LA
POESIA EXPERIMENTAL EN ESPAÑA.
ALGUNAS CONCLUSIONES.
1.
La poesía experimental española nace a
principios de la década de los años sesenta
como un intento de asimilación del legado que
dejaran las primeras vanguardias para, de una vez por
todas, superar el aislamiento de la cultura franquista
y restituir el perdido espíritu de renovación
de los lenguajes estéticos que aquéllas
propugnaran como máxima aspiración del
trabajo artístico.
En un primer momento, el origen del movimiento cabría
situarlo en la actividad llevada a cabo por Julio Campal
y el grupo de jóvenes artistas que lo rodeaban.
Campal, poeta hispano-uruguayo (1934-1968), se dedicó
fundamentalmente a la difusión de las poéticas
vanguardistas de principios de siglo, utilizando como
medio la organización de conferencias y debates
públicos donde los más inquietos podrían
reencontrarse con unas concepciones estéticas
que en la España del tardofranquismo se consideraban
muertas y enterradas.
En
1962 se constituye el núcleo germinal en el que
se formarán las figuras principales de lo que
más tarde se llamará poesía visual,
concreto-visual o, con el término más
extendido, experimental.1 Nos referimos a Problemática-63,
sección de las Juventudes Musicales, cuya finalidad
consistía, según sus propias palabras,
en «informar sobre la evolución y los problemas
del arte». Allí, Campal coincidirá
con músicos como el hoy célebre Tomás
Marco y será reclamado maestro por jóvenes
poetas como Fernando Millán, quién quizá
podría ser considerado uno de los máximos
exponentes del experimentalismo poético en España
y su más destacado teórico.
Como
es lógico, las ideas de neovanguardismo que se
defundían desde Problemática-63 no obedecían
a la inspiración de un pequeño grupo de
iluminados. Si atendemos a la cultura española
del momento podremos observar que asistimos a la filtración
o a los ecos de un nuevo espíritu de renovación
formal que por entonces eclosionaba en todas las esferas
del arte internacional. Tal situación puede interpretarse
como una consecuencia de la puesta en crisis de los
valores estéticos dominantes que, ya desde los
años cincuenta, habían propiciado ciertas
tendencias de la plástica norteamericana, principalmente
el neoexpresionismo abstracto y el pop-art. La pujanza
del mercado artístico estadounidense dictaba
sus modas, pero también produjo como efecto secundario
el levantamiento de un pesado velo que no dejaba ver
la presencia en la cultura contemporánea de toda
una ininterrumpida «tradición vanguardista»
--permítasenos la paradoja, que luego explicaremos--,
tradición que había permanecido semioculta
para la Europa del existencialismo, el neorrealismo
y el arte políticamente comprometido.
La
atención que en el pensamiento europeo, también
en el español, se presta durante los años
sesenta y setenta a la polémica Adorno-Luckács
acerca del realismo y la «teoría del reflejo»,
vale como ilustración de que la lección
de los ismos de los primeros años del siglo aún
no había terminado de suscitar discusiones en
torno a la posibilidad de una ruptura epistemológica
en las formas de entender y practicar la comunicación
estética, y ello con una clara base, como es
sabido, en el enfrentamiento con la tradición
decimonónica.
En
1963, ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate
publican su estudio sobre el concretismo del grupo Noigandres
en el número 5, tomo II, de la Revista de Cultura
Brasileña. Hacia 1964 se pueden documentar tendencias
pop en la pintura española; año, por otra
parte, en el que Juan Hidalgo, acompañado del
músico y poeta italiano Walter Marchetti, regresa
a España desde Italia, para aportar las concepciones
de la música visual y concreta que había
estudiado con John Cage. A pesar de que para Hidalgo
el panorama musical español no era muy alentador,
en cuanto a tendencias innovadoras se refiere, reconoce
que los lenguajes musicales de los compositores más
señeros habían adoptado ya el dodecafonismo
e incluso ciertas ideas de la música aleatoria
(Vid. Sarmiento, 1990). Por otra parte, el colectivo
catalán Dau al set seguía manteniendo
el espíritu dadaísta y surrealista, como
testimonia, por ejemplo, la obra literaria de dos de
sus integrantes, Joan Brossa y Juan Eduardo Cirlot.
No hay que olvidar tampoco la labor creativa de Carlos
Edmundo de Ory, quien desde mediados de los años
cuarenta hasta su exilio parisino en la década
siguiente mantendrá el eco de Artaud, Breton
y Tzara en la cultura española, y ensayará
la integración de su discurso estético
con ciertas concepciones de la filosofía oriental
o de pensadores europeos como Heidegger --hoy tan de
moda pero entonces tan desconocido-- en un intento por
superar el retraso intelectual español.
La
lista podría hacerse interminable, aunque al
cabo demostraría que en España, aún
en mayor medida que en el resto de Occidente, la experiencia
estética de vanguardia se mantiene en hibernación,
despreciada, presente en la reflexión y la práctica
de numerosos artistas aunque, eso sí, encerrados
en un aislamiento que les impide una efectiva comunicación
social de sus empeños de asimilación de
la modernidad. De esta extrema marginalidad del pensamiento
y la praxis vanguardista da fe la percepción
del fenómeno que se deja leer en las primeras
manifestaciones públicas de nuestros poetas experimentales,
en las cuales se consideraba literalmente inexistente
esta línea de actuación estética
en la España de los sesenta.
Con
los breves ejemplos expuestos queremos señalar
que, a pesar de las experiencias anteriores a estos
años, no es precisamente hasta la citada década
cuando en la España de posguerra se dan las condiciones
materiales que posibilitan la irrupción en todos
los ámbitos de nuestra cultura de un renacido
espíritu vanguardista de renovación formal
y de reflexión crítica sobre los valores
del arte. Dentro de este panorama, el visualismo poético
experimental debe leerse como una de las formas con
las que se viste otro replanteamiento más de
la vieja querella entre antiguos y modernos.
De
la declaración de principios de Problemática-63,
cuyos fines resumíamos en una cita anterior,
se desprende que el origen del movimiento tiene un claro
matiz «educativo», incardinado en las ideas
de progreso, racionalidad e intervención social
o, lo que es lo mismo, ese "proyectismo" tan
característico de la modernidad a juicio de Jrgen
Habermas (1985). Y, en efecto, los colectivos poéticos
que en la segunda mitad de los años sesenta surgieron
de este núcleo seminal --la Cooperativa de Producción
Artística y Artesana, el grupo N.O., los autores
del círculo de la revista y editorial Parnaso-70,
etc.-- mantienen un aire de familia, más allá
de unas simples coincidencias formales y retóricas,
que puede cifrarse en su lucha contra las convenciones
estéticas dominantes y en la defensa de un arte
de síntesis y superación de las experiencias
más radicalmente innovadoras de principios de
siglo. Todo ello teñido de un cierto tono «progresista»,
tanto en lo político, como en el entendimiento
de la actividad estética en cuanto proceso de
avance formal que debería dirigirse hacia un
utópico ideal: generar una estética representativa
que fuese, por fin, la expresión de una completa
simbiosis entre el arte y la vida pública.
La
década de los años setenta, en concreto
los años que van de 1970 a 1975, supondrá
el momento de máximo apogeo de este movimiento
plástico-literario en España. A partir
de entonces, ya canonizada por la crítica la
nómina de los autores más señeros
--Fernando Millán, Felipe Boso, Juan Hidalgo,
Alfonso López Gradolí, Jesús García
Sánchez, José Luis Castillejo, Guillem
Viladot, son los que se citan con más frecuencia--,
y atraídos a su órbita otros poetas mayores
como Francisco Pino, Joan Brossa, Juan Eduardo Cirlot
o Gabriel Celaya (con su libro Campos semánticos,
de 1971), se puede considerar el movimiento como una
tendencia que empieza a parecer estable en el panorama
artístico español.
Curiosamente,
a partir de ese momento es cuando se observa en el discurso
crítico una pérdida de interés
por este tipo de prácticas poéticas, y
ello a pesar de que no dejan de surgir colectivos y
revistas que trabajan en esta línea estética,
tanto durante el resto de la década de los años
setenta, como a lo largo de los años ochenta
y noventa.
En
Sevilla, Granada, Valladolid, Cuenca, Burgos, etc. se
sigue practicando y produciendo poesía visual,
e incluso, como en las recientísimas experiencias
del colectivo conquense Radio Fontana Mix, se amplía
su horizonte hacia la manipulación de otros medios
ajenos a lo que tradicionalmente se considera discurso
poético y que no habían sido ensayados
antes, como es el caso de la llamada «radio experimental»,
una vez más bajo la inspiración de John
Cage y su multidisciplinar investigación en los
límites mismos del discurso estético.
2. La pregunta surge de manera natural: ¿a
qué se debió la atención que prestó
la crítica a este fenómeno durante los
años setenta y a qué se debe el actual
desinterés?
Tras
el resumen histórico de rigor, que aquí,
por razones evidentes no queremos hacer más extenso,
hemos planteado nuestro trabajo como la descripción
teórica de la poética del movimiento,
el análisis de su funcionamiento discursivo y,
finalmente, la interpretación de su significado
dentro de la lógica cultural de --según
se prefiera una u otra paradoja-- el capitalismo tardío
o avanzado.
Básicamente,
puede resumirse la retórica de este movimiento
artístico en una actitud ante el material estético
que busca la fusión de los discursos literarios
y plásticos con la finalidad de obtener soluciones
textuales sintéticas que, a su juicio, deberían
inaugurar un nuevo lenguaje poético, tanto en
cuanto forma de pensamiento y de escritura, como de
lectura. Los recursos formales utilizados buscaban la
ruptura del orden lógico de la frase, la sustitución
de la sintaxis propia de la lengua por una sintaxis
visual, producto de las relaciones espaciales entre
las formas y figuras sobre la pagina, la traducción
de la habitual rítmica poética por patrones
permutacionales o aleatorios, la potenciación
de los aspectos gráficos y tipográficos
de la palabra escrita y la eliminación de su
papel como intermediaria de los significados de la lengua.
A ello se sumaba la validación del uso de figuras
icónicas, superficies geométricas, collages,
tachaduras, manchas, etc, como elementos del discurso
literario.
En
un principio, el experimentalismo poético se
nos presentaba fragmentado en multitud de tendencias:
la poesía semiótica, visual, verbofónica,
cinética, espacial, concreta, visiva, etc. Tal
dispersión de denominaciones mostraba más
que un verdadero tino en la clasificación de
direcciones de investigación poética con
características propias bien definidas, la necesidad
de una apelación distintiva que diera carta de
naturaleza a objetos estéticos demasiado extraños
por entonces. En realidad, todas estas tendencias nacían
directamente de las experiencias del letrismo y el concretismo
internacionales, que habían tenido su época
de máximo florecimiento en los años cincuenta.
De hecho, muchos de los nuevos manifiestos del experimentalismo
literario español reproducían casi al
pie de la letra las ideas programáticas del concretismo.
Como elemento original, si se quiere, se nota en nuestros
jóvenes poetas una ampliación de la retórica
concretista y de la temática a tratar por el
poema, conseguida por medio de la exploración
de las posibilidades que ofrecen los lenguajes visuales,
y suponiendo así que lo visual es la forma más
idónea para la transmisión del significado
poético en estos días de dominio de la
imagen. Algo que tiene en cuenta el pensamiento de McLuhan
y el creciente poder de la cultura de masas, como una
y otra vez han reconocido.
No
obstante su origen concretista, el visualismo poético
español beberá, mucho más de lo
que gusta reconocer, de las fuentes de los ismos de
principios de siglo y se conectará con otros
movimientos internacionales que también desde
los años sesenta dieron lugar a una especie de
síntesis de las vanguardias, fenómeno
mucho más importante de lo que se suele considerar
y que explicaremos al final de estas páginas.
Las
opciones formales no han variado desde los comienzos
del fenómeno hasta nuestros días --en
que sigue practicándose en una zona marginal
del mercado literario español--, y, por otra
parte, el poder de los iconos de la cultura de masas
y del discurso audiovisual no ha cesado de crecer, con
lo que cabría suponer que la respuesta social
a estas prácticas estéticas también
tendría que haber aumentado, en paralelo a una
mayor competencia en la comprensión de la comunicación
visual de cada vez más amplios sectores de la
sociedad española. Cosa que, evidentemente, no
ha ocurrido, como demuestra el hecho de que hoy se piense
en el concreto-visualismo poético experimental
como una anomalía del polisistema literario o
un capricho extravagante.
Curiosamente,
lo único que desaparece en torno a 1976 es algo
no considerado comúnmente como integrante del
discurso estético: su metapoética. Las
soluciones formales que identifican una poesía
basada en recursos visuales, como hemos dicho, se extienden,
siguiendo los mismos patrones generales, hasta nuestros
días, pero ya no hay declaraciones de intención,
manifiestos programáticos o ensayos combativos
que sitúen al poema visual como objeto representativo
de un discurso estético radicalmente enfrentado
a las concepciones burguesas del arte y la literatura.
Por
el contrario, durante los momentos de eclosión
y auge de la poesía experimental española,
nuestros primeros «operadores» --término
que prefieren en sustitución de «poeta»
o «autor», porque desacraliza el trabajo
del creador, al definirlo únicamente como la
simple manipulación de materiales-- se ocuparon
tanto de la creación estética como de
la formulación explícita de toda su poética,
y ello a través del consabido manifiesto, pero
también por medio de ensayos hermenéuticos
de diversa extensión, conferencias, notas de
presentación en exposiciones colectivas, celebración
de debates y «jornadas de documentación»,
etc. Los intentos, aunque se formularon en muchas ocasiones
bajo una apariencia de rigor epistemológico,
nunca llegaron a conformar un sistema organizado que
respondiera detalladamente a las cuestiones que se derivaban
de su denuncia de las convenciones estéticas
dominantes como instrumentos inútiles y atrasados
con respecto a la evolución de las sociedades
contemporáneas. A pesar de lo cual, es posible
aislar una serie de constantes que acaban por conformar
un interesante conjunto de nociones que, en cuanto metatexto,
siempre se halla presente en el poema experimental.
En este metatexto, la idea central resulta ser la propuesta
de actuación subversiva contra el canon dominante
que los jóvenes poetas visualistas percibían
como ligado al sentimentalismo, al realismo finisecular
y, en el específico terreno de lo poético,
a un cierto espíritu romántico-simbolista.
3. Desde un punto de vista sígnico y textual,
el poema experimental parece dotado de poco espesor
semántico y, en muchos casos, resulta prácticamente
asignificativo. Sin embargo, si incorporamos en su discurso
todas las consideraciones metapoéticas e implicaciones
hermenéuticas producidas por sus autores, adquiere
un sentido mucho más amplio y complejo de lo
que pudiera suponerse ante la mera lectura de lo que
se nos está ofreciendo como poema. Ello nos condujo
a pensar que la noción de texto, entendido como
enunciado coherente y limitado, no podía aplicarse
a lo que se nos ofrecía en un primer momento
como texto poético en sí mismo.
Tras
un análisis minucioso, se puede observar que
la denominación de espacio textual, tal como
la definieron Talens y Company (1984) en una de sus
posibilidades, era la más ajustada para referirnos
al poema experimental. En concreto aplicamos aquella
variante del espacio textual (ET1) que se constituye
como una mera propuesta abierta a diferentes posibilidades
de organización. Desde este punto de vista el
texto experimental perdía su carácter
estático, objetual, y pasaba, con la más
declarada intencionalidad, a formularse como un proceso
dinámico y no cerrado, que necesitaba la inclusión
de la reflexión teórica y una cierta actitud
combativa frente a lo establecido como el conjunto de
interpretantes que finalmente dotaba de significado
a lo que se nos quería ofrecer como poema. El
texto poético ya no era en sí mismo más
que un pre-texto, un sistema generador de estímulos
sensoriales y de líneas semánticas de
fuga que acababan en el extratexto de la teoría.
Sus límites eran virtuales, no circunscritos
a los que proporcionaba la página escrita y,
por lo tanto, exigían del lector una capacidad
creativa extrema que lo situaba --véase, por
ejemplo, el caso límite de las acciones o «etcéteras»
del grupo Zaj, emparentadas con el happening-- como
auténtico co-autor de la comunicación
estética.
En
resumidas cuentas, el experimentalismo poético
no hacía más que utilizar con una clara
y total intencionalidad de partida la noción
compleja que las teorías del funcionalismo, el
estructuralismo y la semiótica habían
elaborado acerca de la obra de arte como un nudo de
conexión de diferentes discursos, y se adelantaban,
en cierto modo, a las revisiones actuales de la semiosis
ilimitada y de la interpretación como acto creativo
y punto final de la acción estética.
Por
otra parte, el hecho de que en la mayoría de
las ocasiones, el texto experimental careciese de sentido
hasta que no se integraban en su tejido semántico
estas implicaciones metapoéticas, nos hace pensar
en su perfecta conexión con las tendencias del
llamado arte conceptual, cuya actividad se basa en el
desplazamiento del centro significante de la obra artística
hacia el tereno de la mera «posibilidad».
El conceptualismo, en general, tiende a reducir la importancia
del «tema» e, incluso, a hacerlo desaparecer,
convirtiendo al objeto presentado como artístico
en una provocación para la actuación del
destinatario, quien debe convertirse así en partícipe
de un diálogo abstracto, cuyo fin se encontraría
en la superación del dominio mercantil del arte
y en el usufructo de sus canales de difusión
habituales para la comunicación de una creatividad
presuntamente democrática y libre. No en vano,
el conceptualismo, con su desatención al objeto
estético en sí, fue, y sigue siendo, utilizado
como un modo ideal para la expresión de la protesta,
la subversión y la concienciación política
de los destinatarios sociales del arte.
En
cierto modo puede pensarse que el visualismo literario
experimental aparece, y no sólo en el caso español,
como una de las ramificaciones de esa tendencia conceptualista
que pertende reconducir la actividad artística
fuera de las normas establecidas por el sistema de convenciones
estéticas dominante.
4. Las concepciones metapoéticas incluidas
en el espacio textual estético del concreto-visualismo
literario contemporáneo formulaban un corpus
de nociones que giraban sobre tres puntos fundamentales:
a) la integración de las artes; b) el vanguardismo
entendido como «experimentación»;
y c) la búsqueda de unas fórmulas lingísticas
que pudieran acercarse a la idea, tomada directamente
del concretista Eugen Gomringer, de una lengua supranacional.
Todo lo cual se superponía a una concepción
de la poesía como un modo abstracto del discurso,
independiente de las características formales
que por lo general se le atribuyen.
El
primero de estos pilares sobre los que se asienta el
experimentalismo español no es más que
la vuelta a la vieja concepción de un arte total,
cuestión que se había manifestado ya,
sobre la interrelación de los discursos plástico
y literario, en la literatura emblemática del
Barroco, por citar un ejemplo que actualmente parece
recabar la atención de la critica académica.
No obstante, estos dos fenómenos no son comparables
más allá de ciertos aspectos formales,
puesto que en el caso de la poesía visual contemporánea
la postura de romper con las fronteras entre las diversas
artes y superar la división de los géneros,
nace de una concepción del trabajo creador del
artista como no susceptible de ser limitado por otra
razón que su libre deseo.
Refiriéndose
al último aspecto citado, postulan los poetas
de esta tendencia que el agrupar las producciones estéticas
en paradigmas genéricos tiene un carácter
artificial y refleja una concepción autoritaria
de la actividad artística.
Desde
luego, no puede negarse que la noción de género
como paradigma normativo se debe a la preceptiva derivada
de la poética neoclásica y que, realmente,
el género literario es todo menos estático.
Los géneros cambian, caen en desuso o se fusionan
con otros obedeciendo a una evolución histórica
que no puede preverse por la complejidad del polisistema
literario, ese cruce de caminos ideológicos y
retóricos que se ajusta a las convenciones dominantes
en cada momento histórico concreto y que en su
mismo seno admite, paradójicamente y como proceso
dinámico que es, la subversión de los
valores que las sustentan.
Para
los experimentalistas españoles, una de las maneras
de superar la ideología del mundo burgués
es considerar su sistema estanco de géneros y
tipologías artísticas como una «fábula»,
injustificable ya ante la situación social contemporánea
y el elitismo extremado al que han llegado la literatura
y las artes de nuestra época. Con ello se está
poniendo en crisis el Gran Relato del pensamiento burgués,
como diría Lyotard, en lo referente a la autonomía
de los diferentes discursos sociales y declarando como
«ficticios» los valores de «verdad»
por medio de los cuales se ha constituido y perpetuado
tal modelo ideológico.
En
cierto modo, recogen la afirmación de Maurice
Blanchot, quien en L'espace littéraire (1955)
interpreta esta tendencia general de la literatura contemporánea
a la superación de los límites entre géneros
como un «profundo esfuerzo de la literatura por
tratar de afirmarse en su esencia, arrasando las distinciones
y los límites». Esa concepción metafísica
de, en nuestro caso, «lo poético»
como un ente autónomo y eterno, reflejo de la
más pura libertad creadora, contrasta con el
aparente racionalismo de los discursos teorizantes de
la poesía experimental española, a excepción
quizá de los producidos por el grupo Zaj. He
aquí la primera de sus contradicciones: el mantenimiento
de la esencia de lo poetico como categoría ontológica
inmutable, cuando, por otra parte, se pretende --dicen
en numerosas ocasiones-- fundar un nuevo lenguaje artístico
donde se elimine la «diferencia» con respecto
a las formas de la vida. Los ropajes estipulados por
los paradigmas genéricos para vestir esa «pureza»
poética, deben eliminarse, según sus propuestas,
por la vía de la «objetivación»,
«cosificación» del lenguaje (Boso,
1972; García Sánchez, 1973). Tal utopismo,
parte de una postura esencialmente irrealista, puesto
que consideran posible el diseño de la sociedad
por medio de la invención de lenguajes estéticos
representativos de las ideas de progreso y universalismo
comunicativo; esto es, no ya el arte como «reflejo»
lukacsiano de la dinámica social, sino como su
dirigente ilustrado.
En
el lugar, central, privilegiado, que la preceptiva inmanente
del sistema de las convenciones estéticas dominantes
ha colocado a la separación paradigmática
de discursos, el visualismo literario contemporáneo
coloca la idea de «experimentación»,
sugiriendo así que la práctica artística
se mueve siempre en el terreno de lo provisional y lo
mutable. La consecuencia retórica más
perceptible de este supuesto es la explotación,
hasta el límite de sus posibilidades, del extrañamiento
formal --según quedó descrito por el formalismo
ruso-- y la creación de espacios textuales de
una también extrema apertura semántica.
Decididamente se integran el work in progress de Joyce
y la idea de «obra abierta», tal como la
acuñó U. Eco en sus famosos trabajos de
1958 y 1962; y todo ello, dentro de un discurso visual
con antecedentes en el futurismo y el dadaísmo,
por una parte, y el concretismo y las tendencias de
la abstracción pictórica, por otro.
Como
lógico resultado del trabajo «experimental»
sobre las posibilidades gráficas de la escritura
y del uso de la imagen en tanto medio para la expresión
poética, debería nacer un sistema comunicativo
nuevo, expresión de un arte también nuevo
y tan globalizante como lo es el lenguaje visual. La
no dependencia de este sistema expresivo de las leyes
estructurales de ninguna lengua en concreto acabaría
por conformar, dicen, una comunicación poética
de carácter verdaderamente supranacional.
Obviamente,
para este nuevo arte las denominaciones «ineptas»,
como las califica Jesús García Sánchez
(1973: 61), de la literatura y el arte tradicionales
carecerían de sentido. No obstante, por doquier
se reclama, como hemos dicho, esa esencia superior de
lo poético, se siguen utilizando los medios de
difusión de la literatura y de las artes plásticas:
la edición de libros y la muestra en salas de
exposición. Esto último se considera como
algo accidental y transitorio, un mal menor que debería
superarse con el tiempo.
Es
indudable, que la conexión con el happening,
el mail art, la música de vanguardia, sobre todo
la de John Cage, la plástica no figurativa, la
literatura de los ismos, el ready-made a lo Duchamp,
el arte pop y la iconografía de la cultura de
masas, sumado todo ello a la aceptación de lo
aleatorio y el azar como integrantes fundamentales de
la obra de arte, llevó a ciertas experiencias
del visualismo literario neovanguardista a un terreno
de indefinición genérica inédito
en España hasta entonces. No obstante, también
produjo un acusado hermetismo en cuanto a los significados
y sentidos de sus producciones. La superación
de tal hermetismo es la causa de ese discurso metapoético
que necesita introducirse dentro de los límites
del espacio textual estético, su justificación,
puesto que el núcleo significativo de la praxis
artística se desplaza al exterior del objeto
reconocible como propia e intencionadamente estético.
Las
soluciones formales a las que dio lugar este sistema
de «creencias» se pueden resumir desde un
punto de vista temático en: producciones estéticas
de lucha o confrontación y producciones con tema
extraartístico, según se organicen sus
direcciones de lectura únicamente hacia la destrucción
del canon dominante o, ya en el segundo caso, se pretenda
también --puesto que, repetimos, nunca queda
ausente de la poesía experimental una declarada
intencionalidad subversiva-- expresar la subjetividad
sentimental del autor material a través de un
lenguaje considerado inédito. En cualquier caso,
puede decirse que resulta característico de este
tipo de prácticas, la doble referenciación,
en tanto que la misma elaboración de un «poema»
con los medios expresivos del experimentalismo implica
la negación automática de algunas de las
nociones dominantes acerca de la poesía o el
arte.
Desde
el punto de vista de tales medios o modos expresivos,
podríamos también establecer los dos puntos
extremos que vienen marcados por lo que hemos denominado
el poema minimalista, o por concentración, y
el poema por dispersión. En el primer caso, se
busca la más esencial y concentrada expresión
material del tema, esa «cosificación»
que antes apuntábamos; en el segundo, la disposición
retórica tiende a la disgregación de signos
y estímulos perceptivos para crear un universo
semántico descentrado y fuertemente dependiente
de la aleatoriedad, pues, según los signos interpretantes
que se puedan superponer al poema, la lectura se ramifica
en múltiples direcciones, sentidos de lectura
de los que ya es indicadora en sí misma su forma
gráfica abierta a la expansión.
Las
implicaciones que se derivan tanto de las teorías
como de las formas que sustentan la práctica
poética experimental, nos llevan a pensar en
los célebres debates acerca de la vanguardia
estética y la vanguardia política (Benjamin,
Sartre, Lukács, Adorno, Eco, Dorfles) de la muerte
del autor (Foucault, Barthes) y de si el medio es o
no es en sí mismo el mensaje ( M. McLuhan y Quentin
Fiore).
5. En otro orden de cosas, la escritura desligada
del semantismo que practican nuestros «operadores»
no es un hecho novedoso y si se adopta una perspectiva
antropológica (Cardona, 1981; Gaur, 1984-87;
Ruiz, 1992), observaremos que desde antiguo el rastro,
el indicio y la marca han constituido en diversas culturas
el sustento gráfico de sistemas escriturarios;
que la consideración de los aspectos estéticos
del grafema tiene hondas raíces en nuestra cultura
occidental y es esencial en el sistema cultural de la
Edad Media; que el pictograma y el ideograma han constituido
sistemas de escritura desde la antigedad hasta
nuestros días; y, por último, que la atención
a las posibilidades plásticas de la escritura
literaria ha sido la razón de toda una poética
de larguísima tradición en nuestro ámbito
cultural, como ha estudiado Rafael de Cózar (1991).
En resumen, que la escritura no alfabética y
el uso de la letra con un carácter estético
desligado del semantismo lingístico no
es, a pesar de su exclusión del canon convencional
dominante, ni novedosa ni garante de «modernidad».
En
cuanto a los aspectos de la explotación de los
recursos retóricos de la imagen, no se observa
ningún tratamiento divergente con respecto a
la retórica habitual en las comunicaciones que
utilizan signos icónicos o plásticos.
Aplicando la sistematización que de tales usos
ha realizado el Groupe «æ» (1992),
hemos podido constatar una serie de tropos basados en
la interacción de las posibilidades que ofrece
a la percepción el juego de texturas, formas
y, en mucha menor medida, el color. Según ello
hemos establecido cinco tipologías generales:
el ya citado poema minimalista por concentración,
donde se busca plasmar la más elemental materialidad
gráfica del modo significante elegido; el poema
verbal-visual, donde se pretende la interacción
de la imagen con la palabra, en diversos grados, que
van construyendo el texto como el resultado de una red
de informaciones cruzadas entre sus aspectos plásticos
y verbales; el poema-propuesta, que consiste en una
serie de recomendaciones para generar acciones estéticas
y es, por lo tanto una forma de lo que puede denominarse
arte potencial; el poema-acción, de carácter
efímero y en todo identificable con el happening,
aunque desde el concreto-visualismo se remarque su carácter
principalmente poético; y, por último,
el poema permutacional que se basa en la construcción
del texto por la variación-permutación
de elementos verbales o plásticos --o ambos a
la vez-- buscando un ritmo secuencial, a veces sólo
visual, otras con una lectura fonética añadida.
En
todos estos casos, la presencia del discurso metapoético
que justifica los objetos presentados como estéticos,
o que viene a ser justificado él mismo por tales
objetos, recibe el apoyo del funcionamiento del ethos
synnome (Groupe «æ», 1992) o dependiente
del contexto, propio de los discursos visuales. Con
esto último queremos referirnos al hecho de que
la percepción agrupa las formas en figuras reconocibles
siempre con respecto a nuestra competencia visual, a
la enciclopedia que ha ido construyendo nuestra experiencia
del mundo.
El
funcionamiento sígnico general del poema experimental
no es, como pudiera pensarse, dominantemente icónico,
sino que, precisamente por la importancia que el tropo
visual y el ethos dependiente del contexto toman en
su sistema expresivo, acaba por producir un texto basado
en un sistema semi-simbolizante, noción que acuñó
Jean-Marie Floch (1981) para explicar el paso a la abstracción
pictórica en la obra de Kandinsky. Ello quiere
decir que se sigue manteniendo el sistema de organización
semántica de la lógica lingística,
las categorías de la lengua, pero no sus significantes
habituales, sino un nuevo repertorio de iconos, símbolos
y señales, fundamentalmente visuales, que transcodifican
el mensaje a un sistema material en principio considerado
ajeno. No debe entenderse con esto que nuestros «operadores»
hayan creado un sistema sígnico propio --todo
lo contrario: los antecedentes de sus soluciones significantes
son muy antiguos-- sino que la modelización secundaria
que identifica, según Lotman (1970), a toda expresión
estética se apoya tanto en el citado ethos dependiente
del contexto, como en el sistema de convenciones estéticas
dominantes y en su negación a través del
discurso teorizante y hermenéutico, programático
al fin, elaborado por los propios poetas experimentales.
Sin
salirnos del presente siglo, puede documentarse que
todas las técnicas y modos utilizados por los
«operadores» de los años sesenta
y setenta, habían sido ensayados ya por los futurismos
ruso e italiano (las «parole in libertá»,
la lengua «zaum» de Kruchenyk, los poemas
a lo «film visutto» de Fortunato Depero,
etc.) por el dadaísmo internacional (el fotomontaje
de Man Ray y las primeras tentativas de performances,
por ejemplo) el constructivismo plástico y el
suprematismo de Malevitch y de Vladimir Tatlín,
o por la abstracción plástica en general.
Cabría suponer, entonces, que las diferencias
entre el discurso experimentalista y los anteriormente
citados deben cifrarse en una concepción ideológica,
metapoética, distinta. Pues bien, un examen comparativo
de los manifiestos y opiniones producidos desde la poesía
experimental y de las ideas expuestas por los primeros
ismos, y muy especialmente el neoplasticismo de Van
Doesburg y De Stijl, muestran a las claras que tampoco
hay nada original en la metapoética vanguardista
de las últimas décadas.
6. Según lo dicho, puede considerarse
que la vanguardia es un sistema de pensamiento y actuación
estética que se desarrolla a lo largo de todo
el siglo XX, tomando diferentes vestimentas según
las epifanías de su continua reencarnación
en nuestra cultura occidental. La concepción
dominante de lo poético, de lo artístico,
descansa en la disyuntiva platónica que asigna
a lo estético una naturaleza irracional y a la
filosofía una base de razón y legalidad.
Para María Zambrano (1939) la posición
platónica se basa en el establecimiento de dos
visiones del mundo mutuamente excluyentes: el triunfo
de la filosofía, o lo que es lo mismo, de las
nociones de «ser», «verdad»
y «razón», supone el menosprecio
forzado de la poesía y la instauración
de la legalidad como marco de contención de las
pasiones. Desde el romanticismo, desde el primer Nietzsche,
lo dionisíaco tomará un prestigio ennoblecedor
y la idea de irresponsabilidad poética se convertirá
en el receptáculo de una espiritualidad considerada,
ahora, como la «auténtica» esencia
de la libertad humana.
El
crítico norteamericano Harold Bloom (1988), heredero
de esta concepción romántica de la poesía
y el arte refuerza en términos kantianos de «lo
sublime» la identificación, incluso dependencia,
de la litertura respecto de la «creencia»
y lo religioso. Sin duda es ésta la más
extendida de las ideas canónicas acerca de lo
estético. Pues bien, la vanguardia, en gran parte,
supone una alineación de lo poético en
el bando de la ciencia, de la técnica, de la
razón, una ruptura de las fronteras entre lo
irresponsable y el proyectismo social moderno. En esta
contradictoria «nueva tradición»
el experimentalismo poético viene a suponer un
pastiche, en algunas ocasiones acrítico, de las
formas e ideas metapoéticas iniciadas a principios
de siglo. Desde el dadaísmo, estas ideas tienden
a la destrucción del arte y es ya con Fluxus,
el movimiento multidisciplinar organizado en los años
sesenta en torno a la figura del artista lituano-norteamericano
Georges Maciunas, cuando el arte pierde su carácter
sagrado y abraza el gag, la broma inteligente --son
sus palabras-- como la máxima expresión
de su inutilidad esencial y su carácter de cautivo
de las leyes del mercado capitalista.
Estos
nombres citados, no son más que referencias especulares
del camino hacia el agotamiento de un proyecto de diseño
social por medio de la actividad estética que
supone toda vanguardia artística. El experimentalismo
español aparece así, sobre todo en sus
primeros textos hermenéuticos, como un desesperado
intento de redimir, ennoblecer, a la forma artística
por medio de su identificación, bien que muy
forzada, con una vaga ideología de transformación
social. Sin embargo, sus referencias cruzadas a Hegel
y al anarquismo, a dada y al futurismo, a la poesía
concreta y a la plástica «mística»
de Kandinsky, a la cultura de masas y a la metafísica
de «lo poético» que pretende dignificar
sus retóricas, etc., suponen ese momento que
F. Jameson (1984) ha calificado como «descentrado»
o, en términos lacanianos, «esquizofrénico»
en el que se instaura el gusto postmoderno o, si se
prefiere una denominación más ajustada
aunque poco utilizada, tardomoderno. Esta última
transformación de la sensibilidad modernista
se muestra sobre todo en el borrado de fronteras de
los discursos ideológicos, el descrédito
del Gran Relato burgués y el fin de un arte ensimismado
en un limbo de Alta cultura que mira por encima del
hombro a una cultura Baja que necesita ser dominada.
A partir de ahora, la libertad de interpretación,
la consciencia del mundo como fábula, admite
lo nuevo como un garante de lo artístico, sí,
pero en términos de negocio: todo vale y nada
es verdadero. Las soluciones formales, retóricas
e incluso, por qué no, «teóricas»
del cómic, el pop rock o la publicidad audiovisual
y el diseño industrial, mucho más radicales
y complejas en ocasiones que las del llamado Gran Arte
--como reconocía el neoconcretista y semiólogo
brasileño Decio Pignatari (Vid. Millán,
1970c)--, están desplazando la actividad estética
hacia un nuevo terreno menos puro, menos trascendente,
pero quizá identificable con ese ideal vanguardista
de interconexión entre la vida y el arte.
Lo
que queda claro, desde la experiencia del experimentalismo
poético, es que las convenciones estéticas
dominantes en Occidente parecen estar anquilosadas,
institucionalizadas en un dudoso conservadurismo que
aún cree en lo sublime como el garante de una
cierta aristocracia estética. El arte, desde
luego, y de eso nuestros operadores no tenían
dudas, es un discurso de poder, una fábula que
debe ser legitimada sobre una discutible autonomía
al servicio de la clase dominante. Esto no es ni bueno
ni malo, simplemente «es».
NOTAS: