OJOS
Y CORAZÓN HACIA LA ESENCIA CASTELLANA
Antonio
Machado vivió cinco años en Soria. Allí
se casó, perdió a su esposa y comenzó
a escribir Campos de Castilla, el volumen que se vende
mañana con EL MUNDO, por 225 pesetas más,
y que ha prologado Angel González. En dicho texto,
del que se ofrece aquí un extracto, el poeta
y académico asturiano sostiene que los versos
de Machado conforman un libro único en la poesía
de su tiempo por su riqueza temática y tonal
y porque ofrece algunas de las más bellas, emocionantes
y perdurables muestras de la poesía lírica,
narrativa y civil que España ha producido en
este siglo.Ojos y corazón hacia la esencia castellana
Campos de Castilla, cuya primera edición aparece
en 1912, es entre otras cosas el resultado de una deliberada
y muy meditada reacción de su autor en contra
de la estética de raíz simbolista modernista
que había informado su obra lírica hasta
poco antes de la publicación, en 1907, de Soledades,
galerías y otros poemas. Su progresivo distanciamiento
del simbolismo es un hecho que Antonio Machado reconoce
paladinamente en un texto de 1913: «Recibí
alguna influencia de los simbolistas franceses, pero
ya hace tiempo que reacciono contra él».
Luego,
para entender la génesis del libro, habrá
que hablar de Soria, ciudad en la que Machado se instaló
en 1907 para desempeñar en su instituto una cátedra
de francés, y donde conocerá a la niña
Leonor Izquierdo, que llegaría a ser el gran
amor de su vida.
De
la trascendencia que para el hombre y para el poeta
tuvo su experiencia soriana dará escueta y cumplida
noticia el propio Antonio Machado en un prólogo
fechado en 1917: «Cinco años en la tierra
de Soria, hoy para mí sagrada -allí me
casé; allí perdí a mi esposa, a
quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón
hacia lo esencial castellano».
Soria
es, pues, la realidad que el azar de un destino académico
puso delante de sus ojos cuando el poeta había
decidido abrirlos. La atención a esa realidad
deriva en el eclipse (no total, por fortuna) del yo,
que cede su viejo protagonismo a lo que lo circunda.
Cierto, que el libro se abre con su famoso Retrato,
en el que el poeta traza su propia etopeya. Pero el
poema viene a ser una declaración de principios
que justifica las nuevas posiciones éticas y
estéticas de Machado: su postura ante el amor,
la belleza y el arte, sus «gotas» de jacobinismo,
la búsqueda cordial de los otros («el secreto
de la filantropía»). Cuando Machado se
entremete (pocas veces) en los versos de la primera
edición de Campos de Castilla, se presenta siempre
entre y junto a lo otro y los otros; su papel es el
del contemplador que pone énfasis no en sí
mismo, sino en lo contemplado.
En
Soria, el poeta realiza su viejo propósito de
«soñar con los ojos abiertos». Castilla
es ahora el soporte de su sueño, pero lo que
ve no siempre le gusta: «un trozo de planeta/
por donde cruza errante la sombra de Caín»
(XCIX). En ocasiones, su mirada reprobatoria denuncia
la abyección de una sociedad rural arcaica y
chata -«atónitos palurdos sin danzas ni
canciones» (XCVIII)-, en la que la pobreza material
se traduce en miseria moral. Pese a acusar la huella
de la retórica modernista que había admirado
en Rubén Darío, estos poemas críticos
con trasfondo civil definen al poeta noventayochista
que Machado comienza a ser tardíamente en Campos
de Castilla.
Pero
hay otras composiciones en las que Machado enfrenta
la realidad con mirada cordial y salvadora; esa actitud
amorosa será la que acabe prevaleciendo en su
relación con Castilla, que no termina con su
estancia soriana. Como el poeta advertiría, Soria
no es sólo una orientación para sus ojos,
sino también para su corazón, en el que
va a interiorizar y conservar lo que percibe su mirada:
«¡Oh sí, conmigo vais, Campos de
Soria!... ¡Conmigo vais, mi corazón os
lleva!». Y allí, en su sentimiento, buscará
y encontrará Machado los campos de Soria cuando,
antes de lo que pensaba, los pierda de vista.
El
extenso romance La tierra de Alvargonzález merece
una mención especial, aunque no me parezca uno
de sus mejores logros, porque revela el alcance de la
evolución estética del autor de Campos
de Castilla. Machado cree encontrar en el viejo romancero
la fórmula que le permitiría alcanzar
la máxima objetividad, a la que aspiraba ya de
manera muy consciente. La misión de poeta no
es cantarse a sí mismo sino, según él,
«inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias
animadas que, siendo suyas, viviesen, no obstante, por
sí mismas». Con la intención de
sacar definitivamente del poema la figura omnipresente
del poeta simbolista que había sido, Machado
inventa -o mejor dicho, recrea-, una vieja leyenda que
cuenta la historia de un parricidio, historia también
reveladora de la «mucha sangre de Caín
[que] tiene la gente labriega». Tal vez convencido
de que la objetividad absoluta es una meta imposible
de alcanzar, Machado renunciará pronto a sus
experimentos con el romancero. Pero en esa experiencia,
encontró la posibilidad de integrar en su voz
la voz de otros, a los que cede parte de la autoría
del poema. «Mis romances», observa Machado,
«no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo
que las compuso y de la tierra donde se cantaron».
Al albergar y transmitir las formas expresivas, los
motivos, las creencias, las tradiciones y los mitos
populares, la persona poética se ensancha, se
hace múltiple. Y esto, que en principio pudo
ser un hallazgo derivado de la escritura de La tierra
de Alvargonzález, llegará a ser un propósito
deliberado que dicta muchos poemas de su siguiente libro,
Nuevas canciones.
Para
contemplar el rápido inventario de los hallazgos
y los atisbos que se advierten en Campos de Castilla
sólo falta citar el conjunto de Proverbios y
cantares, en los que se consolida la veta de poesía
gnómica y sentenciosa que Machado seguirá
cultivando en su obra futura. Pero Campos de Castilla
no termina en la edición de 1912.
En
1912 muere su mujer, Leonor Izquierdo. Sin ella, Machado
no puede soportar la vida en Soria, y consigue el traslado
al instituto de Baeza, donde se instala en el otoño
de ese mismo año. Y en Baeza escribirá
otra serie de poemas que duplica y enriquece con nuevos
tonos y temas la primera edición de Campos de
Castilla, cuya versión definitiva aparece en
1917, dentro del volumen de sus Poesías Completas.
El
nuevo escenario y la nueva situación imponen
importantes variantes en la escritura de Antonio Machado.
Las tierras de Soria, ahora en ausencia, siguen siendo
el motivo de muchos de los nuevos poemas. Machado vuelve
a sumergirse en su intimidad para encontrar en su sentimiento
la pervivencia de lo perdido: el recuerdo de Leonor,
muy pudorosamente insinuado, se funde con las evocaciones
del «alto llano numantino» (poemas CXVI
a CXXVII). Como en sus libros anteriores, el poeta busca
dentro de sí «lo que está lejos»,
pero su actitud no es la misma que lo movió a
deambular por las viejas «galerías del
alma». En esta etapa evoca una geografía
verdadera y unas vivencias recientes, todo nítidamente
recordado y sin perder nunca la conciencia de la distancia
que media entre el sueño y la realidad.
Como
a su llegada a Soria, Machado derrama su mirada amorosa
y solidaria por los nuevos paisajes y las gentes que
otra vez el azar de un destino académico puso
ante sus ojos: los olivos y caseríos del paisaje
de Baeza y Ubeda, los gañanes y braceros de «buenas
frentes sombrías». Pero en Andalucía,
igual que en Castilla, tampoco le gusta todo lo que
ve; sus gotas de sangre jacobina le hierven en las venas
ante el espectáculo de la miseria, mayor y más
escandalosa en los «campos ubérrimos»
de Jaén que en «la tierra de Soria árida
y fría». El poeta civil que ya era Machado
no descarta ahora las soluciones violentas, literalmente
revolucionarias. El noventayochismo de Machado adquiere
en Baeza matices peculiares, que lo separan de o lo
enfrentan a sus compañeros de generación.
Más que «dolor de España»,
lo que Machado siente es indignación ante un
país cuyos males no deben atribuirse a su decadencia
espiritual, sino a una situación socioeconómica
radicalmente injusta, intolerable, responsable, asimismo,
del empobrecimiento de su espíritu.
Machado
desarrolla con mayor rigor en sus prosas estos aspectos
radicales de su pensamiento, pero también se
advierten sin ambigüedad en alguno de los versos
que escribió durante sus años de Baeza.
Creo
que lo dicho define a Campos de Castilla como un libro
único en la poesía española de
su tiempo. Machado, al evolucionar en contra de sí
mismo, se separa también de las corrientes que,
a partir del simbolismo, definieron en España
y en Europa el arte de entreguerras: la poesía
pura y la vanguardia. Su gran interlocutor sería
Ortega y Gasset, con el que polemizó abierta
o solapadamente en dos frentes: en el estético,
oponiéndose a los planteamientos expuestos en
La deshumanización del arte; y en el terreno
de las ideas sociopolíticas, negando las tesis
centrales de La rebelión de las masas. Por todo
ello, el autor de Campos de Castilla fue considerado
en su día como un poeta rezagado, obsoleto. Sin
embargo, su obstinada fe en una lírica que no
debía renunciar al sentimiento ni a las ideas
convirtió a Machado en el gran adelantado de
la poesía que vendría después,
una vez desvanecida la ambición de pureza que
motivó con muy diversos efectos la obra de sus
contemporáneos.
La
riqueza temática y tonal de Campos de Castilla
tal vez se deba al hecho de haber sido escrito en dos
tiempos y dos escenarios diferentes, a partir de estados
anímicos y situaciones personales también
cambiantes. Pero nada de lo que señalé
tendría importancia si el libro no ofreciese
algunas de las más bellas, emocionantes y perdurables
muestras de la poesía lírica, narrativa
y civil que España produjo en este siglo que
ahora acaba, pródigo en grandes poetas.
©
DIARIO:
EL MUNDO
CULTURA.
Lunes,
5 de julio de 1999