| Hoy tengo que cenar con Maribel, mi ex-esposa. Lo hacemos cada año, puntualmente, desde el día que nos separamos, para celebrar ese acontecimiento. Cada uno habla durante treinta minutos, sin interrupción alguna. Cuenta todo lo bueno que le ha pasado en el transcurso del año: lo bueno real o imaginario, eso carece de importancia. En efecto, no tenemos que inventar mucho para hacer que el rubor de rabia y celos empiece a aflorar en la cara del otro. Después comemos y bebemos en silencio. Terminada la cena, nos separamos con un nudo amargo en la garganta que tardará un año en disolverse. |