OSCURA
NOCHE EN DUELO
LAS
CALAMIDADES
Los
faros del auto iluminan la ruta.
¿Cómo podremos decir lo que debe ser dicho,
si cuatro amigos viajan, perdido el tiempo
en que se visitaban? Largo y viejo
es el auto: la edad de las visitaciones
se ha ido con los éxtasis. Ni la más pequeña
de las lágrimas cabe en las palabras.
Los conduce la noche, si no el sombrío
encierro de esa cápsula arrojada
en el camino, a hablar, ¿con qué propósito?
Uno por uno, aunque se dirigiesen
a los demás, siempre sería uno.
El presente, en efecto, es igual para todos,
pero lo que se pierde nunca lo es:
así el instante de sus palabras permanece
virtual y simplemente separado del resto.
1
MALDICE
EL DÍA EN QUE SE DETUVO
¿Quién
puede prever lo que va a pasar?
¿Quién, saber lo que le espera? Yo tuve
la esperanza acuática de mi destreza
en el arte de pintar. Mezclaba entonces
cada tono, finísimas láminas, efectos
de luz y sombra. Pero los años
no me dieron la medida exacta
de mi trabajo. ¿Adónde están ahora
mis potencias? ¿En qué lugar se decidió
poner un límite a mis manos? ¿Tuve
algo, alguna vez? Recuerdo, amigos,
a una chica pálida y diminuta
que hablaba muy despacio. La quise,
vivimos juntos cuatro años. Al pintar,
su cuerpo era un remolino vacilante
sobre un banco de madera. Cuando se fue,
supe que yo no sería nada, apenas
un mediocre artesano, uno de miles,
preparando un futuro ajeno. ¿Adónde
se cortó ese hilo que me sostenía
del cielo? Entonces yo flotaba y ahora
me hundo en los más oscuros pozos,
en la inmovilidad, en la repetición
más anodina. Las aguas del destino,
¿pude haberlas surcado? ¿Había
un barquero? ¿Qué hice mal? ¿Qué
moneda olvidé,
cegado por el velo de mi juventud? Amigos,
ustedes no pueden saberlo, pero pienso:
¿habrá aún esperanza para mí?
DIDASCALIA
Su
mano izquierda sostenía el volante, llevándolo
con muy ligeros toques. La forma de su rostro
era el efecto de una causa ausente, unas gotas
que habían caído por su frente, bordeando
la nariz y la boca, una condena perpetua
cuyo origen se perdía en la ruta desierta.
MALDICE
EL DÍA DE SU NACIMIENTO
No
hubiera podido, amigos, desaparecer
de otro modo. ¿Cómo creer, entonces,
en mis pasajeras decepciones? ¿Cómo
no ver ahí las huellas de una desesperada
vitalidad? Cada uno de mis cuadros
era una advertencia cuya luz, tan precisa
cuando el pincel corría veloz y claro,
se hacía al tiempo gris, densas tinieblas
de mis imitaciones transparentes, surgiendo
del fondo de la tela. Y ella, cansada
de mis preguntas, preparaba en silencio
sus enormes bastidores. ¿Estuve cerca
o nadie más que yo experimentaba
el engaño? ¿Qué decidió
el momento
y el lugar de mi nacimiento, del destello
fatuo, apagándose antes de mi muerte?
¿No son pocos mis días? Amigos, ¿no
son
un parpadeo del cielo, un guiño cómplice
que casi sorprendí? Ustedes me dicen
que soy bastante bueno, pero entonces,
¿por qué alguien puso en mi cerebro opaco
una chispa extinguida, una imagen vacía
o una pintura blanca que se quema
en la vanguardia del olvido? Si ya no hago
sino decorar salas, si repito, si miento,
¿dónde, pues, estará ahora mi esperanza?
2
MALDICE
EL DÍA EN QUE SE DESPLAZÓ
Hace
casi diez años, estuve, amigos,
con una hermosa chica. Meses
había pasado mirándola, en secreto;
luminoso secreto: ella lo supo.
Mis labios lo decían, mis palabras
rebotaban alegremente en las paredes
pálidas del barrio. Pero yo,
triste, esperé hasta que un gesto
mudo la puso ante mí. Entonces,
durante unas semanas, cometía
los más impropios silencios, roces
de mi cuerpo cristalinamente torpe.
Hasta que un día me fui de una vez
y para siempre. Cuánto tiempo
tardó su ausencia en golpearme.
Y cuán inesperado sería el golpe.
Nadie puede asestarlo, si bien yo
lo esperaba en silencio. Un año
después de mi separación imprevisible,
la noche daba sombras a mi memoria
incierta, cuando vi, tumultuosos,
a una banda de tipos corriendo
hacia mí, pero mi cuerpo, inmóvil,
no se apartó. Fui golpeado. La sangre
se deslizaba por mi cara. Luego, solo,
traté de caminar y tomé un taxi.
¿Qué me impedía pronunciar ni siquiera
una sola frase de dolor? ¿Por qué
es más grave mi llaga que mi gemido?
DIDASCALIA
Su
voz maniática colaboraba,
desde el asiento trasero, en diagonal
a la melancolía del conductor,
con trazos más vívidos, calmando
la expectativa del inicio, incierto, pero,
también acentuando el fondo oscuro
adonde se destaca la juvenil belleza
de su pérdida. Tras sardónica mueca
de nervios excitados, aunque sin el más mínimo
resentimiento, se despega el recuerdo
de su rostro, inquieto, como una lámina
de escena impresionista con muchacha
de espaldas. Él mira, no su expresión,
sino la del pintor que maneja y escucha.
MALDICE
LA CONDENA DE SUS IGNORANTES DÍAS
Hubiera
yo expirado, amigos,
feliz en ese instante de gratuito
escarnio, y ningún ojo, nadie
habría dado una lágrima por mí.
Desde entonces, vivo en el temor
insano de volver a verla, su pelo
castaño brilla en cada chica
que me ofrece su espalda, paro
de caminar y pienso: ¿cómo
podría hablarle? ¿Cómo explicar
mi ausencia? Las frases se disponen
una por una, pero sé que no es ella,
y aun cuando lo fuera, en el silencio
está mi casa, en la oscuridad,
mi habitación. Quisiera ser distante,
recordarle, sonriente, nuestros errores:
que yo olvidaba la forma de su puerta
y, en exceso de amor, llegaba tarde.
Amigos, hubiera yo fallecido,
o fallado, antes de saber
que nunca en un oído mis palabras
se volverían mansas. Debería, entonces,
cuando los golpes me hacían insensible,
mis labios deformados, mi rodilla
hinchada y tumescente, debería
haber sido sacrificado al llanto,
breve y sin causa, más bien
con su propia razón, ya no por mí,
sería vano creerlo, de una hermosa
chica perdida: para mí, una marca
de la vasta desolación que me esperaba.
3
MALDICE
EL DÍA EN QUE FUE QUEBRANTADO
Les
digo que mi voz se alzó entonces
de un dolor del camino y visitó
la noche, entre sombras. La suya,
que apenas empezaba a conocer, la vida
es un conocimiento insuficiente y breve.
Mi amor por ella, ausente, tan extenso
como un mapa del todo. ¿Cómo, si años
no bastan para saber en qué pensaba
cuando se distraía, la vista fija
en un lugar minúsculo, cómo, díganme,
resignarse a la muerte? Ya no debo
dejar que de mis labios broten sombras
de muerte. Están posadas, viven
esos microfantasmas en su cama,
antes mía, o en el brillo nocturno
de su espejo en mi insomnio. ¿Para qué
hablar ahora? Si muriéramos todos,
viajaríamos alegres, nada perdido, nada
que perder. Perdonen que les diga
algo que nadie puede oír. Ni yo, disculpen.
No tengo lágrimas con que amenguar
la rigidez de mis palabras. ¿Quién era
ella? ¿De qué hablábamos siempre,
de qué irrecuperable frase me perdí al
callar
definitivamente? ¿Por qué de sus palabras
nada queda? La cápsula vacía flota
por nuestra casa y creo, todavía,
saber cuándo se acerca. Y después,
apagaré todas las luces y esperando
haré mi cama en las tinieblas.
DIDASCALIA
Junto
al solitario, el viudo, ¿no es
acaso un solitario atravesado
por la falta de culpa? Cuántas veces
vio en su falta un presagio
del fulgor del destino. Ahora mira,
más allá de la nuca del pintor, blancas
líneas de puntos, volviéndose inflexiones
de su remoto pasado, continuamente
cortado por el hueco, absorbente vacío,
tanto que su nombre se hace sombra
de muerte, su cuerpo, una tumba
de la ausente: no hay separación
para quien vive, sino deslizamiento.
MALDICE
LAS SUGERENCIAS DE REEMPLAZO
Muchas
veces, amigos, me repito
que ella se fue, y partiendo
sin mí, quedó conmigo. Sin embargo,
su movimiento me dejó sin mundo.
¿Para qué mundo?, me dije, luego
de diez años de espera, lento olvido
que no viniste. Sé que nadie nunca
se levanta del sepulcro. ¿Por qué
busco, entonces, su cara en cada uno
de mis fúnebres sueños? Cuando se desvanece,
licuada, la tiniebla espesa, también ella
se va. Duermo mientras camino, salgo
a trabajar, hasta que al fin la noche
nos restituya. Pero, ¿es una ficción,
una
"forma de decir"? ¿Es su recuerdo algo
presente o un efecto grabado
en mi cuerpo que tomó, a su muerte,
su indeleble dibujo? No sé, amigos, porqué
una intensa indignación me invade
cuando me dicen que me case o que busque
otra mujer desconocida. ¿Cómo desear
esa perversa máscara, fingir allí
donde se olvida el propio cuerpo? ¿Cómo
buscar, en otra, una, borrar
la irrepetible valía de la única vez
que ella vivió? Si fue conmigo, entonces
no puedo más que oír sus tenues pasos
en el vacío de una casa dedicada
a su partida, inconclusa. Amigos,
podré olvidar su agonía, su inconciente
coma ante el horror hospitalario
que me acogió, pero su risa y su pereza
matinales, el calor de su cuerpo recién
despertado, las noches de lecturas escuchadas
de mi boca, si no las puedo ya nombrar,
no caben en número, cómo podría
despegarlas, cápsulas de cristal abiertas
como ventosas sobre mi espalda
para siempre, hasta la última costumbre.
4
MALDICE
UNA PÉRDIDA DE LA QUE NO PUEDE HABLAR
Yo
puedo decirles algo, amigos,
que casi sella mis labios. ¿Saben
cómo un lamento parece acallarse
para después volver? Recuerdo ahora,
crucecitas de madera que hice
en mi infancia, sobre cadáveres
de insectos, de sapos o gusanos,
que yo mismo maté. ¿Pondría una
sobre lo que perdí? Pienso también,
no quiero hablar, en medio de la noche
de este viaje cuyo destino
se vuelve incierto en mi memoria,
no quiero pronunciar esas palabras
que sé demasiado bien. Diez años,
casi toda mi vida entonces, tuve
una perrita, y a su muerte,
en las afueras de la ciudad, quise
enterrarla y no pude. Mis lágrimas
se habían secado en la certeza
de su desaparición total. Cavé, pero
no logré atravesar esa compacta
y árida superficie. ¿Qué haré,
ahora, amigos, si mi dolor
ya no es de este mundo? ¿Adónde
se depositan, invisibles, cada una
de mis furtivas lágrimas? Luego,
todo me fue concedido: el amor
y la belleza, la extrema lucidez
para verlos surgir desde el vacío
de mi ciudad natal. Pero, ¿cuándo,
en qué instante toda esperanza
empezó a abandonarme? Un amigo,
un secreto modelo para mí, escaso
tiempo duró. Apenas llegué a hablarle,
nunca supo, nunca podrá saberlo ya,
cuánto atendía yo a sus frases, cuánto
quise seguirlo. Su muerte me enseñó
que el tópico del dolor nunca se agota,
ni aun pronunciado desde el borde
de un naufragio absoluto. Amigos,
fue el amargo principio de mis dones.
DIDASCALIA
¿Qué
mira el cuarto, en su asiento
de acompañante, cuando es
en verdad acompañado
por los demás? ¿Qué oscura
claridad se dispersa de sus frases
en la cadencia de un ritmo
recién descubierto? Mirando afuera
de la cabina sombría, les hablaba
de brillos incumplidos a esos amigos
que ahora, al fin, veían cuánto
dolor cabe en palabras, escuchando
sus propias penas en el infinito
temblor de aquella voz no temperada.
MALDICE EL AZAR, NO LA ARBITRARIEDAD, DE TODO
El
silencio de ustedes me conmina
a decirles por fin que mi secreto
es excesivamente lábil. Mis palabras
son dos estacas clavadas en mi cuerpo:
una, detiene mi voz y la transforma
en ronco balbuceo, atraviesa la otra
mi pecho a veces, cuando no mis manos.
¿Haré una cruz de madera, amigos,
para una tumba imposible? Yo iba
a casarme. Frágilmente buscábamos,
ella, el espacio de sus sobresaltos, yo,
la celda de mi persistencia. Siempre,
pedíamos dos piezas. Habíamos visto
en una pantalla verde, un error
de la emblemática, una especie
de óvalo más opaco. Nos dijeron
que eso era el origen de alguien
al que empezamos a esperar.
Preferiría no decir el nombre
que le dimos, amigos, mis elipsis
no buscan sino evitar, calladas,
que mi relato se interrumpa. Luego,
vimos otra pantalla y se nos dijo:
"detenido y muerto". A los pocos días,
ella expulsó, para usar las palabras
que quedaron grabadas para siempre
en mis oídos estremecidos, expulsó
algo. Yo no lo vi. Sólo escuché
que era como una pelota de tenis
pero muy blanda, él o ella, apenas
un coágulo de sangre sin sentido.
Amigos, cuando me quedo solo,
mis pensamientos vuelan en esa casa, esporas,
partículas del polvo que cubre mi cabeza,
entonces sólo miro, y ya no puedo
apartar la visión, esa pieza de más, su
vacío
retiene mis ojos, la habitación
de ese hijo nonato que perdí, abatido
por una flecha tan ciega como yo.
DIDASCALIA
Viajando
por el desierto, con sus ojos
escuchando las voces de los muertos. Boca
del despojado acompañante que une
pañales y mortaja: apariciones de hilos
sosteniendo un lamento desde el cielo
negro. Pues no hay dónde posar la vista
sino en recuerdo de muerte. El viaje,
aunque arduo, debe hacerse, a todos
la extrañeza de la ruta espanta. Cuatro
en el auto, no son jinetes del fin, sí brillos
en una ausencia de líneas para la aurora
luminosa y difusa, acercando al amigo
y al compañero, con el fin de la amnesia
que saque de la penumbra a los difuntos.
BENDICE
SU PROPIO LAMENTO
Me
dicen que no es nada, a mí, ciego
que esperó la luz y no vino, ni aun
los párpados de la mañana, estoy
como los pequeñitos que nunca vieron
la luz. ¿Cómo, amigos, podría perder
a quien no ha vivido? Ningún rastro
quedó de esa espera, cuyo fin
era el eterno presente de su ausencia.
Su llanto inexplicable, sus pasitos
inútiles, sus primeros balbuceos
en el idioma que uso. Diferencias
poco a poco nacidas de su nada,
única, haciéndose todo. ¿Cuántas
cosas negaría en mí? Si niña,
mi torpe persistencia masculina,
si varón, mis letras y mi nombre.
Pero no me dirijo, amigos, al azar.
¿Cómo podría hablarle? Escucho
en mis palabras cómo mi memoria
hace marcas ahí donde nada
pudo asentarse. Recuerdos, puntos,
para la ruta de ambos, él o ella,
muertos sin ser ninguno, de un golpe
funesto de dados. ¿Qué agradezco,
ahora, amigos, si no este viaje
en que el dolor se cumple y la memoria
encuentra que algo cabe, muy poco,
pero algo, en las palabras? Cada instante
de una vida incumplida, ¿no se mide
con el olvido del mundo, el abandono
recortando las posibles vías, pocas,
que se le habrían dado? Amigos,
que se oscurezcan las estrellas y la luna
no nos dé sino sombra. Sepamos
cultivar el decoro de una vida, siempre.
**
EPÍLOGO
Dos
granos de luz roja, perdiéndose
en la sombra nocturna, tras el paso
del largo y viejo auto, que devino
fúnebre, hasta que el día, al fin,
ponga frenos al llanto, ya que no término.
¿Tendrá un límite el profundo pozo
de tinieblas
donde el auto se sume? Desde esta elevación,
se ven parpadear luces que nada significan.
2
SELVA SELVAGGIA
No
sé si aún no había empezado
mayo a dar sus noticias. El verde
resplandecía allá abajo, sobre el río,
seguramente helado. Desde un pórtico,
donde esperábamos la jugosa carne
asada, sentíamos un aire de gozoso
suplicio, con el roce del áspero vino
deslizándose por nuestros cuerpos a la sombra,
mientras se vuelve violáceo, barba rala,
el asador al sol. Quizás también
esperábamos que alguien dirigiera
la conversación en algún sentido propicio
a nuestro ánimo elevado, tanto
que temíamos caer súbitamente. Así,
oíamos música non cantabile y el silencio
parecía escaparse de sus pausas
hacia nuestras bocas, ya manchadas
por el tinte rojizo del vino. Suavemente
nos hundíamos en los sillones, los afortunados,
los demás en sus sillas, o en la verja
de ladrillos, acariciaban ramitas verdes
con distraído asombro. Olvidábamos todos
nuestras míseras culpas, puro simposio
de tres generaciones varoniles, inermes
ante el paso presuroso de los días. Campo
que ocasionalmente, creíamos, nos daba
una fiesta, un reposo. Recordábamos,
en silencio, variaciones que nunca
saldrían de nuestros labios. Al fin, Gustavo,
cuyo pelo apiñado parecía extrañar
sus usuales sombreros, me preguntó
por la causa indecible, fuente pura
de mi silencio, por el duelo que un viaje
a través del viejo Libro, muchísimo
tiempo después, haría transmisible, sólo
en parte. Yo respondí, breve, y la sorpresa
de encontrarse de repente ante la muerte
a todos confundió en inaudible murmullo.
No
un ánimo, de nuevo, antes bien un deseo
que nos había llevado a esa reunión
campestre, como emblema de todas
nuestras vidas, dedicadas, y a veces abatidas
con el amargo trago del fracaso, al mismo
piélago de deseos, que ahora centelleaban
como piedritas en ese río. ¿Adónde,
hubiéramos querido preguntar, a qué negro
destino nos dirigimos? Pero fue ese deseo,
tan múltiple sin embargo, en nuestra
incipiente charla, apareciendo, en ese
dolor del que nadie habló, en respetuoso
y unísono silencio, como saliva en bocas
ávidas de delicioso asado. Más tarde
tendríamos motivos para hablar, si bien menos
que los flotantes para oír, ahí,
en ese grupo de aislados hombres, entre ellos,
el rumor incesante del arroyo, la rítmica
memoria que nos salvaba del olvido, o casi,
pues nos salvaba de la muerte, no del morir.
Oscar
empezó a hablar, ya la comida
había cedido su lugar al humo blanco
del tabaco, nuevas botellas, ilimitadas casi
en número, nos despertaban y, atentos,
escuchamos las palabras del viejo. El rubor
de lo que no decía coloreaba sus mejillas
entre la barba y el pelo, blanquísimos.
¿Como la nieve? No, ¿dónde la encontraríamos,
bajo ese sol? Antes bien, materiales
tejidos por el artificio de un invierno
aún lejano. Al escucharlo, creo, rogamos
a nuestros dioses particulares, inconcientes
y privados de una fe que les debíamos
en laxa gratitud y cuyo rito, esa tarde,
quizá sospecháramos; sí, rogamos
que nunca, nunca, tuviéramos que ver
el final de ese otoño que en su voz,
pausadamente poderoso, resonaba
en nosotros. Atentos, para hablar, cuando
pudiéramos negarnos a creerle, y él tocara
entonces, con sus largos dedos pálidos,
la vibración de tímpanos entre sus palabras.
"Yo
era muy joven, veinte años, los ojos
me brillaban entonces de deseo." "¿Y
ahora?",
dijo Kuky, "¿no?" Oscar se ríe,
pareciera
que va a rozarlo para confirmar
su presencia: quizás el único no escondido
por sus sentencias oraculares, pero,
burlonamente próximo. Y yo, por supuesto,
tan lejano, como invitado a escucharlos
para, ya ausentes, repetirlos, cuando ahora
silencioso preservo mi juventud. Sin embargo,
la mano de Oscar queda suspendida
en el aire, ala sin freno, aún lejos
de la futura noche vulnerada. "Sucedió
hace ya medio siglo: en un salón
lleno de mesas, de jóvenes estudiantes
comiendo y discutiendo. Alguno
se paraba sobre una silla, ingenuo,
transformando el murmullo del diálogo
en ágora estruendosa. Allí la vi, sus
labios
hacían gestos fervientes, hasta que yo,
encendido, me acerqué a decirle
que nadie podía saber lo que va a pasar,
pero de boca tan suave, sólo una praxis
sublime y renovada surgiría. Sonrió
y creí que había vertido en su oído
el veneno de un encanto que ella me devolvía,
multiplicado. Pero tenía un niño de la
mano,
apoyando la cabeza monstruosa, que el cuerpo
se negaba a sostener del todo, en la falda
de tela escocesa de su hermosísima madre.
Entonces, no se rían, pues la juventud
es un misterio, aun la que creímos
nuestra, entonces, mi deseo se disolvió
en el aire tumultuoso de esa sala, junto
con el sueño del niño que me miraba
entre la gelatina de sus ojos
desorbitados. No todo, pues el fantasma
de mi propio atrevimiento me obligó
a amarla, en un rapto seráfico,
como si en esa sonrisa el arte - su natural
necesidad - de amar hallase el secreto
de una repetición incesantemente rítmica.
Platónico, o antes bien plotiniano, busqué
conocer su vida. Amigos, no todo el mundo,
supe después, puede ver, sólo el noble.
Pero,
¿por qué quise conocer lo que había
visto?
¿Por qué no disfrutar de su alegría
en vez de sospechar la sacra sangre
de su condena? Sí, entonces la belleza
estaba en todas partes y mostraba
el brillo de su filo que corta los hilos
cuando más resplandece. No, no fuimos
los primeros a quienes lo bello
pareció bello, nosotros, mortales
que no vemos el mañana." Se quedó
callado unos momentos, su vaso
fue alzado. Y al saborear el vino, parecía
que repasaba la certeza de sus citas
antiguas; la última, ante todo,
proverbio ya casi incomprensible. Luego,
los siete salimos a caminar por senderos
que bordeaban el arroyo. Nos detuvimos
frente a un estanque artificial, olvidado,
repleto de algas y de plantas acuáticas,
adonde Gustavo preguntó, representando
el curioso papel que él mismo dispusiera
para sus parlamentos, por la continuación,
por el principio cierto de aquella historia
maternal. Y Oscar, que descansaba
sobre un banco de mármol mohoso, dijo:
"un escenario demasiado romántico";
"o bien
modernista", agregué yo. Se levantó,
y caminando hacia donde el arroyo corría
libremente, accedió a proseguir su cuento.
"No
me pregunten cómo, pero después
fui amigo de su esposo. Trabajaba
en una oficina pública, y decía estudiar,
sin mucho afán, historia, quizás llevado
por una contraposición inquieta
entre la rutinaria espera y el caos
de los mitos, que entonces todos
creíamos sobrepasar. Sin embargo,
en los ojos brillantes de la joven madre
se revelaba un anhelo que él,
cargando el indeciso presente de sus días,
nunca podría cumplir." "Una revelación
impertinente", dijo Horacio, "¿es posible
cumplir algún anhelo?" "Antes diría",
agregó Kuky, "que una madre y su hijo
ya son, para nosotros, inalcanzables".
"Nuestras palabras", volvió Oscar
a su relato, "¿no están hechas acaso
para suplir con abstrusas concepciones
la única claridad? Pero sigamos,
ya sin interrumpirnos con brumosas
divagaciones, en medio de esta siesta
que ninguna frase puede abolir,
así también, el vacío o la grieta
que vi abrirse entre ellos, nada
parecido al lenguaje, ni tan siquiera
el vacilante roce de los gestos,
se desplegó para cubrirlo. Yo,
asistía, morboso o compasivo,
era igual, pues el destino, si existe,
se mostraba cruelmente inexorable,
ante sus paulatinas diferencias,
entre la miseria de una pequeña casita
en un barrio mudo y el gimoteo
viperino del niño, complacido quizás
por las ventajas de la eterna disputa.
Un día, él se fue, y ahora
nadie sabe dónde está. Antes me dijo
que la había visto, una vez, besándose
con uno de sus compañeros. Hacía mucho,
y él quiso, silencioso, evitar el infierno; aunque,
según Dante, las llamas vendrían
de todos modos a quemarlo. Entonces,
supe el secreto de sus discusiones, pero,
¿no había acaso, antes, otro viejo secreto
que la llevara a ella hacia su beso
indetenible en su insignificancia? Amigos,
hasta lo más pequeño puede martirizarnos
y el más mínimo derroche, cambiar
la textura entera del mundo. Luego,
supe que ella no recordaba, tampoco
indagué demasiado, aquel beso ni aun
lo que dejó pasar. Durante noches
de encuentros fortuitos, la vi, siempre
con alguien diferente. Yo, enlazado
a mi amistad perdida, no hacía
más que preguntarle por su hijo.
'Bien, enorme', casi invariablemente
contestaba. ¿Sería más libre,
ese hijo sin padre y que debía
buscarlo en un desvanecido crepúsculo,
siempre? Su maldad se afirmaría
con el tiempo perdido de buscar
y no creí imposible que semejante
monstruo fuéramos todos; entonces,
depositábamos máximas como basura
en cada inhóspito cantero. Porque más
vale
no creer a los antiguos poetas, dejar
que el escondido mutismo de ese niño
pudiera redimirse, sin saberlo." Goteaba
el agua de una piedra verdosa, enfrente
de donde estábamos sentados, escuchando
al mismo tiempo la dudosa voz
del viejo y la firme y constante,
siempre igual, del arroyo. El relato,
tan común y no por ello menos
incomprensible, ofrecía palabras,
acaso banales, para nuevas variaciones
acompasadas, que no dijimos. Diego,
que conservaba su anarquía como
un tesoro, dijo que el matrimonio no era
tan natural como los hijos. Y Oscar,
después de un rato, respondió: "el
amor
es el instante, el matrimonio, definitivo".
Ya
el aire soplaba su nocturno frío,
aunque el sol todavía nos condujo
hacia la casa. Parecía que al fin
la historia quedaría detenida
en una fábula sin desenlace. La tarde,
emblema sin motivo, invitaba
al regreso. "Esperemos", dijo Diego,
"hasta que Oscar nos diga qué pasó
o porqué prestó su voz, nuestros oídos
y esta reunión, a la melancolía
de esa lejana madre". Tomábamos
unos mates, apenas alumbrados,
en la sala contigua, junto a la galería
donde habíamos comido. Y Oscar dijo:
"Acaso nunca la hubiera recordado, yendo
en el ir eterno de mis anhelos, nunca,
si una noche no escuchara su voz,
que sostenía sus gestos y lanzaba
la belleza de un rostro certero
hacia el blanco centro de mi memoria.
Ella me dijo, entonces, balbuceante
en sus frases, pero mirando lejos
la segura vigilia de un escénico
retablo de su vida, que no dormía
casi nada, que cuando entrecerraba
sus párpados ajados, el hijo enfurecido
le mostraba los dientes, y ella
se levantaba espantada. Corría
al cuarto del hijo y se quedaba
mirándolo dormir toda la noche.
Después, por las mañanas, oía la
voz
del padre que tarareaba en el baño
a través de una garganta infantil.
Como pude, me escapé esa noche, amigos,
de la evidente locura. Pensé, ¿por qué
no lo era antes? ¿De dónde vienen
tales tragedias que ya no pueden
ser creíbles? ¿Acaso su sonrisa delataba,
en su extrema hermosura, la imposible
oscuridad que la llamaba? Ahora está
internada, me dijeron, ¿en qué interior
de la textura de su rostro, plegada
sobre el vacío imperfecto de sus palabras
hasta que muera? No hay final
para esto que no tuvo principio."
"Pesada herencia para el hijo", agregó
serenamente Eduardo. "Si así fuera",
respondió Oscar, "el mundo no tendría
ninguna historia, y ya nosotros
estaríamos mudos". Todos vimos,
por las ventanas el oro desnudo
del atardecer hiriendo espacios
carmesíes. Ahora, siempre, medito,
cuando recuerdo, siete generaciones,
en la vana vacilación de despedirnos,
y el dolor, renovado, crece. Ruego
hacia la ausencia de ese paisaje
verde y rojizo, al brusco ruido
de grillos y lechuzas, a ellos
y a una antigua señora, que yo
esté aquí y que pueda cantar siempre.
MIMO
PARA CUATRO VOCES
CUARTA
VOZ
No
sé, en este caso, si un recuerdo,
quizá demasiado lejano, las ayudaría
a entender el principio de una fuga
que atraviesa la memoria de los hombres.
Toda huida recobra su real valor
cuando se intenta volver. Por eso,
regresé una vez al sitio, a la belleza
que dividía mi infancia de las palabras
del deseo incipiente. "El beso de las pobres",
llamé a la sonrisa cálida, repetida,
aunque en tono menor, a mi regreso.
Sentí otra vez el olor de los plátanos
que agitaban sus grandes hojas sobre mí.
Sólo recuerdo una noche, ella,
una chica de pelo oscuro y pómulos
tan altos que riendo resplandecía
todo su rostro mirando al cielo, ella,
se acostaba hacia adentro de una casa
oscura, en la entrada del jardín, yo,
sentado en un escalón adonde reposaban
sus piernas, la acariciaba con ambiguos,
sí, todavía demasiados, anhelos.
No piensen, chicas, que la escena,
si bien común, no esconde algún misterio
para mí inalcanzable. Habíamos salido
de una fiesta cercana. Mirándome,
desde el humilde pozo de sus ojos,
casi amarillos más que verdes, seria,
me dijo que yo no la quería, a ella.
¿Qué quería yo entonces? Ciertamente,
no ser yo, o acaso evaporarme
en el fresco aire de la noche estival
hacia ese barrio, ya perdido, dos
años atrás. Tan breve era mi vida
que no veía la unión de esas dos
irrepetibles fugas. ¿Cuántas veces todavía
degustaría el beso de las pobres, soberanas
que conocen el arte del olvido? ¿Cuán
alejado estaba, en mi diletantismo
doloroso, de saber que ellas no estaban
para ser amadas? ¿Para qué entonces,
me dirán sonriendo? Creo que para ver
en el deseo una forma del silencio
de sus cuerpos. Ah, pero ustedes,
hermosas pensadoras, quieren más,
¿no conocen el precio de sus labios?
***
SEGUNDA
VOZ
Sus
palabras silbaron en el aire
de la tarde en que se fue, chasquidos
de un látigo que golpeaba mis hombros.
No sé, chicas, si él volverá, pero
mis ojos no soportan aún el peso
de los adioses definitivos. Me dicen
que me escape, ahora, de mi sumisión
tan intensamente prolongada. Sé
mirar líneas quebradas a mi espalda
que hacia adelante parecen puras,
rectas en el inmenso abismo abierto
bajo mis pasos. Labios que ya no ofrecen
el brillo blanco de los dientes, sorpresa
me da verme detenida, esperando,
seria y callada, la vuelta de su voz
en la escénica repetición confusa
de mi memoria, como una esclava negra
aguarda el látigo del amo que la odia.
No puedo contarles más, todavía lloro
cuando llegan a casa las noches sombrías.
La ausencia de una presencia se parece
demasiado a la muerte, quizás me quejo
no en busca de un retorno imposible,
sino por el cansancio, las monedas
de mi joven deseo tiradas hacia fuentes
a las que nunca volveré. Amigas,
no piensen más por mí, no existen
palabras para cerrar surcos de sangre
en la piel de este cuerpo. ¿Olvidaré
cómo me abandonó, recordaré gozosa
los detalles imperceptibles de su amor? Sí,
no imagino el infierno, áspero y fuerte,
sino bajo la especie eterna
del arrepentimiento, gusano de odio
que me niega el olvido y me condena
a dividirme en dos. Mis piernas suaves,
cuando las rozo en la oscuridad,
se reflejan en el agua infinita
de los ojos que quisieron tocarlas;
y ahora están muy lejos del alcance
de nadie, se han vuelto las perfectas
columnas para el templo de mi llanto.
Su piedad, amigas, la de todos,
no salvará a mi rostro del suplicio
ni de malignas y leves esperanzas, ¿cuál
es el cajón de la pátina blanca
que me deje dibujar desde cero?
***
CUARTA
VOZ
No
me pregunten qué hilo enlaza ahora
mis infantiles fugas con la helada
violencia del abandono, estos crujidos
de pasos sobre vidrios rotos. Yo,
entonces me encontré frente a una cara
jovencísima, que repetía otra pueril,
que sonriendo se escondía, la besada,
entre su pelo lacio, castaño, rodeando
la hermosura absoluta de una niñez
dándome las primicias de dulcísimos
labios. Me vi frente a la tristeza
que no me pertenecía. Bailamos,
sí, niñas, fue en ese mismo barrio,
y el tono de la escena las impulsa
hacia poses moderadas, pero entonces,
en mi distancia fría, mis manos
sintieron el temblor de su cintura
y ella, que esperaba algo más
de mí que ese mutismo temeroso,
sacó un pequeño llavero de goma
que aquel puño suavísimo encerraba, eran
cuatro letras pegadas, mayúsculas
en inglés. Las leí. Pero, ¿supe
alguna vez lo que decían? La soga
que hacía de su nombre, de su rostro,
una estilización del mío, de sus dientes
deslumbrantes, una sombría claridad
para mis breves versos nómades, dos
años la tuve al cuello. Y al fin,
les digo chicas, como es obvio,
no dije nada. Ese regreso, apenas
sospechado tras una grieta leve
en el oscuro manto de mis días,
no se cumplió. Pero aquella triste
chica que sin embargo sonreía,
pues sabía hasta qué abismos
me arrojaba su belleza, desapareció;
no para siempre, por supuesto, y luego
he soñado con la casualidad
de un encuentro. ¿De qué, alegre coro,
que me escuchan en silencio, de qué
me sirvió el amor de la más bella
adolescente que había visto nunca? Fui
en busca de otra religión, cuyo emblema
era el ícono polaco de aquel rostro
casi no recordable, a ella le rezo
con la impostación de una década entera.
Quiero que sepan, no se rían, que soy
el asceta minucioso que aquí ven
porque huí de la belleza suprema,
abandoné la perfección y me escondí
en el incierto misterio que desato
hoy para ustedes, no sin pudor ni estilo,
aunque acaso lo cambiara todo por saber
qué hubiera hecho de mí el destino
que me la dio, gozosa, si no me la quitara.
***
TERCERA
VOZ
Escuchen
algo notable, algo reciente,
no contado todavía, chicas, por otra boca.
Aunque adivinen lo que pienso, ¿saben
adónde fui esta noche, explorando
con alas invisibles su amplio reino?
Sentí, o imaginé, que me seguían:
las espadas de una mirada clavadas
en mi cuerpo, en mi pelo, dondequiera
que entrase. Cada bar, cada asilo,
un mar de fuego. Busqué entonces,
detrás mío, justamente, la marca
de unos ojos de agua. Era un niño
de diecisiete años. Le hablé y sonrió.
Tardó mucho en besarme, las yemas
cremosas de mis dedos habían rozado
durante horas en vano su antebrazo. Yo
tuve, hermosa obligación, que acariciar
sus labios y al fin calmé la sed,
apagué el fuego negro y las espadas
salieron lentamente de mi nuca. Fuimos
a mi departamento y lo dejé
creer que me embriagaban sus mentiras,
mientras caía la ropa al piso; ¿quién
era ese torso pálido, con el rostro
tapado por la remera que ascendía
como en una liturgia? ¿Por qué
decimos que me entrego cuando ansío
mucho más que una ofrenda? Después
vi en sus párpados bajos, las pupilas
giraban seguramente atrás, la desgracia
y toda la inconveniencia del placer.
Me dije que nunca más lo vería, pasé
un brazo por su pecho; amigas, su dolor
por el don inesperado, casi ensueño,
de un cuerpo hermoso, el mío, sería
la marca de mi sed sobre el arroyo
infatigable de su vida. Mis alas
me llevan donde quieren. ¿Puedo llorar
en ese océano ardiente, o debo
atravesarlo resignada y caer
una vez por semana? Hasta que al fin
encuentre el muro blanco, la escalera
y nadie pueda seguirme al otro lado.
***
CUARTA
VOZ
No
podría decirles quién era entonces
ese niño perdido que buscaba implacable,
en medio del blanco estruendo, algo,
no una persona, sino una diferencia
secreta. Pero a cada momento
la volvía a perder, y hoy mi memoria
no distingue los hechos de las frases
inventadas para tender algunos puentes
sobre el vacío, o para rescatar
del lago del olvido, desde lo alto,
cuerpos ya irreconocibles. ¿Acaso
no estamos aquí juntos para hablar
inútilmente? Sí, aunque digamos cosas
y no palabras, pues ahora parecen
más ciertas nuestras voces, sus sonrisas
brillando cuando el ala del pasado
les roza los párpados, más seguras
mis palabras que unos objetos perdidos,
dolorosamente únicos, y desde hace tiempo,
casi en el preciso momento en que una flecha
nos atravesó con su presencia extraña,
convertidos en un mito que nunca,
ustedes lo saben, nunca tuvimos.
Confieso que en mi infancia construí
con mi mente un infierno, ¿y podré
hacerles hoy un cielo de palabras
visiblemente oscuras, ya apagadas,
así como del fuego de viejas estrellas
el azar hace planetas donde la vida
es una remota posibilidad? Si me escuchan
sabrán que una posibilidad, un balbuceo
guarda toda la belleza de un himno
a la variedad, y que ustedes están
más en mi voz que en esas sillas
donde se sientan con las ágiles piernas
flexionadas, flotantes las manos
que vuelan como signos para quienes
no pueden verlos, femeninas cortando
el sonido de sus voces, segunda laringe
que es quizás un indicio de futuras
maternidades. Pues, ¿quién, si no,
les dicta la oclusión a los infantes?
Preguntas vanas; tengo que despedirme
sin haberles dicho nada. Buscaba
lo primero que vieron mis ojos, ya saben:
alguien que se fue, de nombre impronunciable,
y que el olvido reemplazó desde un lugar
de equivalencias falaces; por eso el mal
no es más que una repetición imperfecta.
Lo primero que vi ya no era el fuego
de la estrella que alumbró mi nacimiento.
***
PRIMERA
VOZ
Dicen
que Botticelli buscaba sus modelos
entre las jóvenes embarazadas, rubias
con el vientre formando un ánfora delgada
a los tres meses. ¿O quizás sólo
tenía
en su mente la imagen de ese cuerpo
que apenas duraba una semana, una ocasión
presente, en ciertas mujeres pálidas, casi
niñas y levemente tristes? O acaso vio
en ese cambio el cumplimiento
de cierta perfección, no sin motivo
pues yo la llamaría, no se rían,
la forma del destino. Y en verdad
en este instante algo me pasa
y toda anatomía, chicas, se hace incierta.
Ya nadie calma el peso solitario
de una transformación definitiva.
Siento a veces puntadas que se mueven
como un despliegue doloroso, pero,
¿qué placeres esconden, qué belleza
nace de este desvío de mi cuerpo
estilizado hacia una forma desconocida?
A veces, ante el espejo, inclino
un poco mi cabeza, miro mi piel
tensada hasta volverse transparente
y azul, y creo que Botticelli
vio el sacrificio de mi gesto, la caída
de una belleza inútil y flexible,
de la infancia ofrecida y terminada
por una sombra efímera de la espera.
Ninguna de ustedes sabe, convertidas
a la religión del movimiento,
cuántas palabras de quietud nos faltan
en las lenguas cortadas que nos hablan
para decir lo que me pasa y en mí queda.
***
CUARTA
VOZ
Ella
duerme y el cansancio del mundo
se divide entre nosotros. ¿Será
el mismo que punzante golpea
las plantas de mis pies y que amenaza
mi memoria con la marca acuosa
de la inutilidad? Su sueño dulce
de otro cuerpo es mi áspera vigilia
sin fin. Pero no debo fingir, dos
nunca es mejor que tres, uno
se disuelve como la sal en agua,
como cero en la nada. Tres:
sueño, vigilia y espera muda
antes del aire, flotando en ella,
tercero para leer que ya no puedo
ser uno, dentro de algunos años,
no desdoblado por la muerte, sino
triplicado por su nacimiento. Aire
en vez del agua, que ahora
dicen que lo alimenta, ¿respiramos,
yo, la espalda partida, escribiendo,
ella, bucles castaños sobre el rostro,
durmiendo por todos nosotros? Llama
pues el ritmo nos une, grita
para que el silencio cálido nunca
desordene con su anunciación
nuestra espera discontinua de signos
vacíos, puros, del milagro futuro.
SAGITARIO
Hijos.
"los ojitos estiran el paisaje
como en la cuerda de un arco
un iris continuo que devorara
las flechas"
Arturo Carrera, Animaciones suspendidas.
Hace ya muchos años tuve un sueño
que terminaba ante unas puertas
de madera esculpida. Allí algunas figuras
se desvanecían como adornos
demasiado vivaces para alguien que dormía.
¿Podré ahora ver, despierto, algo
más allá? ¿Inventaré esos
niños
de mármol pintado? Celestes
estatuas que cabalgaban con soberbia
infantil sobre el trabajo minucioso
de un dios esclavizado. Los sueños pueden
vestir sombras sin fe, pero también
traernos noticias de la verdad, ¿qué es,
si no, la tenue métrica de los versos, qué
otra cosa? ¿Acaso la agitada
respiración del durmiente, cuando ve
su propia muerte pesada y cayendo
sobre su pecho con la apariencia
inexplicable de unos niños sin rostro?
¿O puede ser el sueño, imagen
repetida de la muerte, único sitio
donde voces y cosas, quien las mira
y las oye, llegaron a mezclarse?
No he traído del cielo este raro arco
que tanto te ha asombrado. Soy tu guía
pero podés llamarme como quieras. Sí,
deberías mirar estas tenues, traslúcidas
sombras, agrupadas o dispersas, pues son
mortales que esperan nacer. Aquellas
tres siluetas de cabellos trenzados
han sido peces, escarabajos, cisnes
antes que los llamaran para volver
de nuevo a la poesía, hacia unas vidas
repletas de palabras. Si lees ya
las notas que en sus túnicas verás
para tus ojos traducidas, tal vez
adivines el día en el que iban
a nacer, aunque otras necesidades
lo evitaron. ¡Con qué pena temblé
al disparar entonces mi arco
hacia los hilos frágiles de esos futuros
poetas que nunca nacerán! Otros
cuerpos, otras voces, que quizás
vayas a conocer, y que los tres
todavía esperan. Lee sus epitafios
y si las leyes que me ordenan
un día lo permiten, sabrás reconocerlos.
En lugar de casarme, consagré
a mis versos la juventud. Ahora atravieso
las verdes aguas de la aflicción. Tantos
efebos me buscaron, atraídos
por mi gracioso paso, pues aun siendo
quizás muy alta nadie bailaba
mejor que yo en las fiestas córneas
del hirsuto dios; pero no me halló él,
de quien la sombra en el último abrazo
desgarré. A cambio de mi lecho nupcial,
mi madre puso aquí una virgen de marfil
que se parece a mí. Sin embargo, tú,
recuérdame, niñita, como al grillo
y a la cigarra, huésped de la encina,
que sepultaste llorando, soy Ánite,
juguete precoz. Recuerda al delfín
que se moría encallado en la playa,
¡cómo pensamos, niñas, que había
visto
su efigie en alguna proa de bronce
y que engañado por el arte siguió
a la nave hasta morir allí tendido!
Detente tan sólo un momento, quienquiera
que seas. Es el cuerpo de Nóside,
la de cejas espesas y piel blanca, el que ahora
pisas. No toques la sagrada ofrenda, esta red
que llevaba mis cabellos. El cuadro
se ha gastado con el roce de los dedos
de otros viajeros demasiado curiosos, dicen
que muy bien reflejaba el alegre encanto
de mi suave mirada. Que mis ojos oscuros
alumbren la noche de tus sueños, lector,
si crees en mi belleza que ya nada
atestigua. Ni una hija que repita la gracia
de mi gesto. Pero si vas a la playa, diles
a las chicas hermosas que no guarden
la miel insuperable que las cubre.
¡Que su talento te brinde alegría
y que limpie tu cuerpo del dolor de los dardos!
Dijiste, transportada, que me querías y el llanto
sellaba tus palabras sobre mi piel. ¿Cómo
no recordé entonces tu inscripción, la
risa
con que me la hiciste leer, apenas
te conocí? "Tómame entera, decía,
y luego no te aflijas si otro también me tiene".
Ahogué entonces las brasas de mi olvido
en el vino sin mezcla, y encima de un profundo
pozo me asomé. No quise ver la vejez
reflejada en mi rostro, sino decir
mi breve poema sobre un niño pequeño,
que a los tres años fuera atraído al agua
por su imagen y sacado, ya muerto,
para evitar el agravio de las fuentes. "Sabes,
me dijo un joven, eternos son tus versos, pero
demasiadas veces te acuesta la pasión
sobre espinas o cenizas aún calientes
de un banquete secreto, ven, recítame
los versos que hace tiempo compusiste
para otro; soy moreno, ¿qué importa?,
los carbones son negros y brillan encendidos".
Madres.
"Tocas el blanco, cruzas. ¡Oh el zumbido
del arco al distenderse, el surco que ara
el oleaje y se cierra!"
Eugenio Montale, Las ocasiones.
Aquellas tres mujeres que se acercan
todavía conservan su dolor, sus voces
aún parecen retener el eco
de unos cuerpos devueltos a la fuente
de la belleza. ¿Cómo pueden hacer
esas perfectas miniaturas
del propio desencanto? Brillan
como flechas de plata sus pálidas
túnicas o vestidos.
La gracia que las cubre
es la belleza en movimiento.
Tenues vidas sin cuerpo que cantan
y que con la bebida del olvido
mirarán hacia el cielo y desearán
entrar de nuevo a un cuerpo.
Aun si no las vieras, seguirían brillando.
No somos tres mujeres que bailemos
para que tu certeza nos condene
a un olvido dorado. ¿Te parece
que es un sueño mirar cosas hermosas
tan complacientes y únicas, que esconden
la acertada belleza? Ya las gracias
se alisaron las ropas, mientras vemos
nuestros cuerpos flexibles, reflejados
en tus ojos. ¿No ves que sin nosotras
no tendrías un guía y creerías
que la belleza existe? Sólo hay
instantes placenteros, vidas sueltas
sobre este musgo corto. ¿Cómo harías
para hablar del dolor sin despedirte
del áspero temblor de nuestras voces
y del deseo que esta exhibición
te ofrece? Cuando ya quieras morir,
escucharás a otros que te llamen
y rompan tu gratuita supresión. Nunca formas
tan celosas y antiguas como esta
voluntad suprimida que resume
en cada cuerpo todo y nada deja
de nuestras tres sonrisas transparentes.
Parecida a la noche, me senté,
a escuchar un chasquido sordo, el arco
tenso del destino que dispara sobre mí.
No hablaré de mi infancia, del peligro
desafortunado, de expulsiones familiares, allá
donde entre tan escasa gente nadie
miraba el brillo de esta niña, hoy
tan alta como un árbol que se hunde
profundamente en la tristeza terrestre.
Busqué después la vana promesa de leer
a dos hombres unidos por un hilo
que yo llevaba danzando. La muerte
los hace ahora totalmente distintos, ¿qué
rara trama decisiva diría que uno
fuera consumido por su enfermedad, dándole
un excesivo alimento, qué hizo al otro
detener un crecimiento que hoy tejo
con la malignidad de mi aceptación?
Todavía mi herida me quemaba y él sacó
una flecha nueva, alada, causa
de sombríos dolores. ¿Quién podía
saber que un gesto negativo, juvenil
y violento, que esta cápsula, yo,
me aboliría para siempre? No sé
cuántas personas se conmueven al verme;
quienes me aman susurran, para asistir
a la belleza de mi llanto que me dobla
como la lluvia al frágil junco: "¿Por
qué
quieres crear otro cuerpo con tu cuerpo?"
Es cierto que fui yo la que tiré
del telón, pues no podía tolerar
mi propio secreto oscuro. Dije
lo que hice, pero me concedí
un sombrío cortejo: dos delgadas
y alegres mujeres que pudieron
hacerlo también. ¿Quién sabría
decir si fue un efecto
del sufrimiento que las envolvía?
Mis ventajas están en que yo hablo
y me quejo de una fatalidad,
donde el dolor se vuelve casi
una forma del deseo. Entonces
rindo homenaje a mi destino amargo.
Cuando fui a ese lugar que simulaba
la blancura de la asepsia, me apoyé
en los hombros de una amiga;
sus huesos que parecían salirse, su
temblor, me mostraron que yo
la hubiera podido salvar, a ella,
y que al ceder a mi martirio
la condenaba conmigo. Pero ahora
mi tristeza relumbra entre las noches
y los mentirosos días. Después volví
a mi pieza a llorar como si el cuerpo
tuviera una extensión de lo que hago.
Íbamos sobre sombras que mojaba
la lluvia, pisando unos fantasmas
sin rostro. Si pienso en ellos
y en el coro que formábamos las tres,
me pregunto qué nombres, qué sexo
les hubiéramos puesto. ¿Cómo
enumerar eufonías y alfabetos,
genealogías y caprichos, cómo
hacerlo sin recordar la pesadez
de esa anestesia que llamó al secreto?
En una caja de cartón yo guardo
tres hojas amarillas de una planta
que arranqué en mi infancia. Ahí
había muerto una pequeña tortuga,
de hambre o de sed, sin probar
las hojas de la maceta: su condena,
¿fue mi ignorancia de la historia
natural o las especies cambiantes
de seres como yo? Ahora enmudezco,
entregada a un retorno quizá menos
casual, que no repite nada, callo
la intensidad de un acto al que mi voz
intenta desligar de mi memoria. ¿Supe
entonces que mi cuerpo era algo
más que sus oscuros mecanismos?
Dispuse una cesura entre mi mente,
que silenciosamente habla, y eso
que dejo de nombrar a cada instante.
Nada podía levantarse de mí, dentro
de mi abandono, huérfana que no
quiere dar a tenebrosos huérfanos
de sangre coagulada una luz imposible.
¿Pueden las amenazas, los estorbos,
peligros de una monstruosidad o de una ausencia
de deseo, explicar mi negativa?
No creí haber interrumpido, dije,
más que la misma interrupción. Pero,
¿entonces por qué callo, a qué
le temo en la mirada de una muerta,
que destella en los ojos de todos
como reflejo de sus propias fugas?
Me acompañó mi madre, su fantasma,
¿con quién fui, si no, a la camilla
de las despedidas, mientras sonaba
extrañamente una melodía alegre
de vivaces flautas, como pasos y saltos
de una sombra infantil que ya se iba?
Padres.
"El bauprés, la flecha, que anhela y se
abalanza,
el vuelo hacia un blanco cuyo designio
nunca conoceremos"
Derek Walcott, El reino del caimito.
Esos pájaros límpidos que ves
ahora iluminados por los rostros tranquilos
de las mujeres, uno oscuro, otro gris
y el último castaño, tienen ya
la forma de las vidas que la suerte
los hiciera elegir. Pero aún recuerdan
lo que vivieron antes, y por eso
siguen a las muchachas y se posan
en los hombros juveniles que la luz
del sufrimiento les indica. Dicen no
al lúcido dolor, aunque protejan
a las tres bailarinas de un enjambre
de abejas extraviadas: son las formas
que toman los recuerdos de sus actos, pero
también como a los pájaros les gusta
el sabor dulce del dolor olvidado
que cura en los mortales las heridas
de mis flechas. Ellas van hacia allá.
Por todas partes, donde mire, un duelo
cruel, el miedo, la imagen repetida
de la muerte. Desde aquel instante
en que una flecha oculta atravesara
el camino de mi aliento. Niños
ya sin corona, ya imposibles, flotan
mudos en un pantano que sólo yo
recuerdo. ¿Por qué sigo este curso
de dicha estéril, de solitaria danza
empecinada? Abandono este día
las sombras inexactas, buscaré
nuevas formas, objetos más precisos.
¿Dónde hallar, en qué ritmo,
los detalles de ese olvido? Ahora,
aquí estos tonos, aquí mi arte depongo.
Toda escritura, un pecado contra
uno mismo, quebrada la corteza
frágil de la paciencia. Le dije no
a la discreta posibilidad
de un nacimiento, un hijo
en el que nada vería descender, salvo
la repetición del nombre. ¿Y qué
otra cosa es escribir? ¿Por qué
negarme entonces a que mi vida
fuera mi obra y el olvido,
mi última meta? Miento, miseria
de la belleza inexistente, ausencia
de un deseo lo bastante intenso
para oponerse al aborto, más allá
de la sucia moral. Pero todavía sé
que quise, que anhelé, en mi quietud,
como un sátiro ocioso y apoyado
en un pilar celeste donde descansara
una perdiz, la libertad católica
de una perpetua desdicha. ¿Puedo ya
dedicarme a bailar mientras agito
furiosa, inconcientemente, una rama
de tirso? La gracia se va y vuelve.
Vine de un lugar demasiado lejano,
aislado entre personas que no se distinguían
casi de la inmensa llanura. Las calles
eran simulacros de las verdaderas, nada
tan diferente a lo que después vi
en un viaje intraducible. No formé
mi voz con libros de un encierro sino
con el deseo de huir. Un exceso
de posibilidades fue el principio
que me hiciera encontrarla, viuda
de letras amargas. Pero sonreía
en su anhelo como una estrella, imperfecta
de tan luminosa. Claro que su nombre
estaba atado a una remota infancia
y a una devastación. Ahora su voz,
que ya no escucho, cerrará el triste
círculo: lo que no llegó a ser
ni siquiera una cosa, ¿nos tiende hoy
el hilo de una trampa mutua?
Sueño que no sabe lo que es el dolor,
de otro modo no buscaría yo, artero,
de este artificio, la promesa inocua
de la variedad del mundo. Pues es lamentable
alimentar un dolor y no entender
el inmenso peso que transporta. Digo
que la fidelidad si revela un secreto
es más transparente que el cristal.
¿Acaso el ímpetu y cierta vanidad
por lo que creemos hacer otorgan
este manto de olvido que me cubre
y que carga con toda la memoria posible?
Sueño que las hermosas gracias
hieren la tierra con paso cadencioso.
Hay un cuadro de William Blake, creo,
sobre la piedad, donde una mujer pasa
volando en un caballo cubierto de telas
impulsadas por el viento, llevadas
contra el fondo gris azulado de una noche
sombría. Y en sus manos recoge a un pequeño
homúnculo, un ser miniaturizado
de bucles rubios que parece irse
con ella. Pero su mirada rauda
no mira ese cuerpo ínfimo que apenas
sostienen las yemas de sus dedos. Sus ojos
se dirigen a una mujer yacente, las manos
entrelazadas sobre el pecho, y cuyas cejas
se arquearon por el dolor del último instante.
Todavía la piel pareciera mantener
los colores de la vida y los pechos tersos
se asoman al final de una túnica
o quizá una mortaja muy tenue. Supe
que ese cuerpo pequeño y rubio era
un emblema del alma de la muerta. ¿Qué
me hizo pensar en un hijo que hubiera
observado y llorado en su cuerpo el acto
que ella no pudo dejar de realizar? ¿Dónde
está quien debería acompañar ese
resto
demasiado mortal? ¿Un niño devuelto
a alguien, tal vez yo, que se negó
tanto a la aceptación como al castigo
de las decisiones precarias? La fija risa
mundana de la belleza ya me abandona.
Y la tumba demuestra, falaz consuelo,
que es tan efímero el niño bajo la noche
como la hermosa madre rechazada, y yo
ojalá muestre un día alguna llama afirmativa.
Este árbol que parece transparente,
con hojas como sílabas pueriles,
no es de ningún idioma, ya su especie
no tiene nombre. Sólo esos frutos rojos,
que ves entre las ramas invisibles,
pueden tocarse. Cuando caen al piso,
hay una lengua que desaparece,
una red de hilos rítmicos cortada
para siempre. Los poetas que cuelgan
de sus telas ilegibles, de pronto
dejan los instrumentos que el arquero
rompió con una flecha. Y corren todos
desde esta loma hacia la cumbre aquella
donde les piden a las parcas, diosas
de la necesidad, un nuevo cuerpo,
otra lengua que los salve del fin
de todas las estaciones. Reclaman
el regreso del verano, algún fruto
que reproduzca la inútil presencia
de este enano arbolito del lenguaje.
¿O pretenden acaso la imposible
devolución del órgano extirpado,
como si a cada enfermo le doliera
el objeto podrido que alguien tira
sin siquiera mostrárselo? Las lenguas
muertas flotan como abortos deseados.
Llegaste ahora al patio de las diosas, la escalera,
que parece de mármol, te conduce
al lugar donde tejen
la ropa del destino, los vestuarios
de las sombras que esperan. Pero no
lo deciden por suerte, algo vacila
para que elijan siempre lo que son.
Aunque estés ciego, vas a ver
tras aquella ventana la materia
de unos hilos que nunca entenderás.
¿O crees que en tus frases
temerosas cabría el casual barro
de donde saliste para escucharme?
Tus dedos son inútiles acá, tu memoria
te hará ver la impureza de la imagen
frente a la vanagloria del idioma.
Me asomo por una ventana y veo
unas bolsas tiradas en un charco. Más allá,
el río escuálido de mi ciudad natal,
donde flotaron idénticas bolsas.
¿Qué hay en ellas, si no el aliento
encerrado de un pasado sombrío
o de actos cuyo peso nadie mide
aunque ya estén aquí, cayendo?
Flotaban como círculos de brillo intermitente
que rebotaran contra obstáculos secretos
del fondo verde y sordo sin posible piedad.
¿Qué son, si no las posibilidades
de ciertas líneas, de pronto detenidas
y devueltas, que acaso nunca salgan
de los bordes grasosos de esta corriente verde?
¿O una ventanilla de auto, empañada,
donde cayó de pronto una gota de sangre,
como si el vidrio fuera
el piso, una estrella perfecta
de transparencia roja? ¿Qué
es, si no el rastro de mi propia culpa
en actos que eludí?
¿Y no empaña hoy el vidrio
la clausura repleta de ese auto
de respiraciones intranquilas? ¿Por qué
el dolor que se niegan se hace mío?
¿Por qué yo puedo verme y también
verlos?
¡Oh tú!, sagrado, ven a los banquetes
festivos, pero tira por favor
lejos de aquí tus flechas, tus ardientes
antorchas extingue. Y ustedes canten
al dios, pidiendo en voz alta ganancias,
aunque en silencio o aun murmurando,
ocultas las palabras por el ruido
alegre de la fiesta: flautas, gritos,
pidan para sí mismos algún cuerpo.
Disfruten; ya la noche y las estrellas
son el lascivo coro de la luna.
Después vendrá, callado, el sueño,
envuelto
por sombrías alas, y los temores,
negros fantasmas de inseguro paso.
Huérfanos.
"Si las cosas ahora no van bien,
no serán siempre así:
en ocasiones con su cítara
él despierta a su musa silenciosa
y no siempre mantiene tenso el arco."
Horacio, Odas, II, X.
Las musas nos transforman, hacen
su casa con nuestros huesos, arquero,
y ramifican tu nombre. Sálvanos,
libéranos de estas piernas caprinas,
pues amamos unos ojos oblicuos
de alpaca verde sólo para recitar
la música que nos dabas. Llévanos,
o dispáranos y muertos volveremos
a saborear el jugo de tu arbusto
sagrado. Nuestro absorto sentido
perdió tu rastro, el reguero
que ensangrentó tus pies, en varias
partes repartido. No dejas huellas
porque caminas sobre las cabezas
de los que mueren o te desafían.
No bailamos aquí para un mortal,
ni siempre fuimos faunos infernales;
Sagitario, decile que se cuide, ya
brillan sus ojos cuando mira tu espalda
recorriendo este país de sombras. Muchos
poetas terminan desollados para luego
reproducir el ritmo de sus versos miles
de veces, golpeando con pezuñas,
garras, cascos o élitros, esa escansión
que siempre seguirán. Que nos den
otra suerte a nosotros, quisiéramos
corregir otra vez lo que hemos hecho.
Hacia aquel bosquecito te conducen
los pasos de estos tres alegres faunos,
que favorecen tu sueño y los brotes
nuevos de los árboles. ¿Soportaste
el azar, el evidente incumplimiento
de las cosas? Escúchalos ahora:
ya bastante te han dado si tus versos
son bellos, y aun si no son dignos,
¿para qué lamentarte? Mirtos plateados
te rociarán la cara. La belleza
es un vidrio tan frágil que se quiebra
apenas con el roce de una sombra.
Más profético soy que pensativo,
y estas plumas de rocío prueban
que no aprendí a mentir. A vos,
me decía un maestro, la verdad
te maltrata el estilo, ése es
tu defecto. Una vez quise mostrar,
no sé ante quién, mi fracaso de vidrio,
el himno cristalino de mi fragilidad.
No saltaban mis ojos como ahora
fuera de sus órbitas, ni el viento
me despeinaba así, no me reía
como una comadreja que acecha a las serpientes.
Fui a la estación de trenes; medianoche
era la única docena de mis días. No,
dijeron, ya salió con el sol blanco
de la llanura, que otra vez revelaba
sus chistes. Y percibí el rencor de los incultos.
Me encerré en una mónada perfecta
junto a los fogoneros relucientes, llegué
cubierto de carbón y caminé,
abandonando la locomotora, varios
miles de metros. Purgaba así
los saltos retenidos de mis versos
secretos, me libraba del peligro
de una prosa reptante y sibilina. ¿Pude
escapar de mi anuncio o recaí
en el mal del alegre excluido? Lo digo
sabiendo cuánto la gente agradece
un nuevo tema de conversación. Mi tarea
era la de entretener, encantar.
Si pudieras decirle al que te guía,
¿lo harás?, no quisiera reptar y menos
aún rumiar. Para las sombras
como yo, que buscan apasionadas
sin poder recoger nunca el tesoro,
"vagar" es la palabra que conviene.
Mortal, ya el doble arco de las gracias,
¿se apresta a castigar mi atrevimiento
con dardos venenosos y confusos
o marcará mi espalda la flechita
de la buena suerte? Que vos la tengas.
Señor del gasto y del arco de plata,
toca la cuerda que nos apacigüe,
dirígenos como a un coro de musas,
ilumínanos con tu pelo de oro y danos
algo que aprender, escucha las voces
suplicantes. Sabemos muchas cosas,
y aunque las diosas no nos dañaron, tampoco
nos hicieron jardineros ni orfebres,
para nada servimos ni tenemos
una técnica útil, pues somos tus esclavos.
En cada hoja de tu bosque escribimos
nuestras estelas póstumas, deseamos,
te rogamos que no las pisen nunca
tus sandalias brillantes. Aunque sé
que el otoño se lleva los secretos
que recitamos cuando el sueño leve
nos deja sin respuesta y no podemos
frenar el tiempo sino con la muerte.
Junto a un arroyo dúctil,
hay arena y en ella cuatro huellas
de pies descalzos: chicas
de manos con estrellas frías
todas a la misma altura del miedo
con que huyendo grabaron sus plantas
aquí. Me estoy citando
al recordar el pelo rojo,
destello en la pálida espalda,
como leído. Esta frente abultada
me hizo alzar la cabeza,
pero no tuve fuerzas, no corrí
detrás suyo. ¡Quisiera
hundirme en este arroyo y olvidar
toda mi vida!
Si alguien creyera en lo que digo,
pronto sería un mudo pez
boqueando; y es lo justo.
¿Es cierto que estoy aquí? ¿Es
tangible
mi tristeza? He visto mandarinas de luz
en cada objeto diurno; cada gajo
me cerraba los ojos. No era miedo
a la ceguera, que toca a los poetas
como una pluma venenosa
tras la flecha perfecta, aún escribía
leyéndome sin volver al pasado
de cigarra. ¿Sabías que Platón
dijo que eran poetas olvidados
hasta de sí mismos, cantando
toda su vida sin parar? Pero,
¿alguien escucha a las cigarras?
El que limpia y el simple, el acertado
guía, él escucha aun cuando
ya no oiga en nuestra lengua
su nombre. No lo dudes,
no pienses, imagina: esos bracitos
que otra vez tenderán
hacia vos su sed de inasequible.
En el campo, ¿sabés?,
hay una tumba coronada
por un niño de mármol italiano
que flota delicado como
una profanación de la planicie. Yo
estoy solo, soy un pequeño cíclope
tirando ramas de sauce a la brutal
indiferencia. ¡Qué importa! "Poetas"
en su idioma se dice igual que "huérfanos",
y si fuera cigarra yo querría
lamentar la muerte de los fulminados
por el rayo con lágrimas de ámbar.
¿Qué cabecita en corona, arquero,
decidirá el encuentro? ¿Se hará?
Ausentes, confusas memorias para nosotros,
pero en ellas infinita claridad de confines
que no tienen fronteras; al despertar las vi
a las tres bailando en las tinieblas,
como un regalo inmerecido del búho
siniestro del saber, y agregaban lágrimas
a las lágrimas del río, imágenes
a las figuras del sueño, letras tachadas
al libro de sus vidas que nunca, y en esa
eternidad escondida su reunión de gracias,
nunca se borraría, como el gasto
que no arroja sus dones donde implora
la indigencia: "¡Algo, que me dé!",
sino
donde el exceso mendiga todo. Hoy
el temor me impide levantarme en la noche,
y ni las plumas ni una colcha bordada
ni el sonido del agua serena podrían
conciliar mi sueño. ¿Es esto lo que oí
en mi desmayo: la risa de los faunos
y el paso presuroso de las musas?
No; sólo unos labios de mármol pintado
que recordaban: es corto, muy corto
el plazo de la belleza. Ahora sé que respondí
con mi pregunta. ¿Quiénes son
estos cuerpos sin nombre, estas posibles
voces que me das? ¿Qué olvidé
para desmentir con ellos mi próximo fin?
¿Por qué, oh inexorable, quemas tus dones?
Sus pies golpean las puertas.
Toda la estancia tiembla
como esta ramita de laurel.
Que se deslicen los pestillos, giren
las llaves por sí mismas. Chicos,
estén listos para cantar.
Crecerá quien lo vea, quien no,
se sentirá humillado. Arquero,
¿te veremos? Que los niños
hagan sonar sus instrumentos,
si quieren oír el poema
y ver su pelo claro. Los aplaudo
aun antes de escucharlos.
Silencio. El agua misma se calla
cuando sentimos el clamor que llega
y no lloran las piedras limpias
del arroyo. Contengan
sus gritos. Pero el coro
cantará más de un día, fácil
es el motivo, que cubre
la belleza con oro, siempre
joven, nunca tapada
por la sombra de la tarde.
Sus cabellos mojados
esparcen perfumes, dejan caer
gotas que viajarán
con el rocío hacia el sol.
Nadie tiene tanto arte. En su destino
están el arco y la poesía,
que adelantan o atrasan
la muerte. Él siempre cumple
sus promesas. Te llaman
compasivo, brillante.
En primavera, te ofrecen
todas las flores que se abren
con el rocío; en invierno,
dulce azafrán: en el fuego
que no se apaga nunca,
sobre las brasas de ayer
no se amontona la ceniza. ¡Cómo
te alegraste cuando en las fiestas
los elegidos bailaron
con las chicas rubias! No
habías visto un coro tan feliz
y tales raptos. ¿Me oyen?
Fiesta o entierro se asoman
cuando con tu arco muestras
tu habilidad. Bajo el vuelo
de tus flechas acuciantes, todos
gritaban sobre tus huellas: "¡Lanza
ese tiro de auxilio
desde el nacimiento!" Y entonces
te aclamaron. La envidia
puede susurrarte frases
que arrastran barro entre sus olas. Pero
le das una patada y dices:
"Sólo llega hasta el sol
el agua clara y limpia, algunas gotas
de suprema pureza." ¡Muy bien!,
y que la envidia vaya
tan lejos como el limo.
Naturalezas.
"Tras los ojos cerrados surgió y desapareció
una interminable sucesión de fantasmas.
Al cabo de un rato empezaron a adquirir
cierta forma. Una serie de flechas doradas
voló muy cerca y se alejó. Había
en sus puntas
jacintos de un profundo violeta. En los extremos
había orquídeas de diversos colores. Parecía
extraño
que las flores no se cayeran a semejante velocidad."
Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes.
Sufro
el fuego de tu miel oscura
y suplico inútilmente, nieve
recién derretida. ¿Dónde
la encontraría aquí, eterno verano?
¿Dónde podría tocarte? Sos
tan fugitiva, tan pocas veces
puedo verte reír. ¿Hablás?
¿Por qué no me contaste
el secreto que te hizo devolver
un posible triunfo? Y aquí estás
como un árbol delgado y solitario
cuyas hojas mastico
sin piedad ni saber. Aunque recibo
de tu ausencia el silencio que me impulsa.
Sola, en el campo, sintiendo
un aroma de naturaleza
en mí, feliz, expuesta
y atravesada por el viento siempre.
No me preocupa el pelo, ni quiero
a nadie. De plomo son
mis pasos. Pero él ya me había
visto y su deseo le daba
nuevas esperanzas. Miraba cómo
caían por mis hombros los cabellos
sueltos. Ve en mis ojos
brillar oscuros carbones que quisiera
encender; ve en mi boca
dibujados besos; piensa
en la delicadeza de mis dedos, la forma
de mis brazos moviéndose; imagina
cuánta belleza escondería mi cuerpo
vestido. Corrí, no lo escuché
cuando me dijo: "Esperame, por favor,
te persigo apresado, me duele
tanto tu fuga. No te voy a causar
ningún dolor, ni quiero
ver tus piernas marcadas
por las espinas que pisás. Te pido
que parés y sigamos lentamente.
¿No sabés de quién te vas? Soy
yo,
hago cosas nuevas que aún desconocés.
Disparo con acierto, aunque más grave
es lo que al verte me hiere. ¿Por qué
no podré nunca curarme de tu
cuerpo, de tu movimiento?"
Para no oírlo, seguí
corriendo, dejé que sus palabras
quedaran inacabadas, y para él
más hermosa aparecí. El viento
apretaba mi ropa, hacía vibrar
mis muslos y estiraba
hacia atrás mis cabellos, toda
mi cara brillando al irme. Él
ya no soporta perderme, espera
tenerme un instante, rastreando
cada una de mis huellas leves. Pero
sentía incansable su velocidad
en mi nuca esparcida. Rogué
entonces que mi vida fuera otra
y apenas me callé, me fui haciendo
más lenta, se endurecieron
mis senos ceñidos por una
tenue corteza, mi pelo
se dispersaba en hojas coriáceas
y oscuras. Me detengo, pues mis pies
ya son raíces y mi cara
se diluye entre las ramas, sólo
quedó en mi forma el brillo
de la piel. Al fin, sin frenar
su amor, él me concede
que nunca mi copa se marchite.
Haces lustrosos, pálidos reveses
y en primavera racimos de flores blancas,
para que el sol resplandezca
sobre mí sin tocarme.
Esa flor que repite allá en el borde
del bosque: no te olvidés de mí, no
tiene colores más leves, más claros
que el espacio creciendo entre nosotros.
¿Cómo un yuyito puede
producir tales miniaturas
de perfecta belleza? Acaso,
como lo que hicimos, sea
una compensación por sus espinas,
o acaso su florcita
azul, brillando sobre el verde
húmedo, esconda
secretas fallas, ínfimos
dolores de pétalos incompletos.
Pero aun así repite:
no me olvidés, no dejés
de protegerme con tu sombra esbelta.
De pronto, vimos ante nuestros pies
una esbelta flor rosada,
con tenues puntos purpúreos. Máculas
de la suerte, pensé, en lo natural.
Cuánto podía durar la puntillista
inscripción ahí. "Te diera el cielo,
dijiste, si el tiempo no
se hubiese ido cuando a la primavera
siguió el verano: tantas veces
naces en el verde césped
y floreces, pero no son mis flechas
honradas, se agitan y desvían
en el olvido. Tampoco me negué
a acompañarte, incitando un deseo
de seis días, de ansiosa prisión
ya en tus ojos y en tu pelo de sombra,
cuando el golpe cayó sobre tu frente
y mi tristeza." Las nubes se van
con el peso del día. Apresurado
a lanzarse, el deseo rebota
contra el aire y vuelve
hacia el pálido rostro. Ya el arquero
recibe la caída de su cuerpo
y en vano lo reanima, seca
las heridas e intenta detener
la fuga de su belleza
con las permeables manos. De nada
sirve, como esta flor
quebrada por el sol doblaría
de súbito su débil cabeza, inerme
mirando la tierra con su corola,
así yacía el rostro moribundo, despojado
de fuerza y recostándose
en el hombro brillante.
"Defraudado, dijiste, de tu niñez
te mueres; pero veo en tu herida
delitos míos, mi dolor; en tu fin
mi mano debe inscribirse, soy
el autor de tu huida. ¿Cuál
es mi culpa, sin embargo, si no
haberte amado? Ay, si pudiera
devolverte la vida ante esta ley
fatal. ¿Te unirás a la memoria
de mis labios? Falso consuelo
de versos: cada año imitarás
con un escrito mis lágrimas, leídas
en los pétalos suaves de esta flor."
Vi entonces correr sangre por el suelo
marcando el pasto, deshaciéndose
y con brillo escarlata subiendo
hacia los pétalos como de lirios
insólitos, y en ellos vi
unirse los puntos más oscuros
formando siempre la misma
sílaba, AI AI, y se trazaron
las letras siempre funestas. "Seis días,
escuché, en la sombra de una luz."
Si a mi mano acudiera, no tan débil,
la perdida figura que una frase
de Alejandro dibujara: la caja
llena de agudas flechas, ¿sentiría
al deseo levantarse y arrojarme
su lento rayo de ojos que olvidaba?
No puedo ahora rayar ni raspar, fijas
en mi retina, las frágiles piezas
que componían su cuerpo. Mis dardos
como versos persisten alineados
en la costumbre de medir contando
el espacio entre el azar y el incierto
movimiento. ¿Por qué los puntos límites
de mi imperio se enfrían o se encienden
sin aviso? Parece confirmada
la suerte que al final deja escapar
su cara adversa, y escucho el vacío
del cántaro resistente y cerrado.
Sin túnicas, sin ropa, como salieron
del seno materno, aunque lleven
ahora lazos y vestidos coloridos,
masajeándose incesantemente el pelo
con cremas aceitosas, vengan
y pongan sus manos todavía untadas
sobre mis versos para que vivan
muchos años sin mí. No me conviertan
en parte muda de este bosquecito
donde corren sus lágrimas, ¿pidieron
que fueran infinitas como las del niño
enamorado de un animal doméstico,
pero amado a su vez por el arquero?
Era un ciervo, cuyos largos cuernos
de oro brillante daban sombras
oscuras. Dicen que tenía perlas
y colgantes medallas de plata,
que sin temor visitaba las casas
y se ofrecía a las caricias
de los desconocidos. Pero sólo él,
la agilidad de su cuerpo, lo guiaba
a los brotes recientes de pasto
y a los arroyos más dulces. Niño,
vos ponías flores entre sus cuernos.
Y un verano, al mediodía
cuando la tierra hierve, el dócil
ciervo se acostó bajo un árbol
frondoso. Jugando con un arma
asesina, lo mataste. Supiste
que nunca el azar puede eximir
al culpable. "¡Quiero morir, quiero
llorar eternamente!, dijiste, ¿cómo
ver el fin de mi ignorancia
enferma y al mismo tiempo
pagar el precio que el dolor me impone?"
Regalo supremo que tu amante
más triste que vos, inexperto
niño, más avezado en perder
la belleza de un cuerpo con cada
estación, te brinda. Ya
el líquido de tu vida se va
entero en tus lamentos, se vuelven
de un raro tono verde
tus brazos ligeros y los bucles
graciosos que caían
sobre tu frente blanca se hacen
follaje sombrío. Él mira
cómo empieza a endurecerse
tu figura y se estira
apuntando hacia el cielo. Cuánto
se parece su tristeza a tu nueva
forma, para que él diga:
"Siempre te lloraré, árbol
joven, testigo del error, y también
a todos los culpables, mutilados
por dañar sin saberlo
a quien más deseaban tocar, tú
asistirás a los dolientes, lágrima
verde proyectada sobre el luto
de los visitantes nocturnos."
Entre los grupos de alargados árboles
bailaba un fauno, llevando
en la mano un pequeño ciprés
desarraigado. Tal vez protegía
el silencio del campo, alimentaba
a esas plantas que brotan
de nuevo sin ninguna
siembra. Oí que su presencia
era una larga lluvia. Quise
pensar que era un alivio, aun
si inventado por huérfanos
lejanos, para los que vagaban
por estas lomas repartidos.
Ya cerca, dijo: "Puede
llamarse feliz o fecundo aquel
a quien las plantas le contaron fábulas
siguiendo las huellas de algún caballo
fogoso. Hasta pronto y seguí
tu camino. Yo ahora
me iré sencillamente
por la pradera que parece abrirse."
Escribo para los que escuchan
el canto agudo de las cigarras
y no el estrépito de los astros.
Tomo mis gotas de rocío
del aire y sacudo mi ropa cuando
se vuelve pesada. En la vejez,
¿no me dejarán solo mis versos
demasiado justos, pues nunca
los miré con ojos oblicuos?
Los poemas no son más que sueños
hasta que se perciben sus efectos.
Están cerrados los ojos del cielo
y la noche oscura oculta el oprobio
que sigue al goce. En el sueño no hay nadie,
sólo algo de ajeno dolor. ¿Soy
un animal, una piedrita,
una rama agitada? ¿Qué es un árbol?
Baudelaire pedía la gracia fácil
de escribir unos versos que probaran
que no era el último. Y yo subo
a la hora de la siesta a las copas
gigantes de los plátanos: lo imposible
no entra siquiera en el sueño furtivo.
¿Por qué tan favorable travesía
para el rápido curso
de una persecución? Una cosa
perdida busca un nombre perdido,
¿y encontrará su posibilidad
tras los instintos de insensato aborto?
Soy rico, mi brillo ciega y excita.
Como un delfín o un cisne me deslizo
constantemente y florezco sombrío
en los bosques húmedos. Por las cuerdas
de mis armas continuas, resinosas,
paso el barniz también de las ciudades.
Pero puedo curarte, oíme, salvo
que no quieras ser sano, yo prefiero
comidas abundantes y poemas
ligeros. Seguí la ruta inusual,
no pongas tu auto en las huellas de otros
ni sobre el camino ancho; seguí
tu propia estrechez, aunque parezca
una condena. Ya mis flechas
te indican el reposo y todo vale
en la espera inaudita de la gracia.
No hago más que extender con mis estrofas
el efímero encanto y la atracción
de tan agudos pero cortos pasos
como el deseo de un niño da
fácilmente, agradando o provocando,
para recibir una respuesta sin secreto
ni demasiada importancia. ¿Buscaba
oír la lengua muda y dolorosa
de las plantas apenas sensitivas, o
asistir sólo en ellas
a las escenas del fin natural
que nadie conoce? Nos corresponde
la naturaleza de romper
con su mudable despliegue, masticar
hojas crujientes y medir
la lentitud de los días o el hueco
de las noches. Así los seis deseos
ejecutaron tres mínimos destinos
con implacable impaciencia y dieron
blancos puros a tus flechas
límpidas y tan certeras
que esquivarlas hubiera sido en vano.
No quiero decir tu nombre, aunque te llame
Sagitario, como si tus flechas invisibles
fueran las de un centauro dibujado en el cielo.
Sé que negarme a pronunciar tu pálida
aparición de sílabas en un idioma ajeno
es empezar a escribirla. Espero verte,
cuando el sueño me brinde las palabras
que mis amigos condenaron al silencio
con su mugido misterioso al recibir
tus disparos. Sí, sólo eres uno,
y sos el que dispersa multitudes,
¿quién, si no, corta el aire del instante
en que algo muere? ¿Quién me dará
una voz
o una cadena de voces escritas,
para que tu cuerpo azul brille de nuevo?