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Por
Laura López Fernández
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El
esencialismo poético en José Angel Valente
La
luz es el primer animal visible de lo invisible
Lezama Lima
Cuando nos acercamos a la obra de un autor que ha escrito
de forma tan intensa como lo ha hecho el poeta orensano
José Angel Valente (1929) y que ha superado las
fronteras discursivas y estéticas de su tiempo,
cabe preguntarse si nos hallamos ante una nueva dimensión
de lo poético, ante una nueva manera de trabajar
con la palabra. Y digo con en el sentido de "junto
a" pues Valente toma una actitud de escucha ante
el signo. Esta actitud aparentemente pasiva y "femenina"
por estar basada en la contemplación y en la
recepción, crea una poesía de carácter
inclusivo e integral y, en este sentido, esencialista.(1)
En
la mayoría de sus poemas y ensayos, la experiencia
creativa se convierte en el tema de sus representaciones.
En Material memoria (1979) nos dice que la experiencia
de crear un poema no comienza con el texto sino antes
de su escritura exterior. "El poema nace con su
gestación, al igual que en el Tao la gestación
es ya el nacimiento del ser humano" (10).
Esta nueva noción de la poesía, más
intuitiva e integral, desafía los límites
del lenguaje y del pensamiento y transforma la noción
tradicional de comunicación poética (basada
en la expresión estética de un contenido
anímico más o menos estable) en una especie
de punto cero de la lengua donde el poeta se convierte
en otro lector de su obra sin ejercer un control sobre
lo que escribe. Este ángulo perceptivo o "de
escucha ante el signo" es una constante en su obra:
"La poesía no sólo no es comunicación;
es, antes que nada o mucho antes de que pueda llegar
a ser comunicada, incomunicación, cosa para andar
en lo oculto." (Mm 11)
El
proceso de interiorización al que nos remite
la obra de Valente es el punto de partida para hablar
de una estética esencialista. Su poesía,
vista desde esta perspectiva, se enfoca en el silencio
como signo cuya función es interrumpir el discurso
logocéntrico y producir una emoción estética
diferente. El lector se halla de este modo ante una
escritura intuitiva y paradójica.
Un
aspecto que se deriva de lo anterior es que Valente
despoja de su palabra intenciones y discursos totalizantes.
La función de la palabra poética no reside
en la reescritura de la historia, personal o colectiva,
ni tampoco en el olvido, sino que surge de una visión
interiorizada de distintas manifestaciones de lo real
que a su vez es un todo en movimiento. Ni la historia
ni el tiempo es en sus poemas una categoría medible
linealmente. Lo que interesa es crear vacíos
que posibiliten la transformación de un sistema
semántico en otro. El poeta crea con este procedimiento
una estética visionaria que tiene como origen
y meta un "punto cero" en el que se manifiesta
el lenguaje poético.
Para
una mayor aproximación al estudio del esencialismo
en la obra de Valente, es pertinente tener en cuenta
el momento en el que comienza a escribir, que es en
la década del cincuenta. Por este motivo a Valente
se le asocia a poetas de la talla de Angel González,
Claudio Rodríguez y Francisco Brines. Esta nueva
generación de poetas ya no considera el poema
como un artefacto ideológico. Y una de las primeras
manifestaciones en este sentido es la que hace Valente
en Las palabras de la tribu (1971), primer libro de
ensayos, quien considera el poema como un "conocimiento
haciéndose" ("Conocimiento y comunicación"
7).(2) Con este nuevo rumbo que adquiere el poema,
inicia Valente su carrera poética. Una carrera
notablemente iconoclasta no sólo con respecto
a la poesía social de los años cuarenta
sino también por abrir nuevas dimensiones dentro
de lo poético.
Debido
a la larga producción poética de Valente,
es necesario atender a ciertos aspectos que conforman
su evolución hacia el esencialismo. Sus primeras
publicaciones en castellano son de mediados de los años
cincuenta: A modo de esperanza (1955) y Poemas a Lázaro
(1960). Esta etapa ha sido considerada por la crítica
como una etapa personal.(3) Posteriormente, y
relacionado con el marco social de opresión que
se vive en España (recordemos la dictadura de
Franco 1939-1975) Valente poetiza el tema del exilio,
la soledad, la opresión, la excentricidad, la
ausencia, el desdoblamiento de un yo, el vacío
y la muerte. Siete representaciones (1967) pertenece
a esta segunda etapa en la que predomina lo social.
En los años setenta su obra evoluciona hacia
una integración de todos estos motivos. Es una
poesía más abstracta y metafísica.
Y a partir de finales de los setenta se hace mucho más
explícito su esencialismo.
En
A modo de esperanza (1955, premio Adonais del mismo
año) el poeta se enfrenta a la muerte de su madre.
Este libro constituye una escritura inicial con un tono
íntimo y declaratorio. Gira en torno a la experiencia
del recuerdo y de la muerte. La ausencia y el hueco
que ha dejado la experiencia del recuerdo y la muerte
de una persona querida como es el caso de su madre,
Lucila Valente, es el pre-texto que origina una primera
escritura en la que se presentan ya los primeros signos
de una estética esencialista con el uso frecuente
de palabras como ausencia, muerte, eco, recuerdo, esperanza,
hueco, dolor, soledad y desierto.
En
la década del sesenta, Valente sigue reelaborando
los motivos de la pérdida, de la ausencia, de
la soledad, de lo social e incorpora con más
frecuencia el elemento metapoético. Esta etapa
se inicia con La memoria y los signos (1966), título
que lleva implícitos dos signos importantes:
lo social y lo metapoético. Este poemario contiene
muchas referencias culturales y sociales que forman
un marco inconfundible en torno a los efectos de la
guerra civil española y de las dos guerras mundiales.
Pero hay, sin embargo, una voluntad de ruptura con respecto
a discursos y estéticas convencionales basadas
en el recurso de la imitación. Así surgen
poemas cuyas esencias consisten en una lucha por hacer
que el "verbo" siga cantando, no en virtud
de lo ya cantado sino en virtud de la expansión
del signo, generando una nueva visión de la realidad
poemática.
Veamos
como punto de arranque "Un canto", poema representativo
de La memoria y los signos(4):
Quisiera un canto
que hiciera estallar en cien palabras ciegas
la palabra intocable.
Un canto.
Mas nunca la palabra como ídolo obeso,
alimentado
de ideas que lo fueron y carcome la lluvia.
La explosión de un silencio.
Un canto nuevo, mío, de mi prójimo,
del adolescente sin palabras que espera ser
nombrado,
de la mujer cuyo deseo sube
en borbotón sangriento a la pálida frente,
de éste que me acusa silencioso,
que silenciosamente me combate,
porque acaso no ignora
que una sola palabra bastaría
para arrasar el mundo,
para extinguir el odio
y arrasarnos... (Pc 227-228)
El
"canto" de Valente persigue la proclamación
de una explosión interior que materialice una
mayor justicia en el mundo y expanda los límites
del lenguaje poético. Para ello el poeta funde
la noción de originalidad con lo originario.
La originalidad es expresada en sintagmas desiderativos
como: "Mas nunca la palabra como ídolo obeso,/
alimentado/ de ideas que lo fueron y carcome la lluvia/"
o en el sintagma: "Un canto nuevo". Lo originario
está simbolizado en la expresión: "una
sola palabra bastaría/ para ..." que tiene
ecos bíblicos: "Señor no soy digno
de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará
para sanarme."
Otro
poema representativo es "Como una invitación
o una súplica" de La memoria y los signos.
En este poema se problematiza la naturaleza comunicativa
del lenguaje pues las palabras llevan dentro de sí
una búsqueda constante de ex-istir. En el fragmento
siguiente esta cualidad de ex-istir del signo se convierte
en el tema del poema:
...
En vano vuelven las palabras
pues ellas mismas todavía esperan
la mano que las quiebre y las vacíe
hasta hacerlas ininteligibles y puras
para que de ellas nazca un sentido distinto,
incomprensible y claro
como el amanecer o el despertar.
Acuden insistentes como sordos martillos
nombrando lo nombrado
lo que tal vez nosotros
estábamos llamados a hacer vivir... (Pc 230)
Como
diría María Zambrano en "La mirada
originaria: "El existir es ante todo, voluntad
de ex-istir, de salirse de" (42). En el poema en
cuestión, existir, implica salirse de la vieja
moralidad: "para que de ellas nazca un sentido
distinto" o "el son inútil de la letra
muerta/ y de la vieja moralidad". El ex-istir es
una ley del signo y constituye una clave de la creación
del mundo a través del lenguaje. En la estética
valentiana este ex-istire implica una comunión
del signo con lo ausente, con la potencia de lo no idéntico
a sí mismo que todo símbolo y metáfora
albergan dentro de sí. El ex-istir significa
movimiento, salir de un estado presente o de sí
mismo. También se hace sinónimo de ex-centricidad
con lo cual indica salirse de su centro destruyendo
lo presente como condición previa de la nueva
existencia.
La
poiesis o fuerza creativa surge de las plurivalencias
del signo. Para que surja un nuevo sentido es necesario
que se dé la confluencia de una apropiada actitud
por parte del que escribe y del que lee. Se requiere
de un acercamiento contemplativo que esté dispuesto
a "ver" con otros ojos las posibilidades de
lo poético. Esta apreciación es una constante
en toda la obra de Valente. Y es una actitud que ve
en lo receptivo una clave del "despertar"
de lo poético. En ese despertar no es preciso
un entendimiento sino una visión de elementos,
a veces, contradictorios. La poesía valentiana
es un fenómeno de fondo, un sumergirse en lo
oscuro, en lo oculto de la significación para
así captar en profundidad, la esencia de lo poético:
la poiesis.
A
partir de los años setenta y ochenta, encontramos
una poesía hermética protagonizada por
la condensación y la síntesis. El signo
se aprieta hasta la designificación y crea en
el poema su propio ritmo de lectura y su propio tiempo,
visualizable solamente a través de una lectura
meditativa e intuitiva. El poema esconde bajo sus palabras,
mundos simultáneos que provienen de la experiencia
aunque no necesariamente del mundo externo.
El
poemario Tres lecciones de tinieblas (1980), es un ejemplo
de lenguaje esencialista cuyas esencias se manifiestan
a través de las letras. El primer poema inicia
una entrada en el mundo del lenguaje y en la representación
de lo irrepresentable:
En
el punto donde comienza la respiración, donde
el aleph oblicuo entra como intacto relámpago
en la sangre: Adán, Adán, Oh Jerusalem.
(Mm 53)
La
primera letra del alfabeto hebreo, "aleph",
marca simbólicamente el nacimiento del hombre.
La primera letra entra oblícuamente en la sangre
y se (con)funde con la materia.5 Las letras adquieren
metonímicamente una fuerza condensadora de la
historia de la humanidad y de la imaginación.
El motivo de la primera letra del alfabeto de la lengua
sagrada, "aleph", el motivo del primer hombre,
"Adán" y de la primera ciudad santa,
"Jerusalén" no deben malinterpretarse
como un discurso totalizante y que mitifica un origen.
Pero
en este libro la verdadera esencia de los signos es
la rotación. Lo sabremos al final después
de leer todo el poemario. Detrás de este pensamiento
subyacen las huellas de la filosofía griega clásica
encarnada en la figura de Heráclito para quien
el universo no es sino un continuo devenir, es fuego.
Para este filósofo la armonía que caracteriza
el universo no es una armonía estática
sino que proviene de un equilibrio dinámico de
tensiones entre los contrarios. Es una armonía
tensa "como ocurre con el arco y la lira"
referencia obligada a Octavio Paz en El arco y la lira.
Otra
fuente de inspiración de Valente, al igual que
para Octavio Paz, es la filosofía y la religión
orientales entre las que destaca el budismo y el zen
donde el "vacío" es fuente de vida
y esencia de todas las formas. Lo esencial del lenguaje
poético es la fluidez de los signos. El poema
no es un cosmos cerrado y esto se manifiesta en la composición
de un poema o en la estructuración de todo un
libro. De este modo, "Nun" último poema
de Tres lecciones de tinieblas no es el final del libro
sino el principio, constatándose así una
de las esencias del lenguaje valentiano que es la manifestación
del eterno fluir de la materia verbal, proceso análogo
a la creación:
Para
que sigas, para que sigas y te perpetúes: para
que la forma engendre a la forma: para que se multipliquen
las especies: para que la hoja nazca y muera, vuelva
a nacer y vea la imagen de la hoja: para que las ruinas
de los tiempos juntos sean la eternidad; para que el
rostro se transforme en rostro: la mirada en mirada:
la mano al fin en reconocimiento: oh Jerusalem. (Mm
71)
Otro poemario esencialista es Mandorla (1982). Valente
busca la expansión de los distintos centros.
Y esto es lo que sugiere Mandorla que se abre con un
epígrafe de Paul Celan: "In der Mandel -was
steht in der Mandel?" Das Nichts. El recuerdo de
Celan, poeta rumano judío (1920) que silencia
su vida a los cincuenta años, es muy significativo
temáticamente con respecto a esta poesía,
pues ambos artistas trabajan desde una experiencia interior.
Celan ha poetizado el dolor, la soledad, la intimidad,
ha trabajado con la metáfora de la luz y la noche
y ha dialogado con lo oculto. En sus poemas, herméticos
y experienciales, Celan trabajó la palabra a
través del silencio.
Mandorla
consta de cuatro secciones. En la primera sección,
los poemas destacan por su fuerza erótica y seductora.
La palabra revive a través del cuerpo femenino.
La encarnación del sentido viene mediatizada
por el cuerpo. Mandorla y mujer parecen identificarse
como objeto de seducción que, abre centros de
energía y provoca un estado alterado de conciencia:
"Estás oscura en tu concavidad/ y en tu
secreta sombra contenida,/ inscrita en ti. /... Me entraste
al fondo de tu noche ebrio/ de claridad.// Mandorla."
(Mm 81) El lenguaje se ha erotizado. El lugar del canto
es en esta primera sección, el vientre vacío
y a su vez pleno en estado latente. El vientre de la
mujer es análogo a la mandorla pues es el punto
de intersección de dos mundos (uno inferior y
otro superior). Materia y espíritu son de nuevo
los elementos en fusión previos a toda creación.
Y ambos necesitan del vacío para existir.
De
las cuatro secciones de Mandorla, la tercera es la más
hermética y en la que más seriamente se
representa su estética esencialista. El autor
crea una retórica de la desposesión, una
antirretórica, que se convierte en un discurso
logofágico. Leamos a este respecto "Poema"
el primer poema de esta sección:
Cuando ya no nos queda nada,
el vacío de no quedar
podría ser al cabo inútil y perfecto.
(Mm 113)
"Poema"
nos invita a meditar sobre la estética de lo
residual. Lo marginal se vuelve central. También
es un poema metapoético en el que los signos
se escriben e inscriben a sí mismos. El poema
sugiere una meditación sobre la representación
que rompe los límites racionales de conocimiento.
Paradójicamente, los tres versos en los que domina
una retórica "negativa" ("no",
"nos", "vacío", "no
quedar", "inútil") hablan de la
creación. En este poema Valente escribe un ars
poetica, basándose en una retórica de
la desposesión, en la nada y en el silencio como
fuentes generadoras del poema.
En
la búsqueda de una expresión poética
más íntegra, Valente utiliza a menudo
el motivo de la luz. Lo luminoso y lo fugaz son metonimias
de la creación. La creación es nombrada
en términos de luz. Recordemos el verso de Lezama
Lima que abre el poemario Material Memoria (1979): "La
luz es el primer animal visible de lo invisible."
Entramos con la palabra en el mundo de las percepciones
intuitivas. La luz es fuerza creadora, iluminación
física y simbólica, irradiación,
síntesis del ser y el mundo, de la forma y la
materia. Es la esencia por excelencia. La luz es además
un símbolo iniciático, es lugar de la
aparición, espacio apto a lo revelatorio pero
también espacio y tiempo de lo fugaz, de ahí
su poder indestructible. La luz es muerte y vida del
ser y la palabra. La luz está asociada a la concavidad,
a lo oscuro, al hueco, al eco, a la noche, al residuo,
a lo oculto. Es desde ese espacio aparentemente vacío
desde donde surge y germina la creación.
El
poemario El fulgor (1984), explora a través de
la luminosidad las posibilidades de creación
de significado. El epígrafe que inicia tales
textos es un extracto de Vetera fragmenta (la idea de
origen está implícita en el adjetivo latino
vetera que significa viejos, antiguos) y habla de la
constitución del pneuma como una "materia
que se hace propia del alma." El lector entra en
un reino invisible a los ojos humanos. El fulgor en
una serie encadenada de imágenes nos remite en
última instancia a la captación de lo
visionario. El último poema resume el deseo de
la voz lírica de fundir su cuerpo en una explosión
de luz: "Y todo lo que existe en esta hora/ de
absoluto fulgor/ se abrasa, arde/ contigo, cuerpo,/
en la incendiada boca de la noche." (184)
Desde
el primer poema que se inicia con la idea del suicidio
hasta el último poema se ha cumplido un ciclo
vital medido en términos de luz y silencio. No
es en vano que la primera palabra del poemario sea "el
fulgor", y la última "la noche."
El texto creado es un texto paradójicamente abierto
y significativo. Se abre la noche incendiada como misterio
y como entrada al lenguaje en su estado previo a la
forma.
Otro
poemario en el que la luz y lo fugaz se convierte en
un símbolo plurivalente es Al dios del lugar
(1989). Veamos dos poemas significativos:
FORMO
de tierra y de saliva un hueco, el único
que pudo al cabo contener la luz.
(Materia)
(Mm 191)
QUEDAR
en lo que queda
después del fuego,
residuo, sola
raíz de lo cantable.
(Fénix)
(Mm 195)
Ambos
poemas presentan la idea de la creación en términos
esencialistas. La voz de estos poemas es una voz de
lo residual. La forma y el sentido surgen de una ausencia,
de un espacio vacío, de un hueco, de las cenizas,
del polvo. La escritura valentiana está marcada
por un signo de afirmación de lo vital en su
estado completo de nacimiento y muerte. Si hacemos una
lectura retroactiva, en términos riffaterianos,
podemos decir que, en virtud de las muertes iniciales,
físicas, de amor, de dios, del discurso,
de la palabra nace poéticamente el autor
y también su esencialismo, íntimamente
ligado a la experiencia del dolor, la tristeza, la soledad,
la memoria, la escritura y la conciencia.6 En virtud
de las ausencias se genera el poder verbal de su escritura.
La
poesía debe reinventar el mundo y para ello el
poeta debe entrar en comunicación íntegra
con el lenguaje. Las ausencias motivadoras de su poesía,
la "muerte", la "palabra", el "silencio"
son el punto cero de su escritura que se puede definir
como una escritura estática y extática
pues sus palabras han surgido en un estado de quietud.
Al sugerir distintos niveles de significación
en un mismo modo de expresión, el lenguaje muestra
su capacidad de generar sentidos pero también
su insuficiencia en su carácter lineal y sucesivo.
Sin embargo, esa "cortedad del decir" es el
único medio verbal de que disponemos para comunicar
y generar las experiencias. En el ensayo "La hermenéutica
y la cortedad del decir" recogido en Las palabras
de la tribu, Valente se refiere al aspecto de la comunicación:
En
efecto, la cortedad del decir, la sobrecarga de sentido
del significante es lo que hace, por virtud de éste,
que quede en él alojado lo indecible o lo no
explícitamente dicho. Y es ese resto acumulado
de estratos de sentido el que la palabra poética
recorre o asume en un acto de creación o de memoria.
La
fracción sumergida o no visible del significante
reclama un lenguaje segundo, una hermenéutica...
(67)
El
poeta es consciente de la problematicidad del signo.
El lenguaje no es transparente ni inocente sino que
está compuesto de una serie de "celadas"
o capas de significados, inherentes a cada palabra,
que forman de manera invisible un lenguaje. Se requiere
del silencio para captar los diferentes niveles semánticos
que alberga la poesía.
Esa
cortedad del decir nos hace pensar en la poesía
mística. En la colección Material memoria
(1979-1989) Valente indaga sobre la naturaleza creadora
y experimental del lenguaje. El discurso poético
se vuelve más y más radical (en el sentido
etimológico de ir a la raíz). Si comparamos
ambos lenguajes místico y poético
vemos que comparten radicalidad, arreferencialidad,
iconoclastia, condensación, abstracción
y un pensamiento paradójico. Valente como estudioso
de los místicos es un gran conocedor de las peculiaridades
de este lenguaje. Sirva a modo de ejemplo el "Ensayo
sobre Miguel de Molinos" (heterodoxo español,
(1628-1696) condenado en Roma por proponer una doctrina
herética, sospechosa, escandalosa y ofensiva):
La
primera paradoja del místico es situarse en el
lenguaje, señalarnos desde el lenguaje y con
el lenguaje una experiencia que el lenguaje no puede
alojar. . . la experiencia del místico se aloja
en el lenguaje forzándolo a decir lo indecible
en cuanto tal. Tensión entre el silencio y la
palabra. (La piedra y el centro 73)
Tanto
los místicos como Valente son conscientes del
medio que están utilizando, el lenguaje, y ambos
entran en las paradojas de la lógica impuesta
por los sentidos. El lector debe, en los dos casos,
suspender el conocimiento racional y dejarse llevar
por lo que sugieren las palabras. No importa que no
tengan un sentido lógico sino que sugieran. Es
a través de la sugerencia como se activa la plurisignificación.
En los dos casos se puede hablar de una comunicación
no convencional.
El
signo crece hacia dentro y se expande en nosotros, lectores.
En este sentido, se puede decir que el poeta entra en
una mística de la poesía. Mística
en el sentido más iconoclasta de la palabra.7
Un punto en común a ambos modos de expresión
es la experiencia de pérdida del sujeto. En ambos
lenguajes desaparece la oposición sujeto/objeto.
Esta atracción por experimentar con los límites
semánticos del lenguaje, era un motivo utilizado
ya por San Juan de la Cruz aunque con diferentes propósitos:
"Nunca te quieras satisfacer/ en lo que entendieres,/
sino en lo que no entendieres" (Cántico
espiritual I, 12). En "Cinco fragmentos para Antoni
Tàpies" de Material memoria, dice el autor
con respecto a la Nada:
En
el espacio de la creación no hay nada (para que
algo pueda ser en él creado). La creación
de la nada es el principio absoluto de toda creación:
Dijo
Dios: - Brote la Nada.
Y alzó la mano derecha
hasta ocultar la mirada
Y quedó la Nada hecha. (Mm 41)
Es
una nada mística que evoca a San Juan de la Cruz
y también la Guía espiritual de Miguel
de Molinos quien alude en su doctrina de la nada, (Capítulo
XX), a un lenguaje y una vida de desposesión
como vía auténtica de llegar a Dios:
El
camino para llegar a aquel alto estado del ánimo
reformado, por donde inmediatamente se llega al sumo
bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada.
Procura estar siempre sepultada en esa miseria... Vístete
de esa nada y de esa miseria y procura que esa nada
y esa miseria sea tu continuo sustento y morada, hasta
profundarte en ella... Entrate en la verdad de tu nada
y de nada te inquietarás, antes bien te humillarás,
te confundirás y perderás de vista tu
propia reputación y estima. (169)
Valente en su escritura poética también
prefiere un lenguaje descontaminado de los discursos
dominantes para entrar en contacto directo con la experiencia
creativa. Así emplea una retórica nominal
en la que las experiencias interiores crean un ritmo
y tiempo propios. En este aspecto radical, Valente como
místico de la palabra, se sirve del uso de una
retórica negativa y de la desposesión.
Esta
especial poiesis es el resultado de un trabajo austero
que provoca una poesía comprometida con una realidad
interior que va más allá de los límites
del "yo". La poesía de Valente proviene
de la reflexión y de una toma de conciencia del
ser y del en su dimensión espiritual. En este
sentido la obra de Valente acerca el ser humano hacia
su vida interior y hacia una mayor percepción
de la existencia y del lenguaje. Para ello un signo
imprescindible es el silencio8 y una de sus implicaciones
la reinvención del lenguaje.
NOTAS
1.
La identificación de una escritura femenina encierra
su problematicidad. Pero detrás de los diversos
intentos de definición de lo "femenino"
(la crítica feminista francesa de finales de
los sesenta, el psicoanálisis, las últimas
interpretaciones sobre la cuestión del género,
etc.) hay una tendencia a considerar la escritura femenina
como de una mayor receptividad e intimidad entre el
sujeto y su escritura. A este respecto es útil
el estudio de Jonathan Mayhew "El signo de la feminidad:
Gender and Poetic Creation in José Angel Valente"
(1991) según el cual su poesía se contradice,
pues en la primera etapa, más directamente social
y que va hasta los años setenta, el poeta acude
a lo femenino pero desde una mirada masculina que toma
como objeto de deseo el cuerpo femenino. A partir de
los 70 hay una progresiva pérdida de interés
en lo político y en el rol masculino de sus primeros
poemas y este cambio de actitud, según Mayhew,
se corresponde con una postura más receptiva
y un interés creciente por la mística.
A
mi modo de ver, la presencia de lo femenino en la obra
de Valente hay que entenderla simbólicamente,
como parte de un lenguaje plurivalente en el que la
noción de lo femenino y lo masculino sirven de
máscaras para referirse a un lenguaje que va
más allá de la cuestión de género.
2.
Con respecto a la idea del poema como conocimiento haciéndose
o la visión del poema como proceso léase
el artículo de Margaret Persin: "Jose Angel
Valente: Poem as Process" (1980).
3.
Se han hecho diversos estudios de la obra poética
de José Angel Valente. No todos coinciden en
la clasificación de las etapas poéticas
ni en los poemarios que marcan un cambio de temas y
estilo, lo cual demuestra, entre otras cosas, que la
poesía de Valente no es fácilmente clasificable.
Ver el estudio de Santiago Daydí-Tolson: Voces
y ecos en la poesía de Jose Angel Valente (1984).
También es útil el estudio de Sara López-Abadía
Arroita, La génesis del universo poético
de Jose Angel Valente (1975) para quien la muerte de
la madre motiva A modo de esperanza. La autora ve la
muerte o la ausencia como un motivo constante pero expresado
de manera diferente a lo largo de su obra. Teresa Hernández
Fernández también estudia esta ausencia
en "Una traza indefinida: la elegía en la
lírica de Valente" y Paolo Valesio en "El
contorno de la ausencia (Reflexión sobre la poesía
valentiana)". Ambos estudios están en El
silencio y la escucha: José Angel Valente (1995).
Por su parte, Sara López-Abadía comenta
que, en su primera etapa, la palabra poética
se identifica con absoluta radicalidad con la muerte
física pero que esta sería una etapa de
aprendizaje, recordando el hecho significativo de que
hasta su segundo libro no encontramos un poema titulado
"Primer poema". Su primera etapa culminaría,
de acuerdo a este estudio, en La memoria y los signos
y a partir de ahí comienza una etapa más
social. Pero Valente sigue evolucionando y de hecho
a finales de los años setenta su poesía
se ha vuelto más mística. Para este tema
véase el útil acercamiento de Jacobo Sefamí
en "Leer a Jose Angel Valente" (1993). Otros
estudios útiles son "El cuerpo viviente
de la letra" de Edmond Amran El Maleth recogido
en El silencio y la escucha: Jose Angel Valente (1995)
y, de manera indirecta, El fulgor o la palabra encarnada
de Eva Valcárcel (1989). Pero también
hay que tener en cuenta otros acercamientos, como el
de Juan Goytisolo "Experiencia mística,
experiencia poética" en El silencio y la
escucha: José Angel Valente (1995) que rechaza
el estudio de la poesía valentiana en etapas
y prefiere una lectura unitaria. Otra lectura igualmente
ilustrativa y útil es la de Miguel Mas, La escritura
material de José Angel Valente (1986).
4.
Las obras y poemas que voy a utilizar aparecen reunidas
en el segundo libro de Punto cero (1953-1979) y en Material
memoria. Trece años de poesía 1979-1992.
Punto cero incluye diez poemarios: A modo de esperanza
(1953-1959), Poemas a Lázaro (1955-1960), La
memoria y los signos (1960-65), Siete representaciones
(1966), Breve son (1953-1968), Presentación y
memorial para un monumento (1969), El inocente (1967-70),
Treinta y siete fragmentos (1971), Interior con figuras
(1973-1976), Material memoria (1977-1978). Material
memoria consta de seis poemarios: Material memoria (1979),
Tres lecciones de tinieblas (1980), Mandorla (1982),
El fulgor (1984), Al dios del lugar (1989), No amanece
el cantor (1992). El poemario Material memoria recogido
en el segundo libro consta de "Cinco fragmentos
para Antoni Tàpies" a diferencia del primer
libro de Punto cero en el que no se incluyen. Cuando
cite poemas utilizaré las iniciales del poemario
correspondiente.
5.
Sobre este poemario se han hecho diversas lecturas.
De acuerdo a Christine Arkinstall en El sujeto en el
exilio. Un estudio de la obra poética de Francisco
Brines, José Angel Valente y José Manuel
Caballero Bonald, Tres lecciones de tinieblas: "narra
la creación de la vida, una evolución
vital también sinónima del proceso poético.
. . La primera de las tres secciones o "lecciones",
subtitulada "Primera lección", consta
de cinco poemas dedicados a las primeras cinco letras
del alfabeto hebreo." (109) La autora ejemplifica
su lectura con la de Barnatán y Jacques Ancet
quienes ofrecen la doble significación: sexual
y lingüística, fusionadas. Así por
ejemplo, Jacques Ancet dice del "Aleph": "entra
como intacto relámpago en la sangre": "esa"
[p]otencia de la letra que fecunda... no puede menos
que evocar al esperma que se aloja en la matriz materna,
símbolo de la página o mente en blanco
del poeta en estado de máxima receptividad"
(109).
6.
M. Riffaterre en Semiotics of Poetry habla de que la
lectura de la poesía se establece en dos fases.
En la primera lectura o mimética que va linealmente
de principio a fin y está regida por el eje sintagmático,
existe todavía una posibilidad de referencialidad.
Pero en la segunda lectura que es retroactiva se establece
la semiosis. Los signos ya no son referenciales y la
poeticidad es una función coextensiva al texto
entero. Andrew P. Debicki en Poesía del conocimiento,
"José Angel Valente. Lectura y relectura"
habla de la necesidad de una relectura en la obra de
Valente. Así afirma que "Para entender este
proceso creativo de la poesía de Valente, debemos
llevar a cabo por lo general una segunda lectura del
texto, orientada a percibir signos y códigos
lingüísticos que no resultan evidentes a
primera vista, pero que no obstante contienen su pleno
significado... Nuestra segunda lectura no borra o cambia
el primer nivel representacional... sino que ofrece
una nueva perspectiva y significados nuevos." (171)
7.
Para Luce Irigaray el discurso místico constituye
el único lugar de la historia occidental en el
que la mujer habla y actúa de forma pública.
Véase a este respecto la obra Spéculum
de lautre femme (1974). Yo no creo que el misticismo
de Valente desemboque en una afirmación exclusiva
de lo femenino pero sí aporta una nueva percepción
del lenguaje a través de su propia mística
verbal.
8.
Con respecto al silencio en la poesía de José
Angel Valente es imprescindible leer la tesis doctoral
de Amparo Amorós, La palabra del silencio (La
función del silencio en la poesía española
a partir de 1969). Es un estudio comparativo muy ilustrativo.
La escultura de Eduardo Chillida, la pintura de A. Tàpies,
las composiciones de Anton Webern, "el verdadero
compositor del silencio", de Erik Satie, John Cage,
Federico Mompou, son leídas como un arte del
silencio del mismo modo que el lenguaje poético
de Paul Celan, de José A. Valente, y otros poetas
españoles. Este arte que enfatiza el silencio
tiene antecedentes remotos no sólo occidentales
sino también orientales, incluida la mística
sufí y la filosofía zen. En este complejo
y abarcador estudio, el silencio significa una reacción
a la crisis actual de comunicación del lenguaje.
*
Laura López Fernández
Profesora de lengua y literatura española
Universidad de Georgetown KY (EEUU)
© Laura López Fernández 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid
El URL original de este documento es
http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/valente.html
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