EUGENIO
MONTEJO:
LA MAGIA DEL ALFABETO MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE
DE LA PÁGINA
La poesía de Eugenio Montejo1 funda un
universo poético, cuyos elementos son posibles
de observar desde una mirada totalizadora; la configuración
de un universo referencial que privilegia los dones
de la naturaleza y donde las piedras, los ríos,
los árboles, se convierten en signo de belleza
y plenitud.
El
imaginario Montejiano es una fiesta de metamorfosis,
de transfiguraciones, de analogías, de correspondencias,
donde piedras, árboles, pájaros, gallos,
caballos, ranas, grillos, cigarras, tordos son la materialización
de la expresión de la sensibilidad del ser.
Uno
de los signos que marcan la poesía de este autor,
es la piedra; su característica básica
es la permanencia. Es el pilar fundamental de su poesía,
de ella se vale para aprender y con ella escribirá
alguna vez. La roca atesora los secretos del hombre,
por eso el escritor manifiesta una gran preocupación
por hacerla hablar. La manifestación de la piedra
como la superficie para labrar el poema, enlaza una
vocación de permanencia que la construcción
del poema posee inherentemente.
En
la obra del caraqueño evidenciamos que el poema
que se hace con piedras, se construye como una casa
donde habita el ser. De esta manera, el poema tendrá
resistencia ante el tiempo y la muerte porque será
permanente. En Montejo la piedra, es permanencia, que
nos habla desde su evidencia. El poema será así
una casa donde caben tiempo y horizonte, canto y memoria.
En
Montejo, el árbol se inscribirá como un
signo contrario al de la piedra, ya que en el árbol
como en el ser, el paso indetenible del tiempo se inscribe
como un desgarramiento; por eso el árbol es el
lecho del ser, el ser mismo. El hombre es el árbol
y el árbol es el hombre en la concreción
de la imaginación vertical; a través de
él el imaginario de los hombres describe la búsqueda
de las zonas más profundas.
Para
este escritor, el pájaro y el gallo son elementos
recurrentes. Los pájaros son inocencia, los últimos
gritos de libertad que quedan sobre la comarca, última
rama entre la tierra y el cielo; con su vuelo y canto
salvan el abismo existente entre el infinito y lo terrestre.
Los pájaros despiertan el ser.
En
su obra poética existen dos cantos con dimensiones
distintas; el del pájaro y el del gallo. El canto
del pájaro establece una relación con
la naturaleza en sentido vertical, mientras que el del
gallo plantea una posición con la naturaleza,
pero en dirección horizontal. En este sentido,
el canto del "pájaro" es la anunciación
de una plenitud y el del gallo es canto dolido ante
la pérdida de la naturaleza en la ciudad. Jamás
dos cantos han sido tan diferentes como el canto del
pájaro y el del gallo. El primer canto, el del
pájaro, nos lleva al espesor de la expresión
poética; y el otro, el del gallo, anuncia la
tragedia de un nueva realidad que negará toda
posible plenitud, la realidad ineludible de la ciudad.
La
naturaleza da cuenta de un espacio en la obra Montejiana,
su escritura intenta fundar un dominio absoluto donde
la poesía y en consecuencia el ser sean posibles.
El ser es buscado en la esencia de lo natural, en los
pájaros y su canto, en los árboles.
Si
en Montejo hay un espacio para el ser, ese es el de
la casa, el lugar que separa, cobija, protege y articula
el hacer del existir.
La
casa es en el poeta caraqueño, centro desde donde
el ser se proyecta, así pues la casa es de alguna
manera como el canto del gallo puerta abierta a la naturaleza
y a la ciudad. El lugar de la casa, es metafóricamente
el lugar de la poesía donde es posible rescatar
los signos de la civilización: la casa en este
poeta es vista como plenitud y despojo, expresión
y extravío.
Ahora
bien, en el planteamiento de la búsqueda del
ser en la naturaleza, se establece una oposición
entre la ciudad de su infancia y la ciudad de su actualidad.
En la primera, se percibe en el autor una persistente
nostalgia por su cada vez más lejana presencia,
su continuo desmoronamiento, para dar paso al "progreso"
que implica el movimiento citadino. Esta primera ciudad
es el símbolo de la infancia y la naturaleza
perdidas, y a su vez de la perfección y la felicidad
extraviadas. Con la pérdida de esta urbe se produce
la disolución del ser. "Tan altos son los
edificios/ que ya no se ve nada de mi infancia2Así
afirmará el poeta.
La
segunda, la del presente, es mirada como devoradora
del espacio de la infancia perdida, como progreso en
la disolución del ser.
La
ciudad, en la poesía venezolana, entra con Montejo
definitivamente como un elemento de reificación
y negación, En su poesía la metrópoli
es una metáfora de una actitud existencial.
La
poética de Montejo también intenta fundar
un lenguaje, un alfabeto, de allí la importancia
simbólica de la piedra como superficie donde
la inscripción es posible. Su poesía intenta
ser un alfabeto del mundo.
Los
tópicos más recurrentes en Montejo son:
muerte y memoria, poesía órfica y la reflexividad
de la escritura. Estos elementos le permitirán
construir una estética, en la cual la sencillez
de la palabra adquirirá sorprendentes connotaciones.
La
memoria es el elemento a través del cual el poeta
conjura a la muerte. La memoria le permitirá
la alternancia en un mismo espacio temporal de vivos
y muertos
La
muerte en Montejo acompaña al hombre como una
eterna presencia, la muerte estará en el mismo
paralelo de la vida. La memoria le permitirá
contar su historia desde antes de su nacimiento. "Esta
es la tierra de los míos, que duermen, que no
duermen , (...) Puedo aguardar, estoy a veinte años
de mi vida,/ soy el futuro que duerme, que no duerme;/"3
Valiéndose
de la muerte , el poeta busca el tiempo perdido y al
recuperarlo transgrede los límites entre vida
y muerte. La muerte viene a ser el enfrentamiento con
el absoluto de la discontinuidad. En Montejo la muerte
está muy relacionada con la memoria. La muerte
es vista dentro de la noción de alteridad temporal
en la cual vivos y muertos conviven en un mismo espacio.
Luego de traerlos a la vida, la memoria los regresa
a su propia noche. Así, vida y muerte no están
separadas, una implica a la otra.
Otro
elemento en la creación de Montejo es la poesía
órfica. Desde este ámbito, la amada sufrirá
una metamorfosis muy particular, presentándose
en su primer poemario Humano paraíso como una
mujer, idealizada; luego esta imagen cambia, transmutándose
en casa, después ciudad y finalmente una mujer
que no tiene rostro definido. El amor será siempre
un canto a la amada ausente. Montejo coloca a la amada
a distancia, adquiriendo lejanía casi cósmica;
desde ella emergerá como expresión de
la belleza en la transfiguración de la poesía.
Otro
de los tópicos Montejianos, más cautivante,
es su clara asunción como artesano de la palabra.
A lo largo de su obra observamos que esa constante va
adquiriendo madurez y logro estético. Lo que
nos lleva a considerar que estamos en presencia de uno
de los mejores poetas del continente, además
de un excelente crítico. Montejo maneja la autocrítica,
su empeño en pulir la "piedra" antes
de tatuarla.
La
reflexividad, rasgo constitutivo de lo moderno, atraviesa
la poesía de Montejo para construir una visión
de la realidad, una concepción de la escritura.
En él confluyen las posibilidades expresivas
del poema, las tensiones de la fugacidad y permanencia,
que concluyen en la plenitud y en el logro de la cristalización
estética.
Por
otra parte, la poética de la naturaleza manifiesta
en la poesía del escritor, es una primera instancia
expresiva que nos conduce a una reflexión sobre
el lenguaje, sobre el poema y sobre el arte en general.
La búsqueda de la expresión poética
se establece en el hallazgo de la más sencilla
y misteriosa realidad inmersa en la naturaleza.
La
reflexividad, en esta obra poética, se manifiesta
en primer lugar en la confluencia de voces de una intertextualidad
dialógica que vinculan esta poesía con
otras poéticas.
El
juego estético de la heteronimia que comienza
con El Cuaderno de Blas Coll, prosigue con Guitarra
del Horizonte, y se mantiene con El hacha de seda herencia
de los juegos heterónimos de Fernando Pessoa
es otra prueba ineludible de esta reflexividad.
Finalmente,
en la obra de Eugenio Montejo, es posible observar reminiscencias
de poetas venezolanos como Fernando Paz Castillo, Vicente
Gerbasi; latinoamericanos como Vallejo; y especialmente
el embrujo fascinante del poeta portugués, Fernando
Pessoa.
Las
resonancias de éstos escritores se insertan de
una forma casi oculta, sutil, algunas veces manifiestas,
en la tensión del poema. No obstante, podemos
afirmar que Montejo se ha sumergido en esas aguas para
enriquecerse como ser humano y artista, pero sin erosionar
su peculiar originalidad que destaca en medio de cualquier
atisbo intertextual.
Partiendo
de una poética de la naturaleza, Eugenio Montejo
nos ofrece uno de los más profundos testimonios
poéticos sobre la revelación del mundo
en la sensibilidad humana y sobre las formas como el
ser alcanza su plenitud en la expresión poética.
Notas: