DEL
PADECER Y DE LA TRASCENDENCIA
La filosofía poética de María Zambrano
Por
la voluntad poética y filosófica de María
Zambrano el idioma, nuestro rudo y dulce español,
parece alcanzar esa posibilidad de trascendencia que
toda lengua en momentos luminosos, identificándose
con el ser, alcanza. Momentos en que la palabra, más
allá de la emergencia comunicativa, o en su seno
mismo, sacraliza lo real y el ser, en la creación
de un ámbito a la vez de ocultación y
revelación. Desde la perspectiva abierta por
Zambrano, el humano ser, avanzando entre las cegueras
del mundo y las aristas de la temporalidad, muestra
la sustancia frágil que lo constituye, muestra
su intransferible padecer, incluso en su ansia de trascendencia,
donde se abre el abismo con los dioses.
Voluntad
poética y filosófica: en la obra de Zambrano
se realiza una vez más el prodigio del reencuentro
entre poesía y filosofía. Regreso a la
unidad perdida, extraviada, rota. "Habida en Heráclito,
Parménides, Empédocles", y rota a
partir de la construcción del edificio filosófico
platónico. "Es en Platón -señala
Zambrano- donde encontramos entablada la lucha con todo
su vigor, entre las dos formas de la palabra, resuelta
triunfalmente para el logos del pensamiento filosófico,
decidiéndose lo que podríamos llamar "la
condenación de la poesía"; inaugurándose
en el mundo de occidente, la vida azarosa y como al
margen de la ley, de la poesía, su caminar por
estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado,
su locura creciente, su maldición". Desde
Platón es posible contar la historia de "la
divergencia entre los dos logos", y gran parte
de la obra de Zambrano nos concede los prolegómenos
para la posibilidad de esa historia, y nos muestra el
camino para el regreso a la unidad, para el regreso
a ese universo de intuiciones y hallazgos, sepultado
por el formidable edificio platónico: el múltiple
universo fundado por los filósofos llamados presocráticos
y al que empezamos a regresar como a algo que nos pertenece
por entero, como a un logos similar a nuestra contemporaneidad.
Sabemos que en Platón esa divergencia se vive
de manera atormentada y, desde entonces, el logos filosófico
se vivirá como unidad de pensamiento frente al
encanto de la irracionalidad del poema. El filósofo,
desde la conciencia y desde el resplandor de la sabiduría,
verá con horror "el mundo de apariencias
a las que se aferra el poeta". El filósofo,
desde entonces, sin saber, sin querer escuchar y escucharse
que lo lleva de manera intransferible en las entrañas,
condena al poeta al andar errante.
Entre
los estremecimientos y hecatombes que las culturas irremediablemente
sufren, nada quizás sea comparable a esa grieta
que pone en cuestión la verdad originaria y que
da forma, en occidente, a lo que se ha denominado la
modernidad: la "destrucción de lo divino",
para emplear las palabras de Zambrano, el inicio de
un proceso de secularización, el acceso a la
más extrema libertad y a la más extrema
soledad del humano ser, la sustitución de los
dioses por la Diosa Razón donde el padecer, acaso
la condición misma de la existencia, se enmascara
y se engaña con los signos imantados del poder.
Esa asunción del mundo y el ser, que tiene en
Descartes su figura paradigmática, redimensiona
la condición de verdad, asume el conocimiento
como búsqueda y estrategia de la verdad revelada,
crea el método y el discurso categorial: funda
la epistemología. En el reino de la razón,
filosofía y poesía profundizan su enemistad,
y no será sino con la crítica y la negación
de "la verdad revelada", con el intenso proceso
de desconstrucción categorial que se inicia con
Nietzsche e Heidegger, y que en Derrida tendrá
uno de sus más extremos y extraordinarios avatares,
cuando se cierre la divergencia entre los dos logos
y la palabra filosófica regrese a su condición
primera de palabra poética. Zambrano señala
este paso del logos filosófico: "Y así
aparece gracias al más renombrado de los filósofos
de este siglo -Heidegger- que le es necesario volverse
a la poesía, seguir los lugares del ser por ella
señalados y visitados, para recobrarse, sin la
certeza de lograrlo tal como lo lograron los presocráticos,
en quienes la filosofía no se había desprendido
aun de la poesía". Para Zambrano, Heidegger
es figura emblemática de esta vieja y nueva condición
de logos filosófico y logos poético, pero
observa sus antecedentes en el romanticismo ("En
el romanticismo, poesía y filosofía se
abrazan, llegando a fundirse en algunos momentos, con
una furia apasionada"), y en Nietszche. En ese
regreso a la unidad de los dos logos, la filosofía
toma de la poesía "los lugares del ser por
ella señalados", se convierte en reflexión
sobre el lenguaje como morada y, en la irradiación
misma de los signos, deviene formulación estética,
señalamiento de la expresión poética
como revelación y ocultación, complejo
modo de lo que Zambrano llama la sacralidad del ser.
Así
como es posible concebir la poesía a la vez como
lenguaje y como trascendencia de lenguaje, es posible
pensar el ser como desprendiéndose de sí
hacia la trascendencia: el camino fundado por la poesía
es el mismo de las ansias del ser.
Zambrano
distingue de este modo entre la palabra y el lenguaje,
colocando en la primera el ansia de trascendencia y
revelación. Así, habla de "la palabra
liberada del lenguaje", y señala que "al
modo de la semilla se esconde la palabra"; y aun
señala: "En lo más alto de la escala
de lo viviente se nos muestra la palabra y su semilla".
Palabra y lenguaje así delimitados, nos revelan
sus diferentes funciones: el lenguaje, en la ceguera
del existir, nombra las cosas del mundo; la palabra,
su posibilidad poética, funda un ámbito,
el presentimiento de una ocultación, la revelación,
como secreta experiencia del ser con el instante. "La
palabra -dice Zambrano- no necesita del estar envuelta
en una relación sino que siempre la suele romper
para crear ámbitos ilimitados, horizontes imprevisibles.
Al lenguaje le está enconmendado el moverse dentro
de la limitación". ¿No es ésta
la intuición fundamental de los grandes poetas,
de Mallarmé a Octavio Paz, de Novalis a Lezama
Lima y Rafael Cadenas?. En el horizonte ilimitado de
la palabra el logos filosófico se reencuentra
con el logos poético. En este horizonte, lo decíamos,
la reflexión filosófica se hace, en Zambrano,
reflexión estética: así su decir
sobre sobre Valery y Mallarmé, sobre Machado
y Neruda, y, sobre todo, su decir sobre Lezama Lima,
su igual en la poesía, pues la resurrección
por el milagro del poema, tal como lo expresa el poeta
cubano, parece identificarse con las metáforas
de la esperanza y de la aurora que se desprenden de
la reflexión filosófica de Zambrano; así
su concepción de la belleza y del poema, así
su magistral reflexión sobre el héroe,
tal como se expresa en la soledad de los paisajes kafkianos:
reflexión estética que no es sino, a la
vez, paisaje e interioridad de la condición del
ser. ¿No es el ser la razón primera de
logos poético y logos filosófico?. Desde
esta razón primera se expresa lo que podríamos
llamar la condición esencial: el padecer, y,
desde el padecimiento, lo real y su forma de precipitarse
por la temporalidad; y los signos de trascendencia:
los sueños y la creación de lo divino.
EL PADECER.-
La
filosofía poética de María Zambrano
intenta revelar "la estructura metafísica
de la vida humana", a través por lo menos
de dos signos contradictorios: el padecer y el trascender.
Así dirá en una paradoja incomparable:
"El hombre es el ser que padece su propia trascendencia".
En esta paradoja el hombre vive con lo otro (el mundo
y lo divino) una relación a la vez humana y sacralizada,
pues jamás podrá desprenderse del padecer,
y jamás abandonará su ansia de trascendencia:
el ser como humano, demasiado humano, que funda ámbitos
de sacralidad.
El
hombre es, de este modo, la fragilidad misma entre las
formas atenazantes del mundo. "Pues que estamos
depositados en la historia -nos dice la autora- atenazados
por la necesidad y sobrecogidos por la muerte".
Los hilos de esta fragilidad son la soledad y el abandono,
la huida y el exilio, que son experiencias consustanciales
con el vivir. El hombre del padecimiento parece guardar
analogías con el "hombre lábil",
descrito por Paul Ricoeur, el hombre de la finitud y
la culpabilidad que incuba, en el seno de su debilidad,
la posibilidad misma del mal. "Vivir -dice en este
sentido Zambrano- es un trabajo que parece en instantes
imposible de cumplir; el trabajo de recorrer la larga
procesión de los instantes, de oponer una resistencia
al tiempo, resistir al tiempo es la primera acción
que requiere el estar vivo". El hombre del padecimiento,
sin embargo, parece alejarse del hombre lábil
de Ricoeur pues en su debilidad, en vez de colocar el
mal coloca la esperanza y la aurora, como metáforas
de la trascendencia. Por ello dirá que "la
esperanza está en la base de la constitución
de la persona"; por ello concebirá el despertar
como recurrente metáfora de lo naciente en el
vivir; de allí que, frente al inescapable padecer,
es posible colocar la más optimista de las metáforas,
la de la aurora. Así dirá: "Que inmensa
soledad la del que no ha contemplado, ni siquiera por
una sola vez, la aurora". Si el hombre, a diferencia
del animal y de la planta que encuentran la vida hecha,
ha de hacerse su propia vida, entonces el ser ya en
si mismo es el padecimiento, "el ansia de ser que
el hombre padece". Si el hombre es, fundamentalmente,
un ansia, en la tradición heredada de Ortega
es la incompletez, la carencia en busca de colmarse.
¿No es esta, mutatis mutandis, la revelación
del deseo que encontramos de Freud a Lacan?. ¿No
es ésta la más clara expresión
del padecer la trascendencia?. El hombre, como ser inacabado
que coloca, en la herida de esta incompletez, la razón
ontológica de su padecimiento, que se irradia
hacia las formas del mundo.
Inacabamiento
del ser y el mundo que se expresa, en la filosofía
de Zambrano, de manera incomparable, en la metáfora
de la ocultación: en ese lugar inacabado del
ser y el mundo, en ese lugar de la carencia se coloca
el signo del ocultamiento, y, sabemos desde Lezama que
todo lo que permanece oculto se sacraliza; la aporía
muestra de este modo su esplendor: la carencia, la incompletez,
por arte del ocultamiento, se sacraliza, alcanza un
signo de plenitud: el padecer se convierte en trascendencia
y, la trascendencia, por los caminos del ansia, en padecimiento:
"La forma primaria en que la realidad se presenta
al hombre -nos dice Zambrano- es la de la completa ocultación,
ocultación radical; pero la primera realidad
que al hombre se le oculta es él mismo".
Ser y realidad, por su condición de ocultamiento,
deben ser continuamente interrogados (de allí
la necesidad del la conciencia crítica), y deben
ser revelados; de allí la conjunción de
logos filosófico y logos poético; de allí
que las figuras de la visión y la ceguera, tan
importantes, por ejemplo, para filósofos como
Paul de Man, se encuentran como trasfondo de este discurso.
"El que mira -nos dice en este sentido Zambrano-
es por lo pronto un ciego que no puede verse a sí
mismo". Esa ceguera es también la del lenguaje
que nombra las cosas del mundo, de allí el hallazgo
de la palabra, a la vez poética y filosófica,
que propicie la visión y el asombro en el seno
del ocultamiento.
El
padecer y el trascender dibujan la figura del hombre
que avanza atenazado por la realidad, en el ansia misma
del vuelo, por desprenderse del peso de la vida, del
peso de la temporalidad, el que nos impone la vida como
contracara de la muerte. El ser hecho de tiempo que
es, como decir, hecho de la fragilidad de la vida y,
en el sentido heideggeriano, para la muerte. "La
función primaria del sujeto -nos dice Zambrano-
es disponer de tiempo, disponer en el tiempo de lugar
adecuado para que las diversas formas de realidad se
alojen". Ese "alojamiento" de la realidad
se hace visible en la finalidad, de allí que
la asunción de lo temporal, desde la noción
de la redención en el judeocristianismo hasta
la "promesa de felicidad" de la historia,
tal como la concibe la modernidad, es una glorificación
del futuro; una ceguera sobre la fragilidad del ser
en la afirmación del sentido final de la existencia.
LAS TRES VIAS
Es
posible decir, con Zambrano, que el hombre ha seguido
por lo menos tres vías, en su ansia de trascendencia,
para liberarse del peso del tiempo; de ese peso que
es la herida misma de la fragilidad.
La
primera de esas vías es la valoración
el instante, acaso la intuición poética
esencial, desde Mallarmé, que se presenta como
la superación del peso del tiempo, en el seno
de la temporalidad. ¿No es la valoración
del instante, en el devenir, lo que le permite a Nietzsche
superar el abismo del nihilismo ante la conciencia de
la discontinuidad de la vida?. ¿No es la intuición
de Holderlin, retomada fervorosamente por Heidegger,
de la poesía como fundamento de lo permanente,
una valoración del instante poético?.
¿No es ésta la concepción de la
poesía que expone Bachelard al pensarla como
metafísica instantánea, como intuición
del instante?. La valoración del instante, ese
ser que tiende a no ser, según la aporía
agustiniana, es la refutación misma del tiempo
como transcurrir, del tiempo que nos destruye, según
palabras de Lezama Lima. Así, en ese ansia de
ser, en la resistencia misma ante el tiempo que se precipita,
"la vida se busca en el presente, se despierta,
sucesivamente, para buscar presentes donde encontrase
y producir una forma". En la refutación
del tiempo, el instante se hace "unidad cualitativa
del tiempo".
La
segunda vía es la del sueño, pues por
este camino nos escapamos del tiempo para constituirnos
en los hechizados, los del viaje por los confines de
la vida que es, en un resplandor, "un eterno retroceder
y un hundimiento". Por el sueño participamos,
podríamos decir, de la cantidad hechizada intuida
por Lezama, superamos lo causal, ese desfiladero del
vivir que nos proporciona la máscara de un sentido,
y vivimos la existencia como la fiesta de la discontinuidad.
"En los sueños -señala Zambrano-
aparece la vida del hombre en la privación del
tiempo". ¿No es la resistencia al tiempo,
tenáz y seguramente inútil, una de las
secretas razones de toda expresión estética?.
Quizás por ello Albert Béguin concibió
el romanticismo como una poética del sueño,
y los surrealistas consideraron el soñar como
experiencia similar a la experiencia poética.
Desde el sueño "la ocultación"
se vive como revelación y lo causal queda permanentemete
refutado por inesperadas formas que se abren al escándalo
del absurdo. En su hermosa reflexión sobre esa
"otra vida en sombra" que es el soñar,
María Zambrano nos habla del "sueño
del obstáculo", ese que coloca al ser en
un camino abierto hacia un centro que, sin embargo,
no puede ser recorrido; refutación de lo causal
que sumerge el vivir en una dimensión del absurdo
que pertenece a la vida, pero en ocultación.
El agrimensor que, desde la aldea no puede recorrer
la distancia que lo separa del Castillo, sin una causa
aparente, y a pesar de que los demás van y vienen,
revela una condición del ser en ocultamiento,
señala el obstáculo que refuta al gran
dador del sentido, lo causal, y revela un sin sentido
del existir.
La
tercera vía es la de la construcción (y
destrucción) de lo divino. Zambrano se pregunta:
"¿Cómo han nacido los dioses y por
qué?". "¿Por qué ha habido
siempre dioses, de diverso tipo, ciertamente, pero,
al fin, dioses?. Pues dondequiera que volvamos
la
vista, descubrimos dioses aunque de distintas especies".
El hallazgo de Zambrano es asombroso: el hombre no es
producto de los dioses sino éstos invención
de los hombres, surgidos de una matríz esencial
que hace que el hombre tienda espontáneamente
hacia la deificación, la matríz que hace
del hombre el ser para la trascendencia y que, como
sabemos, lo convierte en el único animal que
mira al cielo.
Pero
entre el hombre y los dioses se crea un abismo, el de
la inaccesibilidad de los dioses, quienes sólo
abrirán hacia los efímeros el puente del
sacrificio, por medio de lo que Kierkegaard llamó
el temor y el temblor. Solo una religión del
amor hará accesible a los dioses, y eso sólo
es posible en la inversión del sacrificio: del
sacrificio del hombre al sacrificio de Dios. Pero esa
inversión producirá la destrucción
de lo divino. Zambrano observa los signos de este proceso
de destrucción ya en los presocráticos,
así en Heráclito, para quien el universo
no es obra de ningún dios, "sino el resultado
del fuego central que se alumbra con medida y se extingue
con medida"; así también en Lucrecio,
para quien, "en el caso de que haya dioses, no
se ocupan para nada de los hombres". Ese proceso
de destrucción se encontrará después
en la pregunta de Job, pues, "la actitud de preguntar
supone la aparición de la conciencia", se
continuará en la crucifixión, el acto
de accesibilidad a lo divino por la muerte misma de
Dios, y tendrá uno de sus últimos avatares
en la crítica de la verdad en Nietszche, donde
Dios sufre su segunda muerte: destrucción de
lo divino que dará origen al espectacular proceso
de secularización en occidente.
Creación
y destrucción de lo divino, como una manifestación
de la sacralidad que le es consustancial al ser y que
abarca toda la existencia, la íntima estructura
metafísica que convierte al ser, como reitera
María Zambrano, en el del padecer su propia trascendencia.
© Víctor Bravo 1998
Profesor Titular de la Universidad de los Andes
Espéculo.
Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid
El
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