el nombre de Casa de Dionisios porque el dios
del vino aparece reiteradas veces en los mosaicos. Hay
dos niveles de excavaciones. El mosaico más antiguo, descubierto en el
patio, un metro por debajo de los otros, corresponde a la época helenística
y data del siglo III a.C. Fue realizado con piedras enteras blancas y
negras, técnicas diferentes a las romanas. Los
otros mosaicos, del siglo III, todos protegidos por barandas y separados
por caminitos de madera, muestran escenas de la mitología griega, con
imágenes de los dioses en diferentes situaciones. Estas construcciones
fueron destruidas por un terremoto en el siglo IV y nunca se
reconstruyeron. En
Pafos están los mosaicos mejor conservados del mundo pertenecientes al
siglo III. También se puede visitar la Casa de Theseus, la Casa de Aion
y la Casa de Orpheus, donde hay más mosaicos. Las
tumbas de los reyes: es un antiguo cementerio con cientos de nichos que
datan del siglo III a.C. Allí nunca se enterraron reyes, pero por el
gran despliegue arquitectónico con el que estaban construidas,
adoptaron el nombre real. Son ocho tumbas subterráneas, cuyas antesalas
están decoradas con columnas de estilo dórico. Iglesia
de Agia Paraskevi:
a tres kilómetros de Pafos, erigida en el siglo IX, es uno de los
templos bizantinos más interesantes. Las paredes con muchas capas de
yeso dejan ver a través de sus quiebres escrituras y pinturas más
antiguas. Son como palimpsestos en los que se mezclan los trazos, y las
pinturas de épocas diferentes -siglos X, XI, XII y XV- afloran sin
inconvenientes. En la zona de Akamas, 40 kilómetros al norte de Pafos, también se pueden visitar los baños de Afrodita donde conoció a Adonis, uno de sus amantes. Otra de las mil leyendas que giran en torno de la diosa dice que el que se baña en la pileta con cascada natural escondida entre los árboles, se sentirá más joven y enamorado. Tras
las huellas de Ricardo Corazón de León LIMASSOL.-
Avenidas amplias, hoteles de lujo, comercios y pubs nocturnos. De un
lado el mar, del otro las montañas. Limassol, la segunda ciudad en
cantidad de habitantes, es uno de los centros turísticos y comerciales
más importantes de la isla. Creció exponencialmente después de la
invasión turca en 1974 y se convirtió en el primer puerto de la isla,
de gran actividad comercial y también turística. De allí salen los
cruceros a Egipto, Israel y las islas griegas. La
historia de Limassol comienza con la llegada de Ricardo Corazón de León
durante la Tercera Cruzada. En el castillo del puerto viejo de la
ciudad, en 1191, celebró su casamiento. Con
el paso de los años, la ciudad se hizo conocer gracias a que se
preparaba -y aún sigue siendo centro de producción- el vino de la
Commandaría, tradicional de la isla. Este vino dulce y seco, el más
antiguo del mundo en tener un nombre, era elaborado en el castillo de
Kolossi por los Caballeros de San Juan de Jerusalén. La orden, fundada
en Jerusalén, en 1080, tenía por función el cuidado de los peregrinos
heridos en Tierra Santa y pronto se convirtió en una poderosa fuerza
política que lideró las Cruzadas. Primero llegaron a Chipre y después
el papa les regaló las islas de Malta. El castillo, que actualmente
puede visitarse, es del siglo XII y luego se refaccionó en el XV. Seguir en las ruinas Kurion
es uno de los sitios arqueológicos más impresionantes de la isla, que
además otorga una providencial vista desde las alturas de una colina. Se
puede conocer el teatro grecorromano, que era usado para la interpretación
de comedias y tragedias. Fue construido en el período helenístico, en
el siglo II a. C. En 1961, fue reconstruido y por su buena acústica y
capacidad -3500 personas- actualmente se usa para obras de teatro,
musicales y conciertos. Cerca
del teatro están los restos de la casa de Eustolios, una construcción
del siglo IV, que luego se convirtió en un centro de recreación. Hay
30 habitaciones y baños romanos de tres tipos. Los
pisos están decorados con mosaicos que muestran símbolos religiosos. Hay
mosaicos con símbolos cristianos y también con figuras mitológicas.
La casa fue construida con los símbolos de Jesús. Es
una de las primeras veces que aparece escrita la palabra Jesucristo,
aunque las inscripciones católicas conviven con las mitológicas. Los
habitantes de la zonas de Kurion y Pafos no separaron la adoración a
los dioses Apolo y Afrodita, en los primeros tiempos del cristianismo. También
se puede visitar el santuario de Apolo, donde se veneraba al dios
griego. La primera construcción data del siglo VII a. C. En la
actualidad, pueden verse dos pilares, que fueron reconstituidos y las
ruinas de los dormitorios, frente al templo y los baños. Barbas largas Entre
las montañas de Trodoos, rodeado de pinos negros, deja ver su renovada
construcción el monasterio de Kikkos. Los 18 monjes de barba larga y
vestimenta sobria que lo habitan velan día y noche un icono de la
Virgen María, que enaltece la pequeña iglesia que se levanta entre las
paredes monacales. Se dice que el icono es uno de los tres que pintó el apóstol San Lucas, en presencia de la Virgen. Está recubierto con una lámina de plata y un velo. El monasterio, dedicado a la Virgen y construido especialmente para preservar la obra del apóstol, data originariamente del siglo XI, aunque la construcción actual tiene sólo unas décadas Fuente La Nación, abril 1999 |
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