I
Para entibiar
las manos
del invierno
LA CASA.-
Sabor de domingo impregnando paredes.
La madre acaricia cúmulos de tibia nieve
sobre el rústico roble ennoblecido de panes
guardando secretos en el transparente vientre de la
harina
mientras el olorcillo se expande por los corredores.
Es madera quemándose sobre las piedras del fogón
y el regazo de la noche dormida entre sus brazos.
Es el antiguo silabario de insomnes eucaliptus
sosteniendo la estructura vegetal y el amaranto de las
tejas,
la ventana de postigos rotos en el parloteo
de las comadres del barrio
comentando encuentros de la última novena.
En fin, luminosa sombra, donde enamorados estrechan
pálidas promesas.
La casa se desliza por senderos de remembranza
como un grano de café tostado por el padre, en
la jarra de leche,
para entibiar las manos del invierno.
EL PADRE.-
El ojo enmudece tras la ventana.
Escudriña la eterna quietud de los instantes
en la lumínica faz de astros diluidos
a la sombra de la noche.
El oído se dilata escrutando los pasos de la
espera
donde estrenan sus voces somnolientos duendes de la
angustia.
El jarro de vino enfría su esencia
derramando aromas en extraviadas instancias del ausente.
Oscuros pájaros desordenan signos del horóscopo.
Hay siete cambios en la luna
acomodados sobre la mesa puesta de malos augurios
y la mujer solo tiene el cabello de su hijo
para acariciar la esperanza del regreso
enredado en faroles ciegos
que ni siquiera alumbran estas polvorosas veredas
en que los pasos del padre dilatan el infinito círculo
del cansancio.
TERTULIA.-
Tiempos ocultos sumergen la piel en los temblores del
cirio,
en cada parpadeo, en cada sombra,
en cada enmudecido hálito que horada la puerta:
cenizas del bracero, levantan el vuelo,
pequeñas moscas grises alrededor de la humeante
tetera.
Me pregunto qué habrá sido de las aves
mágicas,
nocturnas visitadoras
del fogón paterno, del tazón de aluminio
humeante,
de las palabras impregnadas de sortilegios
dichas suavemente como si fueran monedas de un perdido
tesoro
que debían acallar su voz para no despertar espíritus
de fantasmagóricos guardianes.
Un aullido levanta los ojos de la tertulia
y el canto del mate en las manos de la madre se hace
más triste,
corolario perfecto para despedir la velada desbordante
de fantasías
y de augurios.
EL HUERTO.-
En la tarde del patio madura un verde silabario,
donde los pájaros
y la hierba doméstica inscriben sus nombres
adormecidos en los murmullos de mi madre
y las viejas canciones que canta
rasgueando los arpegios del agua.
Un instante se detiene en el oscuro fondo de la memoria.
Una fotografía cuelga en la pared del tiempo
mientras los sueños desmoronan el alba.
La sombra de los pájaros ha seguido su vuelo
hacia infinitos círculos interiores
porque el tiempo acalla los cantos maternales
y el oído se prolonga en vano
tras la verde armonía.
del agua.
VEREDA.-
Sueños ocultos pueblan la vieja vereda.
Sucesivas visiones descuelgan
la argamasa de paja y barro,
sumergida en taciturnos adobes
donde la últimas golondrinas despiden el verano.
En el portal entreabierto
fantasmas del futuro acuden con su eterno silencio
de infancia.
El tiempo es un pájaro azul que vuelve en primavera
para anidar en los tejados.
Allí estará las venideras estaciones
aunque el vuelo no trice el espacio
como a un gastado espejo
en que fueron acumulándose ensoñaciones
hasta quebrar el cristal y las imágenes.
II
En algún rincón
De la memoria.-
PRIMER VIAJE AL MAR.-
El obturador del ojo se ajusta a la distancia.
Un cordón de montañas fija transparentes
límites a la tarde.
Primer viaje al mar, aventura desgranada
en los secos valles de Quirihue.
El destartalado camión repleto
de verano y polvo
entre un oleaje de trigales maduros.
El canto viajero termina por despertar la mañana
equilibrada en el áspero lomo de la senda.
En la ventana que mira hacia el pasado, hualles y robles,
rasguñan las gastadas cuadernas de este mítico
velero
indiferentes a la tristeza de los avellanos que inventan
planetas,
diminutas galaxias vegetales orbitando a la vera.
El cansado párpado del asombro
guarda el paisaje de la espuma rompiendo brumosas arenas
en esta vía que cruza montañas hacia el
mar de Cobquecura.
FINAL DE VACACIONES.-
Amanece domingo sobre los sauces.
El río humedece los deslindes del cielo.
Camarones pluviales
se columpian al compás del agua.
La piedra rebota dando tumbos
en la superficie chispeante
- seguro que fueron mas de seis- sonríe el improvisado
artillero.
El sol avanza. A su paso todo madura:
los peces, la piel, el verano
y las ojotas de Francisco que ayer eran
un pedazo de llanta.
La grupa del caballo descansará este día
de paseos por lomajes y cerros
allá en las Delicias,
en la Cordillera de la Costa, cuyas montañas
fueron deshaciéndose de puro viejas,
como el último día de estas vacaciones
en algún rincón de la memoria.
MEMORIA
Serpiente de plata desnudándose,
en medio de los cerros.
Un caballo de larga tusa espanta
moscas con la cola.
Amantes ocultan sus caricias
sumergidos en la parva de trigo.
El
aire hurguetea entre mis ojos
buscando deslindes de un nuevo universo
donde arrancar una pluma a los cernícalos
que se paran en el viento.
No hay palabras nuevas
para sorprender el vuelo de las codornices
ni para el viejo gato que duerme en el tejado
sin importarle los gorriones que hacen nido en el alero.
Carreta enquinchada salta en las piedras del camino.
El sol besando mi sombra.
Canción sumergida en el concierto silvestre.
Saeta emplumada cruzando el espacio.
Perfil del cerro recortándose en página
azul.
El mundo redondo de mis pupilas.
Coloquio con la brisa al atardecer.
Sombra que se expande como mancha gris.
El sueño refrescando la memoria.
A VECES.
A veces la soledad llega por las calles del pueblo.
Un poncho de castilla, donde la llovizna se ha posado
como pájaro perdido en medio del invierno.
Oscurece la ventana de la última cantina.
El viento cuenta el nombre de los amigos que se fueron
tras el funeral de la fantasía
entibiando la copa con sus propias manos.
Tal vez jamás volverán a revivir las ilusiones
fugadas en el relincho de la escarcha
que ha detenido su galope
en los portones donde susurramos algún
poema a las muchachas.
La soledad
se ha ido marchitando en la botella
sin que nadie inventara un brindis de despedida
a las tardes de estío
cuando fuimos de la mano buscando el sonido de las hojas.
Ha llegado el tiempo de pensar en nosotros mismos.
De volver con un ramo de luciérnagas
por las calles inundadas de silencio.
Los charcos se acercan un poco más al cielo
en el luminoso reflejo de la luna.
Es momento de volver los ojos hacia adentro
revisar perfiles de piel endurecida,
instante de beberse el cielo alcohólico de olvido
y amanecer embriagados de recuerdos.
PALABRAS DE MI PUEBLO
Las palabras de mi pueblo son simples,
como saludo cotidiano florecido en las veredas.
Emergen en ramos invisibles desde zonas profundas de
la vida
en paredes de adobe terrestre
en la mano abierta de amigos
que llegan a saludarme.
En el sonido de la tierra
recién abierta.
Las palabras de mi pueblo no se agotan en áridos
senderos,
aleteo de tórtolas en la mitad del verano
cuando intento concentrarme en un poema de Teillier
bajo el susurro de los pinos.
Elocuentes, desnudas, aliento tibio del estío
pan recién amasado inundando de aroma la vieja
cocina
vertiente frondosa de sangre común
emergiendo entre el polvo de gorriones callejeros
y el ala enmohecida de las tejas.
La noche cierra ventanas en mi pueblo natal
pero el amanecer se abre prístino en voces
madrugadas de rocío.
SABADO DE FERIA.-
Sábado de feria en mi pueblo natal.
El Arcángel viajero abre las puertas del amanecer.
Rocío mañanero inunda el firmamento.
Un rito asume la herencia de los antepasados
en los mismos pasos de siglos.
Aroma de cansancio brota humeante
de una jarra de negro trigo.
Los pájaros de la noche esculpidos
en los cercos
asoman su canto lúgubre
que se pega a la piel.
No hay prisa.
La noche se ha detenido en mitad de su oscuro corazón
y en los últimos carreteros
perdidos en albores
del polvoroso rostro de los caminos a Quirihue.
SENDERO
.-
El sendero se diluye
entre las últimas miradas de la tarde.
Nadie soporta mis paseos solitarios
ni mis caminatas bajo el sol del estío.
Una estrella me habla en su vocabulario luminoso,
allí duermen todas las respuestas a mis desvaríos.
Al entrar al pueblo reirán de mí.
Comentarán en la mesa del bar, al extremo de
la calle,
que los estudios han atormentado mi cabeza.
Preguntarán por qué no prefiero
acomodarme sobre un banco de la plaza
y acariciar las manos de la joven con quien se me ha
visto
en el último baile,
conversar con los ociosos de siempre alrededor de una
cerveza,
jugar fútbol en el patio de la escuela y mojarme
los pies
en riachuelos que el verano no ha secado,
o recoger alguna piedra
que al final desperdicio lanzándola al vacío.
Sin embargo, vuelvo con pies adoloridos
por esta huella perdida en la distancia
para reencontrar un poco los pedazos de mí mismo.
III
La huella
de los sueños
VIEJO TECHO.-
Alguna vez la noche se detuvo
bajo el viejo techo curvado de polvo
y olvido.
Desde la almohada, mi brazo se hunde en la cascada
de tu pelo
jugando a descubrir un velero que escapa
entre tablas barnizadas de abandono
como si fuera un ángel en vuelo
desnudo, como tú misma,
que apenas cubres el rostro en el vaho febril del aliento.
Agotados maderos nos hablan en voz baja
Cuentan historias de antepasados.
Un temblor se asoma a la piel cuando desciframos juntos
el significado de la ausencia.
Hemos dormido bajo el viejo techo.
Ahora un nuevo diccionario abrirá las cortinas
del amanecer.
PRIMERAS LLUVIAS
Las primeras lluvias
llenan la copa extendida de los caminos.
Anuncio de nuestro propio invierno
estremecido en el espejo de los charcos.
Paso a paso entre las vides preñadas de marzo,
estrechamos como a un niño palabras
que se nos fueron cayendo de las manos
como esferas transparentes de un racimo.
La emboscada fue perfecta para dispararme tu adiós
entre el bullicio de los treiles
y el cuchillo del viento atravesando mis pupilas.
El estoque final cayó como un relámpago
cuando sentí en mi boca tu sonrisa.
No hubo drama ni despecho en esa despedida.
La llovizna cayó disimulada
en el adolorido semicírculo de los párpados.
Nada supiste de mis lágrimas
diluidas en las primeras lluvias de ese otoño.
LA
CUMPARSITA.
Ir y venir en torno a las palmeras de la plaza.
Desde la cercana fuente de soda un parlante
lanza a todo volumen la arrabalera voz de Julio Sosa.
Una muchacha silenciosa camina a mi lado.
Tal vez ella ya me habrá olvidado
como habrá olvidado el calor de mi mano,
el sonido de las baldosas sueltas
y la melodía incomparable de La Cumparsita
porque a ella no le gustaban los tangos.
Pero algún día este poema habrá
de llegar a sus manos,
metáfora del olvido hurgando en el recuerdo.
Cortinaje de lejanos escenarios que abre las luces del
tiempo
y asoma con aroma de añoranza y soledad.
Entonces, cuando turbada su vista
no perciba la distancia entre ayeres y mañanas
sus pasos y mis pasos se deslizarán a su oído
en los arpegios inconfundibles desta melodía
OJOS AZULES.-
El valle del Coiquén se adorna de cielo
allá en San Antonio Abad de Quirihue
los domingos después de misa.
El ritual de la monotonía despierta palomas
en manos del sacerdote
con su plumaje repleto de bendiciones.
A la salida, otro ritual
inunda de huellas y rincones las callejuelas de la plaza.
Azules pupilas desbordaban de encanto en mediodía
sin que nadie demuestre asombro.
Era tal vez, el destello del sol contra el mineral
de algún guijarro o el instante en que un ángel
ha rozado el borde de las dimensiones terrestres
con su ala de gorrión asustado
por los tres golpes de la última seña.
Era el color del artista perdido en el firmamento de
su óleo cotidiano.
El océano agitado por las manos de la madre
cuando la camisa se sumerge en las profundidades
de la artesa.
Ráfaga del estío tiñendo todos
los instantes
fugados desde el fondo de los ojos.
PARAISO.
La tarde nos sorprendió desnudos en el Paraíso
acariciando la jugosa manzana
que tanto dolor de cabeza ha traído
desde que nos marchamos por el sendero del bosque
a vista y paciencia de todo el mundo.
Pobre de ti, amada.
Los rumores llevaron tu azotado cuerpo
por la dolorosa vía de la amargura.
Vestías las llagas de la insidia
y los lirios que adornaban tus cabellos
tornáronse agudos cardos
cuando presentimos creación y muerte
conjugarse el mismo instante.
Tu madre y mi madre guardaron respetuoso silencio
pensando que nos habían perdido para siempre.
Luego bebieron toda el agua bendita de la Iglesia
desbordando el altar de padrenuestros.
Todo fue en vano.
Los dioses fuimos nosotros mismos
desvestidos árboles de otoño,
templos de consumación y letargo.
Desde allí trenzamos vuelta a vuelta
los hilos de sangre,
vertiente cálida en el océano paralelo
de los vientres,
alimentando desesperadamente la afiebrada boca de los
cáliz
hasta romper la voces en una lluvia de silencios
y volver
a la quietud del amor y el Paraíso.
ALGUNA VEZ
Alguna vez fuimos únicos habitantes.
Todos habían seguido la huella de sus sueños
El pequeño círculo de la Tierra nos pertenecía.
La Osa Mayor descendía luminosa entre el follaje
de tu selva.
La Cruz del Sur derramaba puntos cardinales alrededor
del ombligo
para que mis labios no se extraviaran en mitad de tu
cintura.
Mientras tus párpados desbordaran amaneceres.
El olvido al final venció la noche.
Entonces también me fui tras ellos.
Polizonte del primer barco de papel
que naufragó en un charco de primavera.
He seguido sólo acompañado de la ausencia
Para juntar los meridianos de mi espacio
desordenados por la lluvia que me enviaste por correo.
Ahora debo echar al olvido que casi fuimos nuestros
y nos besó el otoño a la misma hora.
Dejar que el humo del cigarro se lo lleve el puelche
porque los astros de la adolescencia se apagaron definitivamente.
SI AUN ME RECUERDAS.
Si aún me recuerdas bajo una lluvia de verano
cuando el olor de tierra recién mojada
resulta una contagiosa enfermedad que afiebra la memoria
habrás sabido por tus amigas de siempre
que el pequeño banco de la casa solitaria,
donde contábamos historias
fue arrancado sin consideración alguna
a los rituales de piel impresos en anillos de la vieja
madera.
Alguien te habrá dicho que al anciano,
espía de nuestros desvaríos,
se lo llevó la pulmonía alguna noche de
Julio pasado
y que desde entonces todos
hemos sido un poco más viejos.
A estas alturas ya no recuerdas las estrellas de Orión
ni el lugar de las Pléyades
ni la posición de Venus en el Cuarto Menguante.
Pero el olor de lluvia recién nacida
y el canto de los grillos bajo la noche planetaria
devolverán mis juramentos a tu oído
en el banco de la casa solitaria,
aunque en la próxima primavera no hayas regresado
al calor del fuego que encendimos juntos.
IV
Regresar
algún día
NUNCA LA SOLEDAD
Nunca la soledad fue más densa
que en esa madrugada
de mudas palabras
cruzando a tientas irremediables umbrales
del destino.
Francisco carga el equipaje
entonando su ranchera favorita,
un estribillo para espantar la pena
adherida al paisaje del adiós
y al tiempo oculto
en los repliegues de la infancia.
LA
PARTIDA.-
Gastado equipaje sacude el polvo de años.
Cronos dispuesto a lanzarnos un zarpazo
en el instante menos esperado.
El oído percibe el postrer tañido
que nos despide desde el pórtico.
Ajetreo de la madre
en la puntada final al traje
de esta niñez escapada en medio de la noche.
Todos jugamos
a dejar de ser un poco los que éramos
buscando afanosamente la huella del próximo paso.
Obviamente mañana será otro día.
Los ojos de la madrugada sacudirán húmedos
pañuelos.
ARCOIRIS.-
El sol mira de reojo
los últimos montes del ocaso.
Mudos de asombro
los relojes acumulan instantes extraviados
en surcos del huerto
junto a los naranjos.
Entre mis manos tengo un sueño que he olvidado
y lo derramo bajo el agua de la lluvia
para que no salga cierto.
Dicen que a pesar de todo mañana habrá
buen tiempo
mientras dibujo un arcoiris en el espejo.
AUSENCIA.
El día muere ahogado de planetas luminosos.
La copa del ausente desborda añoranza
sobre la mesa recién puesta por la madre.
Una sombra derrama desventuras en rincones
del patio
donde la hierba oculta pequeños tesoros de infancia.
Volver al punto de partida.
sentir una presencia dar vueltas y vueltas
y la copa diluirse
en los cristales de tibias imágenes
como si fueran extremos de la misma cuerda.
REGRESAR
ALGÚN DÍA
I
Gastados paisajes dibuja la memoria.
Vetusta silueta del Coiquén
el gran seno, amamantando casonas
apretadas a sus laderas, niños
somnolientos en brazos de su madre.
Las veredas me despiertan a media noche
contándome los últimos chismes al oído.
La niña se vistió de nieve esperando el
compromiso
de su amante
escondido en portones entreabiertos silenciosamente
después de la novena de María.
La cazuela regada de mosto en casa del viejo Pedro.
Los tejados se oxidan lentamente
y nadie advierte como crece la hierba.
El gato romano se echó a dormir sobre las tejas.
Los gorriones se posan sobre él
con licencia de ángeles domésticos a quienes
el otoño
no cambia el color de su plumaje.
Tal vez el caballo ha sanado de su herida en el lomo
y en la primavera pasada la holandesa
haya parido un nuevo ternero.
II
Regresar antes que llegue definitivamente el progreso.
Alguien debe definirme el significado de las palabras.
Soñadores que escriben poemas en el aire
y pintan noches de verano con letras luminosas
reinventarán mi antiguo silabario de panes y
estrellas.
De amaneceres y vino, de cantos y silencios
de portales adornados por besos
de una niña perdida en la distancia o de aquella
que aún sueña con un continente solitario
donde pueda tender
el mantel de su mesa.
De la tierra seca florecida en manos de mi padre
en que no era conocida la presencia del olvido.
En fin, volver antes
que caiga la tercera seña de la última
misa
de ese domingo de invierno
que me sorprenderá escribiendo una carta a la
lluvia.
SUEÑOS
INCONCLUSOS
I
Sueños
inconclusos anidan el cristal
de los ojos.
Pájaros dormidos rondando sombras
sobre el perfil de un bosque imaginario.
Todo
fue en su tiempo y en su espacio:
visiónes
y vuelo alucinado
en medio de la humedad vegetal del silencio,
tu voz rozando mi piel
o el viento
quebrado en el vientre del granito.
Me
pregunto:¿ que ha crecido
en medio de tantos amaneceres
descolgados de la noche?
Apenas
una brisa,
donde remolinos ocultan hojas muertas
y palabras abortadas
en el umbral de tu boca.
II
Un aguacero inunda veredas interiores.
La
ciudad ha penetrado por mis venas,
permanece oscura bajo la lluvia
mientras observo
el regreso a tus propias estaciones.
El
reloj atrapa tu rostro
y marca la inmensidad de los instantes.
Una
oración florece en mis labios.
Escojo
un último deseo,
cenizas del tiempo
empañan tus ojos
III
Al caer la tarde
fantasmas del recuerdo bailan
en el centro del pecho
con su ruido de huesos secos
golpeando las venas.
No
ha de volver la transparencia
del agua
a quemar la carne,
ni el pétalo de tu piel
a consolar mis manos
escarchadas.
El
fuego se consume asimismo,
prolonga en el aire
la esencia sutil
que al fin se diluye
en el vaho de los cúmulos.
IV
La razón extravía el sentimiento
en el estruendoso latido
del adiós.
¿En
qué recodo del camino
habitarán las palabras
que nunca dije?
Ahora
tu oído no me alcanza.
El
canto del río
se desnuda entre las hojas
como si fuera único habitante,
y el alado pez
rompe el cielo atado a su cintura,
una sílaba estrujada
en la vertiente de tu seno desbordante
de semillas y pájaros.
V
Nunca estuve allí donde la muerte
cantaba su canción de despedida.
Estuve
a la vuelta de la esquina
buscando en la mano
de una gitana ebria
los golpes de suerte que ataran
tu destino,
tal vez fue preciso el sortilegio
de una moneda de oro
que nunca tintineó en mi bolsillo
anunciando tu partida
de nuestro territorio
donde quemábamos alas
bajo el agónico farol perjuro testigo
de mi avaricia.
VI
El
cielo se desangra desde la altura
de tus párpados.
Puedo ser un náufrago derritiendo
bajo el sol
la silueta del cansancio
en medio de este océano
desprendido de mis venas.
¿En que lugar de esta oscura miseria
acecha la bestia dormida
en su lecho de tiempo?
Corroe
y arranca
espacios de la mente,
selva inviolada en la magnitud
de sus misterios
donde ara y becerro
soy yo mismo consumido
en la sagrada voz del fuego.
VII
Vuelve el penitente a los pliegues
de la seda que te viste,
al mármol de tu piel,
a la obsesión de tus contornos
rebosantes
de afilada indiferencia,
a la seguridad de las murallas
que agota
a mis legiones.
¿Qué
escondes, más allá de tu puente
inexpugnable?
En
los subterráneos de tu vientre
fecundo de esencias y palomas
prolongo mis manos
a la forma del goce y la caricia,
después, tu ventana se derrumba
al sonido de mi voz
y caes desde el tálamo de aire
al ritual de fantasías.
VIII
La realidad se vuelve contra mí.
¿O
es el sueño el que me descubre
bajo el amargo abrigo de los días?
Mañanas revientan
en mi rostro,
palmadas que cruzan de lado a lado
y despierto en medio de un sueño
esquivando a la gente,
buscando un paisaje a través
del parabrisas,
consultando a los segundos
detenidos en mi brazo
saciándome en el sabor de tu epidermis
como un hambriento extraviado
en la forma del pan que aprisiona
en la celda febril de su boca.
En
fin, esta realidad es un sueño
donde todo puede ser posible
IX
Abre
tu oído al susurro de mis noches.
Alguna
vez tu embriagado nombre
ha humedecido el albor de mis sábanas
dibujando el límite de tu aspectro
bajo un relieve de ensoñaciones.
Una
muralla perdida en callejones
de la urbe
proyecta una danza en el cemento,
fantasmas de medianoche
copulando en valles de la Luna,
cósmico ulular de los sentidos
desbordados de besos,
sirena o campana tañendo deseos
fugados del inconsciente
No
puedo prometerte nada,
la locura ha consumido mi mente.
X
Tal vez me haga cargo de tus desvaríos.
Dibujaré
la huella de tu pie desnudo
en cada paso
deste camino a ninguna parte
que tan bien te queda
en tu pervertida indolencia.
No
importa si no has vuelto
a contemplar mi castigo
mientras el látigo continúa golpeando
mi espalda
para expiar los instintos.
Sin
embargo, no decides aún
aproximar el paño donde se dibuje
mi rostro
y me abandonas crucificado
a los espasmos de este Gólgota.
XI
Alguien ha dicho que el deseo duele.
Algún filósofo que ya conocía
tu existencia
violada por el viento
el primer día de un otoño
no cantado por ningún poeta.
Un arroyo se ha posado en tu garganta
y ríe de mis aproximaciones
con un murmullo
que hace nido en las coníferas,
germinado fluye
hasta florecer
de peces multicolores
en medio del insomnio.
El
deseo duele
como aguijón en medio de los ojos,
flamíjero acero hundido
en la intimidad de mi substancia.
XII
Entre el follaje de la mente
un pájaro grazna
anunciando el descendimiento.
Ofelia
ha quedado desnuda
bajo el manto de su desesperanza.
La
cuenca de los ojos se prolonga
en el viento
hurgando el vacío
de sus entrañas de muerta.
Me
pregunto ¿dónde está
el secreto que revela
el sendero a su tumba de agua?
¿Podré
solazarme en su cuerpo gélido,
en la pálida esencia de su desolado espíritu,
en su rostro de ángel derrumbado,
en el vuelo multiplicado de mariposas
brotando de la desprendida carne,
en la elegancia de las manos
donde los nenúfares buscan aún
senderos del destino?
Ofelia
se ha marchado
bordando laberintos
en el estrecho espacio del pensamiento
sin una nota final que señale
el lugar en que se cruzan los caminos.
El
hielo de la noche empapa las arterias
y mis manos se extienden
sobre las flores
como un responso taciturno
a la eternidad de este juego
sumergido
en nuestra propia sangre.
XIII
Brotas
de mí justo a medianoche
cuando los sueños levantan
ondulantes fantasmas
que humedecen recodos de mi paisaje.
Entonces,
inundas mi manto de latitudes
afinando tus destrezas.
Sin embargo, el plumaje de paloma
se diluye en el sueño y no alcanzo
hundir mis estandartes
en la onírica geografía de tu piel.
La
realidad se desviste
de su traje de noche,
las visiones han de permanecer
en la humedad del alba.
XIV
Una
extraña cópula domina la silueta
de las cosas derramadas por la luz
desta tertulia
donde las obsesiones
cobran su presa
destrozada
en los cuchillos de la angustia.
Werther,
sumo sacerdote
del sacrificio y del olvido
acaricia la epístola final a los sedientos,
pordioseros,
exploradores eternos
de inacabados caminos,
ebrios de astros
y polvo cósmico
que vuelan en el mundo
desvelando cometas sin rumbo,
orates,
a quienes confió sus sueños infinitos.
porque Werther se ha perdido
en resplandores de una idea
que da vueltas y vueltas entre sus pupilas
adormeciéndolo
como a un niño ángel
perdido en el pecho de su nodriza.
La
amada viste de luto
anunciando el fallecimiento.
Es
quizás la propia noche vestida de oscuro,
anticipado homenaje al vuelo
de sus párpados secos,
al hueco sanguinolento de sus sienes
donde el amaranto ha sumergido
sus raíces.
El
va en el lomo de una golondrina
al incógnito paraíso donde la magia
de los gnomos alumbró de utopías
el corazón del tiempo.
XV
Hualles cimbreantes
dando vueltas alrededor de mis
visiones.
Movie picture subyacente
reflejado en la pantalla interior,
flash,
color,
animación y movimiento
traslúcido
inquietando lentes,
desbordantes imágenes todas,
las que están al margen
tal vez, orbitando
en la hondura de tu monte vacío
e inexpugnable,
obsesión libada
en la demencia de un deseo
que no llega a rozar
los deslindes secretos de tu cáliz
Un
reflector ilumina tu espesura.
La agitada
conciencia regresa al fin a su butaca.
XVI
Suéñote bestia rasgando vestido y carne
de este lúbrico cuerpo mío,
hundiendo el arpón de tu lengua
en ocultas aberturas del océano profundo de la
piel
que no es mar
ni agua derramándose
en la superficie
sino el grito mudo
estremecido de tormentas
agitado de quereres interrumpidos
en el sortilegio del tacto
cuando tu mano acude a sostener
la estructura voluptuosa
de esta soledad que afiebra mis vísceras.
Tu
aproximada presencia
hace nido en mis entrañas
pero cada dentellada de tus fauces
prolonga eternamente
la levedad del éxtasis.
XVII
La sed enturbia mi rostro,
oscurece el túnel de la garganta
y el espacio
donde permanezco de hinojo al acecho
de una gota
desbordarse
transparente
prístina
desde la abertura de tu cántaro
a la aridez
donde recojo el menaje cotidiano
y doméstico, de una sequedad hinóspita
en la esterilidad absoluta
frustrada de lluvias y cantos
agonizantes entre valles de sal
y silencio
quemando venas y huesos
molde carnal abrasado
en el magma de tu aliento,
errante y perdido
en vanos impulsos
de ascender
las vertientes de tus pechos
única salida para el tiempo ardoroso
que agota sentidos
desprendiendo costras infecundas
sobre la última esperanza
muerta incesantemente
en cada mediodía.
XVIII
Un
vuelo
de gorrión a baja altura
descúbrete sola
y desnuda
embriagada de racimos.
Una
flor regresa a la albura de la piel.
Sonrisa anidada de emergencias,
el camino a Venus esconde tu rosa preferida
insensible al juego del fuego,
maduro esplendor reventando epílogos
ausentes en la vacía copa
de mi sed
prolongados al hermético centro de mi
yo,
quejumbroso sonido,
húmedo de bíblicos aceites
ornando tu ambiente de animala
devorada por si misma
en el desesperado susurro de un celo
desbordante
que rebalsa el cristalino y cae
en arcoiris polvoroso
hinchando el vientre de la tierra,
cometas errantes anclados
a mundos invisibles
prisioneros irreales
en la inconsciencia de una realidad
sin nombre ni medida flotando
en esquinas de una obsesión
disparada a los cuatro costados,
indomable,
ígneos potros
cruzando destellos furibundos
de ensoñaciones sin límites.
XIX
En una calle cualquiera de la urbe
se abre la puerta del camino a las delicias,
la identidad se desvanece
en la sordidez lujuriosa del marketing
de este supermecado
al que me introduzco subrepticiamente
hasta invadir la pantalla donde creo encontrarte
abatida y dispuesta
a púbicas cadencias
empujando mi rostro en el vértice húmedo
de tus muslos para extraviarme
en las profundidades
del ecran en que reposa la imagen
con que visto mis alucinaciones.
XX
La realidad
es otro sueño definido
únicamente en las instancias del dolor
que la cobija,
donde se hace palpable la angustia
de lo que pudimos construir
en aquellos segundos
en que consumimos nuestro tiempo
descifrando
los orígenes del deseo.
XXI
Hundirme en tus brazos como un niño,
volver a la infancia
en la búsqueda del lechoso seno
para alimentarme de ti,
hurgar la intimidad
buscando tu piel de otra
que me arrope
en plenitud
iluminando senderos
a la vertiginosa soledad
de la que solo tú tienes el reposo.
XXII
Alguien
canta en la ventana
a la hora
en que revolotean los presagios,
malas vibraciones se estrellan contra
el vidrio,
polillas hipnotizadas por el brillo
de un farol que permanece moribundo
a orillas de la noche.
Aves de mal agüero anuncian
tu irremediable retiro
de estos caminos
donde tuvimos la suerte de encontrarnos
vestidos de viajeros de rutas incógnitas
mitigando el dolor
en la mirada que arde y quema
puntos cardinales
del voluptuoso ropaje que envuelve
los sentidos y naufraga de goce
en el amparo de tu puerto.
XXIII
Se puede justificar la demencia
en la flor que dibujo
sobre tu cuerpo imaginario,
pétalos que arranco uno a uno
de tu corola
cultivada en la punta de los dedos
para que la última me hable
al oído
de esta perversión
conque adorno el lugar en que reposas.
Multiplicada
en ti misma,
vegetal y olorosa, repleto mis alforjas
en el aliento que mide la distancia
entre mi boca y tu cuerpo de hierba
dimensión exacta
para calmar el hambre
que perturba día a día mis sentidos.
XXIV
Esteros de agua pura
cruzan caminos del viento
flotando sobre niebla de imprecisas
formas en el relieve de la carne.
Una
hoja navega a la deriva
vuela sobre el agua como una canción
en las primeras horas del alba,
sin prisa, sin una ruta trazada en las
estrellas
para que señalen su destino.
Los
ojos se estiran sobre el agua
acariciando maduras riveras
del río
que ya no es el río sino tu cuerpo
emergiendo en la armonía de un
cosmos
donde escondo el propósito
de los instintos que caen del aire
a la profundidad de tus ondulaciones.
XXV
Un diseño perfecto :
cada espacio de tu frente
descuelga la dulce madurez
de los cerezos
entre todos los frutales del huerto,
álamos cimbreantes tus muslos
y el vientre
un valle de mármol donde la copa
del ombligo vierte
el vino que me embriaga.
Mansa la mirada como nido de tórtola
entibiada en la brisa del estío
y el verdor del monte
rizos suavizantes del fulgor
del encuentro.
¡Hay
amiga! Las araucarias de tus
pechos
inundan los deslindes del cielo,
la miel de tus labios el paraíso.
XXVI
Horadar tu carne de granito
mirada a mirada
lluvia a estío
palabra de sol
a palabra de luna,
estremecido en el deleite
del aventurero
en la espesura
de tus bosques
o desbocado en la extensión de tus
praderas,
en medio del bullicio
en abismos del silencio,
en el grito que nace
en el estertor que muere,
desnudo o ataviado,
lúcido o demente
en cualquier punto del espacio o del
tiempo,
ser el agua que rompe los silicios
de tu forma de piedra
pertinaz y milenaria.
XXVII
Tejer
una red con hilos del deseo
y atrapar
tu vuelo
indeciso
de mariposa
ebria
antes que las amapolas
invadan tus alas de cenizas.
XXVIII
Si
estos poemas no te alcanzan
y ningún estremecimiento
recorre tu epidermis
vuelve
con los ojos cerrados
otra vez a mis palabras
para sentir
el viento
murmurando a tu oído
que : solo nos pertenece
el amor que hemos dado.
XXIX
Al
fin de cuentas
estamos
en alguna etapa
perdida
de una metamorfosis
en la que habremos de pasar
un día cualquiera
de semilla a gusano
de gusano a libélula
sin que entonces puedas advertir
el vuelo
dormido de los ángeles
y el insomnio de mis élitros
alucinados
en la llamarada
que forja tu presencia.
XXX
La
nocturnidad
se ha marchado
en su potro azabache
dejando un sabor a lágrima
como si el mar
hubiera anidado sobre
los párpados
borrando de la arena
la fugaz huella
de sueños inconclusos.