LA
LUZ PERSEGUIDA
La palabra de Ángel González ha ido buscándose
a sí misma a través de una obra en marcha.
Su voz poética, interesada sobre todo por las
sombras del tiempo y por los códigos morales
de la sociedad, nos propone sentir y meditar en algunos
temas precisos que se plantean desde diversas perspectivas
y con distinto ánimo, dependiendo de la situación
histórica del personaje que encarna la mirada
de los versos y del estado de confianza o incredulidad
que vive el poeta ante las posibilidades de su lenguaje.
El título matemático de la nueva antología
publicada por Visor responde a esta necesaria implicación
de la unidad y el movimiento. El 100 se comporta en
los títulos como un número cerrado, perfecto
y taxonómico, que sirve para presentar sin fisuras
un panorama ya organizado. Recurrir al 101 supone desbordar
conscientemente la geografía de los poemas, aceptar
la urgencia laboriosa de la obra en marcha. Este procedimiento,
que alude a los libros ya publicados, se refuerza con
el anuncio del libro inédito, con el anticipo
de los 19 poemas que formarán parte de Otoños
y otras luces. Lo antiguo y lo nuevo se resuelven en
la unidad de una obra en marcha: 101 + 19 = 120.
El
título sirve así para destacar la importancia
de los nuevos poemas que se recogen, un anticipo muy
sustancioso del próximo libro del poeta. Algunos
inéditos, agrupados en el capítulo «Papel
viejo», son textos antiguos, composiciones que
no habían entrado por diversos motivos del azar
lírico y la desmemoria en los libros anteriores
de Ángel González. Pero la mayoría
de los poemas inéditos pertenecen a los últimos
años de su producción y muestran una clara
sintonía con la atmósfera de Deixis en
fantasma (1992), libro en el que la reflexión
y la ironía sirven para ajustar cuentas con los
recuerdos y para fijar la conciencia en una voluntad
de vida que puede reconocerse hasta en la melancolía
del otoño y en la luz de los atardeceres. Al
antologar la obra de Ángel González, con
motivo del premio Reina Sofía, en Luz, o fuego,
o vida (1996), Víctor García de la Concha
señaló un «tercer tiempo»,
una nueva etapa en la que el humor cede paso a la meditación
elegíaca. Los poemas de Otoños y otras
luces pertenecen mayoritariamente a esta atmósfera.
Se
trata del tercer momento de una misma voz, bien perfilada,
que matiza sus tonos con el protagonismo sucesivo de
la descripción moral, el humor disidente y la
meditación elegíaca, perspectivas que
en diverso grado se encuentran hermanadas a lo largo
de su obra. El lector de 101 + 19 = 120 puede encontrar
los poemas más significativos de este itinerario,
que atiende sobre todo a la doble dimensión,
íntima e histórica, del paso del tiempo.
Ya con la publicación de Áspero mundo
(1956), Ángel González delimitó
su terreno de juego, marcado a la vez por un claro sentimiento
de individualidad y por una conciencia fechada de los
vínculos sociales, de las implicaciones profundas
del deseo y la Historia: «Aquí, Madrid,
mil novecientos / cincuenta y cuatro: un hombre solo».
El tiempo es así el ámbito de la condición
individual, de la fugacidad, de la inocencia perdida,
de los sueños incumplidos, y el escenario de
unas convenciones sociales desalentadoras que invitan
a la disidencia y a la imaginación. La lucidez
y el vitalismo se mezclan en una materia de voluntad
inteligente que ofrece de forma inevitable dos caras:
el desencanto y la resistencia. Es la lógica
de su segundo título, Sin esperanza, con convencimiento
(1961), y la tensión de una poética que
decide mantenerse entre la sabiduría («Te
llaman porvenir / porque no vienes nunca») y la
voluntad moral («Otro tiempo vendrá distinto
a éste»).
Una
declarada pérdida de fe en la palabra y la necesidad
de romper convenciones hipócritas hacen que la
ironía estalle en humor a partir de Breves acotaciones
para una biografía (1969). Ángel González
utiliza entonces recursos antipoéticos para seguir
conspirando. El llamativo protagonismo de estos recursos
delimita lo que los críticos, siguiendo las confesiones
del autor, han señalado como su segunda época.
Después de Prosemas o menos (1983), Ángel
González se acerca a esa reflexión vital
sobre el pasado, que configura el sentido de su nuevo
libro Otoños y otras luces. Los ciclos del tiempo
y los tránsitos de la luz sirven para situar
de nuevo la conciencia en la fugacidad y para imponer
la doble perspectiva de las cosas. El poeta se define
en el viaje re-flexivo entre el recuerdo y el presente,
la vejez y la juventud, la intimidad y la historia,
el nombre y los cuerpos, la palabra poética y
la imposibilidad del lenguaje. La experiencia vital
es aquí una geografía de la matización,
lo que permite ir del fragmento a la totalidad y de
la grandeza a la pequeñez. La voz que siente
cumplido su tiempo es la misma que quiere resistir,
apurar las huellas de una luz eternamente perseguida.
La memoria que describe una España sórdida
es la misma que comprende la capacidad de amor y de
vida que se dio en aquella miseria, una capacidad tal
vez imposible en «el envoltorio de bisutería»
que ocupa hoy el presente, con sus olvidos y sus traiciones.
El deseo que busca la juventud en unos ojos es el mismo
que teme contagiar a la juventud con el fracaso que
puebla su mirada. El poeta vive a la vez en los dos
lados de la frontera, porque el mundo sólo existe
cuando es encendido por la luz y la luz sólo
vive en la llama deslumbrante del mundo. Ángel
González mantiene así la tensión
de una poesía convocada entre la lucidez y el
vitalismo, palabra sobre palabra, número sobre
número, porque 101 + 19 son 120. Continuará.
©
ABC
©
2000 Prensa Española Reservados todos los derechos