JORGE DE BRAVO

 

Nació en Guayabo de Turrialba el 31 de enero de 1938 y falleció, atropellado, el 4 de agosto de 1967, con tan sólo 29 años. Hoy es una figura entrañablemente recordada y uno de los poetas más leídos por la juventud costarricense.
Hijo de campesinos muy humildes, concluyó la primaria en Turrialba, becado por la Junta de Educación. Luego, trabajó de empleado del Seguro Social, lo que le obligó a continuos traslados, y solo concluirá sus estudios de bachillerato a la edad de 27 años, después de uno de sus regresos a Turrialba.
Desde muy joven, leyó con avidez todo lo que llegaba a sus manos: Neruda, Vallejo, Juan Ramón, Bécquer, Whitman, Darío, M. Hernández, etc., aprovechando todo su tiempo libre para escribir incansablemente (cuenta su esposa Margarita que en una sola noche llegó a escribir más de cuarenta poemas...). Así, su vida fue corta pero prolífica en obras: nueve libros publicados y trece inéditos.
Poeta especialmente dotado, instintivo, auténtico y sin vanas concesiones. Según palabras de Joaquín Gutiérrez, "buscó siempre sus temas de inspiración en la realidad inmediata que lo rodeaba y de la que fue, simultáneamente, martillo y yunque: la amada, sus hijos, la naturaleza, "los trabajos y los días", el espectro lejano o cercano de cualquier injusticia. Su temática es siempre antropocéntrica: el hombre y sus angustias, el hombre y sus luchas y sus sueños, el hombre y su destino...".
Fundó el grupo Poetas de Turrialba. Participó en la Asociación de Escritores Costarricenses y en la Editorial Costa Rica. En vida publicó Milagro abierto, Bestiecillas plásticas, Consejos para Cristo al comenzar el año, Devocionario del amor sexual, Poemas terrenales, Digo y Nosotros lo hombres.
En 1974, la Editorial Costa Rica reunió su obra bajo el título de Antología Mayor, con selección y prólogo del mencionado Joaquín Gutiérrez.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

 

NOSOTROS LOS HOMBRES

Vengo a buscarte, hermano, porque traigo el poema,
que es traer el mundo a las espaldas.
Soy como un perro que ruge a solas, ladra
a las fieras del odio y de la angustia,
echa a rodar la vida en mitad de la noche.
Traigo sueños, tristezas, alegrías, mansedumbres,
democracias quebradas como cántaros,
religiones mohosas hasta el alma,
rebeliones en germen echando lenguas de humo,
árboles que no tienen
suficientes resinas amorosas.

Estamos sin amor, hermano mío,
y esto es como estar ciegos en mitad de la tierra.

Traigo muertes para asustar a todos
los que juegan con muertes.
Vidas para alegrar a los mansos y tiernos,
esperanzas y uvas para los dolorosos.

Pero traigo ante todo
un deseo violento de abrazar,
atronador y grande
como tormenta oceánica.

Quiero hacer con los brazos
un solo brazo dulce
que rodee la tierra.

Yo deseo que todo, que la vida sea nuestra
como el agua y el viento.
Que nadie tenga nunca más patria que el vecino.
Que nadie diga más la finca es mía, el barco...,
sino la finca nuestra, de Nosotros los Hombres.


ESTE SITIO DE ANGUSTIA

Uno quisiera siempre tener su mano amiga,
su buen pan compañero, su dulce café, su
amigo inseparable para cada momento.
Quisiera no encontrar un solo fruto amargo,
una casa sangrando, un niño abandonado,
un anciano caído debajo del fracaso.

Pero a veces los días se ponen grises,
nos miran con miradas enemigas,
y se ríen de nosotros,
se burlan de nosotros,
nos enseñan cadáveres de jornaleros tristes,
de muchachas vencidas, de niños sin tinero.
Se mira uno las uñas, como haciéndose viejo,
encoge las rodillas para no perecer,
y nada, nada bueno agita las campanas,
nada bueno florece en los hombros del mundo.

Entonces es que uno llama al apio y le dice,
llama el rábano amargo y le dice también
que esta corteza de hombre debe ser un castigo,
un paisaje maldito donde el hombre no quiere,
no soporta vivir porque le sorben sangre,
porque le chupan sangre hasta dejarlo ciego.


LA MUERTE ESTÁ DESNUDA

La muerte está desnuda frente al hombre.
Desnuda, simple, franca.
No es ojo cerrado por la sombra:
es una piedra blanca,
una pared escueta, una muralla
dura y definitiva.
Morir es entregar la batalla a otras manos
como una mano viva.

La muerte está desnuda frente al hombre
y es simple como el paso,
el corazón, el labio,
la silla y el abrazo.

Simple como las mesas cotidianas,
como la cena diaria.

Viva como el amor y, como el cuerpo,
concreta y necesaria.


ARRANCADME LOS OJOS. ARROJADLOS

Arrancadme los ojos Arrojadlos
al fondo tempestuoso de mi sangre.
No os quiero ver, no os quiero ver, no puedo!
Cómo podéis cenar sobre un cuello tronchado,
al borde de una cárcel?

Cómo podéis amar y engendrar a la orilla
de un anciano cerrando con las manos
una herida más ancha que su carne?
Bajo el ojo del mundo que se cierra
mirándoos
                de sangre...

Junto a las piedras vivas y rebeldes
avergonzadas de las calles.
Junto a la muerte, junto a la muerte.
burlándose debajo de los trajes...

Oyendo la ciudad llover,
                  derruida,
                                    oyéndola quebrarse...

Quebrarse los abuelos,
quebrarse sus oscuros ojos agonizantes,
quebrarse el hombre entero,
quebrarse su pequeño hueso de ángel...


ESTOY HECHO DE LUCHAS Y CIUDADES

Estoy hecho de luchas y ciudades.
Silba en mi corazón el ruido vivo
del metal que trabaja.
Poblado estoy de pueblos y crepúsculos.
Hasta la piedra llega, me sacude las venas
y me habla.

Pero el hombre,
                         madera,
                                       piedra,
                                                   hierro,

el hombre, dónde canta?
El hombre, dónde vive, dónde sufre,
dónde agoniza el hombre,
                                      dónde, máquinas,
dónde, mares, crepúsculos, trabajos?

De qué me sirve esta ciudad ilímite,
si no encuentro despierto el hombre,
lo que amo?

Dame al hombre, metales, dadme al hombre,
entero, libre, fraternal, impávido!


ÁRBOL SOY, AMOR MÍO. MIS RAÍCES

Árbol soy, amor mío. Mis raíces
bajo tu sangre crecen.
Soy todas esas venas que en tu carne
luchan y se retuercen.
Soy la raigambre toda de tu pueblo.
Sus calles. Y sus frutos. Y sus viernes.

Heme aquí, sacudido, vigilando,
lleno de ramas verdes,
protegiendo tu alma con mis hojas,
defendiendo tus besos con mis dientes,
sembrando este amor mío como un ojo
debajo de tu vida y de tu muerte.

Amanezco cantando y anochezco
todo lleno de heridas. Pero siempre,
en todo y sobre todo, soy un árbol
que te hunde raíces mientras duermes.

Y cuando sueño te derramo adentro
una baranda de arbolitos verdes.

 

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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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