Por Pere Guimferrer

 

POESÍA DEL PENSAMIENTO


La grandeza específica de Octavio Paz consiste en el hecho de que, por sí solo, con su obra individual y su vocación irreductible no menos que con su capacidad de irradiación, no sólo consiguió reafirmar la presencia de la poesía en el mundo de la segunda mitad del siglo XX (en un momento en que la presencia pública del género era quizá menor y más precaria que nunca, y podía hacer pensar incluso en una extinción paulatina de la lírica), sino que, además, se convirtió en el continuador legítimo de aquella gesta del espíritu humano que fueron las poesías de vanguardia. La grandeza de Paz, en efecto, derivaba en buena medida en su decidida voluntad de incorporar a la propia obra, y ello en el momento en que todo parecía menos favorable a tal empresa, el patrimonio moral de los años asombrosos de la vanguardia de entreguerras, y ensanchar este legado desde las premisas que le son propias en sí y desde las que acotaba la personalidad individual de Octavio Paz.

Por importante que fuera el logro, constituiría sólo un epifenómeno del postsimbolismo, un corolario a Mallarmé o a Rimbaud, de no ser por otra circunstancia: al igual que T.S. Eliot, Octavio Paz fue un poeta de pensamiento, pero la estirpe a que pertenece es incluso más antigua que la de Eliot. En efecto, al leer «The waste land» o «Four Quartets», al tiempo que se asiente a la extraordinaria maestría del poeta, no resulta del todo imposible creer que los referentes de pensamiento ahí invocados —desde Heráclito hasta los ritos de fecundidad, pasando por las alusiones a Oriente— tienen, por grave que sea la reflexión de Eliot sobre el sentido de la existencia humana, un papel artístico equiparable al que otorgaba en su poesía Paul Valéry a la filosofía al decir que había querido tomar de ella sólo «un poco de su color». No es éste el caso de Octavio Paz, y tal vez ello explique que, a diferencia de Eliot, no haya escrito únicamente ensayos sobre literatura, sino también sobre los más varios asuntos. Pues Octavio Paz fue un poeta de pensamiento en el sentido más propio de la palabra, en la medida en que el pensamiento —que, en su caso, no es sólo una visión del mundo, sino también, y quizá ante todo, una filosofía del lenguaje— desempeña en su poesía no un papel compositivo y artístico únicamente, sino un papel tan sustantivo como el que tenía en la obra de Lucrecio, y no he nombrado por azar a un poeta que, en lo profundo, se halla en los orígenes del linaje al que Paz pertenecía.

Poetas del pensamiento son, sin duda, también Quevedo, John Donne o Wordsworth: mas en tales casos se da implícitamente por supuesto que el público a quien se dirigen participa previamente de su pensamiento. No aspiran, pues, tales poetas a modificar la visión del mundo de los lectores, sino más bien a completarla. Distinto es evidentemente el caso de Lucrecio: no necesariamente su auditorio —formado por ciudadanos romanos cultos, fundamentalmente por patricios— tenía que participar de modo previo de su cosmovisión, y de hecho, no en vano De rerum natura debe considerarse un poema didáctico, en la medida en que aspira a modificar dicha cosmovisión. Contra lo que a primera vista pudiera creerse, empero, lo esencial de esta poesía, lo que la define como tal, no es el hecho de comunicar al público determinada visión del mundo, sino el hecho de conquistar, en el propio poema, una forma de pensamiento mediante el lenguaje. Lo que define a Lucrecio como poeta no es precisamente lo que estaba ya en Epicuro, sino lo que, en cuanto a experiencia autónoma, el poema depara al lector. Por supuesto que tal cosa, respec-to a los sistemas filosóficos que lo sustentan, po-dría decirse también de Quevedo, John Donne o Wordsworth; pero la diferencia esencial consiste en que dichos poetas pueden remitirse tácitamente a aquellos sistemas filosóficos como a un ámbito general de referencia válido para todos los lectores, mientras que en el caso de Lucrecio es el propio poema —más aún que el poeta como individuo— quien propone su específica tarea de conocimiento. Lejos de ser la aplicación al caso particular de un poema, o de la poesía, de una forma de saber a la que poeta y público asienten de antemano, el poema es más bien la búsqueda, hallazgo y propuesta de una forma de saber que sólo mediante la existencia del poema el lector percibirá.
El espoleador afán de explicar el mundo natural y la experiencia mediante el poema hermana así al cabo a Paz con Lucrecio (y también, por citar un ejemplo de otra época, con el Maurice Ecève del Microlosne); pero, a diferencia de Lucrecio o de Ecève, Paz, hijo de nuestro siglo y verdaderamente «hombre en su siglo», para parafrasear un título suyo, no puede proponer un sistema unívoco y omnicomprensivo de conocimiento. Su sistema estará hecho de esquirlas, de ramalazos, de atisbos de diversos sistemas en los que quizá adquieren particular relieve las huellas de Hume, Heidegger y el budismo Zen. Sin embargo, lo que esta obra poética nos propone no es ciertamente un sincretismo o una mera agregación de elementos afines pero de dispar procedencia. Por el contrario, tanto estos referentes de pensamiento como los de carácter más literario o artístico (la poesía en castellano del barroco, la poesía náhuatl, el haikú, la lírica china del período Tang, el surrealismo y algunas experiencias singulares como las de Mallarmé o Pessoa) son perceptibles en un análisis estilístico de la lírica de Paz, pero no forman parte en ningún sentido de la experiencia que propiamente depara al lector. En la percepción de éste, en efecto, sólo una cosa existe, reconocible inmediatamente, imposible de confundir con otra alguna: un poema de Octavio Paz.

Y, en lo fundamental, ¿qué define a un poema de Octavio Paz? Por un lado, la inmovilización y descomposición prismática del instante en que consiste el poema, sustraído a la sucesión temporal mediante el lenguaje, y, por lo demás, también la interrogación acerca del lenguaje mismo que para ello sirve, esto es, acerca de las relaciones entre el habla y lo que el habla nombra (y el diálogo con la tradición literaria es sólo un aspecto de esta búsqueda esencial); por otra parte, establecida así su tarea de conocimiento, un poema de Octavio Paz es también una experiencia autónoma de lenguaje, no tributaria, en cuanto tal, sino del esencial poder de la palabra poética. No asentimos a Lucrecio porque asintamos a Epicuro; no asentimos a los poemas de Octavio Paz porque asintamos a los (contrapuestos o complementarios) sistemas filosóficos que se hallan en sus génesis. Sucede más bien lo contrario: el poema rebasa sus goznes, sus marcos referenciales, y nos formula una modalidad de conocimiento que es privativa de él únicamente, que sólo en De rerum natura (como en Piedra de sol, Blanco o Pasado en claro) existe y se manifiesta cabalmente. Es este el sentido más alto en el que cabe hablar, en Paz como en Lucrecio (y, similarmente, en Píndaro) de poesía de pensamiento.



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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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