Esa íntima, extrema, absoluta conflagración
se cumple, en verdad, gracias a la palabra poética.
Es poesía el grano del pensar ardido. Poesía,
fuego, luz. «La belleza tiene el modo de ser de
la luz», escribe tan poéticamente un filósofo
al que admiramos. Y añade luego Gadamer: «La
luz, que hace que las cosas aparezcan de manera que
sean en sí mismas luminosas y comprensibles,
es la luz de la palabra».
Volveremos
a este punto, donde, ciertamente, cabría dar
final a nuestra intervención, pero es mi deber
como ponente ofrecerles más abundantes propuestas
de reflexión. Les ruego, sin embargo, que tengan
presente en todo momento nuestro punto de partida, que,
a fin de cuentas, ha de ser es ya nuestro
punto de llegada.
El
pensamiento de Occidente, al que tantas cosas debemos
y al que al propio tiempo tantas podríamos reprochar,
ahora precisamente en el oscuro umbral del nuevo siglo,
se ha desarrollado desde la filosofía griega
en adelante sobre la base de radicales oposiciones o
separaciones que son, en realidad, andaderas del pensar
mismo, pero que no corresponden a la realidad última
de las cosas o del ser. Quizá la dogmatización
de esas andaderas ha permitido al pensamiento occidental
un vertiginoso desarrollo (hablo en términos
de largos períodos históricos), pero también
lo ha hecho abocar a la sacudida terrible que ha teñido
a la modernidad de lo que acaso cupiera llamar globalmente
dictadura de la razón.
No
todas las culturas han evolucionado desde iguales supuestos.
La diferencia es manifiesta por cuanto respecta a las
culturas extremorientales. En un libro, a mi entender
extremadamente importante, de Keiji Nishitani, uno de
los máximos representantes de la escuela de Kioto
(cuya figura inicial es Kitaro Nishida, 1870-1945),
se hace notar que, contrariamente al rumbo del pensamiento
occidental, en el Japón ni el zen ni el shinto
separan irremediablemente espíritu y cuerpo,
interior y exterior, hombre y naturaleza, religioso
y secular. Por así decirlo, la materia se espiritualiza
y el espíritu se materializa. La dualidad entre
filosofía y religión no existe, simplemente.
A
ese propósito, el autor alemán Heinrich
Dumoulin escribe: «La especulación metafísica,
la práctica religiosa y la experiencia mística
se aproximan extremadamente y forman una unidad».
En
esta triple enumeración que Dumoulin hace de
la experiencia mística, la religión y
la metafísica, falta la mención de otra
experiencia extrema, la experiencia poética.
«Palabra experimental», portadora de experiencias
radicales escribí en otro lugar, la
palabra del místico o la palabra del poeta es
también una invitación a la experiencia
o a una experiencia que se sitúa en los límites
de la experiencia posible, que es a la vez experiencia
de los límites y destrucción o apertura
infinita de éstos.
He
ahí algo de lo que cabría afirmar en cuanto
a la experiencia mística y la poética.
Pero, ¿qué en cuanto a lo que Dumoulin
llama no experiencia, sino especulación metafísica?
Permítanme
que, retrotrayéndome al punto de partida, regrese
al hilo, tan quebradizo y tan extremadamente discontinuo
de nuestra rala y tardía modernidad, para responder
desde él, tal vez por su misma pobreza, a la
pregunta que acabo de formular.
No
vuelvo, precisamente, a Machado con cuyo ardiente grano
del pensar abría esta intervención. Invoco
ahora a un pensador y poeta que le fue muy próximo
y por el que sintió siempre una manifiesta admiración.
Me refiero a don Miguel de Unamuno. Pero Unamuno me
llevará de la mano a la reflexión sobre
pensamiento y poesía en la obra de un autor español
más próximo, Luis Cernuda.
Alrededor
de 1900 escribía Unamuno, opuesto por igual a
la tradición poética española más
próxima (Zorrilla, Núñez de Arce)
y al movimiento modernista: «...nuestra poesía
española es, en cuanto al fondo, pseudopoesía,
huera descripción o elocuencia rimada, y en cuanto
a la forma, música de bosquimanos, tamborilesca,
machacona, en que el compás mata al ritmo».
Si se apurara mucho el análisis del modernismo
me temo que podría comprobarse hasta qué
punto ese movimiento se produce en gran parte a favor
y no en contra de los elementos más viciosos
de la tradición retórica nacional. Lo
cierto es que Unamuno vio de modo claro que sólo
el abandono radical de esos elementos permitiría
una auténtica renovación del verso castellano.
«¿Que por qué no me adapto a la
forma y modo tradicionales? escribe a su amigo
el poeta vasco Juan Arzadun. Es porque, claramente,
de corazón, creo que son antipoéticos,
que en España no hemos tenido apenas poesía,
sino elocuencia rimada o descripcionismo más
o menos sonoro». La línea que Unamuno se
propuso fue simplemente la de abrir para el verso español
la posibilidad de alojar un pensamiento poético.
En ese esfuerzo, y creyendo aportar «algo nuevo
a las letras españolas de hoy», se acerca
a la obra y espíritu de Leopardi, Wordsworth,
Coleridge, Browning y a toda una zona poética
que con acertada expresión (luego veremos todo
el alcance de ese acierto) califica de «poesía
medi- tativa».
Pues
bien, precisamente en la capacidad de dar de modo pleno
al verso español esa inflexión meditativa
que para él pedía Unamuno reside una de
las aportaciones capitales de Cernuda a nuestra tradición
inmediata, y es ése el aspecto de su obra que
aquí nos interesa. Su posición con respecto
a los elementos viciosos de la tradición vernácula
no es menos tajante que la del autor de El Cristo de
Velázquez. Podrían allegarse diversos
testimonios para probar la anterior afirmación,
pero quizá sea suficientemente expresivo el siguiente
juicio de Cernuda a propósito de Jorge Manrique:
«Su austeridad y su reticencia han hallado pocos
adeptos en nuestro lirismo subsiguiente, y no es de
extrañar, dada la afición vernácula
a la redundancia y al énfasis». Es evidente
que en el modo poético de Cernuda ha habido desde
el comienzo una disposición temperamentalmente
hostil a la idea de poesía como «furor
de palabras o sonido estupendo», para decirlo
con la formulación condenatoria que contra la
alta retórica de su tiempo lanzó don Juan
de Jáuregui, otro sevillano ilustre.
La
posible relación de Cernuda con otros poetas
de su promoción, sus contactos con la poesía
francesa y su descubrimiento del mundo hölderliniano,
los dioses antiguos, la tradición pagana o ciertos
elementos de acarreo romántico que su obra ofrece
de modo inmediato al lector han sido temas tocados con
mayor o menor fortuna por la crítica. Creo, en
cambio, que el significado que dentro de la evolución
de Cernuda tiene su encuentro con la tradición
poética inglesa sólo ha sido objeto de
atención muy superficial. El hecho es extraño,
ya que se trata en este caso de elementos que Cernuda
incorpora en el momento en que su caudal poético
es mayor y más rico, y que deberían por
tanto suscitar más vivo interés en el
crítico. Por otra parte, es precisamente en ese
momento cuando la poesía de Cernuda aporta definitivamente
a la tradición española inmediata un tono
de voz que, tal vez por «la afición vernácula
a la redundancia y al énfasis», y tal vez
por otras razones en cuyo análisis no sería
fácil entrar ahora, no había sonado con
frecuencia en nuestras latitudes, sobre todo después
del siglo XVII.
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