|
Por
Maria Aparecida Dasilva
|
|
VIDA
Y MUERTE DE LAS VANGUARDIAS POÉTICAS:
JOSÉ GOROSTIZA (*)
¡Oh,
qué dolor el dolor
antiguo de la poesía,
este dolor pegajoso
tan lejos del agua limpia!
Encrucijada, Federico García Lorca
José Gorostiza compuso su primer libro de poemas
Canciones Para Cantar En Las Barcas el año
mismo que Breton publicó el Manifiesto Del Surrealismo,
coincidiendo, por lo tanto, el inicio de su madurez
creadora con el cierre de las vanguardias europeas.
Sus primeros escritos surgieron, sin embargo, en época
temprana, más bien en 1918, cuando colaboró
en la revista San-Ev-Ank, concebida, con anhelo renovador,
por sus colegas de la Preparatoria. El intersticio que
va de esta primera manifestación literaria juvenil
hasta 1925, lo completó con textos editados en
la Revista Nueva, El Monitor Republicano, El Universal
Ilustrado, El Maestro, México Moderno, El Heraldo
de la Raza y Repertorio Americano, periódicos
cuyos títulos reflejan el espíritu de
afirmación cultural que se produjo en el México
de los años 20.
En
aquellos días, mientras la Revolución
seguía estallando en el campo y una serenidad
tambaleante animaba los círculos políticos
e intelectuales de la capital, los jóvenes poetas
responsables por la fundación de las vanguardias
mexicanas hicieron incidir sobre la tradición
literaria del país una perspectiva crítica
de proporciones jamás cogitadas por ninguna de
las dos generaciones del Ateneo de la Juventud. La primera,
instituida desde su fundación (octubre 1909),
se movió entre los estímulos de la inquietud
social invocadora de las fuerzas mesiánicas de
las artes caso de José Vasconcelos
y la gestación de un humanismo de fondo cosmopolita,
propiciador de la libertad cultural caso de Alfonso
Reyes, ambas tendencias como rechazo inmediato
a la herencia del positivismo porfirista. La segunda
generación, reunida a partir de 1916 bajo el
epíteto de «Los Siete Sabios», se
forjó como meta la democratización de
la cultura sociológica, en un programa que, para
perplejidad de sus maestros, no pretendió escindir
política e intelectualidad. Cuando el perfil
de las primeras vertientes vanguardistas empezó
a esbozarse en México, los resquicios de la metafísica
bergsoniana aún resonaban en las obras de Reyes,
reafirmando la supremacía del impulso vital sobre
la filosofía mecanicista, mientras la vocación
arrebatadora de Vasconcelos, erigida sobre su sueño
de integración racial y cultural, se colaba en
el proyecto de reconstrucción educacional que
puso en práctica al frente de la Secretaría
de Instrucción Pública.
La
autonomía intelectual de Gorostiza lo dejaría,
desde luego, desplazado en la geografía de las
vanguardias mexicanas, y pese al hecho de que, por las
contingencias de época, se le debe ubicar en
la primera formación de los Contemporáneos
junto con Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de
Montellanos y Enrique González Rojo, son
innegables los rasgos que lo aproximan a la actitud
escéptica característica del segundo grupo:
Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen y,
ante todo, Jorge Cuesta. Le impulsó, además,
como a los integrantes de la segunda formación
de los Contemporáneos, el espíritu crítico;
y la crítica literaria fue, verdaderamente, la
conciencia estética que imprimió organicidad
a las muchas tendencias aisladas del llamado grupo sin
grupo. A lo largo de su breve existencia (1928-1931),
la revista del mismo nombre publicó, lado a lado,
poemas y artículos de variadas índoles.
Sus páginas acogieron las incertidumbres plasmadas
en las obras de autores tanto nacionales como foráneos,
uniendo la mejor tradición literaria occidental
al front consagrado de las vanguardias de la época.
Con señas de híbrida aquiescencia estética,
la publicación del grupo ubicó a sus integrantes
dentro del marco de transición del posmodernismo
hacia la poesía mexicana actual.
Para
Gorostiza, al igual que para los demás Contemporáneos,
la rebelión futurista resonaba ya en eco lejano,
y el estridentismo, único ímpetu demoledor
que les tocó vivenciar en la génesis de
las vanguardias mexicanas, se había consumido,
sin meta definida, en el sonsonete como diría
Xavier Villaurrutia con sutileza satírica
de «sus sonoros propósitos» (1).
A su vez, la dualidad agónica del homme nouveau
dadaísta llegaría a México casi
simultáneamente al nacimiento del ciclo narrativo
de la Revolución, en un momento de fertilidad
creadora que privilegió, como tema y técnica,
el reflejo alegórico de la realidad histórica.
Es difícil estimar hasta qué punto la
idea de détachment perpetuo defendida por Tzara
(véase el Manifiesto de 1918) ejerció
influencia sobre los jóvenes poetas Contemporáneos,
aunque no me parece temeroso concluir que la ascendencia
Dada imprimió huellas, de veras, en el grupo.
Seguramente, ninguna de las dos generaciones cultuó
el antilogos dadaísta y su horror a la memoria,
pero motivos como la aceptación de la muerte,
el deseo de significación más allá
de lo fortuito, la conciencia dividida y el satanismo
joyeux, temas vitales de este movimiento, son reconocibles
en las obras de Gorostiza y Villaurrutia.
En
Gorostiza, sobre todo, el concepto de cristalización
periférica que atribuye Tison-Braun a la poesía
de Tzara (2) se realiza en la experiencia humana
original de Muerte Sin Fin (1939), donde las imágenes
de la caída, del vértigo, del fuego y
del vacío nos revelan el yo este ojo que
se mira a sí mismo como testigo de su propia
lucha interior (Veáse TZARA, LHomme Approximatif:
«avec un il un seul tourné à
lintérieur/ une fontaine dans la poitrine
et linépuisable saveur à lintérieur/
vers les magiques insolences des paroles qui ne couvrent
aucun sens [...]»). El mito del retorno a la unidad
perdida que nos ofrece Gorostiza difiere, sin embargo,
del de Tzara. Para éste, como observa Tison-Braun,
la conciencia humana es división, espejo: el
rescate del yo integral es condición inalcanzable
porque no existió jamás. En Gorostiza,
el nosotros libera y justifica al poeta, cuando éste
se vuelve prisionero de su misma rebelde irracionalidad.
Tampoco compartió Gorostiza la idea de oposición,
propuesta por Tzara (Grains Et Issues), entre poesía
«de sentimientos o ideas» y poesía
en cuanto «actividad del espíritu»,
pero sin dudas la concepción del acto creador
poético como un estado provisional conciente
se encuentra en el cierne del pensamiento de ambos autores.
Quedaría
patente, ya desde la publicación de los primeros
textos poéticos de Gorostiza, que el reformismo
exacerbado de las vanguardias no encontraría
lugar en su proyecto creador. Lo que buscó resaltar
en las avant-garde fue precisamente aquello que éstas
tenían de más auténtico vanguardismo,
es decir, su dinámica evolutiva, su capacidad
de adaptación y transformación, características
de cierto no exploradas con igual proporción
por todas las corrientes reaccionarias de la época.
Para Gorostiza, innovar no significó jamás
rechazar pura y deliberadamente la tradición
inmediata, sino indagar sobre las débiles fronteras
que, a la vez, separan y unen las manifestaciones artísticas
actuales y pretéritas.
Así,
pues, la tradición poética española,
que supo mantener viva la relación entre individuo
y cultura, no dejaría de manifestarse de manera
clara en Gorostiza, especialmente la meditación
sobre el tiempo, la honda transformación de la
experiencia histórica en reflexión personal
presentes en la obra de Antonio Machado. Del autor de
las Soledades y las Nuevas Canciones, Gorostiza recoge
el cuestionamiento existencial, de tono filosófico,
al que se agrega un barroquismo latente, pulsante en
el tratamiento del tema pero despojado de intricaciones
formales. De constitución más plástica,
los signos de la condición humana expuestos en
la poesía machadiana imprimen consistencia a
los dilemas considerados, abstractamente, por los dadaístas:
«Nosotros exprimimos/ la penumbra de un sueño
en nuestro vaso.../ Y algo, que es tierra en nuestra
carne, siente/ la humedad del jardín como un
halago.» (Del Camino). De Tzara a Machado, y de
éste a Gorostiza, se repite el espejismo en cuanto
símbolo del aprisionamiento de la conciencia
en su autoimagen suficiente, representada en el encuentro
del yo con su muerte, su otro escindido (3).
En
su versión mexicana, el lugar de Machado lo ocupó
Ramón López Velarde, a quien los Contemporáneos
casi sin excepción rindieron homenaje. La segunda
generación, sobre todo, buscó rescatar
críticamente los rasgos marcantes del quehacer
poético velardiano, poniendo énfasis en
su actualidad. Poeta «más admirado que
leído», según Villaurrutia, llevaba
adentro la provincia «viajaba con él,
rodeándolo con un halo de luz o de sombra»
y, sin embargo, supo verterla en formas poéticas
de compleja significación, con matices baudelaireanos,
dentro del entorno cultural cosmopolita. A través
de los comentarios de Villaurrutia, se sabe que Gorostiza
le dedicó a López Velarde una preciosa
conferencia, pero este dato no es, de por sí,
suficiente para pensar en algún tipo de influencia
efectiva y duradera. Son pocas las referencias concretas
al poeta zacateco existentes en la obra crítica
de Gorostiza, y un exámen más atento nos
permite constatar cómo éste se opuso,
en determinados aspectos, a la opinión de López
Velarde acerca de las relaciones entre poesía
y estética.
En
1923, un artículo de Abel García Calix
publicado en El Mundo Ilustrado reprodujo fragmentos
de la plática en la cual López Velarde
expuso su punto de vista sobre el asunto: ahí
define la concepción del poeta en cuanto ser
personalísimo y la valoración de la oblicuidad
del lenguaje poético contra la sencillez escueta
de los «torpes giros sociales», incapaces,
a su parecer, de «diferenciar la modalidad expresiva
del alma» (4). La poesía velardiana
trazó, en las letras mexicanas de la época,
una línea fronteriza entre la aspiración
modernista (incorporar las perspectivas de lo eterno
al arte) y la acción reductora de la vanguardia
(suprimir del arte lo extrínseco a su naturaleza
técnica), mas se puede advertir la preeminencia
del Modernismo en esta interpretación de nítida
inclinación esteticista. Seguramente López
Velarde no se dio cuenta de ello al publicar Frente
Al Cisne Muerto (Impresiones Y Apuntes De Crítica),
en mayo de 1915, una humorística alegoría
del «ocaso modernista» como introito a la
alabanza de Gómez Martínez.
Gorostiza
expresaría por vías indirectas las creencias
que, a un tiempo, le hicieron acercarse y alejarse de
quien había sido, para sus compañeros
(Salvador Novo y Xavier Villaurrutia, sobre todo), un
modelo en la juventud. Incluyó a López
Velarde en el rol de autores que encarnaron el drama
histórico de la poesía mexicana, asentado
en «una pugna de dos sentimientos opuestos clasicismo
y romanticismo pero poseídos ambos por
la misma obsesión de crear una originalidad mexicana»
(Cauces De La Poesía Mexicana, 1931), afirmando
aun que esta contradicción intrínseca
se mantuvo, a través de escuelas poéticas
aparentemente distintas, hasta las vanguardias. Si por
un lado este fenómeno le otorgó a la poesía
de México un carácter en parte singular,
simultáneamente dinámico y estático
en su condición agónica, por el otro le
impidió forjarse una genuína expresión
poética de validez universal, superior a los
embates infructuosos de las facciones literarias. Esta
fina percepción lo llevaría a cuestionar
la existencia misma de los Contemporáneos en
cuanto grupo, a negar la pretensa homogeneidad intelectual
y artística de sus integrantes, claramente discutida
en su cuidadosa evaluación de Cripta. Para Gorostiza,
la inconformidad de Jaime Torres Bodet, autor de dicha
obra, pone de manifiesto el deseo de sencillez como
respuesta al rigor canónico del discurso al que
llegaron a someterse ciertos poetas de las nuevas vanguardias,
Pellicer y Cuesta entre ellos. La actitud de Torres
Bodet añade contribuyó a la
disolución del perfil negativo que les habían
trazado los escritores y críticos adversos al
grupo: el de un ideal compartido sin restricciones,
una cohesión de metas cuyo producto final resultó
«una forma poética paralítica»,
sin movimiento, sin crecimiento ni desarrollo, «inmóvil,
distribuída en el espacio del poema de acuerdo
con una idea puramente plástica de la composición»
(La Poesía Actual De México Torres
Bodet: Cripta, 1938). Censura injusta de los opositores
y que estribó más bien en la llamada tendencia
extranjerizante imputada a ambas generaciones del grupo.
Uno que otro contemporáneo, como Bernardo Ortiz
de Montellano, llegó, en efecto, a preocuparse
por la cuestión de la figuración plástica
en poesía; algunas de sus composiciones oscilaron
entre los resquicios de la literatura «cubista»
y la exploración semántica de lo humano
en la ambigüedad intencional de las palabras, como
lo hizo Neruda en su fase más surrealista. Para
los demás, los problemas relativos a la plasticidad
poética siguieron otro rumbo, aquel ya trazado,
en el origen de la trayectoria del grupo, por el contexto
literario y cultural mexicano: el rigor crítico
evolucionando hacia un ideal de forma, «el de
mantener puros los géneros dentro de sus propios
límites» (La Poesía Actual de México...).
Desesperación y desvarío estéticos
característicos tanto del «clasicismo»
moderno como de la vanguardia en sus momentos de extremado
radicalismo o de agotamiento intelectual. Delante del
Cuadrado Blanco Sobre Fondo Blanco, de Malevich, ¿qué
incómoda sensación habría abalado
a Gorostiza al intentar atinar con la significación
de «pureza creadora», dispersa, metalingüísticamente,
en la vacuidad geométrica de los planos?
Gorostiza
refutó esta clasificación simplista de
los críticos aseverando que la hegemonía
de la plasticidad sobre todos los demás elementos
constitutivos de la creación artística
se vuelve un estorbo que le cierra el paso a la expresión
poética; ésta, bajo el yugo de la concretud
formal, sólo alcanza ser anti-poesía:
[...]
muerta de una gran muerte, de una muerte organizada
con magnificencia dentro de los límites de un
bello marco, como el retrato aquel a quien el poeta
conmina:
No
respires, no
De tal modo el aire
te quiere inundar,
que envejecerías,
¡ay!, con respirar.
(Xavier
Villaurrutia, Reflejos. Cuadro.) (5)
Un año después de la publicación
de este artículo, Gorostiza reiteraría,
en Muerte Sin Fin, la polémica planteada a partir
de la cita de Villaurrutia, ya entonces traducida en
las imágenes antagónicas del vaso y del
agua, como eclosión simbólica del dilema
de la poesía mexicana. El artículo sobre
Torres Bodet constituye, ciertamente, fuente fidedigna
e imprescindible cuando se trata de rescatar los orígenes
conceptuales de Muerte Sin Fin, antes apenas esbozados
en el poema Espejo No, publicado en el número
12 de Contemporáneos (mayo de 1929), y todavía
desprovistos de relación íntima con los
problemas concernientes a la crisis literaria que comenzaba
a descollar no solamente en la literatura mexicana,
mas también occidental. En su labor crítica
de fines de la década del 30, Gorostiza
consideró esta situación como hecho atendible,
aunque buscó mantener una postura de aparente
alejamiento.
En
Muerte Sin Fin se despliega, por consiguiente, una problemática
de doble significación, si consideramos el poema
no solo desde su aspecto temático más
evidente la muerte, como ha señalado Octavio
Paz, sino desde la misma perspectiva crítica
del autor. En un primer nivel de lectura, vemos a la
autosuficiencia poética reflejarse en el acto
de rebeldía que funda el poema la ruptura
de la conciencia, para, en seguida, volverse materia
viviente encerrada en la transparencia de una forma
que la contiene duramente, que la mantiene alejada de
todo lo exterior a sí misma:
Pero
el vaso en sí mismo no se cumple.
Imagen de una deserción nefasta
¿qué esconde en su rigor inhabitado,
sino esta triste claridad a ciegas,
sino esta tentaleante lucidez?
Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil.
.............................................
Mas
la forma en sí misma no se cumple.
Desde su insigne trono faraónico,
Magnánima,
délfica,
constelada de epítetos esdrújulos,
rige con hosca mano de diamante. (6)
Aunque los epígrafes del poema remiten directamente
al tema bíblico de la rebelión adámica,
son los versos de William Blake los que asoman, en verdad,
en la imagen de la lucha entre la inocencia primordial
del alma y su soberba antagonista, la sabiduría.
La dialéctica que se establece en Blake a partir
de la oposición perenne de estos dos estado (o
estadios) del ser humano nació, como la dialéctica
de Gorostiza, en un contexto de afirmación de
lo nuevo y de la libertad. Su inicio se ubica en la
reacción iluminista (en Blake, las referencias
a figuras como Bacon, Voltaire y Rousseau no son, pues,
gratuitas), extendiéndose en la fascinante antevisión
del progreso que, ya en los albores del siglo XIX, reaccionó
contra el atavismo romántico. Tanto en Jerusalem
como en The Four Zoas, el tema de la disensión
entre imaginación y razonamiento gana cuerpo
en las imágenes de una creación frustrada,
vivida por un alma fraccionada en su forma cristalina
my Crystal form. «Wisdom, Art and Science»
forman la unidad triádica que, según Blake,
sostuvo «The Primaveral State of Man». La
unidad perdida de Muerte Sin Fin «de mí
y de Él y de nosotros tres,/ siempre tres!»
se asemeja a la del poema de Blake en su constitución
interactiva, y aunque desvirtuada por el intelecto humano
«-oh inteligencia, páramo de espejos!»
se la puede rescatar, como en la obra del autor inglés,
mediante la trascendencia de la poesía y del
arte: «Poetry Fetterd, Fetters the Human
Race! Nations are Destroyd, or Flourish, in proportion
as Their Poetry Painting and Music, are Destroyd
or Flourish!».(7)
Un
segundo nivel de lectura del texto de Gorostiza nos
revela las imágenes del agua y el cristal como
encarnación de los ciclos de la creación
poética que no teme contemplarse muerta en su
propia construcción, que acepta esta muerte sin
fin, sentido primero y último de las artes efímeras
el canto, la música y la poesía,
cuya existencia, según Thomas Mann, transcurre
necesariamente en el tiempo, no en el espacio:
A
estas artes me las imagino nacidas de los pies del
hombre, como un crecimiento de su facultad de andar.
Pero andar es morir. La diferencia entre unas y otras
artes está, válgame la paradoja, en
que el hombre vive en la muerte de una estatua, mientras
muere en la vida de un poema. Esto explica además,
por qué entre los poetas del «grupo sin
grupo» existen, en perfecta contraposición,
ambas acepciones de la poesía. Hay en todas
partes quien no quiere envejecer ni se resigna a morir.
Y
esto es, justamente, lo que desean los jóvenes:
hallar que hemos muerto un poco en nuestras obras, que
hemos sabido «usarnos» en ellas; no esa
actitud virginal que cierra el paso a la eclosión
de su propia poesía, amenazándola en su
originalidad, puesto que la obliga necesariamente a
la imitación o al silencio. (8)
Hay
que notar cómo, además del pensamiento
de Mann, las lecciones de Antonio Machado hacen eco
en esta convicción acerca de la imperiosa temporalidad
de la creación poética: la certeza de
que, en cuanto arte, la poesía aspira a un presente
ideal, sin excluir, empero, la sensación estética
del flujo temporal inexorable, sensación que
trata de salvar, a la vez, del propio tiempo (Confiérase
A. Machado, Los Complementarios).
Me
imagino que Muerte Sin Fin lo habría escrito
Gorostiza independientemente de cualquier proselitismo,
pero el tono ténuamente ajuiciador que recorre
el poema parece contradecir los comentarios del autor
sobre el origen incierto de este texto. Sólo
mucho más tarde, a la mitad de la década
del 50, Gorostiza reuniría bajo el modesto
título Notas Sobre Poesía las impresiones
y experiencias que conforman su arte poética:
«El poeta tiene ideas acerca de la poesía
en las que manifiesta la relación que existe
entre él, como inteligencia, y la misteriosa
substancia que elabora». Muerte Sin Fin representa
la puesta en práctica de esta intuición
creadora, en la que dialogan las señas interpretativas
del quehacer poético y la crítica al empobrecimiento
de la poesía en el contexto literario de la época,
convertida, según Gorostiza, como las demás
disciplinas artísticas o científicas de
nuestro tiempo, en «objeto de los afanes de una
minoría que la crea o que, simplemente, posee
preparación pra disfrutar de sus placeres»
(Paréntesis, Notas Sobre Poesía). La obra
maestra de Gorostiza reanuda planteamientos críticos
identificables en composiciones como «Vino, primero,
pura», de Ramón Jiménez (Eternidades),
en la cual la autoevaluación de su trayectoria
personal lleva al poeta a cuestionar los propios mecanismos
de elaboración estética (lo mismo haría
Borges en Arte Poética, casi cuarenta años
después de su filiación al ultraísmo).
También en Ramón Jiménez el «conjuro
poético» suena, a la vez, como invocación
y desahogo, bajo los cuales la palabra «se transparenta
y deja entrever, más allá de sus paredes
así adelgazadas, ya no lo que dice, sino lo que
calla» (Definiciones, Notas Sobre Poesía)
(9). Es éste el silencio del que nos habla
Octavio Paz, este vacío semántico donde
habitan todas las significaciones cuando ya la poesía
ha penetrado la palabra.
En
la obra de Gorostiza, más que en la de sus colegas
de grupo, la refutación de la tesis de Ortega
y Gasset sobre la deshumanización del arte no
significó una adhesión irrestricta al
«arte puro», en el sentido negativo que
le imputaron los atisbos teorizantes de determinadas
vuaguardias: una tendencia hacia la abstracción
desmedida, una insubstancialidad del pensamiento que
reduce la vinculación sujeto-objeto al orden
esquemático de una ecuación insoluble.
«Me gusta pensar en la poesía», afirmó
Gorostiza en sus Notas..., «no como en un suceso
que ocurre dentro del hombre y es inherente a él,
a su naturaleza, sino más bien como en algo que
tuviesse una existencia propia en el mundo exterior»,
pero esta exterioridad de la condición poética
no se atañe tan sólo al objeto, en su
concretud formal. Los problemas de construcción
a los que remite Gorostiza tienen poco que ver con experimentaciones
formales, entroncando, más bien, con la antigua
cuestión acerca de la esencia de la poesía.
De
las muchas influencias existentes en la poética
de Gorostiza, la de Valéry fue, tal vez, la más
expresiva. Se advierte cómo el poeta mexicano
adaptó al contexto personal de su obra la idea
de un trabajo natural del espíritu creador, a
través del cual continuidad y atavismo se combinan,
y donde la vida literaria reproduce, en sus encadenamientos,
el proceso mismo que se observa en la eterna sucesión
de los seres. En su aspecto crítico, la ascendencia
de Valéry sobre Gorostiza se da a conocer, ante
todo, en el rechazo a la tendencia del arte hacia una
extrema exactitud, hacia una belleza siempre más
consciente de su génesis, siempre más
independiente de todos los sujetos, un arte al que el
cuidado demasiadamente esclarecido puede conducir a
un estado casi inhumano (Variété I). En
un brevísimo ensayo de fecha desconocida (probablemente
coetáneo de Notas Sobre Poesía), la influencia
de Valéry se manifiesta de manera inconfundible.
A lo largo de la descripción de su método
de construcción poética, Gorostiza nos
revela la supremacía de la imaginación
sobre la conciencia cuando objeto y acción creadora
ya no son, para el poeta, más que «une
liasion momentanée de fonctions miennes»
(10):
Una
Gota de Agua cae ahora, pausada, en mis oídos.
Una, dos, tres, cuatro. La pienso. Mis ojos salen a
oscuras de la alcoba, pasan por el corredor seguros
de que todo está en su sitio [...] La imagen
puede bajar la escalera sin tropezar con una silla,
girar bruscamente a la izquierda, salvando un librero,
y llegar al rincón, precisamente bajo la escalera.
Aquí se construye. [...] Ahí se construyó
pues la imagen. La gota de agua era aquella que se había
agigantado en la noche, que había momentáneamente
opacado los demás ruidos o sumándolos
a ella, y se mantenía ahí a una distancia
de sí misma que era imposible que ella y su ruido
permanecieran ligados. Había un como desdoblamiento
de la gota de agua y su ruido [...] (11)
«Je
vois la chose», escribió Valéry,
«Je la devine faisable je la parfais en
un clin dil je lai oubliée
dépréciée jai
comme suivi prodigieusement vite le chemin de mes fonctions
qui la traverse, et lépuise pour moi [...]»
(Ego, Cahiers I). Se suele citar a Valéry como
uno de los mejores ejemplos de rigor técnico
y conciencia metodológica en poesía, aunque
definiciones como la anterior parecen más bien
acreditar el origen intuitivo del quehacer poético,
cuyo desarrollo emerge de la acción constructora
del razonamiento, no de su desquiciamiento desagregador.
Su poética está colmada de referencias
directas al papel que juegan la inteligencia y su pureza
escéptica en el arte: «[...] rendre relatif
ce que le sens et le corps présentent comme absolu.».
La condición méditable de la creación
nace, según Valéry, de una impresión,
impulsión o excitación nueva, exterior
o no, capaz de lanzar al sujeto creador a un orden de
ideas que es, a la vez, reconocimiento y búsqueda.
Un método, un arte o un modelo son también
deseo, proyecto, comienzo, promesa (12).
La
estética ha sido siempre, en la opinión
de Valéry, un intento de reducir esta dualidad
del artista a una tendencia uniforme. Seguramente se
refirió el poeta francés a la estética
en cuanto categoría analítica, no en cuanto
facultad de percepción, como quiere denotar su
etimología griega, entre otras significaciones
parejas. La prueba de que a Valéry no se le ha
olvidado el origen griego de la palabra se encuentra
en LInfini Esthétique, cuando atribuye
al orden estético una característica inexistente
en el orden práctico: «Pour pouvoir désirer
encore, il faut désirer autre chose». El
désir de désir no se contenta con buscar
al objeto, sino que lo inventa frente a su ausencia.
La obra de arte resulta, por lo tanto, «dune
action dont le but fini est de provoquer chez quelquun
des développements infinis». Gorostiza
insertó el concepto valériano de infinitud
estética dentro de un contexto literario que
privilegió la finitud absoluta como objetivo
máximo de la expresión poética.
Al actuar a través del lenguaje, el poeta actúa
sobre el lenguaje dijo Valéry y de
ahí adviene, entonces, la posibilidad de que
esta acción se convierta en algo artificial:
el riesgo existe, y al poeta le toca someterse o imponerse
a la «illusion de la puissance». «Las
reglas del ajedrez no oprimen al jugador, le trazan
una zona de libertad en donde su ingenio se puede desenvolver
hasta lo infinito», agregó, a su turno,
el autor mexicano.
Gorostiza
creyó firmemente que el poeta no puede aplicar
todo el rigor del pensamiento al análisis de
la poesía sin ceder su puesto al filósofo,
y hay que reconocer cómo toda su obra proclama
el imperioso equilibrio entre crítica e inventiva,
única forma de garantizar la continuidad reconstructora
en literatura. Quizá no sea inoportuno remitir
a un texto sacado a la luz el año mismo de la
publicación de Muerte Sin Fin que sintetiza de
modo magnífico esta posición intelectual
de Gorostiza, sin dudas uno de los más lúcidos
críticos de las vanguardias hispanoamericanas,
no obstante el carácter exíguo de su producción
ensayística. Me refiero al libro Filosofía
Y Poesía, de María Zambrano, profesora
exiliada en México durante la Guerra Civil Española.
El texto de la alumna de Ortega y Gasset pudo realmente
haber influido sobre Gorostiza, en especial sobre su
obra maestra, pese al hecho de que el poema ya lo venía
componiendo el autor desde hace aproximadamente cinco
años cuando de la publicación de la primera
parte del trabajo de Zambrano en la revista Taller,
fundada y dirigida por Octavio Paz. Según Zambrano,
en su poema el poeta «crea una unidad con la palabra,
esas palabras que tratan de apresar lo más tenue,
lo más alado, lo más distinto de cada
cosa, de cada instante. El poema es ya la unidad no
oculta, sino presente; la unidad realizada, diríamos
encarnada», consideraciones que aun hoy perduran
en la obra paciana. Quisiera detenerme brevemente en
los siguientes renglones, los cuales patentizan la idea
central del libro el logos de la poesía
no nació de la violencia de la polémica,
aunque, según la autora, «puede desesperarse
y confundirse bajo el imperio de la fría claridad
del logos filosófico, y aun sentir tentaciones
de cobijarse en su recinto. Recinto que nunca ha podido
contenerla ni definirla»:
[...]
el poeta quiere una, cada una de las cosas sin restricción,
sin abstracción ni renuncia alguna. Quiere un
todo desde el cual se posea cada cosa, mas no entendiendo
por cosa esa unidad hecha de sustraciones. La cosa del
poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento,
sino la cosa complejísima y real, la cosa fantasmagórica
y soñada, la inventada, la que hubo y la que
no habrá jamás. Quiere la realidad, pero
la realidad poética no es sólo la que
hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el
no ser en admirable justicia caritativa, pues todo,
todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser
jamás. [...] El poeta no teme la nada. (13)
Lejos
de caracterizarse como una especie de absentismo, el
aislamiento crítico de Gorostiza frente a los
Contemporáneos y a su época le ubicó
más allá de la estrechez espiritual de
aquellos movimientos literarios, los cuales, afirmando
ya el engagement historicista ya la total autonomía
estética de la creación literaria, ignoraron
la tensión inherente a esta doble «necesidad
irrenunciable de poesía y pensamiento»
(ZAMBRANO). Necesidad ineludible, que traspasa la frontera
del arte, como lo hizo notar Gorostiza en su Discurso
de recepción en la Academia de la Lengua (1955):
urgencia en reducir los campos muertos, las zonas impermeables,
en donde la comunicación inlectual, y, en consecuencia,
cultural, se dificulta mucho o se interrumpe del todo.
El problema, anãde Gorostiza, tiene raíces
profundas y María Zambrano, a su modo, lo asevera:
mientras Platón y Sócrates, éste
con su misterioso demonio interior y su clara muerte,
anunciaban el nacimiento del pensamiento puro, la poesía,
arisca, desgarrada, temiblemente indiscreta y en rebeldía,
seguía persiguiendo la multiplicidad desdeñada
por la razón.
En
su locura maldita, el demonio poético de Gorostiza
se asemeja a aquel Mephistópheles ideado por
Valéry, entretenido con sólo observar
el malogro de los esfuerzos inventivos del hombre, que
se vuelcan, al fin y al cabo, contra su propio creador.
Para el poeta mexicano éste fue, tal vez, el
sentido primero y último de su poesía.
Pero como a Mephistópheles, al igual que a todo
diablo, no se le ha otorgado el don de pronosticar el
futuro, el dilema se revuelve en su misma burlona
reformulación constante:
¡Tan-Tan!
¿Quién es? Es es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
.....................................
Desde
mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora,
con su ojo lánguido.
¡Anda, puntilla del rubor helado,
anda vámonos al diablo! (14)
-
(*) Adaptado del artículo del mismo título
publicado en la Revista América Hispânica,
Rio de Janeiro, SEPEHA/UFRJ, XVIII (13-14):229-258,
ene.-dic. 1995.
-
«Sería falta de oído y de probidad
no dedicar un pequeño juicio al estridentismo
que, de cualquier modo, consiguió erizar la superficie
adormecida de nuestros lentos procesos poéticos.
Manuel Maples Arce supo inyectarse, no sin valor, el
desequilibrado porducto europeo de los ismos: y consiguió
ser, a un mismo tiempo, el jefe y el ejército
de su vanguardia. [...] ha logrado crear una inconsciencia
poética colectiva, un verdadero unanimismo muy
semejante, sino fuera contrario, al que propuso en Francia
Jules Romains.» En: VILLAURRUTIA, Xavier. Entremés:
El Estridentismo. La Poesía de los jóvenes
de México. Obras. 2. ed. México: FCE,
1996 (Letras Mexicanas) p. 827.
-
TISON-BRAUN, Micheline. Tristan Tzara, inventeur de
lhomme nouveau. Paris: Librairie A.-G. Nizet,
1977. p. 24
-
«El alma que no sueña,/ el enemigo espejo,/
proyecta nuestra imagen/ con un perfil grotesco.»,
Galerías; «El ojo que ves no es/ ojo porque
tú lo veas;/ es ojo porque te ve./ [...] Mas
busca en tu espejo al otro,/ al otro que va contigo./
[...]/ Es tu Narciso/ ya no se ve en el espejo/ porque
es el espejo mismo./ [...]/ Como otra vez, mi atención/
está del agua cautiva; pero del agua en la vica/
roca de mi corazón./ [...]/ Busca a tu complementario/
que marcha siempre contigo, y suele ser tu contrario./
[...]/ No es el yo fundamental/ Eso que busca el poeta/
sino el tú esencial.», Proverbios y cantares.
En: Poesías completas. Ed. de Manuel Alvar. 24
ed. Madrid: Espasa-Calpe, 1997 (Colección Austral
33) p. 133, 289-95 respectivamente. Véase mi
libro Formação da simbólica erótica
na obra de Carlos Fuentes (Rio de Janeiro: UBC/SEPEHA,
1995), donde los mismos temas son objeto de mi análisis
de La muerte de Artemio Cruz, que tiene como punto de
arranque los epígrafes de esta la novela Carlos
Fuentes, entre ellos dos versos de Muerte sin fin, mencionados
a continuación.
-
«La suprema nitidez obliga a las buenas gentes
a quedarse en tinieblas, como les ocurriría si
en lugar de un foquillo eléctrico, tuviesen a
Sirio a un lado de la cama. Casi todos los que han pedido
claridad literaria en el curso de los siglos, han pedido,
realmente, una moderación de luz, a fin de guardarse
la retina sin choques, dentro de una penumbra rutinaria
que les permita andar sin tropiezo.». Abel García
Calix, «Cabezas literarias. Ramón López
Velarde», El Mundo Ilustrado, México, 26
de julio de 1923. En: LÓPEZ-VELARDE, Ramón.
Crítica Literaria. Obras. Comp. José Luis
Martinez. 2 ed. México: FCE, 1990. (Biblioteca
Americana)
-
GOROSTIZA, José. La poesía actual de México.
Torres Bodet: Cripta. En: Poesía y poética.
Ed. Crítica de Edelmira Ramírez (coord.).1
ed. Madrid: Archivos, 1988. p. 136.
-
______. Muerte sin fin. En: Poesía y poética.
p. 78 y 79 respectivamente.
-
BLAKE, William. Jerusalem. The Emanation of The Giant
Albion (1804). En: The complete poetry & prose of
William Blake. Ed. by David V. Erdman. Comm. by Harold
Bloom. New York: Doubleday/Anchor Books, 1988. (Literature/Poetry)
p. 146.
-
GOROSTIZA, José. La poesía actual de México.
op. cit. p. 137.
-
Confiérase el texto de Ramón Jiménez:
«Intelijencia, dame/ el nombre exacto de las cosas!/
...Que mi palabra sea/ la cosa misma,/ creada por mi
alma nuevamente./ que por mi vayan todos/ los que no
las conocen, a las cosas;/ que por mí vayan todos/
los que ya las olvidan, a las cosas;/ que por mi vayan
todos/ los mismos que las aman, a las cosas.../ ¡Intelijencia,
dame/ el nombre exacto, y tuyo,/ y suyo, y mío,
de las cosas!». Amor y Poesía cada día.
Eternidades. En: Libros de poesía. Recomp. y
pról. de Agustín Caballero. 3 ed. Madrid:
Aguilar, 1979. (Bilbioteca Premios Nobel) p. 553
-
VALÉRY, Paul. Ego. En: Cahiers I. Éd.
établie, présentée et annotée
par Judith Robinson-Valéry. Paris: Gallimard,
1989. (Bibliothèque de la Pléiade) p.
30.
-
GOROSTIZA, José. Esquema para desarrollar un
poema. op. cit. p. 117.
-
«Lidée est ce que tour à tour
considère et est considérée. Manière
de voir et puis chose vue; et da capo.» VALÉRY,
Paul. op. cit. p. 56.
-
ZAMBRANO, María. Filosofía y poesía.
4 ed. México: FCE, 1996. p. 22-3.
-
GOROSTIZA, José. Baile. Muerte sin fin. op. cit.
p. 87-8.
-
©
Maria Aparecida da Silva
masilva@domain.com.br
Profesora de Literaturas Hispanoamericanas
Facultad de Letras de la Universidad Federal de Rio
de Janeiro (Brasil)
Espéculo. Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid
El
URL original de este documento es
http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/gorostiza.html
|
| Haz
Click en los Banners y ayudarás a MundoPoesía |
|
|
|
|
|
|