|
Por
Julio César Goyes Narváez
|
|
El
apalabramiento del silencio en la poesía de Aurelio
Arturo
Y
junto a aquel viva de viejos libros,
mientras sombra y silencio mueve sorda
la noche que simula una arboleda,
te busco en las honduras prodigiosas,
ígnea, voraz, palabra encadenada.
( Silencio )
Las
grandes lunas llenas de silencio y de espanto.
( Morada al Sur )
En la poesía arturiana el secreto silencio que
inaugura el espacio escritural, nos arroja ante el misterio
de su voz que en el poetizar ya no es suya, deja de
pertenecerle porque el escritor desaparece. Entonces
¿quién habla?, ¿quién representa
y provoca sentidos en la entrega prelógica y
en el desacostumbrado lenguaje de su delirio original?
El silencio es la orilla del ser, el habla sin hablar.
La voz encuentra en el silencio su matriz, sale y vuelve
en la palabra resarcida. La voz es el umbral cósmico
de la armonía, no es sonido ni sentido, y cuando
pulsa fluye en la palabra como el agua, la sangre o
la esperma; por ella la ausencia se hace presente, el
ánima o pneuma cuerpo. Como lenguaje el silencio
es ambigüedad pura, sugerencia y sentidos; como
espacio extraverbal es lo inexpresable, lo inefable,
el vacío blanco. El silencio hace que la voz
del poeta calle, pero también hace que sea acto
de habla. En su espacio acontece el mundo en oxímoron
de ensueño de la realidad: silencio y espanto.
El primero rumora antes del grito y el segundo resuena
interiorizado como imagen después de él.
Pero la paradoja del ensueño es no ser sueño
ni vigilia, sin embargo ambos estados parten y llegan
a él por su apalabramiento. El poeta verdaderamente
inspirado persiste en morar en el ensueño, habitar
en la noche y en el silencio. Estos momentos propios
de un Escucha de la Naturaleza cuya capacidad auditiva
logra registrar "el ruido levísimo del caer
de una estrella", "el quebrarse de una espiga
en el campo", el "crecer de las mujeres en
la penumbra malva y caer de sus párpados la sombra
gota a gota", la letanía del viento que
"habla sin palabras"; porque "si una
hoja se mueve en los bosques, yo lo sabré",
dice el poeta en El cantor, un poema de juventud. Como
Escucha de la tradición oral Aurelio fija las
fábulas en las bandadas de hojas inquietas que
cuentan leyendas y cantan lejanías; como Lector
apasionado cruza el umbral hacia la escritura, convirtiendo
el silencio en resonancia simbólica cuando el
poeta abandona las apariencias para acceder a la lucidez
en continuo padecimiento creativo.
El
poeta sueña despierto entre la bruma y el rumor,
entre el silencio y el grito; sosteniéndose en
el mundo libre de los ritmos y las imágenes,
convergiendo y constelando a su acomodo interior. La
oquedad del silencio adquiere verso tras verso fuerza
cósmica, voluntad misteriosa que funda la existencia.
Pero cuando irrumpe retornándonos a lo esencial
de la Palabra desacomoda la vigilia y la razón,
porque el silencio más que saber-hacer, saber-decir,
es saber-estar fuera de la duración y del espacio.
Para que el silencio represente, tome cuerpo, la voz
se torna acción y nos instala en el ahondamieno
del estrépito, ante la metáfora que no
designa sino que señala lo indecible:
Ronco
tambor entre la noche suena
+cuando están todos muertos, cuando todos
en el sueño, en la muerte, callan llenos
de un silencio tan hondo como un grito.
Róndeme
el sueño de sedosas alas,
róndeme cual laurel de oscuras hojas
mas oh el gran huracán de los silencios
hondos, de los silencios clamorosos.
(Silencio)
Ahora
el silencio
un silencio duro, sin manantiales,
sin retamas, sin frescura,
un silencio que persiste y se ahonda
aun detrás del estrépito
de las ciudades que se derrumban.
(Canción de hadas)
Un
silencio que picotean los verdes paisajes,
un silencio cruzado por un ave delgada como hoja.
(Rapsodia de saludo)
En
la soledad del paisaje sinestésico persiste "un
silencio duro sin manantiales", un vacío
que no tiene mas remedio que sostenerse en el ser poético
para ir más allá de toda oscuridad. El
apalabramiento del silencio redime así sea precariamente
"con humanas míseras palabras", el
trayecto de la vida, el mito de la existencia en su
derrumbamiento paradisíaco. La voz que apalabra
el silencio se enuncia como memoria en acción
de un contacto inicial en los comienzos de la vida,
su huella permanece a través de la poesía
en latencia simbólica, en promesa. Lo que la
voz poética revela, nos recuerda Paul Zumthor,
anterior e interiormente a la palabra que trasmite,
es la pregunta por los orígenes, por los instantes
sin duración cuando los sexos, las razas y los
sentimientos humanos fueron un sola cosa. La infancia
del hombre auroral e histórico se re-crea en
el deseo de apalabrar las imágenes de la Madre,
la Nodriza, la Tierra y la Noche. La mujer es mucho
más que ser social de carne y hueso, alcanza
el niño arturiano un estado extrasensorio. El
trance poético destruye la convencionalidad familiar
de la madre transformándola en sobrenaturaleza.
Son varias imágenes y una a la vez; consolidación
de la fábula en poema y el poema en mito. Pero
lo que perturba el imaginario del poeta sureño
es el verbo deseante, la palabra melodiosa de la negra
extraordinaria que precipita el imaginario erógeno
hacia el país del viento bordeado de fábulas.
La mujer mestiza Madre/Nodriza/Naturaleza rumora en
sus oídos como música húmeda, y
el niño mira su cuerpo a contraluz, en la intimidad;
pronto sobrepasa lo corpóreo, instalándose
en el ensueño, entre el bálsamo y las
estrellas:
Mas, ¿quién era esa alta, trémula
mujer en el salón profundo?
¿quién la bella criatura en nuestro sueño
profuso?
¿quizá la esbelta beldad por quien cantaba
nuestra sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio,
nuestra madre?
O
acaso, acaso esa mujer era la misma música,
la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando Por el largo, por el oscuro salón como
en un sueño.
(Canción de ayer)
Cantaba
una mujer, cantaba
sola creyéndose en la noche,
en la noche, felposo valle.
(Todavía)
Mi
nodriza era negra y como estrellas de plata
le brillaban los ojos húmedos en la sombra:
su saliva melodiosa y sus manos palomas mágicas.
¿O era ella la noche, con su par de lunas moradas?
¿Por qué ya no me arrullas, oh noche mía
amorosa,
en el valle de yerbas tibias de tu regazo?
En
mi silencio a veces aflora fugitiva
una palabra tuya, húmeda de tu aliento,
y cantan las primaveras y su fiebre dormida
quema mi corazón en ese solo pétalo.
(Nodriza)
La
voz que fábula instala al poelector en mutua
atracción y repulsión con las palabras,
desvaneciendo y recomenzando el diálogo (poesía-lector);
la apropiación del espacio verbal y no verbal
configura y revela la voz alojada en el silencio. Voz
y Escucha, poeta y lector, niño y adulto, se
hacen y deshacen en el juego lecto-escritural que es
ritualización, recomienzo y fundación
de una nueva realidad; nueva imagen de la voz que hace
vibrar, como dijo Jung, algo en nosotros que nos dice
que no estamos solos. La cocreación finalmente
encuentra al Otro que participa en la performance. Esta
espera de epifanía ocurre con los cuentos de
la tradición oral y de hadas, que ayudan al niño-hombre
a morar en los paraísos y espantos de la vida.
Por eso la voz arturiana habla con el estremecimiento
de un niño, invocando "sin memoria"
a la hadas para mantenerse en la ensoñación:
¡Hadas, divinas hadas!
Creer en las hadas
en las rosadas, felices noches estivales,
y también en esas noches extrañas,
cuando entre abismos de sombras en el silencio del silencio
se encuentra de súbito una líquida palabra
melodiosa
como una fresca agua recóndita, un agua
de dulce mirada.
(Canción de hadas)
¿Voces, porque tantas voces en el silencio?
(Canción del niño que soñaba)
Este
silencio del silencio no está antes ni después,
ante todo es trance poetizado, apalabramiento. La circulación
de lo que se dice y se hace sin decir ni hacer, lo que
esta allí frente a la mirada, en su aparecimiento
y en su desaparición en el oído. De allí
la reiteración simbólica del silencio
y la aliteración sonora que de súbito
se vuelve "palabra melodiosa", porque la voz
recóndita de la infancia que el hombre lleva
dentro así lo desea. Apalabrado el silencio se
oculta en el puro acontecer del lenguaje, en su acto
imaginario. Esta ambigüedad metafórica de
ser fragmentación y totalidad es la que ordena
el espacio poético y lo repliega sobre sí
mismo, convirtiéndolo al mismo tiempo en analogía-ironía,
regocijo-abatimiento, silencio-grito. Oposiciones violentas,
oxímoron de rebeldía que abandona lo trivial
por un búsqueda de lo inefable. Con asombro y
meditación, eficacia y belleza, el silencio rumora
en su propia orilla:
Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia.
Leíamos los tres y escuchábamos el rumor
de la vida,
en la noche tibia, destrenzada, en la noche
con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano,
llenaba de ángeles de música toda la vieja
casa.
(Canción de Ayer)
El silencio arturiano estalla el "yo" romántico
e impersonaliza la voz en la abscisa silencio/palabra,
presencia/ausencia; colocando al Poelector delante del
desfiladero de su desciframiento, en la caída
misma de intentar redescubrir su mundo, el mundo que
el poeta con su Palabra funda original. Bien escribe
Guillermo Sucre, poetizar desde la conciencia que se
tiene del silencio, es ya hablar de otro modo. Llegar
hasta los límites del lenguaje sobreviviendo
a sus orillas es re-cobrar su intensidad. La voz poética
antecede a todo conocimiento y toda acción fundando
la existencia y cargándola de sentidos plenos.
De manera que no en lo que se dice sino en lo que sugiere
(invocando-convocando-evocando) reside una poética
del silencio, por eso unos cuantos poemas pueden configurar
una obra que funda todo un mundo.
Si la voz como hemos dicho no es sonido ni sentido,
sino umbral pulsional, simbolismo excedido, no se deja
afectar por los valores de esa escena denominada cultura.
La voz poética, dinámica esencial y redoblada
niega la máquina social que reproduce formas
y leyes anquilosadas, y sacia necesidades nuevas e insospechadas.
Maurice Blanchot escribe que "la voz que habla
sin palabra, silenciosamente por el silencio del grito,
tiende a ser, aun cuando fuese la mas interior, tan
sólo la voz de nadie: ¿quién habla
cuando habla la voz? Aquello no se ubica en ninguna
parte, ni en la naturaleza, ni en la cultura, sino que
se manifiesta en un espacio de redoblamiento, de eco
y resonancia donde no es alguien, sino ese espacio desconocido
su acuerdo desacordado su vibración,
el que habla sin palabra".
Es necesario entonces, para que la voz poética
renueve el ser del hombre y reconstruya el conocimiento
y la sensibilidad, desbordar cualquier lectura sígnica,
a fin de habitar la Otredad. Sin embargo, y he allí
la ironía, es a partir de la textura del lenguaje
que la voz es rostro de silencio y de espanto (fantasma:
imagen). La paradigmática interpretación
de la interpretación se torna en una constante
emoción-meditación, espejeo metafórico
crítico-creador. EL Poelector habita en el poetizar,
presiente, devela, sugiere en y a través del
lenguaje poético: la dinámica pulsional
y simbólica, la expresión estética,
una significación plurívoca, una axiología,
una forma de pensar, un modo de actuar, el desbordamiento
de su otra orilla y el silencio que instaura la voz
en su poetizar.
Te
hablo de la sangre que canta como una gota solitaria
que cae eternamente en la sombra, encendida:
te hablo de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído, y que en el fondo de
las noches pulsa
violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.
Te hablo también entre maderas, entre resinas,
entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:
pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de todos
los colores,
los vientos que cantaron por los países de Colombia.
Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales,
junto a
cielos, que tiemblan temerosos entre alas azules:
te hablo de una voz que me es brisa constante,
en mi canción moviendo toda palabra mía,
como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan
dulcemente,
toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.
(Morada al Sur)
El
poetizar no únicamente significa, no sólo
narra las cosas, no únicamente nombra el Ser
en su acontecimiento cargándolo de realidad;
sino además, como voluntad de existencia más
allá de las épocas y la cultura, calla
en un silencio que habla. De modo que la poesía
no es simple comunicación de estados de ánimo,
no mero instrumento de sensaciones, sobre todo es el
acontecer mismo del imaginario íntimo del poeta;
el mundo conociéndose, apalabrándose.
La esencia del hombre consiste en apalabrarse con la
realidad de la vida buscando su ser y sus sentidos.
El hombre yace en el lenguaje, es Palabra, pero para
que ésta no sea inútil ni espejismo fútil,
es preciso presentir que somos, por fortuna, más
que eso. Lo inefable, ha dicho George Steiner, está
más allá de la palabra.
En el poema "Palabra", Aurelio Arturo visiona
su omnipresencia. La Palabra deviene del "agua
oscura del sueño" y está después
en "retazos de recuerdos", en visiones que
nos aproximan y dejan a orillas de la cotidianidad insospechada.
Por eso cuando la decimos nos reconocemos bien en identidad
monologal, bien en diferencia de diálogo. De
suerte que no es el hombre el que interpela al silencio,
sino el silencio el que interroga al hombre, es la palabra
y sus silencios lo que ha hecho al hombre lo que ES,
lo que hará que el hombre SEA. Se trata de interpretar
la escena social a partir de las esferas poéticas
creadoras de sentidos culturales y arquetípicos,
sin excluir las diferencias de lo individual. Los arquetipos
constelan, convergen en la diferencia afirmativa, pues
la estrella se fragmenta pero no se apaga. Leer es escuchar
la voz del silencio, intentar una deriva para comprender
qué dice, qué quiere decir, y lo que dice
o sugiere es apalabramiento imaginario. En la poesía
arturiana la palabra llega a configurarse en poesía,
no únicamente por el simple decir de alguien
que quiere decir, sino a demás porque sino dice
se muere. La Palabra Arturiana es ambigüedad pura,
polisemia vital, plurisignificación constelar;
no resuelve ninguna contradicción lógica
que excluye por la decisión a una opción.
Esta Palabra verdadera existe de hecho en "otra
lógica", incluyente y con mayores opciones.
Esta palabra habita en el río con todo su fluir
contradictorio e irresoluto, así como el hombre
habita en la vida común que jamás se resuelve.
La poesía arturiana acoge los contrarios y los
disimula en su diferencia múltiple y dinámica,
por eso
...va
con nosotros
monólogo mudo
diálogo
la que ofrecemos a nuestros amigos
la que acuñamos
para el amor la queja
la lisonja
moneda de sol
o de plata
o moneda falsa
en ella nos miramos
para saber quiénes somos
nuestro oficio
y raza
refleja
nuestro yo
nuestra tribu
profundo espejo
y cuando es alegría y angustia
y los vastos cielos y el verde follaje
y la tierra que canta
entonces ese vuelo de palabras
es la poesía
puede ser la poesía
(Palabra)
Al
igual que en el poema anterior, en los demás
poemas arturianos la palabra es el elemento esencial,
el origen, la fundación. Como en Hölderlin
es el acontecer de lo sagrado, está más
allá de los tiempos. La palabra del poeta es
inocencia y peligro, por eso debe ser ético y
estético el fin que persigue. La realidad que
posee el poeta igual a la del niño, es la voz
de la naturaleza que por su poetizar habla, habla del
ser y de la vida. De allí que no hay que desnaturalizar
al niño nos dice Joaquín Ma. Aguirre
sino naturalizar al hombre. La naturaleza en el sentido
poético que tratamos aquí, no es el campo
ni su idealización, sino algo que vibra en los
ríos, las hojas, las aves, los montes, los caminos;
presencia superior y sagrada, como clama Hölderlin
en su Hiperión: "Ser uno con todo lo viviente,
volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo
de la naturaleza...". Y en una de sus más
hermosas Elegías anota: "Las indiscreciones
no agradan a un dios,/ y a nuestra alegría le
falta fuerza para concebirlo./ A veces sólo podemos
callar; los nombres sagrados faltan,/ laten nuestros
corazones pero no nos alcanzan". Este exilio de
la patria, esta perdida de la armonía es el principal
dolor del romántico. Fragmentado, el poeta clama
en el desierto con Alabanzas, Himnos y Canciones; se
aloja en la Palabra Poética como último
recurso para volver a sentir el silencio eclipsado en
el alarido de la civilización moderna.
El poeta no únicamente configura un estado de
hechos determinados del mundo, sino que los connota,
los acontece apalabrándolos, haciéndolos
suyos, embriagándose con el festín del
Gran Entorno. Por su parte el Poelector intenta re-construir
el estado de hechos expresados por la voz desacostumbrada,
pero al no poder captar los sentidos esenciales de la
voz que habla sin hablar, puesto que comunica lo incomunicable,
dispone la imaginación y crea su propia simbolización
que lo acontece. La poesía arturiana arranca
lo podemos verificar a lo largo de su obra
con un viento que es hálito, pneuma que apela
a los sentidos por el oído y a la resonancia
interior de un alter ego universal: "ocurre así",
"Así principian", "En las noches
mestizas", "Y aquí principia",
"Te hablo de días", "Trabajar
era bueno", "Oíd el canto dulce de
las tierras de nadie", Eran las hojas", "Esta
es la canción del niño que soñaba",
"Suenan los tambores a lo lejos", "Mira,
mira estos campos", "Ahora el silencio",
etc. Esta irrupción épica es análoga
a la función narrativa que cumplen las formas
lingüísticas de la oralidad "imagínate
qué...", "te cuento qué...",
o al "había una vez..." en los cuentos
de hadas y maravillosos.
La locución adverbial "así",
para el caso del poema "Lluvias" por ejemplo,
enfatiza extrañeza y admiración por un
mundo que se abre con el apalabramiento. El intercambio
narrativo y lírico que propone el poeta se basa
en confianza, atención y credibilidad; pues va
a contar algo (un suceso incontable) y lo mínimo
que espera del Poelector es que coopere pasando el umbral
hacia el silencio donde juntos se funden en una soledad
creadora. Decimos narrativos y líricos, porque
los géneros desaparecen o se fusionan en la palabra
primordial: danza y alabanza:
suenan
casi perdidos los tambores
atravesando valles y valles de silencio
y nadie sabe quién los toca
ni dónde
pero todos los oyen
y comprenden su mensaje
y se llenan de júbilo o se espantan
dónde suenan
quién los toca
manos que se han deshecho
o que están cayendo en polvo
o que serán la ceniza más triste
dónde suenan
en las espesas selvas o en las que fueron selvas
en los desiertos
suenan en siglos y milenios lejanos
trasmitiendo en la tierra hasta muy lejos
la palabra humana
la palabra del hombre y que es el hombre
la palabra hecha de fatiga y sudor y sangre
y melodiosa saliva
(Tambores. Fragmento)
como las gotas de fuego
que llovieron sobre las ciudades de la planicie:
se arrastra
se desliza
y se quiebran las columnatas
porque ha llegado el reino oscuro y áspero
y el hombre está lejos
o yace bajo la yerba
Yerba: dulce lecho y cabecera
dócil serpiente melódica
bajo la mano
bajo la caricia
que
aplaca
pero que no perdona el descuido
que ama ser hechizada
como una serpiente
que quisiera danzar y se aire
femenina
sutil
grata
a la mano
muerde el talón que se aleja
y silba su imperio desolado
hasta el límite del horizonte
y cubre huellas
ciudades
años
(Yerba. Fragmento)
Los
poemas "Palabra", "Lluvias", "Tambores",
"Yerba" (como toda la poesía arturiana),
descansan sobre un tejido de significación en
donde el comportamiento sígnico se manifiesta
en acciones y procesos. Las huellas verbales concretan
sobre todo en los poemas citados, todo el
espacio referencial así como el apalabramiento
que es el poema mismo. La materialidad verbal se despliega
y repliega en la página en blanco como un acontecimiento
que a demás de representar presenta, muestra,
se hace, Es. Esta emoción se expresa en palabras
y locuciones breves, exclamativas, persuasivas como
los golpes del tambor que, al decir de Fernando Ortiz,
hieren la mente evocando las ideas. Estas emociones
son intensas y condensadas, tambores que suenan pero
no sabemos dónde ni quién los toca. Los
oímos en el cruce del afuera más remoto
y del adentro más próximo. Los tambores
son las palabras sonando en nuestra propia reverberación,
en nuestro íntimo silencio ancestral; los sones
vienen de milenios, promueven la danza de nuestra "palabra
humana", ritualizan la vida con toda su carga de
bondad y miseria. La abscisa de palabra/silencio, aquí/allá,
hoy/ayer, encuentra expresión y comunicación
en el presente que el poema enmascara de sonido/sentido;
es decir en el ritmo y la significación. El secreto
de la poesía nos vuelve a recordar Fernando
Ortiz no está sólo en las palabras
del verso, sino en el tono, la inflexión, la
cadencia, el ritmo y ese "no sé qué"
de la manera de decirlo. De manera que los sones rodean
las palabras componiendo un espacio tridimensional,
un acto mágico que nos conecta con el cosmos.
La poesía arturiana incorpora de una forma auténtica
y cotidiana las psicodinámicas de la oralidad
(redundancia, fluidez, acumulación, empatía,
homeóstasis, agonismo, etc.). Son los tambores-palabras
tocados de una manera especial, los que renuevan la
"lengua de la tribu". La importancia de la
percusión como función social y práctica
expresivo-comunicativa es propia de los pueblos ancestrales,
el contrapunteo con la voz reafirma la existencia en
movimiento y entrega. El mensaje de los tambores es
reconocible por quienes conocen su lenguaje y están
preñados de hondos deseos. Pero los tambores
no lo dicen todo, para poder acercarse a su enigma es
preciso ejecutarlos, iniciarse apalabrándolos
al son del silencio recóndito.
También la yerba como palabra y como imagen inunda
devorando en fragmentos la página, creciendo
aquí y allá sobre las ruinas de lo humano,
cuya ostentación civilizadora parece haber llegado
a su fin. El hombre tiene que volver sobre la página
terrestre a reconsiderar la fuerza de la yerba, pues
por donde se mueve germina el silencio y el olvido.
Pero siguiendo las huellas que la yerba serpentea a
su paso, el Apocalipsis puede ser transmutado en Aurora,
la nostalgia al encontrar su silencio puede redescubrir
los orígenes y empezar de nuevo sus vaivenes.
La Yerba es ubicua, brizna simbólica del Todo
Sagrado, o mejor dicho: Naturaleza. Y cuando sobre la
Yerba danza la Lluvia, ésta germina y se transmuta
en fuerza acuática a veces incontenible:
Ocurre
así
la lluvia
comienza un pausado silabeo
en los lindos claros de bosque
donde el sol trisca y va juntando
las lentas sílabas y entonces
suelta la cantinela
así principian esas lluvias inmemoriales
de voz quejumbrosa
que hablan de edades primitivas
y arrullan generaciones
y siguen narrando catástrofes
y glorias
y poderosas germinaciones
cataclismos
diluvios
hundimiento de pueblos y razas
de ciudades
lluvias que vienen del fondo de milenios
con sus insidiosas canciones
su palabra germinal que hechiza y envuelve
y sus fluidas rejas innumerables
que pueden ser prisiones
o arpas
o liras
(Lluvias. Fragmento)
El proceso de creación de un poema es homólogo
al proceso natural de las lluvias, por lo menos esto
es lo que el poelector considera que la voz poética
le propone, dando la sensación de estar hablando
de Otra cosa y a la vez de lo Mismo. Las lluvias comienzan
desde siempre, se apaga el sol e inicia un rumor de
gotas: "pausado silabeo". Paulatinamente se
va conformando y alcanza grados superiores, cada vez
más complejos: gotas, lluvias, cataclismos, diluvios,
hundimientos...etc. Hasta su culminación esporádica:
fertilización y fin de la lluvia, reaparición
del sol. El ciclo se ha completado pero no tiene término.
Al final del poema se presenta una especie de síntesis
del proceso de las lluvias y del apalabramiento mismo.
El proceso de cultivar la tierra es efecto de una afecto
natural que mantiene el ciclo interminable de la vida.
Finalmente, la cosecha de la mies, el tiempo de la siega
dorada. La puesta en escena del poema es un lento acontecimiento
como las lluvias o el cultivo de la tierra. La intuición
esencial del mundo o inspiración producida por
la escucha-lectura de la naturaleza sensibiliza la experiencia
humana, concretando los imaginarios en la escritura
y la lectura del poema. Pero recordemos que el poema
no es una receta o modelo estético de configuración;
ante todo es apalabramiento del silencio, presencia
en la ausencia, combate de la voz por ser Diferente
queriendo al tiempo ser la Misma.
De manera que el proceso de formación de las
lluvias es el proceso de formación de las palabras.
El desarrollo es paulatino: gota a gota, sílaba
a sílaba, hasta que "suelta la cantinela".
Su repetición monótona es orquestación
fónica en la composición poética.
Sonido y sentidos en perfección de lo elemental:
la naturaleza se espiritualiza y el espíritu
se naturaliza. Las lluvias son líquido sagrado
y tienen como la voz poética, esencialmente hablando,
poder sobre la historia de los hombres, por eso hay
verdad, malicia, mentira o simplemente gracia y belleza.
Las Lluvias-Palabras son el hombre y poseen rostros
y voces ruines, violentas, traen muerte; pero otras
veces dan alegría y vida, y fertilizan no únicamente
la tierra sino la interioridad humana. Las Palabras
como las Lluvias, como las Hojas o como el Viento, son
"embaidoras"; pero poseen poder visionario
conduciéndonos a "países maravillosos,
donde la infancia cobra voz original, plena de ética
y estética, de épica y lírica.
En el apalabramiento del silencio todo recomienza, por
eso la voz que poetiza advierte y recomienda olvidar
el pasado "treno", los lamentos de las calamidades
que ya fueron. El poelector escucha la voz a través
de mirar la escritura, reconstruye el mundo que está
allí frente a su mirada y allá rumorando
en sus oídos.
Entre las dos esferas de lo humano que re-crea la voz
poética, la real (Lluvias-Yerba-hojas-tambores-)
y la imaginaria (Palabras), pasado y futuro, adulto
y niño, masculino y femenino, palabra y silencio,
conforman el haz y envés de la Hoja, de la Lluvia,
de la Yerba o de los Tambores. Por un lado se aloja
y germina el silencio que irrumpe como palabra y sonido
comunal; por el otro se muestra como escritura y percepción
solitaria. De allí que las conjunciones (y, o)
incluyen como umbral fonosimbólico en pura actualidad.
La aliteración de las sibilantes y reilantes
ayudan fonéticamente a crear resonancias monótonas;
principalmente crean efectos icónicos y onomatopéyicos
de encadenamiento y contigüidad que sugieren el
lento proceso de la lluvia, el viento, la yerba, el
sonido de los tambores o del apalabramiento poético
en la disposición espacial. Esta lluvia poética
rumora en la "cantinela", en la música
que es continuidad del sonido en ritmo y armonía,
pero también en el apalabramiento que es continuidad
del sonido de sílabas y palabras. Lluvia y poesía,
hojas y poesía, tambores y poesía...,
producen un efecto que es el sonido, ruptura del silencio.
Así como las lluvias fertilizan la tierra, las
Palabras fertilizan el vasto espacio de la poesía.
En Arturo hay un reconstrucción del mundo por
la purificación de la palabra. Ya Huidobro había
exhortado a hacer florecer la rosa en el poema, y aquí
asistimos a un llover en la página.
La poesía arturiana se teje con elementos realmente
primarios: lluvia (agua), hojas (tierra), sol (fuego)
y viento (aire). Tanto la palabra como cualquiera de
los elementos poetizados, se vuelven espacio mítico;
su pasado es tan remoto que se desconoce su origen,
a no ser que retornemos por el imaginario poético,
principio y fin de nuestros límites humanos.
Los cuatro elementos son forjadores, fundadores, creadores
de vida.
Días antiguos,
de sol y alas
y de viento en las ramas,
cada hoja una sílaba,
la sombra de una palabra,
palabras secretas
de fragancia y penumbra
...
Y
el viento ronda la casa, hablando
sin palabras,
ciego a tientas,
y en la memoria, en el desvelo,
rostros suaves que se inclinan
y pies rosados sobre el césped de otros días,
y otro día y otra noche,
en la canción del viento que habla sin palabras.
(Canción del viento)
Sin
esta voz que habla sin hablar, sin este silencio inaugural
que es memoria espermática, la realidad no sería
mas que oscuridad dolorosa. El poeta visiona y accede
a los acontecimientos que evoca bordeando la orilla
hasta contactarse con otro mundo, pues la memoria poética
mas que simple "dispositivo" de la poesía,
mas que función psicológica en que se
apoya la imaginación sigo a Marcel Detienne,
es potencia mágico-religiosa que pronunciada
por la voz poética la dota de don vidente. Palabra
eficaz que por virtud propia, mágico-simbólica
descubre lo real mismo. O para decirlo a la manera de
José Lezama Lima, "recordar es un hecho
del espíritu, pero la memoria es un plasma del
alma, es siempre creadora, espermática, pues
memorizamos desde la raíz de la especie".
El hablar poético se interioriza por la relación
especial que posee con lo sagrado, con lo mítico.
EL Poelector; es decir, el lector-creador se une al
silencio de Morada al Sur por el oído. Si la
vista nos distancia el oído nos envuelve, afirma
Walter Ong. Para enfocar las cosas de la realidad, los
ojos se desplazan unidireccionalmente, no así
el oído que percibe simultáneamente varias
dimensiones; la audición se ubica en el centro
del mundo. Oído y boca son origen y orificio,
y todo origen de exilio y retorno es del orden de la
voz. La poética Arturiana como escritura eleva
la conciencia, interioriza la existencia en individual
y fragmentaria; pero al ser inspirada como primordialmente
oral, exterioriza, totalizada y conecta con "Los
Otros".
Esta poesía es abscisa entre el adentro y el
afuera, entre la oralidad y la escritura; debate original
entre la realidad y la imaginación. Cualquier
imagen es o no es, cualquier palabra dice o sugiere.
El principio de contradicción no queda roto sino
superado en la imaginación poética. Allí
el oído es todos los sentidos: oír es
ver: "Después, de entre grandes hojas, salía
lento el mundo". Oír es oler: "Y se
duerme en el viejo portal donde el silencio/ es un maduro
gajo de fragantes nostalgias". Oír es sentir:
"te hablo de una voz que me es una brisa constante/
de mi canción moviendo toda palabra mía".
Oír es escuchar acontecer el mundo: "te
hablo de un bosque extasiado que existe/ sólo
para el oído, y que en el fondo de las noches
pulsa violas, arpas, laudes y lluvias sempiternas".
Oír es visionar: "oigo engrosar sus brazos
en las hondas penumbras/ y podría oír
el quebrarse de una espiga en el campo".
Lo que en realidad se escucha es el silencio interior
sin tiempo, el silencio de los comienzos. Sin embargo
frente a ese indecible no hay otra forma de decirlo,
de contarlo, de crearlo, que no sea recurriendo a la
"palabra encadenada", a su simulación
rítmica y sonora, así ésta sea
carente. Pero el poeta intenta en su poetizar vivir
en silencio, ser un acto de silencio. Su canto mismo
es el retorno a la patria primigenia, al origen, al
Ser-Sur:
Trajimos
sin pensarlo en el habla los valles,
los ríos, su resbalante rumor abriendo noches,
un silencio que picotean los verdes paisajes,
un silencio cruzado por un ave delgada como hoja.
Mas
los que no volvieron viven más hondamente,
los muertos viven en nuestras canciones.
(Rapsodia de Saulo)
Volver
la senda turbia oyendo al viento,
rumiar lejos, muy lejos, de los días.
Por mi canción conocerás mi valle,
su hondura en ni sollozo has de medirla.
(Canción de la distancia)
Es
en el apalabramiento del silencio donde mora el SER-SUR
por ausencia. La voz poética es vida, deseo, poder.
De ella vienen los sentidos y esos sentidos no son desmesura
en la forma egocéntrica, sino en la forma dialógica
de escuchar, silenciarse para dejar hablar al mundo. El
poeta siente que toda la noche el viento habla sin palabras;
pero su tono no es la voz sigo a Maurice Blanchot,
su tono es la intimidad del silencio que impone a la palabra.
Esta intimidad es lo que hace al poeta diferente e idéntico
así mismo, lo que le da presencia aún después
de haberse borrado. Silenciarse y escuchar al "Otro",
la "Otredad", ¿acaso no es ya escucharse
uno mismo? La fuerza perlocutoria del silencio transforma
la vida del poelector cargándolo de sentido.
Esta poesía en una sociedad que tiene miedo al
silencio, que hace lo posible por evitarlo, nos reenvía
al paraíso perdido, a la niñez auroral,
al mundo oculto desacostumbrado, al otro nivel de la
realidad donde el haz y el en vez de la hoja se funden
como oralidad y escritura, ritual de sentido pleno que
otorga a la palabra densidad ética y estética.
La poesía en una sociedad sin creencias o en
crisis de valores, restaura el Mito que no únicamente
está antes o después, sino que sobre todo
es trance, poesía, "humanas, míseras
palabras". El apalabramiento del silencio es el
eco de un grito que calla en la inconmensurabilidad
del mundo.
JULIO
CESAR GOYES NARVAEZ (Ipiales, Nariño, Colombia,1960).
Licenciado en Filosofía de la Universidad del
Cauca, Magister en Literatura Hispanoamericana del Instituto
Caro y Cuervo. Becario del Instituto de Cooperación
Iberoamericana en Madrid, España. Profesor e
investigador de Literatura Hispanoamericana, Lírica
y Estética en las universidades Javeriana y La
Salle. Textos publicados: Tejedor de instantes, Bogotá,
1992; El rumor de la otra orilla: variaciones en torno
a la obra de Aurelio Arturo (Premio de ensayo Morada
al sur). Bogotá,1997; Imago Silencio (premio
de poesía Sol de los Pastos), Fondo Mixto de
Cultura de Nariño, 1997. Es autor de los siguientes
ensayos: Pedagogía de la Oralidad (Unad,1999,
en prensa), Poesía de la comunicación
y del conocimiento (el umbral ontológico de la
poesía española, inédito); El deseo
de la Sombra (sobre la obra poética de Héctor
Rojas Herazo, parcialmente publicado en la Revista del
Caribe, Santiago de Cuba, No. 30 de 1999); La Imaginación
Poética (Afectos y efectos en la Pedagogía,
la Estética y la Cultura, parcialmente publicado
Especulo, Itinerario educativo, Universitas Humanística,
Centro de Investigaciones Didácticas del español
y Literatura, Universidad Surcolombiana, Revista Reto).
Y de los libros de poemas inéditos Imaginario
Postal (1989-1999) y El Eco y la Mirada (poesía,
Madrid-Bogotá: 1994-1998).
©
Julio César Goyes Narváez 2000
cgoyes@hotmail.co
Espéculo. Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid
El
URL original de este documento es
http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/apalabra.html
|
| Haz
Click en los Banners y ayudarás a MundoPoesía |
|
|
|
|
|
|