I
Primero,
tendríamos que referirnos al título mismo
del tema que nos ocupa. Hablaremos de "La Poesía
en el Desierto Postmoderno". Aclaramos que entenderemos
por poesía a la lírica, ese inveterado
género que según la historia de la literatura
es uno de los más antiguos y universales. Luego
definiremos el término "Desierto Postmoderno"
en la perspectiva de alguien que ve a la Postmodernidad
como una explosión que ha tornado al universo
en una duna sin mar; en un espacio huérfano del
elan humano que el filósofo de la subjetividad,
Henri Bergson, definió como el motor del hombre
auténtico. No se puede encasillar el concepto
de Postmodernidad con simples etiquetas: "trampa
del capitalismo", "snobismos de intelectuales
ociosos" o "ideología encarnadora del
Neoliberalismo". El Postmodernismo no es una moda,
ni mucho menos "fiebre especulativa pasajera".
Es una realidad amenazante, de la que difícilmente
escapemos si mantenemos con ella una relación
de complicidad o de franca ignorancia.
II
De
la Lírica podemos decir que es el género
más fiel a sus orígenes. De los tres géneros
históricos fijados por Aristóteles en
su Poética, ésta mantiene sus cualidades
esenciales: la subjetividad, su existencia en el presente,
su discurrir espacial y el desprecio por la lógica
racional .
Ha
sido norma constante que la sociedad conciba al Estado
a partir del concepto de Ciudadanía como norte
ético. La aversión a la Lírica
proviene de su negación a perderse en el tremedal
ciudadano. Ella no es la voz colectiva; contrariamente,
es la exaltación del individuo. Y de ello derivan
los problemas. El Estado debe regular la vida del ciudadano;
y esa regulación sólo es posible con un
arte que sea la representación del ideal de la
comunidad. De allí surge una estética
enmarcada dentro de lo comunal. En ese terreno la épica
y el teatro sirven, en principio, de eco a esa moralidad.
Esos géneros deben nutrirse de lo mítico;
esta literatura no es para acercar al hombre a su historia,
sino a sus orígenes. Por eso ningún griego
que oyó a sus rapsodas pudo haber conocido a
Ulises, ni quien asistió a los teatros pudo haber
conocido a Edipo. Se trataba de mostrar la idealidad
del hombre, no al hombre en sí. Apenas en el
teatro Aristófanes asomó al hombre contemporáneo,
en un espacio grotesco, la protesta estatal no se hizo
esperar. ¿Cómo era eso de que un hombre
por todos conocido fuese a la escena? Y peor aún,
¿por qué se le sometía a tantos
escarnios? La comedia de Menandro era más afecta
a la moral del Estado. Su comicidad apuntaba a criticar
la idealidad de los defectos, no a los defectos en los
hombres . No es gratuito que ese teatro haya reaparecido
en Roma, con Terencio y Plauto. Ni lo es tampoco que
Corneille y Moliere lo hayan restituido en la Francia
Clasicista, y que la tragedia haya reaparecido en Racine.
Esos géneros (la épica y el drama) ignoraban
al sujeto que profería su discurso.
Lo
contrario hizo la lírica. Se centró en
el sujeto hablante. Sus temas desdeñan lo mítico
y se hunden en la contemporaneidad. Frente a la temporalidad
pretérita de aquellos géneros, exalta
el presente. De manera que un poema no es lo que ocurrió
en otros tiempos, sino lo que está ocurriendo
ahora, en el momento en que el lector se pone frente
a las imágenes que le ofrece el poeta. La lírica
es el primer género histórico de la literatura.
Lo es por cuanto es el hombre auténtico su protagonista
discursivo y temático. En la Grecia antigua la
lírica se dividió en dos escuelas famosas:
la Monódica y la Coral. La primera puramente
lírica, la segunda con grandes resacas de la
épica. Pudiéramos hablar de dos poetas
que son paradigmas de esas escuelas. Píndaro,
de la segunda. Y Anacreonte, de la primera. Aquél
toma como pivote a los deportes y a los atletas para
rememorar las viejas batallas que ponen en escena la
heroicidad griega. Anacreonte, es antiépico.
O mejor dicho enemigo de lo épico. De allí
que sus poemas rechacen las espadas ensangrentadas de
Héctor o de Aquiles y celebren las ánforas
llenas de vino. Con él, Occidente conoció
el famoso motivo del Carpe Diem, aquel que invita a
vivir el presente y que más que pensar en la
eternidad, expone lo que hoy es una verdad aterradora:
la vida del hombre es breve y, por eso, es una necedad
ser estoico: esconder el cuerpo, evitar las pasiones,
eludir el amor. Y para muestra fehaciente está
la poesía de Safo. La epopeya y el drama mostraban
el corazón destrozado literalmente. La espada
lo hería. Safo hace del corazón el epicentro
humano; a él se le hiere con otras armas: con
el desamor, con el desdén, etc. Dice: "corazón/completamente/puedo".
Por sus afectos con la cultura de la ciudadanía,
cuando Platón piensa en su República no
recomienda a la lírica en sus propuestas educativas.
Y Aristóteles ni se preocupa de definirla en
su Poética.
De
esos orígenes trae la lírica sus principales
características. Por ser subjetiva, riega todo
su discurso del Yo. Por ser antiépica, exalta
el instante, torna humanísimo al hombre que tematiza.
Y discurre en el espacio, no en el tiempo. Y sobre todo,
instaura una nueva manera de relacionarse con el lector.
Como dirían hoy los teóricos de la comunicación,
la poesía lírica es profundamente entrópica.
Vive en una dialéctica: tiene que vivir con autonomía,
pero debe transmitir significados. Esa autonomía
le permite ser un género poco dado a mostrar
la realidad directamente. Huye de la anécdota,
porque es confesamente antirracional. De allí
que la lectura de un poema no se resuelva con un resumen,
ni mucho menos con un inventario de sucesos. En la poesía
"no sucede nada" digno de la epicidad y de
la dramaticidad. Ella es una urdimbre de imágenes.
Para Carlos Bousoño en la poesía "Lo
que se comunica no es (...) un contenido anímico
real, sino su contemplación" (1976: 20).
Interesa pues del poeta no lo que mira, sino su mirada.
Por una razón muy grande: no es la realidad,
ni su "verosimilitud" lo que importa; lo capital
es el ser que siente lo mirado. Yo recordaría
aquí a Guillermo Meneses y compartiría
con él su afirmación de que la literatura
es un "camino de perfección". Este
camino en abre el abanico visional del hombre. Antes
de asumir una lectura poética tenemos nuestro
propio perfil visional; leído el poema, otra
visión se unirá a nuestro abanico. La
visión no de una realidad tematizada, sino la
mirada de un mirador sensible, atento. Volviendo a Safo,
cómo ignorar que existe una manera de amar como
la de ella, distinta a la de nosotros, que a lo mejor
no la sumemos a nuestra experiencia, pero que siempre
tendremos pendiente cuando intentemos conocer al amor.
Pero
el Yo que habla en la lírica no es un egótico.
Rimbaud calificó al poeta de vidente. Este ve
más allá, donde más nadie mira.
Adorno dice que "Sólo entiende lo que dice
el poema aquel que percibe en la soledad del mismo la
voz de la humanidad" (1978: 54). Y no es una contradicción
definirla como la "voz de la humanidad", porque
esa encarnación se realiza en otras condiciones
que las ofrecidas por la épica y el drama. El
poeta se hace voz de la humanidad no porque se subordine
a fuerzas que lo anulan , sino, por lo contrario, por
cuanto llega a ser eco de esa voz en virtud de la defensa
de su individualidad. El, su cuerpo, su "corazón"
son el pivote para defender el derecho del hombre a
ser hombre. Adorno insiste en señalar que las
formaciones líricas "deben su dignidad a
la fuerza con que en ellas el yo, retrayéndole
de la alienación, despierta la apariencia de
la naturaleza" (1978: 57).
La
lírica es espacio, no tiempo. Hilde Domin dice:
"El lírico nos ofrece una pausa en la que
el tiempo está quieto" (1986: 16). Lo que
va a traer muchas consecuencias: primero, su construcción
imaginística; segunda, enemiga de la racionalidad,
va a propender a la simultaneidad. Le saca partida a
sus carencias. Como no cuenta con la anécdota,
como lo hace el drama y la narrativa, debe optimizar
los ecos de las palabras que usa. En ellas se refractará
el mundo, cuya potencialidad estará apuntando
hacia referentes muy sui generis, que el lector concretará
de acuerdo al diálogo que establezca con los
textos poéticos. Yo no diría que el tiempo
se "está quieto" en la lírica.
Más bien está inquieto; atravesado por
las miradas que se tienden sobre él. El tiempo
existe en la poesía; sólo que hay fracturas
en su secuencialidad.. La lírica no es descriptiva,
a pesar de su afecto por el espacio. Hay devenir en
ella, pero no el devenir del logos. La vida deviene
como consecuencia de que el espacio es una huella de
lo humano. La lírica prepara el camino hacia
las esencias. De allí que su búsqueda
la haga poca concesión a la razón.
Hörlderlin
dice "Lleno está de méritos el Hombre;
mas no por ellos sino por la poesía hace de esta
tierra su morada" (Citado por Heidegger, 1968 :
15). La lírica es la síntesis del paso
del hombre por la vida. Un poeta es un ser de pocas
palabras. Su mayor virtud es la timidez. Calla porque
tiene muy pocas cosas que decir. Pero esas "pocas
cosas" se profieren con alguna rasgadura vital.
El decir poético es un parto dolorosísimo.
Porque se habla por obligación, no por vanidad
pública. En principio la poesía era rezo.
Palabra dirigida a Dios. Pero, sin Dios ¿a quién
rezar? Al ser mismo, ése que perdió su
totalidad en tantas plusvalías espirituales saqueadas
por la colonización del mercado. Dice Octavio
Paz que los hombres se reconocen en las obras poéticas
"porque éstas les ofrecen imágenes
de su escondida totalidad" (1990: 73).
III
No
podemos aludir a la Postmodernidad sin hacer referencia
a la Modernidad. Esta última es hija legítima
del capitalismo. Surgió amparada en una serie
de utopías cuya realización se darían
gracias a la ciencia y a la razón. Bajo el lema
del Progreso se construyó un proyecto que generó
las más patéticas expectativas. E igual
de patética son las frustraciones generadas por
más de doscientos años de Modernidad.
Según Campagnon, la consigna postmoderna es "desmentir
la ideología de la modernidad o la modernidad
como ideología" (1993: 99). ¿Quiere
decir que el postmoderno es antimoderno? Depende de
la posición donde se sitúe el crítico.
Hay, en ese sentido, dos visiones: una exaltativa de
la modernidad y otra de su negación. Y dentro
de los exaltadores podrían diferenciarse las
posiciones de Jürgen Habermas con las de Daniel
Bell. Para el primero lo que hay es una "modernidad
inconclusa". Para el segudo, debe hablarse de un
éxtasis del capitalismo, por lo que en vez de
postmodernidad, debería denominarse el fenómeno
como Posindustrialismo. Fukuyama construye el epitafio
de la Historia; claro, la historia marxista, cuya protagonización
correspondía al proletariado. Según este
autor, alto empleado del Pentágono, desaparecieron
las contradicciones. No existe la lucha de clases como
motor histórico. Bell concibe el factor cultural
como el más importante conformante de la sociedad
de hoy. Y ese factor tiene un instrumento igualador:
los mass media. Estos hacen la nueva universalidad.
La economía global necesita de una infraestructura
ideológica que la sostenga. Bell dice "el
mercado es, en última instancia, el árbitro
del gusto" (1992:23). Yo diría que no estamos
en los tiempos postindustriales. Sino en la era en que
el signo ha sustituido a la realidad. La producción
industrial ya no es tan importante como la apropiación
de las plusvalías espirituales.
El
hombre de ahora ha perdido el sentido por la mercancía.
Hoy lo que consume son signos. La racionalidad ha perdido
la razón. El valor de uso del trabajo se ha extinguido
definitivamente. Ya no es importante hacer el producto,
sino venderlo. De allí que los costos de publicidad
rebasen enormemente a los de producción. Un producto
vale más porque se publicita y se envuelve en
un envase llamativo, que por los costos reales. Ese
es el origen de la massmediatización del mundo.
Los grandes capitales ya no están en las fábricas,
sino en los trusts comunicacionales y en la banca.
Esa
neouniversalización del capitalismo ha abrazado
a las artes. Tanto al creador como al consumidor. El
creador ha tenido que hacer concesiones a los medios.
La Modernidad desalojó al artista del centro
social. Recordemos al poeta del "Rey Burgués",
de Rubén Darío. Como no hubo ninguna ocupación
que darle, se le asignó la tarea de mover un
organillo para deleitar a los pájaros. Terminó
muerto, congelado por una lluvia de nieve. Por ello
los poetas tuvieron que huir a otras profesiones; fueron
abogados, periodistas, profesores, etc. Su creatividad
ocupa un espacio al margen. En esta posmodernidad o
postindustrialidad (según Bell), el creador tiene
una profesión. Ser un "creativo" que
con su aval y experiencia intelectual va "deleitar"
al público con una obra que se mimetice en sus
estereotipos. Ya no hay fronteras entre culturas altas
y bajas. Los artistas no pretenden aislarse, sino más
bien hacerse populares. Acuden a la cultura popular,
sin asumirla raigalmente. Ella es atrapada vía
kisch o pastiche. Es una manera bastante inteligente
de distanciarse del gusto del populacho. No es que haya
habido un "populicidio", como lo afirma Lytold
(1994). Se trata, más bien, del uso de un recurso
retórico moderno: la ironía, para evadir
cualquier compromiso con esa clase social a la que en
otros tiempos se despreciaba. En la doble valencia del
referido recurso, se termina siendo neutro.
Digamos
que el elemento moderno que encarna al Postmodernismo
es el plástico. El emblematiza la cultura de
lo perecedero, de lo desechable. Así que en el
arte, por ejemplo, queda liquidada aquella prédica
de la "conquista de la esencia de la eternidad".
Jameson (1991) habla de un de populismo estético,
que da al traste con la dicotomía del arte moderno:
la cultura baja/la cultura alta. No hay fronteras entre
estas culturas. Pero no es lo popular, ni lo folklórico
lo que permea a las viejas bellas artes; la cultura
baja es la massmediática. Se sustituyan los viejos
heroísmos, por la heroicidad massmediática.
Desaparecen los militares, políticos y guerreros;
su lugar lo toman los artistas y los deportistas. Una
muestra de ellos es el cine de Almdóvar, donde
abundan actrices, actores y toreros, etc. Sus éxitos
son muy relativos. Basta con recordar la cantante diva
de "Tacones lejanos" y al torero de "Matador".
Ellos viven la superficialidad posmo, lo que les impide
asumir sus roles de seres humanos concretos. La truculencia,
el coqueteo con lo cursi tiñen a estas obras
de una descarada ironía, que habla de esa neutralidad
señalada anteriomente. En los últimos
años en América Latina casi es una moda
escribir sobre cantantes y boleros. Daniel Santos, Felipe
Pirela, Benny Moré, entre otros. La intelectualidad
de ahora se solaza hablando de Jazz, de guarachas, de
boleros y otros géneros musicales, que han venido
desplazando a Bach, Vivaldi, Debussy y a tantos compositores
que degustaban anteriormente en medio de la exquistez
de un buen vino o un escocés de alto quilate.
Del deleite, han pasado a ensayar sobre la cultura massmediática
y a mimetizarse en sus discursos. Así, pues,
no se habla del bolero o del jazz, sino que se habla
en bolero o en jazz. ¿Significa esto que se acabó
la cultura clásica? No, en el fondo lo que se
puede avizorar es la ruptura con el elitismo moderno.
Creo que la Postmodernidad no es una crítica
a la Modernidad, sino el resultado de los excesos de
esta última. El mercado se impuso con toda su
avasallante presencia. Ya no se trata de llegar a las
esencias, a la verdad absoluta hegeliana; es el público
el que importa, por cuanto su existencia es un vastísimo
mercado. Por ello existe la "Paraliteratura",
para contrabandear la mala literatura en un ropaje estético.
Envidiando a los Bestseller, los escritores postmodernos
se han lanzado por el vértigo del auditorio.
Pero
el público del arte postmoderno sigue siendo
elitesco. En él también existe una mala
conciencia. Generalmente son gente con una juventud
contestaria. Una vez se inclinó por la llamada
cultura popular. Hoy sus gustos han cambiado, porque
su vida ha cambiado. Entonces, estamos asistiendo a
una gran paradoja: el arte postmoderno es elitesco,
aunque tematiza al hombre popular.
En
virtud de su canto a la supercialidad, su culto a lo
perecedero, la Postmodernidad desecha el pasado como
raíz genésica del hombre. Y eso tiene
que ver con la muerte del sujeto y su sustitución
por la objetividad. La realidad existe, se muestra;
importa muy poco la voz mediadora que la concreta. Jameson
(1991) define al arte moderno como el de la parodia;
al postmoderno, el del pastiche. En la parodia, la ironía
está cargada de intencionalidad. En cambio, el
pastiche es una parodia vacía. Comparemos las
ironías de Voltaire y de Swift con la de Manuel
Puig. Aquellas apuntaban a la crítica; el kistch
del argentino no pasa más de una mirada ridículizante
de lo popular.
Y,
entonces, ¿para que mira el pasado la Postmodernidad?
Para envolverlo en la trivialidad, poniéndolo
en el entorno de lo retro o de la atmósfera nostálgica.
Como el mundo se ha tornado un bazar de signos, se apropia
tan sólo del brillo, de la imagen que sirva para
ornamento. Luis Britto García dice al respecto:
"La televisión es la abarrotada vitrina
de este supermercado cultural. El mismo recupera sistemàticamente
las banalidades de ese período y esos ámbitos,
y no sus fuerzas centrales: imita los muebles sobredecorados
del baratillo, y no las rigurosas obras de la Bauhaus;
retorna al maquillaje del Art Deco, y no a la sabiduría
de Frank Lloy Wriht; vuelve al blanco y negro o al sepia
de las películas, pero no al impactante montaje
de Eisenstein o al austero encuadre de Dreyer. Es como
si un gusto perverso rescatara sistemáticamente
tan sólo lo trivial y lo mediocre de una civilización,
para eternizarlo apenas en la pasajera conmemoración
de una moda" (1994:196).
Sin
sujeto histórico, no hay pasado. Todo es presente.
Y la realidad es una reificación. La concepción
utopista del Modernismo obligaba a la "desrealización"
del mundo. El afán utópico plenó
de imaginación al artista. El Postmodernismo
reinstala la realidad como factor estético. Pero
ella sólo es un espectáculo. A esta crisis
de la fantasía le devino un neorrealismo, cuya
idea de la verosimilitud está muy lejos de alentar
ilusiones, sino más bien afincar la creación
en referentes muy concretos. Pero ese verismo no será
grandilocuente, como sí lo fue en los realistas
y naturalistas. Interesa lo real trivial o, en versiones
de los norteamericanos, el "Minimal Realism"
o el "Dirty Realism". Los nuevos héroes
surgen del avatar cotidiano urbano. La hybris griega
renueva su tragedia en la nueva ciudad, pero mostrándonos
un nuevo sentido de lo trágico: el hombre sucumbe
ante el absurdo. Esa cotidianidad será importante
si es massmediatizada. Para muestra, recuérdese
el caso Simpson en Estados Unidos, que mantuvo un elevado
raiting a la CNN. O el reciente caso en nuestro país
del Secuestro de Terrazas del Avila, donde hubo una
brutal competencia entre los canales televisivos. La
comunicación se esclaviza al mercado. En la novela
podemos aludir a las obras de Norman Mailer y de Truman
Capote, alimentadas de la violencia crudísima
de Norteamérica.
Tenemos,
entonces, que la literatura pierde su aura utópica.
Ya no es fantasía, ni propuesta imaginaria. Tematiza
al presente, hace de él su piedra de toque estética.
Joseph Picó dice: "El futuro ha muerto y
todo es ya presente" (Citado por Britto García,
,1994: 184).
Negado
el pasado, la historia se resquebraja. El mundo deja
de ser una diacronía para centrarse en lo sincrónico.
Es decir, en la sucesión de instantes, de fragmentos,
que no consiguen urdir su totalidad.
Gianni
Vattimo (1990) habla del fin de la historia. La teleología
modernista trazó un momento de arranque de la
historia y un punto de llegada, situado en el espacio
de sus utopías. El filósofo italiano destaca
que se acabó la unidad histórica, que
lo que ha venido definiendo el Occidente como Historia,
no es más la historia particular de Europa (y
de su extensión más genuina, Estados Unidos).
"Las Subculturas toman la palabra" ahora.
Y lo hacen gracias a los recursos massmediáticos.
De manera que se ha creado una sociedad transparente.
Creo que Vattimo sobreestima lo cultural, en la misma
dimensión que lo hace Bell. La palabra no la
pueden tomar las subculturas ya que su voz está
mediatizada por sus condiciones económicas, por
ser dependientes de ese centro que ha venido liderizando
la Historia Universal.
Estamos,
pues, frente a una visión inédita del
tiempo poético. Ya se ha abandonado el pasado
nostálgico romántico y el futuro de las
vanguardias. El pasado cuenta como escenario aditivo
para el presente. Es un elemento más del pastiche,
de la sumatoria de mutiplicidades. El futuro es un pasaje
negativo. Son los paisajes de películas como
"Doce Monos" o de "Cuando el destino
nos alcance". En estos filmes se dramatiza un futuro
en donde el universo no es para la vida, sino para la
muerte.
Parece
una obsesión las reflexiones ontológicas
cada vez que termina un siglo. Peor aún en los
fines de milenios. La entrada al año siglo XXI
dista mucho de las etapas finiseculares de la Modernidad.
Cada uno de los fines de siglo anteriores, estaba pleno
de optimismo. Cuando concluía el siglo XIX, Nietzsche
anunciaba la muerte de Dios. Pero ese siglo no fue capaz
de predecir la peor de las muertes modernas: la del
hombre. Y la Modernidad es la única culpable
de esa tragedia. No ofreció ningún salvavidas
que sustituyera a la divinidad. Confió demasiado
en la ciencia; en la razón. Anatematizó
el futuro con la sentencia: todo lo real es razonable.
Señalamos que nadie puede negar lo real de Hiroshima
o la realidad tangible del Vietnan. Pero, ¿fue
racional lo que hizo Estados Unidos en esos pueblos,
bajo la complicidad de países que han abanderado
la razón como piedra de toque del progreso?
En
la Modernidad se asiste también al ocaso de los
afectos. La objetividad, la quiebra del sujeto, contribuyen
a ese ocaso. Su arte se vale de lo que Jameson llama
"las intensidades", registros de sensaciones
frías que se entremezclan en los juegos textuales.
En él se ha perdido la profundidad. Lo superficial
es lo que aflora. Las secuelas de eso, según
Jameson son: "... por ejemplo, fin del estilo considerado
como único y personal, el fin de la pincelada
individual (simbolizada por la progresiva primacía
de la reproducción mecánica)" (1991:
39).
Podemos
mirar a la Postmodernidad de diveras maneras. Una de
ellas es celebrándola como el éxtasis
del Capitalismo. Otra, como la de Habermas, negando
su existencia y proponiendo un rescate de los elementos
positivos de la razón moderna. Otra vía
es ser postmoderno por reacción a la modernidad.
Atacar sus cimientos esenciales: la unidad histórica
universal, la razón instrumental y la subjetividad.
Esta última vía pudiera ser peligrosa,
por cuanto habría que cuidarse de no ser el nuevo
Fransktein.
IV
Escuchado
lo anterior, alguien pudiera decir que la Lírica
comparte afinidades con lo Postmoderno. Por su concepción
del tiempo y sus apegos a las imágenes. No. El
tiempo postmoderno es un tiempo sin historia, es un
devenir de superficie, encuadrado en el deseo objetivista.
Diría con Octavio Paz que la Postmodernidad "no
es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios,
no de valores" (1990: 120). Las pausas que construyen
al poema están hechas de espacios, no para detener
el tiempo, sino para trascender el instante. El poeta
quiere dar razón de la existencia y en vez de
acudir a su anecdotario, prefiere atrapar su huella,
su paso por el mundo. Por eso su facultad simbolizadora.
"La poesía es lenguaje en flor", según
Heidegger. A pesar de que tiene una vida fugaz, la flor
deja su fragancia. Es instante que trasciende a la brevedad
de su vida. Por ello la lírica no es un cúmulo
de objetos referenciados, sino el aura derramada por
el contacto del hombre con ellos. Así, pues,
su simultaneidad no es un ludismo que coquetea con el
caos, es la esencia trasuntada en un presente intensificado
gracias a la imagen. Creo que lo más parecido
a la lírica es la llama. Esta es fuego parpadeante,
representativa de la epifanía, del encuentro
casuístico con la pureza. Bachelard dice que
"... la llama tiene una buena muerte: muere durmiéndose"
(1975: 31). Morir para dar paso al sueño: así
es esa flor hedeggeriana, "muere porque no muere",
parafraseando a Santa Teresa. También llama la
atención la verticalidad de la flor, del hombre
y de la llama. "... en todo ser vertical reina
una llama" (Bachelard, 1975: 71).
El
presentismo lírico persigue sólo abolir
la razón del poema. Quiere que su tiempo se active
permanentemente en cada lectura. Que lo que se lea en
el poema ocurra en ese mismo momento. No participa del
sepelio del hombre, sino que apuesta por su vida, al
inventariar sus epifanías.
En
relación a la imagen, podríamos decir
que la concepción lírica dista mucho de
ser signo vacío. El Postmodernismo degusta la
imagen en su vaciedad; se interesa en ella sólo
por lo relumbrante de su superficie. Utilizando el metalenguaje
de la semiótica pierciana, la imagen no pasa
de ser un síntoma. Jamás llega a Símbolo.
Diría que entre estas dos concepciones, hay diferencias
de miradas. El lector que exige el postmo es aquel que
mira el contenido de lo mirado; el de la lírica,
mira la mirada, a través de ella capta las esencias.
Porque la imagen postmoderna es aséptica, neutral,
por sus afectos con la neopositividad. En cambio, la
imagen lírica es "existencialidad espacial",
por lo que la voz que profiere el discurso no desea
ninguna distancia con su palabra; en ella se va su vida.
Entonces,
¿qué va a ser de la poesía en el
desierto de la Postmodernidad? Tendrá que convertirse
en impulsora de la fe. Ser la resguardadora del hombre.
No caer en la tentación postmoderna; seguir siendo
la "piedra de escándalo de la modernidad"
(Paz, 1990: 131). Persistir sin traicionar su papel
ontológico.
Para
no abrigar desiertos, está la poesía.
Podrá crecer ese desierto, pero el verso lírico
es el árbol que esplende sobre ese panorama.
Mientras exista el hombre habrá poesía,
pero ¿no es acaso la poesía la que hace
al hombre? Esperemos que se salven tanto hombre como
poesía. Ese binomio tiene que ser indosoluble.