GUNTER GRASS

 

Escritor alemán.

"Cuando tenía treinta y dos años me hice famoso. Desde entonces tenemos la fama realquilada"; así escribió Grass en 1972 en el Diario de un caracol. "

Nació el 16 de octubre de 1927 en Danzig (ahora Gdansk, Polonia). Procedía de una familia modesta —sus padres regentaban una diminuta tienda de ultramarinos en Langfuhr, una población a las afueras de Danzig—; en sus tiempos de colegial quería ser artista, quizá escenógrafo, pues su talento para escribir y para dibujar convencía tanto a sus maestros como a sus padres y hacía que éstos, sobre todo la madre, pasara por alto notas menos buenas en otras asignaturas. Sirvió en la fuerza aérea alemana durante la II Guerra Mundial, más adelante cursó estudios en la Academia de Artes de Düsseldorf y en la Academia de Bellas Artes de Berlín. Las primeras obras que escribió fueron unas piezas dramáticas, Tío, tío y Los malos cocineros (1961) con mala acogida como las novelas que las siguieron. Su primera novela, El tambor de hojalata (1959) cambió radicalmente la vida de su autor. De la noche a la mañana, y con un solo libro, Grass se convirtió en la sensación literaria en Alemania y, poco después, también en otros países: en 1962 en Francia y en 1963 en Estados Unidos, donde unas cien extensas reseñas —desde Boston hasta San Diego— lo pusieron por las nubes; un crítico lo calificó sin vacilar, ya en 1963, de "Nobel prize stuff". En el país que ha marcado como ningún otro la narrativa del siglo XX, el humor negro y rabioso de un joven alemán y la perspectiva desenfocada de su héroe enano Oskar, se pusieron inmediatamente en relación con tendencias similares de autores de su generación como Joseph Heller, Gabriel García Márquez, Kurt Vonnegut y Thomas Pyncheon, ligeramente más joven. Pronto, las cifras de ventas en Estados Unidos superaron las de Alemania. Un ejemplar cayó en las manos del joven John Irving, en New Hampshire, otro en las del indio Salman Rushdie en Oxford; para los dos, El tambor de hojalata se convirtió en la iniciación a la carrera de escritor. Escribió otras novelas: El gato y el ratón (1961), Años de perro (1963), El rodaballo (1977) una obra que recrea tres mil años de aciaga historia (masculina); a este mar sin orillas sigue, dos años después, una obrita extremadamente disciplinada y artificial, Encuentro en Telgte. Ese mismo año contrae matrimonio con la organista Ute Grunert. En 1980 escribe Partos mentales. En sus escritos se mezclan el realismo, lo macabro y el simbolismo, como base de la culpabilidad colectiva. Sus obras tratan de la lucha de un hombre, a menudo él mismo grotesco en su morfología o en sus percepciones, por conservar su individualidad ante la pesadilla materialista de la vida contemporánea. Grass ha ofrecido algunas veces su apoyo al Partido Socialdemócrata. Sus escritos políticos están recogidos en varios libros, como Alemania, una unificación insensata (1989), Malos presagios (1992) o Discurso de la pérdida: sobre el declinar de la cultura en la Alemania unida (1993). Fue Premio Nobel de literatura en el año 1999. La proclamación del premio coincidió con el estreno del nuevo secretario permanente de la Academia Sueca, Horace Engdahl, que señaló que el premio era para un autor que "con vivas fábulas negras ha dibujado el rostro oculto de la historia". El escritor alemán, también en este año fue galardonado por el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1999, dijo que siempre había procurado ver la historia desde abajo, y escribir desde la perspectiva de los que son víctimas y perseguidos.

 

SELECCIÓN DE POEMAS


Amor

Es esto:
Transacciones sin efectivo.
La manta siempre un poco corta.
El contacto flojo.

Buscar más allá del horizonte.
Rozar con cuatro zapatos las hojas muertas
y frotar mentalmente pies desnudos.
Arrendar y tomar en arriendo corazones;
o en la habitación con ducha y espejo,
en un coche alquilado, con el capó hacia la luna,
dondequiera que la inocencia se baja
y quema su programa,
suena la palabra en falsete,
cada vez diferente y nueva.

Hoy, ante la taquilla aún cerrada,
susurran, de la mano,
el avergonzado viejo y la vieja delicada.
La película prometía amor.

Asuntos de familia

En nuestro museo—vamos todos los domingos—,
han inaugurado una sección nueva.
Nuestros hijos abortados, embriones pálidos y serios,
se acurrucan en simples tarros de cristal,
preocupados por el futuro de sus padres.

Cambio

De pronto estaban aquí las cerezas,
aunque se me había olvidado
que había cerezas,
e hice proclamar que nunca hubo cerezas...
estaban aquí, de pronto y caras.

Cayeron ciruelas y me dieron a mí.
Pero si alguien cree
que yo cambio
porque algo me caiga encima,
es que nunca le han caído cerezas.

Sólo cuando me pusieron avellanas en los zapatos
y tuve que correr,
porque los niños querían lo de dentro
grité pidiendo cerezas, quise que me cayeran
encima ciruelas... y cambié un poquito.

Canción infantil

¿Quién ríe, se ha reído?
Pues sí que se ha lucido.
Se ríe y han creído
que su razón ha habido.

¿Quién llora o ha llorado?
Llorar se ha terminado.
Si llora, por sentado,
que hay algo que ha ocultado.

¿Quién habla o se ha callado?
Si calla es denunciado.
Y si habla, ha silenciado
por qué al final ha hablado.

¿Quién juega tan temprano?
Si juega será en vano,
Ya se quemó la mano
con ese juego insano.

¿Quién muere, quién se ha muerto?
Quien muere, llega a puerto.
Si muere, ten por cierto,
que el caso queda abierto.

Cucharas y cocineros

Dirán algunos que un chef es un chef.
Nuevos, relavados y almidonados,
bajo la nieve y contra la pared,
los cocineros son siempre olvidados
y sólo la cuchara en su mano
nos revuelve y fuerza a reconocer:
los cocineros nos dan de comer.

Y no debiéramos hablar de sopas
—la culpa no es de la sopa de berza—;
el hambre es pretexto para cerveza,
el hastío lame cuchara y copas
y cuenta pasos hasta la puerta.

Las muñecas se sobreviven,
el gallo muere antes que el cocinero
y canta en otro lado, pero en la ciudad
tiritan a veces los cristales.
Las muñecas se sobreviven,
el gallo muere antes que el cocinero.

La culpa es de la carne, un chef sólo es alma.
El tiempo pasa y la carne no se ablanda,
hasta muy tarde, hasta el sueño durará
y metida entre tus dientes acechará;
la culpa es de la carne, un chef sólo es alma.

Los dos se echaron, cada uno,
se echaron juntos en la cuchara,
que sólo por ser hueca simulaba el sueño
—también lo hueco era pretexto y contradicción tan solo—,
el sueño fue breve y, antes de que rebosara,
a los dos—cada uno ya solo—
los espumó la misma cuchara.

No hay muerte que no lleve a la cuchara,
ni amor que, vaciado,
no sufra por cucharas o tiemble en la cuchara,
y gire, en torno a qué, porque todo
lo de cucharas gira siempre en torno a cucharas.

Quédate cuchara, vete.
A quien, cuchara, adónde la cuchara lleva.
Quién me revuelve, me revuelve adónde.
Una y otra vez a quién rasura.
Quédate cuchara, vete... y no me digas adónde.

Aprendes cucharas a separar,
no puedes evitar ya los cajones,
usas la cuchara y te haces ilusiones,
finges ser metal, pones buena cara
y oyes al vecino sin escuchar,
pero cuchara yace contra cuchara.

Diana o los objetos

Cuando alarga la mano derecha
sobre el hombro derecho buscando la aljaba,
adelanta la pierna izquierda.

Cuando me hirió,
su objeto me hirió en el alma
que es para ella un objeto.

En su mayoría son objetos en reposo
contra los que, los lunes,
me golpeo la rodilla.

Ella en cambio, con su permiso de caza,
sólo se deja fotografiar corriendo
y rodeada de perros.

Cuando dice que sí y acierta,
acierta a los objetos de la Naturaleza,
pero también a los disecados.

Siempre me he negado
a dejar que una idea sin sombra
hiriera mi cuerpo que arroja su sombra.

Tú, sin embargo, Diana,
con tu arco,
eres para mí objetiva y responsable.

En el huevo

Vivimos en un huevo.
Hemos cubierto su interior
de dibujos obscenos
y garrapateado los nombres de nuestros enemigos.
Nos están incubando.

Quienquiera que nos incube
incuba también nuestro lápiz.
Cuando rompamos la cáscara un día
nos haremos una idea
enseguida de quien nos incuba.

Suponemos que nos incuban.
Nos imaginamos un ave bonachona
y escribimos trabajos escolares
sobre colores y raza
de la gallina que nos incuba.

¿Cuándo romperemos la cáscara?
Nuestros profetas del interior del huevo
discuten, por un sueldo medianejo,
sobre el período de incubación.
Suponen un día X.

Por aburrimiento y necesidad auténtica
hemos inventado las incubadoras.
Nos preocupa mucho nuestra descendencia en el huevo.
Con gusto recomendaríamos nuestra patente
a quien nos guarda.

Tenemos un techo sobre nuestras cabezas.
Pollitos seniles,
embriones que saben idiomas,
hablan el día entero
y todavía discuten sus sueños.
¿Y si no nos incubaran?
¿Si nunca se hiciera un agujero en esta cáscara?
¿Si nuestro horizonte fuera sólo el horizonte
de nuestros garabatos y no dejara de serlo?
Confiamos en que nos incuban.

Aunque si hablamos sólo de incubaciones
hay que temer también que alguien,
fuera de nuestra cáscara, sienta hambre
y nos eche a la sartén, sazonándonos con sal...
¿Qué haremos entonces, mis hermanos de dentro del huevo?

Estadio de noche

Lentamente ascendió el balón en el cielo.
Entonces se vio que estaba lleno el graderío.
En la portería estaba el poeta solitario,
pero el árbitro pitió fuera de juego.

Felicidad

Un autobús vacío
se precipita en la noche cuajada de estrellas.
Tal vez cante su conductor
sintiéndose feliz.

Gleisdreieck (Triángulo de vías)

Las asistentas van del Este al Oeste.
No hombre, quédate aquí, qué se te ha perdido allá;
vete allá, hombre, qué se te ha perdido aquí.

Gleisdreieck, donde con glándulas ardientes
la araña que tiende las vías
tiene su guarida y las vías tiende.

Por el puente va hasta el otro lado sin costura
clavándose a sí misma los remaches,
cuando los que caen en su red aflojan los remaches.

Vamos a menudo y se lo enseñamos a los amigos,
esto es Gleisdreieck, nos bajamos
y contamos las vías con los dedos.

Las agujas atraen, las asistentas pasan,
la luz de cola me mira, pero la araña
caza moscas y deja pasar a las asistentas.

Miramos devotos la glándula
y leemos lo que la glándula escribe:
Gleisdreieck, Está usted dejando

Gleisdreieck y el Sector Occidental.

Insomne

Mi aliento erró el ojo de la aguja.
Y ahora tengo que contar
y deshojar, bajando, las escaleras hacia casa.

Pero los corredores por los que me arrastro
desembocan en fosos de agua,
en los que renacuajos...
Cuenta otra vez

Mi cinta parlotea al rebobinar su tercer decenio.
La cama sale de viaje. Y en todas partes
la aduana interviene: ¿qué lleva usted ahí?

Tres calcetines, cinco zapatos, un chisme para la niebla...
Los cuentan en varios idiomas:
las estrellas, las ovejas, los tanques, las voces...
Se hace una suma provisional.

Interrogado

Tras la cólera acuñada en moneda grande o pequeña
—ejemplo favorito al que se daba azúcar—,
después de tantos entonces y de dar la voltereta
en una cuerda floja que, a ratos,
se tensaba—trabajo sin red—,
quiero ahora, quiero sin falta...
¿Cómo van las cosas? - Han ido peor a veces.
¿Tuviste suerte? - Sí, gracias al señuelo.
¿Y qué has hecho desde entonces?
Los libros dicen cómo se hubiera podido hacer mejor.
Quiero decir, ¿qué hiciste tú?
Estuve en contra. Siempre estuve en contra.
¿Y fuiste culpable? - No. Porque no hice nada.
¿Has aprendido lo que se podía aprender?
Sí. Con el puño aprendí qué era la goma.

¿Y tu esperanza? - Mintió al llamar verde al desierto.
¿Y tu rabia? - Tintinea como el hielo en el vaso.
¿La vergüenza? - Nos saludamos de lejos.
¿Tu gran plan? - Sólo la mitad compensa.
¿Te has olvidado ya? - Recientemente, de la cabeza.
¿Y la Naturaleza? - A menudo paso en coche por delante.
¿Los hombres? - Me gustan en el cine.
Están muriendo otra vez. - Sí, lo he leído...
¿Quién me enjabona? Mi espalda
me resulta tan lejana como... ¡No!...
No quiero usar más metáforas,
ni rumiar, ni contar sílabas
y esperar a que la bilis escriba.
¿Te sientes mejor ahora? - Las cosas tienen mejor aspecto.
¿Más preguntas? - Pregunta lo que quieras.

Inundación

Esperamos que cese la lluvia,
aunque nos hemos acostumbrado
a permanecer invisibles, tras la cortina.
La cuchara es colador ahora y nadie se atreve ya
a extender la mano.
Muchas cosas flotan por las calles,
cosas bien escondidas en tiempo seco.
¡Qué penoso ver las sábanas usadas del vecino!
Vamos a menudo al indicador de nivel
y comparamos, como relojes, nuestras cuitas.
Algunas cosas pueden regularse.
Pero cuando los aljibes se desborden y se colme la medida que heredamos
tendremos que ponernos a rezar.
El sótano está sumergido, hemos subido las cajas
y comprobamos con la lista el contenido.
Todavía no se ha perdido nada...
Como es seguro que las aguas bajarán pronto
hemos empezado a coser sombrillitas.
Será muy duro volver a cruzar la plaza,
claramente, con sombra de plomo.
Al principio echaremos de menos la cortina
y bajaremos al sótano a menudo
para contemplar la marca
que las aguas nos legaron.

La escuela de los tenores

Coge el trapo, borra la luna,
escribe el sol, la otra moneda
del cielo, pizarra escolar.
Siéntate luego.
Tus notas serán buenas,
pasarás al curso siguiente,
llevarás una gorra nueva y más flamante.
Porque la tiza tiene razón
y la tiene el tenor que la canta.
Deshojará el terciopelo,
ahuyentará la hiedra, medida de la noche,
el musgo, su murmullo,
todos los mirlos.

Al que toca el bajo, emparédalo
en su bóveda.
¿Quién cree aún en barricas
en que el nivel del vino disminuye?
Sea pájaro o metralla
o sólo un zumbido hasta que cruje,
porque el éter está repleto
de fines de semana y veraneos.
Tijeras que, en la sastrería,
gorjean la canción de la primavera y la costura...,
no sigas su ejemplo.

Sacando el pecho, hasta que el viento dé un rodeo.
Una y otra vez trompetas,
cucuruchos de papel llenos de cebollas de plata.
Luego paciencia.
Espera hasta que los ojos de la señora se aparten,
dos criadas descontentas.
Sólo entonces esa nota que las copas temen
y el polvo
que persigue a las molduras hasta que cojean.

Raspas de pescado, ¿quién cantará esos intersticios
al mediodía ensartado en un junco?
¡Qué bien cantaba Else Fenske cuando,
en sus vacaciones de verano,
tropezó a gran altura
cayendo por una silenciosa grieta del glaciar
y dejándonos únicamente su sombrilla
y su do de pecho!

El do de pecho, los muchos afluentes del Mississippi,
su espléndido aliento
que inventó las cúpulas y el aplauso.
Telón, telón, telón.
Deprisa, antes de que el candelabro se niegue a seguir tintineando,
antes de que las galerías se inclinen
y la seda se abarate.
Telón, antes de que entiendas ese aplauso.

Las ventajas de las gallinas de viento

Porque apenas ocupan sitio
en sus perchas de corrientes de aire
y no picotean mis domésticas sillas.
Porque no desprecian las duras mondas de los sueños,
ni corren tras las letras
que el cartero pierde cada mañana ante mi puerta.
Porque se quedan quietas
de la pechuga al penacho,
paciente superficie, escrita en letra pequeña,
sin olvidar plumas ni apóstrofos...
Porque dejan la puerta abierta
y la clave sigue siendo la alegoría
que canta de vez en cuando.
Porque sus huevos son tan ligeros
y digeribles, traslúcidos.
Quién vio ese instante
en que el amarillo se harta, agacha las orejas y calla.
Porque su silencio es tan suave,
la carne del mentón de una Venus,
las alimento...

A menudo con viento del Este,
cuando pasan las hojas de tabiques intermedios,
se abre un nuevo capítulo
y me apoyo feliz en la valla,
sin tener que contar las gallinas...
porque son innumerables y se multiplican sin pausa.

Llama abierta

Una casa vacía a mis espaldas
y la certeza de calcetines puestos a secar;
fuera se esfuerzan tormentas de antiguo conocidas.

Con pensamientos amiantados,
hurgar en brasas ajenas, luego en cenizas;
porque el lado caliente tiene razón.

Placeres y bonitas conversaciones
con la madera excitada y temerosa;
fácilmente me dejo convencer

Eso vegeta hasta que. Cierra,
cierra de una vez la puerta.
Dentro todo se hace real.

Las chimeneas antes habitadas
fueron ya abandonadas ayer.
Mañana, cabeza abajo, flotará el humo frío.

Miedo súbito

Cuando en verano, con viento del Este,
se agita el polvo de septiembre y, en un periódico tardío,
los editoriales rozan la mística,

cuando las Potencias quieren cambiar de cama
y, para controlarlos, pueden fabricar
abiertamente nuevos artefactos,

cuando los excursionistas acampan en torno al fútbol
y la mirada juguetona de las naciones
refleja decisiones importantes,

cuando columnas de cifras obligan al sueño
y un enemigo camuflado resopla,
a través del sueno, arrastrándose sobre los codos,

cuando en las conversaciones siempre la misma palabra
permanece ambiguamente en reserva
y una cerillita se convierte en medio para un Fin,

cuando al nadar de espaldas
se alza hacia el cielo el cielo sólo,
la gente asustada busca la orilla,

un miedo súbito flota en el aire.

Sillas plegables

Qué tristes son esos cambios.
La gente desatornilla las placas con su nombre,
coge la cacerola con la lombarda
y la recalienta en otro lugar.

¿Qué clase de muebles son ésos
que hacen propaganda de la partida?
La gente coge sus sillas plegables
y emigra.

Barcos cargados de nostalgia y ganas de vomitar
llevan de un lado a otro
asientos patentados
y a sus dueños sin patentar.

A ambos lados del inmenso océano
hay sillas plegables ahora;
qué tristes son esos cambios.

Sustento de profetas

Cuando la langosta invadió nuestra ciudad,
no traían ya la leche a casa y el periódico se asfixiaba,
abrieron las cárceles y soltaron a los profetas.
Entonces recorrieron las calles los 3.800 profetas.
Podían hablar impunemente y alimentarse a placer
de aquel fiambre saltarín y gris que llamábamos plaga.

Qué otra cosa se hubiera podido esperar...

Pronto volvieron a traernos la leche, el periódico respiró
y los profetas llenaron las cárceles.

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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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