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LA EXPEDICIÓN ATLANTIS
En 1984, durante 52 días de travesía, una balsa con una choza de bambú recorrió
las aguas del Atlántico. A bordo, navegaba el coraje, el fervor romántico y la atracción por la
aventura épica de cinco argentinos.
¿Y quiénes eran los expedicionarios?
Alfredo Barragán (35)abogado; Jorge Manuel lriberri, también abogado; Oscar
Horacio Giaccaglia (39), comerciante; Félix Arrieta (41), amarógrafo de AIG, y Daniel Sánchez
Magariños (31), recién recibido de ingeniero agrónomo. Ellos pensaron que era posible
navegar 3.000 millas marinas (5.500 kilómetros), en una primitiva balsa hecha con 9 troncos de
madera balsa y una vela, para atravesar el océano Atlántico desde las islas Canarias hasta el
puerto de La Guayra, Venezuela.
La idea de la aventura comenzó cuando Alfredo Barragán, jefe de la empresa, leyó,
siendo niño, Las aventuras de la Kon-Tiki, obra donde el noruego Thor Heyerdahl relata el viaje
marino que enlazó, en 1947, El Callao, en Perú, con la Polinesia. Heyerdahl buscaba
demostrar la posible comunicación en lejanas épocas entre América y las islas polinesias. Para
esto, atravesó 6.000 kilómetros de océano en la Kon-Tiki (imitación de una antigua
embarcación polinesia). Poco menos de cuatro décadas después, un puñado de aguerridos
argentinos habría de equiparar la hazaña del noruego. En su navegación, la expedición Atlantis
unió el puerto de Santa Cruz de Tenerife, en la Islas Canarias, con las costas de Venezuela. Su
barco con una choza de bambú era una réplica de antiguas embarcaciones africanas. El éxito
del viaje demostró la posibilidad de que los habitantes del continente negro hayan arribado
hace miles de años a la América Central, donde perdura su posible influencia a través de las
famosas cabezas olmecas de rasgos negroides.
Ya estaban a mediados de junio. Hacía más de 20 días que habían partido del
puerto de Santa Cruz de Tenerife, islas Canarias, y el sol empezaba a hacer estragos en la piel
de los navegantes de la balsa Atlantis. A pesar de que todos eran hombres de piel curtida,
acostumbrada a resistir, el sol que caía a pico en la zona ecuatorial medio del Atlántico
quemaba fuerte. Y para colmo la crema humectante, que con tanto recelo habían previsto llevar
en esta expedición, la olvidaron en las Canarias. Los posibles reemplazos de la crema
humectante a bordo de la Atlantis no eran muchos: el aceite de cocina, el aceite de lino
utilizado para mantener la flexibilidad en las sogas...
¿Y para qué hacer semejante viaje?, puede preguntarse uno. ¿Para qué viajar tanto
y en esas condiciones tan precarias? Un resumen de los objetivos de este viaje puede ser el
siguiente: un objetivo esencialmente deportivo; otro científico, porque el viaje de la balsa
Atlantis podría demostrar la factibilidad de que los individuos de raza negra representados hace
más de 3.500 años en las "Cabezas Colosales" -estatuas de basalto con rasgos africanos
hechas por la tribu Olmeca en el golfo de México- hayan provenido de Africa a través del
Atlántico; y un tercer objetivo cultural, ya que podrían realizar en este viaje una película de
largometraje, un audiovisual con diapositivas y un libro sobre la expedición, todo con carácter
documental.
Tres objetivos precisos pero atrás un gusto por encontrarse frente a la naturaleza,
con todos los sinsabores y placeres que esto puede acarrear. Placer como el que les suministró
a los 25 días de travesía una golondrina que se posó en la balsa. Sin temor alguno compartió
con ellos el alimento durante cuatro días...En los primeros días de navegación -partieron el 22
de mayo- esta balsa de 14 metros de eslora (largo de una nave), 5,50 de manga (ancho),
hecha con 9 troncos de madera balsa y 6 traviesas ligadas todas con fibra vegetal, se vio
obligada a navegar con olas de cuatro a seis metros de altura. Atravesaban una zona de
vientos, y la balsa era impulsada por la corriente denominada Canarias. Esta corriente marina,
que en su trayecto va cambiando de nombre -Canarias, Nordecuatorial y Ecuatorial-era el
"motor", junto al viento que recolectaba una vela cuadrada sostenida de un mástil bípode de 10
metros de altura. Viento y mar, sólo con estos elementos querían llegar hasta América.
Contaban, sí, con todos los instrumentos marinos necesarios para fijar la posición en el
océano. Aunque a veces pudieron confirmar la ubicación con los datos suministrados por
algunos barcos que se cruzaron en su camino.
En septiembre de 1983, Barragán y Arrieta viajaron a Guayaquil, Ecuador, en busca
de los árboles de balsa "tipo hembra" y libres de corazón de agua que servirían para la
construcción en un astillero de Mar del Plata, de la balsa Atlantis. Tuvieron que internarse en la
selva ecuatoriana, acompañados por indígenas para dar con estos árboles, iguales a los que
en épocas pasadas crecían en la selva africana. Trajeron 20 troncos de 18 metros de largo que
sumaban más de 35 toneladas. El trayecto Ecuador-Buenos Aires-Mar del Plata lo hicieron en
un buque de ELMA. De estos 20 troncos 9 serían los elegidos para construir la balsa y sobre
ella simplemente una choza de bambú, caña picada y paja de cuatro metros de largo, de 2,50
de ancho y 1, 10 de alto. Y sin timón, igual que las antiguas barcas: solamente la vela y nueve
orzas regulables de madera podrían efectuar los cambios en el rumbo. Por supuesto que la
maniobrabilidad era escasa. Cuando en la ruta enfrentaban a una isla, dos días antes debían
comenzar a girar para evitarla.
Troncos, fibra vegetal y caña de bambú-elementos que hace más de 3.00 podrían
haber utilizado los habitantes de Africa-, junto a alimentos deshidratados de agua mineral
española, 2 garrafas de 45 kilos de gas cada una, raciones de supervivencia, destiladores de
agua, una radio VHF, brújulas, sextantes y cartas marinas. Además toda la expedición
quedaría grabada: Arrieta sería el camarógrafo, y los restantes, fotógrafos. Habría trabajo para
todos pero también encontrarían momentos para divertirse...
Hubo dos momentos críticos en la travesía: dos tormentas que amenazaron de
muerte a la Atlantis. Olas de más de 8 metros y vientos de 70 kilómetros por hora se opusieron
a esta expedición. La primer tormenta duró dos días y fue a los 15 días de la partida de Santa
Cruz de Tenerife. La otra castigo casi al final, cuando ya se había atravesado la mayor parte
del océano y los hombres de la Atlantis casi saboreaban el triunfo. Varias ligaduras se soltaron,
los troncos crujieron como nunca, la vela fue anulada, y todos se ataron a la nave. Había que
esperar que el mar se calmara. No había forma de hacer frente a esa pelea. Y cuenta Alfredo
Barragán -uno de los principales impulsores de esta expedición-, que cuando se encontraba
atado a la balsa en medio de la tormenta se acordó de Dolores, su pueblo, de su familia, y de
un libro: Las aventuras de la Kon-Tiki. Ese libro cayó en sus manos cuando cursaba cuarto
grado de la escuela normal, y desde entonces esa aventura aumentó su fantasía de
adolescente. De chico siempre soñó con ser el capitán de una balsa que atravesaba el mar, y
ahora, más de 20 años después de esos sueños, estaba atado a una balsa. Y su vida y la de
todos los tripulantes de la Atlantis estaban en manos de una tormenta. Pero el mal tiempo pasó
y el peligro también. Y llegaron nuevos visitantes. Los peces voladores los acompañaron
durante gran parte de la travesía y varios días unos cuantos globicéfalos-falsas orcas de unos
5 a 8 metros de longitud- giraron continuamente alrededor de la embarcación, como vigilando
la ruta. Dos ballenas se acercaron extrañadas durante una mañana de fines de junio. Miraron,
olieron, tiraron agua -tal vez en forma de saludo- y se alejaron de esa extraña especie
desconocida para ellas...
Y a los 40 días aparecieron los primeros signos, las señales de que estaban cerca
del continente: ramas y manchas de petróleo. Evitaron a la isla de Trinidad-Tobago, sin verla.
Dos días antes de la llegada, una lancha de la Armada venezolana hizo el primer contacto con
la Atlantis. La corriente los acercaba al puerto de La Guayra. Una fragata misilística, un
helicóptero y miles de personas les dieron la bienvenida el 13 de julio en Venezuela. Habían
pasado 52 días de travesía y 5.500 kilómetros de mar.(*)
(*) Fuente: Artículo de Adrian Van der Horst y Jorge Cavalca publicado en
Revista Gente el 19 de julio de 1984. Temakel: Viajeros y exploradores