GLOSA
DE MI TIERRA
Amapolita
morada
del valle donde nací:
sino estás enamorada,
enamórate de mi.
I
Aduerma
el rojo clavel
o el blanco jazmín de las sienes;
que el cardo es sólo desdenes,
y sólo furia el laurel.
Dé el monacillo su miel,
y la naranja rugada
y la sedienta granada
zumo y sangre --oro y rubí;
que yo te prefiero a ti,
amapolita morada.
II
Al
pie de la higuera hojosa
tiende el manto la alfombrilla;
crecen la anacua sencilla
y la cortesana rosa;
donde no la mariposa,
tornasola el colibrí.
Pero te prefiero a ti,
de quien la mano se aleja:
vaso en que duerme la queja
del valle donde nací.
III
Cuando,
al renacer el día
y al despertar de la siesta,
hacen las urracas fiesta
y salvas de gritería,
¿por qué, amapola, tan fría,
o tan pura, o tan callada?
¿Por qué, sin decirme nada,
me infundes un ansia incierta
--copa exhausta, mano abierta--
si no estás enamorada?
IV
¿Nacerán
estrellas de oro
de tu cáliz tremulento
--norma para el pensamiento
o bujeta para el lloro?
No vale un canto sonoro
el silencio que te oí.
Apurando estoy en ti
cuánto la música yerra.
Amapola de mi tierra:
enamórate de mí.
Huellas, 1922
LA
AMENAZA DE LA FLOR
Flor
de las adormideras:
engáñame y no me quieras.
¡Cuánto
el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,
flor que te pintas ojeras
y exhalas el alma al sol!
Flor
de las adormideras
Una
se te parecía
en el rubor con que engañas,
y también porque tenía
como tú negras pestañas.
Flor
de las adormideras.
Una
se te parecía...
(Y tiemblo sólo de ver
tu mano puesta en la mía:
tiemblo no amanezca un día
en que te vuelvas mujer.)
Huellas, 1922
APENAS
A
veces, hecho de nada,
sube un efluvio del suelo.
De repente, a la callada,
suspira de aroma el cedro.
Como
somos la delgada
disolución de un secreto,
a poco que cede el alma
desborda la fuente de un sueño.
¡Mísera
cosa la vaga
razón cuando, en el silencio,
una como resolana
me baja, de tu recuerdo!
Otra voz, 1936
MORIR
En
el más cariñoso lecho
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.
Muelle,
el ala del ángel blanco
¡qué piedad, que ternura al fin!--
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.
Esta
frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!
¡Qué
conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.
Ni
la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:
Lento
declive, y tan seguro
--hinchado de sí--
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni
siquiera
al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.
¡Qué
natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.
¡Y
yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!
Yo
no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.
Otra voz, 1936
SOL
DE MONTERREY
No
cabe duda: de niño,
a mí me seguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Saltaba
de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
(El
fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero.)
Todo
el cielo era de añil;
toda la casa de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuánto me pesa el sol!
¡Oh cuánto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!
Yo
no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.--
Cada ventana era sol,
cada cuarto era ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
Y
a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Cuando
salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
--¡Ya llevas sol para rato!--
Es tesoro --y no se acaba--
no se me acaba --y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.--
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.
Otra voz, 1936
GOLFO
DE MÉXICO
VERACRUZ
La
vecindad del mar queda abolida:
basta saber que nos guardan las espaldas,
que hay una ventana inmensa y verde
por donde echarse a nado.
LA HABANA
No
es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba --que nunca vio Gauguin,
que nunca vio Picasso--,
donde negros vestidos de amarillo y de guinda
rondan el malecón, entre dos luces,
y los ojos vencidos
no disimulan ya los pensamientos.
No
es Cuba --la que nunca oyó Stravinsky
concertar sones de marimbas y güiros
en el entierro de Papá Montero,
ñañigo de bastón y canalla
rumbero.
No
es Cuba --donde el yanqui colonial
se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
de brisa, en las terrazas del reparto;
donde la policía desinfecta
el aguijón de los mosquitos últimos
que zumban todavía en español.
No
es Cuba --donde el mar se transparenta
para que no se pierdan los despojos del Maine,
y un contratista revolucionario
tiñe de blanco el aire de la tarde,
abanicando, con sonrisa veterana,
desde su mecedora, la fragancia
de los mangos y cocos aduaneros.
VERACRUZ
No:
aquí la tierra triunfa y manda
--caldo de tiburones a sus pies.
Y entre arrecifres, últimas cimbres
de la Atlántida,
las esponjas de algas venenosas
manchan de bilis verde que se torna violeta
los lejos donde el mar cuelga el aire.
Basta
saber que nos guardan las espaldas:
la ciudad sólo abre hacia la costa
sus puertas de servicio.
En
el aburridero de los muelles,
los mozos de cordel no son marítimos:
carga en la bandeja del sombrero
u sol de campo adentro:
hombres color de hombre,
que el sudor emparienta con el asno
--y el equilibrio jarocho de los bustos,
al peso de cívicas pistolas.
Herón
Proal, con manos juntas y ojos bajos,
siembra la clerical cruzada de inquilinos;
y las bandas de funcionarios en camisa
sujetan el desborde de sus panzas
con relumbrantes dentaduras de balas.
Las
sombras de los pájaros
danzan sobre las plazas mal barridas.
Hay aletazos en las torres altas.
El
mejor asesino del contorno,
viejo y altivo, cuenta una proeza.
Y un juchiteco, esclavo manumiso
del fardo en que descansa,
busca y recoge con el pie descalzo
el cigarro que el sueño de la siesta
le robó de la boca.
Los
Capitanes, como han visto tanto,
disfrutan, si hablarse,
los menjurjes de menta en los portales.
Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
y el cabo Verde y sus faros de colores,
y la tinta china del Mar Amarillo,
y el Rojo entresoñado
que el profeta judío parte en dos con
la vara,
y el Negro, donde nadan
carabelas de cráneos de elefantes
que bombean el Diluvio con la trompa,
y el Mar de Azufre,
donde perdieron cabellera, ceja y barba,
y el de Azogue, que puso dientes de oro
a la tripulación de piratas malayos,
reviven el olor del alcohol de azúcar,
y andan de mariposas prisioneras
bajo el azul "quepi" de tres galones,
mientras consume nubes de tifones
la pipa de cerezo.
La
vecindad del mar queda abolida.
Gañido errante de cobres y cornetas
pasea en un tranvía.--
Basta saber que nos guardan las espaldas.
(Atrás,
una ventana inmensa y verde...)
El alcohol del sol pinta de azúcar
los terrones fundentes de las casas.
(...por donde echarse a nado).
Miel
de sudor, parentesco del asno,
y hombres color de hombre
conciertan otras leyes,
en medio de las plazas donde vagan
las sombras de los pájaros.
Y
sientes a la altura de tus sienes
los ojos fijos de las viudas de guerra.
Y
yo te anuncio el ataque a los volcanes
de la gente que está de espalda al
mar:
cuando los comedores de insectos
ahuyenten las langostas con los pies
--y en el silencia de las capitales
se oirán venir pisadas de sandalias
y el trueno de las flautas mexicanas.
La vega y el soto, 1944
ARTE
POÉTICA
1
Asustadiza
gracia del poema:
flor temerosa, recatada en llema.
2
Y
se cierra, como la sensitiva,
si la llega a tocar la mano viva.
3
--Mano
mejor que la mano de Orfeo,
mano que la presumo y no la creo,
4
para
traer la Eurídice dormida
hasta la superficie de la vida
La vega y el soto, 1944
LOS
CABALLOS
¡Cuántos
caballos en mi infancia!
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Aprendí
a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote
largo
que se llamaba --pido perdón-- el Grano
de Oro.
Mi
padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las
cosas:
--Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.--
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Me
hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.
Pero,
aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!
Y
me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:
En
la cuesta,
como quiera la bestia,
y en el llano,
como quiera el amo.
Y
aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.
Y
aprendí de falsa y de almartirgón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.
Los
caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Mi
segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por
su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.
Rompía
el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi
alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.
¡Oh
mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
En
una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un Alemán.
Porque
el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita
y pon.
¡Oh
mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
Me
dajaba a la puerta de la escuela
y luego regesaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi lucero.
Los
caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y
vino el Tapatío, propio bridón
de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.
Y
vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
--vamos al decir--,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo --ya se ve--
del Zócalo a Chapultepec.
Los
caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y
luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro lucero en que él vino
a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.
Lo
guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.
Hubo
una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
--¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos.
QUÉDATE
CALLADO
Quédate callado y solo:
casi todo sobra y huelga.
De la rama el fruto cuelga
y la rosa del peciolo,
no a efectos del querer sólo,
sino a la inerte ceguera
que la visión exagera
en alcance y en sentido;
y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.
Quédate solo y callado:
casi todo huelga y sobra.
Ningún gasto se recobra,
ni vale el oro cambiado
la moneda que has pagado
por montones de vellón
Que a hurtos da el corazón
los latidos que aprovechas,
y aunque imaginas que pechas,
lo debes al panteón.
EL
VERDUGO SECRETO
Vives en mí, pero te soy ajeno,
recóndito ladrón que nunca sacio,
a quien suelo ceder, aunque reacio,
cuanto suele pedir tu desenfreno.
Me quise sobrio, me fingí sereno,
me dictaba sus máximas Horacio,
dormí velando, festiné despacio,
ni muy celeste fui, ni muy terreno.
Poco me aprovechó vivir alerta,
si del engreimiento vanidoso
hallaste tú la cicatriz abierta.
Hoy quiero rechazarte, y nunca oso.
¡Válgame la que a todos nos liberta,
y al orden me devuelve y al reposo!
EL
LLANTO
Al declinar la tarde, se acercan los amigos;
pero la vocecita no deja de llorar.
Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,
pero sigue cayendo la gota de pesar.
No
sabemos de donde viene la vocecita;
registramos la granja, el establo, el pajar.
El campo en la tibieza del blando sol dormita,
pero la vocecita no deja de llorar.
-¡La
noria que chirría!- dicen los más
agudos-
Pero ¡si aquí no hay norias!
¡Que cosa tan singular!
Se contemplan atónitos, se van quedando
mudos
porque la vocecita no deja de llorar.
Ya
es franca desazón lo que antes era
risa
y se adueña de todos un vago malestar,
y todos se despiden y se escapan de prisa,
porque la vocecita no deja de llorar.
Cuando
llega la noche, ya el cielo es un sollozo
y hasta finge un sollozo la leña del
hogar.
A solas, sin hablarnos, lloramos un embozo,
pero la vocecita no deja de llorar.
YERBAS
DEL TARAHUMARA
Han bajado los indios tarahumaras,
que es señal de mal año
y de cosecha pobre en la montaña.
Desnudos y curtidos,
duros en la lustrosa piel manchada,
denegridos de viento y de sol, animan
las calles de Chihuahua,
lentos y recelosos,
con todos los resortes del miedo contraídos,
como panteras mansas.
Desnudos
y curtidos,
bravos habitadores de la nieve
-como hablan de tú-,
contestan siempre así la pregunta obligada:
-"Y tu ¿no tienes frío
en la cara?
Mal
año en la montaña,
cuando el grave deshielo de las cumbres
escurre hasta los pueblos la manada
de animales humanos con el hato e la espalda.
Los
hicieron católicos
los misioneros de la Nueva España
-esos corderos de corazón de león.
Y, sin pan y sin vino,
ellos celebran la función cristiana
con su cerveza-chicha y su pinole,
que es un polvo de todos los sabores.
Beben
tesgüiño de maíz y peyote,
yerba de los portentos,
sinfonía lograda
que convierte los ruidos en colores;
y larga borrachera metafísica
los compensa de andar sobre la tierra,
que es, al fin y a la postre,
la dolencia común de las razas de los
hombres.
Campeones de la Maratón del mundo,
nutridos en la carne ácida del venado,
llegarán los primeros con el triunfo
el día que saltemos la muralla
de los cinco sentidos.
A
veces, traen oro de sus ocultas minas,
y todo el día rompen los terrones,
sentados en la calle,
entre la envidia culta de los blancos.
Hoy solo traen yerbas en el hato,
las yerbas de salud que cambian por centavos:
yerbaniz, limoncillo, simonillo,
que alivian las difíciles entrañas,
junto con la orejela de ratón
para el mal que la gente llama "bilis";
y la yerba del venado, del chuchupaste
y la yerba del indio, que restauran la sangre;
el pasto de ocotillo de los golpes contusos,
contrayerba para las fiebres pantanosas,
la yerba de la víbora que cura los
resfríos;
collares de semillas de ojos de venado,
tan eficaces para el sortilegio;
y la sangre de grado, que aprieta las encías
y agarra en la nariz los dientes flojos.
(Nuestro
Francisco Hernández
-El Plinio Mexicano de los Mil y Quinientos-
logró hasta mil doscientas plantas
mágicas
de la farmacopea de los indios.
Sin ser un gran botánico,
don Felipe Segundo
supo gastar setenta mil ducados,
¡para que luego aquel herbario único
se perdiera en la incuria y el polvo!
Porque el padre Moxó nos asegura
que no fue culpa del incendio
que en el siglo décimo séptimo
aconteció en El Escorial.)
Con
la paciencia muda de la hormiga,
los indios van juntando sobre el suelo
la yerbecita en haces
-perfectos en su ciencia natural
Ifigenia
cruel (fragmento)
Pero soy como me hiciste, Diosa,
entre las líneas iguales de tus flancos:
como plomada de albañil segura,
y como tú; como una llama fría.
Sobre el eje de tu nariz recta,
nadie vio doblarse tus cejas,
ni plegarse los rinconcillos
inexorables de tu boca,
por donde huye un grito inacabable,
penetrado ya de silencio.
¿Quién
acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?
¿Y
para quién habías de desatar
la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?
¿Quién vio temblar nunca en
tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca
hermética
de tus dos piernas verticales?
En
torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero:
los pies, donde recibes la ofrenda
y donde tuve yo cuna y regazo;
los haces de dedos en compás
donde puede ampararse un hombre adulto;
las raíces por donde sorbes
las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.