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Nuestro
más sincero agradecimiento a Joaquín
Chamorro Aguilar por el tiempo y dedicación
que le ha dedicado a esta antología personal.
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Su obra completa en verso, puede ser consultada
en su página Web.
Visítala.
OSCURIDADES
PALPITADAS
Oscuridades palpitadas.
Nocturnidades de la vida,
incontaminada, pura todavía,
del hombre aún inconocida,
en honduras ciegas alojada.
Estáis, sois, fuerzas, esencias, contenidas,
preparadas tal vez al cambio noble,
la deseada transmutación crecida.
Plastificadas tras largos, infinitos años,
desde lo genesial primario,
en el tiempo tan variadamente conseguidas.
Os hablo.
A vosotras me dirijo, en hombre yo ahora,
formas hasta mí lejanamente,
con aspiración llegadas,
entre incontables seres
por la extensión enorme
de terrenales eras.
Os hablo.
Expresaros quiero,
aunque imposiblemente,
manifestaros de algún modo.
Y preguntaros
qué soy yo también para vosotras,
por qué ser hombre, aquí llegado
desde vuestras calientes vísceras primarias,
inicialmente organizadas.
Querría saberlo.
Mas ello es misterioso.
¿Por
qué me afano trabajoso en aclararlo?
¿Por qué a este desalado buscar
tenso me entrego?
A veces desespero, ah,
y volver hacia vosotras,
nocturnidades de la vida,
oscuridades palpitadas,
con ansiedad pretendo.
Y errante aquí me siento:
Pertinaz viajero
en inútil transitar:
Y abandonar así mi puesto,
dejar de hombre ser quiero.
Y tornar a vuestro cierto,
caliente hogar primero,
como invitado bardo solamente,
sentado junto al fuego,
con la palabra, el ritmo
de mi cordada lira,
para cantaros, expresaros
quizás un tanto al menos.
Nocturnidades de la vida.
Oscuridades palpitadas.
HAY
UNA ESENCIA
Hay
una esencia
-sutil aroma-,
incandescencia
que al ser asoma
y, siempre ciega,
flota escondida.
Hay una esencia,
hay una vida
desconocida,
mas palpitada
y conmovida,
que llena el aire,
la tierra grave,
la luz vibrada,
los animales,
los vegetales,
y la honda entraña
plena y transida,
del hombre invade.
No se disipa.
No, no se agota.
Sigue crecida
y derramada
entre nosotros,
sobre las cosas,
estremecida,
del cosmos vida.
Hay una esencia,
sí, sí, una viva
fuerza y latencia,
vital derroche
entre la noche,
la tierra, el cielo,
el alba, el día,
el ancho espacio
y el largo tiempo.
Hay una esencia.
Flota perdida.
EL
CÓSMICO DERROCHE...
El cósmico derroche
luciente y palpitado.
La estancia de la noche.
Los astros ignorados.
-Mi ser tenso de hombre,
suspenso y asombrado-
Silencio en el enorme
dispendio inacabado.
Silencio, ¡ah! Solo e insomne,
un hombre habla entregado.
La estancia de la noche.
El cósmico derroche.
Mi ser en él un brote
viviente amenazado.
EL
CAMIÓN DE LA MUERTE. . .
El
camión de la muerte,
pesado, ciego, tremendo,
sesgar yo en vano pretendo,
pues sé, de cierto, mi suerte.
El camión de la muerte
-rodaje, ¡ah!, largo y violento-
tras recto choque y silencio
tender me hará en tierra inerte.
Con el motor de mi aliento
-tracción del pecho latiente-
prosigo y sé que a mi encuentro,
pesado, ciego, tremendo,
exacto avanza en fiel tiempo,
el camión de la muerte.
SOY
VELERO QUE MUEVE INTENSO VIENTO...
Soy velero que mueve intenso viento.
Soy vibrante navío indestinado,
a errante navegar así obligado,
impulsadas las velas con mi aliento.
Es viajero mi ser en el intento
de encontrarle final a esto aquí hallado,
siempre incierto, inestable, allá ignorado,
mientras llevo un fatal presentimiento.
Sé del riesgo de caer en negra hondura
por el ciego avanzar de mi aventura
buscando pertinaz lo inconocido.
Soy un hombre; y viviendo en claroscura
existencia, jamás veré segura
la oculta realidad y su sentido.
¡ENTONCES!..
¡ERA ENTONCES!
¡Entonces!...
¡Era entonces!
La vida me ascendía, suspendía...
Con fuerza ella me alzaba.
Me llenaba, en mí crecía,
subía trascendida,
me llevaba, transportaba.
Y un plano ingrave, aéreo,
gozosamente hallaba.
En él quieto sentía, me extendía,
liberaba...
Y el ser mío embebido
su aliento distanciaba:
Encendido en un calor,
quizá vapor de amor,
vivaz fuego sin llama.
Músicas, ritmos, sin sonido,
vibrantes me llegaban.
Palabras mías brotaban, afloraban:
cantaban, danzaban elegidas.
Era la poesía que anhelaba,
ansioso, desvelado.
-Oh hálito encantado,
dichosamente hablado, transpirado...-
El gozar de lo expresado
indecible me invadía,
embelesaba...
Pasaban las palabras,
sentidas, conmovidas,
susurradas.
Doncellas en bellísima teoría
giraban, planeaban...
Y un ballet en vuelo
de voces desplegaban.
¡Entonces!...-¡Era
entonces!-
felizmente me hallaba.
Transfundido, efusionado,
generoso, me entregaba.
Y perdido, desprendido, derramado
en lo inerte, lo viviente,
lo allá desconocido,
a todo amaba, amaba, amaba, amaba.
HABÍAMOS
LLEGADO A UN FIEL SILENCIO
Habíamos llegado a un fiel silencio.
Plano exacto donde ambos contactamos.
Vibraba contenido nuestro aliento.
Todo ya se encontraba revelado.
Crecido aleteaba el sentimiento.
Tras su ingrave ascensión nos elevamos.
Logróse la fusión; y, tenso el tiempo,
fue en un bello momento culminado.
Vibraba contenido nuestro aliento.
Habíamos llegado a un fiel silencio.
Todo ya se encontraba revelado.
ANACREÓNTICA
Tener el alma roja.
Tener el alma blanca.
Ardiente y luminosa
como una brasa viva.
Llevarla suspendida.
En cimas, leve y alta.
Flotante y embebida.
En un baño de gracia.
Beber colma la vida.
Gozarla, siempre densa.
-Amor, y dicha intensa
en mutua entrega dada-
Alzarla en copa henchida:
ferviente y espumada.
Esencia ella brindada
como un champán en fiesta.
Tener el alma roja.
Tener el alma blanca.
Llevarla iluminada,
crecida llama enhiesta.
Beber colma la vida.
Cantar. No saber nada.
Y no buscar respuesta.
INTERIOR
PRIMAVERA
Yo
sé que este calor, este encendido
vapor ávido y fuerte que en mí alienta,
es porque un tenso ardor ciego calienta
carne y vida en urente ansia crecido.
Yo
sé que este hondo amor incontenido
que nocturno me crece y fiel sustenta
es la intensa y vivaz fuerza que intenta
prolongar siempre allá más mi latido.
Sé
que soy en su llama yesca viva,
borbotoso hervorar en su caldera
y efusión trascordial que urgente abraza.
Yo
sé que soy de amor y amor me aviva.
Y me ciega también con venda entera
para hacerme ignorar, muerte, tu traza.
POETAS
EN LA NOCHE
Poetas en la noche.
Caballeros del ritmo.
Transportadores de la voz:
de la palabra,
sagrada casi
-Grial sonorizado-,
elevadamente,
con unción llevada.
En el misterio
marcháis iluminados.
Avanzáis, seguís...
Os acompaña el canto:
estela musicada.
Las siderales luces,
allá extasiadas.
Las constelaciones:
quietas, fulgentes:
claridad flotada.
¿Para
qué, para qué más?
Vuestro camino canta.
La canción os guía.
Caballeros del ritmo.
Embriagados de la vida.
El amor... la voz...
¿Para qué, para qué más?
Atravesáis la noche,
de latencias embargada.
¿Hacia
dónde vais?
Os perderéis allá.
Mas lleváis la gracia
del errante hablar.
Adelante.
Seguid delante.
Llamad.
Convocad palabras.
Caballeros de la canción.
Vuestro cantar resuena.
Con el verso avanza.
El misterio os llama.
Lo inexpresable os llena.
ESFERA DE LA VIVIENTE DIVERSIDAD
Allí te veo:
distanciadamente suspendida;
Tierra.
Azulada, blanca, ocre;
tenuemente roja;
como la sangre de tus latientes seres.
Redondo corazón gigante,
cálido:
De apretadas, innumerables, energías denso.
Excepcional forma sidérea.
Planeta hembra,
del padre Sol fecundador
amante preferida.
Misteriosamente seleccionada tú
-oh azar de azares,
de multiplicadísimas conjunciones
de elementos y energías-
para originarse en ti
maravillosas combinaciones,
secretísimas alquimias
generadoras de infinidad de precipitaciones vivas,
en el crisol de tu corporeidad, Tierra.
Singular esfera;
madre también del hombre:
El erecto, sensitivo ser:
delicado, fuerte; o temible también, airado:
Capaz de tu hermoso rostro contemplar;
y deteriorarlo activamente, a veces,
con su afán inquiridor,
o predator y destructivo.
Asombro, indecible pasmo,
me sacuden, Tierra, al observar
tu viviente diversidad enorme:
Derroche, capricho inmenso,
bellamente inútil,
en ti prodigiosamente realizado:
Seres, esculturas vivas,
infinitamente variadas.
¡Oh
portento el de tu fecundidad
en lejanísimos tiempos tuyos iniciado!
Cuando en el salino suero de tus aguas
a fraguare comenzaron
primordiales formaciones, apenas perceptibles, casi fluidas;
capaces ya de asimilar, englobar, lo extraño,
y de enlazarse mutuamente confundidas,
amorosamente quizá transubstanciadas.
Brevísimas condensaciones,
sucesivamente apiñadas;
organizadas luego
en sorprendentes arquitecturas palpitadas,
complicadísimas construcciones
perfectamente diseñadas.
¡Oh
secreta, oscura, plástica ignorada!
Misterio genesial en ti;
y en la pluralidad innumerable
de tus vitales formas;
matriz Tierra,
tan sorprendentemente inseminada.
Y distinguidísima siempre así
entre tus grandes hermanos astros:
planetas yertos,
como estériles majestades tristes
en torno al Sol girando gravitantes:
Inútiles y enormes masas minerales,
sin que nadie en ellos jamás pueda
su grandeza absurda al menos contemplar.
Tierra:
Maravillosa joya viva giratriz
en la multirítmica danza del cosmos sideral
tan hermosamente destacada.
PLANETA
DEL DULCE-TRISTE ATARDECER
Desde espaciales distancias
de nuevo te contemplo, Tierra,
a medias luminosa,
cuando a tu esferoidal costado
aproximándose lentamente llega
la envaguecida sombra
de tu vesperal crepúsculo.
Y en los bordes de tu radiante claridad
se extiende la indecisa penumbra de la tarde,
de todo perfil difundidora:
persuasiva y dulce emisaria de la noche.
Atardeceres tuyos:
Cuando desfallecida ya la incierta luz,
una honda belleza reaparece en ti;
pausada, morosamente manifiesta;
impregnada ella quizá
del hálito del alma ingrave de tu hombre;
en esa tu imprecisa hora claroscura
que a los seres y las cosas conceder parece
un estremecido, naciente, valor nuevo;
en los plateados cofres de la diurna luz
misteriosamente antes resguardado.
Tristeza hermosa también entonces,
que extendida largamente flotar parece
en tus lánguidos crepúsculos,
como transida, espiritual emanación
de una absoluta sensibilidad total,
dilatadamente suspendida.
Atardeceres tuyos;
tras de perdidos, distanciados horizontes,
como espaciados, vaporizados mares,
en los que, nave anclada,
con su doliente carga,
viaja la nostalgia.
Inaprehensible belleza,
crecientemente desolada,
de tus prolongadas tardes declinosas:
Cuando pequeños seres
de la diurna claridad
a recogerse ya comienzan
para conceder quietud
a su vivacidad movida
en tu nocturno regazo recostados.
Y cuando el ansia de tu hombre,
por el contrario crecer parece,
como aérea floración entonces
de su íntima esencia incontenida.
Tristeza saudadosa
de tu vespertino declinar.
Cuando, ensordinada ya la luz,
su vibración fúlgida apaga.
Y en la interioridad del hombre
encenderse cálida parece,
como luciérnaga crecida, el alma.
Elegido planeta eres también, Tierra,
por esos tus repetidos, y siempre renovados,
atardeceres lentos:
Embebidos, misteriosamente substanciados,
de anheladora vida.
Y no como aquéllos de tus hermanos astros
invivientes:
Indecisa luz sobre su inercia
indiferentemente resbalada.
Sin que alguien con calor en ellos pueda
el crecido latir del ser
alargar en la nostalgia tensa,
el prolongado, infinito desear
que sobre tu superficie nos mantiene.
¡Crepúsculos
sin hombre y sin sentido!
Con el corazón lejos tirante,
contemplo, Tierra,
tus hermosos atardeceres entregados
al filo de la noche:
Inconcreta luz
que dejarnos entrever parece
la inaccesible belleza
entre la vida y las pequeñas cosas presentida;
como una conmovida música insonora.
Preciosísimo regalo
para ti también, Tierra,
el de la vagarosa luz de tu Sol amante,
en su diaria,
y dilatada, hermosa despedida.
CUANDO
NO ESTÁS, CUANDO NO LLEGAS...
Cuando no estás,
cuando no llegas;
y te abres alta en mí,
palabra en canto audaz,
vibrante hálito, efusividad,
en proyección tras la belleza,
inalcanzada estrella,
¡qué pobreza la mía,
qué miseria
de arenosa, escoriada, yerma tierra,
vegetal elemental rastreado,
me siento yo:
abandonado, aquí dejado,
a tal indigencia resignado!
Cuando no estás,
cuando no llegas:
arrebato, elevación, fluencia;
palabra, sonorizada esencia,
ritmada, musical, voz-flor,
¡oh esterilidad que ahoga y aterra!
Cuando no estás,
cuando no llegas
hasta mí,
del espiritual festín
hombre arrojado,
palabra-corazón, manantial,
eclosión transubstanciada
de mi vida interior plena;
coloreada, transportada,
henchida,
¡qué pobreza la mía, qué miseria
humana yo,
en la paz de la inercia horizontal tendido,
mendigo de ti desalentado,
sobre la tierra ya casi mineral,
grávido callado!
Cuando no estás,
cuando no llegas.
¿DE
QUÉ, DE QUIÉN, HUIMOS TÚ Y YO, POESÍA?
¿De
qué, de quién, huimos tú y yo, poesía?
Sí, huyo contigo:
mi fiel, grácil amante,
siempre deseada.
Sobre corcel aéreo,
de aligerado ritmo,
a ti enlazado me deslizo.
Embebido en tu hálito
de muchacha núbil,
en tu sonrisa iluminada como un alba,
el encanto de tu fina
garganta delicada.
Huyamos dejando atrás la sombra
como una noche negra,
que oprime, ahoga,
la cintura de mis vísceras,
el alentar de mi respiro;
y tu sutilísimo sentir
acaso también lesiona.
¡De
qué, de quién, huimos!
No lo sé. No lo sabemos.
Peligroso, temible,
debe ser.
Y por eso tú y yo nos alejamos
de su inquietante presencia
temerosamente presentida:
Velozmente, suavemente;
como el tiempo, también huidizo,
que nos acompaña, y acompasa
nuestra voz,
nuestra palabra:
A la que seguimos en la grata fuga
-yo te rapto, tú me raptas
también dichosamente-
flotantes en un viento musicado,
una melodía que se prolonga, extiende,
rumorosamente desprendida.
Y atrás horrible queda
lo que esconde esa tiniebla densa,
esa angostura ciega:
Matriz generadora
del terror y de la angustia;
de los que a veces oír creemos
su jadear hambriento
de bestias predatoras.
Continuemos, poesía, nuestro viaje:
arrebatadamente;
o dulce, levemente, suspendidos,
como la luz naciente, el aire,
-¡oh respiro ya feliz del alma!-
la vida que desea más y más lejana
gozosamente prolongarse.
No volvamos atrás nunca, poesía mía.
Se acelere, por el contrario, nuestro vuelo.
Se alce, aún más elevado, nuestro canto.
Queda un abismo allá.
Pero ignoremos su existencia
oscura y silenciosa.
Obstruyamos su negra boca
con palabras como flores encendidas.
Que la efusión-fusión que nos enlaza
-largo, hermoso éxtasis inagotado-
nos separe de ella para siempre;
confundidos tú y yo, poesía.
Prolonguemos nuestra gozosa huida
-tú, mi rapto, yo tu rapto entusiasmado-
y allá quede la inmensa noche sin sentido.
Que nuestro móvil ritmo continúe
la embriagadora fuga;
con músicas palabras
en ti sonorizadas:
La más limpia riqueza
prodigiosamente aflorada, decantada,
por la selectísima, secreta
alquimia de la vida.
¡De
qué, de quién, huimos tú y yo, poesía!
SOSTENEDME,
PUES YA CAIGO...
Sostenedme, pues ya caigo
con mi asombro al suelo.
Pasmado me hallo, tenso.
¡Imposible!:
Yo no acierto
a entender cuál el sentido
de este juego inmenso
en lo vivo desplegado:
Infinito en lo diverso:
derroche ilimitado,
dispendio incontenido
en formas y latidos,
de un plástico secreto
que actúa desconocido
y expone aquí la vida
con tan vario aspecto.
Ved: mirad, os ruego
nuevamente, amigos.
Contemplad conmigo:
Insectos,
tantos, tan perfectos,
desde el suelo al cielo.
Aves para el vuelo
diseñadas, bellas;
reptiles arrastrados,
mamíferos violentos,
agresivos, fieros;
y aquellos victimales
de talante tierno.
Anfibios, peces buidos,
gráciles, movibles, abroquelados,
en el agua innumerables;
moluscos en palacios
calcáreos alojados,
grandes, minúsculos, crustáceos
con perfectas armaduras
que no igualó el Medievo;
protozoos, infusorios ciegos,
flotantes como el plancton
en el mar, enorme suero.
Sostenedme, amigos.
El pasmo me vulnera.
Suspenso permanezco.
A entender no alcanzo
este magno juego:
Capricho imponderable
de un extraño artista,
nunca descubierto:
incierto, inexistente...
Modelador perenne.
Escultor perfecto.
Genio de la vida,
sin latir ni aliento.
Sostenedme, pues ya caigo
con mi asombro al suelo.
ANTE
LOS TOROS DE GUISANDO
El
tótem de la Iberia. La fiereza
del primitivo toro, acometida
en vosotros fiel piedra inconmovida,
latiente aquí aún se agita y fuerte aceza.
Fuerte
aceza en España; y es riqueza
en apretadas iras, recorrida
por enfogada sangre de honda vida
que presiona y desgarra su entereza.
Petrificados
toros de Guisando,
que habéis visto a los siglos desplegando
la pasión de la gente castellana.
Vosotros
seguiréis y, el tiempo andando,
ante vuestro estupor ira cursando
la infeliz disensión que nos hermana.
LA
INQUIETANTE SEÑAL
¿Qué
aletazo fugaz, torvo y oscuro,
me ha rozado interior, áspero hiriente?
¿Qué corneja fatal, cuál grajo impuro
me ha dejado al pasar fiel rastro urente?
Sé
que un tronco vital, gajo inseguro,
soy yo en este plantel, vario y latiente.
Sé cuán fácil podrá quebrarse
el muro
que sostiene a mi ser de hombre pendiente.
Y
un aviso, tal vez, hoy me ha llegado,
soprendente señal, honda y punzante,
de que en térreo lugar soy frágil planta.
Árbol
de alto vivir, brote pujante
de un caliente latir, mas condenado
a perderse en el suelo que lo aguanta.
¿QUIÉN...?
¿Quién
así me acuñó, qué buril duro
hondamente grabó, firme y sapiente,
este largo dolor, ángulo hiriente,
en mi estrato interior tenso y oscuro?
¿Quién
así me lanzó -brazo seguro-
a este inquieto ambular, esta imprudente
y tenaz pretensión de hombre ascendente
hasta inerte rodar de ansias maduro?
Puede
ser que en la varia obra extendida
por el cosmos de un gran plástico arcano
sea yo, trazo de humano, algo incompleto.
Puede
ser que, sufriente y desprendia,
sea mi forma vital, barro en su mano,
solamente un fugaz, frágil boceto.
A
UNA HOJILLA DE HIERBA
Eres pequeña,
sencilla y breve.
Nada tú apenas:
vegetal nada.
Fibrilla tenue,
transparentada.
Hojilla leve
casi flotada.
Tu forma crece
prendida y débil.
Sutil te yergues,
cintilla verde,
plana y delgada.
Tiemblas.
Te ofreces.
Tu cuerpo entregas
del viento esclava.
Pequeña eres.
Apenas nada.
Mas vives, tienes
airosa gracia:
pelusa inerme
de la piel térrea;
brizna enraizada.
Eres. Eres y tienes
alguien que observa
tu fibra erguida
de vida tierna
y amenazada:
Un hombre, hierba
por él notada,
que testifica,
que considera,
tu limpia vida
sobre esta tierra
que te concede
útil y bella,
digna existencia
de vegetal noble:
Humilde y pobre,
sencilla hierba:
Como los seres,
como los hombres,
perecedera.
AUSCULTACIÓN
EN EL SILENCIO
Ausculto, escucho
en el pecho del silencio
el corazón secreto
que pulsa el universo.
Ausculto, escucho.
No lo oigo. Lo siento.
Quizá sólo lo siento.
No es él movimiento,
cadencia oscura.
Su voz es ciega y muda:
Callado aliento.
Ausculto, escucho.
Tenso el oído atento
mantengo sobre el pecho
del silencio inmenso.
Cuán hondo está el secreto
que lleva él dentro.
Tal vez es río dormido.
Quizás un gran latido
jamás él recibido
por conductos ciegos.
O acaso un mar crecido
de vida estremecido:
Océano de misterio
abisal hundido.
Ausculto, escucho el pecho
irreal del universo.
Quizás un vibrar cierto
en él me llegue vivo.
O tal vez, fiel conmigo,
cordaje sacudido
de abierto, audaz sonido,
desgarre el gran silencio.
Ausculto, escucho.
Nada yo recibo.
Siento.
Sólo quizá siento.
EL
TOREO DE LA MUERTE
De
la muerte también yo, fiel torero,
hombre tenso y erguido, el cuerpo recto,
ciego espero el temido, atroz efecto
de su cuerno fatal, buido y certero.
Está
el ruedo desierto. Tronco entero
firme aquí, vertical ser aún erecto,
solitario en constante riesgo acepto
su embestida brutal de toro artero.
Y
el peligroso juego audaz prosigo,
el quehacer de mi suerte desplegando,
como todo esto vivo, en honda guerra.
¡Oh,
cuán pobre la gloria que persigo!
Ser, de cierto, prendido, y caer dejando
quieto el pecho, tendido en sombra y tierra.
OSCURIDAD
EN PRIMAVERA
Claros se abren los cielos,
claro el campo.
Claro el vívido azul de la mañana.
La claridad me invade -oh luz radiada-
(Pero la noche aún se halla en mi alma)
Vibra el tiempo: Su ritmo es pura danza.
Y los colores dan todo su canto.
-¡Oh armonía! ¡Luciente arpa pulsada!-
(Pero la noche aún se halla en mi alma)
Algo gira, se alza... Desbordada
ya la vida, ¡oh derroche!, gracia emana.
Joyas son los almendros y el granado.
-¡Oh aromar de la luz, olor dorado!-
(Pero la noche aún se halla en mi alma).
EL
ÁRBOL DE LA VIDA
¡Qué
menudas las hojas amarillas en el suelo!
Espirales, movibles ondas,
con su levedad sutil el viento hace.
Mantillo serán ellas:
Estratos, ya unas sobre otras,
apisonados por humanos pasos;
y pezuñas de animales,
cuando, al atardecer,
retornan los rebaños.
Mientras el árbol
-imponente y fiel-
permanece aún tenso,
desnudo el tronco erecto;
y sus brazos-ramas
al espacio proyectados.
Árbol,
como aquél,
sagrado, de la vida,
que plasmó un sumerio.
¡El
árbol de la Vida!
Pronto, en sus oscuros nudos
brotes nuevos surgirán,
a la clorofílica alquimia
de la luz
-clara y misteriosa-
exentos ofrecidos.
Ha de continuar,
jamás interrumpido,
el ciclo inexorable:
Renovar.
Y hundirse lo caído:
hecho ya fertilizante nutridor
para formas previsoramente sucesivas.
¡Ah,
hombre!
En el Árbol de la Vida
también tú, brote al radial Sol;
que no ignora tendrá que desprenderse,
obediente a cualquier movilidad causal,
acaso tenue y azarosa;
como un viento leve de tarde,
un suave golpear de luz al mediodía,
un escalofrío inesperado
en las sombras de la noche.
¡Qué
menudas las hojas amarillas en el suelo!
Vegetal abono han de originar:
Sustento de vivaces energías:
retoños llenos de promesas,
que florecidos entrarán
en el primario, nuevo, giro inevitable:
Trágico, brutal, bello, ciego juego,
sólo por ti, ser-hombre, hoy conocido:
Aunque, a veces, tras de velos cálidos
-vapores mendaces de la vida-
se te oculta su verdad.
Brote-hombre:
Que, sorprendentemente, aquí persistes todavía;
sin olvidar oscuramente que el temible,
peligroso espacio-tiempo donde alientas,
atraviesan mortales proyectiles,
estiletes de imperceptible filo;
como un sutil viento de la tarde,
un escalofrío inocente de la noche;
que te han de traspasar, herirte;
y hacerte así también fértil mantillo
-cuán selecto él entonces-,
alimento sustancial del incesante
girar, transformador, cruel, acuchillado,
de lo vivaz y de lo inerte,
del barro y el latido.
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