El premio
(Leo Maslíah)
Estoy contento porque ahora puedo considerarme una persona culta. Y digo
culta en el sentido más corriente en que se usa esa palabra, sin meterme a buscar la quinta pata del
gato, con todas esas historias de que cultura es todo, de que cualquier cosa que uno haga, desde atarse
los cordones de los zapatos hasta tomar mate, mirar televisión, usar un bidet, comprarse ropa o hacer
cola para esperar un colectivo, es parte de su cultura. Todo eso ya lo sé y no lo niego, pero yo no
hablo de ese tipo de cultura. Yo digo que soy un tipo culto y vos me entendés. Voy a museos. Asisto a
conferencias. Escucho música contemporánea. Miro películas de Mona Hatoum, y tengo abono para un ciclo
de cine mudo noruego de la década del veinte. Me inscribo en seminarios y participo en coloquios y
simposios. Y, sobre todo, leo. Ultimamente devoré la obra completa de J. L. Austin, por ejemplo. Y la
de Ernest Cassirer. Y los cuatro últimos libros de Susan Sontag. Y dos de Julia Kristeva. Y
diecisiete de Umberto Eco. Y la mitad de uno de Jean Allouch. También me castigué arduamente con
Jacques-Alain Miller, Elisabeth Roudinesco, Geoffrey Hartman y el polifacético Noam Chomsky. Y
descifré la gravitación de las sonoridades no discursivas en Jacques Derrida, que te queda grande. Y
sufrí el anti-Edipo y las visiones puras de Gilles Deleuze. Y estudié a Hugo Bleichmar y a Roland
Chemama. Y me familiaricé con el enfoque de Sherry Turkle sobre la construcción de la identidad en
la era de Internet. Exploré las actuales tendencias críticas a las obras de Laforgue y Morgenstern.
Indagué a Slavoj Zizek. Formé y sostuve un grupo de discusión sobre el aporte de Françoise Dolto al
psicoanálisis y otro sobre los de Carlo Ginzburg y Bernard Ogilvie a la epistemología actual.
Desmenucé una a una las ingeniosas objeciones de Alan Sokal y Jean Bricmont al uso de vocabulario
científico por parte de autores humanísticos como Bruno Latour, Jean Baudrillard, Félix Guattari,
Francois Lyotard, Michel Serres y Paul Virilio, así como la insoslayable impronta que las tendencias
francófobas de ciertos intelectuales americanos está dejando sobre los horizontes de la
posmodernista. (Medité asimismo sobre la posibilidad de desacreditar análogamente a
Georgescu-Roegen, en su intento de utilizar la segunda ley de la termodinámica para demostrar que el
crecimiento económico se da necesariamente a expensas de los ecosistemas y de su degradación).
Exploré la ética de Hillis Miller y los múltiples modos de acercamiento a la semiótica esteticista
de Herman Parret. Me suscribí a Exégesis (publicación del Colegio Universitario de Humacao, en
Puerto Rico), a las revistas mexicanas Razón y Palabra y Alter, al Dossier de la Universidad de
Guadalajara, al Boletín de la Academia Nacional de Educación de la Argentina, a la Revista
Filosófica Utopía y Praxis Latinoamérica, a la Kritik der reinen Vernunft y a la Metaphysische
Anfangsgründe der Naturwissenschaft. Qué te parece. Y no fueron lecturas superficiales. No asumí
ciegamente todo lo dicho por los autores consultados. La experiencia me generó múltiples
interrogantes cuya satisfacción, seguramente, habrá de generar nuevas dudas y la necesidad de nuevas
lecturas y polémicas constructivas con personas que, como yo, decidieron no dejarse llevar por la
corriente y cuestionarse el entorno socio-económico-político-ideológico en que les tocó vivir. Y
bueno, la lista de tratadistas que leí y analicé es mucho más extensa que lo consignado aquí hasta
ahora. Estoy convencido de haber llegado al nivel cultural de que me vanaglorié al principio -y no
temo a las acusaciones de pedantería, porque yo no me cultivo para hacer pública ostentación de
conocimientos, sino para tratar de mejorar mi calidad de vida y la de quienes me rodean-. Y haber
alcanzado este nivel, aunque esto parezca presuntuoso, me da cierta tranquilidad de espíritu y la
seguridad de que con todo derecho puedo recompensarme yendo al quiosco y comprándome, junto a
Investigación y Ciencia y el Diario de Poesía, el último número de la revista Caras, para enterarme
de qué está haciendo ahora Valeria Mazza y con quién está saliendo Natalia Oreiro.