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La Huelva Tartésica

La ocupación del lugar vino condicionada por el propio medio físico, caracterizado por una topografía jalonada por pequeñas elevaciones, conocidas localmente como "cabezos", cuyas laderas medias y altas fueron ocupadas por cabañas de planta ovalada con estructura y cubierta vegetal, de las que apenas nos queda una poco profunda huella excavada en el suelo. En este ambiente del Bronce Final, cuya principal característica, al margen de la arquitectura efímera de las cabañas, es la existencia de una vajilla cerámica cocida en hornos reductores y formada por vasijas hechas a mano, pero con un tratamiento bruñido de sus superficies en cazuelas, copas, vasos y soportes, encontramos los primeros elementos ajenos a la cultura tartésica.

Cabezo del Conquero.
Fueron las excavaciones realizadas en el cabezo de San Pedro en los años 1.977 y 1.978, las que dieron como resultado el hallazgo de un muro edificado con mampuestos de pizarra y un tirante central formado por sillares calizos dispuestos a soga y tizón. Si dicha técnica constructiva es ampliamente conocida y utilizada en Oriente y su margen cronológico también es amplio y diverso, en el caso de Huelva es de destacar no sólo por sus características constructivas y su posible funcionalidad, sino también por lo que supone como hito en el proceso de orientalización de la sociedad tartésica, ya que debe fecharse, al menos, en la primera mitad del siglo VIII a.C.
Dado el tipo de construcción y el lugar en el que se ubicó, apoyado en la ladera del cabezo, parece tratarse de una solución arquitectónica para paliar el problema del desprendimiento de tierras de los cabezos, que ocasionaría graves daños a las cabañas ubicadas en las laderas, tal y como ha venido sucediendo hasta la actualidad; de ahí que se considere como muro de contención y no como de defensa, ya que el poblado quedaría fuera del supuesto lugar a defender y en el que, además, no se encuentran evidencias de ocupación.
Este
elemento arquitectónico, de marcado carácter y filiación oriental, está
apoyado en niveles estratigráficos indígenas e incluso su primer nivel de
colmatación también corresponde a esta ocupación autóctona. Y en ninguno de
ellos aparecen cerámicas a torno, ni otros elementos que modifiquen el ámbito
de lo que hasta ese momento caracterizaba al poblado de Bronce Final.
Esta
obra y un pequeño fragmento de oinochoe hallado en el primer estrato de
colmatación del muro, son los únicos indicadores materiales de un contacto
inicial relativo a la presencia de grupos foráneos; sin embargo, ello no impide
el que se presuma la necesidad de una relación previa, que no ha dejado huella
material, que permita con posterioridad poder llevar a cabo la construcción del
muro de San Pedro. A estas evidencias hemos de sumar la existencia de un
fragmento de pyxide geométrica fechado en la primera mitad del siglo
VIII a.C., hallado fuera de contexto arqueológico en un solar de la calle
Palos y cuya presencia se ha explicado como uno de los primeros productos
traídos por los fenicios.
La existencia de tales contactos se intensifican y se hacen más evidentes a lo largo del siglo VIII, siendo constantes durante todo el siglo VII a.C., en el que a través de las excavaciones se ha podido constatar las profundas transformaciones experimentadas por la sociedad tartésica de una manera rápida y permanente. Así, es de destacar que mientras en la vajilla cerámica se produce la incorporación generalizada de la técnica del torno, lo que supone un destacado y continuo aumento de las cerámicas orientalizantes, tanto de las de engobe rojo como la denominada gris, junto con las urnas, los vasos oxidantes y las ánforas, la arquitectura revela una gran actividad económica, al ser continuado e intenso el proceso edificatorio, que tiene lugar de forma sucesiva y en un corto intervalo de tiempo.

A la izquierda, habitaciones con pavimentos de arcilla roja, halladas en el nº 12 de la Calle Puerto. A la derecha, muro fenicio en el Cabezo de San Pedro.
En
este sentido y desde ya entrado siglo VIII a.C., se generaliza el uso de
estructuras constructivas hechas con zócalos de piedra que forman dependencias
cuadrangulares con paredes de tapial y techumbre vegetal. Estas
"habitaciones" se completan, en algunos casos, con pavimentos de
arcilla roja que se generalizan en el siglo VII a.C., acompañando tanto a muros
enteros de tapial como a aquéllos que tienen la base de mampuestos. Estos
pavimentos son muy frecuentes y habituales, estando muy generalizada su
presencia en cualquier tipo de edificio, pues no están destinados en exclusiva
para su uso en templos o santuarios.
Sin embargo, la transformación arquitectónica y el elevado nivel de riqueza que se observa entre los pobladores de esta ciudad tartésica, expresado en la necrópolis de La Joya y reflejado en una permanente actividad constructiva, desde el siglo VIII a.C. hasta principios del VI a.C., no significa el abandono definitivo del tipo de arquitectura propia tartésica en cabañas, ya que se ha podido constatar su pervivencia en el cabezo de San Sebastián todavía a mediados del s. VI a.C
Las
evidencias arqueológicas, por tanto, muestran que en dicho período cronológico
la actividad comercial entre tartesios y fenicios fue intensa estuvo
fundamentada en la metalurgia de la plata, producto de primer orden en el
intercambio entre los habitantes de Huelva y los comerciantes mediterráneos, lo
que constituyó la base de la economía tartésica y cuya evidencia arqueológica
más evidente es la presencia de diversos hornos metalúrgicos.
El
establecimiento de estas gentes foráneas en el puerto de Huelva ha de
considerarse, por lo que hasta ahora se conoce, distinto al modelo de las
colonias fenicias de la costa malagueña, pareciendo que el grupo que
permaneciera en este puerto debió asentarse junto y con la población indígena;
y no tanto para ocupar y controlar el territorio como para actuar de agentes
comerciales que sirvieran para el mantenimiento de los vínculos económicos que
motivaron su llegada.
A partir del siglo VI a.C. y con una sociedad ya muy orientalizada, el comercio en el puerto de Huelva no estuvo establecido de forma exclusiva con los fenicios, sino que estos agentes tuvieron que compartir el mercado tartesio con los comerciantes griegos, si bien la presencia de éstos no supuso ni dio lugar a transformaciones tan evidentes en la sociedad tartésica como las provocadas por la cultura fenicia

Horno para fundir metales (calle Puerto, 6)