JOSE MARIA VALVERDE

 

(Valencia de Alcántara, Cáceres, 1926 - Barcelona, 1996)

Estudió en Madrid la carrera de Filosofía y Letras, doctorándose con una tesis sobre Humboldt y la filosofía del lenguaje. Catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona, ha enseñado también en universidades de Estados Unidos y Canadá. Es autor de estudios y ensayos de filosofía y estética, coautor, con Martín de Riquer, de una Historia de la Literatura Universal y traductor de Shakesperare, Hölderlin, Filke y Joyce, entre otros. Poeta precoz, publicó su primer libro -Hombre de Dios- en 1945. Su obra poética se completa con algunos títulos más: La espera (1949), Versos del domingo (1954), Voces y acompañamientos para San Mateo (1959), La conquista de este mundo (1960), Años inciertos (1970), Ser de palabra y otros poemas (1976).

Dos ediciones han recogido su obra: Enseñanzas de la edad (1945-1970). Barcelona, Barral, 1971; y Poesías reunidas (1945-1990). Barcelona, Lumen, 1990).

 

SELECCIÓN DE POEMAS

 

ELEGÍA PARA MI MUERTE

I

Ya, muerte, estás en mí.
Ya tu hielo me ha entrado al corazón
y tu plomo a mis pasos.
¿Adónde iré, si todos los caminos
llevan a tu horizonte?

Hoy sentí de repente
mi cabeza apoyada en una tabla.
Anticipada tierra me subía a la boca.
Mi cuerpo era atraído hacia el hambre del suelo.
...Sí, moriré; despacio,
desnudo de lo que hoy hace mi vida,
quedándome, en la lucha con la muerte,
sólo con lo que es mío.
Y sentiré tu piedra
congelando mi carne poco a poco.
Y sentiré tu mano atándome pausada.
... Y de repente, ¡oh muerte!, al otro lado.
Dejaré aquí mi cuerpo como un caballo herido.
Sí, me aterra dejarlo, aunque vaya a volver.
Tengo miedo a la muerte de las cosas,
a ese abismo ignorado en que al fin todas caen.
¡Tantos vientos mordiéndolo,
y, para disolverlo, tantas lluvias!
Mis pies, hoy tan lejanos, sin la postrera amarra
serán como dos piedras
arrojadas a un pozo de vacío.
Y se erguirán mis miembros, foscos, vanos,
como torres al aire.
Humores desbridados sin la ley de la vida
galoparán mi cuerpo corroyéndolo.

II

Se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas.
Seguirá mi tristeza paseando
por rincones de sombra.
En mi amada ventana del sillón y la mesa
seguirán los ocasos cayendo como siempre,
y el chopo del jardín, crecido ante mis ojos,
morirá y volverá como cuando yo estaba.
En penumbra, mis versos hablarán en voz baja.
Se secarán mis libros poco a poco,
oliendo a fruta vieja.
Diminutas reliquias de mi vida
-una flor en un libro, un verso en alguien-
seguirán, como piedras disparadas,
conservando mi fuerza en este mundo
cuando yo me haya ido.
... Y os quedaréis vosotras, muchachas, pero un día
os marcharéis también
y en el mar de la muerte se hallarán nuestras olas.
morirán vuestros labios, vuestra piel, vuestra carne.
Pero siempre habréis sido.
Ser una sola vez, ¿no es ya bastante?
Mientras dure el espacio guardará vuestros huecos,
mientras quede una brisa llevará vuestro aroma.
... Pues habéis sido un día, seréis siempre.

III

¡Señor, Señor, la muerte!
Se me cuaja la boca al pronunciarla,
se me amarga la lengua, se me nublan los ojos...
Nadie la puede ver de frente, por fortuna,
cuando llega a buscarnos.
                                        Es lo mismo que el sueño.
La muerte es superior a nuestras fuerzas.
¡Si no estuvieras Tú!...
¡Si Tú no nos cruzases el abismo en tus brazos...!

¡Pero es inútil todo; tengo miedo!
¡Tengo el miedo del perro junto al hombre,
porque nunca le entiende!
Miedo de no saber,
miedo al país de donde nadie ha vuelto...
¡Tengo miedo a ese pozo de vacío,
a esa noche sin fondo, aunque esté Dios atrás!
Con el instinto oscuro
del animal, del árbol, de la piedra,
tengo miedo a la muerte...
Oh Señor, anestésiame la muerte
como a tantos les haces con la vida.

... ¡Oh, ser sólo una vez, y sin remedio!

 

LA TORRE DE BABEL CAE SOBRE EL POETA

Maduro ya de edad y de poesía,
te has mudado a un país de lengua ajena,
y no es vivir. Lo que ellos aquí dicen,
como respirar, fácil, rico, exacto,
tú intentas remedarlo, con esfuerzo,
y oyes tu voz, ridícula y extraña,
fallar lo que aquí un niño siempre acierta,
hasta acabar diciendo algo no tuyo.
Ahora te es ajeno hasta el paisaje:
no te habla a ti: hasta el pájaro y el árbol
y el río te escatiman las leyendas
que aquí envuelven sus nombres -en ti, rótulos-.
En vano te sonríen los demás,
corteses, y aun amigos, animándote
desde la lengua en que ellos son los amos:
no aciertas a quererles: se te olvidan:
el fondo de tu espíritu no late
si no vive en la lengua que es tu historia.

 

LA PALABRA HECHA CARNE

De boca en boca llega hasta esta hora
un mensaje que emplaza
toda palabra nuestra, y amenaza
transfigurarla en luz abrasadora:
que el ser se mostraría
sustentado en palabra, no en la mía
ni de nadie, una voz sin ley ni cuenta,
flotando en el silencio de allá atrás,
la palabra de siempre, que jamás
dice un nombre de aquel que en ella alienta;
sola voz soberana
que hizo nacer la humana,
pero que, al dirigirse a nuestro oído,
dejó su son de mares y de vientos,
hecha carne en un hombre sin fulgor
que dijo poco, "amor", y algunos cuentos,
y murió perseguido
a manos de la gente,
sólo con el rumor
de que resucitó furtivamente.
Quedo callado ante ese desafío:
¿tanto digo, y es nada?
Mi palabra, que da el ser a lo mío,
¿en otra estará envuelta, enajenada?
¿Es verdad eso? Siento
terror a tal locura, a tan violento
lenguaje, a tal amor
acechando detrás de este dolor
que es vivir y la cárcel que es el ser.
Sé que fuera el creer
renunciar a mi lengua y a mi vida,
pero me hiere esa palabra clara
y sé que, aun antes ya de ser creída,
valdría echar mil vidas en su hoguera,
aunque un sueño tan sólo resultara.
Y ¿quien iba a soñar de esa manera
que vuelve del revés el pensamiento
y nos deja ni habla sin aliento?

 

NOCHE OSCURA

Oigo, sin sueño, aullar sirenas:
ahí está el mundo, extraño, todo
de sonámbulos fatigados,
de costumbres de hambre y hastío.

He visto al conductor del Metro:
va y viene, va y viene, sin día,
no sé cuántas veces, y todo
por su familia y por un trago.
Y el gran abogado lo mismo,
y el reluciente financiero
dan a sus norias: no lo harían
sin un cheque, leve y potente.

De qué nos sirven las estrellas
y el balbuceo metafísico,
y los crepúsculos, y el arte,
colgado, impreso, estereofónico.

Hay gente y gente en horizontes:
un temor me acosa, y peleo
con él a fuerza de decirlo:
los pobres miles de millones,
si se cumplen sus esperanzas,
¿sólo serán lo que otros somos?
Me aferro a los buenos, los héroes,
los que cayeron por los pobres
y los justos que nadie mira;
a la mujer que quise y quiero,
las promesas de luz que rasgan
esta noche que nos sofoca.

Pero me canso con el tiempo,
sé que así se acerca mi muerte,
y pregunto hacia la tiniebla:
¿por qué nos has abandonado?

 

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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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