Pero
como la voz, el corazón,
directo y limpio, no atiende a las fronteras
ni medidas, ni sabe más allá
del trémulo fulgor de las palabras
porque ese no es su cometido.
Revestido
de inocencia, confronta
a la razón con su razón
amando en ocasiones demasiado
con el ímpetu y la fuerza irrefragable
del presentimiento de una madre.
Ocurre,
corazón, que sólo a veces
¡Razón de Amor!
no nos mueres de amor el corazón
hasta nacérsenos una mar en la garganta.
Ella
tiene tras de su velo
la noche, abiertos sus balcones
a la anchurosa plaza.
Noche, que a fuerza de oscuridad
no puede ser mas que noche.
¡Corazón
sufre!
Ella
tiene un matiz oscuro
la noche, un murmullo que entregado
al cielo, no es sino mantel
de estrellas tibias.
¡Corazón
hiere!
Ella
tiene sombras de síes
la noche, redes torpes,
saetas, nóes de hoy
que no pueden clavarse
sino en el pecho.
¡Corazón
muere!
El
corazón bermellón de la tarde
avanza de sol a luna
y por el cielo, nadie.
Traspuestos
rostros de gente
tras las ventanas no salen
y en el centro de las calles, nadie.
Esquinas
ocultas y esquivas
luces veladas y aire
y en el fondo de las sombras, nadie.
La
noche cae soberana
mantilla de brunos corales
y en lo oscuro se pasea, nadie.
La
nada traerá un lamento
y mi corazón lo sabe
en el centro de mi pecho, ¡Nadie!
Soneto
del amor imperfecto
Así
fue. Un Adiós. Simplemente.
Como si se le hubiesen apagado
las estrellas a la noche. Alumbrado
una a una, a dios, de repente,
todas
las dudas del mundo. ¿Me entiende?
Como si se le hubiesen amputado
al amor besos y abrazo, olvidado.
Créame, eso es todo, tristemente.
Como
a quien se le muere entre las manos
un pajarillo sin no esperarlo.
Como en un perderse, sencillamente.
Como
presentes sin futuro, vanos.
Como en un imposible explicarlo.
¡Así es!, un Adiós, simplemente.
A
Cesare Pavese
Se
besaban con la plenitud
de un amor inigualable
entre la niebla y la apagada
luz mortecina de la calle.
Le
turbaba su mirada
y el gesto repetido
de la insistencia.
Comenzó
a recordar,
a morir un poco,
y a apretarse el corazón
en una quimérica sucesión de imágenes.
Dieron
las 12. Se levantó.
Apagó la televisión,
y en el acto ritual de toda una vida
se fue a la cama
y puso a dormitar el alma.
A
Don Manuel Machado, Poeta
¿Mi
vida?
Una huella sin indicios.
Cuanto de ella haya tenido lo he gastado.
Nada sabrán quienes me busquen
en libros o tratados.
¿Escribir?
Esconder.
Evidencias de otras vidas.
Lo que de mí se fue dejado.
¿El
amor?
Placer que causa daño.
Amar con mucha nada en ocasiones tanto.
No amar a veces demasiado.
¿Vivir?
¡Amar!
¿Morir?
¡No ser amado!
¿Mi
muerte?
Testimonio de mi paso.
¿Mi
amor?
Un mal poema.
Fanal sin luz
sin un pobre insecto
que llevarme a los ojos.
¡Que
no pare el mundo!
que ha de mecer, todavía,
la pena sola de ese niño.
EL
MAL POEMA
Podría
ocurrir que esto un mal poema
se convirtiera a fuerza de decirlo
en un mal poema (aun sabiendo
que lo malo es siempre malo y aún es peor
si a fuerza de aseverar lo hacemos
más veces malo). Podría ocurrir
también que no lo fuera e incluso que
fuese un gran poema quizá el mejor
de cuántos poemas nunca se haya escrito.
Lo
mejor quizá sería aplicarme
el beneficio de la duda y dar
por concluida esta estúpida propuesta
de arriesgado término y tirarla.
De esa manera ni tú ni yo
indistintamente estaríamos
o leyendo o escribiendo. Pero...
podría también habérsete ocurrido
a ti no habérsete ocurrido leer
un mal poema malintencionado
de un mal autor al que en nada podría
achacársele el hecho de escribir
malos poemas. -Te lo advierto ¡obstinado!
no todos los finales son felices-
¡Podrían
ocurrir tantas muchas cosas!
Incluso
que ésto un mal poema pudiera
en un giro inesperado llegar
a no serlo guardando un gran final
digno de admiración. ¿Crees en milagros?
Pero
ya ves que ocurre lo que tiene
que ocurrir como ocurren todas las
cosas que ocurren: ocurriendo. Y
que en este juego del azar llamado
escribir a menudo uno emplea
todas las armas a su alcance. Incluso el Farol.
A
MI HERMANA
Mi
hermana nunca dejará de sorprenderme.
Suele levantarse cada 1 de Junio de cada año
y cumplir años.
¡Nada más lejos de lo común!
porque mi hermana es mi única y sola hermana.
Mi
hermana tiene el don de la palabra, el de la voz,
y se pasea por el trapecio del equilibrio de las palabras
bajo un vacío sin redes
sólo equiparable al vuelo de sus ojos
en la obediencia del aire.
Mi
hermana tiene el oído temprano de flores
y en sus manos el milagro de tinta verde.
A veces, es un oscuro baúl de secretos de niña
y otras, una caja abierta de música alegre.
A
mi hermana, no es que la quiera porque sea su hermano
ni porque ella de mí lo fuere.
La quiero (y lo sé) porque a veces, por ella,
uno se acaba dejando la ternura en el pañuelo.
Mi
hermana, sonrisa ancha y azul
lleva en sus labios el cielo
y es la alegría perenne
con la que nos alegramos.
Ya he dicho que mi hermana
nunca dejará de sorprenderme.
Va y cumple años el 1 de Junio de cada año
y por felicitaciones trae Felicidad.
Rebelación
de la Poesía ReVelada
Primer
Poeta:
Los poemas largos
no dicen nada.
Son largos.
Repiten y repiten
-se repiten-
no dicen nada.
Son largos.
A fuerza de repetir
Se hacen largos.
Segundo
Poeta:
Los poemas repetidos
son los que son largos.
Los que a fuerza de repetirse
se hacen largos.
Créame, largos, largos.
Repiten y repiten
-se repiten-
no dicen nada.
Se hacen largos,
Pero muy que muy largos.
Voz
de la poesía:
Son ustedes los que se repiten:
¡LARGO!
poeMARio
I
Yo no te canto mar.
Yo, no te canto.
No ha de ser yo
el que te canto.
Mar indefenso.
Mar, de indefensos
barcos...
Blancas manos arriba, desarmado.
Yo
no te canto, mar.
Yo, no te canto.
Cantas tú. Tú
cantas. Y por tu canto
canto.
II
Quizá
sea el mar
un cuadro que no acaba de secarse.
Obra inconclusa de un autro que insatisfecho
una y otra vez, volviera a repetirlo
en un ideal de Arte del desconocimiento
donde fueran imposibles de saber:
su autor, su estilo, su procelosa inspiración
de cielo enfurecido,
su argumento... el nombre del anciano
que al recorrer la orilla escribe sin saberlo su camino.
Desconocerlo todo.
No
saber, por qué al caer la tarde
comienzan a doler los ojos.
III
¿Aquella
tarde, mar, adónde huías,
enfurecido,
escalera blanca de peldaños hacia el cielo?