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Por
Francisco Arias Solís
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GABRIELA
MISTRAL (1889-1957)
"Yo no tengo otro oficio,
después del callado de amarte,
que este oficio de lágrimas, duro
que tú me dejaste."
Gabriela Mistral
LA VOZ DULCE DE LA TERNURA
Cuanto
Gabriela Mistral toca lo convierte en poesía.
Honda, verdadera y universal poesía es lo que
esta mujer ha escrito, sin considerarlo como un fin
en su vida, como una profesión, sino mero accidente
en la carrera de la enseñanza a la que se dedicó.
Su lírica es una serie de gritos de una alma
noble, buena, que los exhala como su aroma una flor,
para que después de extasiar a los hombres, o
sin que ellos lo noten, suban al cielo.
En
esta misma época hay en Hispanoamérica
una floración de poetisas cuyos nombres más
representativos, además de Gabriela Mistral,
son: Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini y Alfonsina
Storni.
Extraño
caso el de esta mujer chilena, nacida en Vicuña
el 6 de abril de 1889, que antes de publicar su primer
libro, tiene por todos los países de su lengua
mayor gloria que, incluso, algunos autores clásicos.
Antigua
maestra rural, Lucila Godoy Alcayaga enseñaba
Gramática Castellana e Historia de la Edad Media
en el Liceo de los Andes. En sus principios, leía
mucho a Rubén Darío y a Juan Ramón
Jiménez. De los Andes pasó a Puntas Arenas,
como directora del Liceo, de allí a Temuco y
enseguida a Santiago.
En
1914 se dio a conocer en unos juegos florales de Santiago
de Chile.
Desde entonces su prestigio fue creciendo. Consiguió
el Premio Nobel de 1945 con una breve producción
lírica en la que está presente el amor
y donde se produce un hecho modernista, la búsqueda
pura de la belleza, una belleza que actuará como
eje fundamental del vida de Gabriela, para quien eso
no es sólo simple contemplación estética:
"tu belleza se llamará también misericordia
y consolará el corazón de los hombres".
Entre sus obras más conocidas se encuentran Sonetos
de la muerte, Desolación y Ternura, libros sentimentales
originados por un doloroso amor. Tala es una obra de
madurez, más seria, más cerebral y abstracta,
más próxima a las nuevas tendencias poéticas
de vanguardia. En el poemario Desolación (1922)
versifica la historia de su amor por un modesto empleado
de ferrocarril que se suicidó en 1909.
Hebrea
de corazón, tal vez de raza, Gabriela Mistral
escribe:
Raza judía, carne de dolores,
raza judía, río de amargura...
Habla con ternura delicada de los niños y trata
de hacerles sonreír para que no tengan temor:
Duérmete, mi niño,
duérmete sonriendo
que es la Tierra amante
quien te va meciendo.
Acude a la Naturaleza en busca de apaciguamiento, y
sabe traducir la armonía universal:
Pinar, tengo miedo
de pensar contigo;
miedo de acordarme,
pinar, de que vivo.
Pero todo eso no es ella. La fuerza de Gabriela Mistral
está en su sentimiento del amor y de la muerte.
Si te vas y mueres lejos,
tendrás la mano ahuecada
diez años bajo la tierra
para recibir más lágrimas.
Luego, loca, incendiada, pregunta si nunca, nunca más
volverá a verlo, ni en el temblor de los astros,
ni en la fontana trémula, ni en la gruta lóbrega
y quiere "¡oh!, volverlo a ver, no importa
dónde..."
Gabriela
Mistral tiene una especie de horror a la duda y no conoce
la ironía, la sonrisa ambigua del escéptico.
En el fondo de su poesía, como en el sentimiento
de toda alma
exaltada, se toca la idea religiosa y se encuentra a
Dios. Ella le habla continuamente, le
llama, se postra en sus presencia:
Creo en mi corazón, que cuando canta
hunde en el Dios profundo el flanco herido.
"Nadie olvidará tus cantos a los espinos
- escribía Pablo Neruda -, a las nieves de Chile.
Eres chilena. Perteneces al pueblo. Nadie olvidará
tus estrofas a los pies descalzos de nuestros niños.
Nadie ha olvidado tu "palabra maldita". Eres
una conmovedora partidaria de la paz. Por esas, y por
otras razones, te amamos".
Gabriela
Mistral no fue la primera en romper las tradiciones
de la poesía castellana: halló el terreno
preparado por toda una evolución que inició
Rubén Darío; pero ha dado a su obra un
sello que la distingue y que está en el amor
intenso y único, del cual derivan todos sus cantos,
el cariño a los niños y el sentimiento
de la Naturaleza. Su amor es el sol creador de mundos,
la inmensa hoguera de donde saltan las chispas y se
derraman claridades, el que llega a las cimas y baja
a los abismos, calienta e incendia, ilumina y deslumbra.
No en vano decía Gabriela Mistral en su Decálogo
del artista:
"No te será la belleza opio adormecedor,
sino vino generoso que te encienda para la acción,
pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás
de ser artista".
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