Número 22 - Noviembre/Diciembre 02

Tim O'Brien: El genio discreto de la música americana de raíces
The Ecclectic Corner
 

Tim O'Brien: El genio discreto de la música americana de raíces

Si en el mundo de la música americana de raíces hay un personaje con una producción musical prolífica, diversa, de extraordinaria calidad y, que al mismo tiempo ha pasado ante los fans del género de forma relativamente discreta, éste es Tim O’Brien. Glosar su carrera es hablar de él como instrumentista (fiddle, mandolina, guitarra, bouzouki), como cantante (tanto en solitario como en la multitud de bandas en las que ha participado), como compositor, como productor (Hot Rize, Mollie O’Brien, Laurie Lewis, Balfa Toujours, Yonder Mountain String Band, entre muchos otros) e incluso como propietario de un pequeño sello discográfico (Howdy Skies Records, actualmente distribuido por Sugar Hill Records). Tim O’Brien ha liderado bandas, pero también ha sabido desarrollar a la perfección el papel de abnegado músico de sesión, por ejemplo acompañando a Steve Earle cuando formó parte de sus Bluegrass Dukes después de que éste rompiera con The Del McCoury Band. Ha escrito memorables canciones para sus propios álbumes (“Bending blades” con los Hot Rize, y “Like I used to do”, “Time to learn”, “Melancholy moon” o “When You Come Back Down”, por citar sólo algunas de ellas), pero su repertorio también ha servido para que artistas como Kathy Mattea consolidara su carrera gracias a “Walk The Way The Wind Blows”, “Late in the day” y “Untold stories”, tres de los temas más populares en la carrera de Hot Rize, o para que Garth Brooks grabara de nuevo material de calidad gracias al tema “When no one’s around”, que formó parte de su álbum “Sevens”. En cuanto a la variedad de estilos musicales que podemos encontrar en la trayectoria de Tim O’Brien, la lista es también impresionantemente larga: bluegrass, old-time, country, honky-tonk, blues, reggae, celta e incluso swing. Glosar todos los méritos acumulados por Tim O’Brien en sus casi treinta años de carrera y dar una adecuada perspectiva de lo que ha sido su contribución a la música americana actual es algo que muy bien podría ser motivo de una tesis doctoral, pero que vamos a intentar abordar, ni que sea de forma breve, en estas páginas.

Tim O’Brien nació en Wheeling, West Virgina, el 16 de marzo de 1954. Siendo aún un adolescente se trasladó hasta Colorado, donde descubrió la bulliciosa escena musical que allí tenía lugar, especialmente por lo que respectaba –y aún hoy en día sigue siendo así- al bluegrass. A pesar de que la primera banda en la que tocó fue una formación de swing, la Ophelia Swing Band, prontó conoció a Charles Sawtelle y Pete Wernick, con los que formó ya su primera banda de bluegrass, The Drifting Ramblers, a los que se unió Nick Forster para inmediatamente empezar una trayectoria como cuarteto, con lo que la banda pasó a denominarse Hot Rize. Hot Rize fue una de las mejores bandas de bluegrass de los años 80, tanto por su nivel instrumental como por su capacidad para aportar importantes cuotas de modernidad a un género que hasta ese momento había hecho de lo tradicional su bandera más preciada. La sensibilidad del cantautor y la aportación de algunos elementos musicales progresivos, externos al bluegrass, fueron características definitorias en la producción de esta banda, algo que después, debidamente corregido y aumentado, ha sido también uno de los elementos característicos de la producción del propio Tim O’Brien en solitario.

En aquella época junto a los Hot Rize, esta eclecticidad constante llegaba a su cumbre durante sus actuaciones en directo, cuando los cuatro miembros del grupo dejaban el escenario y volvían unos minutos más tarde encarnados en una formación de honky-tonk, en la mejor tradición de los dorados años 50, llamada Red Knuckles & The Trailblazers, con la que interpretaban temas clásicos como “Honky tonk man”, “Dixie cannonball”; “Always late with your kisses” o “Honky tonk song”. La música estaba interpretada con un gran respeto y con una calidad impecable, pero la nueva identidad de los músicos era una divertida parodia de personajes del oeste más rural y remoto. En Red Knuckles & The Trailblazers tres de los músicos, que ahora se hacían llamar Red Knuckles, Wendell Mercantile y Waldo Otto, procedían de un imaginario lugar llamado Wyoming, Montana, situado 35 millas al suroeste de otro imaginaria localidad como Patsy, Montana, mientras que el miembro restante, Slade, procedía de un lugar muy cercano, aunque en el estado vecino, llamado Montana, Wyoming. Tal como se puede escuchar en sus grabaciones en directo para Flying Fish Records, Red Knuckles & The Trailblazers viajaban en los asientos traseros del autobús de Hot Rize, actuaban con poca frecuencia –una vez cada veinte años-, pasaban su tiempo libre en el Eat Café de Wyoming, Montana, vendían donuts caducados a precio de rebaja y todo tipo de enseres inútiles, anunciaban comida para perros y se entretenían atando moscas por las patas. Así, a inicios de los 80, y mucho antes de que llegara el sonido retro de la mejor música country y western de los 50 de la mano de gente como Wayne Hancock o BR5-49, Red Knuckles & The Trailblazers ya recreaban ese sonido, por entonces casi totalmente olvidado, de forma desenfadada y solvente. Con la escucha del imprescindible álbum “Hot Rize presents Red Knuckles & The Trailblazers” uno desearía por encima de todo dos cosas: 1) haber podido asistir a alguna de aquellas actuaciones; y 2) que Tim O’Brien recupere esta formación algún día y que ofrezca nuevas actuaciones y grabaciones a sus fans.

Tim O’Brien estaba un escalafón por encima del resto de miembros de Hot Rize en cuanto a talento en la composición y en la interpretación tanto vocal como instrumental de los temas. Los éxitos de Kathy Mattea antes mencionados, así como “Hold to a dream”, uno de los temas emblématicos de ese supergrupo de bluegrass progresivo que fue New Grass Revival -también versionado por Laurie Lewis- hicieron plantear a Tim O’Brien la posibilidad de desarrollar una carrera en solitario, por lo que intentó conseguir un contrato con una multinacional. Ello sucedía en la segunda mitad de los 80, precisamente la época en que las grandes discográficas de Nashville apostaban por la calidad y tenían en plantilla a aquellos jóvenes y atrevidos artistas que revolucionaron el género, como Steve Earle, Nanci Griffith, Lyle Lovett, Randy Travis, Dwight Yoakam o, algo más tarde y de una forma bien distinta, Garth Brooks. Tim O’Brien estuvo cerca de conseguir un contrato con RCA, pero al final las cosas no fructificaron y optó por una compañía menos vistosa pero mucho más conocida como Sugar Hill Records, el sello que había editado la segunda mitad de los álbumes de Hot Rize y un álbum de estudio de Red Knuckles & The Trailblazers. Sin duda alguna, Sugar Hill Records era el sello adecuado para ir desarrollando todas esas inquietudes artísticas que llevaba dentro y que hasta aquel momento había tenido que contener. Así, y con gran pena por parte de sus incontables fans, llegó un momento en el que los Hot Rize, con los que había dado sus pasos más firmes como artista –que no los primeros- se habían convertido en una camisa de fuerza que retenía su expansión artística y de la cual debía despojarse.

Las primeras grabaciones de Hot Rize se hicieron en el sello Flying Fish y se llevaron a cabo entre 1979 y 1984. Estas grabaciones supusieron una etapa de consolidación de la banda, que fue dándose a conocer de forma creciente entre los fans del bluegrass. Pero la etapa más espléndida de la carrera de los Hot Rize estaba aún por llegar. En 1986 apareció su primer álbum para Sugar Hill Records, titulado “Traditional ties”, que contenía ya la primera de las múltiples joyas musicales que Tim O’Brien ha compuesto en su ya dilatada carrera: “Walk the way the wind blows”.  Tres años después, en 1989, los Hot Rize editaron un nuevo álbum de estudio, al igual que Red Knuckles & The Trailblazers, quienes siguieron con sus versiones de clásicos del country y del bluegrass como “Blues stay away from me”, “In the jailhouse now”, “If you ain't lovin' (You ain't livin')” e incluso de un tema pop como  “Nowhere man” de los Beatles. Pero la verdadera sustancia musical de esas producciones de 1989 estaba en ese nuevo disco de Hot Rize, titulado “Untold stories” y cuyo tema principal, el que daba título al álbum, se convertiría en un nuevo éxito para la entonces emergente Kathy Mattea, al igual que “Late in the day”, el tema que cerraba tan excelente trabajo. Al año siguiente, y con Tim O’Brien ya buscando, al menos mentalmente, su camino como artista en solitario, apareció el último trabajo de estudio de los Hot Rize, “Take it home”, seguramente el mejor álbum de esta formación. En él se combinan brillantes temas de miembros de la banda (“Bending blades” por Tim O’Brien, “Climb the ladder” por Nick Forster, o “The old rounder” por Pete Wernick) con versiones de temas perfectamente escogidos, como los geniales “Colleen Malone” (Pete Goble & Leroy Drumm) y “A voice in the wind” (Henry Waller III), así como “Rocky road blues” (Bill Monroe), “Think of what you’ve done” (Carter Stanley) o “Where the wild river rolls” (de Bob Amos, el líder de la entonces jovencísima formación Front Range), para conformar un álbum absolutamente imprescindible dentro de la música bluegrass contemporánea.

Es en esta época donde se empieza a apreciar el tremendo talento que atesora Tim O’Brien para describir los más profundos sentimientos de la forma más sencilla y natural, utilizando con frecuencia unas metáforas relacionadas con la naturaleza que embellecen el poema y que hacen instantánea e instintiva su comprensión. En “Bending blades” son unos trigales a merced del viento los que llevan el recuerdo de la persona amada que se ha marchado: “Bending blades, tall grass blowing in the breeze / Shining in the sun / Lonely days I keep going to the place / We went when we were young”. La pérdida de una persona querida, ya sea porque ha fallecido o porque sencillamente se ha alejado de nuestro camino, es uno de los temas favoritos de Tim O’Brien y el que trata con mayor maestría. Así, en “Walk the way the wind blows” la sencillez con la que describe como se siente alguien que ha sido abandonado por su pareja es conmovedora: “Walk the way the wind blows, cry the tears I've cried /  Hopin' for you, darlin' to be here by my side / I've gotta do some thinkin' of where to go from here /  Walk the way the wind blows, wipe away the tears”. En “Late in the day” la forma de superar el trance, sin embargo, es algo menos valiente y las palabras trasladan al oyente hasta una habitación oscura y silenciosa en la que el personaje se deja llevar por los recuerdos, dulces y amargos al mismo tiempo: “I look out over tops / Of houses and the shops as the sun sets / Another day does wind down / And my life is still the same / My lips still call your name / And my heart can't hide the pain / Late in the day / Now I pour whiskey, break the ice / Put my feet up and close my eyes / I try hard to listen to what my heart might say / Try to find the rhyme, to take me back in time / And be with you here late in the day”.

La verdadera carrera en solitario de Tim O’Brien empezó en 1991 con la edición de “Odd man in”, otro luminoso álbum repleto de grandes canciones que discurrían horizontalmente a través de varios géneros musicales, como el bluegrass, el country y el folk. “Odd man in” contenía de nuevo excelentes piezas propias como “Circles around you”, “Lone tree standing”, “Every tear has a reason why”, “Romance is a slow dance”, el conocido “Hold to a dream” y, especialmente, el tema compuesto junto a Pat Alger “Like I used to do”, en el que se describe el paso a la madurez que de forma natural hace una persona cuando encuentra a su auténtica media naranja: “There was a time when we’d be the last to leave / Watching the sun come up while everyone fell asleep / The music was always loud and I’d smoke and drink too much / Until I’d fall in your arms and into your lovin’ touch / Now as the years roll by, time has reeled me in / I’ve slowed down a notch or two from the way things were then”. Así pues, este segundo disco en solitario “Odd man in” –atrás quedaba, en el lejano 1984, un primer álbum que prácticamente pasó desapercibido, “Hard year blues” para Flying Fish Records- situó sin duda alguna a un nivel muy alto el listón de calidad de las grabaciones de Tim O’Brien.

Quizás por ser consciente de ello, o quizás sencillamente porque necesitaba aún más espacio creativo a su alrededor, los siguientes álbumes en solitario de Tim O’Brien fueron creciendo en variedad estilística, aunque tomando en la mayoría de casos el bluegrass como punto de partida. En su siguiente álbum, “Oh Boy! O’Boy!” (1993), producido por Jerry Douglas, sigue habiendo bluegrass de primera categoría, con temas como “Church steeple” o “Heartbreak game”, y baladas de esas que escribe como nadie, como “Time to learn” (junto a Pat Alger) o “Few are chosen” (junto a Hal Ketchum). Pero además Tim O’Brien y sus O’Boys (Scott Nygaard y Mark Schatz) hacen excursiones acústicas hacia el reggae, con una versión en este estilo del tema de Bob Dylan “When I paint my masterpiece”, el old-time con “Run mountain”, “The farmer’s cursed wife” o “Johhny don’t get drunk/Rye straw”, o el rock acústico con “Shadows to life”. El resultado es desigual, ya que combina momentos geniales con otros con claro sabor experimental, pero tiene la virtud de empezar a mostrar algunos de los registros que más adelante ofrecería la carrera de Tim O’Brien.

Después de grabar en 1994 el tercer álbum de dúos junto a su hermana Mollie O’Brien (otra faceta más de su poliédrica carrera), al año siguiente Tim O’Brien ya publicó un nuevo álbum en solitario, titulado “Rock in my shoe” (1995). En él, Tim O’Brien demuestra de nuevo que es el rey de la versatilidad y ofrece una faceta musical aún no explorada, la música cajun, que hace su aparición en temas como “Long distance” o como el propio tema que da nombre al álbum, “Rock in my shoe”. Gracias a esta nueva excursión musical, Tim O’Brien inicia aquí una colaboración con el multiinstrumentista Dirk Powell (acordeón, banjo, fiddle, piano, bajo), miembro de Balfa Toujours, lo que le llevaría más tarde a tocar y a producir el álbum “Deux voyages” y a colaborar conjuntamente en los proyectos “Songs from the mountain”, una recopilación de temas old-time, y en su último álbum, “Two journeys”. “Rock in my shoe” contiene, como sucede con cada uno de los álbumes de Tim O’Brien, esos temas de auténtico oro macizo, como son en este caso “One girl cried”, una canción llena de esperanza donde narra como una situación en la que dos personas que ya habían renunciado al amor en sus respectivas vidas finalmente se conocen, “Brother wind”, donde el personaje se junta con el viento para superar la soledad y recorrer el mundo (“Now half my life is gone, the only home I have is open road / ... / He knows me, brother wind / He’s lonely too and he takes me away”), y “Melancholy moon (Not)”, donde muestra su agudeza y buen humor al romper de forma lúcida algunas de las frases estereotipadas del mundo de la música country. No hay línea de la canción que tenga desperdicio, por lo que sólo es posible mostrar aquí unos pocos ejemplos: “Whistles don’t get lonesome, I guess no one told Hank / ... / Patsy didn’t fall to pieces on a midnight walk alone / And “T” don’t stand for Texas since Rose left San Antone / ... / Elvis hated hound dogs, so is it false or true / No one ever really saw him wearin’ blue suede shoes”. Brillantísimo, sin duda alguna.

El siguiente quiebro inesperado en la carrera de Tim O’Brien llega en 1996 con un álbum de versiones de temas de Bob Dylan, en formato acústico y mayoritariamente pasadas por el tamiz del bluegrass y del old-time, titulado “Red on blonde”. Como dice el crítico de All Music Guide, William Ashford, el gran mérito de Tim O’Brien es que todo lo que hace, incluso versionar los clásicos de una leyenda como Bob Dylan, lo hace tan bien que parece sumamente fácil. Pero este álbum no sólo fue aclamado por la crítica, sino que muchos fans se rindieron a la belleza de las canciones de Bob Dylan, versionadas por Tim O’Brien. Para algunos de ellos, según se puede leer en Amazon.com, “Red on blonde” les permitió descubrir al mejor Bob Dylan, algo que a veces resulta difícil por la particular voz y entonación del genio de Minnesota. Canciones como “Señor (Tales of Yankee Power)”, “Farewell, Angelina”, “Father of Night” o  “Masters of War” se muestran aquí con toda su belleza o con toda su contundencia, según sea el caso.

Pero Tim O’Brien seguía metido en una burbujeante creatividad y en 1997 aparecía al mercado un nuevo álbum, aún en Sugar Hill Records, titulado “When no one’s around”. El álbum se decantaba esta vez hacia un sonido más cercano al pop, aunque sin perder la raíz de cantautor basado en la música americana de raíces. Un cazador de buenas canciones como Garth Brooks se fijó en el tema que daba nombre al álbum para incorporarlo a su “Sevens”, mientras que la otra joya del álbum, “When you come back down” también formó parte del aclamado álbum de debut de los Nickel Creek. De nuevo, y tras muchos años de semi-olvido (probablemente desde las grabaciones de Kathy Mattea), un grande como Garth Brooks se fijaba en el talento de Tim O’Brien como compositor, lo cual le devolvió una cierta notoriedad entre los círculos discográficos de Nashville.

Pero a Tim O’Brien la notoriedad no es algo que parezca importarle demasiado, ya que siguió con su habitual nivel de actividad artística, una actitud similar a la de Woody Allen, que prefiere seguir trabajando en sus cosas que ir a recoger los óscares que le concede de vez en cuando la academia americana de cine. En 1998 Tim O’Brien se incorpora a la formación NewGrange, una banda liderada por el multi-instrumentista Mike Marshall y por el violinista Darol Anger y que además contaba con la participación de otros grandes instrumentistas como Alison Brown (banjo), Todd Phillips (bajo acústico) y el cantante Philip Aaberg, con los que graba un álbum, “NewGrange”, que es editado al año siguiente. Con NewGrange Tim O’Brien explora una nueva forma de música folk, teñida de fuertes influencias de jazz, blues y roots rock, que recibe grandes elogios por parte de la crítica. Otro proyecto en el que Tim O’Brien participó en 1998 fue el álbum de old-time “Songs from the Mountain”, junto a Dirk Powell y John Herrmann, un trabajo que contiene 18 temas, en su mayor parte procedentes del folklore popular como “Cluck old hen”, “Wayfarin’ stranger” o “Mole in the ground”, y que sirvió para ilustar musicalmente la época en la que sucedía la acción de “Cold mountain”, una novela del escritor Charles Frazier ambientada en la guerra civil americana.

1999 es también –no podía ser de otra forma-, otro año frenético para Tim O’Brien. En él edita el primero de los álbumes en los que explora la conexión musical entre ambos lados del Atlántico Norte, es decir entre música celta y la música folk americana, el inspirado “The crossing”. Este álbum fue descrito por el propio artista americano de raíces irlandesas como “el inevitable siguiente paso de un cantautor bluegrass de 40 y tantos llamado O’Brien" y para su grabación contó con toda una serie de músicos que, de alguna forma, resumían todos las etapas artísticas de su carrera. Así, además de los músicos celtas Frankie Gavin (fiddle) y Seamus Egan (gaita y falutas), en “The crossing” colaboran desde estrellas del bluegrass como Earl Scruggs, Del McCoury, Stuart Duncan y Jerry Douglas hasta jóvenes entusiastas del old-time como David Grier y Dirk Powell, pasando por monstruos del newgrass y del jazz acústico como Darol Anger, Edgar Meyer y Mike Marshall, o por un cantautor como el tejano Guy Clark, para redondear un álbum que redescubre los orígenes de la actual música anglo-americana. De él es justo citar los bellísimos temas “Ireland’s green shore”, “Into the west”, “Lost little children”, “John Riley” y el original, divertido y sentido talkin’-blues “Talkin’ Cavan”, en el cual cuenta su viaje a Irlanda en busca de la casa de sus antepasados, del cual el Bob Dylan de su primera época habría estado orgullosísimo.

En la segunda mitad de este año 1999, y cogiéndole casi por sorpresa, Tim O’Brien tiene que reunir rápidamente una banda de bluegrass y aprenderse buena parte del material de Steve Earle. Earle, por entonces en plena gira de su álbum de bluegrass, “The mountain”, había decidido prescindir de la banda de Del McCoury para la segunda mitad de la gira que tenía contratada, ante las crecientes demandas económicas de Del McCoury al comprobar como tanto el álbum como la gira eran un insospechado éxito. La excusa inicial de Del McCoury era que Steve Earle soltaba demasiados tacos en el escenario ante un público no acostumbrado a estos desmanes, ante lo que Earle, unos meses después y harto de los constantes rumores sobre el tema, respondió con lo que parece ser el verdadero argumento de la rotura, la mencionada cuestión económica. Fue entonces cuando Steve Earle llamó a Tim O’Brien, quien ya había colaborado en el tema que cerraba el álbum, “Pilgrim”, dedicado al malogrado bajista Roy Huskey Jr. (“everybody’s favourite bass player”, decían de él) y por quien Earle sentía unos profundos respeto y admiración. O’Brien reunió a los Bluegrass Dukes, una formación compuesta por el propio Tim O’Brien (mandolina, voces), Darrell Scott (banjo, dobro, voces), Casey Driessen (fiddle) y Dennis Crouch (bass). Con The Bluegrass Dukes, Steve Earle terminó de forma igualmente brillante una gira que había iniciado con una de las bandas de referencia del bluegrass y, de paso, salvó una cantidad respetable de dinero que hubiera tenido que cubrir personalmente en caso de cancelar la gira de soporte a “The Mountain”. Quizás en agradecimiento a los servicios prestados, o porque sencillamente porque a nivel artístico The Bluegrass Dukes dieron un resultado formidable, Tim O’Brien y su nueva formación de bluegrass fueron invitados a participar en “Until the day I die”, el único tema bluegrass de “Transcendental blues”, el siguiente álbum de Steve Earle.

Al año siguiente Tim O’Brien editó un nuevo álbum, “Real time”, esta vez firmado junto a su reciente colaborador Darrell Scott y editado en su propio sello Howdy Skies Records. Hasta ese momento Darrell Scott había estado tocando en la banda de Guy Clark junto a otros grandes nombres como Verlon Thompson y Suzi Ragsdale, aunque ya había dado muestras de su potencial como cantautor con dos álbumes en solitario en Sugar Hill Records, “Aloha from Nashville” (1997) y “Family tree” (1999), que contenían temas tan memorables como “You’ll never leave Harlan alive”, sobre la dureza de la vida en las minas de carbón”, el swing de “Head south” o el lirismo de “Double-headed eagle”. “Real time”, la colaboración entre estos dos grandes artistas, fue grabado en el comedor de Darrell Scott en el período de una semana y nos muestra a dos amigos interpretando la música que les hace disfrutar. El álbum contiene los excelentes temas originales de Tim O’Brien "Walk beside me" y "I'm not gonna forget you", así como de Darrell Scott, como “There ain't no easy way", además de versiones de temas tradicionales como “Little Sadie” o “Keep your lamp trimmed and burnin'” y del clásico de Hank Williams “Weary blues from waiting”.

El siguiente proyecto de Tim O’Brien, aparecido en el 2001 en Howdy Skies Records es la segunda parte del viaje hacia las raíces celtas de la música folk americana, esta vez titulado “Two journeys” y ya comentado en el número 17 de esta revista. Este álbum ha sido reeditado en este 2002 por Sugar Hill Records junto con el resto del catálogo de Howdy Skies Records debido a la quiebra de la empresa encargada de distribuir en los USA el material de ésta y de otras compañías independientes. La más reciente novedad, editada también en este año 2002 por Sugar Hill Records, es el álbum en directo de Hot Rize “So long of a journey”, un auténtico testamento musical de una banda que ya jamás tocará de nuevo, al menos con su formación original, debido a la prematura muerte de uno de sus miembros, Charles Sawtelle. El material que conforma este álbum, ya comentado en el número 20 de la revista Jambalaya, surge de unos únicos conciertos de reunión efectuados por los Hot Rize en 1996 y grabados secretamente por el miembro de la banda Nick Forster. La cinta con dichas grabaciones anduvo extraviada durante varios años, hasta que apareció un buen día en el que Nick Forster hizo limpieza a fondo de su casa. El proyecto de edición de este material como homenaje a Charles Sawtelle fue presentado a Sugar Hill Records, quienes no pusieron ninguna traba para que pudiera editarse este nuevo y definitivo álbum de Hot Rize, un trabajo que contiene los mejores temas de la carrera de esta banda, como A voice in the wind”, “Just like you”, “Walk the way the wind blows”, “Shadows in my room”, “Colleen Malone”, Blue night”, “Life’s too short” o “Working on a building”.

Éste es el resumen hasta mediados de 2002 de la carrera musical de un personaje tan extraordinariamente prolífico e inquieto como Tim O’Brien, una de las mayores garantías de calidad, sea en el estilo que sea, en el terreno de la música americana de raíces. Habrá que ver cuáles serán las maravillas con las que nos puede sorprender en el futuro y qué dirección –o direcciones- van a tomar sus sguientes trabajos. Por el momento, los aficionados a la buena música country, folk y bluegrass disponemos de un amplio catálogo tanto de grabaciones en solitario como con las diversas bandas por las que ha pasado con el que disfrutar del talento de este personaje tan genial, pero a la vez tan discreto, llamado Tim O’Brien.
 
 
 

The Ecclectic Corner

Jim Lauderdale & Ralph Stanley: Lost in the lonesome pines
Jim Lauderdale: The hummingbirds
Jamie O'Hara: Beautiful obsession
16 Horsepower: Folklore
Varios artistas. Don’t let the bastards get you down. A tribute to Kris Kristofferson
Johnny Irion: Unity lodge
Davin James: Magnolia
Johnny Wolfe: Bad tonight
D.B. Harris: Can I return these flowers?
 

Con 45 años cumplidos en este 2002, Jim Lauderdale (http://www.jimlauderdale.com) es seguramente junto a Ryan Adams el personaje más prolífico de la música americana actual. Aunque la salida al mercado de su primer trabajo, el estilísticamente atrevido “Planet of love”, le llegó relativamente tarde, a los 34 años (atrás quedó un álbum inédito hasta el pasado año, titulado “Point Of No Return” y grabado originalmente en 1989), desde entonces su nivel de producción se ha mantenido en unos asombrosos niveles de cantidad y de calidad. Hace tan sólo ocho meses comentábamos en esta sección su disco de country clásico “The other sessions”, repleto de fiddle y de steel guitar, y al cabo de poco tiempo ya se publicaban simultáneamente dos nuevos álbumes, también en Dualtone Records (http://www.dualtone.com), con conceptos musicales radicalmente distintos. Uno es un álbum de country verdaderamente moderno y que lleva por título “The hummingbirds”, cuya grabación es cronológicamente anterior a “The other sessions”. El segundo lleva por título “Lost in the lonesome pines” y es un álbum de bluegrass tradicional grabado junto a su admirado y hoy famosísimo Ralph Stanley, continuación del álbum del mismo estilo de 1999, “I feel like singing today”. Entre ambos álbumes la suma total de canciones es de 27, de las cuáles tan sólo una (“Boat of love”, escrita por Bill Monroe) no ha sido compuesta por él, lo que prueba la magnitud de su efervescencia creativa.

En “Lost in the lonesome pines” Jim Lauderdale y Ralph Stanley se acompañan de la banda habitual de este último, los míticos Clinch Mountain Boys, para ofrecer un perfecto disco de bluegrass con el que contentar a la creciente base de fans de este estilo. A excepción de la composición de Jim Lauderdale que cierra el álbum, “Listen to the Shepherd”, un tema a capella en el que Ralph Stanley pone la voz solista y que sería el equivalente a “Oh Death” en la banda sonora de “O Brother”, Lauderdale es el encargado de poner la voz solista en el resto de los temas del álbum, aunque siempre acompañado por la temblorosa y penetrante voz de Stanley en cada uno de los estribillos. Para la composición del material Lauderdale ha actuado en solitario en seis de los temas, destacando “The apples are turning ripe“, “Lost in the lonesome pines”, “Zacchaeus” y la mencionada “Listen to the Sheperd”. Para los restantes temas ha contado con la colaboración del ex-letrista de los Grateful Dead, Robert Hunter, en los excelentes “Deep well of sadness” y “Oh soul!”, de la banjista Candace Randolph en tres temas, entre los que destaca “Quit that”, y del reputado Shawn Camp en “Forever ain’t no trouble now” y “Redbird”, un tema en el que Ralph Stanley toca el banjo al estilo clawhammer, típico de la música old-time o del dixieland más primitivo.

Con “The hummingbirds”, en cambio, Jim Lauderdale salta al otro extremo estilístico y se lanza hacia la difícil búsqueda de la modernidad, algo complicado cuando se hace desde el interior un género que más bien suele aceptarla a regañadientes y que tiende a valorar de forma preponderante el componente tradicional. Escuchando este trabajo queda claro que estamos ante un álbum de música country y que sus influencias, nada camufladas, van desde el rock hasta el jazz, pasando por el pop o el bluegrass. Sin embargo, gracias a la novedosa combinación de instrumentos, estilos y ritmos, el resultado es algo distinto y superior a la mera suma de sus partes, y constituye, al parecer de este cronista, lo que podría ser denominado como el primer disco country del siglo XXI. Este resultado tan brillante es mérito también de colaboradores tan ilustres como Tony Rice (guitarra acústica), Sam Bush (mandolina), Stuart Duncan y Tim O’Brien (fiddle), Robby Turner (pedal steel) o Kenny Vaughn (guitarra eléctrica), quienes han dado al álbum un sonido luminoso y a la vez lleno de garra. Este nuevo trabajo cuenta con temas tan espléndidos como “Midnight will become day”, “It’s a trap”, “Morning”, “Hummingbird”, “I know better now”, “Rollin’ the dice” (con una referencia al pintor Salvador Dalí) y, especialmente, la bellísima balada “I’m the happiest when I’m moving”, el auténtico tema pata negra del álbum. Con la edición conjunta de “Lost in the lonesome pines” y “The hummingbirds” Jim Lauderdale parece querer demostrar al mundo qué es capaz de hacer y a la vez consolidarse como uno de los mejores y más productivos artistas del country actual. Dos álbumes ideales para descubrir todo el abanico artístico que es capaz de cubrir este artista de North Carolina.

Otro reputado cantautor afincado en Nashville es Jamie O’Hara, quien formara a mediados de los 80 el brillantísimo dúo The O’Kanes junto a Kieran Kane. A sus 52 años, O’Hara ha publicado su segundo álbum en solitario “Beautiful obsession”, que sigue a su espléndido álbum neo-tradicionalista de 1994 titulado “Rise above it”. Al igual que sucede últimamente con varios cantautores country-folk (en el número anterior comentábamos algo similar respecto a la nueva dirección que parece tomar la carrera de Kimmie Rhodes), en “Beautiful obsession” Jamie O’Hara se aparta de su estilo tradicional y se adentra en este formato llamado “Triple A”, dirigido a un público adulto, dotado de buena sensibilidad artística y poco preocupado por etiquetas estilísticas. El nuevo material de Jamie O’Hara, compuesto entre los años 1997 y 2000, ha recibido un tratamiento moderno y minimalista, en el que prolifera el uso de programas de batería sintetizada, de teclados y de guitarra eléctrica, y en el que instrumentos tradicionales como la steel guitar son utilizados de manera poco habitual. Así, en el despojado tema inicial “Come swim the rivers”, la steel guitar se encarga, junto a la guitarra eléctrica, de aportar unas suaves texturas sobre las que reposa la cálida voz de Jamie O’Hara, que a lo largo del álbum muestra una notable semejanza con la de Chris Isaak. “Beautiful obsession” ha sido cuidadosamente editado por la independiente Valley Entertainment Inc. (http://valley-entertainment.com/Artists/Jamie_O_hara/index.html) y cuenta con la participación de grandes músicos de sesión como Dan Dugmore (steel guitar), John Jarvis (teclados), Glen Worf (bajo), Richard Bennett (guitarra eléctrica) y Emmylou Harris (armonías vocales), entre otros. Además del tema antes mencionado, otros momentos interesantes del álbum llegan con canciones como la que da título al trabajo, “Beautiful obsession”, o con “I surrender”, “Don’t make me break her heart”, “Can’t get you out of my mind” y “That ain’t the way I heard it”. El resultado global es de una gran elegancia y demuestra que, a pesar de la reorientación estilística, Jamie O’Hara continua estando entre los mejores cantautores de Nashville, algo que ya conocen clientes como Randy Travis, Lee Ann Womack, Gary Allan, Sara Evans o la propia Emmylou Harris.

En estos tiempos de enorme diversidad estilística hay quien ve la música americana de raíces a través de un prisma oscuro y la satura de ambientes crepusculares. Para el crítico de All Music Guide, Bradley Torreano, el más reciente álbum del trío 16 Horsepower (http://www.16horsepower.net), titulado “Folklore”, es a la música tradicional del sur de los Estados Unidos lo que el film de Clint East “Sin perdón” es al western cinematográfico. La portada totalmente negra, a modo de cartel de película de cine mudo, da ya una primera pista de cual es la ambientación del álbum. Sobre una base eminentemente acústica de guitarras, violines, banjo e incluso piano, los 16 Horsepower ofrecen una mezcla de temas propios y de versiones de temas populares, entre ellos “Alone and forsaken” de Hank Williams y “Single girl” de la Carter Family, que resultan mucho más opresivos que sus respectivos originales, especialmente en “Horse head fiddle”, donde el intenso tratamiento minimalista llega a unos límites más propios del Tom Waits más reciente o incluso del músico pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan, tal como acertadamente lo describe el cronista Scott Russell en Amazon.com. A pesar del atrevimiento artístico que ello representa, también es justo apuntar que el resultado es muy particular, y que muchos fans de la música americana de raíces pueden no sentirse confortables con el tratamiento que se le da a este tipo de música. Por ello, este “Folklore” gustará preferentemente a las personas con mentes musicales más abiertas e inquietas y que disfruten con los ambientes oscuros y a la vez sofisticados que por ejemplo habían creado ya anteriormente bandas de rock como Bauhaus o Nick Cave and The Bad Seeds.

De tono artístico igualmente crepuscular es el reciente álbum de tributo a Kris Kristofferson titulado “Don’t let the bastards get you down”, editado por el nuevo sello independiente Jackpine Social Club (http://www.jackpinesocialclub.com). En él, artistas del mundo del rock y del formato Americana se reúnen para rendir homenaje al reputado cantante y actor tejano, versionando según sus respectivas ópticas diecisiete de sus temas más conocidos. Desde una perspectiva de música americana de raíces, entre las versiones más destacadas cabría destacar “Loving her was easier” a cargo del ex-Green on Red Chuck Prophet, “Help me make it through the night” por Jon Langford & Chip Taylor, “Jesus was a Capricorn” por una formación de San Francisco llamada Mover, “Nobody wins” por John P. Strom, “Why me” por Kelly Hogan, “Jody and the kid” por Beaver Nelson y, especialmente, “The pilgrim (Chapter 33)” por el genial Paul Burch & The WPA Ballclub. Sin embargo, en este trabajo también se puede escuchar a Kris Kristofferson a través de puntos de vista musicales mucho menos corrientes, como los que proporcionan el ex-líder de Television, Tom Verlaine, al tema “The Hawk”, el ex-miembro de la banda punk californiana X, John Doe, a “Me and Bobby McGee”, o bandas como Mother Hips a “Sunday mornin’ comin’ down” o Dart a “For the good times”. Es difícil resumir el contenido de álbumes como éste, en el que se combina una recopilación de material casi legendario con una diversidad estilística tan enorme, pero lo que queda claro después de escucharlo es que la influencia de Kris Kristofferson ha transcendido a muchos otros géneros y a otras generaciones. Un álbum diferente, con el que degustar nuevas y variadas versiones (rock, blues, country-rock, e incluso, según aparece en la página web de la discográfica, noise pop y trip-hop) de los clásicos del gran Kris Kristofferson.

Nacido en 1978, Johnny Irion (http://www.johnnyirion.com) es un joven artista de North Carolina que en marzo de 2001 debutó en la independiente Yep Roc Records con un prometedor álbum de country-rock con sonido de los 70 titulado “Unity lodge”. Con un estilo y una voz a medio camino entre Neil Young y Gram Parsons, y capaz de tocar todo tipo de guitarras, el dobro, el piano y la armónica, Johnny Irion escribe e interpreta brillantes canciones como “Stationary woman”, “DC Niner”, “Frontage road”, “Thirty inch coal”, “Poker face”, “Tempest in the teapot blues” o “Trucker’s tan”, donde muestra de forma divertida uno de los inconvenientes que conlleva la vida de camionero: “I gotta trucker’s tan I can’t hide / One side is lily white and the other’s fried”. Para la grabación de este “Unity Lodge”, Johnny Irion se ha arropado por músicos excelentes aunque poco conocidos como Greg Readling (pedal steel), Jerry Hudson (piano), Drew Lile (bajo, mandolina y banjo) y Zeke Hutchings (batería), además de contar con el apoyo de una voz tan angelical como la de su esposa, Sarah Lee Guthrie (nieta del legendario Woody Guthrie), y la de Tao Rodriguez-Seeger, nieto del no menos ilustre Pete Seeger y líder de la formación de folk contemporáneo, The Mammals. Un álbum que hará las delicias de los fans de la épooca dorada del country-rock y que les permitirá descubrir a un nuevo talento a seguir de cerca como es Johnny Irion.

Cuando el pasado mes de marzo Jesse Dayton vino a España para su primera gira en nuestro país tuve la oportunidad de charlar brevemente con él antes de empezar su actuación en la sala Platea de Girona. Cuando le pregunté que qué había de nuevo y bueno en Texas en cuanto a música country, no tuvo que reflexionar ni un momento. Su respuesta fue tajante: Davin James. Una rápida búsqueda en internet me llevó hasta su página web (http://www.davinjames.com) y hasta su música, que tiene su expresión más reciente a través de su tercer álbum, “Magnolia”, editado en 2001. Aparte de ser un excelente guitarrista y de utilizar –algo poco frecuente en el country- una Gibson Les Paul como principal vehículo de expresión musical, Davin James es lo que podríamos denominar un artista sureño, ya que su música recoge influencias de los principales estilos aparecidos en esa amplia franja que va desde Florida y Georgia (southern rock) hasta New Mexico (western), pasando por Louisiana (cajun, dixieland, jazz), Mississippi (blues, gospel) y Texas (honky tonk). “Magnolia” es una especie de macedonia musical que muestra perfectamente todas esas influencias, no sólo en los distintos temas, sino incluso dentro de un mismo tema, como en el que da título al álbum, “Magnolia”, o en “Nawlins night”, donde lo que empieza como un simple riff de blues sobre el que se asienta la profunda y nasal voz de Davin James termina como un verdadero castillo de fuegos artificiales, com multitud de formas y colores, entre los que uno puede notar pellizcos de dixieland, de cajun y de rock sureño. Precisamente el tema “Magnolia” ha sido recientemente galardonado como la canción del año entre la prensa especializada del área de Houston, permaneciendo además ocho semanas entre las principales posiciones de la Texas Music Chart. Pero este álbum es mucho más que un par de temas. De hecho cada uno de ellos es toda una joya, desde el fuerte aroma ragtime de “Mardi Gras Mamma” al country tradicional de “Heaven on Earth”, pasando por el jazz de “Dream girl” y el rock sureño de “Rolling dice”. Un rápido repaso a los músicos que intervienen en el álbum (Jesse Dayton a la guitarra eléctrica, Charlie Sanders al bajo, Brian Thomas a la steel guitar, banjo y dobro, y el propio Davin James a las guitarras eléctrica, acústica y lap steel), nos terminará de convencer de que es un álbum imprescindible en nuestra colección. Junto con “Touchstones” de James Talley, éste “Magnolia” es un serio contendiente a álbum del año en mi ránking particular.

Pero Davin James no se conforma sólo con componer e interpretar su propio material, sino que también apoya a otros artistas, como al tejano Johnny Wolfe (http://www.johnnywolfe.com), un virtuoso de la Telecaster y ex-líder de la banda de country rock The Sundowners. Acompañado por la banda de Hank Williams Jr., The Bama Band, además de la pedal steel de Rick Davis (ex-Dale Watson) y por las guitarras de Jesse Dayton y de Davin James, Johnny Wolfe editó el pasado año 2001 su disco de debut en solitario, “Bad tonight”, un álbum que recoge diez de las canciones originales del propio Wolfe, escogidas entre el abundante material fruto de sus muchos años de carretera. El trabajo se inicia con un tema a lo Dwight Yoakam, “Say ya do”, que marca el más que notable tono de un álbum que estilísticamente se sitúa entre el honky-tonk, con sus buenas dosis de pedal steel y de fiddle (“No angels down below”, “Send me away”), las baladas (“Tell me true” y un “Foolish me” con evidentes influencias de Roy Orbison) y el rock sureño (“Check engine light”, “Ball and chain”). “Bad tonight” no tiene la explosividad del álbum de Davin James, pero no por ello deja de ser un notable álbum de country tejano.

Otro debutante tejano es D.B. Harris, un joven talento que se presenta musicalmente con un trabajo autoeditado titulado “Can I return these flowers?”. Con influencias que van desde Dwight Yoakam hasta Chris Isaak, pasando por The Mavericks, y acompañado por excelentes músicos como Ricky Davis (pedal steel), Scott Matthews (batería) (ambos ex–miembros de la banda de Dale Watson), Eddie Perez (guitarra eléctrica), Riley Osbourne (piano) y Eamon McLoughlin (fiddle), D.B. Harris ha producido un álbum que parece hacer las funciones de mostuario. En él, este artista ofrece música tex-mex (“Too much for me”), rock’n roll clásico (“Night time man”, “Hollywood in Texas”), honky tonk (“Lonely lady, broken man”, “Can I return these flowers?”, “Try this on for size”), o baladas country con sus dosis de twang, al estilo de los injustamente olvidados Wagoneers (“Overdue (For being over you)”), lo que demuestra su versatilidad interpretativa. En este caso, sin embargo, la impresión dominante es que D.B. Harris aún no ha encontrado su camino propio y que por ello explora diversos territorios en busca de una identidad musical que le permita destacar como artista. Ello no quiere decir que éste sea un mal álbum, sino todo lo contrario, ya que se trata de un trabajo variado, que va directo al grano y que seguramente gustará a los fans del buen country tejano.

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