No he de callar por más que con el dedo
ya tocando en tu boca o en tu frente
silencio avises o amenaces miedo.

¿Nunca ha de haber un espíritu valiente? 
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

      Francisco de Quevedo

 

              ¿Qué es la vida? Un frenesí.  
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,  
y el mayor bien es pequeño,  
que toda la vida es sueño, 
 y los sueños sueños son.

     Calderón de la Barca

 

 

 

Y que yo me la llevé al rio
creyendo que era mozuela,
pero tenia marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encienderon los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del rio.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revólver.
Ella, sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frio.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la llevé del rio.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al rio.



Federico García Lorca
 

 

 

* La DeSeSPeRaCióN...

(Atribuida a José de Espronceda)

Me gusta ver el cielo
Con negros nubarrones
Y oir los aquilones
Horrísonos bramar,
Me gusta ver la noche
Sin luna y sin estrellas,
Y sólo las centellas
La tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
De muertos bien relleno,
Manando sangre y cieno
Que impida el respirar,
Y allí un sepulturero
De tétrica mirada
Con mano despiadada
Los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
Caer mansa del cielo,
E inmóvil en el suelo,
Sin mecha al parecer,
Y luego embravecida
Que estalla y que se agita
Y rayos mil vomita
Y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
Con su ronco estampido,
Y al mundo adormecido
Le haga estremecer,
Que rayos cada instante
Caigan sobre él sin cuento,
Que se hunda el firmamento
Me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
Que corra devorando
Y muertos apilando
Quisiera yo encender;
Tostarse allí un anciano,
Volverse todo tea,
Y oír como chirrea
¡Qué gusto!, ¡qué placer!.

Me gusta una campiña
De nieve tapizada,
De flores despojada,
Sin fruto, sin verdor,
Ni pájaros que canten,
Ni sol haya que alumbre
Y sólo se vislumbre
La muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
Solar desmantelado,
Me place en sumo grado
La luna al reflejar,
Moverse las veletas
Con áspero chirrido
Igual al alarido
Que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
Lleven a los mortales
Y allí todos los males
Les hagan padecer;
Les abran las entrañas,
Les rasguen los tendones,
Rompan los corazones
Sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
Que inunda fértil vega,
De cumbre en cumbre llega,
Y arrasa por doquier;
Se lleva los ganados
Y las vides sin pausa,
Y estragos miles causa,
¡Qué gusto!, ¡qué placer!.

Las voces y las risas,
El juego, las botellas,
En torno de las bellas
Alegres apurar;
Y en sus lascivas bocas,
Con voluptuoso halago,
Un beso a cada trago
Alegres estampar.

Romper después las copas,
Los platos, las barajas,
Y abiertas las navajas,
Buscando el corazón;
Oir luego los brindis
Mezclados con quejidos
Que lanzan los heridos
En llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
Pedir a voces vino,
Mientras que su vecino
Se cae en un rincón;
Y que otros ya borrachos,
En trino desusado,
Cantan al dios vendado
Impúdica canción.

Me agradan las queridas
Tendidas en los lechos,
Sin chales en los pechos
Y flojo el cinturón,
Mostrando sus encantos,
Sin orden el cabello,
Al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!.

 

 

A MIS SOLEDADES VOY...
(De "La Dorotea")


A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.
No sé qué tiene la aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mi mismo
no puedo venir más lejos.

No estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.

Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a si mismo
un ignorante soberbio.

De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.

El dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento;
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.

La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo,
su locura en su arrogancia,
mi humildad en su desprecio.

O sabe naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.

Sólo sé que no sé nada,
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad
adonde lo más es menos.

No me precio de entendido,
que desdichado me precio;
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?,

No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.

Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más,
otros por carta de menos.

Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres,
que desde entonces no ha vuelto.

En dos edades vivimos
los propios y los ajenos;
la de plata, los extraños,
y la de cobre, los nuestros.

¿A quien no dará cuidado
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno?

Dijo Dios que comería
su pan el hombre primero
con el sudor de su cara
por quebrar su mandamiento,

y algunos inobedientes
a la vergüenza y al miedo,
con las prendas de su honor
han trocado los efectos.

Virtud y filosofía
peregrinan como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.

Dos polos tiene la tierra,
universal movimiento;
la mejor vida el favor,
la mejor sangre el dinero.

Oigo tañer las campanas,
y no me espanto, aunque puedo,
que en lugar de tantas cruces
haya tantos hombres muertos.

Mirando estoy los sepulcros,
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.

¡Oh, bien haya quien los hizo,
porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños!

Fea pintan a la envidia,
yo confieso que la tengo
de unos hombres que no saben
quién vive pared en medio.

Sin libros y sin papeles,
sin tratos, cuentas ni cuentos,
cuando quieren escribir
piden prestado el tintero.

Sin ser pobres ni ricos,
tiene chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones, ni pleitos.

Ni murmuraron del grande,
ni ofrecieron al pequeño,
nunca, como yo, firmaron
parabién, ni pascua dieron.

Con esta envidia que digo
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.

Lope de Vega

 

 

 

 

 

 

 

Se seguirán añadiendo poesias ....