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Con los pertrechos y alimentos necesarios y luego de 17 horas de recorrer lugares y rutas argentinas, llegamos al primer objetivo: El Sosneado, último puesto de gendarmería sobre nuestro territorio, último almacén, última YPF, última civilización, terminó bromeando alguien. A partir de este lugar sabíamos que nos esperaban 63 Km de ripio y piedras en permanente ascenso. Según los pobladores de la ultima civilización el camino a recorrer era bueno aunque era imprescindible que el vehículo utilizado estuviera en óptimas condiciones, requisito que el Fierro de la Chevrolet de Eugenio cumplía holgadamente.
A mitad de camino nos encontramos con un monumento en homenaje a 5 gendarmes que habían intentado, a principios de siglo, el cruce del río Atuel. Un poco más adelante, sobre la derecha del camino, divisamos la montaña que contiene La cueva del indio, donde esos antiguos y primeros habitantes de la región, se protegían de inviernos implacables.
A menos de 15 Km del cerro El Sosneado, llegamos a un puesto donde unos pobladores escucharon con cortesía pero no sin asombro nuestros planes. Es imposible, nos dijeron, para llegar al avión es necesario tener caballos y un guía. No digo que hayan herido nuestro orgullo, pero bueno, la intención original era hacerlo con nuestros propios medios y este inconveniente trastocaba un poco esos planes. Como corresponde también fuimos corteses y rechazamos la oferta que nos propusieron por sus servicios.
Aún podíamos avanzar un poco más con la Chevrolet. Llegamos así hasta unas viejas termas. La sorpresa y nuestra alegría no se limitaban a estar ante un espectáculo tan maravilloso como el que nos brindaba el paisaje, sino que además teníamos la posibilidad de que nuestros cuerpos recibieran la bendición de esas aguas termales, cual si fuéramos antiguos habitantes que obtuvieran el premio de los Dioses por las labores de un día de caza y pesca. Muy cerca y como si ahora fuésemos un grupo de arqueólogos en busca de una civilización ya desaparecida, recorrimos un viejo hotel destruido por un alud cincuenta años atrás y cuyas paredes perimetrales y algunas interiores se resistían a caer por completo.
Más tarde continuamos la travesía en la camioneta hasta llegar al antiguo y original puesto de gendarmería, al pie del volcán El Sosneado. Allí, entre unos únicos árboles como toda vegetación, decidimos acampar. Mientras armábamos nuestras carpas se nos acercó un joven arriero. Después de los saludos habituales y de que le contáramos nuestro propósito, nos miró con la misma inocente perplejidad que aquellos pobladores. No agregó nada, antes de seguir su camino sólo nos señaló el lugar donde vivía por si precisábamos de su ayuda, y claro, de sus caballos.
Había llegado el momento de la verdad. Pensábamos cruzar el Río Atuel caminando o en balsas improvisadas. Fue apenas entrar al agua para darnos cuenta que sería una empresa difícil y peligrosa. Al frente teníamos un delta del mismo río que creaba bifurcaciones torrentosas y profundas. Cómo obviar la baja temperatura del agua que hacía imposible estar dentro de ella por más de minuto. Sin perder la convicción de que lo podíamos cruzar por nuestros propios medios caminamos por su orilla aproximadamente 500 metros. Fue imposible. Teníamos una única manera de lograr nuestro objetivo y esa era con la ayuda de los arrieros.
Bajamos hasta su humilde pero cálida vivienda. Nos comentaron que no solamente se trataba de que consiguiéramos cruzar el Atuel sino que había otros tres: el Rosado, el Barroso y el De Las Lágrimas. El acuerdo al que llegamos fue que nos llevaran las mochilas en un caballo y un arriero oficiaría de guía y además nos cruzaría los ríos con su zaino. Emprendimos la caminata de regreso hacia el campamento. Estabamos muy cansados, era cierto, pero alegres porque al otro día, apenas amaneciera, emprenderíamos la marcha hacia nuestro objetivo.
Si pudiésemos fotografiar los sonidos del viento este sería el lugar para obtener las mejores tomas. Lo oíamos ondular sobre nuestras carpas y por momentos creí que aquellos antiguos habitantes del lugar trataban de decirnos algo. Así nos fuimos durmiendo.
Casi sin darnos cuenta, el gran día había llegado. Una claridad de rayos naranjas nos acarició apenas salimos de las carpas y miramos hacia el Este. Quien viera nuestras caras en ese momento adivinaría sin más trámites cuán ansiosos estabamos. Iba a ser un maravilloso día.
Peca, quién ya nos había deslumbrado durante ayer cebándonos con los mejores mates, lo repitió hoy, para alegría de todos.
La hora que habíamos acordado con los arrieros era a las 9:00, pero nuestra ansiedad nos empujó a que estuviéramos en su casa a las 8:30. Bajamos con las mochilas para cargarlos sobre los caballos. El trabajo lo hizo uno de los arrieros casi sin que nos diéramos cuenta, el otro, de nombre Cristian, sería el nuestro guía.
Partimos no si antes hacer nuestras primeras fotos.
Las aguas del río Atuel bajaban transparentes y raudas a nuestros pies y el glaciar De Las Lágrimas donde descansaban los restos del avión caído hacía ya treinta y un años, eran nuestro objetivo.
El cruce del río Atuel fue rápido, pero nos mostró cuan peligroso y tal vez imposible hubiese sido cruzarlos por nuestros propios medios.
Transitábamos al pie del Valle de las Lágrimas cuando Eugenio nos contó del porque de ese nombre: cuando este lugar era un paso obligado a Chile, la travesía se convertía en una trampa mortal para muchos y sumamente diicultoso. Por donde caminábamos podíamos ver el río que lleva el mismo nombre. No era tan ancho como el Atuel pero con aguas mucho más torrentosas y por eso de mayor dificultad para poder cruzarlo. Sobre ambas riveras, piedras de todos los tamaños, nos mostraban a través de sus formas redondeadas, que ellas eran el verdadero testimonio de los tiempos.
Apenas transcurridas media hora desde el inicio de nuestro ascenso, encontramos lo que más tarde confirmaríamos como un pedazo de aluminio perteneciente, quizás, a una de las alas del avión. Hubo un par de segundos en que todos nos quedamos mirando el metal, en absoluto silencio. Había algo de alegría pero también de hondo recogimiento porque entrevimos cuan grande había sido la tragedia.
Y cruzamos un sin fin de riachos con sus cauces secos, espinillos salvajes, pequeños verdes de un fin de verano que comenzaban a perderse dentro del frío de la cordillera, pedregales, y tierra de un camino ya transitado por muchos y aun así nuevos, un sendero sinuoso y en ascenso. Era girar la cabeza y ver el inicio del río Atuel, empequeñecido a nuestros ojos. ¿Cuánto era lo que ya habíamos caminado? ¿Podía ser tanto cómo para que casi perdiéramos de vista el mundo de allá abajo? Miramos también hacia el imponente glaciar De Las Lágrimas y un sendero que debíamos seguir.
Caminábamos formando grupos de dos y a poca distancia. Por momentos parecía que el cielo venía hacia a nosotros y no a la inversa. El sendero era como una línea dibujada caprichosamente por una mano infantil e invisible.
Tal vez fuera el cansancio, o nuestra impaciencia por llegar pero cuando debíamos cruzar el río Rosado, cometimos la primera y única imprudencia: Sortear el río a píe y no hacerlo con los caballos. El curso de agua era de una rapidez asombrosa aunque más asombrosa y terrible era su baja temperatura, sin contar que la profundidad nos superaba la cintura. La consecuencia no llegó a ser trágica pero sí traumática. Los apenas dos metros y medio de ancho fueron suficientes para que tardáramos en recuperarnos y poder continuar con la marcha. Al llegar a otros de los ríos, en este caso el Barroso, de cuatro metros de ancho, ya habíamos aprendido la lección. Esperar a Cristian que él nos cruzara de a uno en uno su caballo.
Aquella energía del arranque sobre el Atuel, había desaparecido. Nueve horas de una caminata intensa, no perdonaron nuestros cuerpos sin entrenar. Entonces, Cristian, nos señala una montaña y nos dice que haríamos base de campamento del otro lado. La imponente belleza del valle Tres Lagunas era el lugar indicado para tomar un respiro. Bebimos de un pozo de agua cristalina y nuestros cuerpos descansaron sobre un césped tupido y verde. En principio era nuestra idea quedarnos en el lugar hasta el día siguiente, pero a poco de llegar la impaciencia y de nuevo la ansiedad nos hizo cambiar los planes. Picaríamos de unos enlatados y a seguir.
El cansancio se hacia notar, sin duda. La altitud sobre el nivel del mar en la que caminábamos, más el poco descanso tomado nos jugaba en contra. Por delante, el sendero se perdía y debíamos cruzar el río De Las Lágrimas. Cristian nos indico que bajáramos contra su margen y que esperáramos en un punto desde donde él nos cruzaría con caballo. Debido a lo caudaloso y a lo profundo del cauce, el cuidado a tener debía ser mayor. El último en cruzar fue Pini. Al hacerlo y en el medio del río, Cristian, el jinete, hace equivocar el paso del caballo. Pini cae. No hubo tiempo a nada. Sólo la habilidad de Pini hizo que fuera él quien, aferrándose de la montura, logra subirse nuevamente al caballo. Cuando llegaron a la orilla vimos que además de haberse mojado, se había torcido el tobillo izquierdo. Dijo que no era nada y que podía seguir. Habíamos hecho una hora más de caminata cuando nos dimos cuenta que el tobillo se le había hinchado y ya no podía avanzar. No quiso que nadie, ni siquiera su padre (Eugenio) se quedara con él. Nos alentó a continuar. Nos esperaría ahí hasta que regresáramos.
Nos quedaban quinientos o seiscientos metros de ascenso y francamente, por primera vez desde el inicio, pensé en no seguir. Tenía la sensación de quedarme sin aire. Era como si Dios a intervalos cortara la línea que me llevaba oxígeno a los pulmones. Aunque bien mirado podría decir que Dios no pierde tiempo en esa clase de bromas. A la media hora del incidente, el Barba pareció castigarme por hacer tales presunciones y me fui relegando del resto, a doscientos o trescientos metros. Me dije que en cualquier momento, Dios, iba a bajar a tirarme de las orejas. Y créanme que yo cada tanto miraba hacia el cielo y prometía buenas acciones por el resto de mis días.
A estas alturas (literalmente) el grupo ya se había dispersado por completo: Juan Carlos era el primero, quinientos metros por delante, después Eugenio, atrás Cesar, casi a la par de Guillermo y por ultimo yo, que seguía ajustando mis cuentas con Dios. En los últimos tramos mis fuerzas estuvieron a punto de desaparecer pero no podía quebrarme cuando faltaba tan poco.
Y por fin, la cima. Había llegado, habíamos llegado.
Lo que había visto tantas veces en fotos, estaba ahora delante de mí: una cruz de metal clavada entre piedras, mostrando el lugar donde yacían los muertos del accidente. Junto con la cruz había pedazos de aluminio y placas recordatorias. Una de ellas, que recuerdo especialmente decía: DEDICADA A TODOS LOS QUE VIVEN DIA A DIA SU CORDILLERA también había una bandera Uruguaya y una Argentina. El esfuerzo de doce horas de caminata ininterrumpida había dado este fruto: yo estaba allí, donde estuvieron los dieciséis sobrevivientes del equipo de Rugby Olds Cristians. Abrasé a mis compañeros y creo que también a Dios. Siempre pensé que no todo en la vida puede ser explicado, no sólo porque quizás no sepamos cómo, sino porque es posible que no existan las palabras para hacerlo. Y sin temor a equivocarme este era uno de esos momentos. Saqué de mi cuello una medalla de la Virgen Estela Maris (la tenía desde la partida de Buenos Aires) y la puse en la cruz. No faltaron momentos de emoción, desde la dedicatoria que le hicimos a Pini, que nos estarían esperando abajo, hasta cuando cada uno de los muchachos hizo la suya. La de Eugenio, quizá la más emotiva, fue para su papá. Don Eugenio padre había fallecido unos días atrás.
Pasados esos momentos nos dedicamos a mirar todo lo que nos era posible ver. Caminamos inclusive por donde los hicieron los sobrevivientes. Sacamos fotos y filmamos cada pedazo de piedra y pensamos cuanto debieron soportar aquellos dieciséis jóvenes.
A las dos horas decidimos emprender el regreso hacia el campamento. Era difícil hacerlo. Nos costaba abandonar el lugar. Imposible explicar el porque, de nuevo aquella misma sensación, no existían las palabras.
Si bien la bajada no era dificultosa la pronta llegada de la noche empezaba a complicarnos. Debíamos apurar el paso. Al encontrarnos donde nos esperaba Pini. Aprovechamos para contarle lo sucedido y también descansar. Como era de esperar, en el último tramo nos alcanzó la noche. Nos costó mucho llegar al campamento base de Tres Lagunas, las piedras y espinillos se nos cruzaban en cada paso. Era casi gracioso escuchar nuestras voces maldiciendo en la oscuridad. Yo me apuré a decirles que no ofendan que el Barba andaba cerca, viéndolo y escuchándolo todo. Creo que no les causa gracia, pero es que yo se los decía de verdad. El caballo de Cristian era quien nos marcaba el camino y aun así fue imposible evitar los golpes y los arañazos.
Al llegar al campamento, preparamos una sopa guisada que comimos con avidez. En ronda y tomando los mejores mates de la cordillera fuimos escuchando de cada una la experiencia vivida. Al rato nos fuimos a las carpas y fue apoyar las cabezas y dormir.
Nos despertamos cerca de la 7:30. Junto a una ronda de mate comenzamos una charla con respecto a la ascensión. Los vestigios en nuestros cuerpos eran claros. Los pronósticos previos en referencia a quienes aguantarían bien y quienes no, fueron errados. Realmente ni yo mismo podía creer que amaneciera tan bien. Terminamos de matear y desarmamos el campamento.
Al bajar nos dimos cuenta que si bien durante el ascenso habíamos prestado atención al paisaje también era cierto que había más por descubrir. Me pregunté en ese momento si era posible, aun viviendo en aquel lugar, no encontrar nuevas cosas cada día. La vista era insuficiente para atrapar todo. Cuánto valor tiene el detenerse para ver además de mirar; darse cuenta que esas imágenes quedarán grabadas en nuestras vidas.
Cerca de 15:30 comenzamos el último tramo de bajada hacia el valle del Atuel, ya podíamos apreciar la casa de los arrieros. Encontramos en el Valle De Las Lágrimas otro resto del Fairchil F-227 y otra vez se produjo un hondo silencio. Paramos a orillas de Río Atuel y vimos a un arriero que se acercaba con sus caballos para hacer el último cruce.
Sin probar bocado fuimos derecho hacia las termas. La sensación del agua sobre nuestros cuerpos fue un bálsamo absoluto. Después del descanso reparador regresamos al campamento y preparamos unos mates. Nos cambiamos de ropa y armamos las carpas ya que posiblemente volveríamos tarde. Ibamos a comer el famoso chivo cordillerano. Llegamos con la camioneta a la casa de los arrieros cerca de las 19:00. La comida ya estaba en el horno de barro. Aprovechamos para hablar con nuestros anfitriones. Nos convidamos cigarrillos mutuamente, los mios obviamente eran comprados, los de ellos armados artesanalmente. Destaparon por un momento el horno y vi como se cocinaba nuestra cena bien ganada. La casa era de barro con techo de palos y ramas y el piso de tierra.
El momento de comer había llegado. Teníamos el chivo en la mesa y no faltaron las bromas. Nuestra cena fue más que excelente, a pesar de que no teníamos ensaladas ni papas ni pan, pero estuvo todo fantástico. La hospitalidad que nos brindó tan buena gente difícilmente puede compararse. Luego comimos duraznos en almíbar que llevábamos nosotros, tomamos mate después de cenar y compartimos un momento muy especial. La familia Araya no sólo nos abrió las puertas de su casa, también nos abrió el corazón. Por lo que si alguien que lee estas notas decide realizar la aventura le recomendaría visitarlos. Ellos además de oficiar de guía le preparan para el regreso ese especial chivo de los Andes.
4° DIA 27 DE MARZO DEL 2003
EL REGRESO
Antes de que amaneciera ya nos habíamos puestos de pie. El cansancio parecía ir en aumento. Como siempre, los mates se transformaron en un elixir reparador. Después levantamos el campamento y cargamos en la camioneta todos nuestras cosas.
Había una sensación de tristeza, es que a pesar de que queríamos volver a reencontrarnos cuanto antes con nuestras familias, también era cierto que dejar aquel lugar nos dolía. Sacamos las últimas fotos y emprendimos la marcha.
Las canciones de Gieco, Heredia, y Sosa, sumados al paisaje, nos recargaron de energía he hicieron que nuestros corazones se alimentaran con los recuerdos de nuestra escalada. Regresábamos felices, convencidos que cada paso dado de nuestra reciente experiencia, serían definitivamente imborrables.
Compañeros de viaje: Juan Carlos (El Atleta)Eugenio-(El Loco) Pili (hijo de Eujenio)- Cesar (El Petiso) Guillermo (Guille) Roberto (Peca)
Relato corregido del original por el autor de la novela TODOS LOS VIENTOS
Marcelo Sprecacenere