CARLOS BARBARITO

 

Nació en Pergamino, Argentina, el 6 de febrero de 1955. Reside en Muñíz desde 1986. Es bibliotecario. Su obra comprende libros de poesía y de crítica de artes plásticas. En el primero de los géneros citados, publicó: Poesía quebrada, Mano de Obra, Buenos Aires, 1984, prólogo de María Pugliese e ilustraciones de Salvador Gallup; Teatro de lirios, Fundación Alejandro González Gattone, Pergamino, 1985; Éxodos y trenes, Último Reino, Buenos Aires, 1987, prólogo de Alberto Luis Ponzo e ilustraciones de Rafael Landea; Páginas del poeta flaco, Filofalsía, Buenos Aires, 1988; Caballos y otros poemas, Hojas de Sudestada, La Plata, 1990; Parte de entrañas, Arché, Buenos Aires, 1991; Bestiario de amor, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fé, 1992 y reedición en Internet, www.letralia.com/ed_let/bestiario, Venezuela, fotografías de Andrea Miranda; Viga bajo el agua, Ediciones del Dock, Buenos Aires, Colección El mono hablador, dirigida por Joaquín Giannuzzi, 1992; Meninas/Desnudo y la máscara, Último Reino, Buenos Aires, 1992; El peso de los días, edición electrónica a cargo de Carlos Read, Altamira, Buenos Aires, prólogos de Santiago Sylvester y Dolores Etchecopar, ilustración de Diego Martínez; La luz y alguna cosa, Último Reino, Buenos Aires, 1998, prólogo de Cristina Piña; Desnuda materia, selección de Claudio González Baeza, Ediciones del Árbol, 2000, fotografía de Andrea Miranda. En crítica de artes plásticas editó: Acerca de las vanguardias, en: Arte argentino siglo XX, Comisión de homenaje a Jorge Feinsilber, Buenos Aires, 1990, y Aizenberg, Fundación Klemm, Buenos Aires, 2001, presentación de Laura Feinsilber y prólogo de Fernando López Anaya.

Son varias las antologías que recogen su obra poética: Nacer en los 50, prólogo de Hugo Fiorentino, Mundo de papel, Alcalá de Henárez, España, 1985; Four argentine Poets, edición bilingüe, Correo Latino, Buenos Aires, 1991, traducción de Adriana Uturbey y David Hughes e ilustración de Graciela Cassell; Breve muestra de la poesía contemporánea del Río de la Plata, Bianchi Editores, Buenos Aires, 1994; 70 poetas argentinos 1970-1994, selección y prólogo de Antonio Aliberti, Plus Ultra, Buenos Aires, 1994; Cinco poemas en homenaje, en: Cecilia Pozzi, La otra primavera, prólogo de Edna Pozzi, Vinciguerra, Buenos Aires, 1994; Poesía argentina año 2000, Cuadernos de El matadero, 1. Instituto de Literatura Argentina, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, selección y prólogo de Marcela Croce, 1999.

Entre las distinciones obtenidas por el autor figuran: Premio Fundación Alejandro González Gattone, Premio Fondo Nacional de las Artes, Premio Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía, Premio Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber, Premio César Tiempo, Premio Raúl Gustavo Aguirre de SADE, Menciones de Honor Leopoldo Marechal y Carlos Alberto Débole, Gran Premio Libertad y Mención Plural de México.

Figura en el Diccionario de autores argentinos, Atril, Buenos Aires, 1999 y en el Inventario Relacional de la Poesía en Lengua Española, CD ROM, recopilación de Juan Ruiz de Torres, Altorrey, Madrid, 2001.

Sus artículos, ensayos y demás textos fueron publicados en diarios, revistas y páginas web del país y de Chile, Uruguay, Brasil, Colombia, Venezuela, Costa Rica, México, Nicaragua, Estados Unidos, España e Italia.

Actualmente prepara una página en Internet con la pintora Mercedes Naveiro y un libro conjunto con los fotógrafos Andrea Miranda, Marité Malaspina, Aldo Tavella, Ariel Till y Vero Verazzi. Tiene aún inéditos dos libros de poemas: Puntos de fuga y Casa de cadenas, parcialmente difundidos en Internet, y una antología de textos curiosos, Libro de sueños y maravillas, prólogo de Esther Cross.

Escribió diversos textos para catálogos de artistas, entre ellos Ricardo Juárez, Marité Malaspina, Marcelo Lo Pinto y Andrea Miranda, y prologó numerosos libros de poemas. Fue parcialmente traducido al inglés y al portugués. Colabora permanentemente con las revistas Zona Alta, México; Voces, San Francisco, California; Letralia, Venezuela, etc, y con las argentinas Perro negro, Enterarte, Arteuna, etc.

Pueden contatar con el autor en carbar8@hotmail.com

o bien visiten  http://www.geocities.com/carbar8/Pagina_oficial.html.html

 

SELECCIÓN DE POEMAS

 

  • A continuación, poemas inéditos de su libro:
    " PUNTOS DE FUGA"
 
PUNTOS DE FUGA

A María y Cecilia
A Santiago Kovadloff
A Mercedes Naveiro y Marité Malaspina


Ahora se dirige hacia el vacío, y no lo halla. Sólo
se encuentra a sí mismo.

Michaux, Conciencia de sí asolada

 

(A Aldo Tavella)

Vida copia de copia:
humo, bruma, dentro,
materia que duerme o agoniza.
En el humo, la novela: sombra de uro.
En la bruma, envuelta en red,
un deseo, pez hembra
con ojos hinchados y ciegos.
Hubo cuerpo, carne,
recinto de único amor o malaria;
hay ironía, deseo en péndulo,
belleza inclinada, caída
sobre su propio y obsesivo repique,
luz que alumbra con oscuro un dibujo,
provisorio, asimétrico.


Despierta. Todavía es de noche. Afuera,
alguien conversa con su máscara.
De una canilla remota, gotea
y el ruido, que debería ser inaudible,
oculta los más poderosos ruidos de la tierra.
Vive en una casa que es pozo.
Vive en un pozo al que van a dar,
                                                 juntos,
en espesa y maloliente densidad,
mercurio, temor, ceniza, sangre, angustia.
No puede dormirse de nuevo. Está tan oscuro
adentro como afuera,
cada calle apenas iluminada
por los ojos de los gatos.
Quien da a luz, piensa, la muerte alumbra:
inmenso cuerpo que tiembla,
                                            remoto
como la infancia,
entre almohadones, acechado desde todas partes
por pequeños demonios
con ramitos de ortiga en las manos.
Un mueble cruje. ¿Importa menos este crujido
que el fruto podrido caído en la vereda,
la sarna en la carne de la bestia,
la cópula de la mujer con el hombre,
del hombre con su sombra, de la mujer con su eco?


Y vamos hacia un mar sin olas, todo olas.
Polvo sobre polvo en un Libro que vacila.
Queda el hueco y al fondo, ¿todavía?,
árboles cabeza abajo, aves cabeza abajo,
lluvias raras sobre naciones olvidadas,
una esfera rotando
sobre su propia ebriedad, su propia locura.
¿Y si voláramos, duráramos siglos,
encontráramos bajo la arena la palabra,
diéramos con la fórmula, la llave?
¿Y si más allá, donde se concentran,
en un gran centro, todos los puntos de fuga,
nos penetráramos de lado a lado
sin sentir el más mínimo sufrimiento?


(Michaux)

Con un limpiabotellas, tres alfileres
de gancho y una tuerca
es posible hacer un mundo.
Y con ruedas de bicicleta,
cajas, fundas de máquinas de escribir,
percheros, ampollas de vidrio,
polvo, frascos de perfume,
cartón, grasa, clavos, yodo, estrellas doradas.
Un mundo no menos terrible que éste,
no menos hermoso.


Aún duele lo que no debiera ya doler,
ligero roce de filo de papel en la carne.
                                                        Y
sobre un ala de la tarde, alguien muere
y alguien mira el reloj porque la lluvia se tarda.
En grandes o estrechas camas de hotel,
en pasadizos hechos sin ciencia,
en mataderos y hospitales,
una primera vez y una última.
Y los ojos rojos, hinchados,
La mirada obsesiva en el espejo,
el agua, el agua del espejo,
el espejo del agua.
                            ¿Tocarte,
olvidarte, cavar pozos en tu nombre,
desatar el viento, conjugar
un verbo entero o roto,
encenderte cuando desde todas partes
los muertos llaman a cenar a los vivos?


Se derrama, líquida, espesa
sustancia y todo,
incluso lo maldito, más secreto,
le es centro.
                   La periferia es otra cosa,
el milagro precario,
la pez sobre la herrumbre
sobre el óxido
sobre la palabra acacia
y cuanto ésta mide y designa.
¿De qué lado estamos
y en qué cansancio, qué rastrojo,
hacia qué suerte, Océano,
blasfemia, pudor, raza?
¿Por qué nos alejamos cada vez
rotos, dispersos,
y ni una flor pintamos en la madera,
ni un pobre corazón esmaltamos,
y no hay curso de agua en la tierra
al borde del que nos hayamos tumbado,
no a esperar la muerte,
a oír la gritería de las urracas?


Aquí, donde todo es cálido y estrecho,
somos menos extranjeros, así
en el silencio sin madre ni padre,
en el último pliegue donde se acomoda el deseo.
Desnudos, ¿a quién ofendemos?
Quizás al Eje, al dios o demonio
que esconde sus manos bajo los trapos,
al hueco que cava el viento
para depositar allí las hojas muertas.
Noche y noche: ¿ dónde sino
el vuelo sobre la escoria,
la médula pura en el centro del puro dulce martirio,
el encuentro de la primera con la última espuma?


(Eliot)

Se quemó, en algún instante
del parpadeo que llamamos la vida.
Y de él quedó esto.
Y desde esto que ahora es
Acaso ya no pueda ver
la glorieta ruidosa por la lluvia,
criaturas del calor del verano.
¿Habrá ahora bajo el Puente de Londres
el mismo remolino?
¿Podrá ahora entender,
por fin, el lenguaje del humo,
la danza de las abejas sobre las flores?


Hay niños que entierran sus juguetes.
Hay un dios enfermo y frágil.
que ya ni se pregunta por qué está tan lejos, tan alto.
Hay un te necesito en un aire frío y quieto.
Hay una sombra que espera fulgor y prodigio.
Hay vagones abandonados, vacíos.


Una larga hora difunde bruma
y una nota al pie en una página olvidada
mezcla polvo de muerte con polvo.
El índice apunta arriba
- dónde deriva un astro desinflado -,
pero abajo no es mejor:
un fruto pende de la rama que lo infesta,
un juego de opuestos
descubren u ocultan detalles
de una naturaleza muerta
en la que cada cosa es tanto como la otra
y todas valen, en conjunto, poco, casi nada.


(Banchs)

porque lo ido no dejó ni estela
porque la estela no recoge a su paso ni fruto ni piedra
porque las horas son ceniza
porque las horas son ciegas o están llenas de ojos
porque el alma carece de ventana y el cuerpo de puerta
porque hay pozo como hay palabra
porque no hay palabra sino pozo

únicamente pozo


(Edward Hopper)

A la orilla del cielo, casas
bajas, jardines que aguardan su esperanto;
a la orilla de la tierra, el temblor matutino,
el musgo profano, el tajo
en la viga del techo.
                              Y detrás
de otra puerta, bastante,
aún insuficiente, cuanto logra medir la mano:
el desnudo, el aire inmóvil,
una sombra, ocre o púrpura, y más allá,
lo que huye, ¿la vida?, bandadas...


En la leve mordedura del amor,
en el pie sobre pie del ex voto más secreto.


Sé de una mujer que se ofrece a los pájaros:

desnuda, tendida en la hierba,
expone su espalda a los picotazos
y en cada dolor encuentra goce.
El mundo es extraño,
engendra cosas extrañas:
lluvias de panes y peces,
las bolas de fuego que vio Goethe,
los barcos volantes
que transportan los restos de las cosechas,
esa mujer, esto que escribo.


Pasa un temor de infancia
Pasa una cabeza de mujer y otra cabeza, de serpiente
Pasa una llama helada, una hierba a la que ningún viento agita
Pasa una frase oscura, en facistol
Pasa lobo y centella, cifra sobre cifra, diente o conjuro
Pasa muslo inocente, sucio
Pasa grieta de mundo por donde espiar el goce y la derrota
Pasa un fármaco que no cura, una ola seca, el desabrigo


Anda casi desnuda por el patio vecino,
va hacia la canilla,
se humedece el vientre, los pechos,
se quita la última prenda
y se tiende al sol.
Alguien la mira sin que ella
pueda darse cuenta,
alguien que sólo sabe espiar
y que, sin tardanza,
en lo oscuro y secreto,
disipa todo deseo,
no sin remordimiento ni culpa.
A veces a la belleza la acecha
una pequeña, furtiva, infame miseria.


Se apretujan, de a varios,
contra los azulejos; se muerden
y se besan espaldas,
muslos y vientres.
                            Algo
los alumbra, desde arriba,
desde abajo;
                   ¿calman
su sed?, no la calman, persisten,
temblores que se repiten
reflejados en ojos de peces,
                                          en espejos.
Un dios los huele,
perro con temor y en lo oscuro.
Yo los nombro, sangre viva
sobre un papel que no se seca.
Morirán como yo, como la lógica,
pero antes encontrarán llave, casa, centro.

 

  • Poemas Inéditos de "México"


(Tina Modotti fotografiada desnuda por Edward Weston, 1924)

Se nutre de luz y silencio, expuesta
y frágil y poderosa. Está viva
todavía, vivo su sexo. Y no hay miedo,
el agua corre abajo, por túneles,
hacia una boca en sed, imperiosa.
Nada la vigila, ni traiciona,
nadie puede ya negarla ni negar la tierra.
Ella fue ojo, ahora es mirada
y lo que mira ya no está sucio,
no repugna, encuentra equilibrio,
espacio, se deshace en espumas
y se rehace en música.
Y cuanto lastimó ahora abriga, consuela.


(Frida Kahlo)

Cae un gran peso y es sombra,
suelo cubierto de hojas pútridas,
casa erigida en el centro del mundo
y en ella, oscuro, alguien
con las manos en el rostro.
¿Cómo desnudarse,
golpear el fondo, la piedra?
¿Cómo soterrar el dolor,
encontrar certeza más allá del cansancio?
No estoy enferma, estoy rota
                                            - entonces,
¿grabar pudor y ley,
invocar lo puro y lo fértil,
persistir en docilidad
con el rostro hundido en la sombra?-.

 

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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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