Santuario de Nuestra Señora de la Cinta

Ubicación: Avda. Manuel Siurot, en el Conquero y junto al Barrio de La Orden

Líneas de autobuses urbanos: v6. Nos deja en la parada de la Avenida de la Cinta.  A pie: dada la distancia existente, lo mejor es desplazarse en automóvil o usando algún servicio público (tlf. de taxis: 959 250 022)

Tipología: edificio declarado como Bien de Interés Histórico Artístico de Huelva

Cronología: Siglos XV-XX

Horarios de visitas: en horas de culto, prácticamente todo el día (Tlf.: 959 155 122)

Galería de imágenes del Santuario de la Cinta

Este santuario, donde se venera la imagen de Nuestra Señora de la Cinta, Patrona y Alcaldesa Perpetua de Huelva, está situado a la entrada del barrio de la Orden, en lo alto del cabezo del Conquero, a tres kilómetros del centro de la capital siguiendo el antiguo camino de Gibraleón, y dominando las marismas del Odiel.

El edificio original, de estilo mudéjar, edificado en tiempo de los Reyes Católicos, ha sufrido numerosas transformaciones que modificaron su estética primitiva; no obstante, aún conserva los rasgos estilísticos del siglo XV que se emplean en el Monasterio de la Rábida. Hacia 1.890 se utilizaba como lazareto para los viajeros que se dirigían a la capital. Algunos autores creen que fue una antigua edificación musulmana.

En la explanada del santuario, que mira a la marisma, se levanta una cruz de hierro forjada procedente de la céntrica Placeta de la capital, que era su emplazamiento original. Se accede al recinto a través de un amplio atrio edificado en el siglo XX, concretamente en 1.955, tal y como reza uno de sus azulejos; rodeado en tres de sus lados por arcos de medio punto. Al frente se encuentran las tres entradas del templo, correspondiendo cada una de ellas con las tres naves de las que se compone éste. La del centro es la más antigua y conserva en su arco de herradura los rasgos de su ascendencia mudéjar. Las tres están construidas en ladrillo y encuadradas por alfices. Además, en el atrio se ubica un altorrelieve de la Trinidad atribuido a Susillo. Las columnas de mármol adosadas a la pared fueron las utilizadas, según la tradición, en el “milagro del moro”, obra de Pedro Fernández. Cuenta la tradición que un moro mandó realizar a un cristiano un arca de madera y, encerrándole en la misma, tomó un gallo, le cortó el pescuezo y exclamó: “cuando este gallo cante obtendrás tu libertad”. Seguidamente, cerró el arca, echándole dos mármoles encima. El imprevisible milagro hizo que, además de recuperar su vecino la libertad, se convirtiera al cristianismo. Por último, también merece la atención el Escudo de Armas de los Garrocho, procedente del antiguo Convento de San Francisco de la capital; y una lápida cerámica con la salve marinera.

La cubierta de la iglesia es de artesonado de alfarje, con tirantes en la nave central y a un agua en las laterales; la capilla mayor, de planta cuadrada, tiene una bóveda barroca, y las laterales son modernas, fruto de posteriores obras de mejoras y reformas, aunque también realizadas en ladrillo-como el resto de la iglesia-, si bien éste se encuentra encalado. De 1.920 datan los azulejos del presbiterio, obra de Daniel Zuloaga.

En los jardines se instaló provisionalmente un ajimez del siglo XVI, procedente de la fachada de una casa de la céntrica Calle Puerto, a la espera de una ubicación definitiva. Realizado en ladrillo con dos arcos cairelados, presenta un parteluz de alabastro que soporta a las arquivoltas y que está rematado por un sencillo capitel de volutas retorcidas. Todo el conjunto descansa sobre un ancho alféizar.

El interior es de planta rectangular, con tres naves que se encuentran rematadas por ábsides de cabecera plana. Las tres se hallan a mayor altura que el resto de la iglesia, e incluyen unas escalinatas para poder acceder a dicho nivel. A los pies de la nave central y también en lo alto aparece el coro. Para la separación de las naves se usan arcos apuntados que, en número de tres, se apoyan en cuatro pilares con semicolumnas y los ángulos ligeramente achaflanados. Varios autores apuntan que el empleo de este tipo de soporte se aplicaba genéricamente, con ligeras modificaciones, en las construcciones erigidas en la región hacia 1.500, observándose este patrón común en otras iglesias como las de San Pedro y La Concepción, como alternativa al uso del pilar sevillano tradicional, que se ve relegado por el empleo continuado del pilar ochavado, del de molduraje y de la columna. Los capiteles de las columnas del Santuario son muy lisos, cúbicos, y solamente presentan los ángulos rebajados.

Destaca la delicada labor de forja realizada en la barandilla del pequeño coro, ubicado a la izquierda de uno de los altares, en cuya grada se pueden observar unos interesantes azulejos que reflejan la tradición mudéjar. Labrada en hierro en el siglo XVI, se forma con seis finos balaustres que componen tres zonas. Al reproducir el mismo dibujo los laterales, abarcan el espacio de balaustres y, enlazados a ellos, se desenvuelven afrontados dos tallos a manera de contrapostas, decorados con gusto por anchas hojas rizadas y por vástagos que brotan a uno y otro lado, rematados por estrellas. En la zona central, el motivo principal es una espiga cuadrangular, cuyo pie adorna una flor repujada de seis pétalos, y que se encuentra coronada por una diadema floreada sujetada al talo por dos varillas oblicuas.

En el retablo barroco se halla la imagen procesional del siglo XVII, obra de José Fernando de Medinilla. La puerta de acceso a la Capilla de la Virgen Chiquita, en caoba, es de Andrés Bravo; además otras obras destacadas son la Trinidad, de Pedro Gómez; las imágenes de San Sebastián y San Roque, el paso procesional, en plata, de Seco Velasco (1.940), reformado por Domínguez Vázquez; el Niño Jesús, obra de Álvarez Duarte; y un óleo de la Virgen de Guadalupe.

La devoción por la Virgen de la Cinta es para algunos autores anterior a la edificación del santuario, remontándose al siglo XIII. Manuel Alonso Pérez de Guzmán, conde de Niebla, mandó que una imagen de Nuestra Señora de la Cinta presidiese el altar mayor del convento de la Merced, que fundó en 1.605. Siempre evocó una especial veneración entre los marineros, y en la fundación de la hermandad de Nuestra Sra. de la Cinta en 1.762 ya se notaba la presencia de muchos de ellos como hermanos de la misma. Sin embargo, la más conocida de las invocaciones marineras que buscaban el amparo de la virgen la realizó mucho antes Cristóbal Colón, quien conocedor de la particular devoción a la Virgen de la Cinta de los marineros que le acompañaban, especialmente los de la villa de Huelva, se encomendó a ella en el azaroso regreso del primero de sus viajes a América el 2 de marzo de 1.493.

Cuenta la tradición que en el año 400, en la antigua carretera de Gibraleón a Huelva, un devoto llamado Juan Antonio, de profesión zapatero, junto a su mujer Lucía, a la altura del actual humilladero, le sobrevino un repentino y fuerte dolor, por lo que el buen zapatero se encomendó a la Virgen y, ciñéndose un cinto que encontró, le desapareció el dolor, por lo que en el mismo lugar mandó construir una pequeña ermita, el humilladero, y en la misma pared recomendó a un pintor que tenía recogido llamado Pedro Pablo que pintase a la Señora, representándola sentada con el niño en los brazos, en cuero y con zapatos en atención al zapatero, y con un cinto en la mano. La Virgen en la mano izquierda sostiene una granada, dando a entender las virtudes y gracias que puso Dios en esta Señora.

La imagen venerada está alojada en la hornacina central del retablo del altar mayor. El icono mural, realizado al fresco en los primeros tiempos de la Reconquista con fuerte influencia bizantina, ha sufrido numerosas alteraciones y, ante los destrozos que se le ocasionaron en 1.936, hubo de ser totalmente restaurado. Representa a la Virgen de rostro alargado en actitud sedente mirando a la izquierda del espectador, con larga cabellera tendida que descansa sobre el nimbo dorado, cubierta por un rico manto ceñido al cuello que se pliega sobre el regazo en su parte derecha donde se sienta el Niño, que parece que quiere coger con una mano la granada que porta su madre, mientras que con la otra sostiene la cinta que cae hasta el suelo. Dos ángeles se superponen a un fondo de flores doradas en actitud de coronar a la Virgen. Hoy en día la imagen que podemos observar es una tabla pintada recientemente que preserva el fresco original y que se habilitó superponiéndose en él, adelantando para ello el retablo del altar mayor sobre el paramento. La festividad en honor a Nuestra Sra. de la Cinta se celebra el 8 de septiembre, congregando a miles de fieles. Fue el 11 de marzo de 1.964 cuando Pablo VI declara en Roma la Bula de la proclamación canónica del Patronato de Nuestra Señora de la Cinta sobre Huelva.

Apenas a medio kilómetro del santuario se encuentra la capilla del Humilladero, siguiendo la antigua carretera de Gibraleón, hoy Avenida de Cristóbal Colón. Se trata de un pequeño oratorio de reducidas dimensiones (tres metros de lado por otros tres de alto hasta la cornisa) y de planta cuadrada, edificado en ladrillo y enlucido con cal. Posee una cornisa de escaso vuelo con una sencilla moldura que divide los parámetros laterales de la cobertura de la edificación. Dicha cobertura consiste en una ancha cúpula de casquete semiesférico que se encuentra coronada por una almena, similar a las que rematan cada uno  de los ángulos superiores de la capilla. Actualmente, posee solo un acceso conformado por un arco de medio punto que se cierra con una reja de hierra del siglo XVIII, y en los muros laterales se han transformado los arcos en ventanas cerradas también por rejas. El cuarto frente se cegó al erigir un pequeño altar donde se instaló una imagen de la virgen.