Número 19 - Mayo/Junio 02

Yonder Mountain String Band, la nueva sensación del bluegrass
The Ecclectic Corner
 

Yonder Mountain String Band, la nueva sensación del bluegrass

Nederland es una pequeña población de 1.394 habitantes, situada a 2.500 metros de altitud en el estado de Colorado, un lugar al que la gente va a disfrutar del maravilloso espectáculo que la naturaleza ofrece a través de las incomparables Rocky Mountains. Sin embargo, en Nederland últimamente también es posible difrutar de excelente música acústica, ya que desde finales de 1998 cuatro jóvenes han ido elaborando paso a paso su discurso musical, un discurso que se escribe con los instrumentos, ritmos y melodías del bluegrass. Sin embargo, su música contiene, además, suficientes elementos novedosos y de interés como para llamar poderosamente la atención de críticos y fans del género. Tal como se recoge en la web sobre bluegrass http://nashphil.com/reviews.html, “Seriously, this is THE best new bluegrass band playing today”, y lo cierto es que, junto a los Nickel Creek, esta banda apunta hacia cotas muy, muy altas en el campo de la música acústica.

Estamos hablando de Yonder Mountain String Band (http://www.yondermountain.com), un cuarteto formado por Dave Johnston (banjo) y Jeff Austin (mandolina) –ambos procedentes de Illinois-, Ben Kaufmann (bajo) y Adam Aijala (guitarra), y que se definen en directo como una formación de jamgrass, es decir, que toma el bluegrass como base para unas intricadas e improvisadas excusiones instrumentales en las que cada uno de los miembros de la banda luce sus habilidades musicales. Esta característica tan peculiar de su música –al revés de lo que es habitual en el bluegrass, es decir, temas de corta duración- queda recogida en su disco en directo “Mountain Tracks: Volume 1”, un álbum grabado en el Fox Theatre de Boulder los días 29 y 30 de Septiembre del 2000, y que a pesar de incluir tan sólo seis temas cuenta con una duración superior a cincuenta y seis minutos. La costumbre de los miembros de YMSB de grabar todas y cada una de sus actuaciones en directo les abastece de abundante material con el que ampliar su catálogo, de manera que para mediados de este año 2002 tienen ya previsto editar un “Mountain Tracks: Volume 2” que podría incluir sorpresas como dos versiones de temas de los Beatles, “Only A Northern Song” y “Yellow Submarine”, temas que últimamente han estado interpretando en sus actuaciones.

Como es lógico pensar, la YSMB no sale de la nada, sino que cuando Dave Johnston y Jeff Austin deciden dejar su banda en Illinois, The Bluegrassholes, y trasladarse hasta Boulder, en Colorado, lo hacen con perfecto conocimiento de causa: no hay mejor lugar donde desarrollar y perfeccionar su capacidad como músicos de bluegrass que a los pies de las Rocosas, al amparo de la efervescente comunidad musical que allí existe dedicada a este género. A parte de los grandes festivales que se organizan en Colorado (Telluride Bluegrass Festival, Rocky Grass Festival, Rocky Mountain Folks Festival), existe una activa Colorado Bluegrass Music Society que da cobijo a 43 bandas profesionales dedicadas a este estilo musical, y la ciudad de Boulder es la sede de dos de las bandas que han cultivado el llamado jamgrass con mayor intensidad, como The String Cheese Incident, quienes definen su música como “"una mezcla sacrílega de bluegrass, calypso, salsa, afro-pop, funk, rock y jazz", y Leftover Salmon, quienes lo hacen como “polyethnic cajun slamgrass”. Sobre esta última formación hay lamentar la reciente muerte, a los 40 años de edad y a causa de un cáncer, del banjista Mark Vann, una sensible pérdida en la comunidad musical de Boulder en particular y para el mundo de la música en general.

En medio de este caldo de cultivo, los miembros de YMSB han aprendido deprisa y bien. En poco más de tres años han grabado tres álbumes, dos de los cuales de estudio y compuestos por material propio, han tocado en festivales prestigiosos (Telluride, Rocky Grass, Berkshire Mountain, Strawberry, High Sierra, Grey Fox) y han ejercitado sus habilidades junto a gente del nivel de David Grisman, Jerry Douglas, Peter Rowan, Darol Anger, Sally Van Meter, Tim O’Brien y Mike Marshall. Emulando las hazañas de un pionero de las “jam bands” como Jerry Garcia, el difunto líder de los Grateful Dead, los miembros de YMSB, unos auténticos hippies del bluegrass, han llegado a desarrollar un único tema durante casi sesenta minutos. Una muestra de esta capacidad de adornar los temas con largos desarrollos instrumentales la encontramos sobretodo en el mencionado álbum “Mountain Tracks: Volume I”, donde dos composiciones inéditas de Jeff Austin tituladas “Keep on going” y “Snow on the pines” superan los doce minutos y catorce minutos, respectivamente, y un medley final de un tema tradicional (“Elzic’s farewell”) intercalado en medio de un tema de J.J. Cale (“If you’re ever in Oklahoma”) supera los dieciocho minutos. El resto del álbum está formado por versiones, esta vez de duración normal, de “Sharecropper’s son” de Carter Stanley y de las tradicionales “My gal” y “Whiskey before breakfast”.

Aparte de “Mountain Tracks: Volume 1”, la YMSB ha editado dos imprescindibles álbumes de estudio, “Elevation” (1999) y el reciente “Town by town” (2002), en los que se aprecia aún mejor el gran talento que atesoran sus miembros. La composición de los temas se reparte prácticamente por igual entre los cuatro músicos, con la curiosidad de que las canciones de YMSB suelen estar en su mayor parte escritas en solitario. Además, los temas suelen ser cantados por su compositor, lo que permite conocer y comparar las excelentes voces de cada uno de los miembros de la YMSB. El menos prolífico del cuarteto es Adam Aijala, quien participa mayoritariamente –aunque no exclusivamente- en los escasos temas instrumentales que forman parte de sus álbumes de estudio, mientras que Jeff Austin, Ben Kaufmann y Dave Johnston, junto a un colaborador externo como Ben Galloway, llevan el peso en cuanto a abastecer a la banda de material propio. A pesar de lo que podría pensarse a priori, resulta difícil distinguir a alguno de ellos por encima de los demás ya que todos ellos han firmado auténticas joyas, canciones que sin duda deberían convertirse en clásicos del género.

Su disco de debut, “Elevation”, es, a mi entender y a riesgo de parecer exagerado, el mejor disco de debut de cualquier artista en cualquier estilo que he escuchado en mucho tiempo. A parte de la solvencia instrumental de cada uno de los miembros, ganada a base de incontables horas sobre los escenarios, y además de la irrefutable capacidad de los artistas invitados, es decir, Darol Anger (fiddle), Mike Marshall (mandolina) y Sally Van Meter (dobro, electric lap steel y producción), YMSB ha sabido aunar un gran lirismo en las letras y unas bellísimas melodías. Uno escucha estas melodías y se pregunta cómo es que nadie las había escrito ya antes. Poner ejemplos sería citar la mayor parte de los quince temas que forman parte de “Elevation”, como por ejemplo “Half moon rising”, “Darkness and light”, “At the end of the day” (las tres, composiciones de Jeff Austin), “The Bolton stretch”, “On the run”, “Forty miles from Denver” (Ben Kaufmann), “Left me in a hole” (Adam Aijala), “To say goodbye, to be forgiven” (Ben Galloway) o “Eight cylinders” (Dave Johnston). Este último tema, equiparable a lo que “Creosote” sería para Son Volt, es un perfecto ejemplo de la maestría de la banda en la composición e interpretación de los temas. “Eight cylinders” reposa sobre una suave almohada de lap steel aportada Sally Van Meter, mientras Dave Johnston canta:

Because your Ford broke down on 47
Because eight cylinders is your idea of heaven
You’ll get it runnin’ some day
And you’ll ride right down the line
When you do I hope it’s true
And I ride beside you

Aparte de la belleza intrínseca de estos versos, especialmente de la imaginativa frase “eight cylinders is your idea of heaven”, la novedad estriba en el tema escogido, ya que no es habitual en el bluegrass encontrar temas que hablen de coches y de motores, algo más propio del country y del rock. Sin embargo, la llamada de la carretera y la consiguiente huida están presentes en multitud de temas de YMSB, tanto en “Elevation” como en el más reciente “Town by town”. Ejemplos de ello los encontramos en temas como “Half moon rising”, “Forty miles from Denver”, “This lonesome heart”, “If there’s still ramblin’ in the rambler (Let him go)”,”Rambler’s anthem”, “Sorrow is a highway” o “Red tail lights”. La mística de la carretera como metáfora de la vida y esa imperiosa necesidad de huir hacia adelante, algo que ya reflejaron de forma magistral los escritores de la generación beatnik encabezados por Jack Kerouac, es patente en “Half moon rising”:

There’s a half moon rising
Pushing me on over another mountain top
Pushing me on... no I’ll never stop
Push me on
There’s a half moon rising in south eastern skies tonight

O en “Forty miles from Denver”:

I’d be forty miles from Denver
When you woke up all alone
Forty miles from Denver and
Three days from my home
In that cool mountain air
On an Appalachian trail
Life is better there

En temas como “The Bolton Stretch” o “On the run”, ambos de Ben Kaufmann, la huida no es ya un tema con entidad por sí mismo, sino que forma parte de historias de sheriffs y personajes fuera de la ley, como si de una canción de Steve Earle o Chris Knight se tratara, añadiendo temáticas hasta ahora prácticamente desconocidas en el bluegrass. En “Darkness and light”, en cambio, Jeff Austin se aproxima a un tema clásico en la canción de autor, las historias épicas, un legado que arranca de los mismos inicios de la literatura occidental. En este caso el protagonista es un soldado que debe acudir a la guerra, dejando atrás a una amada que no sabe si volverá a ver y a un competidor ansioso de ocupar su lugar. El tema empieza así de bien:

There was a soldier, there was a lady, there was a lover who lived in town
There was a battle in that far country, to that dark land was that old soldier bound
He held his true love, he kissed her softly, said “Darlin’, fear not, I’ll come back ‘round”
From a near window, the lover watching, watching as her tears fell to the ground

En otros momentos, las letras de las canciones de YMSB dejan de contarnos historias y pasan a describir sensaciones, ofreciendo en algunos casos unas metáforas inspiradísimas, como en “Eight cylinders” donde se describe la tristeza vital del personaje como “your day is a clock of grey hours / and your smile has lost all its flowers”, o en “Sorrow is a highway”, donde se compara al corazón con una carretera dividida en dos mitades por una línea blanca, un corazón “divided, separated in these feelings over you”. Por otro lado, en otros –pocos- momentos las letras se tornan enigmáticas, de difícil comprensión, pero sin perder un ápice de su belleza, de una manera parecida a las mejores composiciones de Jay Farrar con los ya citados Son Volt. Así, de nuevo en “Eight cylinders” –sin duda el mejor tema propio de la banda-, aparece una intrigante frase como “hunger is a darkness inside a phone wire”. Esta constante aproximación desde el bluegrass hacia a los cantautores lleva a YMSB por un camino iniciado por dos bandas con destacados compositores como líderes, como fueron los ya desaparecidos Hot Rize de Tim O’Brien y los Front Range de Bob Amos, estos últimos también procedentes de Colorado. Musicalmente, aparte de las ya mencionadas influencias de los Grateful Dead de Jerry Garcia y de las otras bandas de jamgrass de Boulder, en la música de YMSB se aprecian también toques de New Grass Revival, de John  Hartford y de Frank Zappa, otros de los héroes a los que han dedicado su disco de debut.

“Town by town”, editado a inicios de febrero de este año, ha sido producido por Tim O’Brien, quien además ha aportado su buen hacer con el fiddle y el bouzouki en varios de los temas. Musicalmente y conceptualmente se trata un álbum parecido a “Elevation”, con canciones que cubren el mismo territorio que en el anterior disco y con temas y fragmentos instrumentales que demuestran la capacidad de innovación del cuarteto. Sin embargo, “Town by town”, a pesar de ser un gran álbum por sí mismo, se resiente un poco de esta línea continuista y en él se echa en falta ese tema inolvidable, ése que marca la diferencia respecto a los demás, como “Eight cylinders” fue en “Elevation”. Sin embargo, no por ello hay que menospreciar este álbum, ya que canciones próximas al bluegrass clásico como “Rambler’s anthem”, “Idaho”, “Loved you enough”, “Sorrow is a highway”, “Must’ve had your reasons” (con un inicio folk que recuerda a temas de John Denver) o “A father’s arms” son ya favoritas entre los fans de la banda.

Sin embargo, personas capaces de valorar con mejor conocimiento de causa que este cronista la verdadera aportación de YMSB a la música bluegrass prefieren resaltar otros méritos. Así, según el respetado y durísimo crítico de la revista PopMatters, Chuck Hicks, en su comentario del álbum (http://www.popmatters.com/music/reviews/y/yondermountainstringband-town.html), los seis primeros temas de “Town by town” discurren por terrenos ya conocidos y relativamente anodinos para quien busca constantemente nuevas propuestas musicales y evolución en los estilos. Sin embargo, según Hicks el gran mérito del nuevo trabajo de YMSB está en temas como “Wildewood drive”, donde Adam Aijala redefine el papel de la guitarra acústica en el bluegrass; en “New Horizons”, donde Ben Kaufmann experimenta con el arco para conseguir unos notables efectos con su contrabajo que ponen la base para el solo de mandolina de Jeff Austin; y en el que considera mejor tema del álbum, otro tema instrumental titulado “Hog Potato”, donde compara el trabajo de la banda y especialmente el de Dave Johnston con el banjo con las aportaciones del pianista Thelonious Monk al jazz.

Con la corta perspectiva que dan estos escasos tres años, salta a la vista que con “Elevation” y “Town by town” YMSB ha puesto sobre la mesa del bluegrass importantes novedades, tomando ideas de otros estilos, ahondando en las letras tal como hacen los cantautores y añadiendo buenas dosis de dinamisno y creatividad desde el ámbito instrumental. Así, no es de extrañar que, a pesar de ser un álbum autoproducido y con escasísima publicidad,  “Elevation” haya vendido ya más de 10.000 copias, y que “Town by town” vaya por el camino de superar ámpliamente ese cifra, toda vez que la banda tiene en marcha un New Horizons Tour 2002 que deberá llevarla a las principales ciudades del país y a festivales como Merlefest, Strawberry Music Festival, Telluride Bluegrass Festival, Northwest String Summit, High Sierra, Grey Fox y Walnut Valley, así como a locales míticos como el House of Blues de New Orleans.

Igual como ha sucedido recientemente con el éxito de la banda sonora de “O Brother” y en menor medida de los nuevos álbumes de Alison Krauss y Nickel Creek, la irrupción de una banda como YMSB demuestra el alto grado de vitalidad del bluegrass, un género que en estos momentos vive una etapa de esplendor que muy bien podría compararse a la que hace unos años llevó a la música celta al status que actualmente ostenta. La frescura que muestra la YMSB resulta además de gran importancia por lo que representa de ayuda a la hora de contener el único riesgo que sufre, precisamente debido a su éxito, el bluegrass actual: el de la repetición de esquemas y de recursos musicales. En unos momentos en los que ya empezamos a familiarizarnos con el tipo de licks que intercala Jerry Douglas o con los solos de mandolina de Sam Bush, por poner ejemplos de nombres que la mayoría de aficionados conocen, resulta esencial el contrapeso que se pueda hacer desde sitios como Boulder, Colorado, y por parte de nuevas bandas con un futuro tan espléndido como Yonder Mountain String Band.
 

The Ecclectic Corner

The Woodys: Teardrops and diamonds
Katy Moffatt: Cowboy girl
Bill Passalacqua: Jack Rabbitt & Other Love Songs
Troy Olsen: Living in your wold
Kevin Banford & The Bakersfield Boys: King of the thrift store cowboys
Chris Richards: Jam the breeze
Cooder Graw: Shifting gears
Pat Haney: Ghost of things to come
Austin Cunningham: Where I come from
The Brooklyn Cowboys: The other man in black (The ballad of Dale Earnhardt)
Kenny Butterill: No one you know
Varios artistas. Evangeline Made: A Tribute to Cajun Music
Rick Treviño: Mi son
Matthew Lee Band: West of California
 

The Woodys - Jambalaya, 3/6/2000 - Foto Lluís SalaIgual que en 1998, un año que empezó con la aparición en Rounder Records del álbum de debut de The Woodys (http://www.thewoodysmusic.com), el dúo formado por Michael y su esposa Dyann han inaugurado el 2002 con el lanzamiento de su segundo trabajo, un esperado álbum que lleva por título “Teardrops & diamonds” y editado en su propio sello Dynamike Records. Después del éxito de su disco de debut, todo un número 1 en la entonces reciente lista Americana, The Woodys no han tenido prisa por aprovechar la ola de popularidad y lanzar un segundo álbum con canciones escritas de cualquier forma. Al contrario, Michael, Dyann y sus colaboradores se han tomado el tiempo necesario para componer y pulir los temas que forman parte de esta sólida continuación. “Teardrops & diamonds” se inicia con la canción que da título al álbum, un tema marca de la casa en el que aparte de las excelentes armonías del dúo destacan la steel-guitar de Al Perkins y el fiddle y la mandolina de Tammy Rogers, al que le sigue la única versión del álbum, un tema de Steve Earle titulado “Hearts don’t break”. A pesar de que el country-folk sigue siendo la base de su música, The Woodys muestran en este trabajo una mayor variedad estilística que en su anterior álbum, incluyendo las claras influencias de los Everly Brothers que impregnan “Don’t blame me”, las deliciosas baladas country “Hello heartache”, “Down here in Denver”, o “He’s back and I’m blue” (un número 1 para la Desert Rose Band a finales de los 80), un tema con regusto beatleriano como “Sweeter than wine”, un honky-tonk como “Honey I’m wrong”, el aire mexicano de “Echoes of love” o la rockera “Every minute counts”. Aparte de los mencionados Al Perkins y Tammy Rogers, “Teardrops & diamonds” cuenta con otros músicos de excepción, como Leslie Satcher a las armonías vocales, Dave Pomeroy al bajo, y Kenny Vaughan (Lucinda Williams, Rodney Crowell) a las guitarras, mientras que Cactus Moser (ex Highway 101) y Billy Block se turnan en la batería. Igual que con su disco de debut de hace cuatro años, aún perfectamente vigente y actual, “The Woodys” han grabado otro memorable álbum para el que difícilmente pasarán los años.

Una de las vocalistas country más eludidas por el éxito comercial pero al mismo tiempo más respetadas por la crítica es Katy Moffatt. Originaria de Fort Worth, Texas, y con doce álbumes a sus espaldas, Katy Moffatt ha cultivado con especial credibilidad artística los principales estilos de la música americana de raíces (country, rock, blues y folk) a través de sellos discográficos tan dispares como Columbia, Philo, Watermelon o Hightone. Su última aventura musical se desarrolla en Shanachie-Western Jubilee Recording Company (http://www.westernjubilee.com), lleva por título “Cowboy girl” y supone una recreación totalmente acústica e intimista de algunos de las más populares canciones del estilo western, como “Black diamond”, “John Hardy”, “Texas rangers” o “When I was a cowboy”, además de versiones de temas de grandes cantautores como Norman Blake (“Ol’ Bill Miner)”, Joe Ely (“Indian cowboy”), Tom Russell (“Hallie Lonigan”) o su hermano Hugh Moffatt (“The ghost light of Marfa”). Acompañada tan sólo por Rich O’Brien a la guitarra acústica, David Wilkie (de los fabulosos Cowboy Celtic) a la mandolina, guitarra acústica y voces, y Mary Stribling al contrabajo, Katy Moffatt ha producido una nueva joya, comparable en estilo, sensibilidad y resultado a su memorable álbum de 1998 en HMG Records, “Angel town”.

La abierta escena musical de Austin continúa siendo un nutritivo caldo de cultivo para que artistas venidos de los más lejanos rincones de los USA puedan desarrollar su talento y expresarlo mediante sus propias grabaciones. Este es el caso de Bill Passalacqua (http://www.billpassalacqua.com), procedente de Mattoon, Illinois, aunque residente en Austin desde 1994, quien acaba de lanzar su segundo trabajo “Jack Rabbitt & Other Love Songs” en el que le acompañan nombres como Darcie Deaville al fiddle, viola, mandolina y producción, Marvin Dykhuis (Tish Hinojosa) a las guitarras, David Carroll (Shaver) al bajo, East Side Flash (Shorty Long) al dobro o Mark Rubin (Bad Livers) a la tuba, entre otros. Estilísticamente las canciones de Bill Passalacqua muestran una enorme variedad, yendo desde los temas folk (“Heaven”, “The fall” o “Roll me up”, un tema que tanto podrían haber firmado Woody Guthrie como Robert Earl Keen), hasta el country (“The time”, a dúo con una bellísima voz femenina como la de la desconocida Elizabeth McQueen), pasando por el bluegrass (“Jack Rabitt”, “Run me down”, “Salty dog”) y el dixieland (“Parade”, “Ibinda (I’ve been to)”), mientras que sus letras van desde las inteligentes y comprometidas como en “It used to be a river”, hasta las desenfadadas como en “Jack Rabitt”, una canción dedicada, en palabras del propio Bill Passalacqua, a “the best dog I’ve ever had”. En resumen, un trabajo con el que Bill Passalacqua, un artista con una peculiar voz nasal y algo ronca, mejora sustancialmente el nivel de su disco de debut, “Reckless pedestrian”.

En los últimos años han aparecido algunos jóvenes artistas de country neo-tradicionalista que de haber nacido una década antes hoy en día serían las grandes estrellas del género, en vez de –o quizás compartiendo el estrellato con- los George Strait, Alan Jackson o Randy Travis. Entre estos artistas podemos citar a jóvenes fenómenos como Paul Burch, los tejanos Ed Burleson, Pat Green, Cory Morrow, o a los grandes talentos a los que vamos a dedicar las próximas líneas. Uno de ellos es Troy Olsen, proveniente de Arizona, nacido en 1973 y formado musicalmente en el circuito de clubs de Tucson (http:/www.troyolsen.com). Descubierto y apoyado inicialmente por Linda Rondstadt, Troy Olsen acaba de debutar con un impresionante disco de debut titulado “Living in your wold”, repleto del mejor honky-tonk de corte californiano, en la línea estilística que lleva desde Wynn Stewart hasta uno de sus grandes héroes, Dwight Yoakam. El álbum contiene diez temas compuestos por el propio Olsen junto a nombres de la talla de Chris Gaffney, Chris Miller o Teddy Morgan, y cuenta además con la participación de reputados músicos de sesión como Jay Dee Maness (steel guitar), Scott Joss (fiddle), Skip Edwards (piano) y James Intveld (guitarras y producción). Con una cálida voz similar en timbre a la de George Strait, Troy Olsen ofrece auténticas perlas como el tema que da nombre al álbum, “Living in your world”, a ritmo de música cajun, las baladas “Making believe”, “Heaven that I found” o “Stronger than the wine”, o las influencias retro-country de “Who gave you the right” o de “The Hank song”. Gracias a este “Living in your world”, Troy Olsen pasa de ser una promesa a una reluciente realidad en tan sólo un álbum, algo que sólo está al alcance de los que van camino de ser grandes.

Las otras dos jóvenes aunque grandes promesas del sonido neo-tradicionalista, subespecie “californiano”, son Kevin Banford y Chris Richards. Desde El Toro, California, Kevin Banford y su banda, The Bakersfield Boys (http://www.kevinbanford.com), debutaron el pasado año 2001 con un muy buen trabajo titulado “King of the thrift store cowboys”, en el que estuvieron apoyados por músicos de la calidad de Greg Leisz a la steel-guitar, Gabe Witcher al fiddle, Chris Gaffney al acordeón y Wyman Reese a los teclados. Curtido gracias a sus actuaciones en locales como los conocidos Palomino Club o The Troubador en Los Anegeles, e inspirado por la música de Buck Owens, Merle Haggard y Dwight Yoakam, Kevin Banford ofrece en este álbum de debut diez composiciones propias de un country radicalmente tradicional, efectivo al cien por cien, que se acerca en concepto y en resultado a lo que es esperable de cualquier buena producción de country tejano actual. Los mejores momentos del álbum llegan con el honky-tonk sin concesiones de “Guitars, guns, god & girls”, “Katie bar the door”, “Pride in my misery” o “King of the thrift store cowboys”, y con las baladas “Old El Paso” o “There by the grace”. Un álbum ideal para contentar las exigencias de los fans más exigentes en cuanto cuota de tradicionalidad.

Aunque originario de Wiscosin, Chris Richards (http://www.tenhighranch.com) se ha halla bajo el mecenazgo del gran Rick Shea, cuyos imprescindibles trabajos “Shaky ground” y “Sawbones” ya han sido comentados en esta sección. Rick Shea ha puesto todo su buen hacer a la producción, a la mandolina y a todo tipo de guitarras (acústica, eléctrica, dobro, lap steel) para elaborar un producto sencillamente perfecto, el disco de debut de Chris Richards, titulado “Jam the breeze”. A caballo de estilos como el country, el tex-mex o el folk, la música de Chris Richards es como la seda, suave y sofisticada al mismo tiempo, con una instrumentación que merece ser escuchada y saboreada nota por nota, siendo el resultado global parecido al de otra obra maestra del 2001, el álbum “Stack of dreams” de Thad Cockrell & The Starlight Country Band. Por otro lado, las letras están sumamente trabajadas y muestran a un autor capaz de ofrecer los temas de siempre a través de nuevas y efectivas imágenes, como en la inicial “Jam the breeze” o en la bellísima “Why Arizona”, donde el protagonista (is) “headed for a stretch were the pavement doesn’t bend”. Cada canción del álbum es una nueva muestra del inmenso talento de Chris Richards, destacando además “Tijuana lullaby”, “Prairie smoke”, “Someone else’s blues” o “She once lived here”. En resumen, uno de los mejores trabajos del pasado año y que sencillamente hipnotizará a los que disfruten de ese country que aparte de sonidos tradicionales sabe ofrecer un toque de distinción.

Formados en 1998 en Amarillo, Texas, Cooder Graw (http://www.coodergraw.com) es una banda de country moderno aunque con profundas raíces en lo tradicional que está dando mucho que hablar tanto con sus grabaciones como con sus actuaciones en directo. En tan sólo cuatro años han editado tres álbumes, uno de ellos en directo, y han recogido un sinfín de críticas entusiastas por parte de los cronistas musicales tejanos, siendo nombrados Mejor Nueva Banda por la emisora KLIF de Dallas así como Banda del Año y Mejor Nuevo Artista del 2001 por el fanzine Rockzillaworld. Su última propuesta se titula “Shifting gears” y contiene doce impecables temas escritos única y enteramente por el líder y vocalista de la banda, Matt Martindale, un nuevo talento de la música country al que habrá que seguir muy de cerca. Producidos por Hayden Nicholas, el auténtico responsable del sonido country de la primera época de Clint Black y co-autor de muchas de sus mejores canciones, Cooder Graw se revelan como una formación de primerísimo nivel, capaz de interpretar la música country de una forma sedosa y seductora, asequible y sin estridencias, tal como acreditan canciones como “Shifting gears, “Better days”, “God only knows” o “Willie’s guitar”, este último un excelente tema a ritmo de swing. Sin embargo, cuando es el momento de subir las revoluciones los Cooder Graw siguen sonando convincentes, como cuando se aproximan a la música trucker en “King of the Dairy Queen” o en la rockera “Wicked Wicth of the West”. En resumen, un álbum imprescindible que debe satisfacer, y mucho, tanto a los fans más exigentes como a aquellos que aún estén adentrándose en el género.

Afortunadamente, parece que en la música americana de raíces la figura del narrador, del bardo que cuenta historias, se resiste a morir. El penúltimo en llegar es Pat Haney (http://www.pathaney.net), un enérgico cantautor que dejó su trabajo en una gasolinera de Bowling Green, Kentucky, para dedicarse de lleno a la música. Ya recibió grandes elogios con su disco de debut “Wrong rite of passage” y ahora va camino de cosechar otra colección de parabienes con su segundo trabajo, “Ghost of things to come”, editado igualmente por Free Falls Entertainment. Las canciones de Pat Haney aguantan de manera más que aceptable la comparación con las de Steve Earle, John Prine, Bruce Springsteen o Chris Knight, y están compuestas por incisivas letras y excelentes melodías apoyadas en una instrumentación basada en la guitarra acústica y la armónica del propio Pat Haney, la eléctrica de Tim Krekel, la mandolina de Todd Osborne y el órgano de Paul Hatchett. El resultado es una colección de doce temas directos como un puñetazo entre los que destacan el inicial “Ghost of things to come”, “’Licts”, “Nursing home”, “Hey there Mister”, “Fifteen years”, “Like my daddy did” y “Come on back to Bowling Green”. “Ghost of things to come” es un álbum conceptualmente cercano al rock, aunque con clarísimas influencias de country, folk y rock sureño, que sin duda entusiasmará a los fans de los artistas arriba mencionados. Tal como ha escrito Hal Horowitz, crítico de All Music Guide, “con este álbum Pat Haney ha reunido una colección de canciones que Bruce Springsteen gustosamente habría añadido a “The River””.

Austin Cunningham (http://www.austincunningham.com) es un cantautor tejano afincado en Nashville que a lo largo de la pasada década se ha ido labrando un nombre gracias a sus actuaciones en locales como el Bluebird Café y especialmente gracias a haber tenido temas versionados por algunos de los grandes nombres del country como Dolly Parton, Tracy Byrd, Martina McBride y Hal Ketchum, entre otros. Su segundo y reciente trabajo lleva por título “Where I come from” y aparte de componer y cantar las quince canciones del álbum, en él Austin Cunningham toca la guitarra acústica, la eléctrica, la steel-guitar, el dobro y la armónica, demostrando que además es un gran multi-instrumentista. Estilísticamente estamos ante un álbum realmente variado que incluye dos temas del country más ortodoxo como “Goin’ to Austin” y “15 songs”, dos excelentes baladas country como la que da título al álbum, “Where I come from” y “Long flight to Vegas”, un blues eléctrico como “Livin’ it up (On my way down)”, un atrevido blues con toques de funk como “Meat on the bone”, dos blues acústicos como “6 feet woman” y “Long way to go”, un tema cercano al rock sureño como “Hillbilly” y una combinación entre el country-folk y el pop en la inicial “Southern side of town”, como temas más destacados. “Where I come from” es un notable trabajo de un artista que conecta country y blues con enorme naturalidad y que además es capaz de dar a sus canciones ese toque de modernidad que las hace asequibles a públicos más amplios que los del propio género.

Una de los grandes álbumes country del año 2000, ya comentado en esta sección, fue el debut de los Brooklyn Cowboys (http://www.brooklyncowboys.com), “Doin’ time on Planet Earth”, con quienes la revista Jambalaya incluso publicó una entrevista. Después de dos años de silencio en los que han acometido una ligera reestructuración de la banda –ya no están la vocalista Joy Lynn White ni el bajista Michael “Supe” Granda, actualmente con Trent Summar, reemplazados por Brian Waldschlager y Jeff Davis, respectivamente-, The Brooklyn Cowboys dan señales de vida con un mini-CD de 6 temas  titulado “The other man in black (The ballad of Dale Earnhardt)”, un homenaje al piloto de Nascar Dale Earnhardt, fallecido en febrero del 2001, y que supone un anticipo del que se prevé sea su nuevo trabajo anunciado para finales del 2002. Además del tema que da título al mini-CD, éste contiene otras dos nuevas canciones, “Right now” y “You must be from Nashville”, que alejan el sonido de la banda del country y lo acercan hacia el rock y el rockabilly. Otros dos temas corresponden a versiones en directo de “Learn how to love me” y “Reachin’ for the sky”, pertenecientes a “Doin’ time on Planet Earth” y en los que a pesar de su contagiosa energía se echan en falta las armonías de Joy Lynn White, mientras que el tema restante, un “bonus track” no anunciado, es un excelente tema a ritmo de bluegrass. Todo parece indicar que en su nuevo trabajo los Brooklyn Cowboys podrían simplificar su propuesta musical a favor del rock y en pos de una mayor comercialidad, aunque este “bonus track” parece anunciar también interesantes sorpresas. Esperaremos con impaciencia la aparición del segundo trabajo completo de esta competente banda de country-rock.

Kenny Butterill (http://www.nobullsongs.com) es un cantautor proveniente del Canadá aunque afincado en California y que tiene un estilo en la composición e interpretación de sus temas que recuerda poderosamente al legendario J.J. Cale. Su disco del año 2000 se titulaba “No one you know” y en él incluía 12 suaves canciones con todo el toque sureño que J.J. Cale daba a sus temas, interpretados por la susurrante voz de Kenny Butterill y con un excelente Peter Morrison a la guitarra eléctrica solista, que adorna cada uno de los temas con sus precisos y afilados punteos. A lo largo del álbum Butterill recita, más que canta, sobre romances en la carretera, el orgullo de haber nacido en Canadá, los consejos de un padre a su hijo, el amor por un perro o –casi proféticamente- el recorte de libertades en los USA, construyendo unas historias más que notables aunque algo disminuidas por la reiteración en el mismo tipo de arreglos. La más reciente novedad para Kenny Butterill (noviembre de 2001) es la edición de un CD-single para coleccionistas con una canción de homenaje a Townes Van Zandt titulada “The Townes you left behind”, una balada folk interpretada de forma totalmente acústica por las guitarras del propio Butterill, de Steve Palazzo y de la artista de Rounder Records, Mary McCaslin. En resumen, un cantautor que gustará a los fans de J.J. Cale y que, con algo más de atrevimiento y diversidad en los arreglos, podría llegar a un público mucho más amplio.

Los fans de la música cajun están de enhorabuena con la edición del álbum “Evangeline Made: A Tribute to Cajun Music”, un trabajo promovido por una de las grandes y más tradicionales artistas del género, Ann Savoy (de la Savoy-Doucet Band), y editado por Vanguard Records (http://www.vanguardrecords.com). El álbum recoge grabaciones originales realizadas expresamente para este proyecto de artistas que hasta ahora poco o ningún contacto habían tenido con la música de los francófonos de las marismas de Louisiana, como por ejemplo Linda Rondstadt, John Fogerty, Patty Griffin, Maria McKee, Rodney Crowell o Nick Lowe. El resultado es una grata sorpresa que conjuga perfectamente la tradición en la concepción y arreglos de los temas y la modernidad en las técnicas de grabación, lo que permite que reluzcan no sólo las voces de los artistas arriba mencionados, sino también el excelente trabajo de músicos tan reputados como la propia Ann Savoy (guitarra acústica, fiddle), su mardio Marc Savoy (acordeón), Michael Doucet (fiddle), Steve Riley (fiddle, acordeón), Sonny Landreth (slide guitar), Dirk Powell (acordeón, fiddle) y Christine Balfa (guitarra acústica, percusión), entre otros. Los temas versionados son clásicos del género como “Diggy Liggy Lo”, “Je Veux Plus Te Voir”, “Blues de Bosco” o la versión cajun de un clásico de George Jones como “Don’t Stop The Music”, aquí convertido en “Arrête Pas La Musique”, aunque la mayoría son canciones tradicionales como “La Chanson d’une Fille de Quinze Ans”, “Pa Janvier, Laisse Moi M’en Aller”, “Ma Mule” o “Tout Un Beau Soir en me Promenant”. “Evangeline Made” debería servir para revigorizar a uno de los géneros de corte más tradicional y que ha permanecido algo olvidado tanto por la industria como por los fans. Con él, la música cajun dispone de su primer clásico del siglo XXI.

Una de las grandes y agradables sorpresas del año es la que nos ofrece el austiniano Rick Treviño (http://www.ricktrevino.com) y su nuevo álbum “Mi son”. Treviño es un artista que hace unos años consiguió algunos “hits” en Nashville como cantante de country comercial, suponemos que en un intento de Columbia Records –su sello entonces- de intentar atraer a las jóvenes adolescentes de origen hispano hacia este tipo de música. Después de 3 singles en el Top 10 de la Hot Country Singles & Tracks y de 6 álbumes (incluyendo las dobles versiones en inglés y español de dos de ellos), en 1996 el nombre de Rick Treviño desapareció de la escena country, para reaparecer de forma discreta en 1998 como miembro del súpergrupo de música tradicional mexicana, Los Super Seven, junto a David Hidalgo y César Rosas, de Los Lobos, además de Freddy Fender, Flaco Jiménez, Joe Ely, Ruben Ramos, y Joel José Guzman. Con Los Super Seven ya ha colaborado en dos álbumes y gracias a ellos parece haber salido de nuevo a flote y redefinido de forma radical su carrera. Así, Rick Treviño ha vuelto a la actividad musical con un producto mucho más adecuado a sus raíces musicales y familiares, el imprescindible álbum “Mi son”, un homenaje a la música tradicional latina, repleto de sones cubanos y boleros, cantado mayoritariamente en español e interpretado por excelentes músicos como Raúl Malo, Ruben Ramos y la formación al completo de Los Lobos (David Hidalgo, César Rosas, Conrad Lozano, Louie Pérez y Steve Berlin, quien además produce el álbum). Con “Mi son” Treviño demuestra que es un cantante de muchísima entidad y, al menos bajo mi punto de vista, gana una credibilidad como artista que ningún Top 10 en el terreno de la música country hasta ahora había logrado darle. Los que hayan degustado y disfrutado del álbum “Buena Vista Social Club” no deben dejar pasar este “Mi son”, un compendio de diez excelentes canciones con un elevado nivel instrumental, entre las que destacan “El tira y jala”, “Mi son”, “La Hiedra”, “Vanidad”, “Cupido”, “Long goodbye” y, especialmente la versión del tema del bandeonista argentino Astor Piazzolla, “Vuelvo al sur”. En resumen, un álbum brillante que debería colocar a Rick Treviño entre los grandes nombres de la música latina de raíces.

Y terminamos con otro álbum y otro artista que se sale del formato country pero que merece ser destacado por la calidad de sus producciones. Matthew Lee es un cantautor originario de Ann Arbor, Michigan, y afincado en Los Angeles desde 1993 que está llamando poderosamente la atención en los círculos de música acústica independiente. Con una voz áspera como pocas y acompañado siempre por su piano, Matthew Lee (http://members.aol.com/mlband) ofrece en su tercer álbum “West of California” unas composiciones musicalmente complejas aunque delicadas, con unas letras que desprenden un gran lirismo, como en “Long lost part of you”, donde Lee escribe “I am the spirit that winds its way through your room / Slips through your fingers, hangs like perfume”. La voz rota de Matthew Lee se pasea por entre los sonidos envolventes de su piano y de las guitarras eléctrica de Ken Lasaine y acústica de James Coberly, dándole a su música un aire absolutamente personal, algo así como si Bruce Springsteen cantara sus temas más intimistas sobre la base del piano y los arreglos musicales del Tom Waits de “Closing time”. Si hasta ahora, y a pesar de componer y cantar la música de los anuncios para la televisión americana de la cadena de restaurantes Taco Bell, Matthew Lee ha sido definido como el mejor artista sin contrato (“unsigned act”) de Los Angeles, no sería nada de extrañar que este “West of California” le reportara, si no un buen contrato, un mayor reconocimiento por parte del público. Un gran álbum de un desconocido artista que debería satisfacer, y mucho, a los fans de Tom Waits.

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