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Por
Óscar Carrascosa Tinoco
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JORGE LUIS BORGES O LA LECTURA VITAL
"Donde
se alza el árbol del conocimiento, allí
está siempre el paraíso: esto es lo que
dicen las serpientes más viejas y las más
jóvenes".
NIETZSCHE,
F.,
Más allá del bien y del mal, IV, 152.
Cervantes
nos mostraba cómo, a través de la lectura,
don Alonso Quijano se transformaba en don Quijote, y
cómo éste metamorfosea el mundo y sus
personas en literatura y personajes, llevando a cabo
una lectura caballeresca de la realidad en la que deambulará
como loco Quijote o Quijano loco, según se mire.
Frente a esta imbricación de tipos de existencia
(física y mental), Borges enfrenta a la una con
al otra para obtener un reflejo puro, desligado en lo
posible de lo material, una realidad exclusivamente
imaginativa y estática expresada en la denominada
lectura vital. Realizado este cambio, fantaseará
con un Alonso Quijano solitario en continua contemplación
de su atril, con quien se identifica en la ya total
equivalencia de vivir y leer:
"De aquel hidalgo de cetrina y seca
tez y de heroico afán de conjetura
que, en víspera perpetua de aventura,
no salió nunca de su biblioteca.
La crónica puntual que sus empeños
narra y sus tragicómicos desplantes
Fue soñada por él, no por Cervantes,
y no es más que una crónica de sueños.
Tal es también mi suerte [...]".
Ante
esta clase de lectura propone también un tipo concreto
de lector, sobre todo en el momento que "ya no van
quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra,
sino que todos son críticos potenciales".
El lector actual, dice Borges, sufre una superstición
(en uno de sus sentidos etimológicos, 'observación
harto escrupulosa') que le hace "entender por estilo
no la eficacia o ineficacia de una pagina, sino las habilidades
aparentes de un escritor: sus comparaciones, su acústica,
los episodios de su puntuación y de su sintaxis.
Son indiferentes a la propia convicción o propia
emoción: buscan tecniquerías (la palabra
es de Miguel de Unamuno) que les informarán si
lo escrito tiene derecho o no de agradarles". Unamuno
también busca un lector determinado, si bien se
diferenciará de Borges en que sus reivindicaciones
parten de situaciones distintas: las vacuas formas a las
que había llegado cierto sector del realismo y
el naturalismo, y, en el orden metafísico, por
el uso que hará de la literatura como campo de
experimentación de creaciones, supervivencias,
conflictos subjetivos y ansia personal de inmortalidad.
El lector borgiano, además de no delectarse en
tecniquerías, es, como el hidalgo manchego, un
lector silencioso: "Ya se practica la lectura en
silencio, síntoma venturoso", afirma Borges
en "La supersticiosa ética del lector"
para, años más tarde, al indagar sobre el
origen del culto de los libros, escribir: "Aquel
hombre (San Ambrosio) pasaba directamente del signo de
escritura a la intuición, omitiendo el signo sonoro;
el extraño arte que iniciaba, el arte de leer en
voz baja, conduciría a consecuencias maravillosas.
Conduciría, cumplidos muchos años, al concepto
de libro como fin, no como instrumento de un fin".
Sin embargo, los años ("el tiempo ha sido
mi Demócrito") impedirán al poeta este
acercamiento perfecto a la literatura.
Borges, ante todo, se considera lector:
"Que otros se jacten de las páginas que
han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído".
De
esta manera, todas las etapas vitales transcurren ante
un libro abierto y los ojos sólo se apartarán
de sus líneas para atisbar las que aún
quedan por leer.
Así ocurre en la niñez:
"Las lentas hojas vuelve un niño y grave
sueña con vagas cosas que no sabe".
Y así sucederá también en la vejez,
pues la lectura, como el Universo, es infinita:
"No acabaré de descifrar las antiguas lenguas
del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sirgud;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz".
Y
porque el transcurrir de la vida es continua lectura,
la muerte se equipara a caracteres ya no descifrados:
"Te espera el mármol
que no leerás".
Ante
esta concepción de la vida en la que las hojas
de la rosa ausoniana son sustituidas por pétalos
de celulosa, la llegada de la ceguera cargará
de tragicidad universal al callado y perenne lector:
"Nadie rebaja a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche
[...]
Yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca".
Pero
en oposición a lo suponible, Borges se unirá
a Joyce en su afirmación de que "de todas
las cosas que me han sucedido creo que la menos importante
es la de haberme quedado ciego" (14). Sabe desde
luego que esto es falso, pero si sonríe amistosamente
por lo mendaz, comprende lo imprescindible de tan valerosa
aseveración. Aceptará la ceguera como
un modo de vida desde la que accederá incluso
a otras literaturas, y en su desligamiento de la realidad
física recordará a Demócrito de
Abdera, quien "se arrancó los ojos en un
jardín para que el espectáculo de la realidad
exterior no lo distrajera". Continuará la
lectura como forma de vida, como lectura vital, ejecutando
desde una sombra que le servirá de instrumento,
y sobre la base de páginas ajenas: infinitas,
necesarias y en las que el poeta (no podía ser
de otra manera) se integra:
"Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan partes de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que se expresan están en esas hojas
que no saben quien soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre".
Óscar Carrascosa Tinoco
o_carrascosa@hotmail.com
Material extraído de la Revista Estigma.
Para Suscripción, pedidos y colaboraciones:
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O bien escriban a estigma@lettera.net
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