Monumento a Colón

Ubicación: se sitúa al final de la Avda. Francisco Montenegro, en la zona conocida como Punta del Sebo (Tlf.: 959 257 403). No existen líneas directas de autobuses hasta el Monumento, y teniendo en cuenta que dista de la ciudad unos 5 kilómetros en dirección sur, lo más aconsejable es desplazarse en automóvil o en taxi (teléfono: 959 250 022)

Tipología: monumento vinculado a los Lugares Colombinos

Cronología: Principios del siglo XX

 

Galería de imágenes del Monumento a Colón

El monumento más emblemático de la ciudad es el dedicado a la Fe Descubridora. Situado en la confluencia de los ríos Tinto y Odiel, fue diseñado por la escultora norteamericana Miss Whitney. Se ubica en el lugar denominado Punta del Sebo, a unos 4 kilómetros de la ciudad, una pequeña península en forma de flecha que se adentra en las aguas fluviales justo en el punto de confluencia de los ríos Tinto y Odiel. Cuando no existía el actual puente sobre el Tinto, construido en 1.970, un pequeño muelle permitía cruzar la amplia ría en transbordadores con destino al embarcadero de la Reina, en La Rábida.

La idea de erigir un monumento a Colón en las proximidades de Palos, pueblo vecino a la capital, se le ocurrió a W. H. Page, abogado y financiero norteamericano que visitó los Lugares Colombinos en 1.917. El proyecto fue acogido con entusiasmo por la escultora G. V. Whitney y los asistentes al banquete conmemorativo del Columbus Day en Philadelphia (Estados Unidos) en 1.926, los cuales acordaron instituir el Columbus Memorial Fundation Inc. con el objeto de que fueran los ciudadanos de los Estados Unidos quienes sufragasen dicho monumento. En la mencionada fundación participó el presidente de aquella nación, Mr. C. Coolidge, siendo la iniciativa bien recibida por los Reyes de España.

El 3 de Noviembre de 1.926 los integrantes del Columbus Memorial Fund. tomaron contacto con el presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Huelva, pidiéndole el lugar idóneo donde levantar el monumento. Éste se dirigió a la Junta de Obras del Puerto, quien decidió, junto a la Real Sociedad Colombina y al Círculo Mercantil, que la mejor zona era la conocida por Punta del Sebo, dando frente al canal del Padre Santo, por donde salieron las carabelas descubridoras. El terreno de marismas sobre el que se asentaría el monumento debería ser antes rellenado y acondicionado, para las grandes crecidas, ya que el muro que rodearía a la colosal estatua debería besar las aguas del Odiel, siempre por la parte delantera y, en ocasiones en que las mareas fueran muy grandes, por los laterales. La parte de atrás quedaría unida a la carretera que iba hasta el muelle de Riotinto y el puerto onubense (la hermosa Avenida de La Rábida, hoy Francisco Montenegro)

El 17 de marzo de 1.927 llegó a Huelva para entrevistarse con las autoridades y visitar el lugar escogido la escultora de la obra, Gertrude V. Whitney, quien quedó encantada del carácter sencillo de las gentes de la ciudad, de su hospitalidad y, sobre todo, de su entusiasmo. Quería Miss Whitney que los navegantes al entrar en Huelva vieran la colosal figura del Descubridor abrazada a la cruz, ya que en ningún otro sitio hubiera tenido el monumento tan soberbia perspectiva. Antes de marchar, dijo que este monumento solo sería comparable, por el estilo de realización, al dedicado a la Libertad en Nueva York, siendo este homenaje “el segundo en importancia de cuantos existían en el mundo”.

Una vez concluidos los trabajos de afianzamiento del firme y de prolongación artificial del terreno (que constituyeron una meritoria labor de ingeniería), se procedió al levantamiento de la colosal estructura. Ésta  no fue concebida como un retrato de Colón, sino como un símbolo del espíritu de la Católica España que se proyectó al nuevo mundo. Así, trabajaron en ella artistas y obreros americanos, italianos, franceses, rumanos, húngaros y varios españoles (en un artículo publicado por la prensa local se calificaba al lugar como “una especie de Torre de Babel, en la cual el único ruido común entendido por todos era el de los mazos al caer sobre los cinceles”). Fue realizada en piedra procedente de las canteras de Niebla, bajo la dirección técnica del francés M. Auliffe y su ayudante Arístides Mian, siguiendo el plano y las observaciones de G. V. Whitney. La escultora volvería una vez más, en enero de 1.929, para supervisar los trabajos que se estaban efectuando en el monumento, de acuerdo con su maqueta original. Desde que las primeras piedras llegaron a la zona, los onubenses se preguntaron cómo sería la obra que la escultora norteamericana iba a construir en la ciudad. Ya entonces comenzó la polémica ciudadana sobre la ubicación de tan importante monumento, en aquella época muy alejada de Huelva, hecho que perjudicaría a las posteriores visitas, tanto de los propios onubenses como de los foráneos interesados en contemplar la efigie.

Y el 21 de Abril de 1.929 llegó a la ciudad. Huelva tenía la sensación de que por fin se le hacía justicia a los Lugares Colombinos, olvidados por los directores de la Exposición de Sevilla de ese mismo año. En La Rábida fueron recibidos por la Sociedad Colombina y los frailes el Presidente del Consejo, el embajador de los Estados Unidos y su señora,  el Ministro de Marina, Miss Whitney, el Duque de Alba, Mrs. Perey Blair, el presidente de la Columbus Memorial Fundation, los comandantes del Raleigh y Almirante Cervera, marinos de ambos buques, personalidades significadísimas de Norteamérica y España y las autoridades de la ciudad. Ni el vendaval ni la lluvia quitaron hermosura al acto de entrega del monumento, que tuvo toda la solemnidad de los uniformes, músicas militares, desfiles de la marinería americana y española, y los cruceros que disparaban sus cañones, y a lo lejos, la espadaña del monasterio a la otra orilla del Tinto. Para la ocasión, se contó con el altar que contenía el cuadro de la Virgen de la Cinta, el cual presidió el acto de inauguración. Bendecido el monumento, un banquete de más de 500 comensales ofrecido en la misma Punta del Sebo fue el remate de aquel día imborrable para la historia de la ciudad. Poco después, el Ayuntamiento nombraría a la insigne escultora hija adoptiva de la ciudad.

Sobre tres escalones desiguales se eleva el pedestal en forma de prisma truncado de sección cuadrangular. En lo más alto de éste y en cada una de sus cuatro esquinas aparecen bajorrelieves que representan las civilizaciones anteriores al descubrimiento (la egipcia, con los faraones y la raza negra; la inca y maya, culturas primitivas; la cristiana de Europa; y la asiática, simbolizada por dos figuras de mujer y la alegoría del islamismo y el budismo). Este formidable basamento sustenta una escultura de bulto de gran tamaño formada a base de bloques de piedra labrados uno a uno y unidos con cemento. Representa a un hombre de pie, abrazado a una cruz en forma de T, envuelto en un grueso manto que le cubre la cabeza, mirando al frente en dirección al océano, al Atlántico inmenso.

El interior del pedestal es hueco, conteniendo una cámara cuyas paredes están decoradas con relieves de mapas, escudos y otros elementos simbólicos (representaciones del mundo antes conocido, y después del descubrimiento, nombres de los tripulantes de las carabelas, de los miembros de la Columbus Memorial Fundation, etc). Presidiendo la estancia, se encuentra un grupo escultórico sedente que representa a los Reyes Católicos, con las manos unidas. Junto a esa escultura, el escudo de los Reyes, en piedra de Caên, obra de M. Mian. A ella se accede por un vano adintelado situado en el frontal de dicho basamento. Todo el conjunto alcanza una altura de 37 metros, disponiéndose sobre una triple escalinata cercada por la espalda con una cadena sustentada en pilares y cañones invertidos. Las obras de acondicionamiento del lugar terminaron en 1.983.

Tal y como se ha comentado anteriormente, la autora no pretendió hacer un retrato realista de Cristóbal Colón, sino una representación plástica de la Fe Descubridora, de la heroica defensa de una idea contra el parecer de todos y de su no menos heroica puesta en práctica con riesgo de la propia vida. Significa también el espíritu de la civilización occidental que se proyecta hacia el Nuevo Mundo. La idea quedó materializada en una estructura de severa simplicidad en armonía con la grandeza del concepto. La figura se caracteriza por su hieratismo esquemático, que le atribuye una rica potencialidad simbólica que menguaría si se hubieran prodigado los detalles. En la composición se detectan ciertos rasgos cubistas, presentes también en los frescos rabideños de Vázquez Díaz. Desde su inauguración, se ha convertido en el mayor símbolo de la capital onubense.

En 1.956, la Sociedad Colombina descubrió junto a Davis Lodge, embajador de los Estados Unidos en España, una placa conmemorativa junto al monumento, recordatoria de la gran hazaña colombina, que actualmente se conserva, y que reza así:

“Esta estatua fue donada en 1.929 al pueblo español por el pueblo de los Estados Unidos como expresión de amistad a la nación cuya generosidad y clara visión hicieron posible el descubrimiento de Colón. Erigida bajo los auspicios del Columbus Memorial Fundation . Escultora: Gertrude V. Whitney. En 1.956 John Davis Lodge, embajador de los Estados Unidos descubrió esta placa para reafirmar la amistad de los dos pueblos”.

El Monumento ha sido testigo de importantes eventos locales, nacionales y mundiales: por citar algunos, tendríamos el paso de la antorcha olímpica por las tierras colombinas, rumbo a los Juegos Olímpicos de Méjico en 1.968, la construcción del puente sobre el Tinto, inaugurado en 1.970 o la celebración el 15 de marzo de 1.971 del aniversario del regreso de las Carabelas Pinta y Niña a Palos. Pero si hubiera que citarse un hecho crucial para la historia de la ciudad que el monumento vivió de cerca, fue sin lugar a dudas, la instalación, a sus espaldas, en 1.964 del Polo de Promoción Industrial, que vendría a sacar a Huelva del subdesarrollo en que se hallaba inmersa. Dicho polo supondría unas consecuencias muy negativas para la escultura, sobre todo a partir de 1.970, cuando los humos comenzaron a ensuciar la parte posterior del monumento, así como el costado orientado hacia el margen del río Odiel.

Ante ello, la Real Sociedad Colombina inició las medidas tendentes a su recuperación. Un año antes, el 3 de Agosto de 1.980 dicha entidad celebró su primer centenario de existencia descubriendo una placa conmemorativa junto al monumento. Las obras de restauración no comenzarían hasta un 3 de Agosto del año 1.981, concluyendo el 12 de octubre de ese mismo año las obras básicas, y días después las de jardinería y restauración de bordillos, poyetes y zonas periféricas, empleando para ello unas tres mil quinientas horas de trabajo, seis mil kilos de piedra que sustituirían a las originales, y un horario de trabajo que iba de siete y media de la mañana a cinco de la tarde (esta vez, todos los obreros empleados en la obra fueron contratados en la ciudad). Por otro lado, aquel año se propuso trasladar la colosal escultura hacia la punta del nuevo Espigón de contención de arenas que se estaba construyendo en la barra de Saltés (obra que permitiría un mayor calado de entrada al puerto de Huelva), para evitar mayores desperfectos ocasionados por la contaminación, pero dicha propuesta fue afortunadamente desestimada.

Tras la restauración, en diciembre de ese mismo año se le dotó al monumento de luz eléctrica, ante la previsión de posibles recepciones turísticas y ciertos actos destacados para años sucesivos. Asimismo, se instaló luz indirecta en la base del monumento, para permitir la visión en horas en que la luz solar fuese pobre en el recinto. El Monumento a la Fe Descubridora vivió otro momento decisivo para la historia colombina, como fue la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América en 1.992. Si bien son muchas las voces que se quejan del poco uso actual del monumento y su escasa atracción turística, en parte debida a la relativa lejanía de la ciudad, a pesar de que la Junta de Obras del Puerto y la Propia APH han velado por su cuidado hasta nuestros días.