EL
ÁRBOL DIGITAL
Era
un hombre al que le habían enterrado su mano derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica
Le habla dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado
Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza
tronchada
Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar
FLORES
DE URANIO
Llegaron
los tres al mismo sitio
Pidieron espumeantes bebidas
Saludaron a la amable concurrencia
Llegaron
los tres a la misma mesa
Tomaron humeantes pociones
No conocían a nadie
No estaban incómodos
Y
he aquí
Que cuando los tres se encaramaron
Sobre la cornisa Sobre la ventana
Sobre el agujero
La mujer de la cantina dijo no se asusten que ellos
eran una nueva flor traída de Oriente
Pero
cuando descendieron y mataron a toda la concurrencia
Ella dijo antes de morir que no había nada que temer
Que se había equivocado de jardín
Que se había equivocado de flor
Y que en vez de traer flores de Buda
Había traído flores de Uranio
LAS
DOS PALABRAS
Un
Monte es un Monje parado sobre su cabeza
Un Monje es un Monte sentado sobre sus pies
Monte
y Monje
Son la misma cosa
El
Monte con su cabellera de fuente de lodo
El Monje como un siluro dando coletazos al aire
No hay un Monte que no haya cabalgado sobre un Monje
No hay un Monje que no haya arrancado de raíces un
Monte
Los
Monjes se dan silvestres
Oran como relojes de péndulo
A garrotazos
Silvosos como una misa en la calle pelada
Un
Monte que grita
Es un Monte que calla
El
Monje corta el Monte con una cuchilla
El Monte desgarra el Monje con un serrucho
Hay
que hablar bien para que todo quede claro
MIS
FANTASMAS
Iba
a hablar de mis
fantasmas...
pero
¿cómo puedo
hablar de mis
fantasmas
si no los
he visto todavía?
Se enreda la sombra
por la trepadora de
mi boca
y me quedo largo tiempo
asomado al infinito
como el perro al cuadro
vacío de la ventana
y sé que pilas de
fantasmas
podrán brotar de
un momento a otro
como manantial a su arroyo
y que
a pesar de todo
yo que canto
no podré hablar de mis
fantasmas
sin haberlos visto
todavía
BRISA
El
sólo movimiento de una hoja en el limonero puso en
actividad toda la casa.
A ras de suelo un leve humo disipó sus sombras y
dejó al descubierto el dulce
ladrillo
de los antepasados
El antiguo fantasmero de caoba fue puras risas entrecortadas
y pasos blandos
como
guantes
Las vigas en el techo y el soporte de las arañas
temblaron como una trapecista
en
celo de tendones
-Apagada estaba ya la vela en el altar contra el rincón
y no se movía-
Al borde y al centro de una pantalla de adobe habían
ahora puertas y ventanas
en vaivenes de secos golpes y monótonos
Paso tuvo el sol que quedaba restando y sumando por los
postigos y los portillos
En la fragilidad de sus lazos y la corredera del hilambre
la hamaca dijo sí o dijo no
Corrió veloz la mariposa única hasta el escaño
deshuesado y sólido que esperaba
en el corredor
Y desde allí la ahumada cocina hizo leve muestreo
de rescoldos y cenizas
Viejas ollas en depósito de sentencias y perfumes
Desierto de áridos granos y legumbres florecidas
Leña ya en el musgo y el renacimiento de las parásitas
Tardo hueco del fogón y su encanto
Platos y tazas desportillados por un constante repique de
los usos
Pocillos en la pared como una interrogación colgando
Por el patio donde se desvanecía el acento trinitario
y el punto aparte de las
gallinas caminó como un murmullo que no era sino
roce y frotación de pieles
desnudas
por la hierba
El cielo se sostenía en un meridiano preciso que
era una nube gris y muchas
blancas
más azul
Fue
solo un múltiple movimiento de pies como las hojas
cortadas del plátano
Un sólo movimiento en esa tarde
Pero al detenerse el limonero
Todo en aquel sitio continuó como antes
LAS
PIEDRAS
"Las
piedras ...siguen hablando a
los que las escuchan".
André
Breton.
No eran camino largo o encrucijada
huellas de senderos que se van a pasos
eran luz desde el canto de la tierra
polvo vuelto a más y detenido
El
sol las ve hasta el corazón escrito
sabe que precisan su historia a todo momento
y en la fila de agua que marca su salida
ellas son el color y la sustancia
Sus
formas muerden al mundo para sembrarlo
y lo cargan del placer de las imágenes
al ser pájaros en el nudo de la planta
cielo y nube en amor estacionario
No
dejan allí su barro sino el misterio
de por cuando vienen las cosas y los murmullos
y pintan una flor de auxilios por el suelo
en esa su piel azotada de silencios
A
meterse entre los ojos dicen
y ya son caballo inmóvil sobre el desierto
mirada fija en el círculo del valle
reflejo y desnudez del indicio de los tiempos
En
el mar de su búsqueda desciende
como inútil la pregunta y la respuesta
así en ellas se graba el signo que estremece
y permite leer todo el comienzo
INVOCACION
A LA LLUVIA
Dime
si empieza a llover
Y una gota grande como un sol se desprende
Viniendo desde esa mano de cielo en líneas entrecruzadas
Al geranio de cristal plantado entre las maderas del patio
Dime,
¿qué debo hacer? ¿Cuál es el
salmo que abre esa llave?
Y
no deteniéndose allí inaugura un cono de reflejos
Una paz de chorros en el vidrio y la ventana
Inicia la envidia de los vecinos
Con un tronco de piedra entre los dedos
Dime,
¿qué debo hacer? ¿Cuál es el
evangelio que tumba esa puerta?
Y
desmedida por la piel
Mientras olvida el marco natural
Invade nuestros cuerpos tendidos
En la digna postura del amor
Dime,
¿qué debo hacer? ¿Cuál es el
verbo que derrama esa gota?
VIAJERA
En
cuanto a los árboles
Tiene cabellos como batidora de plantas
Sube en soga por la miel de las raíces
Y en la punta de las hojas es cristal de agua
En
cuanto a las noches
Camina por el añil en fondo
Dejando humo y sonido como vapor de fuego
Chispa de seno en curva adolescente
Es
amor de múltiples amantes
Trigo en aire de inigualado desenfreno
Astilla firme en el corazón de los pájaros
Ovulo centro que esperma y desaparece
Hada
en techos de zinc y asbesto
Muévese como trepadora en cruz sobre la rama
Precisa como gotera a medianoche
Da paso a un nuevo ruido
Esperándola
estamos los hombres de la tribu
En la danza de abeja con olor a signo
Callados a la espera de palabras
Es a nosotros su más certero desafío
Mírala
venir de ella en agua
Mírala caminar de ella en árbol
Mírala flotar de ella en noche
Mírala partir de ella en pájaro
MI
CIUDAD
Tal
vez si de polvo y arcilla
Se volviera a construir la calle,
Si de arena y piedra
Se reflejara del sol la luz que asciende,
Yo volvería a encontrar la palabra luna
De esta mi ciudad de viento.
No
puedo olvidar que me detuve
En medio de las ruinas de lo que ya era
Una multitud de enigmas indescifrables
Y allí solté en canto Lo que se iba en sueño
Salté las piedras
De lo que fue tiempo.
Tengo
clara memoria
De estar allí
Con el amargo de los días idos
Entre los dedos:
Paso de a paso entre fragmentos.
CONSTRUCTOR
A
Jaime García Maffla
Es necesario que diga cómo construí el mundo.
Con la tijera mi madre había ido cortando esas trízas
de verde que yo plantaba: árboles de una selva que
la suerte podía desflorar de un manotazo. Hacer una
cascada no era el problema sino el brillo que la consumía.
Como ríos navegaba el papel de estaño de los
cigarrillos y con el cartón de las cajas se levantaban
cerros que el dedo hurgaba en busca de cavernas para las
hormigas. Las casas tenían manos como banderas desde
las ventanas. Había puesto musgo y epífitas
como borrones de tinta entre los campos, y en el cielo ese
sol que era el bombillo de la sala. Así construí
el mundo que podía recorrer de un solo paso, acariciar
con la mirada desde mi cuarto. Así pude vencer el
estremecimiento y dar aviso de lobo a los pastores que lo
poblaban con sus ovejas de palo.
LA
TIA CHINCA
A
Antonio Zibara
Nunca
hablé de mi tía Chinca por miedo a su silencio.
Recuerdo esas largas oleadas de humo que venían desde
la última pieza, la que daba al patio, y que eran
producto de sus cigarros baratos. Ella los fumaba allí,
en lo oscuro, como quien saluda al infinito. No sé
cómo era su voz porque nunca me dijo una palabra
de rabia ni de cariño. Tengo memoria sí de
sus vestidos negros y de sus babuchas gastadas por un caminar
de no sé dónde. Nadie me dijo qué hacía
mi tía Chinca los domingos o si tuvo amores secretos,
pasiones violentas, encuentros fortuitos. ¿Qué
hacía mi tía Chinca sentada sola en el patio?
Cuando pasaba a mediodía por la sala, donde toda
la familia se reunía a oír las canciones de
Pedro Infante, mi tía Chinca dejaba una estela de
cenizas y escombros como si lentamente se estuviera deshaciendo.
Pero nadie lo notaba, o ¿era yo sólo el que
descifraba las manchas que dejaba en el espacio? Dicen que
murió pequeñita, como una torcaza, y que con
ella enterraron también su silencio.
NOSOTROS
DOS
No
siempre se puede ser cara o sello al mismo tiempo y después
decir que la fortuna se mide por abismos. Hay un lugar por
el cual si entramos o salimos vamos al mismo sitio. Dicen
que lo pueblan seres tan distantes los unos de los otros
que ya no tienen fondo: lisos ellos se miran sin mirarse,
sin advertir que también son substancia de esa otra
mirada, la que de ti a mí danza solitaria su existencia.
Tú, que traspasaste los últimos lindes; yo,
que perseguía tu cuerpo para atraparlo en mi morada.
No siempre se puede decir que somos lo que somos, nosotros
dos que construimos el cielo a martillazo limpio.
QUITO
Recuerdo
que un bárbaro en Asia dijo que ésta era una
ciudad con nombre de cuchillo. Algo hiriente y hermoso.
Sin embargo, para mí se trata simplemente de una
ciudad donde todos enredan las palabras. Las retuercen de
tal manera, las envuelven, las estiran, hasta que hacen
una masa como de harina blanca. Entonces la empastelan contra
las puertas de madera formando extrañas volutas,
semicircunferencias, espirales, estrellas, soles en círculos
concéntricos, líneas rectas como paralelas
de líneas curvas, acentos, serpientes, granos de
maíz, ángeles. Luego pasan unos hombres acaballados
en unos sombreros altos y negros que pintan de oro estos
moldes. De otra manera no puedo imaginármela, ni
más allá ni menos acá de estas formas
aventadas.
VALPARAÍSO
Tal
vez tendría una falsa memoria de Valparaíso
si no me hubieran sucedido cinco cosas: Primero, en la cima
de uno de los cerros dos hombres cargan un piano, y su silueta
recortada contra el cielo es la misma música; segundo,
en el malecón un pescador se ha quedado dormido con
varios peces atravesados en el pecho; tercero, en la plaza
Echaurren una prostituta con un hueco en la frente me dice
de abandonarlo todo e ir con ella hasta las alturas; cuarto,
te busqué por entre los colores de las puertas y
el ruido de los funiculares y no estabas; quinto, se fue
la noche y vino una mañana de todos los cielos.
AKROTIRI
De
pura ceniza hasta los tobillos vi la antigua ciudad en ruinas,
Akrotíri, allí encaramada a lo alto del risco
de esta media luna como isla. No toqué a ninguna
puerta porque mis dedos se disolvían en el polvo;
no vino tampoco ningún auriga a transportarme hasta
el mercado de peces. Un vino seco al fondo de las botijas
en fila irisaba viajes y fiestas. Apaleado por el calor
me senté en una piedra. Desde allí vi el pequeño
agujero de una ventana sobre un cuarto. Las paredes deberían
estar cubiertas de esos frescos inimitables. Un sabor de
agua clara correría por los labios. En esa habitación
ella y él debieron hacer el amor, este día.
Algo como lo eterno tiene también el color de la
ceniza.