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Por
Maricarmen Martínez
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Dualismo
metafísico e inmortalidad del alma
en Providencia de Dios de Francisco de Quevedo
El ensayo "Providencia de Dios" (1641) de
Francisco de Quevedo está dirigido a facilitar
el camino al desengaño de las cosas a través
de la argumentación filosófica. A diferencia
de la poesía de Quevedo, cuyo objetivo es sobresaltar
y sobrecoger el alma humana de modo que ésta
dirija su mirada a la trascendencia, este ensayo se
vale del discurso filosófico para convencer a
aquellos que "se llaman en griego, "sin Dios",
o "atheistas" (1138)1 de que Dios existe,
que la Providencia rige el mundo y que el alma humana
es inmortal.
El
camino para persuadir al ateo se trastoca entonces en
una indagación sobre temas que ocuparon a muchos
filósofos europeos del siglo diecisiete. Este
ensayo es también consistente con la convicción
del autor de que la relación del ser humano con
los misterios religiosos debe estar precedida de un
conocimiento propio de un alcance tal, que mientras
más familiar le es al individuo su propia naturaleza,
más evidente se vuelve la necesidad de postular
la existencia de lo trascendente. Así, el desengaño
de las cosas como jornada filosófica tiene dos
momentos generales fundamentales: un primer momento
de un reconocimiento de uno mismo, de nuestras potencias
y límites, y un segundo momento de encuentro
en el seno mismo de la subjetividad que ya se autoreconoce,
con la totalidad divina y en el que la razón
cede ante el misterio.
En
"Cuna y Sepultura" (1634) el conocimiento
de lo trascendente se adquiere cuando el sujeto se percata
de su fabilidad ante el Tiempo. Esta fabilidad se torna
paradójicamente en fortaleza, pues la conciencia
que la reconoce, antepone a ella la Virtud como arma
segura ante el destructivo Tiempo. Así, cuando
simultáneamente se presenta ante la conciencia
la certeza de su propia finitud y su inevitable racionalidad,
sólo entonces ésta se (des)engaña,
y nace de tal reconocimiento, la vida moral. En la particularidad
de un momento, cuado "desde la torre" se "escucha
con los ojos a los muertos" se da el salto cualitativo
a la universalidad del deber que seguirá sostenida
por los momentos en que la conciencia borra la distancia
que tiene de sí misma y así realiza su
propio acercamiento extremo. Habiéndose ya observado
"desde la "torre" y desde los "muros"
se afirma seudocartesianamente, como un "pienso,
muero" y reflexiona al compás de Séneca
diciendo, "Mi vida es breve."
En
"Providencia de Dios" Quevedo antepone el
conocimiento de lo es el ser humano a la demostración
de que hay Dios y de que el mundo se rige de acuerdo
a los designios de Su Divina Providencia y por ello
nos advierte: "Empezaré con la inmortalidad
del alma para que enterado el hombre de sí mismo
en la mejor parte, sea capaz de esotras verdades"
(1389). No obstante, las pruebas de que al alma humana
es racional y puesto que racional también es
inmortal, se presentan tan barrocamente entrelazadas
con consideraciones doctrinales, que al comentarista
le resulta difícil deslindar la argumentación
filosófica del dogma eclesiástico. Sin
embargo, lo importante es que en "Providencia"
Quevedo desea confrontar al ser humano con su propia
naturaleza. Este intento de alebrestar la siquis humana
se advierte de modo claro en el tono amonestante del
ensayo. En "Providencia" Quevedo exhorta,
advierte, y confronta a sus lectores, y de este modo
refleja la preocupación didáctica que
caracteriza al pensamiento neoestoico al que el autor
pertenece. Quevedo enseña:
El probarte la inmortalidad de tu alma está a
cargo de los castigos, pues huyes de que te
la enseñen los premios. Quiero confundirte con
afrentas, ya que no te reduzco con razones.
Morir todo y para siempre última miseria es y
desconsuelo ultimado; decirte que no muere
todo ni para siempre, y que tu alma es eterna
y tu cuerpo mortal ha de resucitar con ella a
vivir sin fin, nueva es que mereces albricias,
cuando no fuera verdad como lo es, por lisonja
y por dignidad que se atribuye sobre las otras
criaturas con quien te igualas. (1390)
La
primera prueba de la inmortalidad del alma es en realidad
una demostración de la racionalidad inherente
a lo humano. Este modo de operar es significativo porque
Quevedo quiere dejar establecido que sólo un
ser con una naturaleza particular puede aspirar a la
inmortalidad del alma como el verdadero triunfo contra
el tiempo. La prueba de la racionalidad del ser humano
consiste, pues, en confrontarnos con las implicaciones
que tendría negar que somos seres racionales.
Según
Quevedo al negar mi propia racionalidad la afirmo y
esto es para el autor un asunto tan evidente, que se
da como una mera prueba introductoria. A diferencia
de Descartes, el punto de partida de Quevedo no es la
duda hiperbólica, sino que discurre como "cristiano
filósofo" (1389) y por ello nos presenta
su formulación del cogito como un momento inicial
en una serie compleja de pruebas. No se trata entonces,
como es el caso de Descartes, de una verdad descubierta
por un investigador sumido en una duda radical, sino
del discurrir de un cristiano desengañado que
desea convencer al ateo con afrentas y exhortaciones,
a la vez que con el espíritu crítico del
filósofo, ofrece pruebas que han de persuadir
al entendimiento de un lector vive al margen de la fe
católica.
Además,
la demostración de que la esencia del ser humano
es la razón tiene el objetivo de separar la vida
sico-espiritual de las ataduras con la biología.
Como resultado de este deslinde entre lo sico-espiritual
y lo biológico, Quevedo resalta las dimensiones
éticas y espirituales humanas. Estas dimensiones
son para el autor los indicadores evidentes del carácter
singular del alma humana, en un universo rico en formas
materiales y vida natural. En fin, para Quevedo, los
asuntos de la moral y la metafísica son lo típicamente
humano y éstos no están determinados por
la legalidad biológica ni pertenecen a la esfera
de los impulsos.
Al
indagar sobre aquello que es único y característico
de los seres humanos, Quevedo se vale de la preocupación
estoica por la oikeiosis, es decir, por aquello que
es la verdadera naturaleza de un ente singular. Para
Séneca como para otros estoicos, cada ser viviente
busca abrirse una posición en el cosmos con el
fin de desplegar aquello que le es propio y necesario
para su vida. Según Nicholas P. White, en su
artículo, "The Basis of Stoics Ethics,"
este despliegue de aquello que es auténtico de
un individuo, es la base misma de la ética estoica
y a ello se refiere el concepto de oikeiosis.
El
término oikeiosis-- difícil de traducir
al castellano-- significa que cada cosa viviente se
inclina a la búsqueda de aquello que le permita
auto-preservarse. Los seres vivientes que actúan
de acuerdo a su naturaleza evitan todo aquello que obstaculice
su existencia y buscan activamente lo que les permita
seguir existiendo.2
...oikeiosis
which is impossible to translate into English (Cicero
used conciliato, commendatio as associate words) but
which can be roughly paraphrased by something like "a
process of taking something to oneself, or accepting
or appropriating it or making it ones own idea...
An important part of the idea (...) is that living things
initially pursue not pleasure but self-preservation
and maintenance of their own existence whether accompanied
by pleasure or not. To this end they will avoid what
is inimical to self-preservation maintenance of their
own existence whether accompanied by pleasure or not
tied in this way to the notion of self-preservation,
oikeiosis was a vital component in the Stoic view of
the development of human psychology. (319)3
Para
Séneca, cada ser en el mundo viene llamado a
mostrar su auténtica naturaleza. Es una prerrogativa
humana vivir conforme a nuestra verdadera naturaleza
que para Séneca es la razón. Mas hay que
advertir que "verdadera naturaleza" significa
la manifestación de una serie de caracteres que
son cónsonos con la definición de "algo."
Si este "algo" es un ser viviente, su verdadera
naturaleza es aquello que además de definirle,
le auto-preserva. En el caso de los seres humanos, actuar
racionalmente es vivir conforme a nuestra verdadera
naturaleza y aquello que nos permitirá defendernos
de los embates del tiempo y preservarnos por la eternidad.
En
efecto, cuando los seres humanos vivimos en conformidad
con lo que nos es propio logramos liberarnos de las
pasiones que configuran nuestra vida en el tiempo. Juntos,
el tiempo y las pasiones, son las fuerzas que pueden
atentar contra la feliz eternidad del alma humana. Por
eso Quevedo dice al lector que le ha "desembarazado"
de la creencia de que él está a sometido
a los instintos y apetitos. Este esfuerzo libertador
de Quevedo es en realidad un acercamiento a la oikeoisis
racional de su lector. El ejercicio filosófico
realizado por Quevedo en "Providencia" le
abre el camino al lector para que se autoconozca como
ser racional y de alma inmortal. Este reconocimiento
lleva al lector a contemplar la posibilidad de preservar
su vida mas allá de la muerte. Por ello dice
Quevedo: "Después que te desembaracé
de darte a conocer los animales que te persuadían
a que eras bestia, me voy acercando a ti, para hacerte
argumento contra ti propio" (1392).
No
obstante, conforme a los intereses neoestoicos que le
caracterizan, Quevedo trasciende la noción estoica
de oikeoisis y descubre, en el mismo centro de tal concepto,
el camino hacia la inmortalidad del alma y la Providencia
Divina de la fe católica. O de otro modo, tanto
en "Providencia de Dios", como en "Cuna
y sepultura", Quevedo toma el camino de la filosofía
estoica para finalmente abrazar la fe cristiana.
En
efecto, es de convicción estoica que la vida
humana nace de la afirmación de la razón
frente al devenir temporal y es de convicción
cristiana la imagen de la bestia como la sombra pecaminosa
de la naturaleza humana. Esta sombra, aunque real en
cuanto sombra, no es comparable a la solidez ontológica
y luminosidad de la razón. Los dotes prometeicos
son, para Quevedo, fundamentales para que alma humana,
reconociéndolos y valorándolos por lo
que son, no se turbe frente a los impulsos del cuerpo.
Libre de esta turbación, el alma, valiéndose
de su luz propia, podrá elevarse a la esfera
del misterio.
Para
Quevedo, como veremos, la iniciación en el misterio
se da por el camino de la razón que, habiéndose
descubierto, puede ahora darse el lujo de negarse. La
experiencia del misterio, es para Quevedo, postracionalista
y es por ello urge atender a la razón humana
antes que al conocimiento de la Providencia Divina.
Para
Quevedo, es imperativo demostrar que la razón
humana es ontológicamente anterior y cualitativamente
superior a la bestia. Sin embargo, hay que recordar
que en su apogeo narcisista la razón humana descubre
su propia impotencia y se abraza los misterios. La prueba
de esta superioridad de la razón se establece
así:
Aun argüir que no saben en su defensa los que creen
que su alma es mortal, y que son como los burros en
la muerte; pues su argumento más eficaz era este:
"si siendo hombre afirmo que soy como el jumento,
¿quién podrá negar que no soy bestia
y afirmar que soy racional?" (1389)
Quevedo
sostiene que si negase mi racionalidad incluyéndome
así en la categoría de las bestias, tal
negación implicaría la afirmación
de mi racionalidad y por ende, mi exclusión del
conjunto de los animales en el que falsamente me he
incluido por haberme negado los dotes racionales que
me son propios. Quevedo le concede al ateo que el ser
humano "se hizo bestia por el pecado y por vicios
y por la ignorancia" (1390). Sin embargo, el uso
del sustantivo bestia, es aquí metafórico
y su objetivo es señalar la degradación
moral como una afrenta contra la misma humanidad del
agente ético puesto que la excelencia moral se
obtiene mediante el uso de la razón. Es por ello
que, refiriéndose al adversario ateo dice Quevedo:
"mas que habiéndole Dios hecho hombre, no
tiene alma eterna, ni es racional se lo negamos"
(1390). Este rechazo de Quevedo es la consecuencia lógica
e inescapable que hace que un individuo que niega su
racionalidad paradójicamente la afirma.
Quevedo
está convencido de que no hace falta demostrar
que el alma es racional y eterna tomando como base la
Sagrada Escritura o el dogma de la Iglesia, pues su
adversario no admite estas fuentes como verdaderas.
Es por ello que Quevedo, el "cristiano filósofo",
ha de hacer lo que hace la cigüeña, pues
esta ave "no traga ni aprisiona a la culebra que
arrastra" (1390). Así, apelará al
aparato racional de su adversario a quien tratara como
un ser pensante contrariando así la injusta opinión
que tiene de sí mismo el que no cree que su alma
es inmortal y racional. Al ateo debe hablarle el filósofo,
porque éste no escuchará al cristiano.
La pluma del filósofo será "discípula
de la cigüeña" puesto que limpiará
la mente del ateo de "sabandijas ponzoñosas"
(1390) que no le permiten aceptar su verdadera naturaleza.
En fin, sin un conocimiento de la razón como
aquello que es propio del ser humano, el ateo no puede
iniciarse en el misterio de la existencia de Dios y
la inmortalidad del alma.
Ha
quedado demostrado que el ser humano no es de la misma
naturaleza que la bestia, pues éste razona y
aquella no. Si el ser humano se asemeja a la bestia,
es solamente en "los apetitos e inclinaciones",
pero jamás en el alma. No obstante, es posible
que haya una causa no filosófica y que por tanto
escapa a la teoría, por la cual los seres humanos
prefieren creer que son parecidos a los brutos, negando
así ilógicamente su propia esencia. Según
Quevedo esta negación, este engaño, nace
del temor humano a la muerte y a las consecuencias que
podría traer para el alma la posibilidad de que
su misma racionalidad le comprometa con una vida mas
allá de la muerte en la que se ha de dar cuentas
de que vivió fuera de la humanidad que venía
llamada a manifestar. Un alma así traicionó
su naturaleza racional puesto que en su vida temporal
le otorgó mayordomía al impulso animal.
Es
importante recalcar aquí que Quevedo está
usando la palabra bestia en dos sentidos,
uno epistemológico y otro moral. En sentido epistemológico
el ser humano no es bestia porque piensa, mas justo
porque piensa no debía obrar por impulso animal
ya que su racionalidad le compromete con elegir una
vida moral. Así, si me defino como entidad sujeta
a las leyes de la biología, esa definición
me exime de mi responsabilidad moral, mas tal definición
es un absurdo, porque el hecho de así definirme
es él mismo, un acto intelectual que niega mi
membresía en la clase de los seres irracionales.
Además, es cierto que puede haber seres racionales
que actúen como si ellos mismos no tuviesen responsabilidad
moral un asesino, o el mismo Satanás
pero ello no implica que estén exentos de responsabilidad
moral. La responsabilidad moral no es algo que se puede
anular, si bien es cierto que se puede libremente obviar,
especialmente si la siquis humana no quiere lidiar con
las consecuencias ético-teológicas que
le acompañan. Dice Quevedo:
Dime
hombre, a tu pesar racional a más no poder, ¿qué
responderás a quien viéndote, de miedo
de la muerte, huir en una pendencia, temblar en una
enfermedad, gritar en un espanto, pasmarte en un susto,
llorar en una aflicción, te apreguntare por qué
temes la muerte aborreciendo la inmortalidad? (1390)
Ahora
que el ateo ha sido confrontado con su propia racionalidad
y que se ha demostrado que el ser humano no pertenece
al conjunto de las "bestias", Quevedo pasa
a examinar el inverso de la prueba, es decir, que la
bestia no razona y por ende no comparte el atributo
que define al ser humano. Esta prueba tiene tres momentos:
uno en el que se cuestiona al entendimiento humano porque
acepta acríticamente las explicaciones sobre
la supuesta inteligencia de las bestias que se han provisto
en la tradición intelectual de Occidente; un
segundo momento que en el que Quevedo atribuye a los
sentidos y la observación mal calibrada por el
intelecto el error en la adjudicación de lumbre
intelectual a las bestias, y un momento final que es
una alabanza poética a los dotes prometeicos.
En
el primer momento de la demostración encargada
de negarle inteligencia y razón a los animales,
Quevedo arenga contra los ateos que creen lo que dice
Tácito, Wekero, Plutarco, Aterfio y Esopo, acerca
de la inteligencia a los animales, pero que no quieren
creer en las enseñanzas de las Escrituras que,
según el "cristiano filósofo",
son fuentes más confiables que aquellas en las
que el ateo confía. Este argumento desautoriza
las fuentes que legitiman los enunciados de los ateos
y las contrasta con otras fuentes que según el
autor tienen mas credibilidad que aquellas en las que
descansa el "conocimiento" de los ateos. Así
dice Quevedo: "¿ Que los animales tienen
razón? Dirás que no; empero que los has
oído referir, o leído en libros que lo
dicen citando a Plutarco" (1391). Más adelante
añade: ¿para dar muerte a tu alma das
crédito en lo que no viste... y se lo niegas
en los dos Testamentos a los patriarcas y los profetas
y la misma Sabiduría..." (1391)?
Todavía
en la esfera de la pregunta por las fuentes que avalan
la creencia de que los animales usan la razón,
Quevedo se pregunta de dónde proviene tal creencia,
si no es el caso que haya sido obtenida de las fuentes
paganas. Así, Quevedo atribuye la "enfermedad"
o falsedad del enunciado "los animales usan la
razón" a los sentidos porque, según
él, los seres humanos creemos lo que vemos y
negamos lo que no vemos (1392). No obstante, es forzoso
aclarar que Quevedo no dice que los sentidos nos engañan
ya que en sí mismos cumplen la función
para los que fueron diseñados. Para Quevedo,
la información que se obtiene de los sentidos
no es certera, si no va acompañada de una concepción
intelectual que la guíe. En fin, los sentidos
no nos engañan si están bajo la tutela
del entendimiento, pero ciertamente pueden ser ocasión
del error. Dice Quevedo:
Yo
te probaré que se ve mejor lo que se cree por
persuasión de la razón, que lo que se
mira con los ojos. Tratarlos de mentirosos no es desacreditarlos,
porque no mienten por su culpa ni por mentir ni engañar
ni dicen mentira sino la ocasionan. (1392)
El
verdadero objetivo de esta prueba es más resaltar
la razón como facultad humana que formular una
crítica contra el empirismo filosófico.
Es necesario que Quevedo vaya preparando el terreno
para pronunciar las operaciones intelectuales como superiores
a las operaciones del cuerpo. Como el autor está
tan interesado en llegar al mismo centro de la siquis
humana, su filosofía se pone al servicio de una
retórica neoeostoica dirigida a despertar en
el alma humana un deseo profundo del misterio. No obstante,
la filosofía tiene en ella misma valor, como
actividad intelectual que limpia el camino de "sabandijas"
conceptuales para que así se viabilice la inserción
del alma en los misterios.
En
efecto, en el argumento anti-empirista que nos ocupa,
la razón Quevediana se declara superior al cuerpo
para luego negarse a sí misma en pos de la experiencia
del misterio. El argumento enumera casos de ilusión
sensorial que son conocidos en la historia de la filosofía,
a saber: el círculo del sol se ve más
pequeño de lo que en realidad es cuando con "evidencia
matemática" (1392) sabemos que no lo es;
el edificio cuadrado que en la distancia parece redondo;
las montañas que se ven a lo lejos como si fueran
azules, y los seres humanos de igual estatura que vistos
desde una particular perspectiva parece que tienen estaturas
diferentes. Así, Quevedo advierte al empirista
ateo que "la perspectiva con la razón y
la demostración te enseña que la desigualdad
es de las distancias y no de los cuerpos" (1392).
Quevedo concluye:
Pues
si la razón te enseña la verdad de la
mentira de tus ojos, y te desengaña del engaño
que ves, no puedes negar que se ve mejor lo que se cree
a persuasión de la razón, que lo que se
mira con los ojos. (1393)
Para
convencer a los seres humanos de que su verdadera naturaleza
no está vinculada causalmente a la biología,
Quevedo reflexiona sobre la gestación y desarrollo
del ser humano y observa cómo éste que
ha sido "engendrado del deleite del sueño
y el sudor espumoso" (1393) se convierte en "la
oficina de arterias y venas" en "informe embrión,"
hasta que Dios le "infunde alma" (1393). Nace
el infante y "no usa la razón, no porque
aun no tiene alma racional, sino porque órganos
capaces de uso" (1393). No obstante, transcurrida
una infancia mucho más larga que la de otros
animales, el pequeño "revienta por hablar."
Al llegar a su séptimo año, en ese niño
"empieza a resplandecer como en centellas la lumbre
del entendimiento" (1393). En fin, Quevedo confronta
al materialista ateo con el misterio de que el fenómeno
de la conciencia no puede explicarse haciendo una observación
detallada de la constitución orgánica
de las personas o de los procesos biológicos
que explican nuestra existencia corporal.
El
tercer momento de la prueba de que el ser humano no
está sometido necesariamente a las leyes biológicas
consiste en una reformulación de los regalos
de Prometeo. En este momento la prosa se torna particularmente
hermosa y el autor enumera lo que el "discurso"
ha "escudriñado," para demostrar "el
señorío del hombre." Un ejemplo de
esta confrontación poética del ser humano
con su naturaleza ineludiblemente racional habla por
sí solo.
Deslizándose
los peces por los sinuosos volúmenes del mar,
no pueden huir el vasallaje del entendimiento humano.
Las fieras horribles en las uñas armadas de iras,
formidables en las fuerzas y ligereza, que fían
su seguridad del ceño de los montes y de la ceguedad
anochecida de las grietas y sigmas de la tierra; y las
serpientes, que escupen muerte y miran con ella, en
quienes militan las pestes armadas de veneno; todas
a tu pesar, no sólo reconocen el dominio de la
razón del hombre, sino que le sirven de esclavas.
(1394)
El
desglose de los dotes racionales del ser humano le sirve
a Quevedo para recordarle a su adversario que "tú
quieres ser todo cuerpo, y tu cuerpo anhela ser alma,"
(1395) hasta tal punto que "el cuerpo se engríe
en presunciones de alma" (1395). El engaño
y engreimiento no es entonces del cuerpo, sino del sujeto
que en vez de cantarle loas al entendimiento, endiosa
su cuerpo ofreciéndole adornos y afeites en exceso.
Ya
que según Quevedo se desprende de todo lo anterior
que el alma humana es diferente de la de la bestia y
que su lector ya podría asentir a esta conclusión,
el autor reconoce que la argumentación necesita
más trabajo pues de ella no se desprende que
el alma sea inmortal. Es por ello que Quevedo dice:
" Ya que a tu pesar te he sacado de bruto, y diferenciado
tu alma de la suya quiero persuadirte que es inmortal.
Tu maldad podrá contradecirme; tu entendimiento
no sabrá responderme" 1397).
La
primera parte de "Providencia" tiene el propósito
de confrontar al ser humano con su propia racionalidad,
es decir con su naturaleza propia. El lente filosófico
quevediano se acerca a la verdadera naturaleza del lector
no sin antes haber despejado el entendimiento de su
interlocutor de todo aquello que obstaculice su autoreconocimiento.
Debidamente confrontado con la posición central
que ocupa en el orden de las cosas, el entendimiento
del lector debía estar ahora en posición
privilegiada para iniciarse en el misterio de la inmortalidad
del alma. Mas ello no ocurrirá hasta que el lector
se enfrente intelectualmente con la prueba de la inmortalidad
del alma.
En
efecto, hay que recordar que el método de Quevedo
consiste en agotar los recursos del entendimiento, para
que este, girando sobre sí mismo, descubra desde
su interior la existencia de algo que le trasciende.
En
fin, la sicología filosófica de Quevedo
ha de ser superada por la experiencia religiosa. Ni
aun, el filósofo, cuya siquis está más
en sintonía con su constitución propia,
puede acaparar la esfera de los misterios. La filosofía
cederá ante el sentimiento religioso, el "Conócete
a ti mismo" socrático se abandonará
por la plegaria católica, "Credo."
Sin embargo, hasta que llegue ese momento, Quevedo seguirá
usando las armas del pensamiento filosófico que,
confrontando su propia finitud, reflexiva y voluntariamente,
se desplazará a la esfera de la fe religiosa
y los misterios.
El dualismo metafísico y la inmortalidad del
alma.
Una
vez Quevedo demuestra que el alma humana se diferencia
del resto de los seres vivientes y que tiene un lugar
central en el universo, procede a demostrar que el alma
humana es "diferente y más perfecta"
(1401) que el cuerpo. Para Quevedo, la diferencia ontológica
y cualitativa que hay entre el alma y el cuerpo se evidencia
en cualquier simple acto de introspección. La
introspección nos muestra cómo nuestros
pensamientos, deseos e imaginaciones, son el resultado
de la actividad de las tres potencias "príncipes"
del alma: la memoria, el entendimiento, y la imaginación.
Estas potencias, consideradas en sí mismas, es
decir, en cuanto potencias, no exhiben fallas y si se
turban, es por intromisión del cuerpo. De hecho,
para Quevedo, la diferencia entre un necio y un sabio
estriba precisamente en que el primero le da el ministerio
de su vida al cuerpo, mientras que el otro se lo otorga
a las potencias del alma. Escribe Quevedo:
Veamos
si esta alma tuya, que ya confiesas diferente de la
de los brutos y más perfecta, si es diferente
y más perfecta que tu cuerpo. Esto te han de
enseñar en ti propio a ti las operaciones que,
por ser espirituales, forzosamente han de ser del espíritu,
y no de la carne. Son éstas pensamientos, imaginaciones
y deseos; a cuyos actos concurren magistralmente memoria,
entendimiento y voluntad, potencias príncipes
del alma, que, por ser acto del cuerpo físico
y orgánico, o se detiene y embaraza en su turbada
disposición, o se difunde y explaya por la bien
concorde y capaz de su armonía. Esto se ve claro
en los hombres sabios y necios. Y, pues, no pudiendo
ningunas almas ser tontas, hay personas que lo son,
se sigue que la causa es el cuerpo, que en los unos
sirve al alma de estorbo, y en los otros de instrumento
hábil. (1401)
Para
continuar la explicación de la dualidad alma
y cuerpo y mostrar que, a pesar de las apariencias,
el alma es de naturaleza distinta del cuerpo, Quevedo
recurre a la analogía de las tres linternas.
Según esta analogía, debíamos imaginar
tres linternas, una con tapa de hierro, otra con tapa
de hueso y finalmente una con tapa de cristal. En cada
linterna hay lumbres de la misma intensidad empero,
para el ojo sin perspicacia filosófica, en la
de hierro "no hay luz alguna", en la de hueso
"poca y turbia" y "en la de cristal mucha
y clara"(1401). Una vez se destapan las linternas
podemos verificar que la diferencia que atribuimos a
la intensidad de las lumbres se debía a "la
materia densa o diáfana que cegaba la una y descubría
menos o más las otras"(1401).
De
la analogía de las linternas Quevedo concluye
que lo que puede opacar la luz del entendimiento no
es otra cosa sino "la composición de los
cuerpos" (1401). El alma es al cuerpo como la lumbre
a las linternas, puesto que es aquel principio que anima
al cuerpo, es decir, que le "enciende" y "alumbra"
ya que posee luz propia para hacerlo. Una vez el cuerpo
perece, esa lumbre continúa existiendo por la
eternidad. En fin el alma, dice Quevedo, "ilustra"
al cuerpo como las "luces a las linternas"
(1401).
Quevedo
llama mente a las operaciones del alma,
cuya función es "ilustrar" al cuerpo
proveyéndole de vida síquica, esto es,
de inteligencia, sentimientos morales, y emociones.
Así, el autor sostiene que los "pensamientos,
imaginaciones, deseos y las demás operaciones
del alma racional no constan de materia y forma, que
son disposición caduca y mortal y corruptible"
(1401). Ya que una operación mental no es cualitativamente
semejante a un proceso material del mismo modo
que pensar en la justicia social, no es lo mismo que
una descripción de un acontecimiento cerebral
el basamento de tales operaciones no ha de ser el mismo
corpóreo, sino de naturaleza espiritual. El cuerpo
no puede sostener las operaciones de la mente, pues
éstas son inmateriales y por ello, para Quevedo,
sólo las sostiene el alma humana, que aunque
real, no ocupa espacio, ni es extensa. Veamos:
Ni
puede negarse que cualquiera potencia o hábito,
aunque más libre sea de concreción (llamémosla
embarazo u ocupación material), tiene naturaleza
de accidente, que necesita y busca alguna sustancia
en que se funde como sobre cimiento, en que estribe
como basa, como suelo sobre cuya estabilidad se afirme
como vientre de donde proceda. Eso mismo es nuestra
mente, y por eso es necesario que tenga su arrimo y
apoyo; y éste no puede tenerle en naturaleza
diferente de la suya, que no sea libre y exenta de toda
materia; y siéndolo sólo el ánimo
humano, es forzoso que él sea la sustancia de
tales accidentes. (1401)
Junto
al argumento filosófico de corte aristotélico
a favor de la separación del alma y el cuerpo,
Quevedo se vale ahora de la prosa poética para
incrementar el poder persuasivo de su ensayo. Como lo
hace anteriormente con su reformulación del discurso
de Prometeo que sirvió para cerrar con tono elevado
el argumento sobre la diferencia del alma humana del
alma de la bestia, Quevedo indica ahora que las operaciones
del alma humana no son de naturaleza material porque:
¿Cómo
pudieran escudriñar el mar sin mojarse? ¿Tratar
el fuego sin encenderse? ¿Espiar los pasos del
sol y el cielo sin llegarse a ellos ni poderlos seguir?
¿Entrarse en lo profundo de la tierra sin romperla?
Ser capaces de tanto mundo y sin tardanzas de tiempo
y distancias caminar extremos tan apartados y incomparables
sin cansancio? (1402)
Falta
demostrar que el alma existe después de la muerte
del cuerpo y que las operaciones del alma en la vida
terrena han de tener continuidad más allá
de los procesos corporales. Para lograr este objetivo,
Quevedo advierte al lector que las doctrinas metafísicas
acerca de la naturaleza del alma que se desarrollan
en "Providencia" se refieren al alma como
"espíritu inmortal" (1402). Quevedo
aclara que con el sustantivo alma él
se refiere a aquello que los hebreos llamaron nephes
y los latinos animus (1402). Cuando el alma es "ministra
de la vida mortal," (1402) lleva a cabo funciones
y operaciones que le son necesarias al cuerpo para su
funcionamiento óptimo, sin embargo, en la vida
terrena, el alma humana en su función de "animus"
juega un papel importante en la vida moral, permitiéndonos
obrar con buena o mala conciencia, según sea
el caso.
Quevedo
acepta el axioma de agustiniano "nihil fecit frustra,"
o "nada se hace en vano," y por ello piensa
que es necesario que el alma que ministra la vida moral
y que no pertenece a la esfera de la biología,
tenga un paralelo real mas no corporal. El alma que
trasciende a la muerte es pues, para Quevedo, "ánimo";
su función en esta vida es iluminar la vida moral
y, fuera del los parámetros de la vida temporal,
disfrutar de haberse inclinado hacia el bien mediante
una resistencia activa de las pasiones y los apetitos.
Más
aun, Quevedo sostiene que en esta vida la justicia se
distribuye, a través de las "cárceles
cuchillos y prisiones," (1403) pero, en la vida
más allá de la muerte, se juzga el pecado
cometido por la voluntad humana. La voluntad que es,
para Quevedo, "potencia espiritual del alma"
(1402) está, por definición, "fuera
de la juridiscción del cuchillo y la soga"
(1402). Si en esta vida, el estado juzga los crímenes
con su aparato justiciero, es forzoso que la voluntad,
como potencia del alma, sea juzgada en la vida venidera.
Como nada se hace en vano, o por demás, "si
no hay otra vida, y alma inmortal y Dios, el pecado
se queda sin pena y juez" (1404). En fin, si las
acciones inmorales tienen consecuencias, tal y como
lo demuestra la organización judicial del estado
político, entonces, las violaciones de la voluntad
humana, en tanto que potencia del alma han de ser también
juzgadas en la vida después de la muerte; todo
ello, claro está, bajo el principio de nihil
fecit frustra.
El
examen que hace Quevedo de las así llamadas "potencias
del alma" le lleva ahora a considerar el entendimiento
y sus operaciones para mostrar que, tal como la voluntad
existe al margen de la necesidad biológica, el
entendimiento hace lo mismo. Según Quevedo, los
estados meditativos y los contemplativos evidencian
que es posible que el entendimiento haga abstracción
del material presentado ante los sentidos y se valga
de los recursos que le son inherentes para efectuar
sus actividades inteligentes. Además, la experiencia
contemplativa le sirve a Quevedo para hacer una extrapolación
al plano de la metafísica y especular sobre el
modo en que podría sentirse el alma una vez ésta
se desembarace del cuerpo. Escribe Quevedo:
...si
la mente toda se engolfa en la imaginación, ni
los ojos ven lo que miran, ni los oídos oyen
la voz que los solicita; ni el cuerpo, si la contemplación
arrebata en éxtasis sobre los cielos el espíritu,
siente aun molesto los recuerdos del dolor; porque de
tal manera separa la meditación fervorosa el
entendimiento de parte corporal y sensitiva, que como
unida del alma, si no muere, cesa. (1406)
Con
el experimento-idea de la contemplación meditativa
Quevedo cree haber demostrado que el alma es diferente
del cuerpo y que puede existir sin él, tal y
como la mente de un ser humano, ensimismada, puede vagar,
divagar y especular como si estuviese desprendida del
cuerpo. Ahora resta examinar si la imaginación
existe como potencia separable del cuerpo y ello según
Quevedo es "el lazo más difícil de
romper" (1411).
El
examen que Quevedo hace de la imaginación es
sorprendente porque antes había señalado
que la memoria, entendimiento y la voluntad son las
"potencias príncipes" del alma (1401),
sin embargo, el autor no efectúa un análisis
de la memoria y en su lugar, dedica una parte sustancial
de "Providencia" al examen de la imaginación.
La referencia que Quevedo hace a la memoria forma parte
de la discusión acerca de la naturaleza del entendimiento,
al que también define como facultad judicativa.
Según Quevedo, la memoria es un "depósito,"
pero el autor no abunda sobre lo que allí se
guarda, ni tampoco describe las operaciones que se efectúan
para preservar lo guardado. Dice Quevedo:
Quiero
darte la mano para que vayas ascendiendo en la escala
racional. Llanamente confesarás que de las cosas
juzgas con el entendimiento, porque la memoria es deposito
y la voluntad, elección. (1409)
La
imaginación es, para Quevedo, la facultad "cuyo
oficio es juntar las cosas sensatas, quiere decir sensibles
entre sí" (1409). Inmediatamente Quevedo
compara la imaginación con un "tesoro de
las imágenes o semejanzas del sentido común"
(1409) La imaginación se asemeja a una colección
valiosa de las imágenes que provienen de los
cinco sentidos y que el sentido común ha preservado.
La imaginación colecciona los "tesoros"
del sentido común, el cual es en realidad, un
sexto sentido dedicado a "juntar todas las imágenes
de las sensaciones de los otros" (1409.)
El
sentido común es entonces la fuente de las imágenes
que la imaginación colecciona para su uso en
el oficio de conocer el mundo sensible. Mucho más
significativo es que, para Quevedo, el sentido común
es la conciencia de la percepción, porque "la
más evidente prueba" (1409) de que existe
tal sentido común es que "nosotros mismos
conocemos que oímos, vemos y palpamos" (1410).
Esta conciencia de que percibimos o apercepción,
es obra del alma racional. En fin, Quevedo concluye
que "ningún sentido conoce por la reflexión
sus operaciones, se prueba porque esta reflexión
o vuelta sobre sí mismo es obra de la facultad
inteligente" (1409).
Resta
examinar ahora si el alma puede operar sin los tesoros
eidéticos de la imaginación pues es evidente
que, para el funcionamiento eficiente de la vida corpórea,
el alma debe tener acceso a las cosas sensibles. No
obstante, la dependencia del alma de las imágenes
sensibles no es prueba de que esta facultad este sometida
a la corporeidad. Esta dependencia del alma de las imágenes
sensibles es, para Quevedo, "accidental o concomitante"
(1411).
Para
demostrar que el alma y el cuerpo tienen una relación
de conveniencia Quevedo se vale de una comparación.
El autor nos narra que visitó en Nápoles
la casa de Junta Baptista Porta, un hombre peculiar
y "curiosamente docto" (1411). En casa de
este caballero había un aposento cerrado cubierto
de espejos en el que obviamente se reflejaba todo lo
circundante. Así sucede con nuestra alma en el
aposento cerrado del cuerpo, ya que la imaginación
la circunda con espejos sin darle acceso a las cosas
en sí mismas. No obstante, la potencia misma
que tiene el alma de captar esos reflejos y de estar
consciente de que sus experiencias sensibles sólo
a ella le pertenecen, no es una función del cuerpo.
Esta
forma de autoconciencia a la que Quevedo llama "sentido
común" y que le permite al alma percatarse
de su propia unidad subjetiva, no depende del cuerpo
"por sí, sino condicional y accidentalmente"
(1411). El alma puede efectuar actividades intelectivas
con su propia potencia sin necesitar los reflejos sensibles.
Más aun, el alma puede tener vida intelectiva
de calidad sin material sensible alguno porque "¡cuántas
veces el entendimiento discurre en lo que nunca fue,
en lo que nunca será, en lo imposible!"
(1411).
Si
el alma no depende del cuerpo, como lo muestran las
operaciones de la voluntad, el entendimiento y la imaginación,
entonces "se prueba que es separable, incorruptible
y eterna; y evidentemente aun asistiendo en el cuerpo
puede existir sin él" (1412). No obstante,
señala Quevedo, "las cosas de fe no pueden
con argumentos probarse" (1401), y la inmortalidad
del alma es asunto de fe. Por eso concluye Quevedo:
Y
porque no extrañes el decir que se demuestra
con razones la inmortalidad del alma, siendo fe lo primero
te advierto que es de fe. Por ser verdad que se lee
en muchos lugares del Testamento Viejo. (1412)
La
sicología filosófica y la metafísica
quevedianas se desplazan pues al escenario doctrinal
y emotivo de la fe, pero no sin que antes Quevedo le
haya dado la mano al adversario ateo para que ascienda
en la escala racional (1409). Al llegar a la cúspide
de esa subida el alma se entrega al misterio. El ensayo
"Providencia de Dios" continúa el ascenso
filosófico "aliñando el entendimiento,
"barriendo el polvo y la basura de las falsas aprehensiones"
(1413); "quitando cataratas y nubes de los ojos"
(1417) hasta llegar a una demostración de la
existencia de Dios y de que Su Providencia gobierna
el mundo. Una vez llega a la cima, la razón se
rinde ante la fe y el entendimiento ante los afectos.
El camino hacia la filosofía de la religión
es arduo y la fatiga intelectual nos obliga posponerlo
temporeramente.
NOTAS
-
Todas
las citas de Quevedo que se incluyen en este ensayo
son del Tomo I de: Obras completas: Prosa. 2 vols. Ed.
Felicidad Buendía. Madrid: Aguilar, 1968.
-
El
alma es para Séneca el órgano responsable
de la vida síquica del hombre, el registro de
los estímulos del cuerpo, la sede de las inclinaciones
y pasiones y también el centro de deliberación,
toma de decisiones y reflexión. No obstante la
razón es la verdadera naturaleza del alma que
se llama humana y es a la vez su "parte divina"
es decir, aquello que asemeja a una persona al orden
universal y a la perfección que Séneca
llama "Dios". No es de extrañar, entonces
que Quevedo, quien tiene a Séneca como uno de
sus maestros filosóficos, haya asimilado este
logocentrismo y que declare a la razón la verdadera
naturaleza de los seres humanos.
-
White
Nicholas P. "The Basis of Stoics Ethics."
Classical Philosophy: Collected Papers. Ed. Trence Irwin,
New York: Garland Publishing, 1995. 317-354
©
Maricarmen Martínez Ph. D.
Departamento de Humanidades
Universidad de Puerto Rico
Espéculo.
Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid
El
URL origianl de este documento es
http://www.ucm.es/info/especulo/numero16/dualismo.html
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