Caballero Bonald piensa que es positivo la escuela
de que «no haya escuela»
Pepe
Caballero Bonald es la moral en poesía. La maestría
en novela. La sabiduría en el ensayo y un torrente
en el léxico. Una maldita e inoportuna subida
de tensión le ha impedido viajar hasta Santander
para compartir con sus compañeros del grupo poético
del 50 el homenaje que les brinda la UIMP. Sin embargo,
ABC quiso recordar con el autor de «Ágata
ojo de gato» la poesía de hace medio siglo.
-¿Cómo surgió el grupo del 50?
¿Fue un sentimiento de amistad? ¿Complicidad
poética?
-Por
complicidad política y, paralelamente, por complicidad
de eficacia operativa. Nació prácticamente
en Collioure, durante el aniversario de Antonio Machado.
Entonces, alguien Carlos Barral creo que fue el
culpable pues decidió que se iba a publicar
una antología recogiendo la actitud del grupo,
que es lo que en cierto modo fue verdad. Más
tarde se fue modificando y se cambió mucho a
medida que pasaba el tiempo. Yo creo que el grupo surge
porque realmente éramos amigos, unos más
que otros, como siempre ocurre y luego teníamos
muchas cosas en común.
ESAS UTOPÍAS
-¿Cuáles?
-Una
actitud moral. El respeto mutuo. Todos leíamos
los mismos libros. Procedíamos de un medio universitario
y luego nos unió sobre todo la lucha contra la
dictadura. Era un factor de cohesión de innegable
importancia.
-¿Cómo
se podía luchar contra la dictadura desde la
poesía?
-Pues
bueno, esas utopías...Era tiempo todavía
de la utopía. Afortunadamente, la utopía
se defendía. Luego ya la utopía fue como
una esperanza aplazada. Posteriormente se superó.
El triunfalismo dio paso al desánimo. Y nosotros
no teníamos especiales afinidades literarias.
Hay muchas diferencias entre un poeta y otro del grupo
del 50, pero yo me sentía unido a ellos porque
era amigo de varios y porque trabajábamos juntos
en esa clandestinidad de la oposición.
-Usted
habla, menciona, siempre al grupo. ¿No hubo generación
literaria de acuerdo a los cánones que marca
la estadística?
-Hay
que dejar muy claro que el grupo del 50 es eso, un grupo.
Generación, de ninguna manera. Sólo era
un grupo dentro de una generación. Ahora se habla
de que faltan, en la lista esa ya canónica del
grupo, nombres de poetas fundamentales. ¡Por supuesto!,
porque es un grupo dentro de una generación y
no una generación definida por un grupo. Éramos
ocho o nueve poetas y el correlato de los novelistas:
García Hortelano, Marsé, Grosso, Zúñiga,
Ferres, etc...
-¿Con
quién compartía usted más afinidades
poéticas?
-Yo
creo que con Carlos Barral y con José Ángel
Valente, poéticamente hablando. Pero también
con Ángel González, con Paco Brines, con
Gil de Biedma.
EL MESTIZAJE
-¿Fue
un grupo mestizo?
-Sin
duda habría que hablar de esa tradición
que nosotros iniciamos: el mestizaje, una tradición
hecha de otras tradiciones, españolas y también
en este caso anglosajonas.
-¿Le
marcó el grupo «Cántico»?
-No,
pero yo soy muy amigo de Pablo García Baena,
co-fundador de «Cántico» y extraordinario
poeta.
-¿Las
influencias llegaban del simbolismo?
-Bueno,
Mallarmé y Baudelaire eran dos poetas que estaban
ahí muy presentes. Para mí, desde luego
porque yo soy una mezcla de simbolismo, romanticismo,
surrealismo, algo así tan pomposo. Pero por ejemplo
para Gil de Biedma, para Ángel González,
la poesía de Auden influyó de una manera
bastante directa. Sobre todo en Gil de Biedma, que es
un discípulo de Auden y los discípulos
de Gil de Biedma son ya nietos del peor Auden y del
peor Gil de Biedma.
LA ESCUELA SIN ESCUELA
-¿A
qué discípulos se refiere?
-A
todos estos que han tomado como bandera a Gil de Biedma.
Yo pienso que Gil de Biedma era un excelente, memorable,
crítico de la cultura. «El pie de la letra»
es un libro espléndido. De los grandes libros
de crítica de la cultura y de la vida que se
han publicado en el último medio siglo.
-¿Cómo
ve usted la poesía de hoy al cabo de medio siglo?
-La
veo mal. Estoy lejos. Quiero decir que la veo mal porque
no la veo con claridad. No estoy muy al tanto. Siempre
es positivo la escuela de que no hay escuela. Y eso,
está bien. Denota un dinamismo y una actitud
de búsquedas. Me parece que hay poco riesgo.
Poco riesgo en el sentido de que no hay esa temeridad
que necesita el poeta y escritor pero sobre todo
el poeta para trabajar con el lenguaje. Para laborar
con él. Porque para mí la poesía
es un acto de lenguaje, un hecho lingüístico,
y ahora en ese aspecto no veo yo que haya demasiadas
tentativas de abrirse un camino nuevo como quería
Rimbaud.
-Se
habla de sectas, de grupúsculos...
-De
eso yo no estoy muy enterado.
-Yo,
le confieso, que tampoco...
-Estoy
un poco al margen.Yo vivo aquí, en este rincón
maravilloso jerezano...Además, en estos momentos,
tendría que estar yo en Santander, pero resulta
que yo soy hipertenso y de cuando en cuando la tensión
me da unas subidas alarmantes. Y ahora estoy pasando
por una subida de la tensión que me impide hablar
y me mareo. No me he atrevido a viajar a Santander porque
está muy lejos.
-¿Cómo
ha evolucionado su poesía desde aquel grupo de
los 50?
-Bueno,
yo me contaminé de ciertas actitudes y me pareció
que era una actitud moral, una actitud de justificación
histórica el hecho de hacer una poesía
despojada de ciertas preocupaciones estéticas.
Fue un trayecto muy breve en mi recorrido poético,
un sector muy breve de poesía social, por llamarlo
como se llamaba entonces. Pero yo recuperé lo
que había interrumpido. Hablaba Carlos Barral
y me decía: «Vamos a ver cuándo
acaba todo esto y podemos recuperar todo lo que hemos
dejado a trasmano». O dejado en suspenso, en hibernación.
-Y
persiguió la búsqueda del lenguaje...
-Intenté
abrir rutas a través del lenguaje. Rutas nuevas,
caminos poco trillados y por ahí ando. En todo
caso, escribí un libro del que no estoy muy contento,
que se llama «Pliegos de cordel», digamos
incluido en esa corriente del realismo social, del realismo
socialista. Aunque tampoco del todo, porque yo nunca
hice una poesía siguiendo los esquemas más
ramplones que dictaban los comisarios de turno. Eso
nunca lo hice. Ni yo, ni Barral, ni Valente, ni casi
ninguno de nosotros.
LO BARROCO Y LO EXPLÍCITO
-¿Su
última poesía es más explícita
y menos barroca?
-Mi
último libro, «Diario de Argónida»
es una obra que conecta con «Descrédito
del héroe» y con esa poesía menos
barroca de lo que era en el sentido del barroquismo
entendido como una búsqueda de la expresión
insustituible. No el barroco entendido como una acumulación
de bellos términos para llenar un vacío
o de complicación léxica o sintáctica,
sino de búsqueda de esa palabra que defina la
realidad. Mi última poesía es menos adornada,
más explícita, pero sin llegar a ser explícita
del todo porque eso no me compensaría para nada.
© Extraído del diario español ABC