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Extracto
del poema " Es tiempo de unión " de Gioconda
Belli 1970


El
amor rige al mundo y lo abarca todo.
Pero
cada amor es una propiedad, un modelaje, un diseño único
y una creación personal.
Cada uno hace del amor universal, su amor
particular y le pone su talla, su figura, su personalidad,
su arte y su marco.
Todo
el mundo tropieza con él y todo el mundo lo vive.
Pero
cada uno le pone sal de su mar, miel de su panal
y
estrellas de su cielo.
Por
eso cada uno tiene su peculiaridad, su distintivo,
su
sello especial y su “estilo amoroso.”
Hay
“amor de torbellino”, que todo lo revuelve.
“Amor
de espuma”, que se disuelve con el viento.
“Amor
de roca”, que todo lo resiste.
“Amor
de ola”, que todo lo inunda.
Y
“amor de río”, con mucho caudal en su corriente,
muchas
palabras en su canto ¡y mucha abundancia en su
desembocadura!
El
amor es universal, pero con características particulares.
Hay
“amor de cascada”.
Es amor que se despeña.
No
es corriente que canta, que hace camino, que marca la
vida.
Hay
“amor de árbol”, que no sólo fecunda y da flores,
sino
que nutre con su savia y dora el fruto con su fuego.
Hay
“amor de volcán”, lleno de piedras, de destrozos y de
cenizas.
Hay
“amor de mar”, lleno de oleajes, de mareas, de
misterio.
Que
no para hasta tocar fondo en el corazón.
El
amor tiene especialidades que lo distinguen.
Hay
“amor de detalle”, lleno de gajos pequeños
que
hacen el ramo grande de la felicidad.
Hay
“amor absorbente”.
Asfixia tanto que ahoga.
Abacora
tanto, que apresa. Te
cerca de tal manera que te encadena.
Se
adueña tanto, que te pierde.
Hay
“amor de costumbre”, lleno de monotonía, de impavidez
y desgano. No
nació así: tú le has ido transmitiendo la decadencia.
Hay
“amor de lago” que al reflejarse, ¡hace subir!
“Amor
de montaña” con las estrellas cerca y la cima
florecida.
Y
“amor de playa” donde quieres descansar,
quieres
vivir y quieres anclar.
Hay
“amor de equilibrio”, sin excesos en el frío ni en el
calor;
lleno
de esa tibieza y ese ambiente de calidez
que
hace acogedor un buen nido.
Hay
“amores bien cultivados”.
Saben caminar y dejar huellas,
tener
alas y volar, vibrar con el amor y entregarse,
teñir
las realidades y adornar los sueños.
Hay
“amores resecos”, sin rocío para amanecer,
sin
lluvia para ablandar, sin pulpa para crecer ¡y sin sueños
para volar!
Hay
“amores tallados”.
Están
bien pulidos, tan bien dosificados,
con
tanta filosofía, arte, música y colores,
que
pregonan la armonía y la paz.
Tienen
tanta “magia” que llega a adquirir categoría de
milagro.
Hay
“amores de celos”. Siempre están temerosos.
Siempre
se sienten amenazados. Por cualquier rendijita ven
fantasmas. Viven obsesionados por ese solo punto
y
acaban obsesionando la mente y lesionando el amor.
Hay
“amor compacto”.
No tiene huecos, agujeros ni fisuras.
No hay dolor que los separe.
No hay pared que los incomunique.
No
hay silencio que los aísle y no hay cicatriz que los
marque:
¡son
de una sola pieza!
Porque,
amigos, el amor no es un éxtasis:
está
envuelto en una realidad.
El
amor no está hecho de tacañería,
sino
de esplendidez y de abundancia.
El
amor no es un detalle del conjunto, sino el núcleo fuerte
de la unión.
El
amor no es hilo suelto: es un empate de dos nudos.
No
es trabajar en mi propio plan:
es
trabajar en el plan de la familia ¡y en el plan de Dios!
Hay
“amores sin contenido”.
Les
falta lucidez, equilibrio, eje central, cordones que
amarren,
motor
que impulse y barco seguro.
Hay
“amores sin estrategia”.
Sin
color, sin sabor, sin perfume.
No
cambian el paso, no se enardecen, no crean.
No
cierran los ojos, no buscan el alma ¡y no se apasionan
para vivir!
Hay
“amor de globos de colores”,
que
al contacto con la realidad, se desinflan y se los lleva
el viento.
Hay
“amor de movimiento”.
No
paran, viven de fiestas, viajes y compromisos sociales.
No
se conocen por dentro.
No se divierten juntos.
No se ven el alma.
Y
aparece ese vacío escurridizo, disfrazado y astuto,
a
derribarles el amor.
El
“amor de adolescencia” es limpio y fresco, soñador y
romántico,
pero
le falta madurez y crecimiento:
¡vive
un amor que todavía no ha llegado!
El
“amor de juventud” es apasionado, ciego, caudaloso y
desbordado. Vive
un amor a borbotones, sin colocar el medidor en el justo
medio que la realidad necesita.
El
“amor de madurez” es intenso, penetrante, habilidoso y
sabio.
Vive
creciendo, haciéndose jugoso, sazonando el fruto
¡y
realizando su misión!
El
“amor de vejez” es de penumbra, como de
lamparita.
De
tronco, como de Ceiba bien plantada.
Un
amor dulce, como de ternura acumulada.
¡Amor
de dos rosas puestas en las manos de Dios!
El
amor tiene raíces en todas las ramificaciones de la vida,
motor para todas las hazañas del camino; tiene pupilas
dulces para el dolor, resistencia para vencer ¡y la
gracia de Dios para poder llegar!
El
amor lo llena todo.
El
amor es la luz que alumbra los hechos.
Es
la sabiduría que no enseña ningún libro.
Es
la medida que tenemos para todo.
Es
la espalda fuerte para cargar las cruces.
Es
la alegría para un buen servidor.
Es
el grano que fermenta la vida
¡y
la chispa interior que alumbra el alma!
Hay
que prender el amor en el ojal del mundo para humanizarlo.
Subir
con él la montaña de la vida, para llenarla de rosas.
Y
vivir en actitud amorosa para todo y para todos.
Recordemos
que hay cumbres que sólo se consiguen con amor.
Hay
sueños bajo el ala que sólo se realizan con amor.
Hay
muchos espacios del alma que sólo se mueven con amor.
Hay
muchas oscuridades que sólo se aclaran con amor.
¡Y hay mucha vida que sólo con amor vale la pena
de vivirse!

"
Características del amor" de Zenaida Bacardí de Argamasilla
del
libro: " Con las alas abiertas"



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