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Por
Patricio Eufraccio
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De
Ocnos a Sevilla:
Cernuda nuestro Nostalgia,
desolación y esperanza
Nota introductoria
Hace
unos meses recibí un correo electrónico
en lenguaje directo y hasta chocante, inusual en mi
correspondencia y alejado del habla mexicana siempre
sensible y ultra solemne. Era claro que no lo escribía
un latinoamericano pues se acercaba más al estilo
recto y sin ambages del hablar de mi esposa, mujer de
sangre asturiana. Lo firmaba "Antonio Burgos; El
RedCuadro", un hasta entonces desconocido remitente
que había leído mi breve estudio crítico
sobre el poema Peregrino, de Cernuda, y me preguntaba
a bocajarro si tenía algún otro estudio
de la obra del poeta; particularmente sobre su libro
Ocnos. No lo tenía entonces, pero entre idas
y vueltas de correo me comprometí con Antonio
a realizar una crítica del texto, debido primordialmente
a la diferencia surgida entre nosotros por lo "sevillano"
que emana de este libro de Cernuda. Lo que a continuación
se lee es el resultado de la amistosa discrepancia literaria
entre Antonio y yo. Él afirma que Ocnos, es todo
y únicamente Sevilla; yo, que un poeta como Cernuda
jamás es todo y únicamente algo.
Ocnos: poesía y prosa
A
lo largo de este ensayo me referiré a Ocnos como
poesía y a sus textos como poemas; pero al aproximarse
al libro alguien podría considerar que no es
poesía sino prosa lo que contiene. No es así;
no podría ser así, pues la intención
que subyace en los textos es la poesía, entendida
ésta como fuente evocadora de la recreación
del pasado. Es su intención "poética",
de "creación" lo que da vida a estos
textos; de ahí su calidad de poiesis. Además,
en una lectura cuidadosa Ocnos revela la cadencia con
que se hilvanan las frases y que, a mi juicio, dan vida
a una poesía escrita en forma de prosa. El lector
podrá estar en desacuerdo con mi definición
de poesía en prosa, pero, sin duda, no lo estará
con los fundamentos poéticos que son la fuerza
de las imágenes de Ocnos.
Nostalgia
de Cernuda
...
iba
como un ángel que arrojan
de aquel edén nativo...
Donde
habite el olvido. X.
La
nostalgia es poderosa. Remueve la tierra elemental y
anida en la entraña dejándonos indefensos
y vulnerables ante el pasado. Los calostros, sonidos
y aromas de nuestros días iniciales en el mundo
poseen una fuerza avasalladora que nos desnuda al mostrarnos
los pliegues y estrías del comienzo; de lo ya
ido.
Los
recuerdos, siempre vivos y actuantes en nuestra cotidianidad,
son el constituyente esencial de la nostalgia. Mi casa,
mi calle, mi pueblo; mi..., mi..., mi..., es la nota
preponderante de la escala nostálgica. Cuando
en los momentos de temor o duda (quizá, también,
en algunas alegrías), volvemos la vista, olfato
y oído, buscamos escuchar, ver y oler el ritmo
y la cadencia del pasado; las huellas de aquellos "yo"
que forman nuestro ego cotidiano. Sí, la nostalgia
busca y encuentra el yo con su diapasón de pronombres
y tiempos verbales de pasados perfectos e imperfectos
que reclaman ser presente en esos momentos de angustia
y desazón ante el futuro.
Esto
es verdad para cada momento de la vida pues todos los
días nos enfrentamos al pasado; acaso lo único
seguro de nuestra existencia.
En
una vida simple este enfrentamiento, felizmente, no
provoca más allá de algunas sonrisas y
suspiros por las tropelías que cometimos de niños,
por el sabor del primer cigarrillo o el beso de iniciación
al amor, más que robado, encontrado. ¡Qué
distinto cuando la vida ha sido intensa, como la de
Luis Cernuda!; de tal suerte, algunos de esos recuerdos
son menos sonrientes y más lacerantes. La felicidad,
en los casos de los dobles exilios que enfrentan el
destierro y la marginación social, se construye
con elementos distintos a los del parroquiano común.
Entonces la felicidad son el dolor y la soledad; es
una angustia continua y recurrente de la que gotean
imágenes ingratas que caen como sal y vinagre
en las llagas siempre vivas. No son muchos los caminos
que pueden elegirse en esos momentos; los hombres pequeños
buscan sonreír de dolor como patético
clown de cuento barato; otros, los grandes, escriben
poesía.
Durante
la primera época de su exilio a raíz de
la Guerra Civil Española, Luis Cernuda es todo
desolación, nostalgia y esperanza. Difícil
momento el de la soledad en el exilio que lo impulsa
a recuperar, con tonos más vivos y actuantes,
su infancia y pasado en la España de aromas y
ruidos sevillanos. Su historia personal se constituye
en refugio y por ello resulta imperativo recuperarla
con avidez para formar con ella las cataplasmas que
alivien, fugazmente, la herida que produce el no estar
ahí donde se pertenece.
Es
en los primeros días de este exilio se gesta
Ocnos; nostalgia literaria; grito testimonial de su
desencanto por la marejada de estupidez e intolerancia
que lo arroja de España. En Londres (¡tan
abismalmente distinto a Sevilla!), Cernuda intenta recuperarse
en estos poemas. Sí, más que recuperar
la España sevillana, acude a la poesía
con la intención de no desmoronarse ante la inaudita
realidad que en la península enfrenta, cuchillo
en mano, a padres contra hijos. Se lo confiesa a Rafael
Martínez Nadal diciendo: "Para mí
es casi un alivio ver esas páginas publicadas
(las de Ocnos): son, o pretenden ser, un rescate de
mi vida" (15 de diciembre de 1942).
La
doble condena ancestral del pueblo español, batallar
y exiliarse, se cumple en los días de Cernuda.
Su condición de testigo del inmenso desperdicio
de dolor y sangre de estos hechos, impulsa al poeta
a recrear el pasado de España. Ese pasado es
Ocnos.
Sevilla y Ocnos
En
el verano de 1938, Londres es para Cernuda un refugio
desesperado. Las cartas que envía a Rafael Martínez
Nadal, dan cuenta de lo tormentoso de esos momentos.
La mayor alegría de Cernuda en esos días
es su empleo en el Cranleigh School, pues le permite
sobrellevar la miseria y abonar algunos chelines a las
deudas contraídas. No obstante, la desazón
por España es llama perenne que se aviva con
las novedades que a diario llegan de la península.
A finales de noviembre de ese año recibe noticias
de su hermana Ana. No son halagüeñas, carece
de casi todo y alguno de los chicos está enfermo.
Cernuda intenta hacerle llegar parte de su misérrima
bonanza.
Cuando
los hermanos se hallan en desgracia cobra fuerza la
desolación y la nostalgia por la placidez y despreocupación
que en la infancia se compartió con ellos. ¡Qué
hubiera dado Luis Cernuda en 1938, por estar de nuevo
en ese tiempo infantil!, pero su estancia en Sevilla
sólo es posible en el recuerdo y la poesía.
Ocnos es la respuesta, más bien, el desafío
y reclamo ante la ingrata España que ha decidido
destruirse a puñaladas. El poemario se convierte
así en un intento personal del poeta por conservar
la cordura en medio de esos años demenciales.
Una cordura fincada en el recuerdo de España,
de la que Sevilla es ejemplo. De ahí la pertinencia
de mi pregunta a la aseveración de Antonio Burgos:
¿en Ocnos, está Sevilla? Sin duda, pero
creo que la interrogación debe extenderse y cuestionar:
¿en un poeta como Cernuda y en los textos de
Ocnos, sólo está Sevilla? No; respondo.
Está España y con ella la nostalgia por
el pasado que se troca en esperanza por el porvenir.
También están la rabia del momento, la
indefensión de los días de guerra, la
rebeldía de la condición personal y el
reclamo de una justicia que no acaba de ser divina,
ni puede ser humana. Están, asimismo, el temor,
la incertidumbre, la duda y la viva demostración
de la fragilidad de la existencia. Ya no existen los
refugios; en esos días ser español es
ser Caín y no hay sitio en la Tierra donde desahogar
la pena del fratricidio. Sólo queda el espacio
poético para lavar la culpa.
No
obstante la pena que se siente en Ocnos me maravillo
en sus poemas, porque a pesar de la penumbra absurda
de la Guerra Civil que obliga el exilio, bajo los temores
y de entre los escombros surgen los poemas gozosos que
nos muestran la España pasada que pugna por continuar
viva en el espíritu. Poemas que, sin duda enraizados
en Sevilla, nos imaginan, es decir, nos recrean las
imágenes de la españolez subyacente a
la piel quemada por la pólvora. Es en este punto
preciso donde se encuentra mi discrepancia mayor con
Antonio, pues pensar que sólo es Sevilla lo que
está en los cimientos y cuerpo de estos poemas
sería permitir que únicamente campeara
en Ocnos la nostalgia, soslayando a la esperanza. No
puede ser; más aún, no debe ser, pues
la nostalgia es hija de la esperanza. Se apela a los
recuerdos con la ilusión de que regresen en el
presente, materia del porvenir. De esa forma los recuerdos
permanecen vivos y podemos habitarlos nuevamente. El
poeta no es un ser muerto ante los recuerdos sino vivo
por ellos. Y Cernuda, al fin poeta, no podía
ir contra su naturaleza.
Pero
estas líneas no pasan de ser mi sentir y Ocnos
mismo debe mostrárnoslo, así que vayamos
a él.
Ocnos y el delfín
La
primera edición pública de Ocnos (pues
según me dice Antonio Burgos, existe una anterior,
casi artesanal), es la de la editorial londinense The
Dolphin, fechada en 1942. En esta edición aparecieron
31 poemas escritos entre 1940 y 1941. La edición
se presenta como una unidad nostálgica, sentimiento
que se diluirá en las subsecuentes. De esta edición
delfínica tomaré los textos para comentarlos.
Phillip Silver, autor interesado en la obra de Luis
Cernuda, asegura que los poemas en prosa de Ocnos "son
al mismo tiempo recreación y definición".
Sin duda, en lo primero va bien orientado pues la recreación
del mundo que se ha resquebrajado en la Guerra Civil
y que terminará de perderse con la Segunda Guerra
Mundial, es el acicate principal de la nostalgia de
Cernuda. En cambio, la "definición"
que destaca Silver, merece más tempero en su
análisis.
¿Qué
definen, qué perfilan los poemas de Ocnos: el
pasado, el presente o el futuro? Si el pasado, la nota
sobresaliente sería la nostalgia; si el presente,
sería la desolación; si el futuro, sería
la esperanza. Es indudable la interacción de
los tres, pero me resulta claro que el sentimiento liberador
de los otros es la desolación de aquel presente
español que vivió en los años de
guerra. De las cartas enviadas a Martínez Nadal,
un fragmento de la fechada el 5 de julio de 1938 en
el Hotel Médicis de la Rue Monsieur Le Prince,
en París, da cuenta de la desesperada desolación
de Cernuda, punto de partida en que se gesta Ocnos:
Aquí
me encuentro un ambiente de exiles. Las cosas parecen
aquí más difíciles aún y
graves que ahí en Londres.
¡Qué
locura, Rafael! Yo a veces tengo ganas de dormir y no
despertar más. (P. 35)
La
distancia, sí, pero sobre todo el abatimiento,
la pena creciente, en suma, la desolación llena
su exilio. De ésta nacerán, hermanas siameses,
la nostalgia y la esperanza. Tríada fundamental
en que se equilibran los poemas.
Ocnos y la desolación
La
desolación, ese sentimiento de abatimiento extremo,
de pena profunda hay que buscarlo en otras páginas
y no en Ocnos. Un sitio de éstos es la correspondencia
que durante esa época, 1938, sostiene con Rafael
Martínez Nadal. La descripción de Martínez
Nadal del primer encuentro que tiene con Cernuda en
esos momentos, resulta ejemplar del ánimo con
que vivía:
Recuerdo
el primer encuentro. Parecía más pálido
el oliva de su rostro, más lejana la mirada,
más triste la tímida sonrisa. Se acentuaba
la impresión de sentirse solo, de cervato desbandado,
ansioso de cariño, lleno de desconfianza (...)
Con elegante sobriedad ocultaba ante extraños
el peso de la tragedia colectiva, la separación
de pocos pero queridos amigos: los Altolaguirre, Concha
de Albornoz, Rosa Chacel...(p. 16).
Otro ejemplos, en palabras de Cernuda, completan la
semblanza:
Creo
que aquí podré ganar algún dinero
para regresar a Londres, pero debo continuar unos días,
tal vez hasta fin de mes, en París. De ese modo
evitaré la estancia con los niños vascos
y la desagradable familia Vullioni. (5 de julio)
Aquí (en París) no tengo ocupación,
pero me dedicaría a vagar por las calles y a
comer de vez en cuando antes que volver a estar con
los niños vascos. Será una manía,
pero es más fuerte que yo (...) No dejes de responderme
lo más pronto posible, por favor. (11 de julio)
He cobrado unos quinientos francos con los que voy tirando.
No puedo aguantar mucho y las posibilidades de trabajo
son a largo plazo e inciertas. Si tú hallases
algo ahí para dar lecciones en una casa au pair,
iría a Inglaterra otra vez. Pero ya sabes que
no puedo esperar mucho: debería ser cosa rápida.
(14 de julio)
Por último, la carta fechada el 20 de julio:
Aquí todas las gestiones para trabajar en algo
sólo han dado como resultado ganar unos 500 francos.
Con eso no puedo tirar mucho, aun haciendo la vida más
económica que pueda imaginarse. ¿Tú
crees posible hallarme ahí un sitio donde guarecerme
au pair?
Como la necesidad aguza nuestras facultades (eso dicen:
yo creo que las embota), recuerdo que me hablaste de
la posibilidad de publicar ahí unos poemas, en
un folleto como el de Madariaga en sus versos a Unamuno.
¿Es verdad o lo sueño yo? Si eso fuese
posible, suponiendo que por ello me diesen una o dos
libras, podría aguardar en París más
tiempo, hasta ver si ahí se halla algo, o hasta
que el pacto sea más visible.
En todo caso, y para que conozcas algún otro
poema mío reciente (ya que no tuvimos tiempo
de hacer la lectura), ahí te envío una
Elegía Española. Va a mano, porque no
tengo máquina. Supongo que debe ser bastante
enojoso leer un poema largo escrito con una letra como
la mía.
No dejes, si tienes ocasión, de ponerme unas
líneas sobre la posibilidad de imprimir esos
dos o tres poemas. Y si sabes algo respecto a mi trabajo
en una casa particular ahí. Perdóname,
Rafael. Debo estar dándote una lata espantosa.
La única excusa que puedo tener está en
los días terribles que pasamos.
"Los días terribles que pasamos", resume
el ánimo de Cernuda que se disculpa ante su amigo
por la pobreza que vive y que lo obliga a enviarle su
poema "escrito a mano".
La
correspondencia con Martínez Nadal se constituye
en el hilo del que pende la esperanza; palio de la desolación.
"No me dejes", le pide. "No permitas",
entendemos, "que me devore la desesperanza".
Por ello no solamente lo exhorta a que le ayude a conseguir
un sitio para vivir y trabajar, sino que le pide que
lea sus poemas; que lo rescate en la poesía si
no le es posible en lo material.
La
creación poética adquiere en esos momentos
la condición de refugio antibélico y a
él intenta Cernuda volver cuando recrea a España
en Ocnos.
Ocnos y la nostalgia
Lo
más notable en los poemas de Ocnos es la nostalgia.
Nadie que los lea puede sustraerse a su seducción.
¡Cómo podría si evocan lo pasado;
ese tiempo común a todos! Pero, ¿nostalgia
de qué?: ¿de Sevilla?; ¿de la infancia?;
¿del irrecuperable tiempo? Lo más sencillo
es aceptar que Ocnos refiere la nostalgia de Sevilla,
pues ésta incluye la infancia de Cernuda y lo
irrecuperable de su tiempo pasado. Si esto fuera verdad,
conmovería por su contenido sevillano y no por
su evocación nostálgica del tiempo; sin
embargo, no es así. Cualquiera que tenga entrañas,
sea sajón, latinoamericano, africano u oriental
se sacude ante su poder evocativo que, siendo testimonial,
no apela a la compasión de los relatos de la
guerra, sino al espíritu humano que pervive a
pesar de ella. Y esto más que sevillano es español;
entendido esto último como universal humano,
más que como local y particular.
Creo
que la nostalgia de Ocnos no se dirige a lo sevillano.
Parte de él, no hay duda, pero no por que sea
su razón sino su historia; es decir, no es la
nostalgia por Sevilla, es la nostalgia por lo pasado
(español en este caso) lo que en verdad sustenta
a los poemas. Ese pasado que fue de paz y cordura, distinto
a ese presente de guerra y demencia. Pero, como dije
líneas arriba, no es Sevilla lo que se recupera,
es España, en lo más caro que tiene: sus
hombres que piensan y sienten.
A
pesar de mi argumentación, los poemas me obligan,
por momentos, a darle la razón a Antonio, debido
a lo indudable y puramente sevillano que se imagina
en algunos de los textos. Pero en el recuento final,
son más los que me insinúan a España,
de los que me aseveran a Sevilla.
Otro
punto a favor de la visión de Antonio lo encuentro
en el ser constituyente de cada quién. Mi ser
tiene al mar como esencia. Nací en un puerto
a mediados de este siglo en un país en el cual
los días de los años cincuenta del siglo
XX, no eran muy distintos de los del XIX. Yo no extraño
en mis nostalgias lo porteño con sus ritos y
costumbres, sino al mar. Y esta llaneza de mi nostalgia
es probable que condicione mi criterio orillándome
a pensar que no es que Cernuda añorase lo particular
sevillano sino lo español total, en aquellos
momentos que estando en Londres en realidad no vivía
en ningún sitio geográfico, sino en la
poesía.
Con
la intención de aclarar, analicemos dos textos
de Ocnos; uno, Pregones, irrefutablemente sevillano
y, el otro, El vicio, indudablemente españolano
(si se me permite el término).
Pregones
Uno
cuando llegaba la primavera, alta ya la tarde, abiertos
los balcones, hacia los cuales la brisa traía
un aroma áspero, duro y agudo, que casi cosquilleaba
la nariz. Pasaban gentes: mujeres vestidas de telas
ligeras y claras; hombres, unos con traje de negra alpaca
o hilo amarillo, y otros con chaqueta de dril desteñido
y al brazo el canastillo, ya vacío, del almuerzo,
de vuelta al trabajo. Entonces, unas calles más
allá, se alzaba el grito de "¡Claveles!
¡Claveles!", grito un poco velado, a cuyo
son aquel aroma áspero, aquel mismo aroma duro
y agudo que trajo la brisa al abrirse los balcones,
se identificaba y fundía con el aroma del clavel.
Disuelto en el aire había flotado anónimo,
bañando la tarde, hasta que el pregón
lo delató dándole voz y sonido, clavándolo
en el pecho bien hondo, como una puñalada cuya
cicatriz el tiempo no podrá borrar.
El segundo pregón era al mediodía, en
el verano. La vela estaba echada sobre el patio, manteniendo
la casa en fresca penumbra. La puerta entornada de la
calle apenas dejaba penetrar en el zaguán un
eco de luz. Sonaba el agua de la fuente adormecida bajo
su sombra de hojas verdes. Qué grato en la dejadez
del mediodía estival, en la somnolencia del ambiente,
balancearse sobre la mecedora de rejilla. Todo era ligero,
flotante; el mundo, como una pompa de jabón giraba
frágil, irisado, irreal. Y de pronto, tras de
las puertas, desde la calle llena de sol, venía
dejoso, tal la queja que arranca el goce, el grito de
"¡Los pejerreyes!" Lo mismo que un vago
despertar en medio de la noche, traía consigo
la conciencia justa para que sintiéramos tan
solo la calma y el silencio en torno, adormeciéndonos
de nuevo. Había en aquel grito un fulgor súbito
de luz escarlata y dorada, como el relámpago
que cruza la penumbra de un acuario, que recorría
la piel con repentino escalofrío. El mundo, tras
de detenerse un momento, seguía luego girando
suavemente, girando.
El tercer pregón era al anochecer, en otoño.
El farolero había pasado ya, con su largo garfio
al hombro, en cuyo extremo se agitaba como un alma la
llama azulada, encendiendo los faroles de la calle.
A la luz lívida del gas brillaban las piedras
mojadas por las primeras lluvias. Un balcón aquí,
una puerta allá, comenzaban a iluminarse por
la acera de enfrente, tan próxima en la estrecha
calle. Luego se oía correr las persianas, correr
los postigos. Tras el visillo del balcón, la
frente apoyada al frío cristal, miraba el niño
la calle un momento, esperando. Entonces surgía
la voz del vendedor viejo, llenando el anochecer con
su pregón ronco de "¡Alhucema fresca!",
en el cual las vocales se cerraban, como el grito ululante
de un búho. Se le adivinaba más que se
le veía, tirando de una pierna a rastras, nebulosa
y aborrascada la cara bajo el ala del sombrero caído
sobre él como teja, que iba, con su saco de alhucema
al hombro, a cerrar el ciclo del año y de la
vida.
Era el primer pregón la voz, la voz pura; el
segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo
y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas.
En
ocasiones la nostalgia aparece como relámpago;
en otros momentos llega en oleadas.
Cuando
relámpago, la luz del recuerdo es brillante y
fugaz; encandila con su concentrado fulgor; acaso ciega
momentáneamente y el dolor o la alegría,
según el caso, pasan sin ecos ni reverberaciones.
El espíritu tocado por estos destellos queda
como suspendido, la respiración se contiene y
la pupila se dilata en su intento por captar la mayor
cantidad posible de luz. El arrobo es casi un chasquido,
una intrepidez de algún ángel travieso
que cruza la dimensión divina para darnos un
beso centelleante. Esos momentos producen uno o dos
versos; una viñeta tal vez, pero difícilmente
sustentan poemas de gran aliento. Éstos necesitan
de un cuerpo nostálgico más pleno y sostenido;
como las oleadas de nostalgia que nos embaten en momentos
de profunda reconsideración o recuento de nuestras
vidas. Entonces la nostalgia abarca lentamente todo
hasta llegar a lo inconmensurable de nuestra alma. La
luz nostálgica emerge con la determinación
del sol en el alba y el compromiso de iniciar el ciclo
vital que ha de culminar en el necesario ocaso que presagia
la resurrección. Pregones, obedece a ésta
dimensión. El corpus que se logra en el poema
abarca tanto el ciclo diario de las horas, como el anual
de las estaciones y el universal de la vida.
El
primer pregón se instala en el atardecer y la
primavera. Refiere al clavel de picante aroma y de atrevido,
desafiante color. Flor que semeja el vestido y cuerpo
de la sevillana bailadora de flamenco; profusión
de holanes escarlatas que nacen de unas rítmicas
caderas ajustadas a una cintura y tronco esbeltos como
tallo. El clavel no permite ser deshojado fácilmente,
igual que la hembra sevillana segura de su ser de mujer.
Cernuda
ubica a los claveles en la época cuando florece
el amor, según asegura la conseja y lo confirman
los filmes de los años veinte. También
cuando la tarde ha traspuesto las prisas de la mañana
y se apresta a llegar a su refugio, deshecho el nudo
de la corbata, a reencontrarse con los placeres de la
desnudez de cuerpo y espíritu. Si hay que recuperar
la vida pasada, parece decirnos, debe comenzarse en
la primavera y entre los seductores holanes de los claveles.
El
segundo pregón se ubica en el mediodía,
rubicundo y goteante, del caluroso verano español.
Pareciera referir el placer del paladar por la mención
del pejerrey de regio sabor; sin embargo, lo evocado
es el sopor del mediodía veraniego. Época
de estío; de una casi perfecta inmovilidad; de
flojera, como se dice en México; es decir, de
cuerpo flojo, sin fuerza ni tono, de total desmadejamiento
debido al agobiante calor. ¡Qué gozo de
no dar golpe justificado por el desorbitado crecimiento
de la roja columna del barómetro! En esos momentos
sobran la ropa y los pensamientos profundos y cualquier
limosna de brisa es bienvenida y bendecida. Verano,
tiempo en el que las responsabilidades escolares y laborales
se relegan y el día no presenta mayores retos
que el de llegar a la noche sin deshidratarse. Verano
y la placidez del recreo, del asueto sin remordimientos,
de la holganza justificada por la inevitable realidad
de regresar a las responsabilidades cuando se terminen
los días de descanso. Verano, época feliz.
El
tercer pregón habla de la noche y el otoño,
y también de la esperanza. La alhucema en el
sur, el espliego en el norte, es una flor nocturna en
su color y muy aromática al grado de utilizarse
parte de ella como sahumerio.
El
pregón refiere el ocaso, final de la vida y promesa
de continuidad al otro día. Se antoja como las
oraciones de la noche previa a la Resurrección
de Jesucristo, en el que los fieles rezan en voz baja
apretando en las manos el rosario, intentando en esa
acción atrapar el aliento que se escapa en cada
"Amén". Es, asimismo, la certeza de
la caída de la noche y del temor que nos recorre,
a nosotros, seres solares. Entre los antiguos mexicanos
cada 52 años, final de un ciclo solar, se celebraba
una ceremonia de alta estima entre ellos. Hijos del
sol, los aztecas apagaban el fuego y durante la noche
cerrada de obscuridad aguardaban rezando la resurrección
de su dios. Las voces, como en Cernuda, se hacían
graves semejando los cantos de los animales nocturnos.
Cuando llega la obscuridad lo que se teme es la posibilidad
de la noche eterna. Y no hay duda que en ella viviríamos
si no existiera la esperanza.
El
ciclo de la vida se presenta en este poema y bien dice
Antonio, que los referentes de él son sevillanos
y más aún, me atrevería a decir
que son referentes de aquella Sevilla de la infancia
de Cernuda, por ello más real, pues refiere una
personalidad definida que estoy seguro no contiene en
los sevillanos actuales los rasgos tan marcados y reconocibles
de su geografía.
Vamos
al poema españolano.
El vicio
Camino
del colegio, por aquella calle de casas señoriales,
a través de cuyo zaguán se entreveía
en el patio anchuroso, entre la blancura del mármol,
verde, fina, solitaria, una palma, cierta casa de persianas
siempre corridas y cancela cerrada por un portón,
conventual y enigmática, me intrigaba. ¿Qué
familia, qué comunidad recatada podía
habitarla? Jamás, en mis diarias idas y venidas
por delante de ella, pude ver un balcón abierto,
y rara vez el verdulero detenía allí su
borriquillo para pasar a través de una reja,
la celosía apenas entreabierta, su fresca y brillante
mercancía de tomates, pepinos y lechugas.
Una
mañana de invierno, camino yo del colegio más
temprano, roja aún la luz eléctrica en
algún cristal, luchando con el vago amanecer,
al cruzar aquella calle vi parado un coche ante la casa;
un coche de punto, viejo y maltratado, echada la capota,
y el cochero de pañolillo blanco anudado al cuello,
gorra de hule ladeada en la cabeza y una pierna sobre
la otra en actitud jacarandosa, como quien espera. Por
la acera, una mujer alta vestida de amarillo, el abrigo
de piel derribado sobre un hombro, paseaba dando voces
coléricas junto a la puerta de la casa, al fin
abierta.
Un temor infantil me impidió pasar junto a ella,
y desde la otra acera vi su cara pálida y deslucida,
cubierta de pesados afeites, el pelo estoposo teñido,
negreando a ambos lados de la raya que lo dividía
sobre la frente, terrible y risible, con algo de muñeca
flácida cuyo relleno se desinfla. Por la cancela
abierta de la casa venía un relente de perfume
rancio, de vicio que la ley pasa por alto y ante el
cual la religión cierra los ojos. El cochero,
en su pescante, reía de los gritos de la mujer,
y recostado de mala gana en el quicio de la puerta,
un policía contemplaba abstraído y soñoliento.
El abordaje crítico de este poema necesita la
explicación de lo españolano, a que me
referí anteriormente.
Los
hombres y mujeres de un pueblo adquirimos rasgos que
nos son comunes y definen particularmente. En los españoles,
aún entre los descreídos, se evidencian
las huellas del catolicismo y su visión moral
del mundo. Creo que en todas las épocas, en unas
con más furor que en otras pero presente en todas,
el catolicismo ha sido un elemento importante de la
sociedad española.
En
el caso del poema de Cernuda, lo españolano se
encuentra en lo católico subyacente en la sociedad
que enfrenta la moral pública con la privada
al repudiar por un lado y fomentar por el otro, la existencia
de las cortesanas. Esta moral católica que condena
en público lo que tolera y fomenta en privado,
se hace clara en el comportamiento de los actores de
esta escena, que no resulta ser exclusivamente sevillana,
sino española y más aún, podría
ser representada en cualquier sociedad latinoamericana,
hijas y herederas de estas manifestaciones de doble
moral.
Si
en vez de pensar que la escena se desarrolla en Sevilla,
imaginamos que es en Madrid o en Asturias provincias
en las que el comportamiento social también se
regía mayoritariamente por la moral católica,
el resultado sería igual al del poema de Cernuda;
lo mismo en la sociedad de México o de Venezuela;
es decir que este comportamiento describe a lo sevillano,
sí, pero no como local sino como genérico
de España: como españolano y, más,
como madrileño, asturiano, mexicano o venezolano;
cada uno de ellos en su momento y todos en conjunto,
nos describen tanto a los iberos peninsulares como a
los americanos.
Preguntemos ahora ¿cuáles son los elementos
que están en El vicio? Primordialmente la moral;
más bien, una pincelada de eso llamado moral;
un leve guiño a la forma en que la moral podía
representarse en esos momentos españoles: entre
los extremos del comportamiento desparpajado de una
cortesana y los asombros (y asomos) primeros de un niño
ante el sexo comprado.
Contrastan
en la escena 1) la actitud retadora de la cortesana,
mujer de la noche, que en esas primeras horas del alba
para la gente que se hace llamar decente y últimas
para los calificados de indecentes, su presencia se
antoja como una imprecación. Su cuerpo semeja
una marioneta colorida que "ofende" los negros
ropajes severos de aquellos que en esas horas de la
madrugada acuden al llamado metálico de la misa
tempranera; 2) el cinismo del cochero y la indolencia
del policía, personajes parasitarios de un negocio
(deshonroso pero dineroso) del que participan pero no
aportan más allá de su complacencia y
complicidad y del cual la cortesana es la protagonista,
deseada y repudiada al mismo tiempo; y 3) el ignorante
(me niego a llamarle inocente) asombro de un niño
resguardado, que no protegido, por los artífices
de esa conducta calificada de moral y decente, que a
toda costa intentan retrasar con mentiras y artilugios
el inevitable encuentro de todos los niños con
la realidad.
Las
conductas y actitudes representadas en el poema que
giran alrededor de la moral, no es algo que pueda calificarse
de únicamente sevillano; debe haber sido generalmente
español e iberoamericano. (Lo siento Antonio,
pero no puedo pensar que este poema sea únicamente
sevillano).
Ocnos
y la esperanza
En
su libro Las nubes, fechado 1937-1940, Cernuda incluye
un poema titulado Lamento y esperanza. Este poema contiene
los sentimientos que en esos años lo pueblan
y que en Ocnos presentan su cara luminosa. Sirva el
poema de puntal para entender la esperanza que brilla
en el libro que nos ocupa. Transcribo el poema para
recordarlo juntos:
Soñábamos
algunos cuando niños, caídos
En una vasta hora de ocio solitario
Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
Plegar como una mies los cuerpos poderosos.
Jóvenes luego, el sueño quedó lejos
De un mundo donde desorden e injusticia,
Hinchendo oscuramente la ávidas ciudades,
Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.
Y en la revolución pensábamos: un mar
Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.
El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo
del sueño?
Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
En la calma este soplo de muerte que nos lleva
Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.
Un continente de mercaderes y de histriones,
Al acecho de este loco país, está esperando
Que vencido se hunda, solo ante su destino,
Para arrancar jirones de su esplendor antiguo.
Le alienta únicamente su propia gran historia
dolorida.
Si con el dolor el alma se ha templado, es invencible;
Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:
No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así
este pueblo iluso
Agonizará antes, presa ya de la muerte,
Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.
Basándonos en este poema, ¿cómo
podríamos entender a la esperanza; y qué
de ella podemos encontrar en los poemas de Ocnos?
El
poema se polariza entre dos orillas: el lamento y la
esperanza; de éstos dos elementos el de mayor
fuerza es la esperanza, de mayor peso ya que es un sentimiento;
en cambio el lamento no es más que una manifestación
de algún sentimiento. En el caso del poema, todo
él es un lamento que invoca a la esperanza. El
poeta se lamenta a lo largo de las estrofas por una
revolución siempre huidiza y nunca realizada,
a pesar de que se le anhela, puesto que se le sueña,
en todo momento. Durante las dos primeras estrofas el
sueño tiene una doble característica de
esperanza e invocación. En la tercera, el sueño
se troca en realidad al afincarse los días de
los hombres en una revolución que obliga a la
ruina, material y espiritual, "a pisar entre un
fango rociado de sangre". En las dos últimas
estrofas se yergue la esperanza como bastión
en el cual ha de apoyarse el renacimiento futuro del
"pueblo iluso", que será "rosa
eterna en los mares". Y ¿cómo será
ese pueblo en el porvenir?, como lo fue en el pasado,
en Ocnos, dueño de sí, seguro en su tradición,
adaptándose a lo que tendrá que cambiar
necesariamente, después de que entre ellos decidieron
hacer una revolución. Y la esperanza nace del
dolor; es su contraparte; su compañera necesaria.
El
camino de la redención tiene que pasar por la
revolución, pero esta redención no clausura
el pasado, en su tránsito hacia la resurrección
lo recupera como barca en la cual navegará hacia
ella. Eso no obliga a que el futuro sea igual que el
pasado, cosa imposible, pero si a que no olvide para
evitar la repetición de los errores y encuentre
el camino evolutivo que ese pasado le señala.
Eso
es lo que encuentro en Ocnos, y que al mismo tiempo
entiendo por esperanza: un evocación del pasado
que permita transitar en el presente con la ilusión
de construir un porvenir.
Colofón
Al
leer todo lo anterior con intención crítica,
encuentro que a pesar de mis argumentos y razones, no
logro despejar del todo la ecuación que tanto
enorgullece a Antonio de que en Ocnos sólo está
Sevilla, puesto que en un primer plano, más próximo
al sentimiento y a la nostalgia que a la razón
y al análisis, realmente Sevilla podría
ser el personaje central de Ocnos; sin embargo, en un
plano más allá, visión privilegiada
de los que no nos une un sentimiento filial a Sevilla,
me parece encontrar un gran canto a España toda.
Debo
reconocer que mis sentimientos hacia España no
se localizan en una provincia, como al parecer le sucede
a los españoles en general, y quizá por
ello no logro descifrar el bordado fino en que se basaría
Antonio para aseverar categóricamente que Ocnos
y Sevilla son una sola cosa. Lo cierto es que me resulta
muy difícil imaginar que un poeta como Cernuda,
pudiera lograr que la poesía se ciñera
a un punto en el que sólo cupieran los sevillanos.
Sería el caso de aceptar que los gitanos de Lorca
y la luna que los acompaña, son solamente españoles
y no universales.
Bibliografía
Cernuda
Luis. Ocnos. Londres, The Dolphin, 1942.
---- La realidad y el deseo, 1924-1962. México,
Fondo de Cultura Económica, 1995.
Martínez Nadal, Rafael. Españoles en la
Gran Bretaña. Luis Cernuda. El hombre y sus ideas.
Madrid, Hiperión, 1983.
Ramos Ortega, Manuel. La prosa literaria de Luis Cernuda.
El libro Ocnos. Sevilla, 1982.
© Patricio Eufraccio 1999
Espéculo.
Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid
El
URL original de este documento es
http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/ocnos.html
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