XVII Edición del Country Rendez-Vous Festival, Craponne-sur-Arzon (Francia), 23, 24 y 25 de Julio de 2004

Asistir de manera consecutiva a ocho ediciones de un festival –que ya llevaba nueve previas- significa ver la evolución de muchas cosas. Menos el recinto –siempre el mismo, ese campo de trigo recién segado a las afueras de Craponne-sur-Arzon, en la Haute Loire- y el entusiasmo de los organizadores, todo lo demás ha sufrido algún tipo de cambio en el Country Rendez-Vous Festival (http://perso.wanadoo.fr/country.rendez-vous.festival). Desde hace algunos años el escenario ya cuenta con espectaculares juegos de luces y con pantallas gigantes de video; el público ha aumentado en número y en diversidad de procedencia; los servicios (restauración, lavabos, tanto del recinto del festival como del cámping adjunto) han sido mejorados; el número de tiendas de venta de discos y de artículos vaqueros ha terminado por superar, juntamente con los mencionados tenderetes de venta de comida, el perímetro de la finca para empezar a ocupar su espacio interior; y, finalmente, hemos visto como las tendencias musicales y de la industria discográfica se reflejaban en el cartel de las distintas ediciones.

El final de los 90 representó el desembarco del sonido Nashville más prefabricado y domesticado, un ejercicio estéril de control de la rentabilidad sobre el arte, con actuaciones calculadas al milímetro y despojadas de duende. Visto con la perspectiva del tiempo, aquello era poco más que la puesta en escena de una Operación Triunfo ávida de encontrar al nuevo Garth Brooks o a la nueva Shania Twain. Para ello la industria utilizaba, y sigue utilizando aún hoy en día, en el peor sentido de la palabra, la ilusión de jóvenes e inexpertos artistas en busca de la fama y del dinero. De muchos de ellos ya nunca más se supo (Redmon & Vale, Jason Sellers, por ejemplo), y puede que este paso por las implacables multinacionales discográficas haya sido para ellos la lección más dura que hayan debido de aprender. Todo muy legal, mucha camisa blanca y corbata a rayas, singles en la radio comercial, algún video en la CMT, popularidad a raudales por un corto espacio de tiempo y, sobretodo, una gran deuda a devolver con ventas de discos y/o conciertos. Felicidades para los ejecutivos, pues. En el Country Rendez-Vous Festival el público contempló dichas actuaciones con el máximo respeto, pero con una mínima complicidad. Todo lo contrario que suscitaban actuaciones mucho menos glamourosas pero infinitamente más interesantes en lo artístico como las de Tish Hinojosa, Steve Earle, Lonesome River Band, Kathy Mattea, Kathy Chiavola o Pam Gadd, por poner ejemplos estilísticamente bien diferenciados. Atentos al agotamiento de este modelo, a partir del año 2000 los organizadores del festival fueron pivotando alrededor del eje de la música country para hallar y ofrecer esos artistas y esos estilos que estaban en plena fase de crecimiento, tanto artístico como comercial. Las cabezas de cartel pasaron pues a ser artistas como Trent Summar, Dale Watson, Hal Ketchum, BR549, Guy Clark & Verlon Thompson, Rhonda Vincent o Jack Ingram, quienes ofrecieron unas actuaciones intensas, honestas, singulares, amenas y de calidad. Ciertamente, éstos fueron momentos inolvidables para los que tuvimos la fortuna de estar allí.

Este año el vuelco se ha producido hacia la música de procedencia tejana, en una doble vertiente: por un lado, con artistas ya consolidados (aunque con trayectorias de duración muy distinta, por razones de edad, como Billy Joe Shaver, Ponty Bone, Wayne Hancock y Reckless Kelly), y por otro artistas acabados de llegar a la escena musical pero sobre los que se ciernen muchas esperanzas de cara al futuro (Jason Boland & The Stragglers, Randy Rogers Band y Cross Canadian Ragweed). El cartel se presentaba altamente interesante, pero había el riesgo de que algunas actuaciones, especialmente las de las jóvenes bandas tejanas, fueran redundantes. La verdad es que fue peor que ésto: Jason Boland & The Stragglers (http://www.thestragglers.com), Randy Rogers Band (http://www.randyrogersband.com) y Cross Canadian Ragweed (http://www.crosscanadianragweed.com) hicieron poco más que un ensayo pagado, con un sonido mal ecualizado y ofensivo a los oídos, y estuvieron claramente más preocupados de gustarse que de gustar. Seguramente en las noches de los sábados en Austin y frente a un puñado de colegas universitarios algo borrachos estas sutilezas son poco importantes, pero no pasan desapercibidas ante un público tan formado como el de Craponne, que después de diecisiete ediciones ya no toma gato por liebre tan fácilmente. Cuando a uno le pagan el viaje en avión a otro continente, la estancia de varios días en régimen de estrella y un buen fajo de billetes las cosas hay que hacerlas de otra manera. Randy Rogers, Jason Boland y Cody Canada pueden llegar a ser grandes cantautores, pero todo ese talento puede no ser suficiente para desarrollar una carrera artística de éxito si siguen olvidándose de lo fundamental: tocar para un público, tocar para gustar, y con humildad, como hacen los verdaderamente grandes.

El salto generacional en cuanto a actitudes se aprecia ya en los nacidos tan sólo una década antes. Los Reckless Kelly (http://www.recklesskelly.com), con los hermanos Braun a la cabeza, tocaron más alto y tocaron más rápido que ninguno de los antes mencionados, pero sobretodo tocaron mucho mejor y tocaron para gustar al público. Nada que no hicieran ya Jack Ingram, Guy Clark, Dale Watson o BR549 en ediciones pasadas, o Wayne Hancock, Marty Stuart y Billy Joe Shaver en ésta. Combinaron el country y el rock con una energía y una calidad poco comunes y mostraron que la música Country o Americana –o Western Beat, como una vez propuso Kevin Welch, incomprensiblemente con escasa fortuna, por lo atractivo del nombre- no tiene porque ser un coto de adultos cerrado a las jóvenes generaciones.

El sábado por la noche, sucediendo a Randy Rogers, Kevin Fowler (http://www.kevinfowler.com) ya se había empezado a encargar de poner las cosas en su sitio. Ambas actuaciones estuvieron separadas tan sólo unos minutos, pero debieron ser minutos-luz, puesto que la distancia artística entre ambas fue sideral. De repente el sonido se volvió nítido, cada instrumento era ya discernible dentro del conjunto, la batería ya no era sólo algo que se aporreaba y para hacer solos de fiddle había que mover los dedos, no los pies ni la cabeza. Todo encontró su lugar en el universo. Además, Kevin Fowler sí que vino con “hambre de balón” y con “instinto asesino”, que diríamos de un buen delantero centro, y se metió al público en el bolsillo desde los primeros compases del primer tema. Country tradicional en su concepción, pero moderno en su ejecución, con garra. Sus canciones tienen el mérito de que, sin ser necesariamente simples, se pegan enseguida y uno ya es capaz de tararearlas así que asoma el primer estribillo. El clímax llegó con “100% Texan”, con su himno redneck “Beer, bait and ammo”, y con la versión final del tema de Queen, “Fat bottomed girls”. Para muchos de nosotros, las actuaciones del sábado empezaron con Kevin Fowler.

Con el listón así de alto, Marty Stuart (http://www.martyparty.com) apareció en el escenario vestido de negro de pies a cabeza -¿será él quien tome el relevo de Johnny Cash como “the new man in black”?-, acompañado por tres músicos vestidos impecablemente de blanco. Si había cualquier duda respecto a un posible vedetismo, o a lo reducido de la banda, o a si el largo y reciente viaje iba a afectar a Marty Stuart, éstas se disiparon de inmediato. Marty Stuart ejerció de lo que se le había contratado, de estrella, y demostró porque los que ostentan tal condición están un peldaño por encima de los demás. Empezó su actuación con “Back to the country”, perfectamente arropado por los músicos más competentes que seguramente han pisado aquel escenario: Brian Glenn (Michell Wright) al bajo eléctrico, pero sobretodo Kenny Vaughn a la guitarra eléctrica (su enorme talento figura en grabaciones del propio Marty, Stuart, así como de otros nombres propios como los de Steve Earle, Patty Loveless, Trisha Yearwood o Mindy Smith, por citar sólo unos pocos), y Harry Stinson a la batería (ex Dukes de Steve Earle, ex Dead Reckoners, y batería y vocalista de millones de sesiones de grabación en la época dorada del country neo-tradicionalista). Una afirmación de este tamaño puede parecer osada, pero en “Rough mix” la autobiografía del productor y directivo de varios sellos discográficos, Jimmy Bowen, se explica la diferencia entre un músico de sesión y un músico de directo, y el por qué los músicos de sesión son tan pocos, tocan en tantos discos, están tan bien pagados y viven una vida tan placentera sin moverse de su ciudad. La respuesta es casi de perogrullo: porque son los más líricos y los más limpios, es decir, los mejores. Tienen esa poco frecuente capacidad de concentrar y vehicular su talento para que tres minutos de canción sean únicos e irrepetibles, para que la gente recuerde sus riffs y sus solos, y para que las emisoras de radio luzcan al programar su música. En cambio, un músico de directo es más bien un guerrero que cada noche libra una batalla para que un público interesado en grados muy diversos le preste atención en medio del barullo general. No importa tanto si no toca tan limpio ni tan inspirado, basta sobretodo con que capte o mantenga el interés de los allí presentes. Vaughn y Stinson son de la primera estirpe. Escucharlos tocar en directo es como oir el disco en casa, todo nitidez y perfección. Descubrir quienes eran, cuando Marty Stuart los presentó, fue entender porqué aquello era un manjar sonoro tan exquisito. “Tempted”, “The whiskey ain’t workin’”, “Hillbilly Rock", “Luther Played the Boogie Woogie” y “Long black veil” fueron algunos de los temas que nos ofrecieron dentro de esa mágica actuación.

Díficil papeleta para los últimos de la noche del sábado, The Hillbilly Boogiemen (http://www.xs4all.nl/~hillbmen). Salir a tocar después de dos actuaciones como las comentadas era una tarea arriesgada, pero la excelente banda holandesa, que ya había abierto el festival con un concierto de bluegrass a la vieja usanza, todos alrededor de un único micrófono, mantuvo el tipo con bastante más que simple dignidad. El que algunos de sus miembros hayan tocado junto a Bill Monroe a primeros de los 90, y que como banda hayan sido contratados en el mítico Station Inn de Nashville son referencias de nivel al alcance de muy pocos europeos. Esta vez el show consistió básicamente en country tradicional, con un sonido claramente retro y con una demostración permanente de la virtuosidad de todos sus músicos, quienes constantemente iban intercambiando instrumentos. La invitación a Wayne Hancock a cantar dos clásicos de Hank Williams supuso el momento estelar de la actuación. Aquello fue improvisado, pero el encaje fue tan perfecto que daba la sensación de que Wayne Hancock era el vocalista y el “bandleader” de esa formación desde lustros atrás. Si tuvieran de manera fija un cantante con el carisma de Wayne Hancock, The Hillbilly Boogiemen serían referencia mundial de primer nivel en el apartado de country con sonido retro.

Precisamente Wayne Hancock (http://www.waynehancock.com) fue quien puso más colorido a la noche del viernes. Personaje fuera de su época, lejos del escenario exuda timidez por todos sus poros. Pero cuando está allí arriba y suenan esos punteos de steel guitar o de guitarra eléctrica, simplemente se transforma para ganarse con todo merecimiento ese apodo de “The Train”. Su música es un tren que parte del swing de los 30 y llega a su destino con el primer rockabilly de los 50, y sus composiciones bien podrían haber sido clásicos como los de Hank Williams si hubiera nacido medio siglo antes. Acompañado por John Ely a la hawaian steel guitar (ex Asleep at The Wheel), Eddie Biebel (guitarra solista) y Chris Rhoades (bajo acústico), Wayne Hancock rasgueaba con inusual fuerza y recorrido su guitarra acústica mientras desgranaba sus mejores temas como “Thunderstorms and neon signs”, “Flatland boogie”, “Juke Joint Jumping” o “Johnny Law”, con los que nos transportó durante hora y cuarto a la época de la Gran Depresión americana. Su bis final, “We three”, dedicado a los que por la noche vuelven solos a casa, con su textura de miel y su aroma depresivo (“We three, we’re all alone /.../ That’s my echo, my shadow and me /.../ I walk with my shadow, talk with my echo, but where’s the one I love”), fue sencillamente sublime. Pocos artistas canalizan la melancolía con tanta naturalidad y con tanto sentido artísitico como este tejano de poca estatura física y repleto de tics, pero de una sencillez y humanidad aplastantes. Tanto a nivel personal como a nivel artístico Wayne Hancock es único en su género.

Pero la actuación verdaderamente impactante del festival fue la de Billy Joe Shaver (http://www.billyjoeshaver.com). Pocas personas en el planeta, no ya sólo artistas, desprenden tanto magnetismo y carisma como el viejo Billy Joe. El hueco dejado en su mano derecha por dos dedos perdidos fruto de un accidente de juventud y las recientes tragedias personales (ataque al corazón en plena actuación, muerte de la esposa de cáncer y de su hijo Eddy por sobredosis de droga) no han hecho sino aumentar su leyenda. Canciones como “Try and Try Again” ("If at first you don't succeed / Try and try again / If all you do is lose / You better find a way to win")  hablan de la fuerza mental de un personaje capaz de sobreponerse con total entereza y dignidad a situaciones que a otros les dejarían postrados para el resto de sus vidas. Junto a Jesse “Guitar” Taylor (guitarra, Kimmie Rhodes), Jerry Hollingsworth (guitarra), Mark Patterson (batería, Michael Fracasso) y Cornbread (bajo), Billy Joe Shaver consiguió una total comunión con el público desde el primer momento, ya que empezó su actuación con uno de sus temas insignia como es “I’ve been to Georgia on a fast train”. Sin embargo, el estado de trance del recinto entero llegó con el tema de homenaje a Johnny Cash, “That’s why the man in black sings the blues” y con la interpretación de canciones tan espiritualmente densas como “Tramp on your street”, “Old chunk of coal” o “Live forever”. Su malogrado hijo Eddy decía de él que escribe como los músicos hacen solos con su instrumento. Lo de Billy Joe Shaver no son canciones, es su experiencia vital y su fuerza interior comprimidas en cápsulas musicales de cuatro minutos y puestas a disposición del mundo para ayudar a la gente a levantarse en los momentos difíciles de la vida. Fuimos bastantes los que lloramos, algunos por dentro, otros por fuera también, al escuchar los acordes del tema más mágico de todos, “When the fallen angels fly”, la historia de la redención de dos almas perdidas que finalmente encuentran el amor (“God will save His fallen angels / And their broken wings He'll mend / When He draws their hearts together / And they learn to love again / All their sins will be forgiven / In the twinkle of an eye / All the saints rejoice in heaven / When the fallen angels fly”). ¿Puede haber en el mundo frases más bellas que éstas? Pues sí las hay y están en la última estrofa de esa misma canción, que termina de la manera más elegante posible: “There’s a story in the Bible / About the eagle growing old / How it grows new sets of feathers / Then becomes bold, young and strong / Then it spreads its mighty wingspan / Out across the open sky / We will have the wings of eagles / When the fallen angels fly”. Bajo ese aspecto de viejo granjero desaliñado se esconde sin duda una persona de una potencia emocional difícilmente igualable, de las que en otros tiempos fundaban religiones y a quien la gente acudía en busca de curación y de confort espiritual. Sin duda, sus grabaciones no hacen justicia a todo lo que es capaz de ofrecer y transmitir en sus actuaciones en directo. Dado que ya es mayor, no hay tiempo que perder; igual que el musulmán debe ir a La Meca al menos una vez en la vida, el aficionado al country debe poder experimentar al menos una actuación en directo de Billy Joe Shaver. "Nobody here will ever find me /  But I will always be around / Just like the songs I leave behind me / I'm gonna' live forever now". Amén.

Terminada una actuación de la potencia emotiva como la descrita, la penúltima del festival, ¿qué puede o debe hacer el artista encargado de cerrarlo para mantener un mínimo nivel de interés y evitar que la gente no se vaya a casa después de dos canciones? Pues lo mismo que hizo Trent Summar cuando tuvo que tocar después del alud de buen bluegrass que ofrecieron Rhonda Vincent & The Rage en el 2001: caña, sin compasión ni tregua alguna. Garra. Contagiar al público de esas ganas de pasarlo bien. Ponerse a su servicio. Hacer que recuerden esa hora y cuarto por los motivos contrarios a los que recordarán la hora y cuarto anterior: por su desenfado y por su alegría. Que sólo los cadáveres no sientan la necesidad de mover el esqueleto. No hay otra receta. Así lo entendió también el veterano acordeonista tejano Ponty Bone (excelente elección de los organizadores del festival), quien con sus sonidos pantanosos y sus aromas deltaicos –del Mississippi, por supuesto- sembró el recinto de un espíritu lúdico prácticamente ausente hasta ese momento y nos quitó de golpe el cansancio de los tres días de festival. Ponty Bone (http://www.pontybone.com), que a lo largo de su carrera ha puesto su talento a disposición de un montón de artistas de los más diversos estilos, desde Joe Ely hasta Kevin Fowler, pasando por James Talley, estuvo acompañado por una excelente formación italiana llamada Chicken Mambo, con quienes había estado de gira durante la primera mitad del verano por el país transalpino. Junto a ellos obró el milagro de tener que salir a hacer tres bises al final de su actuación, todo ello a base de estilos menos habituales en un festival de country, como son blues, cajun, zydeco y swamp-pop. En Craponne, si lo que se ofrece es bueno, poco importa que no sea country clásico. Georges Carrier lo sabe y por ello cada año nos sorprende con algo nuevo, algo diferente, pero siempre único en su género. Gracias Georges!

Saltando de la última actuación del festival a la segunda encontramos a un auténtico cowboy procedente de Lavoy (Alberta, Canadá) llamado Lee Dinwoodie (http://www.leedinwoodie.com). Alrededor de 1,90 de estatura, quizás algo más, planta atlética, bigote a lo Wyatt Earp, sombrero Stetson negro, voz cálida y maneras amables serían los elementos distintivos del personaje. Es de esas personas que inspira confianza y con las que uno se atreviría a cerrar un trato con un simple apretón de manos. Su country fluye también de manera amable, sin estridencias, como los meandros de un río que serpentea por una llanura. Su disco de debut “Rewind” contiene diez versiones de temas de un compositor habitualmente utilizado por George Strait como es Dean Dillon y fue la base del material que ofreció en su presentación en Europa. Lee Dinwoodie está tan lejos de lo hiperbólico y de lo excéntrico como Lugo de Rorotua, por lo que seguramente lo suyo nunca tendrá demasiada repercusión mediática a nivel internacional. Sin embargo, es de esos artistas que a uno le harían pasar una gran noche si alguna vez se acercara a tocar por alguno de los locales country de nuestro país, como a inicios de 2004 ya hizo otro memorable e ilustre desconocido como Shane Worley en el Nashville de Terrassa.

Terminando ya con lo más sustancial del festival nos queda la actuación de la cantante Jill King (http://www.bluediamondrecords.com), la tercera de la tarde del domingo, entre Reckless Kelly y Billy Joe Shaver. Jill King, que tiene editado un excelente disco de debut titulado “Jillbilly”, muy en la línea de lo que ofrece Danni Leigh, es una cantante con una voz poderosa y con capacidad para introducir gran cantidad de matices emocionales a las melodías que interpreta. Dos peros a su actuación en Craponne: i) la banda que la compañaba parecía poco conjuntada y no estuvo a la altura de la situación, algo que quedó claramente en evidencia después de haber visto a una formación tan sólida y coherente como Reckless Kelly; y ii) su tendencia a gritar en exceso –algo que no se detecta en el disco-, producto precisamente de querer mostrar en todo momento su innegable poderío vocal, que termina por echarle a uno –al menos, mentalmente- del recinto. Jill King necesita aprender a controlar y a dosificar el caudal sonoro que emite con su voz, reservándolo para enfatizar aquellos pasajes que requieran de esa energía adicional. De todas formas, Jill King es aún una artista muy joven y con un evidente talento, de manera que habrá que seguir prestando atención a su evolución artística en los próximos años.

En resumen, un nuevo éxito artístico y de público (unas 20.000 personas en el conjunto de los tres días) para Georges Carrier y su equipo. La fórmula parece lejos de agotarse, ya que el público sigue respondiendo y la variedad de estilos dentro de un mismo cartel, pero también a lo largo de los años, evita el estancamiento artístico del festival. Dado que por el momento la ilusión de los organizadores parece a prueba de bomba, y que los artistas y las bandas de calidad siguen abundando, es de esperar, de nuevo, grandes acontecimientos en futuras ediciones de este festival. Fechas para la XVIII edicón: 29, 30 y 31 de julio de 2005. Anotadlas en la agenda, please!

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