La muerte de Bolívar
cambia radicalmente la situación politica,
económica y social de Manuela: la Libertadora queda
desamparada en Bogotá y a merced de sus enemigos. Es
despojada de su grado militar y, sin renta
correspondiente, expulsada de Colombia.
Se traslada a Jamaica,
llegando a tal situación de pobreza que se ve
obligada a realizar menesteres humildes para ganarse
el sustento, tales como envolver cigarrillos. No
siendo suficientes esos ingresos decide vender parte
de sus pertenencias.
Emprende viaje al
Ecuador para arreglar su situación económica con el
cobro de deudas pendientes y hacerse cargo de la
hacienda "Catahuango". No llega a Quito y
nunca entra en posesión de su hacienda ni de otras
pertenencias. El presidente constitucional Vicente
Rocafuerte supone que su regreso tiene por objeto
tomar venganza por el asesinato de su hermano José
María a manos de las tropas del Gobierno; asimismo
le preocupa el poder político y militar de Manuela,
hecho por el cual la destierra sin consideración
alguna.
Manuela sólo logra
llegar hasta Guaranda donde es aprisionada por las
autoridades y trasladada inmediatamente a Guayaquil
para su ulterior destierro a Paita, Perú.
Al llegar a Paita,
Manuela es recibida por los habitantes con cariño y
afecto, quienes organizan en su honor varios festejos
populares, además, de la entrega de un pergamino
conmemorativo firmado por los principales de este
puerto.
En Paita realiza
grandes esfuerzos para sobrevivir, recurriendo a la
preparación de dulces y confites, tejidos de
crochet, venta de cigarrillos, tramitaciones
aduaneras y traducciones inglés-español. No
obstante las circunstancias adversas, Manuela sigue
siendo una mujer extraordinaria. Se cuenta que muchos
niños fueron bautizados bajo su madrinazgo, con la
única condición de que se llamasen Simón o Simona.
A pesar de su
situación política, la Libertadora no se desvincula
de los sucesos de su tierra natal. Constantemente
escribe al general Juan José flores dando cuenta de
las actividades de sus enemigos en el sur del Ecuador
ya que Paita fue el refugio de opositores políticos
de los regímenes de turno y de desterrados del
Ecuador.
Manuela estuvo siempre
dispuesta a colaborar con sus coterráneos, entre
ellos, el mismo Gabriel García Moreno a quien ayudó
a conseguir casa de habitación. A pesar del cariño
que Manuela recibió de los vecinos de Paita, se
sintió sola al no tener familia ni amigos cercanos
y, lo que era mucho más, sin el amor de Simón
Bolívar; solamente su gran fuerza de carácter la
hace sobrevivir ante el total desamparo.
En largos momentos de
reflexión, Manuela recuerda su vida a través de los
diarios, cuyas páginas son de profundo contenido
filosófico, recordándose unas veces con tristeza y,
otras, con burla, de ciertas situaciones y de sí
misma. Queda encendido su amor y veneración para
Bolívar: "...Qué señor mío este Simón para
robar mis pensamientos, mis deseos, mis pasiones. Lo
amé en vida con locura, ahora que está muerto lo
respeto y lo venero...". (1)
Los diarios de Manuela
resaltan su capacidad de heroína y, si cabe de
mártir, lo cual le confiere un sitio destacado en la
historia por derecho propio. Ningún detractor ha
podido comprobar que Manuela tuviese un romance antes
de conocer a Bolívar o mientras tuvo relaciones
afectivas con éste; y al haber muerto El Libertador,
Manuela mantiene incólume su fidelidad.
Las difamaciones de
las que fue objeto no pudieron comprobarse nunca.
Manuela no realizó acto alguno que la avergonzara o
ridiculizara ante El Libertador; mientras estuvo en
Paita, donde transcurrió la última etapa de su
vida, fue ejemplo de dignidad y corrección para
todos aquellos que la conocieron.
Como distracción y,
jocosamente vengativa, Manuela tenía una jauría de
perros a los cuales puso los nombres de los generales
que fueron contrarios a ella y que habían
traicionado a Bolívar: Páez, Córdova, Santander y
Lamar.
Durante la estancia de
Paita, Manuela recibe constantes visitas de
personalidades políticas de aquella época, como la
de Giuseppe Garibaldi (25.7.1840). En su diario narra
con exquisito gusto el grato encuentro en el cual
éste le dedica un verso de Dante, escrito de su
puño y letra. (2) En febrero de 1843, Manuela recibe
la visita de Simón Rodríguez, tutor de Simón
Bolívar, quien deseaba conversar con alguna persona
que recordara al Libertador.
El 7 de febrero de
1855, llega don Carlos Holguín, joven político
colombiano, con quien recuerda temas y pasajes de la
vida del Libertador, que nunca antes había comentado
con nadie. Recibe también, el homenaje de personajes
como Ricardo Palma y otros.
Durante 1855 y 1856,
Manuela continúa en el puerto sin incentivos que la
ayuden a salir de la tristeza y abandono en que se
halla. Ya no escribe cartas a sus familiares y amigos
de Quito, puesto que se cansó de pedir favores y
recibir ingratitudes. Esta situación merma su
férrea vitalidad y la sume en la soledad, propia de
grandes personajes en el ocaso de sus días.
Al llegar noviembre de
1856, el puerto de Paita es asolado por una epidemia
de difteria. La peste se propaga con tal virulencia
que la mayor parte de la población sucumbe. En casa
de Manuela, todas se enferman. Jonathás, quien fuera
su sirvienta y compañera desde la niñez en
travesuras y campañas militares, muere el 23 de
noviembre de 1856. Pocas horas después,
Manuela Sáenz cierra los ojos para siempre.
Mientras los restos
mortales de Manuela son sepultados en el cementerio
general de la ciudad y, después de varios años,
exhumados y depositados en el olvido de una fosa
común, las autoridades sanitarias ordenan la
incineración de las casas infectadas por el mal.
Cuando las llamas se apoderan de la casa de Manuela,
el general Antonio de la Guerra se hace presente en
el sitio y recupera entre los escombros, con la ayuda
de dos de sus sirvientes, un arcón semiquemado, que
contiene documentos personales, objetos y recuerdos
de Manuela.
Muerta Manuela, se
podría pensar que se respetara su memoria y que
terminaran las tergiversaciones apresuradas y
mentiras sobre su conducta, muchas de ellas,
inventadas por enemigos políticos o escritores
fantasiosos en busca de éxito. Sin embargo, ni en
vida ni en muerte cesaron las infamias.
La batalla de Ayacucho
consolidó la independencia de América Latina y
Manuela fue la heroína de esta contienda: por ende,
su fama y prestigio deberían ser continentales; mas,
no sucedió así. Sus detractores y enemigos
políticos se cebaron en los vituperios y
maledicencias, motivados por egoísmos y
resentimientos creados por la envidia de verla en el
poder y la gloria junto a Bolivar.
Por ésta y otras
obscuras razones, las cartas Intimas, diarios y
documentos históricos y políticos de Manuela Sáenz
y Simón Bolívar fueron ocultados durante más de
130 años. Querían sus detractores, que la historia
ignorara y no reconociera los altísimos méritos de
la heroína. Este conjunto de documentos, que se
encuentran bajo mi custodia y que me pertenecen
gracias a que, en los últimos años, he tenido la
suerte de rescatar este invalorable patrimonio
histórico ecuatoriano demuestran, que no lograron su
objetivo.
Notas :
1. Sáenz Manuela,
Diario de Paita.
2. Idem.