Hoy
no nos vemos.
Cuando nos separamos ayer
las nubes ya cubrían el cielo
y se levantaba la niebla.
Alto,
muy alto,
pasaban unos pájaros,
y de su vuelo,
en el aire
no quedaba ningún rastro.
Echaba
mi abuela
el Fluido Manchester
en las rejillas
para que arrasara
-el líquido arrasaba-
con la melancólica sombra
de cucarachas y hormigas.
La porquería,
decía ella
que se llevaba el fluido
y auras ocres señalaban el lugar
donde había sido derramado.
(Alguien dijo:
Si la memoria no nos contiene
nos derramará el olvido).
Un
perro de aguas,
después de tu partida,
ladraba a los autos.
Nadie pudo entender
lo que advertía.
Ví
tu silueta
ayer tarde
cargada de libros
-calle abajo ibas-.
Llevabas gruesos libros
de los que ya no se leen.
(Al azar
habías abierto
una página
para leerme
que debiera cuidarme
hasta de mí
misma).
Pronto
tu silueta
se volvió oscura
y partió la niebla
como los pájaros
que vimos esa tarde,
y en su vuelo
habían partido el aire
en bandos iguales.
Caminé, apresurada,
detrás de tus pasos,
pero la niebla
no guardaba dentro suyo
nada de tu rastro.
IV.
Es
el insomnio:
la noche se vuelve petulante.
La pantalla azul
vibra
permanece azul
y sus signos no me significan
ya
nada.
Libros como luces
junto,
debajo de
la cama.
Nadie los toma.
La
vecina ha dicho en el día:
"Cuando me casé pesaba 49 kilos"
y hoy 83 es la cifra.
El pasado urde lazos,
y uno nunca se despereza.
Digo
es el insomnio
y mañana voy a arrepentirme.
Igual,
yo estoy hecha
al arrepentimiento.
Mi pie pasa un puente
de hilo.
Filosas
siluetas gatunas hay fuera.
Hay remembranzas.
Uno
piensa y piensa y piensa
y nunca existe.
La noche se cierra
en círculos
como una cuerda.
Los
teléfonos jamás suenan en la noche
aunque los pescadores pescan.
Mañana
el sueño y su falta
pesarán arena.