Por Luis García Montero

 

LA LUZ PERSEGUIDA


La palabra de Ángel González ha ido buscándose a sí misma a través de una obra en marcha. Su voz poética, interesada sobre todo por las sombras del tiempo y por los códigos morales de la sociedad, nos propone sentir y meditar en algunos temas precisos que se plantean desde diversas perspectivas y con distinto ánimo, dependiendo de la situación histórica del personaje que encarna la mirada de los versos y del estado de confianza o incredulidad que vive el poeta ante las posibilidades de su lenguaje. El título matemático de la nueva antología publicada por Visor responde a esta necesaria implicación de la unidad y el movimiento. El 100 se comporta en los títulos como un número cerrado, perfecto y taxonómico, que sirve para presentar sin fisuras un panorama ya organizado. Recurrir al 101 supone desbordar conscientemente la geografía de los poemas, aceptar la urgencia laboriosa de la obra en marcha. Este procedimiento, que alude a los libros ya publicados, se refuerza con el anuncio del libro inédito, con el anticipo de los 19 poemas que formarán parte de Otoños y otras luces. Lo antiguo y lo nuevo se resuelven en la unidad de una obra en marcha: 101 + 19 = 120.

El título sirve así para destacar la importancia de los nuevos poemas que se recogen, un anticipo muy sustancioso del próximo libro del poeta. Algunos inéditos, agrupados en el capítulo «Papel viejo», son textos antiguos, composiciones que no habían entrado por diversos motivos del azar lírico y la desmemoria en los libros anteriores de Ángel González. Pero la mayoría de los poemas inéditos pertenecen a los últimos años de su producción y muestran una clara sintonía con la atmósfera de Deixis en fantasma (1992), libro en el que la reflexión y la ironía sirven para ajustar cuentas con los recuerdos y para fijar la conciencia en una voluntad de vida que puede reconocerse hasta en la melancolía del otoño y en la luz de los atardeceres. Al antologar la obra de Ángel González, con motivo del premio Reina Sofía, en Luz, o fuego, o vida (1996), Víctor García de la Concha señaló un «tercer tiempo», una nueva etapa en la que el humor cede paso a la meditación elegíaca. Los poemas de Otoños y otras luces pertenecen mayoritariamente a esta atmósfera.

Se trata del tercer momento de una misma voz, bien perfilada, que matiza sus tonos con el protagonismo sucesivo de la descripción moral, el humor disidente y la meditación elegíaca, perspectivas que en diverso grado se encuentran hermanadas a lo largo de su obra. El lector de 101 + 19 = 120 puede encontrar los poemas más significativos de este itinerario, que atiende sobre todo a la doble dimensión, íntima e histórica, del paso del tiempo. Ya con la publicación de Áspero mundo (1956), Ángel González delimitó su terreno de juego, marcado a la vez por un claro sentimiento de individualidad y por una conciencia fechada de los vínculos sociales, de las implicaciones profundas del deseo y la Historia: «Aquí, Madrid, mil novecientos / cincuenta y cuatro: un hombre solo». El tiempo es así el ámbito de la condición individual, de la fugacidad, de la inocencia perdida, de los sueños incumplidos, y el escenario de unas convenciones sociales desalentadoras que invitan a la disidencia y a la imaginación. La lucidez y el vitalismo se mezclan en una materia de voluntad inteligente que ofrece de forma inevitable dos caras: el desencanto y la resistencia. Es la lógica de su segundo título, Sin esperanza, con convencimiento (1961), y la tensión de una poética que decide mantenerse entre la sabiduría («Te llaman porvenir / porque no vienes nunca») y la voluntad moral («Otro tiempo vendrá distinto a éste»).

Una declarada pérdida de fe en la palabra y la necesidad de romper convenciones hipócritas hacen que la ironía estalle en humor a partir de Breves acotaciones para una biografía (1969). Ángel González utiliza entonces recursos antipoéticos para seguir conspirando. El llamativo protagonismo de estos recursos delimita lo que los críticos, siguiendo las confesiones del autor, han señalado como su segunda época. Después de Prosemas o menos (1983), Ángel González se acerca a esa reflexión vital sobre el pasado, que configura el sentido de su nuevo libro Otoños y otras luces. Los ciclos del tiempo y los tránsitos de la luz sirven para situar de nuevo la conciencia en la fugacidad y para imponer la doble perspectiva de las cosas. El poeta se define en el viaje re-flexivo entre el recuerdo y el presente, la vejez y la juventud, la intimidad y la historia, el nombre y los cuerpos, la palabra poética y la imposibilidad del lenguaje. La experiencia vital es aquí una geografía de la matización, lo que permite ir del fragmento a la totalidad y de la grandeza a la pequeñez. La voz que siente cumplido su tiempo es la misma que quiere resistir, apurar las huellas de una luz eternamente perseguida. La memoria que describe una España sórdida es la misma que comprende la capacidad de amor y de vida que se dio en aquella miseria, una capacidad tal vez imposible en «el envoltorio de bisutería» que ocupa hoy el presente, con sus olvidos y sus traiciones. El deseo que busca la juventud en unos ojos es el mismo que teme contagiar a la juventud con el fracaso que puebla su mirada. El poeta vive a la vez en los dos lados de la frontera, porque el mundo sólo existe cuando es encendido por la luz y la luz sólo vive en la llama deslumbrante del mundo. Ángel González mantiene así la tensión de una poesía convocada entre la lucidez y el vitalismo, palabra sobre palabra, número sobre número, porque 101 + 19 son 120. Continuará.

 

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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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