ANTONIO
CARVAJAL: EL POETA Y LA CRITICA
A
la vista de su dilatada producción impresa entre
1968 y la fecha de hoy (vid. § I.1.1), el lector
juzgará que no andaba descaminado Sanz Villanueva
cuando, hace más de una década, apuntó
que Antonio Carvajal llevaba paso de convertirse «en
un poeta caudaloso» (Sanz Villanueva [1984: 452]).
Algo hay de cierto, desde luego, en el calificativo:
en una entrevista imprescindible para conocer los entresijos
de su biografía intelectual y su proceso creativo,
Carvajal se confiesa dotado de una «enorme facilidad»
para la versificación y muy consciente a un tiempo
del riesgo que tal cosa supone (Valls [1995: 175]).
Ahora bien, la prolija bibliografía primaria
del poeta granadino -que puede ampliarse todavía
más acudiendo a la pormenorizada noticia que
incluyen las últimas páginas de Miradas
sobre el agua (§ I.1.1., [1993])- resulta un tanto
engañosa: abundan en ella plaquettes que constituyen
anticipos de libros en marcha; exquisitos pliegos artísticos
de tirada exigua en que letra y plástica se hermanan;
poemarios contrahechos a base de textos de diversa época
y procedencia que se subsumen, totalmente o no, con
disposición y vecindario nuevos, en otros volúmenes
de mayor entidad... A la luz de las reflexiones de Carvajal
sobre las artes y las letras (Valls [1995: 173-174 et
passim]), tales impresos ocupan un lugar y una parcela
de sentido notables en el conjunto de su obra, en tanto
objetos semióticos diferenciados que podrían
participar sin mayor problema de las consideraciones
que Prat [1983b] y Camandone de Cohen [1986b] dedican
a Casi una fantasía (1963, aunque publicado en
1975). Sin embargo, aun reconociendo su innegable relevancia
en la producción del autor granadino, esas cuestiones
deben ubicarse propiamente en la periferia del texto
literario, de suerte que aquí las orillaremos
en beneficio de los libri maiores de Antonio Carvajal:
§ I.1.1., [1968]; [1973]; [1975]; [1979]; [1981]
-recogidos en la summa de [1983] junto con el hasta
entonces inédito Sol que se alude-; [1982c];
[1984a] -que asume de nuevo Servidumbre de paso-; [1984c];
[1988]; [1990c]; [1993] y [1996].
Este volumen textual propicia que Carvajal se nos muestre,
en efecto, como uno de los más prolíficos
entre aquellos poetas que arribaron al trajín
de las prensas en torno al traído y llevado Sesentayocho.
A estas alturas, su presencia en diversas antologías
(§ I.1.2.) es también importante, si a las
de primera hora o prospectivas (Martín Pardo
[ed., 1970], con asequible reedición de [1990:
16-24], y Batlló [ed., 1974: 123-141]) sumamos
las de carácter más historicista, retrospectivo
o didáctico: García Posada [ed., 1988
(2ª): 210-213], primera edición de 1979;
Rubio-Falcó [edd., 1982 (2ª): 330-332, 357-359,
395]; Palomero [ed., 1987: 227-242]; Martín Pardo
[ed., 1990: 100-120]; Batlló [ed., 1995: 157-158,
431-432, 448-449], etc. Tampoco faltan varias selecciones
consagradas en exclusiva a la lírica de Carvajal,
alguna publicada incluso allende nuestras fronteras:
§ I.1.2., [1980], [1994a], [1994b] y [1996]. Estos
muestrarios vienen a menudo acompañados de encuadres
y comentarios críticos, o bien de otros materiales
de interés: tal sucede con la antología
de Genara Pulido, quien repasa la producción
carvajalina libro a libro y aporta un cuidado registro
de bibliografía secundaria que complementa al
nuestro (cfr. al respecto Sánchez Ibáñez
[1996]), en particular por lo que se refiere a entrevistas,
recensiones y otros trabajos aparecidos en prensa de
alcance regional: Pulido Tirado [ed., 1992: 49-56, 77-80].
En consonancia con lo hasta aquí expuesto, el
autor va encontrando acomodo en los epítomes
y prontuarios críticos de conjunto. Muy adecuadas
caracterizaciones de su poesía, aun contando
con las limitaciones inherentes a este tipo de obras,
proporcionan tanto Palomo [1988: 152-153], Barrero Pérez
[1992: 292] o García Martín [1992: 105-106],
quien atempera sus menos favorables opiniones anteriores
(cfr. García Martín [1983]), como el reciente
y ya imprescindible Diccionario de Gullón [ed.,
1993: 296b-297a]. También pueden consultarse
Marco [1980: 129; y 1986: 152], Miró [1980: 378-379],
Sanz Villanueva [1984: 452], García de la Concha-Sánchez
Zamarreño [1987: 89, 94], Carrasquer [1988: 309ss.],
Navarro [1989: 52] y Mainer et al. [1992: 299], amén
de obras de vocación generalista, como la Gran
Enciclopedia de Andalucía [1979: 722c-723a],
con un excelente artículo de síntesis,
o la Gran Enciclopedia de España [1992: 2288].
Al margen de lógicas diferencias en el encuadre,
todas estas fuentes destacan un par de rasgos muy patentes
en la producción del autor que nos ocupa: su
virtuosismo técnico-formal poco común
y su entronque con la tradición poética
barroca, con una muy notoria presencia de la «escuela
antequerano-granadina» y Góngora.
En estos mismos aspectos ha centrado básicamente
su interés la bibliografía específica
sobre Antonio Carvajal -véase por vía
de ejemplo García Posada [1983b]-, que durante
la última década ha adquirido ya una notable
entidad. Una visión de conjunto aún válida
conforma el ensayo que en su día compuso Emilio
Miró a partir de Servidumbre de paso (Miró
[1982]), y otro tanto puede decirse de la entusiasta
recensión con que García Posada [1983a]
saludaba la aparición de Extravagante jerarquía.
También constituyen aceptables revistas de carácter
general -si bien han acusado más el paso del
tiempo- las de Villar Ribot [1984] y Ortiz [1982], uno
de los contados críticos que inciden en una cierta
dimensión política del discurso carvajalino,
en el que vislumbra actitudes vecinas al marxismo, algo
que puede confrontarse con las declaraciones del propio
poeta a Valls [1995: 181ss.]. De índole global
son asimismo García Martín [1983] y Camandone
de Cohen [1986a], artículo este que, sin embargo,
apunta más que atina. Escasas novedades aportan,
en fin, la nota de González Herrán et
al. [1985: 157-158] o la relectura didáctica
de Celma [1995].
Lejanos quedan pues aquellos momentos iniciales de relativa
postergación -a pesar de madrugadoras reseñas
tan elogiosas como la que Miró [1969] dedicó
a Tigres en el jardín- que coincidieron de lleno
con el turbión novísimo. Una vez serenado
éste y decantadas sus corrientes, no podía
pasar inadvertida la voz singular del poeta granadino,
la originalidad de sus planteamientos -y en este caso
tan socorridas apostillas no son gratuitas-, en buena
medida plasmada mediante la vuelta a la tradición
y al cultivo riguroso de las formas canónicas,
en unos tiempos que parecen decididamente escorados
hacia el versolibrismo. Cuestión que, por cierto,
cabría replantear sin desdeñar de antemano
la subrepticia reminiscencia de los patrones estróficos
clásicos más abiertos bajo versos supuestamente
libres. Quien suscribe coincide plenamente en tal punto
con Carvajal (apud Valls [1995: 186]), de cuya preocupación
por los cauces formales brinda asimismo testimonio una
parte de su actividad académica e investigadora,
cifrada en trabajos como el que referimos en §
I. 2. [1995]. Para este último aspecto resultan
también muy esclarecedoras las notas de Carlos
Villarreal a De un capricho celeste (Villarreal [1986
y 1988]).
La enorme pericia técnica de Antonio Carvajal
no elude el cultivo de estrofas exquisitas y complejas
(liras, sextas rimas, décimas, sextinas, el soneto
en toda su riqueza...), preñadas de sorprendentes
recursos expresivos (Prat [1983b y 1983d]; García
Martín [1983]; Villarreal [1988]; Tortosa Linde
[1984]) que encauzan el plano del contenido con el rigor
que siempre estipularon los dictados de las mejores
preceptivas y con una maestría que, a buen seguro,
hubiera hecho las delicias de Roman Jakobson. Se equivocaría
quien considerase todo ese entramado como mera pirotecnia
ornamental. Nada tan lejos de la realidad. Carvajal
opera por aemulatio antes que por simple imitatio, estableciendo
así un vivificante diálogo con sus modelos
y referentes literarios (López [1989; y 1990:
51-52]; también Prat [1983c: 198; y 1984] o García
Posada [1983b]), que son básica aunque no exclusivamente
los clásicos de lengua castellana, en un sentido
lato: porque el poeta no se limita -aunque esto sea
lo más evidente- a reelaborar modos y motivos
de nuestros grandes manieristas y barrocos, con Góngora,
Soto de Rojas, Pedro de Espinosa y Quevedo a la cabeza;
sino que por igual asume, absorbe y nos devuelve sutilmente
transmutados -o «transustanciados»: Villarreal
[1988: 89-90]- a Garcilaso, Meléndez Valdés,
los modernistas, Juan Ramón, Gabriel Miró,
Pío Baroja, Blas de Otero, al Veintisiete, a
los cordobeses de Cántico -presencia esta que
ya resaltó, a propósito del primer libro,
Miró [1969]-, por mencionar tan sólo unos
cuantos nombres que dan razón de la dispar variedad
de fuentes en que el autor ha bebido. No podía
ser de otra manera en el caso de un poeta que concibe
la literatura como sistema de reenvíos, de referencias
cruzadas (Valls [1995: 164]). Quien quiera encontrar
elencos más completos podrá recurrir a
los trabajos de Prat, que enumera listas a veces apabullantes
(Prat [1983c: 198; y 1984]; cfr. Villarreal [1989] y
Tortosa Linde [1984: 158-159 y n. 7]). Entre los influjos
foráneos, el de Paul Valéry se manifiesta
decisivo en la arquitectura de Casi una fantasía
(Prat [1983b]; García Posada [1983a]; Valls [1995:
168-169]).
Todo esto ha conocido varios trabajos que ensayan deslindes
concretos con resultados irregulares. En su perspicaz
nota introductoria a «Con sagradas palabras»,
Carlos Villarreal incide en una «constante del
autor: la referencia a un mundo cultural, el católico,
asimilado en su niñez y mocedad, y que, más
o menos velado, se manifiesta a lo largo de toda su
obra poética», y pone al descubierto por
añadidura todo el procedimiento intertextual
que vertebra la colección: Villarreal [1989].
Francamente desafortunado es en cambio el intento de
Mas Ferrer [1993] por rastrear las huellas de Miguel
Hernández en el discurso de Carvajal. Sin duda
las hay, pero se echa en falta más rigor y convicción
en este ensayo surgido al calor de unas pompas memorativas.
Por su parte, las resonancias de Soto de Rojas son evidentes
y muy ostentosas: presiden Servidumbre de paso (1982),
donde dan pie a glosa, variación y paráfrasis
continuadas. Ecos más discretos pueden encontrarse
asimismo en composiciones de otros libros. Sus alcances
han sido evocados por Egido [1991: XVI-XVII] y correctamente
estudiados por Tortosa Linde [1984], quien además
comenta la notable influencia de Gracián, de
cuya obra el poeta granadino ha tomado prestados, entre
otras cosas, los epígrafes Extravagante jerarquía
y «Emulada canción».
Pero sin duda ha sido Ignacio-Javier López el
estudioso que más ha avanzado en estos terrenos.
Disecciona López [1989] la arquitectura de Del
viento en los jazmines (1984), libro enteramente gobernado
por la intertextualidad, cuyos amplios efectos ejemplifica
el crítico de modo muy convincente a partir de
las tesis de Riffaterre. Ello le sirve para iluminar
las ricas modulaciones burlescas o elegíacas
-está de por medio la muerte de Ignacio Prat,
valedor y amigo fiel de Carvajal- del volumen bimembre.
A esta presencia de la tradición, no sólo
literaria, que está muy lejos de significar un
lastre, ha dedicado el mismo crítico algunas
páginas sustanciosas de un trabajo en que carea
textos -y actitudes- de Carnero, Siles, Carvajal y Alejandro
Amusco (López [1990: 51-53, 56]).
Contra lo que un lector poco avisado pudiera figurarse,
los aspectos descritos no están puestos al servicio
de una sensibilidad arqueológica o revivalista,
sino muy (post)moderna, «de honda contemporaneidad»
(Vilas [1988]). Algo de esto avistó Umbral en
su temprana y oportuna recensión de Tigres en
el jardín (Umbral [1969]). Tan peculiar comentarista
señalaba allí una raíz común
que alentaba bajo las poéticas en apariencia
divergentes surgidas a fines de los sesenta: el hastío
ante ciertos -muchos- modos y maneras de la poesía
de las décadas inmediatamente anteriores. Hastío
y esceptismo no exentos de «sesgo irónico»
(Umbral [1969: 3]), que, en su grado máximo,
desemboca en la autorreferencia de carácter paródico
(Villarreal [1986]).
Según ya postulaba García Martín
[1983: 93], los extremos hasta ahora comentados «convierten
a Antonio Carvajal en uno de los más característicos
representantes del rasgo generacional que consiste en
la exhibición de cuanto de artificioso hay en
la obra literaria». Claro está que el crítico
se refería a la que hoy suele denominarse «generación
del 70", en sustitución del más restrictivo
marbete castelletiano de todos conocido. Algo de eso
puso de relieve Martín Pardo, el primer antólogo
que prestó atención al quehacer poético
del granadino; véase el prólogo a su reedición
de [1990: 11-14]). El tiempo se ha encargado de poner
las cosas en su sitio, desvelando definitivamente puntos
en común que pasan por la atención renovada
al lenguaje artístico y confirman el diagnóstico
avanzado por Umbral. Para la inserción de Carvajal
en los parámetros poemáticos del momento
pueden verse los esclarecedores trabajos de García
Martín [1992], Carnero [1983], Vilas [1996] y,
muy especialmente, García de la Concha [1986].
Tampoco lo hizo mal en su rápido y madrugador
repaso Vicente Granados, quien no andaba desviado al
situar a Carvajal entre aquellos coetáneos que
cultivaban «la palabra desusada por su efecto
fónico, como ya lo había intentado Rubén
Darío» (Granados [1974: 157]), por más
que este tipo de afirmaciones generales sea siempre
matizable. La relevancia del autor en el seno de su
«generación» ha sido asimismo defendida,
con más voluntad que acierto, por Camandone de
Cohen [1986a].
Otros temas y facetas de la lírica carvajalina
han merecido una atención menor o más
colateral. En un estudio poco resolutivo, Almela Boix
[1988] se ocupa de «Retablo con imágenes
de arcángeles», sección inicial
de Tigres en el jardín. Incide así en
la temática angélica, tan notable en la
poesía del granadino, que cuenta con la más
amplia aproximación de Valverde Villarreal [1986],
trabajo de índole académica inédito
hasta el momento.
En su ensayo sobre De un capricho celeste, Lanz [1990]
insiste en las vinculaciones simultáneas de la
lírica carvajalina con el Barroco y la contemporaneidad,
desvela la concepción sub specie musicae del
libro -algo que era fundamental en Casi una fantasía-
y pondera su rica dimensión simbólica.
Gran poeta amoroso y vital, Antonio Carvajal no puede
dejar de inscribirse en una remozada tendencia que valora
la «palabra esencial», según ha puesto
de relieve Ciplijauskaité [1991]. Matizan oportunamente
estos aspectos García Posada [1985] y Vilas [1988].
Como particular desarrollo simbólico del tema
del amor cósmico, fuerza multiforme y omnipresente
capaz de unificar esferas y planos contrapuestos (cfr.
Miró [1969 y 1982]), De un capricho celeste echa
mano del elemento acuático, a un tiempo que el
poeta será ave intermediaria entre cielos y tierra,
y la Naturaleza, concebida ante todo como jardín,
como hortus conclusus, se erigirá en marco óptimo
para los episodios de amor y desamor (Lanz [1990]).
De ese ingrediente o «elemento celestial»
en un amplio sentido -esto es, «pájaros,
soles, ángeles y cielos», pero también
«lo recurrente y los círculos concéntricos»,
las esferas, la luz y el fuego- se ha ocupado asimismo
Ordovás [1996]: junto con otras sugestivas claves
para una lectura integradora, este artículo elucida
el poderoso trasfondo tolemaico y neoplatónico
que subyace bajo la rica imaginería carvajalina.
Desde la publicación de Serenata y navaja (1973),
Carvajal tuvo su valedor máximo en Ignacio Prat,
quien más tarde reseñaría con igual
puntualidad Casi una fantasía (1975) y Siesta
en el mirador (1979). Los virulentos textos pratianos
constituyen por sí solos un capítulo -muy
bien analizado ahora por Vilas [1996]- en la consabida
polémica en torno a los novísimos. Pueden
verse conjuntamente en Estudios sobre poesía
contemporánea, póstumo volumen compilatorio
del crítico aragonés, y formando epílogo
a Extravagante jerarquía. De ambos lugares resultó
excluida otra reseña de Siesta en el mirador
(Prat [1984]), reimpresa en Poesía en el Campus
[1996]. Este mismo volumen monográfico incluye
también una recensión de Extravagante
jerarquía firmada en 1983 por José Mercado
y en su momento inédita: Mercado [1996].
Carvajal es artífice de discreto laborar, poco
amigo de ese tipo de reflexión autocomplaciente
sobre el oficio poético que tanto se prodiga.
El lector avezado sabrá espigar las claves oportunas
entre los versos mismos, como han señalado con
buen criterio Martín Pardo, y Provencio . Por
lo demás, la entrevista concedida a Valls en
1988, tantas veces mencionada a lo largo de estas páginas,
bastará para satisfacer más exigentes
curiosidades.