Por Antonio Astorga

 

ENTREVISTA A CABALLERO BONALD


José Manuel Caballero Bonald no es un hombre de dictados. Es una persona y un creador íntegros. Por ello su poesía nunca siguió los esquemas más ramplones que dictaban los comisarios de turno de hace medio siglo. Ni él ni sus compañeros del viaje poético de los 50, que él recuerda con complicidad poética y política sin la clandestinidad de la oposición de entonces. En absoluta libertad.


Caballero Bonald piensa que es positivo la escuela de que «no haya escuela»

Pepe Caballero Bonald es la moral en poesía. La maestría en novela. La sabiduría en el ensayo y un torrente en el léxico. Una maldita e inoportuna subida de tensión le ha impedido viajar hasta Santander para compartir con sus compañeros del grupo poético del 50 el homenaje que les brinda la UIMP. Sin embargo, ABC quiso recordar con el autor de «Ágata ojo de gato» la poesía de hace medio siglo.


-¿Cómo surgió el grupo del 50? ¿Fue un sentimiento de amistad? ¿Complicidad poética?

-Por complicidad política y, paralelamente, por complicidad de eficacia operativa. Nació prácticamente en Collioure, durante el aniversario de Antonio Machado. Entonces, alguien —Carlos Barral creo que fue el culpable— pues decidió que se iba a publicar una antología recogiendo la actitud del grupo, que es lo que en cierto modo fue verdad. Más tarde se fue modificando y se cambió mucho a medida que pasaba el tiempo. Yo creo que el grupo surge porque realmente éramos amigos, unos más que otros, como siempre ocurre y luego teníamos muchas cosas en común.


ESAS UTOPÍAS

-¿Cuáles?

-Una actitud moral. El respeto mutuo. Todos leíamos los mismos libros. Procedíamos de un medio universitario y luego nos unió sobre todo la lucha contra la dictadura. Era un factor de cohesión de innegable importancia.

-¿Cómo se podía luchar contra la dictadura desde la poesía?

-Pues bueno, esas utopías...Era tiempo todavía de la utopía. Afortunadamente, la utopía se defendía. Luego ya la utopía fue como una esperanza aplazada. Posteriormente se superó. El triunfalismo dio paso al desánimo. Y nosotros no teníamos especiales afinidades literarias. Hay muchas diferencias entre un poeta y otro del grupo del 50, pero yo me sentía unido a ellos porque era amigo de varios y porque trabajábamos juntos en esa clandestinidad de la oposición.

-Usted habla, menciona, siempre al grupo. ¿No hubo generación literaria de acuerdo a los cánones que marca la estadística?

-Hay que dejar muy claro que el grupo del 50 es eso, un grupo. Generación, de ninguna manera. Sólo era un grupo dentro de una generación. Ahora se habla de que faltan, en la lista esa ya canónica del grupo, nombres de poetas fundamentales. ¡Por supuesto!, porque es un grupo dentro de una generación y no una generación definida por un grupo. Éramos ocho o nueve poetas y el correlato de los novelistas: García Hortelano, Marsé, Grosso, Zúñiga, Ferres, etc...

-¿Con quién compartía usted más afinidades poéticas?

-Yo creo que con Carlos Barral y con José Ángel Valente, poéticamente hablando. Pero también con Ángel González, con Paco Brines, con Gil de Biedma.


EL MESTIZAJE

-¿Fue un grupo mestizo?

-Sin duda habría que hablar de esa tradición que nosotros iniciamos: el mestizaje, una tradición hecha de otras tradiciones, españolas y también en este caso anglosajonas.

-¿Le marcó el grupo «Cántico»?

-No, pero yo soy muy amigo de Pablo García Baena, co-fundador de «Cántico» y extraordinario poeta.

-¿Las influencias llegaban del simbolismo?

-Bueno, Mallarmé y Baudelaire eran dos poetas que estaban ahí muy presentes. Para mí, desde luego porque yo soy una mezcla de simbolismo, romanticismo, surrealismo, algo así tan pomposo. Pero por ejemplo para Gil de Biedma, para Ángel González, la poesía de Auden influyó de una manera bastante directa. Sobre todo en Gil de Biedma, que es un discípulo de Auden y los discípulos de Gil de Biedma son ya nietos del peor Auden y del peor Gil de Biedma.


LA ESCUELA SIN ESCUELA

-¿A qué discípulos se refiere?

-A todos estos que han tomado como bandera a Gil de Biedma. Yo pienso que Gil de Biedma era un excelente, memorable, crítico de la cultura. «El pie de la letra» es un libro espléndido. De los grandes libros de crítica de la cultura y de la vida que se han publicado en el último medio siglo.

-¿Cómo ve usted la poesía de hoy al cabo de medio siglo?

-La veo mal. Estoy lejos. Quiero decir que la veo mal porque no la veo con claridad. No estoy muy al tanto. Siempre es positivo la escuela de que no hay escuela. Y eso, está bien. Denota un dinamismo y una actitud de búsquedas. Me parece que hay poco riesgo. Poco riesgo en el sentido de que no hay esa temeridad que necesita el poeta y escritor —pero sobre todo el poeta— para trabajar con el lenguaje. Para laborar con él. Porque para mí la poesía es un acto de lenguaje, un hecho lingüístico, y ahora en ese aspecto no veo yo que haya demasiadas tentativas de abrirse un camino nuevo como quería Rimbaud.

-Se habla de sectas, de grupúsculos...

-De eso yo no estoy muy enterado.

-Yo, le confieso, que tampoco...

-Estoy un poco al margen.Yo vivo aquí, en este rincón maravilloso jerezano...Además, en estos momentos, tendría que estar yo en Santander, pero resulta que yo soy hipertenso y de cuando en cuando la tensión me da unas subidas alarmantes. Y ahora estoy pasando por una subida de la tensión que me impide hablar y me mareo. No me he atrevido a viajar a Santander porque está muy lejos.

-¿Cómo ha evolucionado su poesía desde aquel grupo de los 50?

-Bueno, yo me contaminé de ciertas actitudes y me pareció que era una actitud moral, una actitud de justificación histórica el hecho de hacer una poesía despojada de ciertas preocupaciones estéticas. Fue un trayecto muy breve en mi recorrido poético, un sector muy breve de poesía social, por llamarlo como se llamaba entonces. Pero yo recuperé lo que había interrumpido. Hablaba Carlos Barral y me decía: «Vamos a ver cuándo acaba todo esto y podemos recuperar todo lo que hemos dejado a trasmano». O dejado en suspenso, en hibernación.

-Y persiguió la búsqueda del lenguaje...

-Intenté abrir rutas a través del lenguaje. Rutas nuevas, caminos poco trillados y por ahí ando. En todo caso, escribí un libro del que no estoy muy contento, que se llama «Pliegos de cordel», digamos incluido en esa corriente del realismo social, del realismo socialista. Aunque tampoco del todo, porque yo nunca hice una poesía siguiendo los esquemas más ramplones que dictaban los comisarios de turno. Eso nunca lo hice. Ni yo, ni Barral, ni Valente, ni casi ninguno de nosotros.


LO BARROCO Y LO EXPLÍCITO

-¿Su última poesía es más explícita y menos barroca?

-Mi último libro, «Diario de Argónida» es una obra que conecta con «Descrédito del héroe» y con esa poesía menos barroca de lo que era en el sentido del barroquismo entendido como una búsqueda de la expresión insustituible. No el barroco entendido como una acumulación de bellos términos para llenar un vacío o de complicación léxica o sintáctica, sino de búsqueda de esa palabra que defina la realidad. Mi última poesía es menos adornada, más explícita, pero sin llegar a ser explícita del todo porque eso no me compensaría para nada.

 


© Extraído del diario español ABC

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Publica: MundoPoesía
Autor: Ismael Ríos
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