Y
A USTED ¿QUÉ LE PARECE?
La advertencia "yo soy un poeta" que Paz lanzaba,
casi siempre al final de una entrevista o de una conversación,
no era gratuita y mucho menos un gesto de decoro. Revelaba
una convicción profunda: la poesía no
sólo representa una opinión excéntrica,
es también un punto de vista privilegiado para
reflexionar. La historia, la filosofía política,
la economía pueden ser comprendidas con una mirada
"extraña" pero igualmente rigurosa.
Esta disciplina, al fin y al cabo discursos, hablan
mejor si el lenguaje de la poesía las hace hablar
de nuevo. Asimismo, la frase "y a usted ¿qué
le parece?", que inevitablemente Paz nos devolvía
en la mayor parte de las pláticas, no era un
desplante formal para continuar hablando. Mostraba,
si vale decirlo de esta manera, una costumbre dialéctica
de crear siempre con el interlocutor un camino de preguntas,
no a la sombra de un árbol pero sí en
el hilo mental y metálico de la comunicación
en la ciudad. Muchas de la conversaciones que tuve con
él ocurrieron por teléfono. Esa declaración
de principio "yo soy poeta" y la interrogación
inmediata "y a usted ¿qué le parece?",
que yo ahora trato de articular, tenían además
algo sobrecogedor. Nos enfrentaban con una rapidez y
con ese estado de impaciencia que apuran las primera
palabras de un diálogo que no se sabe a dónde
lleva y si va a tener buen término. Siempre me
incomodó, pero al mismo tiempo siempre admiré
el rigor si lo agarraba a uno desprevenido, podía
parecer intransigencia que dominaba el trato con
Paz. En la relación con él, había
que aceptar, más que una coherencia, un juego
abierto y duro, una violencia lógica y retórica;
después venía el gusto por el orden y,
desde luego, la puntería analógica. La
imaginación y el pensamiento, la poesía,
implicaban un trato fuerte, una callosidad. Si pensamos
que la mayoría de las intervenciones de nuestros
poetas y literatos buscan, a como dé lugar, la
grata y sorpresiva coincidencia, hablar de este trato,
caracterizado por una rudeza, tiene sentido. Poner el
acento en el lado en donde por consenso no hay que poner
atención alguna, más que un error es entrar
en una situación dudosa. Desde muy pronto, Octavio
Paz se atrevía a poner los pies en esa zona oscura
y lo hizo con tal decisión que durante mucho
tiempo despertó suspicacia entre los celosos
guardianes de las verdades consagradas y los lugares
comunes. Lo curioso reside en que el tiempo transformó
las cosas: el poeta puesto en tela de juicio pasó
a ser uno de nuestros mejores críticos y poetas.
Más que un paladín de cualquier clase
de principio se convirtió, si se puede decir
de este modo, en un guardián de la duda. En un
ambiente de blandenguerías y blandengues, la
consistencia intelectual del poeta Octavio Paz molestaba
y me imagino que su recuerdo continuará molestando
por mucho tiempo.