|


Él
es el despertar de cada
mañana
el
haz de luz que entra por
mi ventana
y
me acaricia con su
calidez.
Él
es mi desayuno de
ilusiones,
un
poema, una canción.

Él
es mi caminar por las
calles
e
imaginar su voz en el
canto de los pájaros,
la
brisa que acaricia mi
rostro,
el
aroma a flores
silvestres que guardan
su pasión.
Él
es el tiempo que no
tengo
pero
busco para estar con él,
la
ternura hecha palabras,
mi infinita devoción.

Él
es la hoja seca de otoño
que cruje entre mis
pasos
y
el brote perfumado de un
pimpollo en flor
Es
el amor perenne de las
cuatro estaciones,
es
un soplo de vida, un
eterno principio sin
fin.
Es
el sonido suave del
silencio en mis plegarias,
es
conexión divina, es la
entrega de mi alma,
mi
sublime rendición.

Él
es lo inexplicable,
el
sabor oculto de una
fruta inmadura
el
jugo dulce del fruto de
la vida,
los
sabores del mundo
conjugados en su piel.
El
es el espejo del Alma
del Mundo
que
refleja la esencia dulce
y pura
de
la vida en cada cosa.

Es
el velo de la vida que
se corre y me invita a
vivir.
Es
el éxtasis del
encuentro,
el
erotismo que desprende
su llegada,
la
seducción hecha
palabras.
M
e recuerda al Amor y es
eterno
como
es eterno el amor que le
profeso,
porque
lo palpo en el aire con
solo pensarlo.

El
es plenitud de amor,
sintonía de espíritu
y
la verdad más dulce que
guarda mi alma.
El
es la eterna presencia
del amor.
Mónica
Leffler, 2002.

|