Por Víctor Manuel Mendiola

 

Y A USTED ¿QUÉ LE PARECE?


La advertencia "yo soy un poeta" que Paz lanzaba, casi siempre al final de una entrevista o de una conversación, no era gratuita y mucho menos un gesto de decoro. Revelaba una convicción profunda: la poesía no sólo representa una opinión excéntrica, es también un punto de vista privilegiado para reflexionar. La historia, la filosofía política, la economía pueden ser comprendidas con una mirada "extraña" pero igualmente rigurosa. Esta disciplina, al fin y al cabo discursos, hablan mejor si el lenguaje de la poesía las hace hablar de nuevo. Asimismo, la frase "y a usted ¿qué le parece?", que inevitablemente Paz nos devolvía en la mayor parte de las pláticas, no era un desplante formal para continuar hablando. Mostraba, si vale decirlo de esta manera, una costumbre dialéctica de crear siempre con el interlocutor un camino de preguntas, no a la sombra de un árbol pero sí en el hilo mental y metálico de la comunicación en la ciudad. Muchas de la conversaciones que tuve con él ocurrieron por teléfono. Esa declaración de principio "yo soy poeta" y la interrogación inmediata "y a usted ¿qué le parece?", que yo ahora trato de articular, tenían además algo sobrecogedor. Nos enfrentaban con una rapidez y con ese estado de impaciencia que apuran las primera palabras de un diálogo que no se sabe a dónde lleva y si va a tener buen término. Siempre me incomodó, pero al mismo tiempo siempre admiré el rigor —si lo agarraba a uno desprevenido, podía parecer intransigencia— que dominaba el trato con Paz. En la relación con él, había que aceptar, más que una coherencia, un juego abierto y duro, una violencia lógica y retórica; después venía el gusto por el orden y, desde luego, la puntería analógica. La imaginación y el pensamiento, la poesía, implicaban un trato fuerte, una callosidad. Si pensamos que la mayoría de las intervenciones de nuestros poetas y literatos buscan, a como dé lugar, la grata y sorpresiva coincidencia, hablar de este trato, caracterizado por una rudeza, tiene sentido. Poner el acento en el lado en donde por consenso no hay que poner atención alguna, más que un error es entrar en una situación dudosa. Desde muy pronto, Octavio Paz se atrevía a poner los pies en esa zona oscura y lo hizo con tal decisión que durante mucho tiempo despertó suspicacia entre los celosos guardianes de las verdades consagradas y los lugares comunes. Lo curioso reside en que el tiempo transformó las cosas: el poeta puesto en tela de juicio pasó a ser uno de nuestros mejores críticos y poetas. Más que un paladín de cualquier clase de principio se convirtió, si se puede decir de este modo, en un guardián de la duda. En un ambiente de blandenguerías y blandengues, la consistencia intelectual del poeta Octavio Paz molestaba y me imagino que su recuerdo continuará molestando por mucho tiempo.

 

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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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